Genealogia de la identidad europea
autor: Francesco Ricci
fuente: Genealogia della identità europea
en Cronache d’Europa perdute e ritrovate
ed. La Nuova Agape, 1990, pp. 184, ISBN: 8872930871
fecha: 1990

“Europa no es una identidad natural, como Australia y África: ella es el resultado de un largo proceso de evolución histórica y de desarrollo espiritual. Según el punto de vista geográfico Europa es sencillamente la prolongación norte-occidental de Asia y tiene una unidad física menor que China, India o Liberia; antropológicamente es una mezcla de razas y el tipo de hombre europeo representa una unidad social y cultural y no racial. Pero también en la cultura, la unidad no es la base y el punto de partida de la historia europea, sino el fin último e inalcanzable hacia el cual ella ha aspirado por más de mil años” (Christopher Dawson).
Por eso Europa no existe desde siempre: empezó a existir no por un fenómeno natural que modificó su aspecto físico, sino por otras causas, por unos acontecimientos de la historia y de la cultura. Este “inicio” de Europa constituye una peculiaridad que determinará por siempre el destino del hombre europeo. El modo europeo de ser hombre, es y queda signado precisamente por el hecho de que ello tiene un inicio. Lo que sigue no sólo viene después, sino es su desarrollo y su crecimiento, o su rechazo o traición, pero es siempre algo con respecto a lo que está en el inicio. La memoria del inicio es el primer y fundamental contenido de la conciencia del hombre europeo. El ethos de lo europeo nace del pasaje de la naturaleza a la cultura; pero, más que del nacimiento sería exacto hablar de concepción, porque larga será la gestación, que llevará al nacimiento de lo que llamamos Europa.
Los Fenicios, pueblo de origen semítica, por primeros llamaron a esta tierra Europa, es decir, “el país del ocaso”, o “la tierra de las tinieblas”, hace tres miles años.
La esperanza es dada por la memoria del inicio: sólo así no será ahora la final de la civilización europea. El inicio de esta identidad no viene de la naturaleza, sino de la historia y de la cultura. Nuestra verdad de hombres puede hacerse y hacerse de nuevo sólo según lo que hubo al inicio-en arché. Se trata de reconocer en nosotros lo que ya ha nacido y está vivo, lo que hemos ya recibido, el “dato” antiguo que vive y crece en el nuevo “que dar”. El itinerario hacia nuestro futuro empieza desde nuestro inicio.
El nombre Europa fue impuesto por un pueblo asiático, los Fenicios, antes que existiera. También la existencia de Europa como continente y del hombre europeo fue por una paradoja de la historia, que ve como protagonista otro pueblo asiático, el más grande imperio asiático. Sin esta paradoja Europa sería ahora como el Far West del continente Asia, el modo europeo de ser hombre no habría nunca nacido, sería una de las variantes del mundo indoeuropeo. Así eran estos Persas que en el curso del VI siglo a.C. habían construido un imperio que ocupaba todo el mundo conocido como mundo civil: desde el Océano índico al Mediterráneo. El poder político y militar del Imperio persa era tal que hubiera podido realizarse sin encontrar obstáculos. El emperador Darío, empujó los confines hacia oriente y se aprestaba a extenderlos también a occidente donde quería someter Grecia, África del norte y España.
Cuando al inicio del siglo V el proyecto de la hegemonía persa empezó a concretarse en occidente, empezó también una serie de paradojas que derrocaron el curso de la historia, provocando no sólo la derrota del potentísimo imperio y el conclusión definitiva de la hegemonía asiática en el mundo, sino también el nacimiento de lo griego y el presentimiento de lo europeo. La concatenación de las paradojas militares y políticas de aquel siglo V queda y quedará un enigma para los históricos de todas las épocas. Es precisamente en el enredo humano de aquellos memorables eventos que el hombre europeo fue concebido y de esta concepción llevará siempre los signos.
La paradoja empieza en el 499 a.C. con la insurrección contra los persas de las colonias de la costa iónica, con jefe Mileto. La insurrección de las colonias duró cinco años y terminó trágicamente con su violenta represión por parte del potentísimo ejército persa. Darío no se contentó con domar la rebelión, sino quiso someter toda la Grecia con todas sus poleis. Decidió mover guerra y armó una flota de 220 barcos que llevaban a 25 miles hombres. En el 490 empezó así la primera guerra persa.
Frente al peligro persiano unos griegos se comunicaron con el invasor concordando una sujeción política, para evitar la destrucción. En muchos otros, pero, se formó la intuición que la puesta en juego valía más que la vida, que Grecia y la libertad valía el riesgo de un lucha a ultranza: lo que debían defender no eran sólo los intereses económicos, las casas y las vidas humanas, como si el hombre griego conociera ya una dignidad que no le permitía resignarse a perder. Nadie puede afirmar con certeza cuales fueron los contenidos de conciencia de los que eligieron la lucha a ultranza, pero aquellos diez miles hoplitas atenienses que, al mando de Milcíades, derrotaron en Maratón los 25 miles persas de Darío, no sólo decidieron por siempre los destinos de Europa, sino revelaron tener en sí mismos la decisión que se presenta como uno de los primeros elementos fundamentales constitutivos del ethos europeo. Después de diez años en el 480 a.C. la paradoja se repite. El nuevo emperador Jerjes, lanza un segundo ataque con fuerzas cuatro veces superiores que aquellas griegas. El peligro de la nueva invasión hizo más fuertes la unidad entre las ciudades griegas, sobretodo entre las dos ásperas rivales Atenas y Esparta. La potencia militar griega era inferior: los barcos eran menos de un tercero y diez veces inferiores las fuerzas de la tierra. La conciencia que la puesta en juego valía más que la vida tuvo su gesto heroico en el sacrificio de Leónidas y de sus mil espartanos en las Termópilas. Diez años después de Maratón, la paradoja se repite en Salamina: 300 barcos griegos derrotan 700 barcos persas. Balance de la batalla: pérdidas persianas, 500 barcos; pérdidas griegas, 7. ¿Talento de Temístocles? ¿Ingenuidad de los Persianos? ¿Diferente agilidad de los barcos? De hecho en Salamina el proyecto de la hegemonía mundial naufragó con la flota de Jerjes. El mar Egeo, liberado de la potencia asiática que quería hacer de él uno de sus mares, se hizo un espacio humano en el cual podía crecer un modo diferente de ser hombres. Su destino nunca más habría sido sujetado a Asia, a sus imperios, a sus civilizaciones, a su cultura. Por esto Europa no es el Far West de Asia. Europa tiene una identidad, una unidad, un destino peculiar. Europa existe por una paradoja de la historia no por una ley de la naturaleza. Aunque confusa en los detalles que ninguna reconstrucción o interpretación histórica posterior pudiera nunca aclarar, esta experiencia de las guerras persianas representa una experiencia fundamental para la formación del ethos griego-europeo. La razón de su importancia está justo en el hecho de que se trató de una experiencia: a través de la realidad de las guerras contra el potente enemigo persiano, el hombre griego empezó a tomar conciencia de su propia diversidad y a intuir que el contenido de su conciencia constituía un valor por el cual valía la pena luchar y morir. Se puede, luego, decir que al comienzo de la formación del ethos del hombre griego, y por esto del hombre europeo, está la experiencia fundamental del valor de la experiencia como camino para la formación del ethos del hombre. Esto no es sencillamente un juego de palabras: desde entonces en efecto, la experiencia ha continuado siendo el método de la formación y de la transformación de cualquier estadio de la conciencia del hombre europeo; por la experiencia el ethos europeo ha sido, a su vez, enriquecido y modificado. La experiencia de las guerras persas ha dado ocasional inicio a la formación del ethos europeo y la paradoja de los imponderables lo ha vuelto irreversible.

En la misma Mileto, que en el 499 habría encendido la chispa de la insurrección, en el siglo VI había acontecido algo que había abierto al hombre un nuevo camino del ser hombre. En Mileto por primera vez, un hombre había descubierto una nueva posibilidad de encuentro con la realidad del mundo y de las cosas. La realidad se había hecho inteligible, capaz de ser encontrada, poseída, y amada por el sondeo del pensamiento humano que puede penetrar más allá de las apariencias en el enredo de las formas, a la búsqueda de las razones profundas, para encontrar la racionalidad del ser. El hombre se encamina al encuentro con el ser por el camino del pensamiento: interroga la naturaleza, advierte que en las cosas está escondido un valor más grande que su valor de uso y de intercambio, intuye la posibilidad de entender el sentido de su existir, el significado del ser, comprende que una profunda y sabia racionalidad es el principio de todas las cosas y de cada cosa. Sobre el camino del pensamiento el hombre de Mileto encuentra el Logos, la razón inteligible, el contenido de las formas, el sentido conocible y comunicable, la arché.
El primer hombre que se aventuró sobre el camino desconocido del pensamiento al encuentro con la racionalidad del ser fue Tales de Mileto. No sólo fue el primer filosofo, sino, abriendo este camino, se hizo arquetipo del hombre europeo, dio inicio a la forma europea del ser hombre. Es un nuevo ethos que empieza, diferente de aquello que el ambicioso proyecto persiano hubiera querido consignar como definitivo al futuro del hombre.
El ethos antiguo del hombre asiático era el ethos del mito, que mediaba entre la conciencia del hombre y la realidad con la invención de inverosímiles cosmogonías, teogonías, hierofanías, hierocracias, teocracias, para esconder el fundamental e invencible miedo con el cual el hombre vivía la aparente irracionalidad del existir. El mito daba al hombre una ilusoria libertad del miedo, le permitía una aparente relación con el mundo; pero, el precio de esta ilusoria libertad era la concatenación de los hombres en el miedo, el arbitrio, la tiranía, y después la soledad, el individualismo, la fuga en el escondite. La libertad ilusoria y provisional ofrecida al hombre por el mito había formado un tipo humano que no conocía morada si no en el escondite: el rey en el escondite de su palacio, el sátrapa en su corte, el soldado en el ejercito, el mercante en el dinero, el esclavo en las cadenas, y sobre todos el templo, que era el escondite de los dioses. El hombre del escondite era el tipo humano que el éxito del proyecto hegemónico persiano habría impuesto como forma universal del ser humano, sin la aventura humana de Tales en Mileto. El primer paso del hombre sobre el camino de pensamiento hacia el encuentro con el Logos fue el inicio de la liberación del hombre del miedo y del mito. Aquel paso signó una mutación antropológica substancial e irreversible: el hombre salió de la cueva del mito y entró en el espacio abierto del ethos que conduce a la morada del Logos, al lugar profundo de la intrínseca racionalidad del ser. Esta mutación antropológica fue el inicio de lo griego y de lo europeo o, por lo menos, fue el presentimiento de ellos. Y lo griego y lo europeo fueron el desarrollo y el crecimiento de aquel inicio. El ethos del hombre europeo tiene por siempre su génesis en la libertad del pensamiento que sale del escondite del mito hacia el encuentro con el Logos de la racionalidad.
Por este hombre, por este ethos humano valía la pena combatir también la guerra más desesperada contra un enemigo muy potente. Los que lucharon, murieron y ganaron en el año 490 y en el año 480, en cualquier medida fueran concientes, defendieron la libertad de ser hombre según el ethos del pensamiento, salvaron la posibilidad de crecimiento y de desarrollo del nuevo modo de ser hombre y permitieron que en el Egeo quedara un espacio disponible a una nueva construcción humana. Milcíades, Leónidas y Temístocles tienen que ser unidos a Tales, Anaxímenes, Anaximandro en una única imagen de hombre en la cual podemos todavía hoy reconocer el arquetipo del hombre según el ethos de lo europeo.
La época que siguió a la victoria sobre los persas es notada como la edad de la sofistica y es considerada una grave crisis intelectual para el mundo griego que se estaba formando. Junto a los tres de Mileto, los demás que se habían aventurado en el camino del pensamiento – Pitágoras, Heraclito, Jenófane, que estaban sobre la costa iónica del Egeo, y después Parménides, Zenón, Empédocles, gentes de la Magna Grecia, y más Leucipo de Mileto y Demócrito de Abdera y Anaxágora de Clazomene – habían explorado el mundo físico de las cosas, teniendo como objeto del pensamiento la naturaleza. Fue una extraordinaria aventura en la cual el hombre se había lanzado sobre el camino del pensamiento, al descubrimiento del principio secreto del sentido racional de la realidad, del ser, como en una entusiasmante búsqueda del tesoro. En las alteradas condiciones después de las guerras persianas, a través de aquella necesaria crisis del pensamiento, el hombre se hizo objeto de reflexión para el hombre. Mientras el Egeo resonaba de los clamores de Salamina, el más ilustre de los sofistas, Protágoras de Abdera proclamaba su inmortal sentencia: “El hombre es medida de todas las cosas”.
Por primera vez, el pensamiento del hombre sacaba al hombre. El ethos del pensamiento se enriquecía con una nueva pregunta: ¿hombre, quien eres? Desde este momento la forma europea del ser humano adquiere una nueva dimensión. Perderla o rehallarla marcará por siempre para el hombre europeo y para la cultura europea del hombre, el nuevo horizonte entre tinieblas y luz, entre mentira y verdad, entre inmoralidad y moralidad.
Respondiendo a la pregunta sobre el hombre, los sofistas se extraviaron en el enredo de los análisis y de las hipótesis. Atraídos por el juego, que gana, del lenguaje, correteaban en el laberinto de las opiniones, no encontraron al hombre en el hombre, no llegaron al descubrimiento que el Logos en el hombre es el hombre mismo. Pero aquella pregunta sobre el hombre y sus incursiones en el lenguaje, que queda todavía a mitad de camino entre el hombre y las cosas, habían abierto el camino a el que se habría hecho cargo de aquella pregunta, atravesando todo el enredo de las hipótesis y de las opiniones, hasta al encuentro del hombre en el hombre.
Con Sócrates el ethos del hombre se hace ethos del encuentro. Obedeciendo al imperativo moral expresado por la voz antigua del mito, Sócrates asume como meta del propio camino sobre el camino del pensamiento el consejo del oráculo de Delfos: conócete a ti mismo. Allí el mito antiguo acaba por siempre y comienza la nueva forma del ser hombre: sobre el camino del pensamiento el hombre encuentra al hombre, lo reconoce como lugar de cada encuentro, como morada del Logos. El hombre no es el producto accidental o erróneo de alguna genealogía divina, condenado a una forma espuria de existencia a merced de las formas irracionales de la naturaleza, privado de libertad y sin historia. El hombre, en cambio, es la morada conciente del Logos: es al hombre que la razón profunda del ser se revela, es a él que ella se comunica, es a través de él que ella participa. Su nombre es Verdad.
El ethos del encuentro abre un nuevo camino: el camino de la vida en la verdad.
Por este ethos, también el encuentro con la muerte es un paso sobre el camino a la verdad. Y Sócrates acepta morir para dar testimonio al hombre sobre el hombre. Sócrates no es Leónidas, no muere sobre el campo de batalla con el gesto del héroe: Sócrates sabe más que Leónidas, que el hombre tiene un valor por el cual vale la pena morir, también morir de una muerte injusta decretada por un tribunal inicuo.
Lo que en Sócrates se revela al hombre sobre el hombre es tal que constituye el gran contenido sobre el cual se construirá la forma más cumplida de lo griego: el helenismo de la gran expansión macedona hasta el nuevo imperio universal de Alejandro, es más, hasta el último de los imperios universales, el de César Augusto. Antes que también el sueño de Augusto se derrumbara, aconteció algo por el que el ethos socrático del encuentro se habría hecho el definitivo lugar del génesis del ethos europeo.
El hombre que ha encontrado al hombre y que ha descubierto en sí mismo la morada del Logos como morada interior de la verdad, de que el cosmos y cada fragmento del ser entretiene la semilla en su inteligible racionalidad, este hombre, liberado de las sombras del miedo y de la ilusoria libertad del mito, ahora puede correr toda la aventura humana del pensamiento en el espacio entero del ser y del existir, en el cielo de Dios y en la tierra de los hombres. Entre los discípulos de Sócrates, Platón recorre hasta el final el camino ético y estético del Logos, persiguiendo el encanto de lo Bueno y de la Belleza, porque ve en la racionalidad del ser el manifestarse de un orden y de una armonía en que se revela la inteligencia y el amor de un Logos supremo, que está al origen del misterio del ser. Aristóteles, en cambio, sondea las estructuras de la racionalidad de lo real, cataloga aquellas físicas, deduce aquellas metafísicas, parangona las analogías, descifra las leyes lógicas y antológicas, desata los enigmas hasta ahora indescifrados y revela la organicidad del ser en la existencia individual y de los seres en la totalidad del cosmos.
Como el pensamiento griego y el testimonio de Sócrates habían sostenido al hombre griego en el atormentado sufrimiento de la formación de la unidad del mundo griego, fracasada sobre un camino político y militar y conseguida sólo sobre el camino de la cultura; así Platón y Aristóteles ofrecen al mundo griego el impulso cultural que, más que la potencia y que la genialidad política de Felipe el Macedonio y de Alejandro Magno, vuelve posible la dilatación universal del ethos de lo griego, que fue llamado helenismo y que abrió a la cultura del Logos, pueblos y razas que hasta entonces habían permanecido sometidas a la cultura del mito.
Pero fue un triunfo efímero. El hombre griego sobre el camino del pensamiento que conduce al encuentro con el Logos de la racionalidad se había librado del miedo y del mito, había hecho experiencia de una nueva relación con la realidad, había encontrado al hombre en el hombre y descubierto la morada interior del sentido del ser; pero había tocado el limite insuperable de la racionalidad alcanzable por el camino del pensamiento. Más allá de las “columnas de Hércules” del conocimiento y de la vida, el hombre griego intuía un horizonte de la realidad y de significado que se escapaba de las medidas del Logos teoréticos, parecía volver a caer en el mito, reconducir la conciencia a los antiguos miedos, resolver en un fracaso incalculable la aventura del pensamiento.
Platón mismo vuelve a caer en el mito, ya vacila sobre el camino del Logos y ethos del encuentro, para conceder dignidad cultural a las sombras del mito con respecto de la conciencia del hombre. Es sólo un agarradero, pero es sobre esta ocasión que más trabajará el helenismo, hasta llegar con los neoplatónicos a intentar una nueva, imposible síntesis entre el ethos del Logos y el ethos del mito, entre las imágenes ilusorias del mundo de las antiguas teogonías asiáticas y la sabiduría del conocimiento racional inaugurada por Tales y desarrollada en clave antropológica y antropocéntrica por Sócrates.
No es una casualidad que el proyecto imperial de los Macedones se haya orientado en lugar de las tierras del norte y occidentales, hacia las mismas regiones del sur del imperio de los Persianos, desde Anatolia hasta Egipto, desde Mesopotamia hasta las orillas del Indo y la Bactriana. Más que un desafío político y militar, era la terrible tentación de reconducir lo que había nacido de una experiencia original que había generado un tipo diferente de hombre y de ethos, despegándolo de su natural matriz asiática y dotándolo de una autónoma forma de conciencia y de cultura – el hombre griego, antepasado y fundador del hombre europeo – de reconducirlo, decíamos, a la antigua pertenencia asiática, de nuevo a merced de la irracionalidad, a la cual podía remediar sólo la grácil protección del mito. Es verdad que Aristóteles había entregado la racionalidad del Logos a pruebas y certezas que habrían superado el retorno a cualquier barbarie, pero es también verdadero que la parte substancial de su argumento a favor del Logos, quedó en su tiempo prácticamente incomprendida o desatendida, privilegiando de su discurso orgánico, la búsqueda sobre la naturaleza y sobretodo la argumentación ético-política. El gran Aristóteles de las razones supremas del ser y del vivir tendrá que esperar el medioevo cristiano para ser llevado a plena luz y hacerse el fundamento del ethos cristiano del hombre. Mientras, entre el siglo IV y el siglo III a.C., el helenismo construye su oikoumene con ambigüedad, que ya prepara su ruina, difundiendo en el mundo la gran conquista de lo griego, y en el mismo tiempo, restituyendo lo griego a una pertenencia equivoca y incontrolable a la antigua Asia. En la conciencia del hombre de la koinè, la memoria de la experiencia de la belleza y de la verdad del Logos se enredaba en los ritos misteriosos y orgiásticos de los cultos orientales que conocían un nuevo florecimiento.
Cuando la potencia naciente de Roma se sustituyó, en el ocaso de los Macedones, a la gestión del cuarto emperio de la historia antigua, fue esta sociedad ambigua e intrínsecamente minada, que fue tomada a cargo y adoptada como contenido de lo romano. Es verdad que asumiéndola los Romanos le imprimieron el equilibrio del derecho y la rudeza del pragmatismo campesino, pero ninguno de ellos habría sabido o podido salvar el ethos humano de la racionalidad, del encuentro del hombre con el Logos, de su total destrucción. Virgilio, Horacio, Séneca o Cicerone habrían podido sí garantizar la eutanasia, la dulce muerte del hombre nacido en el siglo VI a.C. sobre las costas del Egeo y conducido al encuentro con sí mismo por Sócrates en la Atenas liberada del siglo IV, pero no habrían podido asegurarle ni vida ni futuro.
A diferencia del imperio de los Macedones, el de los Romanos se extendió también en gran parte de las regiones que hoy nosotros llamamos Europa. Destruyendo Cartaginés y resistiendo a la seducción de Cleopatra, Roma acabó no cediendo a la tentación de deslizarse una vez más en la pertenencia de la gran madre asiática. Si eso, en cambio, hubiera acontecido, cada posibilidad de existencia autónoma e independiente del continente Europa, habría quedado impedida por siempre: Roma, en efecto habría arrastrado consigo toda la vasta área de pueblos y de tribus que había integrado en la órbita política y cultural del Imperio romano. Pero al tiempo de la paz de Augusto, Europa todavía no existía. Existían los factores constitutivos de una forma de hombre y de cultura que ya delineaban la imagen de una originalidad antropológica nueva y diferente de la antigua. Existían sobretodo las experiencias de una cultura del encuentro que habían signado el viraje antropológica de lo griego, pero el ethos del encuentro estaba suspendido en un espantoso péndulo entre la luminosa claridad del Logos y la oscura amenaza de la cueva de los mitos.
El pensamiento, asustado por sus mismos límites, se había parado a las “columnas de Hércules” del conocimiento y de la razón. La racionalidad de la teoría no era más suficiente para atravesarlas, necesitaba otra racionalidad, no la del pensamiento racional que produce la teoría, la noción abstraída, el concepto universal y la ley lógica o moral o jurídica. Cuando se dio cuenta que no poseía otra razón que aquella, el hombre de nuevo tuvo miedo y corrió una vez más en sus escondites. Mientras sus armadas ocupaban el mundo, también aquello desconocido, en los subterráneos de Roma se excavaban grutas para las orgías místicas. Sócrates no hablaba más al hombre del hombre sobre la plaza de Atenas iluminada por el sol. Divino Logos, ¿Dónde estabas?

En arché en ho Logos…kai ho Logos// sarx egeneto”: En el principio existía el //Logos….y el Logos se hizo carne. Entre las mucha exégesis posibles de este fragmento evangélico del prologo del evangelio de S. Juan, es lícito elegir la que la lee en el punto de inserción de la novedad del anuncio cristiano dentro del ethos humano del encuentro con el Logos, en el que consiste el aporte de lo griego a la construcción del mundo humano del hombre. El anuncio cristiano es noticia de un acontecimiento: la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo. El Dios-hecho-hombre es el acontecimiento que constituye un nuevo principio de racionalidad de lo real, el nuevo Logos. Con su muerte y resurrección, Cristo asume en sí mismo la contradicción en la que se había encallado el camino humano del hombre, y la asume en la forma radical del conflicto vida-muerte, en que se sintetizan todos los conflictos de la existencia: bien y mal, verdad y mentira, esclavitud y libertad, tinieblas y luz, carne y espíritu. Con su muerte destruye la muerte y con su resurrección restaura la vida, entregándola a una forma definitiva de libertad y a una nueva posibilidad de plenitud.
El evento de Cristo, su persona y su historia, se convierte así en el nuevo principio de inteligibilidad del ser, el nuevo sentido de la realidad, el Logos sembrado en cada fragmento de lo real y presente en la totalidad del cosmos. La vía del camino humano se reabre sobre una nueva dirección: es el camino de la fe, del nuevo conocimiento, que nace del encuentro con la persona de Cristo y de la metanoia, del cambio de la mente, es decir, de la forma del pensamiento. La metanoia es el inicio del nuevo ethos de la fe, así radical en su novedad que puede ser paragonado a un nuevo nacimiento. Cuando se lo supo, Nicodemo tuvo temor: ¿Cómo es posible nacer de nuevo?
Cuando Pablo llegó a Atenas y se puso sobre el Areópago para anunciar el nuevo Logos de la fe, se inspiró en un simulacro de un dios que no siendo ni Apoyo, ni Júpiter y tan poco Mitra o Osírides, sino un dios ignoto, era el símbolo visual del horrendo péndulo en que oscilaba la conciencia del hombre griego entre la pertenencia al ethos del encuentro o a la cueva del mito, entre la fascinación del mundo como espacio abierto a la libertad creadora del hombre y el vórtice del escondite.
Pablo no pertenecía ni al mundo asiático ni al griego, no era deudor de nada ni a la antigua madre de los pueblos indoeuropeos ni a la hija rebelde ahora en crisis de identidad. Pertenecía a un pueblo que se había formado y había crecido en el pequeño territorio incluso entre el curso del río Jordán y la costa del Mediterráneo, en un aislamiento casi absoluto, que lo había mantenido separado, celosamente extraño a cada influjo de cultura de los grandes imperios circundantes, el egipcio y el asiro, el babilones y el persiano, el macedonio y el romano. Era uno de los más minúsculos pueblos del mundo conocido, hablaba una sola lengua, adoraba un solo Dios, creía en el destino de un solo pueblo, él, el pueblo de Israel, que prefería llamarse el pueblo de la Alianza. También Israel vivía en el ethos del encuentro, pero no lo había vivido sobre el camino del pensamiento que llega al Logos de la racionalidad, sino sobre el camino de la historia que acoge la presencia personal del Dios de la salvación. El ethos de Israel se había formado en la experiencia de la compañía de Dios y del hombre en la única morada de la historia. La tienda de la Alianza en los cuarenta años de peregrinación en el desierto era el símbolo de eso, era el lugar real del encuentro, la morada en el tiempo y en el espacio, acontecimiento ya en acto, presencia. Lo que los griegos buscaban como éxito extremo de la sabiduría de un largo camino sobre la vía del pensamiento a través del enredo de las apariencias hasta al encuentro con la suprema racionalidad del supremo Logos, y lo que las mitologías de Asia confiaban a las magias de los ritos catárticos con sus provisionales liberaciones, el hombre del pueblo de la Alianza ya lo poseía en la existencia cotidiana, hecha toda entera ethos del encuentro con la presencia del Dios de la historia, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.
Lo poseía dentro de las estructuras de su monocultura: en el lenguaje, en la costumbre, en la psicología, en la animadversión de un pequeño pueblo separado, impermeabilizado, ligado a una única tierra, en aquella hendidura física y mental que era la excavación del Jordán. El evento de Cristo acontece aquí, en esta circunstancia y en estas condiciones, en la forma de la monocultura hebraica, lenguaje, costumbre, con su dialecto, sus parábolas, sus ritos y sus fiestas. Y aunque en la palabra y en el gesto de Cristo la eco de la dimensión universal de la vocación de Israel sugestivamente dibujada por los últimos grandes profetas se hace más claro y más profundo, el único signo de universalidad que se puede ver es la sentencia de muerte colgada a la cruz, escrita en griego, latín y hebraico. Nada más. La resurrección se volverá manifiesta sólo al grupo estrecho de los discípulos. El Hijo del hombre pertenece sólo a Israel, que pertenece sólo a Dios y a ningún otro pueblo sobre la tierra.
Cumpliéndose Pentecostés, la cáscara hebrea se rompió, el Espíritu del Resucitado empezó su obra. “desde Jerusalén hasta los extremos confines de la tierra”.
Para decir la verdad, la cuenta con el antiguo oriente ya había sido regulada desde hace tiempo, con un procedimiento de urgencia y según la moda oriental. En efecto, he aquí los tres Reyes Magos, en representación de todas las hierocracias antiguas y futuras, con sus dádivas simbólicas del reconocimiento sacro del emperador-dios, el oro, el incienso, la mirra y el darse cuenta que el niño había nacido, una acción a mitad notarial, y a mitad profética, juzgando las consecuencias, que no fueron inmediatas.
Muy diferente fue el apuro hacia los “gentiles”, las gentes que demoraban en el vasto espacio humano construido por el helenismo y regido por lo romano. Después del sueño de Pedro con respecto del centurión Cornelio y después del Concilio de Jerusalén, no existía duda: el Espíritu soplaba por la parte del ocaso. Fue necesario interesarse por las regiones circundantes, llevar el anuncio del Resucitado a las gentes de la costa asiática del Mediterráneo, a Anatolia, a las antiguas colonias griegas del Egeo, a Mileto, a Éfeso.
Luego, un día, movido por el Espíritu al que únicamente obedecía dócilmente, Pablo deja Asia y desembarca sobre la costa de la Macedonia, en Listra. Sobre la orilla del río encuentra un grupito de lavanderas, y a ellas anuncia Cristo, muerto y resucitado. Una de ellas, con nombre Lidia, acoge a Pablo y su palabra, le hospeda en su casa, se hace catequizar en la fe y bautizar. Éste podrá ser considerado el verdadero día del nacimiento de Europa. En esta mujer, vendedora de telas de púrpura, macedona de patria, griega de idioma y de cultura, el ethos de la Grecia se abre a acoger la novedad cristiana, la mente pasa desde el Logos de la razón teórica al Logos de la historia. La prehistoria se concluye, inicia la historia.
Antes de llegar al Areópago de los sabios de Atenas, Pablo había ya encontrado al hombre y al mundo griego; encontrando a Pablo, Lidia había encontrado a Cristo: sobre las costas del Egeo que la había vista nacer, la cultura del encuentro conoce una nueva florescencia de verdad y de vitalidad. La ironía de los sabios en el Areópago oyendo a Pablo sobre la resurrección de Cristo (“de esto te escucháramos otro día..”) amarga al apóstol, pero no impide que la herencia de Tales y de Sócrates se salve, que Platón sea recuperado de su tentación y que para Aristóteles se prepare el tiempo de un más lleno entendimiento.
Pablo y Lidia no proyectaron todo esto, pero aquel encuentro, en aquel lugar y en aquella hora estaba ya cargado de todo esto, como una semilla es cargada de un albor y de todos los frutos. En la convivencia de Pablo y Lidia en el nombre de Cristo y en la novedad de la fe se realiza la primera Iglesia de Europa, la primera comunión nacida de un encuentro. Este acontecimiento constituye la forma definitiva del ethos europeo, el contenido de la identidad europea y el método de formación del hombre europeo y de su cultura.
Cuando el pequeño hirsuto hebreo de Tarso, enamorado de Cristo, logró trasmitir a la mente y al corazón de aquella mujer así diferente de él, en todo y por todo, el mismo contenido de la fe y compartir con ella el mismo acontecimiento de comunión y de salvación, eso signó el inicio de una posibilidad de construcción de la comunión entre los hombres que no habría encontrado ningún impedimento en ninguna diversidad, y que no habría necesitado, para acontecer, suprimir ninguna diferencia. La novedad cristiana poseía la energía y las fuerzas para la construcción de la unidad verdadera entre los hombres y entre los pueblos. Era necesario sólo seguir obedeciendo dócilmente al Espíritu, era necesario evangelizar. Habrían sido necesarios miles de años para llevar a cumplimiento la primera evangelización de Europa.
Cuando llegó a Atenas, Pablo introdujo la novedad del Logos cristiano en el ethos de lo griego; pero no se habría parado allí: el Espíritu que lo obligaba, lo habría llevado a Roma en el ethos de lo romano. Entrar en el mundo griego no fue fácil para él y para la Iglesia nacida en Jerusalén de carne hebrea. Aunque todo estaba listo, para que en el Logos aconteciera el pasaje de la racionalidad de la teoría a la racionalidad del acontecimiento y el hombre, que en Sócrates había encontrado al hombre, encontrara en Cristo la plena verdad sobre el hombre, aunque en el espacio humano abierto por el helenismo se agitaban corrientes subterráneas llenas de presentimiento, quizás de espera, hasta de deseo, a las cuales no podía responder el convulsionado retorno a la cueva del mito, también así no fue fácil revestir la novedad cristiana de la nueva forma de lo griego y de lo romano.
La evangelización del mundo helenístico no podía acontecer sin que el anuncio cristiano fuera sometido a un complejo y delicado traslado semántico desde la estructura lingüística del hebraísmo a la del helenismo. Si consideramos que hasta aquel momento el contacto entre los dos mundos no había prácticamente existido, se puede entender cómo y cuándo Pablo y la Iglesia de Jerusalén se manejaban con fatiga entre una estructura y la otra. Lo que Cristo había predicado en aramaico, Pablo habló y escribió en griego; a las palabras del rabino Jesús, añadió razonamientos lógicos y elaboraciones conceptuales; a las leyes de las sinagogas sustituyó la libertad del espíritu. El coraje de la hazaña le venía de la certeza de que el evento de Cristo constituía una novedad radical de liberación para el hombre: “No hay más ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, ni hombre ni mujer, sino somos uno en Cristo, y si uno es en Cristo es una criatura nueva”. (Gal. 3,28)
El itinerario de Pablo desde Jerusalén a Roma a través de Atenas indicó a la Iglesia la tarea de la evangelización en el entero campo humano del mundo, trazó su primer recorrido, inició su obra. Todas las extraordinarias energías de pensamiento y de acción puestas en movimiento por el encuentro con Cristo habrían contribuido al cumplimiento de aquella tarea por toda la historia, hasta el final de los tiempos.
Pablo pudo sólo iniciarlo: por lo menos tres siglos habría durado el proceso de asimilación recíproca entre helenismo y cristianismo. A su conclusión el gran vehículo histórico del helenismo – el imperio romano – habría desaparecido. Un nuevo modo de evangelizar se habría ofrecido al impulso misionero de la Iglesia: los bárbaros del norte.
El ethos del encuentro vivido en la forma hebrea de Alianza y cumplido en la llena verdad en Cristo, el Dios hecho hombre, se despegaba de aquella forma y se revestía de la forma helénica del ethos de la racionalidad y así salía sobre las rutas del mundo, construidas por los ejércitos romanos, con una extraordinarias vitalidad generadora de nueva vida y de nueva cultura. Las vías empériales del idioma común, del derecho, de los comercios ofrecía al anuncio cristiano un vehículo de comunicación que hacía más fácil la obra de la evangelización. En el mismo tiempo, lo romano invadía el espacio humano del emperio con algo más que el idioma común, el derecho y los comercios: eso significaba también una pretensión sobre el hombre, en la medida en que lo quería cerrado dentro el horizonte limitado del helenismo y de su crisis, y de hecho lo obligaba en el péndulo de la ambigüedad entre racionalidad y irracionalidad, entre libertad y miedo.
Esta oscilación se hizo siempre más dramática con el agravarse de la intrínseca fragilidad romana y con el progresivo perfilarse de la final inevitable del emperio. Como siempre acontece por cada fragilidad, lo romano opuso a la novedad cristiana una gruesa resistencia, que a veces se hizo feroz; el ethos de lo romano ofrecía al ethos del nuevo encuentro las estructuras para su difusión, pero en el mismo tiempo, le negaba - en nombre y por causa de aquellas mismas estructuras – la libertad de construirse según todas las dimensiones de su novedad. Sucedió así la paradoja de las persecuciones: Roma usó su derecho y su poder para intentar eliminar la novedad que sola habría podido salvar su alma de verdad y su cultura.
Pero la paradoja de las persecuciones no fue la más grave de las pruebas que la novedad cristiana debió enfrentar cumpliendo la primera estupenda hazaña de la evangelización del mundo greco-romano. Otra prueba más ardua y decisiva la empeñó por un siglo entero en una lucha, de cuyas suertes dependía la supervivencia del cristianismo como novedad de vida. Tal fue, en efecto, el sentido del conflicto entre la Iglesia nacida entre los gentiles y la gran tentación gnóstica. Una vez más se trataba de decidir si la novedad del ethos cristiano debiera tomar la vía del oriente y transformarse en la última de las religiones misteriosas generadas por Asia, o si el acontecimiento cristiano debiese desenvolverse y crecer en la continuidad del encuentro entre Cristo y Sócrates, entre el Logos de la historia y el Logos de la razón. Si hoy existimos como Europa, esto es debido al éxito del choque con la Gnosis.
La Gnosis es una formación muy compleja en que se mezclan en modo muy singular elementos helénicos y elementos orientales, la más sublime especulación y la superstición más vulgar, tendencias súper ascéticas y tendencias libertinas… La filosofa para los Gnósticos no era otro que la apariencia, detrás de la cual se escondía un conjunto de concepciones meramente orientales: cosmología y astrología babilonenses, culto de los misterios egipcios-siríacos, dualismo iránico-persa. Mientras la filosofía helénica desde Sócrates y Aristóteles, y particularmente en el Estoicismo, había ya concebido la idea de un Dios único, en el Gnosticismo hay el relámpago de una multiplicidad de dioses de tipo indo-brahmánico. El Dios supremo es alejado del mundo, el mundo pertenece a un Demiurgo, que según los unos es malo, según los demás, es sólo débil e imperfecto. Allá cerca, se abre de par en par el abismo o Bythos, en medio entre el mundo y Dios está el Pleroma, el conjunto de los Eones. Pero estos Eones tienen no sólo caracteres divinos y humanos, sino también astrales, demoníacos y animales. A los sietes démonos superiores (archontes, daimones) Miguel, Surieles, Rafael, Gabriel, Thauthaboot, Eratahaot y Onoel corresponden no sólo estrellas, esferas y mundos, sino también león, toro, dragón, águila, oso, perro y asno. Es el sistema cósmico de Asia, en que el hombre no es todavía conciente de su posición particular en el cosmos, en que se evaporan y desaparecen no sólo los confines con el mundo de las estrellas, sino también los del mundo subhumano, animal. Y, como en este sistema no había lugar para un concepto depurado de Dios, así tan poco para los hombres no existía aquel lugar que los griegos habían descubierto. Y, como no había puesto para el hombre, no había puesto ni siquiera para todo lo que desde siglos había arrancado de la idea greco-romana de hombre: una Polis ordenada según leyes o un Emperio del derecho, una ciencia que procede en sus investigaciones sobre bases conceptuales, una ética que distingue lo bueno de lo malo, una arte de la medida y de la belleza, una vida de sabiduría y de dominio de sí mismo.
En lugar de todo esto el Oriente ponía el ilimitado despotismo del albedrío, la superstición en el pueblo y la teosofía mágica en una casta sacerdotal esotérica, un ascetismo extremamente apesadumbrado y un vitalismo desenfrenado, un arte monstruoso de representaciones grotescas de semianimales, una vida oscilante entre los polos de un éxtasis ebrio y de una vacía torpeza. El Cristianismo, venciendo la gnosis salvó el occidente y salvó lo griego, que con su solas fuerzas no podía más oponer ninguna resistencia. Aún una vez, luego, se trató de una decisión para un modo diferente de ser hombre, análoga a la que llevó a las guerras persas y al viraje antropológico de lo griego. En esta nueva elección para el ethos humano del hombre, el Logos de lo griego y el Logos de la novedad cristiana se unieron todavía más concientemente y más profundamente, y de su unión consiguió enraizar profundamente la novedad cristiana en la cultura greco-latina, que desarrolló ulteriormente su original vocación de cultura del encuentro. El desarrollo de la cultura del encuentro definió ulteriormente la fisonomía de la forma europea del hombre y el ethos de lo europeo se incrementó con un nuevo trato más marcado y también más conciente: la elección para el hombre y para el ethos humano del hombre.
De la derrota de la Gnosis y de la más madura elección para la cultura del encuentro, floreció, desde el siglo II d. C., una maravillosa creación de un pensamiento y de una cultura que tuvo sus frutos en la Patrística griega y latina, en la liturgia y en el arte. Mientras el poder imperial administraba, con una dificultad siempre mayor, su descomposición, la Iglesia de los Gentiles construía una nueva morada para el hombre, y la construía sobre la piedra fundamental que es Cristo, según el proyecto del Espíritu, adornándola con la estupenda belleza de las creaciones del pensamiento, de la poesía, del arte. Durante siglos y siglos el trabajo de esta construcción continuará sin interrupción.

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