Familia, a las raíces de la generación. Después del Sínodo
autor: Eugenia Scabini
psicóloga, docente emérito de la Universidad Católica de Milán
Fabrice Hadjadj
filósofo y escritor
Lorenza Violini (coordinadora)
profesora de Derecho Constitucional, Universidad de Estudios de Milán
fecha: 2015-10-26
fuente: Famiglia, alle radici della generazione. Prospettive dopo il Sinodo
traducción: María Eugenia Flores Luna

LORENZA VIOLINI:
Buenas noches para todos, comenzamos nuestro encuentro que comenza de un tema del cual mucho se discute, es decir el tema de la familia, que hoy tiene un sabor particular. No es un sabor dialéctico, no es un sabor de reivindicación, de posiciones que entran en conflicto; sino vive de la luz, que el Sínodo que se ha concluido el sábado pasado, irradia sobre el tema. He quedado particularmente impresionada, leyendo el discurso conclusivo del papa a los padres sinodales.

Obviamente el documento que los padres sinodales han entregado al papa es muy rico y esta tarde tendremos modo, con nuestros huéspedes, de ahondar algunos aspectos. He quedado sin embargo particularmente conmovida por cómo el Santo Padre ha agradecido a los padres sinodales, cito: «Haber concluido este Sínodo no significa haber concluido todos los temas inherentes a la familia, ni significa haber encontrado exhaustivas soluciones, sino haber solicitado a todos a comprender la importancia de la institución del matrimonio entre hombre y mujer, fundado en la unidad y en la indisolubilidad, y apreciarla como base fundamental de la sociedad y de la vida humana. Significa haber escuchado y hecho escuchar las voces de las familias y de los pastores. Significa haber dado prueba de la vivacidad de la Iglesia, que no tiene miedo de sacudir las consciencias o de ensuciarse las manos discutiendo animada y francamente sobre la familia» Creo que este método, esta apertura radical, papa Francisco la esté testimoniando en tantísimas ocasiones, pero eminentemente en esta. Así sea el corazón y la mirada con que nos acercamos a escuchar a nuestros huéspedes.

Es para nosotros este momento, y cuando digo nosotros me refiero a una cierta experiencia de familia, digo la experiencia de familia que nos ha generado y que queremos proponer a todos nuestros hermanos hombres. Digo una experiencia que jamás hemos terminado de comprender, a la cual no hemos terminado jamás de apasionarnos, y es una experiencia que interesa a todos.

Leyendo la sentencia Obergefell, en que la Corte Suprema de EE.UU. ha dado espacio al matrimonio homosexual bajo la constitución federal, me conmovían los tonos: tonos apasionados y profundamente interesados en la experiencia familiar que incluso en aquella condición venían usados. Por tanto podemos aprender de todos y tenemos que aprender de todos, y los huéspedes de esta tarde - estoy segura - son capaces de decirnos más, de hablarnos con competencia, cada uno desde su propio sector, de qué estamos hablando, cuál es el corazón de esta experiencia. La palabra ahora a Fabrice Hadjadj que es escritor, director del Instituto Philanthropos de Suiza, miembro del Pontificio Concilio para laicos. Ha escrito recientemente Pero ¿qué es la familia? De ediciones Ares, y es sobre este tema que queremos oírlo y al que doy la palabra.

FABRICE HADJADJ:
Gracias. Buenas noches: ¡es la primera palabra del Papa!. Efectivamente, hoy es el día después de la clausura del Sínodo sobre la familia. Hay algo que podemos reprochar a este Sínodo. Mejor dicho, quizá no hay nada que reprochar. Pero si podemos reclamar algo, es de haberse focalizado algunas veces en cuestiones antiguas, o anticuadas: cuestiones muy viejas como si fueran nuevas. Por ejemplo, lo que llamamos divorciados, vueltos a casar. Se trata de una cuestión muy vieja, una cuestión antigua, que ya se plantea en los Evangelios. Porque en los Evangelios los Apóstoles dicen que si las cosas están así, es mejor para el hombre no casarse. Abordando la cuestión, se pretendería que sea una cuestión nueva y nos equivocamos.

La otra cuestión muy antigua es la cuestión de aquellos que llamamos «homosexuales». Siempre ha habido homosexuales, aunque en el pasado no venían llamados así. Y este modo de ser «invertidos» ha existido aun al interno de la Iglesia, hasta los más altos vértices de la Iglesia. No es una novedad, es una cuestión muy antigua. Por tanto el error que podemos denunciar inmediatamente es el haber creído que se tratase de cuestiones nuevas. Entonces, ¿cuál es la nueva cuestión que plantea la urgencia de estas preguntas en la familia? Antes de abordar estas cuestiones, quisiera hacer algunas observaciones preliminares; hay en efecto, cosas que podemos reclamarnos a nosotros mismos, y no al Sínodo. Una cosa que podemos reclamar a nosotros mismos es el haber creído que estábamos aún en una lucha ideológica y, para proteger a la familia, era necesario combatir algunas ideas. Por ejemplo, la ideología del relativismo, o bien la ideología del gender. Es un error. Ya no estamos en la época de las ideologías. Y creer que se trate de denunciar a la ideología del gender es equivocado.

Otra cosa que podemos reclamar es haber pensado que fuera justo adoptar una actitud moralizante. Es la peor de todas las actitudes, la del moralismo compasivo. Hace falta tener conciencia que hoy, en nombre del moralismo compasivo, nos convertimos en asesinos. Hace falta también admitir, hoy en día, que la compasión, a primera vista, ya no está de la parte de los cristianos y que la verdadera caridad aparece bajo un aspecto de crueldad. Nosotros somos crueles, pareciéramos crueles; hace falta aceptarlo. ¿Qué ha sucedido? ¿De dónde hemos venido? ¿En qué época estamos? ¿Cuál es la verdadera nueva cuestión?

Podemos volver a las dos principales conclusiones del Sínodo; ante todo el llamado al discernimiento. Y lo que debemos hacer es intentar discernir en una situación nueva, una situación sin precedentes. Y la segunda conclusión del Sínodo es que hace falta regresar a la Humanae Vitae, porque la encíclica Humanae Vitae era una encíclica profética. ¿Qué decía Pablo VI en la Humanae Vitae?

Cuando Pablo VI evoca los nuevos aspectos del problema, menciona el principal problema, y dice: «Finalmente, y sobre todo, el hombre ha realizado estupendos progresos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que se esfuerza por extender este dominio a su mismo ser global; al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social e incluso a las leyes que regulan la transmisión de la vida». Lo que ataca el día de hoy a las raíces del generar es la innovación tecnológica; estamos en una época tecnológica y no ideológica.

El relativismo no es una ideología; el relativismo antiguo de los griegos era una doctrina, pero el relativismo de hoy es una consecuencia del dispositivo tecnológico. Vayan a la televisión; hace falta que su discurso sea corto, breve y espectacular. Un discurso tipo eslogan publicitario… y se necesita ser polémicos. Esta es la destrucción del pensamiento y esto impone una forma de relativismo. Por tanto, no es un relativismo doctrinal, es un relativismo que es una consecuencia de la tecnología. Las teorías del gender son también un efecto del dispositivo tecnológico, porque este dispositivo nos hace plantear cuestiones, algunas preguntas absolutamente nuevas. Lo que era una necesidad para los antiguos se convierte en una opción para nosotros: por ejemplo, «¿Quieren envejecer o no? ¿Quieren ser inmortales? O quieren más bien morir en un maravilloso orgasmo. ¿Quieren tener niños por vía sexual, que es una vía un poco casual, o más bien tener hijos sanos o seleccionados en un laboratorio? ¿Quieren aún permanecer en su cuerpo de carne, o más bien multiplicar su alter ego, o avatar virtuales? ¿Quieren aún estar en lo “local”, mientras pueden estar en lo “mundial”»? ¿Quieren permanecer en relaciones en donde hay aún uno cerca y uno lejos, o entrar en el nuevo tipo de relaciones misteriosas, en que no hay ni cerca ni lejos?».

Las relaciones informáticas, las relaciones de la red, son cuestiones absolutamente nuevas. Los filósofos jamás han tenido que legitimar la muerte, más bien tenían que hacer frente al hecho de que el hombre tenía que morir. Los filósofos jamás han tenido que legitimar que un hombre nacía de un hombre y una mujer; era un hecho natural que no requería ninguna legitimidad. Hoy, tenemos que legitimar lo que en otras épocas era una evidencia. Esto quiere decir, por ejemplo, legitimar la muerte, quiere decir legitimar el sufrimiento.
Porque si un niño nace de un hombre y una mujer por vía sexual puede ser minusválido, puede sufrir; no obstante desde el momento que ha nacido de sus padres, está necesariamente frente a personas que son incompetentes, porque se han convertido en sus padres sólo por el acto sexual y no porque han tenido un título de estudio, de competencia pedagógica. Por tanto sufrirá y sus padres sufrirán aún más. ¿Cómo volver legítimo todo esto? Es una cuestión absolutamente nueva. Y uno que trata de legitimar la muerte, la vejez y el sufrimiento parece cruel. Y ya que la Iglesia intenta legitimar todo eso parece el lugar de la crueldad y ya no el lugar de la compasión.

La compasión parece que esté de la parte de la tecnología. Porque – se dirá - el niño que ha sido seleccionado por vía tecnológica podrá adaptarse mejor a la sociedad. Y porque se pretenderá abolir el sufrimiento y la muerte por vía tecnológica. Y por tanto los cristianos ya son los más crueles. Ustedes ya han hecho esta experiencia en sus casas: por ejemplo, son padres y no permiten a su hijo tener un tablet electrónico. Su hijo está convencido de que ustedes son unos monstruos y llorará. Puesto que ustedes creen estar del lado de la compasión, al final se lo darán. Pero si son cristianos, tendrán que quedar al lado de la crueldad.

Si ustedes tienen un hijo, no digamos minusválido sino que tenga algún defecto, el hijo podrá reclamarles el hecho de que no lo han hecho nacer en probeta. Podría ser Superman y por desgracia es sólo él, un adolescente con padres incapaces. Entonces llorará y ustedes serán personas crueles. El tablet y la probeta son dos dispositivos tecnológicos que destruyen la familia. El tablet destruye la mesa familiar: cada uno está delante de su pantalla y ya no hay un lugar donde se construye la vida familiar, ya no hay un lugar de convergencia para la familia. Pero si ustedes dicen que la mesa es mejor que el tablet parecerán reaccionarios y crueles.

La contracepción, la procreación asistida por los médicos, la fecundación in vitro para todos propone hacer hijos perfectamente adaptados y hace obsoleta la generación sexual. La contracepción - que era la cuestión de la Humanae Vitae - ya era un dispositivo compasivo, tecnológico y compasivo. Compasión en relación a la mujer que no tiene que ser una mujer que trae muchos hijos, que tiene necesidad de ser liberada para convertirse en un proletario como cualquier hombre. Y luego la falta de compasión en relación al niño, porque el niño no ha sido elegido, no ha sido concebido al interno de un proyecto de paternidad responsable.

Entonces, se comienza a entender cuál es la nueva cuestión. Es el sometimiento de la naturaleza al paradigma tecno-económico. Es este el paradigma tecno-económico que somete toda a la naturaleza, incluida la naturaleza humana y especialmente la familia como el lugar de comparsa natural, de la naturaleza humana. Por eso, el documento más grande del Sínodo ha sido dado antes del Sínodo. Es la encíclica Laudato si. Esta encíclica hace una crítica radical al paradigma tecno-económico y explica que no estamos simplemente ni en un combate ideológico, ni en una cuestión de moralismo individual, sino en un cambio de época, a la cual no podremos resistir más que cambiando el modo de vivir.

Segundo punto: ¿cómo legitimar la familia dada por la sexualidad? La primera constatación que hace falta hacer es lo que destruye a la familia en su dato natural: y es la moral de los valores. Todos, hasta hoy, valorizan la familia: los cristianos pero también los no cristianos, incluso los que llamamos homosexuales. En efecto, no amo este nombre, «homosexualidad» es un término reciente del siglo XIX. En otras épocas no se decía así. Para los antiguos griegos, la pederastia era lo contrario de la sexualidad, era un modo de escapar de la sexualidad, que era vista como animal. En el siglo XVIII, Casanova utiliza el término «anti-físico», y es un término correcto, porque es un modo de ir contra la naturaleza sexual, sin por eso poner un juicio de valor: sólo una descripción de la cosa.

Cuando ustedes comienzan a decir «homosexual» inventan algo, sobre todo una segunda cosa que es peor: lo heterosexual. ¿Si me preguntan eres homosexual? ¿Eres homo (en francés homosexual, en latín hombre)?,. respondo “así es”. Si me preguntan si soy heterosexual, digo «no, soy “sexual”». Ahora la heterosexualidad está totalmente dominada por el paradigma tecno-económico, porque se piensa que lo esencial sea estar con algunas féminas, si son hombres, pero no se piensa al modo de ser con estas mujeres: puede ser un modo totalmente consumista. Soy heterosexual, consumo féminas y funciona, ¡este es el verdadero problema! Con este término se falta a la esencia de la sexualidad y se está ya bajo el dominio del paradigma consumista. Entonces los valores son nihilistas, porque los valores son una concepción del bien separado del ser. Se puede emplear el término «valores» en un modo justo, en un modo no nihilista (lo digo porque en el magisterio a menudo se usa la palabra valores), pero, hasta hoy en la mayor parte de los casos el uso del término «valores» es un uso nihilista.

Si valorizan la vida quiere decir que la vida en sí misma no tiene valor; y si valorizan la familia quiere decir que la familia en sí misma no tiene valor. Si dicen que la familia es el lugar del amor, de la educación y de la libertad, valorizan la familia a partir de tres valores que son externos a la familia, y, cuando definen la familia de este modo, han definido un buen orfanato, porque en un buen orfanato se ama a los niños, probablemente se les educa mejor de cómo lo harían los padres. En un orfanato están todos los posibles expertos: el psicólogo, el pedagogo, el profesor de deportes, el profesor de informática, obviamente. Y si dicen que es el lugar de la libertad, un orfanato lo es aún más, es evidente: todas las relaciones están bajo contrato.

Por tanto, como ven, los cristianos mismos han querido valorizar la familia a partir de los valores ‒ el amor, la educación, la libertad ‒ pero de este modo han contribuido a disolver la familia. En general es porque se han puesto a buscar el bien del niño que se ha destruido la familia: se ha buscado el bien del niño contra el ser del niño. El ser del niño es nacer de un padre y una madre, pero ¿el bien del niño cuál es? Si comienzan a considerar el bien del niño, olvidando el ser del niño, dirán que es mejor que no haya un padre y una madre, es mejor para él ser fabricado sin defectos en un laboratorio de expertos. Es mejor que haya un pedagogo, un psicólogo, etc. antes que un padre y una madre. Vean el nihilismo de los valores, de los valores separados del ser, el nihilismo de la valorización de la familia. Hace falta pues pensar en la familia en su ser, sin buscar soluciones.

Es posible que alguien de ustedes haya venido para oír soluciones: soluciones técnicas. Pero si buscan soluciones, una receta para la buena familia cristiana, ya están bajo el dominio de la técnica. No hay una receta para la familia, no hay soluciones. No hay soluciones para la vida porque la vida no es un problema: si buscan una solución para la vida es porque la vida es un problema; si buscan una solución para la familia es porque la familia es un problema y porque, a fin de cuentas, se rechaza la familia como lugar de vida. Un lugar de vida es siempre un lugar de drama, y es un lugar de drama porque es un lugar de dones. Lo que es donado es lo que no hemos construido, y lo que no hemos construido es algo que escapa a nuestros proyectos y tiene siempre una dimensión dramática. La familia es el lugar del don que se nos escapa. La vida, que es donada a través de nuestros padres y no es construida, se nos escapa, no entendemos nada: es por eso que somos torpes con los hijos. Incluso por eso alguna vez somos brutales con nuestros hijos; sin embargo somos brutales con ellos porque les hemos dado el don bruto de la vida.

Ahora miren bien cómo se juegan las cosas al interno de la familia, desde las raíces de la generación. Lo primero es que la madre acoge la vida según un proceso oscuro que por añadidura deforma su cuerpo. No es lo mismo que fabricar un producto. Cuando fabrican un producto, lo fabrican fuera de ustedes, no lo acogen en ustedes mismos, y el producto es fabricado según un plano y una proyección transparentes. Es una lógica de control para hacer un producto sin defectos. Una madre, en cambio, no está en una lógica de control, está en una lógica de confianza: una confianza sin control que está en el corazón de la maternidad, una confianza tan profunda que acepta la deformación del cuerpo. Confianza sin control.

Por el lado del padre: el padre no tiene competencia, no es un pedagogo, no es un experto, un especialista de la educación y, no obstante eso, es padre: ser padre es la raíz de la autoridad. Autoridad viene de augeo, che no quiere decir sólo «hacer crecer», sino también «ser el origen de». El padre tiene la autoridad, pero es una autoridad sin competencia. Entonces la madre es «confianza sin control» y el padre «autoridad sin competencia». Partiendo de aquí, puede haber solo desastres, fracasos, divisiones.

Se podría entonces decir: ¿por qué no racionalizar mediante la técnica todas estas relaciones? Porque en este caso lo que sería dado ya no sería la vida, sino un «programa de vita». La madre, trámite su confianza sin control, y el padre, trámite su autoridad sin competencia, transmiten la vida, sin embargo no transmiten su comprensión de la vida. Transmiten una vida más grande que su comprensión y es por eso que el hijo no es un producto que dominan, sino otro que está enfrente. Y la división, el drama que necesariamente habrá en la familia no tiene soluciones y es eso que hace de la familia el lugar de la misericordia. Hace falta que haya miseria para que pueda haber misericordia.

En el último discurso después del Sínodo, el Papa ha hablado de los lazos de la familia y de la misericordia. Si soy padre, soy autoridad que no tiene competencia, por tanto me equivocaré, y voy a gritar para decirle a mi hijo que no debe gritar; comenzaré a zarandear a mi hijo para decirle que deje de ser violento, le diré de no jugar con los videojuegos mientras tengo en las manos mi teléfono. Siempre se vive este tipo de contradicciones cuando uno es padre, porque no hay recetas para la vida, no hay soluciones; la vida no es un problema, es un drama y un misterio.

Entonces ¿qué puede hacer un padre que el pedagogo experto no pueda hacer? ¿Qué puede hacer el padre que el que tiene el control no podrá hacer? Pedir perdón, porque la tarea del padre no es aquella de ser el principio absoluto, no es la de ser el padre perfecto, porque no es el padre perfecto. El padre perfecto es el Padre del cual provienen todas las paternidades. A través de su fracaso, a través de su autoridad no competente, el padre puede encaminar a su hijo con él hacia el Padre Eterno.

Y es así que no sofoca al hijo, que no lo atrapa en sus proyectos, en sus valoraciones; es así que da verdaderamente la vida, una vida que lo atraviesa, que lo supera, que supera sea a él que a su hijo. Y es así que puede establecer una relación viva y profunda con su hijo.

Aquí hay cosas que tenemos que reflexionar hasta hoy, porque la técnica nos empuja a plantear nuevas preguntas. Y también por eso, nuestra época es una época maravillosa para el pensamiento, porque hasta ahora todos hemos tenido tendencia a buscar soluciones - la mentalidad técnica y desencarnada nos ha contaminado a todos -, porque nos damos cuenta de que incluso la filosofía ha fallado completamente en esta cosa, y también la teología.

La filosofía siempre ha hablado del hombre, olvidando que había hombres y mujeres, ha hablado del sujeto autónomo y consciente de sí mismo olvidando que este sujeto era antes que nada un hijo; no se hablaba de lo filial ni en Descartes ni en Kant. Y para la teología ha sido necesario esperar mucho tiempo para el reconocimiento de que la familia es el lugar de la manifestación de la imagen de Dios. Esto está escrito en los primeros versículos del Génesis y al mismo tiempo es algo que los Padres de la Iglesia han afirmado raramente: ha sido necesario esperar a Juan Pablo II, para que eso se afirmara con mucha fuerza.

Estas nuevas cuestiones llaman a una renovación del pensamiento; y es por eso que el misterio de la Encarnación, el misterio de la Trinidad, el misterio de la Santa Familia jamás han sido más actuales que hoy. Gracias.

LORENZA VIOLINI:
Realmente estamos llamados a una reflexión, como nos requería también el Sínodo, que reponga al centro las grandes cuestiones sobre el significado del ser hombres: en este sentido es una modernidad que nos es solicitada y es una modernidad cuyo ejercicio nos ha sido testimoniado en la intervención de Fabrice. Ahora doy la palabra a Eugenia Scabini que es docente emérito de psicología de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, estudiosa de la familia en sus relaciones, del significado y de la dimensión simbólica de las relaciones familiares; simbólica no en el sentido de vacío, sino en el sentido de plena de significado para la existencia.

EUGENIA SCABINI:
Cualquiera puede entender que es un poco difícil hablar después de la intervención que me ha precedido, trataré de hacer lo mejor posible. Poniéndome en esta línea, trataré de exponer con palabras diversas, más relacionadas a mi sensibilidad psicológico-social, el tema que ha sido expuesto, que expresaría así: ¿cuál es el valor añadido de la familia?

En 2010, como Centro de Estudios e Investigación sobre la Familia, hemos editado un volumen que se llama La riqueza de las familias, naturalmente haciendo eco del tema de La riqueza de las Naciones. Ha sido un volumen provocador, porque se habla de la riqueza de las familias en plena crisis. ¿Cuál es la riqueza de las familias? ¿Qué bienes produce la familia y en qué sentido la familia produce un cierto tipo de riqueza que ninguna otra estructura natural puede plantear, como ha sido evidenciado? Lo digo con las palabras de un psicólogo que cito a menudo, Urie Bronfenbrenner: «La familia hace humanos a los seres humanos, humaniza lo que en ella nace»; aquello que ha sido dicho hasta ahora.

Papa Francisco ha dicho una frase significativa el 21 de octubre de 2015; nadie más habla de “humanización”, un término que la doctrina social de la Iglesia usa a menudo. La familia como “primera escuela de humanidad” se repite en la Familiaris Consortio: existe la idea de que tú naces humano pero no todo el nacer te hace ser verdaderamente humano. ¿Qué te hace realizar esta riqueza potencial tuya? Francisco dice: «Ninguna escuela puede enseñar la verdad del amor si la familia no lo hace, ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si el vínculo personal entre amor y generación no lo escribe en nuestra carne». Me parece perfecto: es el tema del cuerpo, así central en el pensamiento de Hadjadj, que va evaluado, retomado, y es luego el tema central de nuestra sociedad.

Entonces ¿qué quiere decir “hacer humanos a los seres humanos”, qué quiere decir humanizar, qué quiere decir ser una “escuela de humanidad”? Con mis palabras digo que la familia no sólo asiste porque la asistencia puede llevarse a cabo de muchos modos: los ejemplos que se han hecho antes de la tecnología son ejemplos y ya han sucedido incluso sin la tecnología.

Todos quizá recordarán en los años Sesenta y Setenta, cuando incluso en los Kibbutz existía la idea de que, para procurar un crecimiento mejor a los hijos, tenían que ser apartados precozmente de la familia y provistos de toda una serie de habilidades y cuidados aun sin la tecnología; este mito de la familia como “lugar de las habilidades” siempre ha estado vivo. Resultado: las personas salían furibundas, muy molestas, no contentas de vivir, con una agresividad y una violencia por las que se ha corrido al reparo y los hijos han regresado con sus familias.

Por tanto no es la asistencia, es un hacerse cargo que nace de esta relación de carne y tiene una característica peculiar: te haces cargo de toda la persona y no sólo de un rol; se dice “rol del padre”, se dice “rol del hijo”, pero en realidad es un modo de decir, porque no es un rol, porque tú estás en la familia, el único lugar en que tú estás totalmente, no una parte. «Muerto un papa se crea otro», se dice; ninguno podría decir: «Muerto un hijo lo sustituyo con otro». La especie Homo sapiens genera, no reproduce, y generando mantiene la especie, pero no mantiene sólo a la especie, porque cada uno es único e irrepetible, es insustituible.

Veamos el discurso que Hadjadj ha hecho a nivel de los padres, desde el punto de vista del hijo, más bien desde el punto de vista del generado. Porque no hay padres en sentido del rol parental, hay generantes y entonces veamos este generado: cuál es el conocimiento del generado, cuál es el estatuto del generado, qué lo hace humano, qué no lo hace un pequeño animalito competente, un pequeño robot inteligente. Él sabe quién es si es reconocido, si tiene un lugar no reemplazable. Sabe quién es, y este es el saber que da la familia, que da sólo la familia, que puede dar también una familia no competente, que no ha hecho las escuelas superiores.

Esta es la experiencia elemental de todos nosotros, pero también de la vida de los grandes de los que leemos grandes cosas: vayamos a ver la vida familiar y descubramos qué había detrás de las familias más simples y que presumiblemente no tenían particulares competencias. ¿Qué les han transmitido junto a la leche materna, junto a la atenta mirada paterna, junto a la asistencia y a esta autoridad sin competencia? He aquí, sabe quién es no sólo si ha recibido cuidados adecuados ‒ es mejor si también hay cuidados adecuados, obviamente ‒ sino puede reconocerse en su punto de origen, que es dado por aquel padre y aquella madre. Sabe reconocerse como fruto de la unión de un padre y una madre que son a su vez generados, por tanto se está dentro de una cadena generacional.

Este es el conocimiento que da la familia, este es el conocimiento del hijo; si no sabe quién es, es un hijo de N.N.: una época habían aún N.N. y era una cosa terrible, “hijo de N.N.”, eres un desconocido. Tú no eres un niño, eres un hijo, la familia hace hijos, no hace niños.

En la familia tecnológica o en las uniones llamadas “civiles” ‒ me conmueve siempre esta historia de lo civil: se separa “civilmente”, con esta idea del control ‒ son niños, no son hijos. El drama del vacío de origen es un drama inevitable; no creo que estos niños dirán a sus padres « ¿por qué no me has hecho perfecto?», pero pueden decir « ¿por qué me has puesto no en el drama de la familia, sino en la tragedia de no saber de dónde vengo?».

Esta es la cosa más terrible que pueda suceder al ser humano. Los seres humanos hasta han inventado a la loba para narrar el origen de la ciudad de Roma. El tema del origen marca al generado, le da identidad. Sin duda podemos hacer algunas lecciones ‒ como se usa ahora ‒ de autoestima: muchas veces parecen monitos amaestrados a los que decimos «!Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!». Sí, se anima, pero la estima que das, la confianza es que tú sabes de dónde vienes, tienes un origen, tienes un lugar y ese lugar no es reemplazable. Tú puedes ser un niño minusválido, pero si eres hijo de una familia no eres sustituible y esto es un conocimiento elemental que cualquier padre creo que pueda testimoniar y del que el hijo es portador.

He aquí esto me parece el punto fundamental que sólo la familia puede dar; ninguna otra agencia puede sustituir esto, porque puede dar un origen sólo artificial, un origen incompleto, un origen anónimo. Este punto va recuperado. Pero también el tema de la heteróloga toca este punto, según yo con gran superficialidad de la dramaticidad de estas opciones: se abordan estos caminos, pero también allí vendrá el momento en que hay un hueco en la historia de la persona y este tipo de pregunta quedará sin respuesta.

He aquí pues la familia: el hijo nace de este reconocimiento. Pondría el tema del reconocimiento como esencial ‒ veo aquí a Francisco Botturi, que lo ha reclamado muchas veces también en sus escritos ‒ y de aquí puede nacer luego este reconocimiento. Es un reconocimiento múltiple, que no se da todas las veces, es un reconocimiento puesto siempre a la prueba. Los hijos cuántas veces dicen: « ¡No quisiera volver a tener estos padres!», por tanto querría desconocer a los padres, y los padres ciertas veces puestos a la prueba querrían desconocer un poco a los hijos y decir: «Bueno, en resumen querría un hijo mejor…». Pero no puedes sustituirlo, por tanto este dar reconocimiento es algo que es constantemente puesto a prueba en un trabajo familiar. El trabajo educativo de la familia es artesanal, hecho por intentos y errores, por tanto siempre sujeto a posibles jaques. Por eso decimos que la educación es el proseguimiento de la generación, porque lo que da la familia luego va “acompañado” de un trabajo de otras fuentes benéficas, de otras fuentes generativas sobre el reconocimiento primitivo de « ¿quién soy yo? ¿De dónde vengo?», el primer modo por el que uno dice « ¿de dónde vengo?» es « ¿dónde he sido generado?». La familia hace todo esto.

En la Lumen Fidei hay un punto sobre esto: la familia da la vida y el nombre. Se los leo: «La persona vive siempre en relación, viene de otros, pertenece a otros, su vida se hace más grande en el encuentro con los demás. Y aun el propio conocimiento es de tipo relacional y está ligado a otros que nos han precedido, en primer lugar los padres que nos han dado la vida y el nombre». Dar el nombre, todas las culturas dan un nombre, es un modo con el que das un destino, sellas el ser irrepetible, el rostro específico de la persona. Encuentro muy poética esta frase: «Tú das la vida y el nombre», es decir tú eres tú con todo tú mismo y no puedes ser reemplazado. Bien, este es un trabajo que puede hacer sólo la familia y que prosigue en los años a través de pruebas, intentos y errores, con todo el esfuerzo y el sacrificio que todas las familias, más o menos inexpertas, conocen, y que lleva a entregar a la sociedad lo que han generado: este «bien común», este «capital social primario».

El profesor Campiglio, un economista, dice: «El bien común de nuestro futuro, pero cuyo costo es en gran parte responsabilidad privada de las familias antes que parte de un compartir social». Bien, las familias hacen esto, por eso son el bien de la sociedad, entregan este «generado», que es el capital fundamental de la sociedad, que será luego un generante porque este generado no termina aquí, él será a su vez un generante. Cuando Papa Juan Pablo II ha hablado a los jóvenes sobre la familia, he encontrado un párrafo en que él comenta «Abandonarás a tu padre y tu madre» y dice: «Abandonando al padre y la madre, por tanto la familia, cada uno de ustedes lleva dentro de sí mismo este patrimonio, y por tanto cada uno de ustedes queda vinculado a una herencia que lo une establemente a los que la han transmitida a él y a los cuales debe tanto. Y él mismo, ella o él, continuará a transmitir su herencia». Es decir si tú sabes de dónde vienes, si tú eres un generado, podrás ser un generante, es decir alguien que a su vez transmitirá esto. El bien que la familia entrega a lo social, entonces, no es un bien que termina, que se consume, sino es un bien que reproducirá otro bien.

Este es un momento en que, me parece, hay que retomar el tema no de los valores que fundan una familia, sino el valor de la familia como algo que vale, porque «valor» quiere decir que vale. Cuando digo: «que vale» tengo que volver a decir algo que Marco Martini me ha dicho y que no olvidaré nunca: ha dicho «valor», luego se ha detenido y ha repetido: «valor, vale la pena, hay siempre un poco de pena en el valor». El valor tiene dentro también un esfuerzo, como decir, un sacrificio. Entonces «dar honor social a la Iglesia», de nuevo Papa Francisco hace unos días ha vuelto a decir: «… es necesario dar honor social a la familia, en la alegría del dolor, dar valor a la fidelidad del amor, a la promesa – y dice – es necesario sustraer a la clandestinidad el milagro cotidiano – milagro porque es un milagro – de millones y millones de mujeres y hombres que regeneran el fundamento familiar del cual cada sociedad vive sin ser capaz de garantizarlo de ningún otro modo».

Por tanto este tema del reconocimiento según yo hay que retomarlo con fuerza: este bien paradójico tan generado que es el milagro de la vida, que constituye la identidad, el hijo por tanto, es tal en cuanto reconocido. Al mismo tiempo también la familia tiene que ser reconocida porque si no es reconocida por lo social no puede saber quién es.

La última palabra es sobre el tema del drama ya citado que es la fragilidad. Se usa esta palabra «fragilidad» que es una bella palabra, pero a mí no me gusta cuando identifica una categoría de familias como si fueran las «familias frágiles». Les hago una pregunta: « ¿Quién aquí se considera una familia no frágil?». ¿Qué es la fragilidad? La fragilidad de la familia es porque la familia produce un bien precioso, es la fragilidad de los bienes preciosos. Martha Nussbaum ha escrito un libro que se llama La fragilidad del bien. Dice: «El que ama un hijo se vuelve vulnerable» y el amor por el hijo es un bien auténtico.

Hay una fragilidad y un drama que es inherente a los lazos familiares porque uno se expone totalmente a sí mismo. Por supuesto el hijo está dentro con todo su ser en la familia, pero cada uno de nosotros se expone totalmente a sí mismo. El hombre se expone totalmente a sí mismo a la mujer y viceversa; esta exposición total puede ser objeto de grandes heridas, sabemos todos que las más grandes heridas que nos hacemos, nos las hacemos en familia porque después de un poco uno dice: «Bien buenas noches… cierro la puerta y te olvido…». Son bienes frágiles porque son bienes preciosos, porque uno se expone totalmente. Hoy se destapa la categoría de la sumisión que hace varias décadas obligaba a la relación hombre-mujer o bien la relación padres-hijos y se sustituye en la aventura de un mito, de una paridad, palabra que no me gusta: Juan Pablo II ha inventado la palabra «unidualidad» para expresar la diferencia radical que hay entre hombre y mujer, junto a la «unidad» en esta diferencia, que es otra cosa que una simple paridad. En este contexto la aventura de la entrega de sí mismo a otro, esta exposición a otro – que es otro fuera de ti como hombre o mujer y otro de ti como hijo – en la generación de la vida es ciertamente una cosa frágil, sin embargo valiosa.

Entonces yo diría que hoy estamos frente a la opción de recorrer el camino estéril del llamado derecho del individuo de auto-realizarse, engañándose que cualquier tipo de lazo pueda de verdad ser generativo, o bien podemos aventurarnos, a tener el coraje aún de aventurarnos, involucrando en esto aun a nuestros hermanos que viven cerca, en la vida de las familias, apoyando la impagable tarea de crear la riqueza del futuro. No se trata de innovación, lo generado es una novedad, como recuerda Hannah Arendt, por tanto no es una innovación, no es el camino de la innovación sino es el camino de la absoluta novedad que aparece cuando un ser nuevo viene al mundo.

Esta empresa puede ser hecha sólo por las familias pero no por las familias dejadas de lado, porque los valores fundamentales de la familia, que están actualmente en crisis en las mismas familias, esperan ser retomadas y reconocidas en lo social, en la comunidad, para que puedan vivir de nuevo. Porque no es posible que un pueblo o una cultura puedan regenerarse y por tanto enriquecerse confiando sólo en normas contractuales, en defensa de los derechos individuales y en reglas de transparencia que captan sólo, a mi parecer, la superficie de los problemas humanos.

LORENZA VIOLINI:
Habiendo transcurrido parte del día leyendo el importante documento que el Sínodo ha ofrecido al Papa, sus diversos puntos, sus diversos capítulos, todas las declinaciones que están allí contenidas, pienso que este encuentro pueda ayudarnos a entrar con más competencia, con más inteligencia y con tantas preguntas sobre nuestra experiencia precisamente en aquello que la Iglesia hoy nos dice, aquello que el Papa, la Iglesia, en este gran momento nos dicen. Creo que la cosa más valiosa que yo llevo a casa es que sería muy interesante continuar este diálogo. Me parece que no hemos cerrado cuestiones, sino que las hemos abierto; hemos iluminado un poquito nuestra experiencia pero como decía la Profesora Scabini antes mientras discutíamos, hoy ya no es tanto tampoco «El tiempo de los competentes», es en cambio el momento en que podemos redescubrir la profundidad de nuestra experiencia, de nuestra experiencia singular. Por eso agradezco a nuestros dos relatores, agradezco también al traductor que nos ha consentido entrar en modo tan vivo en el lenguaje y en el hablar de Fabrice, y agradezco también a todos ustedes por la atención.

-
Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License