Galileo. Así la Iglesia combatió la deriva protestante
autor: Giuseppe Bonvegna
fecha: 2010-02-04
fuente: Così la Chiesa combatté la deriva protestante, non la teoria eliocentrica
traducción: Carmína Vasquez

A cuatrocientos años desde cuando, en 1609, Galileo Galilei apuntó el telescopio hacia el cielo y efectuó las observaciones astronómicas que pusieron en crisis el sistema geocéntrico ptolemaico, estar con Galileo, pero (en el mismo tiempo) ir más allá de Galileo significa afrontar el hecho que en 1633 llevó a la condena del científico pisano por parte del Tribunal de la inquisición en una óptica diferente de la que contrapone un Galileo, ejemplo de una absoluta libertad de pensamiento, a una Iglesia obscurantista e incapaz de estar al paso con la evolución intelectual. Lo hace el volumen de Luigi Negri y Franco Tornaghi Con Galileo. Oltre Galileo (Con Galileo. Más allá de Galileo).
Uno de los "méritos" del trabajo, que acompaña la formación teológico-filosófica de la entera cuestión a la precisión de la reconstrucción histórica (conducida por Franco Tornaghi, historiador y docente de matemáticas) es en efecto aquello de ser un intento de comprender no solamente las razones de la Iglesia, sino también la personalidad de Galilei, que no puede ser reconducida exclusivamente al aspecto científico.
Y eso porque lo que estaba en juego, en el torbellino de motivaciones que llevaron a la condena de 1633, era no tanto la cuestión del heliocentrismo, cuanto la cuestión (de alcance más bien amplio) que interesaba los ámbitos de la teología, de la filosofía, de la pertenencia eclesial y de la exégesis.
Negri sostiene en efecto que, detrás de la incluso correcta consideración de Galileo según el cual los pasos de la Escritura que parecerían deponer a favor del geocentrismo tenían que ser sólo interpretados como camino para llegar a Dios y no como prueba de carácter científico, podía esconderse el riesgo de “reducir el alcance del "catolicismo" a través de la reducción de la Escritura a causa de un sentimiento subjetivo de salvación, perdiendo aquel nexo (desde siempre reivindicado por la Iglesia) con la entera complejidad del vivir humano.
En una temperie cultural fuertemente marcada por el difundirse del luteranismo, que avanzaba al ritmo de marcha de los ejércitos protestantes durante la Guerra de los Treinta años, la Iglesia, al poner una barrera a la difusión de los descubrimientos heliocéntricos de Galileo, fue movida por lo tanto principalmente por una preocupación eclesial: salvaguardar la fe del pueblo frente a una lectura de la realidad que (incluso correcta desde un punto de vista científico) arriesgaba en aquella temperie, de hacer el juego de una visión en la cual la fe, retrayéndose completamente en la sola escritura, dejaba campo libre a la razón para desarrollarse completamente autónomamente, degenerando en cientismo.
No fue un caso, en efecto que, si el heliocentrismo galileiano (expresado sobre todo en el Sidereus Nuncius de 1610) encontró los aliados más convencidos en el Colegio romano de los jesuitas y fue avalado sustancialmente por la inquisición, la única recomendación que la Iglesia le hizo a Galilei, por boca del cardenal Roberto Bellarmino, fue aquella de considerar el heliocentrismo (en falta de una demostración) como mera hipótesis.
La intimación del febrero de 1633 de presentarse delante del Santo Oficio, que habría llevado al proceso y a la abjuración, se explica justo a la luz del hecho que Galilei, en el Diálogo sobre los máximos sistemas (1632), hizo de todo para no considerar el heliocentrismo como mera hipótesis: en aquella ocasión el papa Urbano VIII (aquel Maffeo Barberini que en el 1611 se había convencido del heliocentrismo después de haber observado en el telescopio puesto a disposición del científico pisano) afirmó que Galilei fue su amigo, pero que "los sentimientos personales debieron ser arrinconados con el fin de “contribuir a arreglar a cada peligro para el catolicismo" .

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