Género o gender? Lectura científica /1
autor: Clara Atzori
Dirigente médico hospitalario, especialista en enfermedades infectivas, miembro de la Asociación Scienza&Vita, Milán
fecha: 2014-05-30
fuente: SCIENZAinDIRETTA/ Genere o gender? Una lettura scientifica
Publicado en el N. 53 de Emmeciquadro
traducción: María Eugenia Flores Luna

A partir de la situación actual en la cual domina una mentalidad, afirmada en el curso del último medio siglo, que ha separado el concepto de «género» del de «sexo» hasta llegar a la «teoría del gender», el autor relee el tema de la sexualidad desde el punto de vista científico.

La identidad sexual es ontológica, en el sentido que hace parte esencial de la estructura de la persona humana, sea desde un punto de vista estrechamente genético, sea de aquel global de la «integración entre factores biológicos, psíquicos y culturales, que no son extrapolables». De aquí la proposición que la homosexualidad no tiene un fundamento biológico y la denuncia de la falsa «cientificidad» de la teoría del gender que, aislando un factor cultural de todos los otros, representa la indebida intrusión en la ciencia de una visión ideológica.

Hasta cuando sexo y género eran sinónimos, la identidad de género era entendida como integración ordenada de todos los aspectos que la componen: genéticos, gonádicos (presencia de testículos u ovarios), fenotipicos (forma del cuerpo), psicológicos (psique masculina y femenina), culturales (educación) y sociales (roles).

Desde los años Cincuenta del siglo pasado el término «género» ya no ha tenido equivalencia con la palabra «sexo», se ha verificado un deslizamiento semántico que es importante conocer: han aparecido los «géneros Kinsey», los géneros GBLT (GBLT hace referencia al acrónimo de Gay, Bisexual, Lesbiano, Transexual, descripción de los comportamientos sexuales en las famosas Relaciones Kinsey).

Ha luego aparecido «la identidad de género», según la definición de John Money, que la entiende como la percepción de sí mismo como macho o hembra, es decir separando la objetividad del ser de cierto sexo (macho o hembra) de la subjetividad del «sentir» de pertenecer a aquel sexo, conciencia considerada el puro resultado de una construcción cultural, el fruto de la educación recibida y por tanto modificable (ver a Bruce Brenda y David di John Colapinto, ediciones San Paolo para entender en qué mentira científica esté fundado el concepto de identidad de género).

También tenemos el «rol de género», entendido come manifestación pública de la identidad de género: más allá de lo que yo siento, el rol representa lo que muestro a los otros de mí con respecto de la identidad sexuada. En fin tenemos la «orientación sexual», entendida como dirección del deseo erótico, respecto no sólo a la diferencia de los sexos, sino también con respecto al objeto del deseo que podría ser, además de un hombre o una mujer, también un objeto cualquiera, un fetiche, un animal, un niño o hasta un muerto como los eventos de crónica nos testimonian.

Culturalmente ha sido anunciada la liberalización de la orientación, del rol y de la identidad de género sobre la base del deseo individual, pretendiendo la ontologización de lo que se siente, de lo que se desea ser a prescindir de lo biológico: la orientación se convertiría en la legítima esencia de la persona.

¿La persona humana: ¿una realidad ontológicamente sexuada?

¿La persona humana es una realidad ontológicamente sexuada, descriptible y objetivable de modo «pre confesional»? La tesis opuesta es que la persona humana sea una identidad abstracta, un individuo, un sujeto/objeto de derechos, identificable en su momento a través de su orientación. Entonces: ¿existen el hombre y la mujer como identidades sexuadas o bien existen los sujetos GBLT-IA-Q-GV? Estas últimas siglas son en resumen: I = intersexual, A = asexual, Q = queer, GV = gender variants, en los cuales todas las características se descomponen en un caleidoscopio de posibilidades (ver los más de cincuenta «géneros» previstos en Facebook).

La identidad sexuada, a nivel científico, es reconocida como una inextricable interdependencia entre factores que son «naturales», según un discurso que incluye lo biológico y lo cultural, justo porque el ser humano posee esta realidad relacional, es mezclado en sus relaciones, por lo tanto en la «cultura».

La cultura, hace falta recordar, no es una abstracción sino el resultado de la interrelación entre personas vivas y reales, no proviene de la nada, sino es el producto de la relación entre las personas. Respetando la integración entre factores biológicos, psíquicos, culturales, que no son extrapolables, tenemos un discurso válido sobre la persona entendida en su unidad; cuando estos componentes se rompen, pretendiendo aislar un solo como «causativo», se arriesga una deflagración de sentido y de consenso.

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Sobre el sexo genético es interesante notar como se adscribe también eso a un discurso relacional. Para que un nuevo individuo sea concebido se tiene que verificar una interrelación entre cromosomas masculinos y femeninos derivados de los gametos (óvulo, espermatozoo), que genera el acoplamiento de 23 parejas de cromosomas que llevan un macho si en las 23ma pareja encontramos XY, o bien una hembra, si la 23ma parejas son XX y eso en función de la diferencia entre X y Y.

Otro dato de hecho es que el ser humano no crece como embrión, al menos por el momento, fuera del cuerpo, sino dentro de una relación, hospedado en un cuerpo sexuado, un cuerpo femenino.

La función primaria del cromosoma Y es organizar la masculinización de las gónadas (testículos), del fenotipo (forma del cuerpo dotado macroscópicamente de escroto y pene) y de organización cerebral: en ausencia de Y, nos convertimos todos en hembras, pero sobre esto no quiero alargarme.

La sexualización prenatal

La sexualización empieza en época prenatal y continúa por toda la vida de modo dimorfo, es decir existe una vía separada de desarrollo para machos y hembras que inicia a partir de este momento inicial y procede por toda la vida. Está claro que si se verifica una anomalía biológica, un recorrido embrionario accidentado, la fisiología se vuelve a este punto no más biología fisiológica, sino patología, y podemos ver alteraciones macroscópicas (malformaciones) que indican generalmente a nivel de expresión corpórea algo que no es sólo una exterioridad del cuerpo «herido», sino también interesa la parte psíquica y en todo caso interesa a toda la persona.

La sexualizaión prenatal en efecto no es sólo un fenómeno del cuerpo entendido como exterioridad (si se nace con un pene, se es macho, con una vagina, hembras). Es algo que concierne también a la organización neuronal del cerebro, en particular influyen sus características típicamente humanas como la organización del centro del lenguaje, sobre cuyo «innatismo» expertos como Noam Chomsky y otros también debaten desde hace mucho tiempo de modo fuerte; de hecho la organización de una habilidad típicamente humana (comunicar a través del lenguaje), actuada a través de la verbalización, prevé una diferenciación entre hombre y mujer ya antes del nacimiento, en el modo diferente en que se organizan las neuronas, como nos confirman las neurociencias.

Sabemos por ejemplo que en el macho hay una predominante lateralización del centro del lenguaje a la izquierda, allí donde en la mujer éste es también representado ampliamente a la derecha.

Los disturbios del desarrollo sexual

Pueden existir disturbios del desarrollo sexual, que son llamados con el acrónimo SDD, es decir Sex Developement Diseases; pero es muy importante tener claramente separado metodológicamente lo que ocurre en la biología y en la fisiología, del ámbito patológico.

Eso requiere una actitud de máxima acogida y delicadeza, con respecto a quien es portador, por ejemplo, de síndromes genéticos de «exceso de cromosoma X» en el macho (por ejemplo XXY, síndrome de Kleinefelter) o bien de «carencia de cromosoma X» en la hembra, (por ejemplo XO, síndrome de Turner) en el que el deficit de la doble X genera una falta de feminización.

Existen situaciones mucho más complicadas, que no podemos detallar en esta sede, como los mosaicismos, pero es importante saber que existen como patologías, porque hoy en cambio se habla, inapropiadamente, de intersexualidad como de un «tercer sexo».

La intersexualidad no es el hermafroditismo (presencia contemporánea de testículos y ovarios, un síndrome simbólicamente bastante importante pero muy raro). Existe por ejemplo el síndrome de Morris, que afecta a 1 de 40.000 personas: machos que parecen hembras, que tienen los cromosomas numéricamente normales, pero a nivel de ADN, tienen un receptor anómalo, es decir el mensaje normalmente secreto de las gónadas (la hormona llamada testosterona) no es correctamente captado por los órganos que deberían recibirlo: el deficit del receptor puede ser completo (entonces el síndrome se llama CAIS, completa insensibilidad a los andrógenos) o bien parcial (PAIS, parcial insensibilidad a los andrógenos), lo que crea ciertamente ambigüedades sexuales. Éstas deben ser leídas correctamente, es decir como problemáticas de tipo patológico.

Esto para decir que los estados intersexuales no son un tercer sexo; están en algunos casos ligados a una problemática patológica del desarrollo normal de los receptores elegidos, en este caso los andrógenos; existen otras patologías sobre las cuales no me adentro y que quedan patologías.

Otro aspecto que es necesario aclarar es que en la «disforia de género», que es el así llamado «transexualismo», por el cual una mujer cree de ser un hombre o viceversa, no tenemos anomalías desde el punto de vista del desarrollo biológico, sino se trata de una dispersión psicológica del sujeto frente a una normalidad genética, hormonal, receptiva, confirmada también por datos recientes: las anomalías genéticas concernientes a las hormonas sexuales no son conectables a la disforia de género, por lo tanto tenemos que abandonar la idea de que la persona «transexual» sea así a causa de una enfermedad orgánica, hormonal.

¿La homosexualidad: un fundamento biológico?

¿La atracción por las personas del mismo sexo (comúnmente dicha homosexualidad, más correctamente a nivel científico llamada SSA, Self Sex Attraction = atracción por las personas del mismo sexo) representa biológicamente un «tercer sexo» demostrable?

Ésta es una pregunta interesante, porque la despatologización a nivel psiquiátrico de la homosexualidad ha tenido un itinerario gradual a partir de los años Setenta del siglo pasado, castrando completamente cada discurso sobre el SSA, haciendo tabú del discurso sobre la valoración empírica y científica de las causas de la atracción por las personas del mismo sexo y tachándolo como «homofóbico».

Una reciente investigación ha resumido datos presentes en literatura concluyendo que no tenemos evidencias de tipo genético-hormonal que nos confirmen un innatismo genético con respecto a la homosexualidad e hipotizando una explicación indemostrable científicamente, la posible «influencia epigenética», es decir la influencia de fragmentos mitocondriales de material genético de derivación materna, (que no pertenecen al patrimonio genético «mayor») capaz de dirigir la preferencia sexual.

Quedan dos evidencias: en los gemelos idénticos no se encuentra si no en un porcentaje modesto la esperada concordancia de la orientación sexual (y esta situación hace imposible apoyar la hipótesis del innatismo biológico), y la epigenética es un dato genéticamente frágil e indemostrable para explicar la determinación de una característica como la «orientación sexual».

No tenemos alguna persona biológicamente reconocible como «enferma» de atracción hacia el mismo sexo, mientras tenemos una mole de veras importante de datos de tipo «ambiental», que nos ilustran la importancia de una constelación de factores relacionales.

No existe un algoritmo, por el cual verifiquemos que si cierto fenómeno ocurre tendremos una persona que experimentará la atracción por personas del mismo sexo; existen sin embargo constelaciones de modalidades de relación, en la historia personal de quien experimenta SSA, que tienden a repetirse, en las que no entramos en mérito incluso citándolas: la influencia de una madre dominante, de un padre «poco accesible», la frecuencia de abusos sexuales.

El dimorfismo macho-fémina

El dimorfismo, es decir el hecho que existen dos formas diferentes del cuerpo humano, masculino y femenino, es difícil de negar: macho y hembra son diferentes; sin embargo en el clima científico emerge la necesidad de apoyar en esta evidencia una serie de datos «científicos».

Yo no lo haré pero señalo que hoy existe un problema: una obvia evidencia no es reconocida como tal, si no es científicamente «válida» para el nuevo tótem científico de la «literatura escrita».

Machos y hembras, son diferentes; científicamente es aclarado que son concebidos más los machos, pero ellos son biológicamente también más vulnerables, y aquí hay toda una serie de evidencias en mérito, sobre las que yo no me detengo.

Entonces, aunque hace sonreír, «científicamente» los machos son diferentes de las hembras, A es diferente de B; ¡ éste es el zumo del discurso expuesto hasta ahora! Ahora damos un paso adelante, pequeño, pero de lógica. Pues: si A y B son diferentes, ¿A+A y B+B podrán ser iguales a A+B?

Esto para recurrir a un simple paso lógico, aquel modo de proceder que hoy viene a ser desmentido con la pretensión de superar la diferencia contra toda razón y toda evidencia, también pretendiendo solicitar que somos legitimados a hacerlo «por ley».

La sexuación psíquica

Hemos tratado de sintetizar algunas características de la identidad sexuada como hardware, pero nos estrellamos con el hecho de que éste no es un hardware, no es una máquina, sino es algo vivo, es lo que en realidad «yo soy». Y el «yo» interior existe en relación constante con lo externo.

Así una serie de factores culturales modela el cerebro, entendido como material plástico mecánico-biológico que entra en relación con el ambiente. Desde el punto de vista psicológico se habla de una real «sexuación» psíquica. Ocurre un tipo de maduración de aptitudes, capacidades, habilidades; pensamos, por ejemplo, al hecho muy banal de hablar, pero también a habilidades mucho más complejas, todas caracterizadas por una enorme potencialidad, típicamente humana, de aprendizaje.

Esta plasticidad, unida al aprendizaje, es también un poco la cifra de su límite relacional: si piensas en el cervato que apenas nacido ya está de pie y puede correr con su mamá cierva. Nosotros no poseemos habilidades rápidamente adquiridas, tenemos una necesidad de acudimiento extremadamente más prolongada.

Queda el hecho que cada célula individual del cuerpo y del cerebro es y queda señalada por el dimorfismo, de esta diferencia hombre-mujer, macho-hembra inicial en cada etapa del aprendizaje. La identidad sexuada es relacional y adaptativa: éste es un punto importante, porque no podemos hablar de un yo biológico, si no lo colocamos y contextualizamos en una red de relaciones.

No existe una identidad sexual abstracta y tampoco un cuerpo contenedor de un psiquismo que de algún modo sea «vertido» dentro, como si se tratara de una especie de «humor aéreo», desencadenado por la dimensión neurosensorial.

Nuestros sentidos hacen de tal manera que nuestro cerebro almacene de modo contemporáneamente activo pero también pasivo, una modalidad involuntaria mucho más compleja de lo que creemos. Toda una serie de informaciones neurofisiológicas nos dicen que a través de los sentidos, y con un filtro emotivo, se «construye» la psique.

Se entiende entonces que «la vida psíquica emana como extensión, interiorización e integración de la corporeidad en la vida psíquica» como es subrayado por el psicoanalista Tony Anatrella (La teoría del gender y los orígenes de la homosexualidad, San Paolo, Milán 2012). Grandes palabras para expresar que no había probablemente necesidad de Freud para reconocer la importancia de tener y de descubrir de tener una boca, antes que un ano o un órgano sobresaliente llamado pene, más bien en lugar de una fisura llamada vagina en la construcción de la identidad sexuada. Cavidad y protuberancias no pueden más que señalar la identidad, la percepción que tengo de mí mismo, entendido como «yo en el cuerpo».

No querría haber banalizado y entiendo que la simplificación puede parecer demoledora: al contrario encuentro muy importante todo el itinerario psicoanalítico, psicológico, las varias contribuciones que nos han sido dadas, porque han hecho de dominio público el concepto de la importancia de la diferencia corpórea en la inscripción de la percepción de sí mismo en cuanto persona sexuada.

¿Cuál es el problema psicoanalítico? Aquel de extremar el sexo, entendido como «impulso erótico», como si aquel fuera el único «motor» de la persona. El motor de la persona no es el sexo en cuanto tal, sino es innegable la importancia del descubrimiento de la propia identidad sexuada, descubrir ser como nosotros somos. Es decir es imprescindible darse cuenta que haya contemporáneamente sea la dimensión del «don recibido» que aquella de «tarea confiada», porque naturalmente para abrazar la propia identidad con alegría, también en sus evidencias y límites físicos, corpóreos, entra en juego nuestra libertad.

Pero el comportamiento sexual, al final, ¿a qué está ligado? A la decisión, personal, de qué hacer con respecto al impulso sexual que uno siente nacer en sí mismo. A cierto punto en la vida, de la intersección de todos estos elementos (equilibrio biológico, psiquismo, influencias culturales) se genera un deseo.

¿Cómo se orienta el deseo en el ser humano? No es instintivo, es pulsión, tanto es que los seres humanos pueden «hacer el amor» prescindiendo de la fecundidad de la hembra; pueden hacer los así llamados juegos eróticos, pueden hacer «gimnasia ansiolítica» del ombligo para abajo, pueden venderse, pueden hacer un montón de cosas que los animales no hacen, estando principalmente en cuanto animales ligados al comportamiento instintivo encargado de la propagación de la especie.

Por tanto hace falta tener cuidado con el hecho que pulsión y comportamiento no equivalen, porque, frente a cualquier pulsión, el ser humano puede elegir qué hacer o no hacer. Ésta es una característica típicamente humana; emerge la importancia de los juicios de valor y por lo tanto de la ética y la ética no es nunca neutral.

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