Galileo. El contexto histórico del proceso y su significado
autor: Luigi Negri
fuente: Il processo a Galileo: contesto storico e suo significato

Relectura histórica de la cuestión de Galileo

Aunque los estudios sobre Galileo ya se hayan desarrollado a un punto tal que se pueden creer superadas las preconcebidas reconstrucciones del hecho histórico del proceso, la disertación que se hace en los colegios y sobre los manuales escolares resulta aún fuertemente condicionada en sentido anticatólico. Es decir, la Iglesia viene vista como enemiga de la verdad y obstáculo al progreso científico, convirtiendo de hecho a Galileo en una víctima, un mártir de la intolerancia religiosa característica del catolicismo de la época.
A continuación se recoge la intervención de L. Negri ante un Liceo Científico de Milán en cuanto resulta ser una contribución muy útil tanto para situar los hechos del proceso en su contexto histórico, tanto para devolverle el verdadero sentido.

El proceso a Galileo: contexto histórico y su sentido

1) La necesidad de aclarar el contexto.

Se trata en primer lugar de aclarar todos los factores que rodean el episodio histórico del proceso, que en resumidas cuentas sigue siendo un particular imponente, aunque siempre un particular dentro de la más compleja historia de Galileo. Un proceso que no ha tenido una preocupación de carácter dogmático, sino de carácter administrativo. En efecto, fue destinado a identificar el comportamiento que el mismo Galileo habría debido tener respeto a lo establecido en 1616, fecha del primer proceso, que de hecho no fue celebrado, sino archivado. En efecto, el cardenal Bellarmino, prefecto de la congregación del Santo Oficio, en esa ocasión se limitó a dar un precepto, un consejo: aquello de no publicar nada sobre las nuevas concepciones cosmológicas, si no cuando hubieran sido rigurosamente y científicamente demostradas. Consejo que Galileo violó en 1632 publicando “El Diálogo sobre los Máximos Sistemas”, estimando que Urbano VIII, el antiguo amigo Maffeo Barberini, que entretanto se había convertido en Papa, se hubiera mostrado comprensivo. Es sólo en este punto que Galileo cayó bajo los rigores de la Inquisición, que abrió un proceso formal, celebrado con la condena y la solicitud de la abjuración.
Con respecto a este asunto la Iglesia ya ha reconocido el punto que considera negativo en cuanto a la actitud tenida por los cardenales de la Inquisición: el de haber intentado apoyar esta intervención de carácter administrativo con una justificación de carácter teórico que era sustancialmente equivocada: es decir, el uso de la Sagrada Escritura para confirmar una hipótesis científica. Según esta perspectiva, la hipótesis tolemaica se habría fundado además que en las observaciones de carácter científico también en la lectura que tradicionalmente el mundo católico hacía de las Escrituras.
Hace falta precisar enseguida que la Iglesia no se ha equivocado al intervenir, porque, como se vea mejor sucesivamente, era correcto el sustancial juicio que no se podía confirmar científicamente la concepción copernicana, como ha sido demostrado por la historia de la ciencia, puesto que han pasado 150 años antes de que se haya podido llegar, mediante la teoría de la aberración de la luz solar, a la afirmación incontrovertible de la teoría copernicana. En efecto, hay que tener presente que en el proceso no se ha querido decir que la posición copernicana era equivocada y aquella tolemaica justa. En cambio, se ha querido apoyar que la posición copernicana no era aún suficientemente demostrada científicamente, y por lo tanto era completamente injustificado el cambio de la visión científica, a la cual se apoyaba la Iglesia en ese momento. En los tiempos en los que los cardenales han intervenido, la visión geocéntrica era mucho más demostrada científicamente que aquella heliocéntrica, no sólo por la autoridad de la tradición, sino también por la autoridad científica.
Los jesuitas del Colegio Romano, que eran la flor de la inteligencia católica del tiempo, habiendo considerado el problema de Galileo con extrema abertura y simpatía, no han podido no reconocer que toda la masa de las observaciones del mundo científico de entonces estaba contra las teorías de Galileo, no deliberadamente, sino por la evidencia de las observaciones científicas.
El error fue por lo tanto aquello de mezclar indebidamente una visión de carácter teológico con una visión de carácter exegético, confirmando la visión científica a través de una visión exegética.
Si se quiere entender realmente lo que ocurrió, hace falta recomponer el cuadro sin caer en lecturas simplistas que tienden a ver por una parte la luz y por la otra las tinieblas. Es decir, hace falta superar un cierto tipo de historiografía de la que es un ejemplo especialmente significativo el siguiente pasaje: "Galileo fue quien, queriendo innovar el método de investigación en el reino de la naturaleza, encontró en su camino la Iglesia católica y su instalación obscurantista y represiva, la inquisición; por ésta fue obligado a una humillante autoinculpación y sometido a un largo y duro encarcelamiento. Pero su ejemplo fue acogido por los espíritus más libres de Europa y permitió abrir la vía a ese saber científico que ha eliminado la superstición y ha socorrido la humanidad con los resultados de sus descubrimientos" [Brandmüller, Galilei e la Chiesa ossia il diritto ad errare (Galilei y la Iglesia es decir el derecho a errar), citado en L. Negri, Controstoria. Una rilettura di mille anni di vita della Chiesa (Historia en contra. Una relectura de mil años de vida de la Iglesia), ed. San Paolo, Cinisello B. 2000, p. 60].
Para superar esa lectura ideológica hay que tener presente el contexto en el que se desarrollaron los hechos.

2) El particular momento religioso, cultural y social en el que se desarrolla el caso de Galileo.

Es un momento particularmente complejo y en ciertos aspectos particularmente nervioso. El siglo XVII comienza tomando nota de lo que ha ocurrido: la división sustancial del mundo cristiano entre la nueva formulación de la religión, que se refiere a Cristo y que está traducida en términos modernos, el protestantismo y la antigua concepción, aquella católica. Hay que considerar bien esto porque existe un fuerte nexo entre la visión religiosa y la visión cultural, socio-política, conexión que, aunque a nosotros, los hombres del siglo XX, pueda no gustar, en el siglo XVII está presente. Europa está dividida, se ha perdido la unidad cultural y religiosa de occidente, se ha desarrollado un movimiento de carácter socio-político que tiende a una nueva Europa: el resultado de la división cultural y religiosa son las impropiamente dichas guerras de religión, que son ondas de asentamiento de una nueva geopolítica.
En esta situación un hecho científico no puede quedar en el ámbito solamente científico. Hoy entre los científicos, alrededor de las visiones cosmológicas últimas, existen probablemente divisiones mucho más radicales que aquellas de entonces, pero no tienen consegcuencias en la vida de la sociedad, en el impacto socio-político. Hoy son otros los aspectos de la ciencia que tienen repercusiones importantes sobre la sociedad, como por ejemplo los estudios sobre la energía nuclear, que vuelven posible la bomba atómica, o bien los estudios de genética que hacen posible la manipulación de los seres humanos. No son ciertamente las visiones cosmológicas.
A los tiempos de Galileo era diferente. Si tenemos presente eso, se comprende que Galileo es un personaje cuyas características trascienden el problema científico. La Iglesia se ha ocupado de Galileo porque el problema científico se insertaba en una situación compleja, en la que se ponía en tela de juicio la presencia de la Iglesia, su capacidad de misión, su capacidad de formar la cultura. Por consiguiente, hace falta insertar el problema científico que surge alrededor de Galileo en este movimiento de guerras de religión que culminan con la guerra de los Treinta años. Guerra que acaba en el 1648, por lo tanto contemporáneamente al asunto de Galileo, y se desarrolla con masacres con respecto de los cuales sólo aquellos de la segunda guerra mundial presentan dramas parecidos. Ella acaba con los tratados de Westfalia. El meollo sobre el cual se construye la nueva situación europea es básicamente un principio anticatólico, el del cuius regio eius et religio. Con este principio se afirma la religión como asunto del Estado: quien no piensa como el príncipe debe irse. Estados Unidos de América nacen de protestantes que no se conforman al protestantismo de su país. Se trata de un principio terrible que establece que Iglesia y Estado son la misma cosa. El ateísmo tomará el mismo principio y hará en los siglos siguientes una especie de “no religión” de Estado.
Vinculado a esta situación de fondo se debe coger el problema exegético. Galileo plantea el problema exegético con extrema inteligencia y la Iglesia lo ha reconocido no sólo ahora, sino ya entonces. La Iglesia ha reconocido que en las dos famosas cartas a Benedetto Castelli y a la Gran Duquesa Cristina de Lorena, está indicada una visión de los problemas exegéticos muy importante: es decir, la exégesis no tiene que ver con la ciencia, la ciencia no tiene que ver con la exégesis, se trata de dos ámbitos completamente distintos. La exégesis es una lectura, una interpretación de la palabra de Dios, que sigue ciertos métodos, ciertas reglas, una metodología propia. Ésta debe tratar de explicar lo que Dios pide a los hombres, cómo Dios se revela. En la visión de Galileo, que es una visión de alguna manera ya influenciada por el protestantismo, la Palabra de Dios está entendida más como una serie de indicaciones morales que como historia de salvación. Sin embargo, en la lectura de la Biblia el hombre tiene que utilizar los métodos de interpretación, que son sí métodos científicos, pero son métodos de una ciencia del lenguaje, de la palabra, de la formación del texto. La ciencia tiene otra preocupación, aquella de explicar los distintos fenómenos de la realidad.
Sin embargo en la posición de Galileo también estaba presente una nueva forma de concebir el saber. Según la filosofía subyacente a su hacer ciencia, ésta no tiene más la tarea de ver como están las cosas. La elección de las calidades secundarias en lugar de las calidades primarias, debe entenderse en este sentido: un ataque frontal a la metafísica, a la filosofía del ser, a la filosofía de la realidad. Ésta es imposible para Galileo y únicamente es posible el estudio de las calidades primarias, es decir, los objetos en cuánto se pueden atribuirse al cuadrado, al círculo, es decir en cuánto se pueden explicar mediante la matemática. Ésta es una elección metafísica, es la elección que condicionará desde Descartes hasta Kant toda la filosofía moderna, que abandona la ciencia del ser para debatir cómo se conoce. Por lo tanto se puede decir que en una idea correcta, es decir que la exégesis no puede ser traída en el campo de la ciencia y viceversa, se anida una posición filosófica que la Iglesia consideraba con cierta reserva. De repente se decía que 1500 años de metafísica eran anticuados y que la única filosofía era la ciencia. ¿Cuál persona inteligente no habría dicho que, incluso representando la ciencia un aspecto nuevo del saber, algo revolucionario (Galileo es la persona que instauró el método científico como método de la verificación empírica y sobre todo es la persona que establece un nexo entre la ciencia y la técnica), no podía pretender ocupar integralmente el campo del saber? En realidad Galileo no ha formulado así el problema, pero ya los seguidores de su tiempo lo hicieron. Por esto podemos decir que el “galileismo” ha sido el origen del racionalismo y del “tecnologismo” de la edad moderna- contemporánea. Si la ciencia durante la modernidad ha acabado con identificarse totalmente con el conocer, con la cultura (véase Kant) también ha sido por el tipo de solución que Galileo ha propuesto: interrumpimos el intento de buscar la esencia última de la realidad, que no es posible y quedamos con lo que es adecuadamente conocible, es decir los objetos en cuanto se pueden explicar con la claridad y de la distinción del procedimiento científico. En este punto es posible ver la gran alianza Descartes-Leibniz, racionalistas-empiristas que marcará el nacimiento y el desarrollo del cientificismo moderno-contemporáneo. Éste es un gran problema que Galileo ha dejado a la cultura occidental. No creo que se pueda decir que Galileo ha sido el primer cientificista, sino que, en el modo con el que ha puesto la cuestión científica, sobre todo en polémica con la filosofía, se cierra la época del conocer la realidad, las esencias se convierten en nombres: lo que existe realmente son el cuadrado, el círculo o bien los objetos en los que se puede establecer un procedimiento matemático y físico. Se quiere indicar en este problema uno de los puntos cruciales de la modernidad, que hace a Galileo mucho más significativo que Descartes a tal respecto. Nadie hubiera procesado a Descartes, porque Descartes es un filósofo que acepta lo nuevo pero está vinculado a lo antiguo, escribe un discurso sobre el método que llevado a sus extremas consecuencias pondría en crisis la metafísica, pero en las Meditaciones y en las Retractaciones, no pone en cuestión la totalidad de patrimonio de la tradición.
Ahora, la Iglesia también defiende una tradición cultural, aunque no se identifique con ninguna tradición cultural. No se ha identificado con aquella del Imperio romano, por lo cual cuando éste se ha caído, la Iglesia aun habiéndole costado, porque está hecha por hombres de su tiempo, ha dado vida a una nueva civilización. Los Benedictinos se han introducido en el nuevo mundo y han dado vida a un procedimiento cultural y civil que ha ido más allá de Roma y ha permitido salvar la cultura milenaria. Está claro que no se puede despojarse de la cultura de su propio tiempo. Si por una parte estaban Galileo y la ciencia, con todas sus promesas, por otra estaban, sólo para revelar algunos nombres, Platón, Aristóteles, Plotino, Agustín, Santo Tomás. Desde siempre la Iglesia cuando se ha movido ha querido preservar un contexto cultural que no puede ser precipitadamente identificado con el último descubrimiento. En efecto, se puede utilizar como criterio general para leer la historia de la Iglesia la siguiente afirmación: la Iglesia cuando se mueve parte del gran principio fundamental que la última verdad no es toda la verdad, evitando así cualquier forma de histerismo intelectual. Siempre sugiere buscar, seguir la novedad, sin llevar a la pila toda la riqueza que la tradición ha producido. Riqueza esencial para la Iglesia porque ha construido su teología sobre la filosofía. Ahora bien, es cierto que la teología también puede cambiar, pero no completamente de hoy para mañana sin una suficiente elaboración, sin, me atrevería a decir, metabolizar la novedad. O sea, es preciso asimilar la verdad, es necesario que se convierta en parte de su propio horizonte cultural, reelaborarla, revivirla. No se puede proceder en la historia por tirones: quien procede a través de tirones no construye historia, destruye el pasado, pero difícilmente construye lo nuevo. En efecto, la que nace normalmente es una reacción igual y contraria a la violencia que se ha practicado. Todas las revoluciones, aquellas modernas y contemporáneas, son seguidas por contrarrevoluciones que son iguales y contrarias al movimiento revolucionario que se ha creado.
No sólo la cuestión exegética lleva en sí misma el problema filosófico, sino vuelve a proponer el enfrentamiento entre catolicismo y protestantismo. El catolicismo defiende una religión que está hecha de Palabra y tradición, de Palabra y Sacramento, que llega hasta el pueblo cristiano de Florencia, que se está dividiiendo entre seguidores y contrarios a Galileo, porque de manera desconsiderada, sobre los púlpitos los dominicos y franciscanos combaten los unos apoyando la visión de Galileo, los demás la visión contra Galileo. Por tanto, el pueblo de Florencia yendo a la iglesia se siente implicado dentro de un hecho que no logra apoyar, no puede soportar. En efecto, el primer procedimiento, lo que en 1616 se archivó, parte de la denuncia de dos frailes dominicanos de Florencia, que han asistido a una serie de hechos religiosos en que la controversia a favor y contra Galileo ha llegado a un nivel exagerado.
¿Entonces detrás de Galileo, existe la imagen de una Iglesia reducida a la palabra? Ciertamente sí. ¿Hay una idea del libre examen de la Sagrada Escritura, apoyado científicamente, que se vuelve también el libre examen sobre la fe? No quiero decir que Galileo haya apoyado estas afirmaciones explícitamente, pero sin duda es una tendencia de tipo protestante presente por lo menos como riesgo en el asunto de Galileo. Empieza a introducirse la idea por la cual la autoridad de la Iglesia tiene espacios en los que no puede intervenir. La búsqueda científica por ejemplo.
Recapitulando lo que hemos afirmado hasta ahora, no se puede abordar de manera realista a Galileo sin insertarlo, en primer lugar, en el gran mar del comienzo de la modernidad, que es un mar de carácter religioso, cultural, social y político. No se puede abordar el problema Galileo sin pensar que mediante el problema exegético y aquello filosófico se identifican dos grandes cuestiones teóricas, y el científico que las plantea no necesariamente es capaz de resolverlas. En primer lugar, la cuestión de la filosofía: no porque la Iglesia viva solamente si se defiende la filosofía; la Iglesia sólo vive si está la fe y la fe es la fe de los eruditos y los ignorantes, de los adultos y de los pequeños. Sin embargo, la filosofía resulta ser un valor para la historia de la humanidad. Entonces el problema del resultado de la filosofía es considerado muy importante por la Iglesia. Que la filosofía se convierta en ciencia es un desarrollo, no es el único itinerario practicable. La Iglesia, en la modernidad, ha querido defender una concepción de filosofía que no se identifica mecánicamente con la ciencia. La ha defendido en sus colegios, en sus universidades, en la enseñanza de la tradición, mediante un diálogo muy difícil, a veces con cierta ajenidad, con la cultura laica. La Iglesia nunca ha aceptado algo que no estaba demostrado, cuya necesidad no era demostrada: que se debía archivar todo el pasado y que la ciencia se convirtiera en la única forma de conocimiento. Es en este problema que se coloca el valor de la relación ciencia-filosofía, de la relación ciencia-humanidad, ciencia-antropología. Si la ciencia se convierte en un factor tendencialmente autónomo con respecto de cualquiera influencia, de cualquier control, si se justifica por sí misma, si los criterios para hacer ciencia son interiores a la ciencia misma (por ejemplo son el aumento de los estudios, la creación de generaciones futuras menos castigadas por los males que aquellas actuales) está claro que surge algo últimamente desenganchado, que se vuelve un factor invasor y penetrante. Las manipulaciones biológicas, genéticas son actuadas por quien considera que la ciencia no tiene que seguir ninguna norma, no tiene que referirse a nada: ni a una visión religiosa, ni a una visión moral, ni a una autoridad, superior a ella, como máximo sólo a una autoridad que regula la sociedad. La ciencia de hoy, no como se la teoriza, sino como se la practica, en el así dicho mundo civilizado, no obedece a nadie, ni a la ley de Dios, ni a ninguna evidencia de carácter moral, como mucho acepta una reglamentación de tipo jurídico.
Pues la intervención de la Iglesia en la cuestión de Galileo, como siempre ocurre en las intervenciones de la Iglesia, no tiene que ser vista solamente en relación al presente o al pasado, sino también tiene que ser vista en función del futuro. El cientificismo y el tecnologismo han acabado sin duda creando una sociedad tecnocrática en la que el hombre corre el riesgo de ser considerado simplemente como una partícula de materia. Por lo tanto la ciencia que expresaba de forma soberana la subjetividad, termina creando un proceso en el cual el hombre se convierte en objeto de una manipulación.
La preocupación de la Iglesia al intervenir en el asunto de Galileo, por lo tanto, se articula según los siguientes puntos:
1. el intento es salvaguardar la paz del pueblo cristiano;
2. volver menos traumático el contexto cultural y social ya tan grave;
3. no comprometer una cultura tradicional, que tenía que ser replanteada, no sólo abandonada;
4. considerar además de las enormes posibilidades de desarrollo del método científico, también los graves problemas relacionados con ellos.
Por estos motivos se puede decir que la intervención de la Iglesia ha sido básicamente un hecho necesario. Era necesario intervenir, porque la cuestión se refería por su naturaleza, más allá de las intenciones de los individuos o de los grupos, a distintos niveles y por lo tanto excedeba el ámbito de la competencia específica.

3) La condena y el largo encarcelamiento.

La condena imponía reconocer que la visión heliocéntrica no era suficientemente confirmada científicamente, por lo tanto por la cultura teológica y científica del tiempo era errónea.
Por otra parte como ya se ha señalado, sólo mucho tiempo después llegaron las pruebas científicas sobre el sistema copernicano: "Confirmación del movimiento de la tierra se pudo tener sólo con la física Newtoniana, y pruebas precisas con el descubrimiento de la aberración de la luz estelar de Bradley (1725) de la paralaje estelar del 1827 y con la célebre experiencia de Foucault del 1851" [Ibidem, p. 66].
Por lo tanto, decir que en 1633 había grandes problemas científicos para llegar a la demostración rigurosa de la visón heliocéntrica no era absolutamente anticientífico. Decir que la visión geocéntrica era la única, era sin duda equivocado, pero la Iglesia nunca ha afirmado que Galileo se equivocara porque rechazaba la única posición verdadera. La Iglesia sostenía que Galileo se equivocaba porque contraponía a una tesis suficientemente sufragada por el punto de vista científico, una visión que no conseguía mantener el paso al nivel de la confirmación científica.
La abjuración fue por lo tanto el denegar la cientificidad, la validez científica de la teoría copernicana y en aquella circunstancia no se pidió a Galileo que no investigara. Ya en el 1616 no le pidieron de no investigar, sino de no publicar. Le pidieron simplemente mayor prudencia porque, si en los púlpitos de Florencia se discutía en favor de Copérnico o contra él, quería decir que la cuestión no era una cuestión científica, sino se había convertido en una cuestión religiosa de alcance popular. El pueblo pero no tenía los instrumentos necesarios para comprenderla.
Por fin, hace falta hacer algunas breves observaciones acerca de la condena a la cárcel. La encarcelación coincidió con algunos meses transcurridos en la villa de campaña del arzobispo de Florencia (hoy se llamaría arresto domiciliario), dónde pudo desempeñar su habitual vida. Después de esto, volvió a Arcetri y en consideración de su tarda edad le fueron suspendidas todas las restricciones salvo la obligación de rezar una vez a la semana los siete Salmos penitenciales. Sin embargo, la Iglesia permitía desde hace tiempo que un hombre pudiera pasar su pena a otros, cuando estuvieran dispuestos a actuarla en su lugar. Galileo, teniendo una hija Maria Celeste que era clarisa, le dio la tarea de recitar en su lugar los Salmos, cosa que la hija hizo. Documentación de este episodio es conservada en un espléndido epistolario en el que Maria Celeste describe la vida en el convento, contando que había cumplido rigurosamente al encargo, que se le había dado, de recitar los Salmos.
En un mundo en el que los regimenes han hecho millones de muertos y los procesos han sido llevados como han sido llevados a cabo, no sólo bajo Stalin e Hitler, sino también en los así dichos países civiles, donde el encarcelamiento es lo que es, donde uno puede suicidarse en la cárcel porque no aguanta más, creo que no se pueda decir que, en el ejercicio de su autoridad jurisdiccional, la Iglesia haya actuado con manos pesadas (diferente es el caso de Jordano Bruno).

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