Espíritu. El soplo que cambia la realidad
autor: Massimo Camisasca
fecha: 2011-05-08
fuente: Spirito. Il soffio che cambia la realtà
traducción: María Eugenia Flores Luna

¿Todavía es actual el riesgo del espiritualismo? Sí, en ciertos sectores del cristianismo y sobre todo en el atractivo que ejercen las religiones orientales. Todavía hoy alrededor de los fenómenos impresionantes de las apariciones marianas, junto a conversiones reales, quedan halos de devoción sentimental, que aíslan a María y sus palabras del resto de la vida cristiana. Están luego los fanáticos de la tradición litúrgica, reducida a un conjunto de agendas, vestidos, fenómenos que no dan razón de la importancia que ella tiene en la Iglesia. Hay creencias irracionales mágicas, que rozan el paganismo. Más allá del catolicismo, se está registrando el gran desarrollo de las Iglesias evangélicas, desacopladas de toda referencia institucional, que no tienen ni jerarquías ni sacramentos y acaban por delinear comunidades muy hábiles, consolatorias y al lado de la historia del mundo. O bien fugas hacia las religiones orientales que predican el exilio del cuerpo y de la historia y también atraen a los que quieren escapar de una sobredosis de atención a la corporeidad, a la sexualidad, a los ruidos, a las imágenes, al éxito. ¿La justa reacción al espiritualismo puede hacer del cristianismo una religión materialista? No claro. Ciertamente Cristo ha venido a enseñarnos el valor positivo de cada cosa y cada experiencia. Ha venido a salvar el mundo, que deberá incluso pasar por una cierta transformación (cfr. Jn 3,3-8). No ha venido para enajenarnos en una religión futura. El Reino de Dios ya ha empezado (cfr. Mc 1,15). Con su encarnación muerte, resurrección y ascensión al cielo ya hemos entrado en el tiempo definitivo.
Ya no tenemos que esperarnos un más allá radicalmente nuevo. Pero cierto, lo que ha iniciado con Jesús aún no se ha cumplido. Cada hombre es llamado a entrar en la vida nueva que Él ha inaugurado, en esta profundidad nueva de la mirada y del corazón, que sólo él puede dar. La palabra definitiva la ha dicho santo Tomás: «Gratia no tollit sed supponit naturam». La naturaleza definitiva de nuestro ser no nace de la destrucción de lo que somos, sino de la apertura de todas las dimensiones de nuestra persona a una nueva capacidad de conocimiento y amor que es completamente obra de Dios. Es justo esta creaturalidad del hombre que se quiere negar hoy. Para la mayor parte de nuestros hermanos y hermanas existe solamente lo que es ponderable, mensurable, cuantificable. No hay ningún más allá con respecto a lo que ven los ojos del cuerpo. ¿Qué es lo real? La palabra real deriva de «res». Para los latinos «res» no son sólo nuestras cosas. No es sólo la piedra, el árbol o la mesa, sino todo lo que tiene una consistencia en sí. Luego supremamente «res» es Dios. Más bien Dios es una «res» particular, porque para existir no tiene necesidad de ningún otra «res». En este sentido Dios es sumamente real. Los bienes que Dios prepara para nosotros no son ponderables con la balanza o mensurables con el metro, sino son reales, sumamente reales, porque la realidad de una cosa se mide en base al grado de felicidad y cumplimiento que provoca al que la recibe. El cariño de mi madre no puedo pesarlo con la balanza. El amor de un amigo no puedo medirlo con el metro, sino es mucho más real que muchas cosas que puedo recibir. El día anterior a su pasión, Jesús, en el largo discurso narrado en el evangelio de Juan (cfr. Jn 12-17), habla de sí mismo, del Padre y del Espíritu Santo. Pero, en este diálogo, él lleva dentro también a nosotros. Está volviendo al Padre, porque su pasión y muerte son el cumplimiento supremo de su obediencia. Pero, mientras ha bajado solo del cielo, no quiere volver solo al Padre. Quiere llevarnos consigo a todos, a todos los que el Padre le ha puesto en las manos. Es este el sentido del tiempo. Todos los siglos desde entonces hasta al final de los tiempos, tienen este único significado: que los hombres puedan ser alcanzados por el evento de la resurrección, puedan adherirse libremente o rechazarlo. Los que se adhieren entran a ser parte de la Iglesia. De este modo, poco a poco, se realiza aquel cumplimiento del Reino que será definitivo cuando el último hombre habrá dado su respuesta y Cristo se devolverá a sí mismo al Padre como hijo, llevando consigo al universo poblado de hombres y mujeres, hechos hijos en el hijo. ¿Cómo actúa Jesús en el tiempo? ¿Cómo actúa el Padre? A través del Espíritu Santo. La tercera persona de la Trinidad es don del Padre y el Hijo, para que podamos conocer y amar con aquella profundidad con la que Cristo mismo conoce y ama. Sin el Espíritu Santo las potencialidades de nuestra mente quedan inexpresadas y nuestro corazón frío e incierto. A través del don del Espíritu, poco a poco, crece en nosotros una nueva capacidad de ver lo que está en el espacio, en el tiempo y más allá de eso. «El tronco se hunde donde es más verdadero», Clemente Rebora había escrito en una poesía suya. Es una bonita metáfora de lo que he dicho hasta ahora: el Espíritu nos lleva a ver y amar no otro mundo sino la profundidad de este mundo que es Dios mismo. Sin él todas las cosas y, en particular su centro que es la persona de Cristo, perderían su gusto, serían sin voz, sin color. Como una película muda. El Espíritu no nos concede solamente de saber, sino también de «sàpere». Nos da no sólo la inteligencia, sino también la sabiduría. Es fuente de alegría, de consuelo, pero también de fuerza, de coraje para atravesar las adversidades de la vida. Y el que sana nuestras heridas, nos defiende del mal, nos dona la paz. Es reposo, amparo, consuelo. Sin, él todo lo que existe sería para nosotros lejano en el tiempo y en el espacio, extraño. Con él ya no somos extranjeros ni huéspedes sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios (cfr. Ef 2,19). Es llamado por san Lucas fuerza que viene de lo alto (Lc 1,35). No es una realidad por conocer sino una persona que se hace conocer. Es el maestro que nos introduce a toda la verdad. (cfr. // Jn// 16,13). Él es totalmente relativo al Padre y al Hijo. Hace actual la totalidad del don del Padre y del Hijo, lo vuelve concreto, personal e interior al mismo tiempo.

Los Padres de la Iglesia han escrito que, mientras que la primera y la segunda persona de la Trinidad tienen un nombre (Padre e Hijo); para la tercera no es así. Espíritu en efecto es también el Padre tal como el Hijo. La tercera persona es unión, amor entre el Padre y el Hijo. En el don del Espíritu, Dios me hace adherir a la vida, me hace entender la existencia, me hace entrar en el Misterio, me dona su pensamiento y las dimensiones de su corazón. El Espíritu Santo en nosotros nos permite reconocer la creaturalidad de las cosas, distinguir en todo lo que encontramos el advenimiento de Dios. Hace que cada instante pueda ser vivido hasta en el punto donde se origina, en el corazón mismo de Dios. El Espíritu hace de cada circunstancia una vía para conocer y querer a Cristo. La creación es percibida como continuidad de su humanidad y su divinidad. Todo se convierte en signo hacia Dios. Es el Espíritu, en efecto, que nos permite reconocer el signo presente en cada criatura, que nos hace conocer a Cristo en el encuentro con las cosas. Hay un episodio del Evangelio en que se cuenta que los apóstoles corren hacia el Maestro porque apenas han sabido que ha caído la torre de Siloé y que han quedado sepultados 18 muertos. Le preguntan a Jesús: ¿Quién ha pecado? ¿De quién es la culpa de cuanto ha ocurrido? Y él contesta: si no se convierten ustedes también morirán (cfr. Lc 13,4-5). Jesús no está preocupado en atribuir las culpas a uno o a otro. Él quiere que cada uno de nosotros tenga que tomar lo que ocurre como signo. Hoy, si ante ciertas catástrofes se permite decir que quizás se trata de un reclamo de Dios, se es befado. Ciertamente, no todo puede ser aplanado a una lógica estrecha de causa y efecto, sino también por este hecho Dios se quiere comunicar con nosotros. Cada cosa lleva consigo una enseñanza, también la más fea como un terremoto o un tsunami. El Espíritu es el menos espiritualista que haya: habla a través de todo lo que ocurre. Él también permite vencer todo voluntarismo, porque nos hace descubrir que la fuerza que mueve el mundo no es nuestra voluntad sino la acción de Dios. Por eso el pedido al Espíritu es decisivo para la vida de cada persona. Si queremos empezar a hacer realmente experiencia del Espíritu, tenemos que aprender el silencio. Sin silencio las cosas no hablan. En el silencio, a lo opuesto, el Espíritu de Dios se convierte en enseñanza continua. Dios también habla a través de hombres que el Espíritu suscita alrededor de nosotros. Son personas que él elige para acompañarnos y que nosotros reconocemos como significativas para nuestra existencia. En los últimos capítulos del Evangelio de Juan, Jesús dice: El Espíritu me dará testimonio (Jn 15, 26), y añade: y ustedes me darán testimonio (Jn 15, 27). Él, por lo tanto, tuvo bien claro esta doble vía: la presencia del Espíritu en nosotros y los testigos suscitados por él. Existen por lo tanto dos tipos de testigos, uno externo y uno interno. Aquel interno es nuestro corazón, donde habla el Espíritu que les enseñará cada cosa (Jn 14, 26). El testigo externo, en cambio, son los que el Espíritu elige para acompañarnos en el camino hacia el Padre. Jesús conoce bien al hombre. No ha querido abandonarnos a nuestra interpretación interior y al mismo tiempo ha querido sugerirnos él mismo cuáles son los testigos exteriores. Las palabras que el Espíritu dice dentro de nosotros y fuera de nosotros son de leer juntos. Corazón y autoridad son los ejes fundamentales en la vida de la Iglesia. No se puede quitar ni el uno ni el otro.
No podemos separar nunca este doble testimonio de Dios en nuestra vida. Dios habla a través de nuestra conciencia y esto habla del respeto que nutre por la responsabilidad y la libertad de cada hombre. También habla a través de la autoridad, porque pudiéramos caer en el error de interpretar nuestro corazón según nuestro placer, una enferma adhesión a nosotros mismos. El Espíritu nos alcanza sobre todo a través de signos eficaces. Él toma posesión de cosas y hombres, para alcanzarnos de modo seguro y potente. Hay momentos, actos, cosas que Dios ha elegido para que sean signos, independientemente de nuestra voluntad. Agua, vino, pan, aceite, palabras: «Yo te bautizo», «yo te perdono», «éste es mi cuerpo». Momentos en que el Espíritu actúa con particular eficacia. Tenemos que recomenzar a ver la liturgia y la vida de la Iglesia, y entonces también los sacramentos, al interno de esta lógica, la lógica de la encarnación, de la obra del Espíritu. Sin la participación a la vida sacramental de la Iglesia no es posible ninguna madurez cristiana. Quedamos inmaduros, con una visión infantil de las cosas y un corazón encogido. A través de la riqueza de las señales de que he hablado, el Espíritu Santo hace posible la experiencia de la unidad. Es él que une lo que a nosotros pareciera imposible. Es él que hace amable lo que cuesta sacrificio. Es él que hace posible la virginidad, la purificación del amor, la fidelidad de la amistad, incluso a través de las desilusiones y las traiciones. Es él que hace adherir a la realidad sin tener miedo de ella, que hace aceptar la corrección incluso hasta hacerla deseable. Muy raramente el Espíritu Santo actúa fuera del espacio y del tiempo. Generalmente su acción pasa por un verdadero cambio que ocurre a lo largo del sucederse de los instantes, siempre y cuando lo pidamos en las oraciones de cada día: «Veni, Sancte Spiritus…. Manifiéstate dentro de esta circunstancia, dentro de esta dificultad». Él actúa en nosotros una conversión no sólo del corazón sino también de la mente, porque el cambio no es nunca seguro hasta que no se convierte juicio en nosotros. Sólo el Espíritu de Dios hace posible la experiencia de la unidad de la vida, porque nos hace participar de aquel punto del Ser en que todo se unifica. Si el objetivo de la Iglesia, de cada realidad educativa, de cada amistad, es ayudarse a crecer, y si el actor de este crecimiento es el Espíritu de Dios, entonces no hay amigo más grande que quien me ayuda a dejar que sea él el actor de mi vida: «Dulcis hospes animae». Padre Jean Daniélou, en un pequeño libro suyo dedicado a la relación entre la Trinidad y la existencia humana, habla de este camino que el Espíritu Santo nos hace cumplir hacia Dios. A la luz de las reflexiones de san Agustín escribe: «Nuestra vida interior, a menudo no es otra cosa que un modo de ocuparnos de nosotros mismos, más sutil, más fino, menos grosero pero más peligroso. Se convierte sencillamente en un modo de analizarnos. […] La plegaria, en cambio, nos lleva a este abismo en que habita la Trinidad. Cuando aun fuéramos culpables de los pecados más graves deberíamos empezar a caminar hacia la Trinidad y luego pensar en nuestros pecados [ … ] Hace falta hallar lo que san Agustín llamaba la “delectatio victrix”, este gusto vencedor. Sólo el placer puede vencer al placer. No se ha triunfado nunca sobre el placer con el deber [ … ] Pero la “delectatio victrix”, la alegría divina es un placer que vale efectivamente más que todos los placeres».

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