Evangelización en America. Los testigos
autor: Guzman Carriquiry
Docente de Historia de la Iglesia y miembro del consejo pontificio para los Laicos. Nacido en Uruguay, desde hace muchos años vive en Roma. Está entre los fundadores de la revista Il Nuovo Areopago.
fecha: 2009-08-28
fuente: Storie dalla evangelizzazione dell’America. Nella memoria grata dei testimoni
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli (Meeting para la amistad entre los pueblos) (Rimini, Italia): "El amarillo, el negro, el indio y el latino en busca de americas"
traducción: Carolina Velez

La Iglesia católica celebra, en este año 1992, el quinto centenario del comienzo de la evangelización en las tierras del "nuevo mundo americano": de ninguna manera una recurrente "mea culpa" (es culpa nuestra) obsesiva, masoquista, hasta instrumental destinada a deslegitimar la tarea misionera, además de civilización y liberación, que hoy sigue desarrollando para los pueblos de la América latina. Pero tampoco una apología triunfalista, superficial, confusa en las retóricas protocolarias y los homenajes convencionales, que abundan en todas partes. Se trata más bien de un "celebrar", entendido en su sentido más profundo, es decir un hacer memoria viva y grata, y al mismo tiempo comprometedora, del hecho - del Don más conmovedor, radical y decisivo para el nacimiento, la historia y la suerte de los pueblos latinoamericanos: "¡Jesucristo, ayer, hoy y siempre" (Eb 13,8) (como dice el tema elegido por el Santo Padre para la próxima IV Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, que tendrá lugar en Santo Domingo en octubre de 1992). Es necesario celebrar este centenario – les recordó Juan Pablo II a los Obispos del continente - "con una actitud de gratitud hacia Dios por la vocación cristiana y católica de América Latina, como hacia cuantos fueron instrumentos vivos y activos de la evangelización"(1). Es más, sintiéndose convocados a "una nueva evangelización" de América Latina que “se desarrolle con mayor vigor - como aquel de los orígenes - un potencial de santidad, un gran impulso misionero, una vasta creatividad catequética, una manifestación fecunda de colegialidad y comunión, una batalla evangélica por la dignidad del hombre (…) (2) ". ¡Como aquel de los orígenes! No en vano una constelación de santos recorre este "nuevo mundo", desde la mitad del siglo XVI hasta la mitad del XVII, dando testimonio con la misma vida - reconocida y propuesta como ejemplar por la Iglesia - de tales dimensiones fecundas de la primera evangelización.

Ellos provienen y emergen de aquel mundo humano compuesto que, en una extraordinaria aventura, la cristiandad ibérica difunde más allá del océano. Del más grande de los "conquistadores" al más oscuro de los soldados, llevan todos consigo aquella sed de riqueza, de poder y de gloria que no logran satisfacer en la madre patria, y que debe compensar los enormes riesgos y sacrificios afrontados, pero también un sentido de pertenencia cristiana que a menudo suscita dramáticos sobresaltos y "descargas de conciencia". "Para servir a Dios y al Rey y llevar la luz a cuantos se encontraban en las tinieblas - confesó Bernar Diaz, uno de los grandes cronistas - como también para conseguir la riqueza, que todos nosotros veníamos comúnmente a buscar". La gratuidad y la pasión humana caracterizan en cambio la gran corriente misionera, en la cual los testimonios de Toribio de Mogrovejo, Martin de Porres, Juan Macías, Rosa de Lima, Mariana de Quito, Luis Bertrán, Pedro Claver, Francisco Solano, José de Anchieta, Roque Gonzales y muchos otros "nos enseñan que, superando las debilidades y las vilezas de los hombres que los rodeaban y a veces los perseguían, el Evangelio fue vivido y se puede aún vivir en América Latina en su plenitud de gracia y amor "(…) (3). Son testimonios tan cargados de adhesión y afirmación de toda la realidad, de amor al propio destino reconocido y aceptado, de un vivir cada cosa y encontrar a cada persona en el efluvio de una desmedida fecundidad humana que todo abraza y une en aquel mismo destino, que su memoria rompe la costra de disquisiciones ideológicas entre "leyendas negras" y "leyendas rosada" en que puede encontrarse atrapado y disminuido el acontecimiento cristiano. A ello, en cambio, ellos dan consistencia concreta, realismo atractivo y fascinante, expresión creíble. Son la prueba viviente de que, también en el "nuevo mundo", en el cual abundó el pecado - espiral de dominaciones, atropellos y esclavitud - sobreabundó la gracia. Nuestros santos americanos son por esto testigos que vivieron una adhesión total, consciente, buscada y continuamente reafirmada a un designio de salvación, basado en la obediente secuela de Jesucristo, totalmente aferrados por este ser "enviados" ad gentes (a todo el mundo), siempre en camino hacia la superación de cada límite y cada frontera, para comunicar el fuego de la caridad que arde en sus "corazones". Nuevo mundo, nuevos santos, hombres nuevos, hombres verdaderos, testigos, profetas, promotores de aquella plenitud de humanidad recreada, revelada, cumplida en Jesucristo para la salvación de cada persona y todas las naciones.

I. Entrever razones en el Misterio

Dos son las claves históricas fundamentales para acercarse al misterio de tales testigos, que son un gran don, un milagro de Dios, y a través de las cuales los "cielos nuevos" se unen a la "tierra nueva", por cuanto la vieja creación permanezca y persista en su esclavitud.

La primera es aquella relacionada con la vitalidad religiosa que invade la península ibérica con fuertes corrientes de "reforma católica", antecedentes a la crisis protestante, de la cual la preservan, mientras que preparan el Concilio de Trento. No se puede entender el desprenderse de energías misioneras tan generosas, audaces y creativas, en la epopeya americana, si no se tienen presentes los Sínodos provinciales de reforma en Hispania; la creación de colegios para el clero, anticipación de los seminarios tridentinos; el levantamiento del nivel espiritual, moral y pastoral producido tanto en el episcopado como en el clero, bien por encima de la media bastante baja que tantas otras regiones europeas; el desarrollo de las Universidades de Alcalá y Salamanca, en la cumbre de la cultura humanística renacentista, en plena reanudación de los estudios bíblicos y patrísticos, convertidos en cuna de la segunda escolástica; la reforma "observante" de los órdenes mendicantes; la reforma del Carmelo y el tiempo de la gran mística de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz; la fundación de la Compañía de Jesús…(4) Corrientes y dones todos por un resurgimiento y una revitalización de la tradición cristiana, que ponía de nuevo en en evidencia la fuerza original del encuentro con Cristo y de su anuncio como acontecimiento de sentido último y global para afrontar los desafíos de una nueva encrucijada histórica.

Pero lo que encauza y consolida tales corrientes de riforma, forjando entonces grandes santos, es esta segunda clave, es la novedad, la urgencia, los retos de la misión en las nuevas tierras "descubiertas". Son los pueblos indígenas del nuevo mundo que suscitan la escucha atenta y disponible de la apremiante llamada de Dios a ponerse en movimiento, a volverse misionarios, retomando y actualizando el mandato: "Vayan y amaestren a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Epíritu Santo" (Mt. 28,19) para ser sus testigos "hasta los extremos confines de la tierra" (At. 1,8).

II. Predicadores del Evangelio

De 1492 a 1620 se señala una primera fase de extensa e intensa expansión misionera, a la cual se acompaña la organización de la Iglesia en el "nuevo mundo."

Toda la Iglesia vive en la época en “status missionis", en plena efervescencia. Es éste en efecto el momento creativo en que la evangelización y la conquista proceden juntas, indivisiblemente y contradictoriamente atadas. Cómo no partir por tanto de aquellas primeras corrientes de religiosos - dominicos y franciscanos junto a agustinos y mercedarios - "mensajeros" del evangelio en América "que vinieron a anunciar al Cristo Salvador, a defender la dignidad de los indígenas, a proclamar sus inviolables derechos, a favorecer su promoción integral; a enseñarles la hermandad como hombres y como hijos del mismo Señor y Padre, Dios"(5).

San Luis Bertrán es expresión ejemplar de esta primera época, creativa y desgarradora. Fue el primer santo en poner un pie en tierra americana, si bien ni nació ni murió allí; en efecto nació y murió en Valencia (1526-1591), capital del Levante español - sin embargo es un santo "americano", inscrito en el Ordo Sanctorum de la Iglesia universal por Clemente X junto a Santa Rosa de Lima en 1671 y proclamado por Alejandro VIII en 1690 patrón de la Nueva Granada, hoy Colombia. Cincuenta y cinco años de vida, treinta y cinco como dominico, siete, pero ¡qué siete! en tierra americana…

"Cuando San Luis nacía, Francisco Javier cumplía 20 años y Santa Teresa 8, el Padre Las Casas meditaba encerrado en su convento de las Antillas sobre el terrible caso de conciencia que la empresa de las Indias representaba para los españoles; el Padre Francisco de Vitoria maduraba esas reflexiones que 10 años más tarde habrían conmovido a España entera (…)"(6). Él se introduce en aquella tradición de religiosos reformados, por lo tanto de estrecha observancia, los cuales por fidelidad al propio carisma de predicación del Evangelio con especial dedicación a los más lejanos, desembarcan en el nuevo mundo desde aquella primera misión en San Domingo, en 1510, en la cual sobresalen Pedro de Córdoba, suyo es el primer catecismo redactado en América y Antonio de Montesinos, del cual la crónica conserva la primera predicación profética del Evangelio, sobre la dignidad y justicia para los indígenas. La Universidad y el convento de San Esteban en Salamanca por los cuales pasó también Luis Bertrán constituyen el centro de gravitación intelectual y de lanzamiento misionero de dicha tradición (7). La divina providencia se vale del encuentro, en Valencia, entre Luis y un indio disfrazado de fraile y con documentos falsos (tanto Colón como otros conquistadores llevaron consigo algunos indios), para llamarlo a la misión. "Para San Luis Bertrán aquel indio fue como el macedonio aparecido en un sueño a San Pablo: pasa a Macedonia y ayúdanos"(8).

De Valencia a Sevilla, a pie, con sólo un breviario, una Biblia y lo necesario para celebrar la Misa, sin dinero, pero no privado de la compañía de los cofrades… y de allí a Cartagena de Indias, donde encuentra a 30 cofrades, instalados en un rudimentario convento de barro y paja, llegados a la Nueva Granada desde 1529, o sea apenas 30 años después de la fundación de la ciudad-puerto, de quien fue segundo obispo Jerónimo de Loyasa, entonces primer arzobispo de Lima.

Aunque con salud enfermiza, transcurre siete años atravesando ríos y montes, soportando el calor húmedo de los trópicos, "durmiendo en selvas ásperas, infestadas de osos, tigres y grandes serpientes". El misionero no conoce descanso al predicar la Buena Nueva de Cristo entre varias tribus salvajes en los bordes del río Magdalena y en el golfo de Darién. Predica, bautiza, enseña, combate supersticiones e idolatrías, defiende a los indígenas. No he venido a las Indias dirá pues, para ser abad y me interesa más la conversión de un indio que todos los honores y los encargos que tiene la Iglesia de Dios". Arriesga la propia vida entre los salvajes y entre los "encomenderos" despiadados.

Dos veces, sea los unos que los otros, intentaron envenenarlo. No le ahorraron las calumnias. Pero él no tiene tiempo para el miedo, y desafortunadamente tampoco para aprender las lenguas locales. Sólo Dios sabe cómo logró hacerse entender, todavía corre la voz de que todos lo entendieron, milagro de un gran amor por los indígenas y señal del estupor que suscitó entre indios y españoles. Vive protegiendo a sus indios contra la avidez y la crueldad de los que su cofrade Las Casas definía como "encomenderos satánicos, malditos, infernales, mahometanos". Un día, uno de ellos echa a bastonazos a los indios de la pobre iglesia en la que el religioso se esfuerza por reconocerse hijo de Dios. Cuentan incluso que, una vez, comiendo con algunos colonos, a quienes echaba en cara sus crueldades y sus obstinaciones, tomó una torta de maíz y apretándola con fuerza le hizo chorrear sangre, exclamando: "Ésta es la sangre que comen y chupan de estos míseros indios". Se trata así de un modo de comportarse intransigente y profético. Su conciencia queda turbada frente al dramatismo de las situaciones que debe afrontar y Las Casas contribuye a agitarlo, amonestándolo para que no absuelva a los colonos en el confesionario. Egana explica: "Bertran no encuentra la fórmula justa para absolver conciencias implicadas completamente en implacables injusticias, que él se da cuenta de no poder dominar (…). Ambas situaciones negativas - el no poder absolver y el no poder poner remedio a las situaciones - tuvieron que desencadenar en su alma una fuerte tragedia (…)"(9). Tragedia que es ciertamente en base a su enigmática decisión de volver a España, de donde su testimonio alimentará nuevas oleadas misioneras.

III. Apóstoles itinerantes

La figura del misionero itinerante por excelencia nos la muestra San Francisco Solano. Nacido en 1549 en Montilla (Andalucía), viste a los veinte años el sayo franciscano y durante los siguientes 18 años alterna, en las austeras comunidades conventuales del Sur de España, el estudio, los encargos de gobierno y el ministerio apostólico. Parte por fin hacia las Indias, atraído y movido por las corrientes misioneras de sus cofrades, ya presentes con una primera obediencia en Santo Domingo, pero sobre todo por las huellas y por los ecos de las hazañas de los "12 apóstoles" en el México de Cortés, con Fray Martin de Valencia y Fray Toribio de Benavente, "Motolinía" y de sus "coloquios" de propuesta evangelizadora; y además de de los educadores, traductores, lingüistas, etnólogos, cronistas, catequistas - ¡un Fray Pedro de Gante, un Fray Bernardino de Sahagún! por amor a los indios y para "plantar" el Evangelio en su corazón; y aún Fray Juan Zumarraga, primer obispo y gran arzobispo de Ciudad de México, el cual en su Doctrina breve, a menudo reclama al ejemplo de la "Iglesia primitiva" en cuya pureza y santidad el "evangelismo" mesiánico de los franciscanos esperaba edificar la cristiandad mejicana con los "pobres indios"(10). ¿Los tres niños indígenas de Tlaxcala no habían quizás demostrado con su martirio su adhesión heroica a la fe cristiana (11)? ¿No fue Juan Diego un indio - hoy venerado como "beato"(12), - el elegido para ser el enviado y el mensajero de aquella "bella señora" que es "la perfecta discípula" y la "pedagoga" del Evangelio en América? En los grandes colegios para los indígenas ¿no se formó quizás una entera generación de líderes cristianos? ¿El indígena – iglual que San Francisco con sus estigmas "totus Christo configuratus" - no fue quizás el "pobrecillo de Jesús", el hombre de los dolores, el Justo perseguido, el Cristo de la pasión?

¡Qué tremenda travesía aquella de Fray Solano! La expedición de la que hace parte logra sí atravesar el océano - ¡inmenso cementerio para tantas de ellas! - y a alcanzar Cartagena. Pero en Panamá mueren dos de sus cofrades, mientras otro perece en el naufragio del barco dirigido a El Callao, el puerto de Lima. Y aquí queda el buen fraile, con un grupo de náufragos abandonados sobre el litoral colombiano del Pacífico, pero no se desanima. A pie y a lomo de mula recorre una distancia inmensa hasta alcanzar su destino: Tucumán - en el Norte de la Argentina actual - del extremo Norte al extremo sur del imperio inca, a trasvés de la cordillera andina del sur de Colombia, del Perú y de Bolivia. Llega en 1590, cuando sólo dos obispados – el de los Tucumán y el de Río de la Plata - con pocos franciscanos, dominicos y mercedarios - cubrían un territorio enorme.

La documentación sobre las actividades apostólicas es muy escasa. Sabemos que se quedó en Tucumán sólo 11 años, primero como misionero y "doctrinero", luego como guardián o viceprovincial de todos los conventos de Tucumán y Paraguay, dependientes de la provincia de Perú. Su caridad, mansedumbre y pobreza le permitieron a Solano conquistar el corazón de los indígenas. Se dedicó a estudiar su lengua y Dios recompensó sus esfuerzos, puesto que se dijo de él que poseía el don de las lenguas. Dejó su huella en Santiago del Estero, La Rioja, Córdoba, hasta que, en 1601, los superiores lo llamaron a Perú para el nuevo convento de Nuestro Señora de los Ángeles, que se estaba fundando en Lima. Se dice que los indios lloraron, cuando partió. Vive sus años peruanos en la obediencia y en la penitencia, pero su tremenda predicación, de tono apocalíptico, se hace sentir por las calles de aquella Lima aristocrática y frívola, tan chocante para el austero religioso. Muere en 1610 y Benedicto XIII lo proclamará santo en 1726.

IV. Nueva cristiandad en las Indias

Quien mejor ilustra ambos aspectos de los tiempos de fundación - o sea la misión itinerante y la organización de la Iglesia en las Indias - es sin duda, San Toribio de Mogrovejo (1538-1606). Su ciudad natal fue Mayorga, entonces situada en la diócesis de Valladolid y hoy en la de León. Estudia derecho canónico en las universidades de Salamanca, Coimbra y Santiago y se vuelve presidente del Consejo de la inquisición en Granada, encargo desempeñado con justicia discreta y misericordiosa. Nunca se habría esperado, él un laico de 39 años, que el rey Felipe II le ofreciera el arzobispado de Lima (vacante por más de 4 años, después de la muerte del genial Jerónimo do Loaysa), el centro espiritual y político más importante de Sur América, a los que eran sometidas diócesis y fieles desde Panamá hasta Río de la Plata. Recibió las órdenes mayores en Sevilla y fue luego consagrado obispo. Mientras tanto hacía visitas periódicas al Consejo de las Indias y aprendía a conocer las tierras y los hombres que le fueron confiados.

Después de un viaje de 4 meses llega al puerto de Paita - el más septentrional del Virreinato de Perú y recorre luego 800 kilómetros a lomo de mula hasta la "Ciudad del Rey.

Dos fueron sus tareas fundamentales en sus 26 años de gobierno arzobispal. En primer lugar se dedica a la organización eclesiástica de la "nueva cristiandad de las Indias". Así como el gran Virrey Don Francisco de Toledo logró domar la fronda de los "conquistadores" contra las "nuevas leyes" de 1542, imponiendo la autoridad de la Corona y el imperio de la ley y lanzando las bases jurídicas y administrativas del vasto territorio, lo mismo hizo Don Toribio a nivel eclesiástico y religioso. Recién llegado, se apresuró en convocar el III Concejo Provincial de Lima, que fue abierto el 15 de agosto de 1582 y en el que participaron, bajo su presidencia, los Obispos de toda América meridional. Con ello, eran aplicadas y por así decir, encontraron inculturación, las disposiciones del Concilio de Trento (1545-63), pero al mismo tiempo fue retomada la tradición de las "juntas" y de las asambleas sinodales, que la joven Iglesia celebraba en México y Perú para llevar adelante, con realismo, la evangelización para los nuevos pueblos. Este III Concilio de Lima se ocupó sobre todo de la promoción humana y cristiana de los indígenas y la reforma del clero. "No hay cosa más importante que los prelados y los otros ministros, tanto eclesiásticos como seculares, deban cumplir en estas provincias de las Indias, porque a ellos confiada por Cristo (…), que demostrar un cariño paternal y una atención al bien por estas tiernas plantas que la Iglesia tiene frente a ella como su responsabilidad, o sea amaestrar y orientar a la población indígena". Acerca de ella, un decreto conciliar dispone que “sea instruida en el vivir social para que se acostumbre a cuidar a las propias personas y a las propias cosas". Por esto, el Santo Sínodo se declara adolorido "por el hecho de que no sólo en los tiempos pasados hayan sido hechas tantas afrentas a estos pobres indios y de manera verdaderamente excesiva, pero que también al día de hoy muchos tratan de hacer lo mismo. (El Sínodo) Ruega a Jesucristo y exhorta a todos los Magistrados y los Gobernadores a mostrarse piadosos hacia los indios, a enfrentar la insolencia de los mismos Ministros cuando sea necesario, y a tratar estos indios no como esclavos sino como hombres libres y vasallos de la Real Majestad, a cargo da cual los han puesto Dios y la Iglesia. Y a los párrocos y a los otros ministros eclesiásticos ordena seriamente acordarse de que son Pastores y no carniceros y por lo tanto deben sustenerlos y defenderlos como hijos en el seno de la caridad cristiana". Sobre la base de las preocupaciones e indicaciones sinodales fue elaborado el Catecismo de Lima, redactado en tres idiomas (español, quechua y aymara), primer libro impreso en América del Sur en 1584-85. Cuanto al clero, el Concilio señalaba que "lo que principalmente deben tener en la mira los obispos es dotarse de obreros idóneos para esta gran mies de los indios. Y si faltaran, es sin duda mejor y más ventajoso para la salvación de los nativos tener pocos sacerdotes, pero buenos, que muchos y mezquinos". Don Toribio se preocupó entonces por ordenar a los sacerdotes - "doctrineros" de residir en las aldeas indígenas, por fundar en Lima el primer Seminario de toda la Iglesia universal para formar un clero secular joven y autóctono; por imponer el estudio de las lenguas locales a los seminaristas y a los sacerdotes - ¡al final del siglo las conocían más del 90% de los sacerdotes! -, por decretar ipso facto la excomunión contra los clérigos dedicados a "contratos y negocios que son la ruina del estado eclesiástico", de alzarse contra los "privilegios" de los religiosos empujándolos a no encerrarse en sus parroquias sino a ir en misión…. Mucho le costó hacer aprobar del Rey y de la Santa Sede las resoluciones del Concilio, a causa de los ataques de los que se oponían. El IV y V Concilio provincial de Lima, siempre convocados por Don Toribio, pusieron en práctica y continuaron esta obra.

Pero de sus 25 años de gobierno, muchos fueron también ocupados por visitas pastorales a todas las comunidades esparcidas en la enorme jurisdicción eclesiástica. La primera de estas visitas duró casi 7 años (1584-90), la segunda 4 (1593-97) y de la tercera, iniciada en 1605, no regresó vivo. A caballo, visitó centenares de aldeas y "reducciones", desde las playas de la costa hasta las cumbres más elevadas de la Sierra, entre cabañas y tugurios, edificando y embelleciendo iglesias, hospitales y escuelas, mostrando severidad hacia los abusos de los clérigos, colonos, encomenderos y "corregidores", denunciando a menudo la explotación del trabajo en las minas y en las granjas, el mal representado en la "coca" y la "chica" etc., conviviendo con los indígenas - "que son nuestros hijos más queridos" - y acumulando experiencias e informaciones tan útiles por su elevación humana y cristiana. También encontró el tiempo, en el transcurso de sus pasajes, de presidir 17 Sínodos locales. En 1594 le escribió al Rey el haber recorrido 15.000 Km. Acusado de estar siempre fuera de Lima, le decía en una carta del 16 de febrero de 1594: "Es mi deber y mi obligación no permitir che un solo indio muera sin el sacramento del bautismo (…) la vida es breve y cada uno debe velar sobre lo que tiene a cargo (…) es en estas tierras abandonadas que hay mayor necesidad del Santo Evangelio". Alguien ha calculado que bautizó casi un millón de indígenas y confirmó 120.000. Y "aunque me exponga a graves peligros derivados de los desplazamientos, del odio de los enemigos, de las carreteras más peligrosas del mundo entero, porque es una tierra accidentada y atravesada por grandes ríos (…) (muchas veces he estado en peligro de muerte) - escribe - hago todo esto por Dios y para cumplir mi deber" como "alivio a la conciencia". Sus relaciones con los 5 virreyes siguientes fueron a veces calmadas a veces conflictivas. Fue acusado de no respetar el Patronato Regio porque se ponía en contacto directo con Roma, fue calumniado y tuvo que soportar intrigas e insidias de todo tipo. Me he alegrado mucho en el Señor - escribirá otra vez - por estos trabajos, adversidades, calumnias y aflicciones, que recibo como de sus manos y considero como un don, pretendiendo seguir los Apóstoles y Santos Mártires y el buen Capitán Cristo nuestro redentor, con su ayuda y su gracia, (…) considerando que, cuánto más uno sirve a Dios, más es perseguido por el mundo, y por el alboroto (…)". Lo amaron sobre todo los indios - que lo llamaban "Taita Toribio" - y cerca de de ellos murió en una pobre iglesia. Condujo una vida tan pobre y austera – distribuía de hecho sus ganancias entre obras de la iglesia y los más necesitados que definió como "mis acreedores" - que corrió la voz que murió de hambre. Benedicto XIII lo proclamó santo y Juan Pablo II "Patrón de los obispos de América Latina."

V. Opción santa para los pobres

¡Aristocrática y frívola, pero a la vez punto focal de irradiación de santidad, Lima ve convivir en su seno a Toribio de Mogrovejo y a Francisco Solano, junto a dos pobres hermanos laicos dominicos y una jovencita criolla, llamada Rosa… constelación de Santos!

El Orden de los Predicadores que es muestra de insignes teólogos en Salamanca y Trento - un Cayetano, un Soto, un Cano - cuenta también santos en aquel lugar estratégico que fueron las porterías de los conventos, donde los claustros se abrían para acoger todas las necesidades, materiales y espirituales, de un mundo de pobres y desamparados. Uno de éstos es Martín de Porres, cuya hoja de bautismo, redactada en Lima en 1579, dice: "hijo de padre desconocido y Ana Velásquez, "horra" (esclava liberada) ", o sea fruto de los amores clandestinos de un hidalgo español y una mulata, por lo tanto de piel oscura, educado cristianamente por su madre en los barrios pobres de Lima y reconocido años después por su padre. "Donado" al convento de los dominicos, casi como un siervo, 9 años después hace la solemne profesión de los votos, acogiendo con alegría el orden de los superiores. Será el primer mulato en entrar al orden. Se ocupó de la portería y fue también barbero del convento, así como enfermero y hasta médico "practicante" y cirujano. Por la noche estudiaba y rezaba, al alba hacía su adoración a la Eucaristía – a la cual era muy devoto - y durante el día, con el corazón y los brazos abiertos a servir a sus cofrades del convento y a cuidar de aquella "segunda eucaristía" de indios, esclavos negros, niños abandonados, enfermos de todo tipo, amontonados tanto en la portería como en los barrios más miserables. Funda la Guardería y la Escuela de huérfanos de Santa Cruz, primer instituto de este género en Lima. Con el rosario en el cuello - como todos los dominicos de América - y otro colgado al cinturón, su imagen, objeto de gran veneración, lo pinta también con la escoba en mano. Ya durante su vida se habló mucho de las curaciones milagrosas hechas por él. Pero más milagrosa aún era aquel simple y humilde "caritas Christi" que plasmaba su existencia cotidiana. Ponía paz entre las parejas, hacía reconciliar a los enemigos, definía causas, promovía la religión…. Era el ángel de Lima.

El otro fue Juan Macías (1585-1645), que, huérfano a los 4 años, vigilaba las ovejas rezando el rosario por los campos de su Extremadura nativa. De Sevilla va a América en una expedición comercial, entre aquellos "desheredados y desamparados de España" - como dice Cervantes - que se arriesgan a la aventura para buscar suerte en el Nuevo Mundo. En Cartagena fue despedido porque no sabía ni leer ni escribir. Se pone en marcha hacia Lima y allá, a los 37 años en 1623, después de un año de noviciado, hace su profesión de laico dominico. Gran amigo de Martin, también él ronda en la portería por la que desfila cualquier tipo de miseria. Da de comer, consuela, enseña el catecismo. Se ve siempre con una cuchara grande de madera, que se conserva todavía. Pero deja también una cadena manchada con su sangre en las severas penitencias que se inflige en las noches de oración. ¿No son quizás los santos, las personas más humildes, los que de manera más aguda tienen la experiencia de la propia fragilidad y la propia experiencia de pecado? Como Martín, también él tuvo éxtasis místicos. ¿Extrañezas? ¿O quizás una correspondencia mucho más real con lo que somos originalmente, con nuestro "corazón", más que las cosas que comprendemos bien, en sus apariencias tan familiares? No súper-hombres sino hombres verdaderos, en todo. También cuando amontonaba vestidos, dinero, comida en la carretilla con la que recorría Lima: mendigo de Dios y de los hombres para el servicio de los pobres.

Martin murió en 1639, Juan 6 años después. Ambos fueron beatificados juntos por Gregorio XVI. El primero fue canonizado por Juan XXIII (1962) y el segundo por Pablo VI (1975).

VI. Vírgenes, místicas, penitentes

¿Quizás las mujeres estuvieron ausentes en esta primera colonización y evangelización? A diferencia de las familias enteras que partieron con el Mayflower, los tiempos duros y sumamente riesgosos de expediciones y conquistas fueron sobre todo de los hombres. No faltaron sin embargo mujeres heroicas y llenas de abnegación, que atravesaron el Atlántico con padres y maridos, entre las cuales también algunas de gran temple y habilidad política. Ya entre 1501 y 1606 fueron fundados en Lima 5 monasterios femeninos. Pero quien que se señaló sobre todo fue una jovencita criolla de Lima, de familia humilde y honesta, nacida en 1586 y bautizada con el nombre de Isabel, pero que desde la infancia obtuvo de su misma nodriza india el sobrenombre Rosa. Desde joven se sintió atraída por la vida religiosa, pero no se convirtió nunca en monja. Su vocación era de huella dominicana, madurada en la cercana iglesia de Santo Domingo a los pies de la virgen del Rosario e impulsada por sus confesores de la Universidad de San Marco. Tuvo como modelo a Santa Catalina de Siena y como únicas lecturas los textos de Fray Luis de Granada. En Lima el convento de la Orden sólo surgió después de su muerte: vistió por lo tanto el hábito de terciaria.

"Aquel amor con el que nuestra Santa se esforzaba en corresponder a Cristo y a Cristo crucificado, es la llave que explica - como fue precisamente escrito- el curso heroico de su vida": su fuga del mundo sin dejar de vivir en medio a ello; su vida eremítica en la minúscula celda construida con sus manos en el huerto de casa, su ruptura con cada vanidad (famoso el gesto de cortarse el pelo porque se veía demasiado bonita); el santo furor con el que armaba su propio brazo y flagelaba su propia carne con el anhelo de parecerse cada vez más a su Amado divino(13). Oyó de los labios de Cristo: "Rosa de mi corazón, sé mi novia" y tuvo una profunda intimidad con Él en las largas horas de soledad y de oración, a través de una fervorosa vida eucarística poco común en aquellos tiempos, en un espíritu de penitencia y de amor apasionado a la Cruz que la llevaba a ser "lirio entre las espinas” por medio de cualquier tipo de ayunos, desvelos, cilicios, austeridades, disciplinas. A través de dones extraordinarios fue elevada a sumo grado de la vida mística. Tuvo frecuentes apariciones, marcada con la máxima familiaridad de su ángel de la guarda, de Santa Catalina, de la Madre de Dios…. Se sometió sin reservas a la autoridad de los maestros y a teólogos, ella, mujer simple y poco instruida, segura y firme en sus afirmaciones, rigurosamente teológicas, ajena a cualquier sentimentalismo.

Todavía hoy se conserva la celda en la que recibía a sus amigas "terciarias", así como también el pequeño hospital a lado de su casa, al cual llevaba los enfermos reducidos al límite. Socorrió las necesidades materiales y morales de quien hallaba y se preocupó por evangelizar a indios, negros e infieles, recogiendo para tal fin limosnas y manteniendo seminaristas necesitados. Muere en 1617, entre terribles sufrimientos, sin que se lograra entender la naturaleza de su mal ni se le encontraran lesiones orgánicas. Quizás le fue posible morir del amor por vivir plenamente con su Amado. Fue canonizada en 1671, junto a Luis Bertrán y a Francisco de Borja y declarada "Patrona del Perú, de las Indias y de las Filipinas."

Si Rosa de Lima quiso ser dominica, Mariana de Paredes, 1618-1645, afirmó siempre: "Soy toda jesuita, hija de la Compañía de Jesús". De familia noble y acomodada fue "azucena” de aquel Quito español que Bolívar definirá tiempo después como "lo más parecido a un convento". Consagrada al Señor desde la más tierna edad, decidió hacer como Rosa: pidió a los suyos que le asignaran una habitación y en las tres que le dieron se encerró a los 12 años y nunca salió si no para ir a la Iglesia de la Compañía de Jesús o para cuidar a sus pobres. La vida cotidiana de Mariana, siempre vestida con una túnica negra, (como la sotana de los Jesuitas), con un Jesús impreso sobre el pecho, se desempeñaba en el álveo de una regla impuesta sobre los ejercicios ignacianos: 6 horas de meditación, confesión y comunión diarias, imitación del "Hombre de los dolores” con una espiritualidad llevada al límite. Pretendía interceder donde Dios y expiar los pecados de su época: abogada y víctima al mismo tiempo. Leía los escritos de San Francisco Javier y San Francisco de Asís, pero sobre todo de Santa Teresa, cuyas obras llegaron al Ecuador. Pasaba incluso horas agradables con familiares y amigas – ofreciendo a muchas personas compañía, consuelo y consejos -, fue una excelente catequista para los niños y además se dedicaba en lo posible a distribuir pan entre los mendigos, a visitar a los enfermos, a estar cerca de parejas y familias en dificultad…. Murió a los 26 años, entre una profunda conmoción del pueblo. Tres siglos más tarde, en 1955, Pío XII la elevaba a los altares como Mariana de Jesús.

VII. Esta banda de Santos

El año en que nace José Anchieta, 1534, es también aquel en que madura la organización de un primer núcleo de hombres atraídos por Ignacio de Loyola y por sus compañeros de la Universidad de París.

El día de la fiesta de la Asunción, el 15 de agosto, pronuncian en Montmartre los votos religiosos y de consagración al servicio de Dios y de la Iglesia. Pablo III aprueba la Compañía en 1540. Cuando Anchieta llega a la Universidad de Coimbra - cuna de la cultura humanística de Portugal - para luego entrar en 1551 en la Compañía, los Jesuitas eran ya lanzados en el clamor del mundo, forjados por sus "ejercicios espirituales", para seguir la consigna ignaciana: Vayan e incendian el mundo" . Serán ya sea la máxima expresión de la reforma católica y del Concilio de Trento, que los valientes misioneros de este mundo tan vasto y ajeno del Extremo Oriente, de las Indias, de América, apretando las filas alrededor del Papado en medio de la separación de las naciones, desinteresándose de pirámides feudales y apuntando más allá de los "patronatos regios."

Los jesuitas iniciarán su obra en tierra americana por vía lusitana en Brasil, donde desarrollarán un rol decisivo. Bajo su gran provincial, Manuel de Nobrega, Anchieta comenzará sus 43 años de vida en aquellos inmensos territorios, hasta su muerte, ocurrida en 1597. En 1565 fue ordenado sacerdote y en1577 hizo la profesión definitiva. Lingüista, naturalista, poeta, dramaturgo, diplomático, fundador de ciudades, sacerdote, santo: o sea un misionero en el sentido más amplio y profundo de la palabra. Recorrió todo el Brasil desde Bahía hasta Río, si bien el centro de sus actividades estuviera en la capitanía del Sur: San Vicente Espíritu Santo. Se volvió una figura familiar, pobre, itinerante, evangelizador, para aquel mundo primitivo de tribus esparcidas aquí y allá, de esclavos negros que los mercaderes de la "trata" estaban empezando a transportar, a partir de 1553, por las nuevas plantaciones, de míseros mestizos, de colonos portugueses. Estudió a fondo a la principal familia de tribus indígenas - los tupí y escribió varias obras puras en lengua tupí para conocerlos mejor y evangelizarlos. Se valió del teatro popular con fines pedagógicos, en una original fusión de coreografía y rituales indígenas y de actos sacramentales de origen medieval. Creó y difundió la canción popular con fondo religioso. Promovió la fundación de varias aldeas indígenas. Defendió la libertad de los indios contra las presiones destructivas de colonizadores brutales. Redactó gramáticas y diccionarios en lengua indígena para su gigantesco y minucioso trabajo de catequesis. Se volvió practicante de la abundante farmacopea doméstica y popular del Brasil. Fue consejero de gobernadores y su nombre está íntimamente legado a la fundación de Rio de Janeiro y de Sao Pablo. Como Provincial (1577) visitó varias veces comunidades y obras de la Compañía de Olinda, al Norte, hasta la costa meridional. Promoción de colegios, escritos históricos, composición de poemas… el más significativo de los cuales fue De Beata Virgine Dei Matre Maria, en latín, que, prisionero de los indios, compuso mentalmente con sus casi 3000 dísticos mandándolos completamente de memoria, en consecuencia y señal de una alianza estrecha con la Santísima Virgen. Apóstol del Brasil, "tierra de Santa Cruz”, fue beatificado por Juan Pablo II en una ceremonia desarrollada en San Pablo el 3 de julio de 1980.

Los primeros jesuitas que llegaron a las Indias españolas están en 1567 en Perú y en 1572 en México. En Perú se estaban desarrollando los Concilios de Lima y don Toribio no dejó de valerse del consejo de los jesuitas. Cuatro de ellos - José de Acosta, Barzana, Valera y Bartolomé de Santiago (los dos últimos mestizos) redactaron aquel catecismo que será luego traducido a guaraní por el apóstol franciscano Luis Bolaños, un precursor de las "reducciones", y utilizado en las Misiones del Paraguay. Fueron el gobernador Hernandarias y el franciscano Bolaños quienes empezaron las "reducciones" en el Paraguay y llamaron a los jesuitas, gracias a los cuales la empresa asumió una dimensión sistemática y metódica, de alcance extraordinario. Los antecedentes se pueden precisar en aquellas "aldeas hospitales" promovidas por Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán (México) y destinadas a realizar concretamente la "Utopía". Un reducido número de jesuitas desarmados, en la densidad de la selva encaminan un proceso, sorprendente y vertiginoso, de atracción evangélica de los indios y fundación de aldeas. El poder de la palabra y el ejemplo fueron sellados con la sangre de los mártires, los padres Roque Gonzáles de Santa Cruz, Juan de Castillo y Alonso Rodríguez, canonizados recientemente por Juan Pablo II en Asunción (14). Fundador de aldeas misioneras, duro con los españoles y afectuoso con los indios, Roque Gonzáles desempeñó toda clase de actividades, como también los otros cofrades: fue párroco y catequista, maestro de escuela y enfermero, arquitecto y albañil, agricultor…. La sangre de estos mártires se volvió en verdad semilla de nuevos cristianos. El crecimiento de las Misiones fue en efecto enorme: la población pasó de 50.000 en 1650 a 100.000 en 1700 y a casi 150.000 en 1732. Crearon de Paraguay el núcleo de desarrollo más prodigioso de la cuenca del Plata y sirvieron como centro experimental y guía a la fundación de una cadena de misiones en América del Sur - una serie de aldeas desde Colombia hasta la Cuenca del Plata - casi anticipando la intención contemporánea de la "autopista de la selva”. Fue la semilla fecunda de una nueva civilización, inculturación del Evangelio en comunidades indio-jesuitas, capaces del más intenso y autosuficiente crecimiento educativo, cultural, tecnológico y productivo, en condiciones de franca hermandad, fuera de la intromisión de la "espada". La conspiración de los grandes potentados del tiempo contra la Compañía de Jesús y el afán de mano de obra de los colonos ("encomenderos" y "mamelucos") pusieron punto final a esta grandiosa experiencia desmantelando las Misiones(15).

Le tocó a otro gran jesuita abrir caminos heroicos de solidaridad y evangelización de la multitud de esclavos negros que desembarcaban apiñándose en las tabernas del puerto de Cartagena - por el inmundo tráfico negrero de las costas africanas - para ser luego encaminados hacia las regiones de las plantaciones tropicales o para trabajar en las minas o al servicio de los "señores". Aquel catalán taciturno, nacido en Verdú (Gerona) en 1580, mostrará que no eran vanas las palabras que acompañaron su firma en el acto de ratificación de su dedicación definitiva a la Compañía el 3 de abril de 1622, en la tierra de Nueva Granada: "Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre". Y ya que le costó mucho encontrar el correcto camino vocacional y religioso. Fue un anciano jesuita, Alonso Rodríguez, de pocos estudios pero de mucha sabiduría, quien lo empujó hacia América. En la Nueva Granada será otro jesuita, Alonso de Sandoval, estudioso de las razas, lenguas, usos y religiones de los "etíopes" quien lo introdujo al conocimiento y al amor de los diferentes mundos de esclavos negros violentamente desarraigados y trasplantados en tierra americana.

La misión de Claver se desarrollará sobre todo - y por 34 años - en las grandes bodegas de los barcos negreros, rebosantes de "mercancía" apestada, podrida, apenas capaz de sobrevivir. Tuvo que vencer el hedor insoportable, la náusea, el rechazo y el desaliento en aquellos antros de sufrimientos y laceraciones humanas. Apenas el barco atraca, ya está en el sitio para curar las heridas, dar de comer, lavar suciedades, abastecer a los bebés nacidos en la terrible travesía…. Aprende a distinguir los lugares de origen de los negros: yolof, mandinga, felup, biafrani… y a comunicarse con ellos en el lenguaje de cada uno. De las bodegas al hospital San Lázaro, donde son acogidos los enfermos malditos, los leprosos, los desechos humanos y de allá a Getsemaní, el barrio de los negros, fuera de los muros de la ciudad. Éste es su mundo. Convirtió y bautizó a 300.000 negros. Su "Compañía" lo sostenía, si bien los reportes oficiales enviados a Roma lo describan así: me "ingenio" que estaba pasando de "inferior a la mediocridad” (1616) a "bueno" (1651), "juicio" siempre "mediocre", "prudencia" siempre "escasa"; experiencia de la vida y las cosas, mediocre (!?), "melancólico" y "sanguíneo", "insigne en el trato hacia los etíopes", "provecho espiritual óptimo". Canonizado el 1º de enero de 1888 por León XIII, se reencontrará nuevamente con Alonso Rodríguez en la gloria del Bernini, en la Basílica de San Pedro en Roma.

Los estudios y los reclamos de Sandoval, las relaciones de la Compañía de las Indias, los ecos del ministerio de Claver no fueron ajenos a la condena enérgica del mercado de los esclavos emitida por Urbano VIII, el 22 de abril de 1639, y también a la orden dada 50 años más tarde por "Propaganda Fide" a sus misioneros de África para que predicaran contra esta indigna compraventa de criaturas humanas.

"En Cartagena de Indias - se dice - hay una estatua del santo que se ha oscurecido con el aire salino del mar. Mirándola, los negros piensan que tenía que ser justo así: qué San Pedro Claver debía ser negro como ellos, de lo contrario no le habría sido posible quererlos tanto"(16). Para Dios y con Dios nada es imposible.

VIII. Muchos otros

Y aquí nos paramos. Haría falta llegar hasta la segunda mitad del siglo XVII y lanzarse en tierra guatemalteca para encontrar al Beato Pedro de Betencourt (1626-1667), llegado de las Canarias, fundador del primer orden religioso propiamente americano para el servicio de los enfermos, que América no supo bien preservar (si bien la antorcha fue retomada por las religiosas). Y luego saltar aún un siglo para seguir al franciscano Junípero Serra, beato, misionero en California. Y recordar también a San Miguel Febres, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los mártires mexicanos y más cercanos a nosotros, Santa Teresa de los Andes, Santa Mercedes de Jesús Molina. Y muchos otros, de ayer y de hoy, muchas veces ocultos y todavía no reconocidos oficialmente. Los santos siguen siendo testigos constructores de un "nuevo mundo."

Vale para América cuanto Juan Pablo II decía a los católicos españoles: "Todos ustedes son llamados a la santidad… Así como florecieron magníficos testimonios de santidad… a través de la Reforma católica y el Concilio de Trento, reflorezcan aún ahora, en los tiempos de renovación eclesial del Vaticano II, nuevos testimonios de santidad" (17). Que la imitación y la frecuentación de cuantos fueron fieles discípulos sirva de sostén y estímulo en la "communio sanctorum". Es cuanto ya era encomendado en las alboradas de la era cristiana, puesto que la Didaché exhorta: "Busquen cada día el rostro de los santos y lleven consuelo de sus discursos."

NOTAS

(1) S.S. Juan Pablo II, Alocución en la XIX Asamblea ordinaria del CELAM en Puerto Príncipe, el 9 de marzo de 1983, en "El observador Romano" del 11 de marzo de 1983.

(2) S.S. Juan Pablo II, Alocución inaugural del novenario de preparación al "V centenario" en Santo Domingo, el 12 de octubre de 1984, en "El observador Romano" del 14 de octubre de 1984. Otros textos pontificios más recientes sobre la celebración: "Los caminos del Evangelio", "Mensaje a los religiosos y a las religiosas de América Latina", en "El observador Romano" del 29 de junio de 1990; Alocución a los participantes a la II Reunión plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, en "El observador Romano" del 14 de junio de 1991; Homilía de la Misa solemne de Fin de Año "El observador Romano" del 2/3 de enero de 1992; Alocuciones dominicales - meditaciones del' "Ángelus" - dedicadas al "V Centenario", como peregrinaje espiritual por los santuarios de América", iniciadas el 5 de enero de 1992, cfr. "El observador romano."

(3) III Conferencia General del episcopado latino-americano, Documento de Puebla n. 7, EMI, Bolonia 1979.

(4) Cfr. Daniel Rops, " Une Ere de renouveau: La reforme catholique", vol. IV, 2 Fayard, Paris 1965; Tüchle, Hermann, "Reforma y Contrarreforma", vol. III, en "Nuova storia della Chiesa” (Nueva Historia de la Iglesia), 5 voll., Marietti, Turín 1971.

(5) S.S Juan Pablo II, Saludo al Presidente de la República Dominicana, el 25 de enero de 1979, en "El observador Romano", del 27 de enero de 1979.

(6) Falch Jorge, "Doce Santos latinoamericanos", CELAM, Bogotá 1987, p. 125.

(7) AA.VV, "Los dominicos y el Nuevo Mundo", Actas del I, II e III Congresos Internacionales, Ed. DEIMOS S.A, Madrid 1988, 1990, 1991.

(8) Falch Jorge, op. cit., p. 129.

(9) Egana Antonio, "Historia del Iglesia en América española", Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1965, vol. II, pp. 551-52.

(10) AA.VV, "Los franciscanos en el Nuevo Mundo", Actas del I, II e III Congresos Internacionales, ed. DEIMOS S.A Madrid 1987, 1988, 1991; Cayota Mario, "Sombra entre brumas. Utopía franciscana y humanismo renacentista, una alternativa a la conquista". Y. Instituto San Bernardino, Montevideo 1990.

(11) S.S Juan Pablo II, Homilía en la Misa solemne de canonización a Ciudad de México, el 6 de mayo de 1990, en "El observador Romano" del 7/8 de mayo de 1990.

(12) Ibid.

(13) Falch Jorge, op. cit., p. 34.

(14) Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la Misa solemne de canonización de los mártires en Paraguay, el 16 de mayo de 1988, en "El observador Romano" del 16 de mayo de 1988.

(15) Cfr. Pastells Pablo, "Historia del Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay", Madrid, 1912-1949; Furlong Guillermo, "Los Jesuitas y la cultura noplatense", y Huarper S.A., Buenos Aires, 1946; Methol F. Alberto, “La conquista "espiritual. Las Misiones", Enciclopedia Uruguaya, Montevideo, 1968.

(16) Cobos M. Emila, "Nuevos mundos, nuevos santos", Publicaciones Españolas, 1962, p. 127.

(17) S.S Juan Pablo II, Alocución a los laicos españoles, Toledo, el 4 de noviembre de 1982, en "El observador Romano", el 4/5 de noviembre de 1982.

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