Europa y libertad religiosa, un proceso involutivo
autor: Carlo Cardia
Profesor de Derecho eclesiástico, Universidad de Roma Tre
fecha: 2016
fuente: Europa e libertà religiosa: un processo involutivo Europa e libertà religiosa: un processo involutivo
traducción: María Eugenia Flores Luna

La herencia de las guerras religiosas en Europa. La lógica amigo-enemigo

En una breve reflexión retrospectiva, hay que tener en cuenta que el empuje a la libertad religiosa en Europa es relativamente reciente, y madura al pasar a la modernidad del siglo XV-XVI, después de que el cristianismo en los siglos precedentes ha vuelto adulto al hombre, lo ha inducido a elaborar una cultura común y un marco institucional válido para los pueblos y las culturas de Europa; pero la unificación realizada por el cristianismo se constituyó al interno de un monismo religioso y jurídico que consideraba al hereje como “diverso”, que hay que expulsar de la sociedad, si es necesario “reprimirlo” incluso con la violencia.

La división provocada por Lutero refleja el movimiento clandestino de las corrientes cristianas del siglo XVI y expresa una inquietud que alimenta la polifonía de las naciones. El propio Lutero se vuelve el cantor de los Estados nacionales, fundador ignorante de la Europa plural, mientras la división cristiana da origen al pluralismo occidental, provoca los primeros reclamos de libertad religiosa. Esta libertad, sin embargo, es codificada sólo al terminar de las largas guerras de religión que bañan de sangre la Europa del siglo XVI y XVII, casi confirmando un obscuro mal que alimenta la modernidad: a la libertad religiosa se llega después de haber sufrido profundamente la intolerancia, después de que cada Iglesia ha vivido la persecución por obra de las otras, experimentado aquel odium theologicum que hace de la religión un elemento de división antes que de unión. Casi parece que la libertad religiosa deba pasar por el infierno de la represión antes de prevalecer: se adhiere al ánimo europeo una lógica amigo-enemigo que se asienta, roza la modernidad, en algunos aspectos emana aún hoy sus venenos.

Por los conflictos religiosos que perturban Europa, todos tienen algo para hacerse perdonar, alguna autocrítica que hacer, y nosotros encontramos las raíces de la intolerancia en tantos factores diversos. En la (antigua) voluntad del Estado de garantizarse la uniformidad, la consistencia religiosa de la comunidad política como necesarias para su prosperidad. Y en aquel dogmatismo eclesiástico que encuentra en el Estado un precioso aliado, se consolida en las Iglesias y frena su evolución. De hecho, las guerras religiosas son llevadas a cabo por el Estado, patrocinadas por las Iglesias nacionales, contra herejes y disidentes de todo tipo, se atenúan sólo cuando una Iglesia vence a otras.

Católicos contra luteranos, y viceversa, protestantes y católicos unidos contra los anabaptistas que incendian Alemania con la revuelta de los campesinos, la difusión de los calvinistas que alimenta las divisiones entre los protestantes, la decisión de los soberanos de terminar con los herejes de casa propia para encontrar la paz religiosa y política: son ingredientes de una conflagración que perdona a pocos Países europeos.

Inglaterra sobrepasa a todos por originalidad, da vida al único caso de verdadero cesaropapismo en Europa con el acto de supremacía de 1543, mezcla guerras dinásticas y religiosas por un siglo, ajusticia a Thomas Moore, John Fisher, al abate de Glastonbury, cuya cabeza cercenada es izada en la puerta de la abadía; inaugura una especie de racismo religioso contra los católicos (papistas) hasta hacer jurar a los funcionarios públicos que no crean en la transubstanciación. La oscura e intolerante Ginebra de Calvino manda a la hoguera a Michele Serveto en 1533, mientras Francia aniquila a los hugonotes con la matanza de San Bartolomé de 1572, y España desencadena la Inquisición contra los moriscos y convertidos hasta hacer de la limpieza de sangre la condición para garantizar ciudadanía y supervivencia.

Quizá la mayor responsabilidad de las Iglesias ha sido aquella de no haber comprendido que la motivación más auténtica de la petición de libertad religiosa está en los principios y valores introducidos por el cristianismo en la sociedad. En efecto, las revoluciones democráticas modernas se nutren de aquel iusnaturalismo de matriz cristiana que los filósofos del Siglo XVI y XVII releen e interpretan en términos políticos. El derecho de libertad religiosa tiene raíces en la derrota del Estado y de las Iglesias, incapaces de aceptar el pluralismo, madura con una reflexión que desmonta pieza a pieza las razones de la intolerancia, las incrustaciones de un Estado confesional milenario, derriba el residuo del poder temporal. La actuación de la tolerancia es lenta, inicia con un tartamudeo, resiente condicionamientos de todo tipo.

Para leerlos con nuestros propios ojos, la paz de Augusta de 1555 y el Tratado de Westfalia de 1648, marcan una división histórica, pero se nutren aún del pasado, determinan la gran división confesional de Europa. Ellos sancionan el principio del cuius regio eius et religio (el súbdito sigue la religión del soberano) para reiterar que la unidad política se funda en la firmeza religiosa del Estado. Sin embargo, el Tratado de 1648 abre las puerta a una tolerancia que alivia la tensión, habitúa a las personas a convivir con el hereje sin daños, hace entender que todos somos herejes unos con otros, favorece la coexistencia de las grandes congregaciones políticas de Europa.

La flecha es lanzada, en un sucesión de actos, concesiones, acuerdos tácitos, la tolerancia se afirma un poco por todos lados y permite que la cultura laica crezca y cambie, desde dentro, leyes y conciencia del hombre europeo.

La intolerancia religiosa aún deja a Europa una herencia pesante que va más allá del hecho religioso, y de la cual no logramos aún hoy librarnos del todo: la herencia tremenda de la lógica amigo-enemigo que presupone y alimenta una perjudicial hostilidad para el otro, rehúye el diálogo, rechaza a quien piensa diferente. Esta lógica radica en la época de los conflictos religiosos pero transmigra en las fases históricas sucesivas, también en aquellas que quieren revolucionar el mundo, cambiar todo, casi comenzar de nuevo.

La modernidad. Los dos separatismos, hostiles y favorables a la religión

Sólo una verdadera revolución puede marcar el paso de la tolerancia a la libertad religiosa y la revolución asume el carácter liberal-separatista del final del siglo XVIII en los lados opuestos del Atlántico, Estados Unidos y Francia. Es necesario, como en cada revolución, derrocar el viejo orden y edificar uno nuevo, sobre bases y presupuestos teóricos en su forma simple. El Estado es un ente abstracto, autocéfalo, tiene en sí mismo las razones del propio orden: la religión y profesión de fe le son extrañas porque conciernen a las decisiones que toman los ciudadanos, los cuales son sólo cives, mientras la calidad de fideles ya no incide en la vida pública.

Nace el Estado laico moderno que garantiza la libertad religiosa individual y colectiva, considera iguales todas las confesiones. Estos principios son comunes a las formas de separatismo que se afirman en los dos continentes, son la base del derecho de libertad religiosa, pero esta libertad se afirma en medio a sufrimientos, laceraciones, conflictos, emerge como un río cárstico, desaparece, sobre todo permanece víctima de la antítesis amigo-enemigo que captura el alma europea y brinda un nuevo espacio a violencias, persecuciones, haciéndose implicar por el infierno totalitario en el “siglo de Caín”.
Los dos separatismos, americano y francés, son íntimamente diversos, en el plano teórico e histórico-práctico.

La cultura anglosajona, de matriz protestante-americana, produce una mentalidad benévola hacia la religión, una actitud positiva de las Iglesias hacia el Estado. Personalidades y comunidades religiosas están entre los fundadores de las colonias en el nuevo Continente, participan en la Guerra de independencia de los Estados Unidos, cuya declaración afirma: “Es evidentemente verdad que todos los hombres han sido creados iguales y que el Creador los ha dotado de algunos derechos inviolables entre los cuales la vita, la libertad, la búsqueda de la felicidad”. Religión e Iglesias se vuelven amigas del Estado, lo sostienen, le dan un ánima, viven en un contexto en el cual el pluralismo es instrumento de cohesión, antes que de disgregación.

La cultura iluminista, al contrario, nace en Países católicos, hace del catolicismo un adversario que contener, frenar, casi derribar. Esta oposición alimenta una crítica destructiva hacia todo lo que la historia ha producido, indica la religión como expresión de todo lo que es irracional y antimoderno. En la cultura anglosajona nada se destruye, todo se transforma, el iluminismo cultiva el principio opuesto. Voltaire condena la historia entera, porque “en todas las naciones está desfigurada por la fábula hasta el momento en que la filosofía viene a iluminar a los hombres”. Nace en los Países latinos un concepto de laicidad distante y hostil hacia la religión, que radica en la cultura liberal hasta nuestros días.

La experiencia americana se desarrolla en un mundo nuevo, que tiene un futuro por construir, donde ninguna Iglesia tiene posiciones preestablecidas, y da a cada uno las mismas oportunidades.
En Europa se actúa en un viejo mundo de siglos, estratificado, fundado en una religión que no se ama. En la óptica americana el pasado casi no existe, el presente es proyectado hacia el futuro, se cultiva optimismo hacia la vita y la historia. En Francia, y otros Países europeos, ancien régime y catolicismo, son de abatir juntos, la libertad religiosa que deriva es desconfiada, resentida, avara de reconocimientos.

Esta diversidad estructural produce formas de Estado laico casi opuestas. La libertad religiosa en el orden americano es plena, igual para todos los ciudadanos y los cultos, garantiza a las Iglesias respecta a toda injerencia del Estado que nunca soñaría imponerles alguna cosa: asegura el derecho de crear institutos religiosos, estructuras de asistencia, escuelas, universidades, en un contexto de libertad de los privados tutelada por todas partes. Es una libertad positiva, y el favor religionis se expresa a todos los niveles, en las instituciones y simbologías públicas, en las exenciones fiscales que no son iguales en otros Países, hasta en ceremonias e invocaciones religiosas que caracterizan, aún en nuestros días, las instituciones civiles, incluyendo Congreso y Casa Blanca.

Por su parte, la Francia separatista con su revolución inicia una guerra ruidosa a la Iglesia católica. La libertad religiosa es tan disciplinada que concede poco espacio a la Iglesia fuera de los lugares de culto, erosiona la base estructural, niega derechos y prerrogativas. Es este el programa de Francia que en su fase revolucionaria aprueba la Constitucion civil du clergé (1790), luego la Loi de séparation de 1905. El ideal francés e iluminista sigue siendo aquel de romper la unidad de los católicos con Roma, hacer una Iglesia débil, impone una estructura pseudo-democrática, con obispos y párrocos electos por el pueblo, niega su autonomía aboliendo órdenes e institutos religiosos, nacionaliza sus bienes, le quita todo espacio en la escuela, se opone a las escuelas privadas. Francia quiere crear el desierto alrededor de la Iglesia, reducirla a un enclave: niega a los religiosos el derecho de asociación, nacionaliza todos los edificios de culto creando el oxímoron de un Estado laico propietario de Iglesias.

Este tipo de separatismo no se realiza en todas partes, no mantiene a la larga su aspereza original. En Italia, por ejemplo, todo se descompone y, en un cuadro reformador complejo, el separatismo muestra un rostro humano, la libertad religiosa es respetada ampliamente, la Iglesia no arriesga nunca subordinación y humillación. Sin embargo, el laicismo del siglo XIX marca una época, cultiva una cultura del conflicto que penetra en la sociedad, recupera y reinventa la lógica del amigo-enemigo propia de las guerras de religión, la hunde en el espíritu público.

Totalitarismo y persecución. Derechos humanos, un nuevo edicto para la modernidad

La modernidad se concluye con el advenimiento y la caída del totalitarismo del siglo XX, que con el comunismo al poder propone las peores persecuciones religiosas, con el fascismo inaugura un nuevo instrumentalismo confesional sobre todo en los Países católicos. Primero en orden de tiempo, el totalitarismo comunista se afirma en Rusia, el País más atrasado de Europa, donde el régimen realiza una modernización radical, con reformas que eliminan, en la estela de la Francia de 1789, el ancien régime, el Cesaropapismo zarista, la libertad religiosa, laicizan las entidades públicas, nacionalizan toda propiedad eclesiástica, en particular de la Iglesia ortodoxa. Son principios que tienen ascendencia iluminista, pero se llenan de contenidos que llevan a un sistema persecutorio de dimensiones y asperezas nunca conocidas. La abolición de la propiedad y de la iniciativa privada, ejecutada a la luz de los principios comunistas, reduce las Iglesias a una condición de marginación y mera supervivencia.

Nada queda a su disponibilidad, casi todo está en manos del Estado: eliminada la religión de las escuelas públicas, pierde significado el concepto de escuela privada que ya no existe; están prohibidas las “sociedades de beneficencia y de enseñanza […], o que de cualquier manera esconden sus fines religiosos”, está prohibido “organizar reuniones religiosas o de otro tipo, destinadas en modo especial a los niños, a los jóvenes y a las mujeres como incluso reuniones, grupos, secciones, círculos generales de carácter literario o bíblico o bien que tengan como objeto la costura, trabajos manuales, enseñanza religiosa etc., como incluso organizar excursiones y juegos para niños, abrir bibliotecas y salas de lectura, organizar sanatorios y asistencia médica”. Eliminada la propiedad eclesiástica, se inhibe toda acumulación de bienes, ya que “ninguna comunidad religiosa […] tiene derecho a la personalidad jurídica”.

Una sociedad que prohíbe a las Iglesias organizar labores de costura para niñas, o juegos y excursiones para niños, no tiene un rostro humano, y efectivamente el separatismo soviético se nutre de aversión contra la religión que se traduce pronto en persecución de las Iglesias hasta su aniquilamiento. Así sucede en la época de Stalin, cuando es destruida la clase episcopal ortodoxa, y se reduce la Iglesia a una vita de catacumba que termina, singularmente, en 1943, cuando Stalin se da cuenta de que la fuerza moral y popular de la Ortodoxia es necesaria para hacer frente a la invasión nazista, e invita al Kremlin a los pocos metropolitanos que quedan, los incita a reconstruir las estructuras eclesiásticas, ofrece la ayuda del Estado, promete atenuar la represión. En un encuentro casi surrealista, Stalin asegura la parcial reconstitución de la Ortodoxia, ofrece medios y libertad de movimiento. Terminada la persecución, las Iglesias en la Unión Soviética, y en Europa oriental sometidas al comunismo por casi medio siglo, viven una condición de subordinación y marginación ordinaria.

Casi opuestas las razones históricas del totalitarismo de derecha que determina la crisis del Estado liberal en el Occidente europeo, y en el que convergen y se amalgaman los venenos acumulados en sociedades que no han conocido regímenes democráticos estables. El miedo del comunismo, instaurado en Rusia, impulsa a las burguesías nacionales a una alianza con movimientos de tipo fascista que prometen la restauración, usando la religión como instrumento de política y de control social.

Expresión eminente del giro antiliberal es la decisión concordataria que se afirma en Países como Italia (1929), Austria (1933), Portugal (1940), España (1950), y a su manera Alemania (1933), y determina una regresión respecto a los valores de la laicidad, una parcial revancha del antiguo confesionalismo. No se vuelve al ancien régime, sino la laicidad se empaña, emerge un conformismo religioso en instituciones y organismos públicos de los que se había perdido el recuerdo. El Estado sale humillado, se abre una nueva herida en las relaciones entre cultura laica e Iglesia católica que no cicatrizará nunca del todo. Las confesiones no católicas entran en un limbo de marginación, mantienen garantías de libertad de culto y organización, y algunas ni siquiera estas. A los hebreos se le abren las puertas del infierno cuando en Alemania los monstruos del antisemitismo cultivados desde 1800 en las vísceras de Europa central encuentran acogida en la legislación nazista, provocan el holocausto de millones de hebreos que pesará por generaciones en la consciencia del Occidente. El infierno del totalitarismo cuestiona a todos, provoca una catarsis de las consciencias, empuja a todos los protagonistas a un examen de consciencia en el que cada uno revisa la propia rigidez, comprende que muchas asperezas han sido fruto de malas ideologías, más que de exigencias reales, han provocado conflictos inútiles entre Estado e Iglesia.

Cuando Europa se libera del incendio totalitario ve desvanecer como en un sueño errores y mezquindades del 1800, las distancias entre los lados del Atlántico parecen relacionadas a la historia europea y a sus durezas, y el separatismo amigo de la religión se revela más previsor que las molestias y que los repiques que habían prevalecido en Europa. La libertad religiosa asume carácter internacional, es instrumento de liberación de dogmas y prejuicios. Constituciones y Cartas de derechos humanos presagian una nueva forma histórica de Estado laico social que se afirma un poco por todos lados en los Países europeos occidentales, luego en aquellos orientales cuando cae el comunismo.

El nuevo Estado laico social no teme los Concordatos porque los reforma, estipula nuevos, los adecúa a los principios constitucionales, trata de evitar el resurgir de la así llamada memoria del conflicto; tampoco teme el separatismo porque este ha abandonado las viejas hostilidades. Por último, aun las Iglesias y las religiones evolucionan, desechan diseños hegemónicos, dialogan entre ellas, revisan la tendencia dogmática que las hacía hostiles a lo nuevo. De aquí una libertad religiosa asegurada por un Estado que descubre tener un alma, da lugar, en la diversidad de tradiciones, casi a una legislación eclesiástica común para toda Europa.

Derechos humanos y Estado laico social son el Edicto de Constantino del siglo XX, pasan página respecto al pasado, prometen libertad, colaboración, igualdad para todas los credos. Casi no hay un País en el cual una religión se encuentre en condición de inferioridad respecto a las otras, mientras que el derecho común, concordatos o acuerdos con Iglesias, reconocen libertad de organización de las confesiones, libertad de culto, nombramiento del clero y de religiosos. La enseñanza religiosa en la escuela pública está garantizada por el derecho común en casi todas partes de Europa, como es asegurado el apoyo a las escuelas privadas casi por todas partes, hasta en Francia donde la laicité ha atenuado el rostro adusto de los orígenes. Pareciera abrirse una edad de oro de la libertad religiosa, garantizada por las legislaciones nacionales y por las Cartas de los derechos humanos que también las instituciones europeas elaboran para asegurar una dimensión supranacional de la que no se pueda regresar.

Multiculturalidad, neo-laicismo. Erosión de los derechos humanos

La historia de la libertad religiosa pues ha terminado, ¿se puede pues decir que las relaciones entre Estado e Iglesia han entrado en una época de pacificación irreversible? No es así. El peso de la historia, la herencia del pasado, se hace nuevamente sentir, adquiere nuevas semblanzas, camufladas pero siempre negativas. Las Cartas internacionales afirman la universalidad de los derechos humanos: incluso, en algunas áreas geopolíticas, la civilización escasamente se ha afirmado, la relación con la religión sigue antiguos senderos, se practica la persecución o la marginación de Iglesias para que escasamente sean seguidas por la sociedad. Y el Occidente, con el tumultuoso fenómeno migratorio, vive la experiencia multicultural que pone en discusión algunos fundamentos del Estado laico, provoca tensiones que parecen archivadas. Por último el proceso de secularización de nuestras sociedades hace surgir un duro conflicto a nivel ético que de nuevo divide las consciencias y culturas. La amalgama de estos factores es difícil de descifrar, también porque todo ocurre en el espacio de unos pocos años, los protagonistas de la vida civil y del proceso legislativo no logran afrontar las novedades, a menudo esperan los elementos menos positivos del pasado, a veces más cerca a la intolerancia que a la libertad religiosa.

El primer desplazamiento del horizonte es provocado por un relativismo que puede dañar el eje de los derechos humanos, contestando su universalidad. La cuestión es de crucial importancia, porque la modificación del equilibrio de los derechos fundamentales comporta consecuencias en las libertades codificadas, incluida ahí la libertad de religión. Para algunos autores importantes, como Danilo Zolo, “la tesis del fundamento filosófico y de la universalidad normativa de los derechos del hombre es un postulado dogmático del iusnaturalismo y racionalismo ético que carece de confirmación en el plano teórico”; y el consenso que los derechos humanos obtienen en el mundo “no justifica alguna pretensión universal e intrusión misionera”.

Los derechos humanos tienen valencia geo-política, pero no son universales, valen para nosotros, no para quien entra hoy en la historia. Insuperable la respuesta de Luigi Ferrajoli: “Sería un signo de eurocentrismo” negar los derechos humanos “en detrimento de cuantos tienen la dicha de pertenecer a pueblos que no han realizado nuestro mismo trayecto histórico […]; de modo que, mientras tanto, las mujeres afganas tendrían que esperar, por la liberación, que padres y maridos cumplan su revolución francesa’”.
La primera reflexión de esta mentalidad cambia las repetidas y graves violaciones de la libertad religiosa en áreas geopolíticas no occidentales, en las zonas de guerra del Medio Oriente donde el islam es históricamente mayoritario, pero también en Países como Pakistán, en tierras Africanas que conocen el activismo militar del fundamentalismo islámico, algunas áreas de la India donde las comunidades cristianas son objeto de violencias improvisas hasta de persecuciones endémicas.

La difusión de los derechos humanos revela situaciones que antes estaban escondidas a los ojos del mundo, a menudo se vuelve a asistir a verdaderos pogromos contra cristianos y hebreos, a violencias tan ásperas que provocan la extinción de comunidades religiosas históricas, la transmigración o dispersión. La aplicación de la sharia se ha expandido en los últimos decenios a zonas en las cuales las leyes se habían mitigado con el tiempo: castigo por blasfemia, ejecuciones públicas de apóstatas, penas humillantes para mujeres implicadas aun sin culpa en hechos contrarios a la ética musulmana. En estas áreas se advierte la ausencia de un evolución similar a aquella vivida en el Occidente en la modernidad: parece que la película de la historia vaya hacia atrás, a los tiempos de las guerras de religión.

Las consecuencias de la ideología relativista recaen, deformándola, también en la libertad religiosa en las tierras de Occidente, introduciendo rasgos crecientes de falta de liberación en nuestros sistemas: la multiculturalidad podría ser un banco de prueba para verificar si laicidad y libertad religiosa son valores estables, iguales para todos. En realidad, desde cuando la multiculturalidad ha comenzado a mezclar las cartas de la historia, llevando al mismo territorio poblaciones y tradiciones de todas partes del mundo, el Occidente se siente inseguro, teme el riesgo de globalización, advierte el lado oscuro de un multiculturalismo que se hace proyecto político, parece casi renunciar a mantener un pegante de valores y de principios comunes, y aceptar la óptica comunitaria por la cual la ciudadanía termina condicionada por la pertenencia a un grupo cultural.

Las respuestas a este peligro son diversas. Hay una más rígida, proveniente de la tradición francesa del mil Ochocientos, que quiere negar todo relieve público a la religión, con resultados que provocan una sonrisa, porque implican un especie de guerra a los símbolos religiosos de todo tipo. Es de sonreír porque, frente a la trasmigración de millones de personas de un continente a otro, el mezclarse de culturas y tradiciones a nivel mundial ¿cómo responde la Francia? Prohíbe todo símbolo religioso, sea el velo islámico, u otros símbolos como el crucifijo o el kipá, en las escuelas, luego inhibe a las madres que acompañan a sus hijos a la excursión escolar, en fin quiere excluirlos también en locales públicos no escolares, hasta en la universidad que es el templo de la cultura y de la libertad. El símbolo es admitido sólo si es “de pequeñas dimensiones”. Estamos frente a la deriva del Estado laico que se hace contador de la libertad de los ciudadanos, la mide con el centímetro, sin darse cuenta de realizar la parodia di una pequeña tiranía. La tendencia francesa es una tentación para muchos, convence a la Corte de Strasburgo en el 2009 para decidir retirar el crucifijo de las aulas escolares en un País como Italia, sosteniendo que eso viola la libertad de educación de los padres, disputa con el pluralismo protegido por la Convención europea de los derechos del hombre.

Esta sentencia sin embargo contrasta con el Estado laico social, con la libertad religiosa abierta a toda tradición, ignora que el crucifijo es signo (de diálogo) de la tradición cristiana en todas partes de Europa. En efecto, en la sentencia de la Grande Chambre de 2011, que modifica la sentencia de 2009, el análisis es más amplio, se detiene en las tradiciones italianas, en el pluralismo de la escuela italiana, para concluir que en una sociedad laica el símbolo de la religión radicada en la historia y en la población puede tener importancia pública porque no incide en la libertad de los demás.

Una respuesta diversa a la tentación de multiculturalidad, respecto a aquella afrancesada, une relativismo y laicismo del mil ochocientos, las adapta según conveniencia a tradiciones y religiones diversas. Se determina un desequilibrio macroscópico en las relaciones entre religiones, con el naufragio del principio de igualdad, se juega casi una partida en dos mesas, en función de la religión con la que se conversa. Hacia las Iglesias cristianas se resucita una laicidad geométrica, ya superada por el Estado laico social; para otras religiones se acepta plenamente la alteridad, incluso en presencia de graves violaciones de los derechos humanos. Así, la nebulosa multicultural destruye el sistema occidental de laicidad y libertad religiosa, alcanzada la meta de los derechos humanos. El primer vulnus es por la igual dignidad de las religiones: hoy es normal que se critiquen, contesten, algunas religiones, mientras para otras se abren las puertas del escarnio, de la ofensa gratuita, hasta el límite de lo obsceno. Sin embargo, exponentes de otros credos pueden pronunciar anatemas, fetuas pesadas, evocar retorsiones contra intelectuales o periodistas que ofendan su religión, sin que se tengan ninguna reacción, y algunos sujetos contestados (periodistas, autores de viñetas satíricas) tienen que entrar en clandestinidad para evitar que las amenazas se vuelvan realidad.

Otro valor sujeto a erosión es aquel de la igualdad de los ciudadanos, también a nivel internacional. Se realiza implícitamente la introducción de algunos fragmentos de sharia en Inglaterra, con el relieve dado a los tribunales islámicos a los que se puede recurrir voluntariamente por las controversias relacionadas a cuestiones familiares, sin interrogarse sobre las consecuencias que una tal elección puede tener en el estatus de ciudadanía de las personas, y sobre la estrategia divisoria que así se activa hacia confesiones que tienen a los fieles como encerrados en enclaves en las cuales operan las restricciones religiosas. Se piense en las prohibiciones de algunas religiones para los propios fieles de adherirse a otro credo, de casarse con una persona de diversa fe, a la subordinación femenina en familia y al grupo de pertenencia. Un caso especial es aquel del burka, que cubre toda la persona, impidiéndole identificación y socialización.

Desde el punto de vista de la dignidad e igualdad entre hombre y mujer, eso es signo de humillación de la mujer, declara casi la “no existencia” como persona: incluso entre los que justifican el burka, están a menudo aquellos que en el pasado se han adherido al más atrevido feminismo, pero aceptan hoy la doble verdad laicista. De aquí, el riesgo de crisis del Estado laico y del sistema de los derechos humanos que llevaría a la regresión de la civilización en Europa. Renacería el espíritu de Westfalia con la sujeción de los inmigrantes a las leyes que no respetan los derechos humanos, y la clausura de nuestras religiones tradicionales en el viejo recinto laicista. Está en efecto, quien reclama la laicidad del Estado, se apresura a quitar el crucifijo, prohíbe la Navidad u otros símbolos cristianos de las escuelas, pero consiente que en las mismas escuelas se celebre la fiesta del Ramadán, elimina el léxico religioso de las felicitaciones para las grandes fiestas cristianas, pide suprimir las referencias a Dios del himno nacional de Suiza, o eliminar el domingo como feriado general. De este modo, el Occidente parece perder confianza en aquellos principios que han fundado su humanismo y que son capaces de atraer a los otros hombres.

Laicidad instrumental, antropologías diversas

Junto a los riesgos del multiculturalismo, la libertad religiosa tiene que afrontar el desafío inédito de la secularización relativista que ha invertido nuestro modo de ser y pensar. El reto no concierne a los temas clásicos de las relaciones eclesiásticas: es más sutil, menos visible, involucra a aquella trama entre antropología, ciencia y religión, que determina las decisiones fundamentales de la vida humana, de la familia, la procreación, las fases iniciales y terminales de la existencia. El conflicto entre concepciones antropológicas determina casi una fractura de consciencia que afescta las más íntimas convicciones: las divergencias conciernen a la institución del matrimonio, extendido a todo tipo de convivencia, como una puerta giratoria en la cual todos entran y salen cuando quieren, hasta la previsión de la adopción para las parejas no heterosexuales, así como la procreación realizada fuera del álveo natural, en más variantes.

En la vertiente del dolor y del sufrimiento, se afirma el principio por el cual la vida merece tutela si resulta gratificante para el individuo, mientras las patologías terminales, o relacionadas con la discapacidad o enfermedades crónicas, son pasividad que se rechazan, y si es posible se expulsan radicalmente.

Sin entrar al mérito de las temáticas, se puede constatar que la antropología individualista provoca consecuencias sobre el derecho de libertad religiosa. Ella pone al centro de los derechos humanos la voluntad y soberanía del Yo, reivindica filiación directa del pensamiento moderno, afirma que el politeísmo ético no es más que la otra cara del politeísmo religioso ya realizado por el iluminismo. El punto teórico invierte el concepto de laicidad, porque, como afirma H.T. Engelhardt, “el supuesto politeísta es inevitable”, “el politeísmo de la post-modernidad es el reconocimiento de la pluralidad radical de las visiones morales y metafísicas”. El pluralismo ético es Igual al pluralismo religioso “afirmado con la Reforma”; “como hoy admitimos y respetamos las varias confesiones religiosas […], así tenemos que reconocer las varias moralidades que se flanquean o sustituyen la fe religiosa”. A la ética se debe aplicar el principio de neutralidad, como el Estado no tiene competencias religiosas, tampoco la ley puede interferir en las decisiones morales.

En realidad, el discurso sobre neutralidad es puramente instrumental, sólo sirve para hacer pasar los cánones del permisivismo más desenfrenado, carentes de todo vínculo con la cultura del Occidente. Los contenidos del individualismo extremo no pueden presumir alguna filiación con el pensamiento clásico y con aquel liberal, o con los grandes filósofos racionalistas, cuyos planteamientos éticos son a menudo de un rigor opuesto al permisivismo contemporáneo. Se piense en el iusnaturalismo clásico, en Emmanuel Kant, en los padres del liberalismo del 1800, vinculados a los valores de la familia, a principios éticos que forman buenos ciudadanos, en los deberes de solidaridad que favorecen la cohesión social. Comparamos esta cultura con la teoría de la “no-verdad de la ética”, sostenida por Umberto Scalpelli: “en la ética no hay verdad. Los valores de verdadero y falso concuerdan con las proposiciones del discurso descriptivo-explicativo; ni una ética puede decirse verdad derivable, como de axiomas, de principios auto evidentes”.

Dos mundos opuestos, dos universos que no se encuentran. Las tendencias individualistas implican también el naufragio para las culturas solidarias de la modernidad, proponiendo los senderos del mercadeo extremo, no carente de rasgos del maltusianismo. Si el hijo es objeto del deseo que se puede tener, comprar, despojar, eso se vuelve una variable independiente de relaciones no humanas, por lo cual se contrata en los mercados de maternidad subrogada, en los laboratorios carentes de control esparcidos por el mundo. Si se activan clínicas que dan la muerte sobre pedido, para evitar el sufrimiento, con la solución más fácil a quien rechaza la vida, elige la soledad plena, se realizan nuevas formas de “explotación del hombre por el hombre”, el uso mercantilizado de la persona, la selección de vidas como residuos de producción.

Si miramos bien dentro de esta nueva frontera relativista nos damos cuenta de la antigua lógica amigo-enemigo que Europa ha cultivado por siglos. El enemigo por abatir queda, para la cultura individualista, la religión, también en las expresiones éticas elementales que han construido, con la herencia clásica, las bases de la civilización contemporánea, no sólo occidental. Un momento dramático de esta renovada lógica está en el negar derecho de ciudadanía a cualquier voz, instancia, principio ético, que sea motivado confesionalmente. Se puede sostener cualquier cosa, motivándola con el placer individual, el deseo, pero si esa se funda en convicciones religiosas viene rechazada, expulsada del debate, no tiene derecho de ciudadanía en la democracia. Se ha llegado con esta lógica, a teorizar y practicar el matrimonio gay y las adopciones a Padres del mismo sexo, olvidando el derecho del niño a la doble paternidad, a tener una madre, a crecer en un contexto de armoniosa complementariedad de las psicologías. Y se ha rechazado otro planteamiento, sólo por su motivación religiosa o confesional.

El riesgo de la secularización: la religión en los confines del templo

Luego se ha seguido adelante. Elevada al vértice del sistema, la soberanía del Yo incide en el testimonio que la conciencia, religiosa o laica, quiere dar de los propios valores fundamentales. Se registra desde tiempo un claro cambio de tendencia en los derechos de la conciencia en relación a las leyes permisivas, que quieren imponerse en la interioridad de la persona, también de quien piensa diferente. Se desarrolla una hilera de decisiones que mina algunos aspectos esenciales de la libertad religiosa imponiendo actos y decisiones contrarias a las propias convicciones. En España se ha negado la exención para la enseñanza de Educación a la ciudadanía, introducida con la Ley Orgánica de Educación de 2006, que invade la esfera íntima de la persona, y contrasta con el derecho de educación de los padres. En España y en Francia se ha rechazado la objeción, de jueces y alcaldes, respecto a la celebración de matrimonios gay, afirmando que no son impuestos deberes o actos de naturaleza religiosa, sino sólo cargas de carácter técnico-jurídico, por tanto neutrales.

Una violación directa y explicita de la libertad religiosa colectiva se ha impuesto en Gran Bretaña con la obligación de confiar los menores en adopción a parejas homosexuales para cualquiera también para instituciones religiosas, o de otra tendencia ideal. Viene negado así de raíz el derecho de libertad religiosa que es para las así llamadas instituciones de tendencia, las cuales deben poder actuar coherentemente con los principios que integran la propia identidad. En Irlanda algunas iglesias han sido obligadas a alquilar sus salones aun para celebraciones de nupcias gay; en Dinamarca el Parlamento ha aprobado una ley que obliga a la Iglesia evangélica a celebrar matrimonios homosexuales. En Escocia dos obstétricas han sido obligadas por una sentencia a tomar parte en un aborto efectuado por sus colegas, mientras la Orden de los médicos ingleses ha establecido que los médicos mismos deben prepararse para dejar de lado sus opiniones religiosas en algunas prácticas que son contrarias a la conciencia.

En algunos documentos internacionales se ha tratado, hasta hoy sin lograrse, introducir el “derecho al aborto”, que frustraría del todo la relativa objeción de consciencia. Por último, desde hace tiempo filtra en Europa la propuesta de abolir el domingo como día festivo, fingiendo ignorar que el reposo es tal si toda la comunidad reposa, de otro modo termina paradójicamente con imponer la obligación de estar encerrado en casa.
Asistimos así a un hecho singular. Mientras los derechos humanos tienen como fundamento las libertades de pensamiento, expresión, conciencia, la legislación más reciente introduce una ambigua red de límites ideológicos, con la negación que se vuelve delito, la homofobia que confunde discriminación y libres opiniones en materia de sexualidad, con la reducción sistemática de la objeción de consciencia. De umbral en umbral, se erosionan los confines de la dialéctica religiosa, se meten obstáculos de los que es difícil salir, hasta concebir fronteras antes impensables.

La última en orden de tiempo concierne a la educación técnico-sexual que se querría introducir en las escuelas de los más pequeños. De este modo se crea de hecho un hombre artificial, contando con el hecho de que mientras tanto la sociedad se acostumbra a todo, acepta por costumbre cada cosa. Nos podemos interrogarnos sobre el significado de este goteo de no liberalidad, de prohibiciones, vetos, que inciden sobre la libertad religiosa, limitan el testimonio que se puede dar de la fe. Eso determina nuevas presiones ideológicas, para empujar hacia atrás a la religión, su dinamismo, su interrogar a las conciencias, para cerrarla en los confines del templo. Pero la religión existe sólo para salir del templo, irradiarse entre los hombres, ofrecer testimonio de sí misma, esta irradiación es la esencia de la libertad religiosa.

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