Hadjadj, contra los seminarios de la Nada
autor: Fabrice Hadjadj
fecha: 2010-04-29
fuente: Hadjadj: contro i seminari del Nulla
traducción: María Eugenia Flores Luna

J'accuse. Para el filósofo francés la Iglesia es maestra de laicidad, sobre todo cuando la razón es doblegada a la fe en el nihilismo

Apenas el sentido de la contemplación disminuye, también se pierde aquél de la política, porque ella termina por faltar a su objetivo, o, ya simplemente, por perder el sentido de la vida. El buen gobierno, si no es subordinado a la verdadera Trascendencia, desaparece.
La hiperpolitización anticristiana de la Revolución francesa al final ha conducido a una despolitización generalizada. La citoyenneté cerrada a lo eterno degenera en «teatrocracia», por citar un término platónico.

En ausencia de aquella tensión hacia el Cielo que la ennoblece, la política es pronto absorbida por la economía, por la espectacularización, de los intereses particulares, del culto de Adonis o aquél de Mammona, y en fin se convierte en tiranía, que puede asumir formas diversas hasta la última que es la tiranía de los derechos del hombre en el olvido de aquellos de Dios, es decir aquella de un individuo tirano de sí mismo, reducido a una bestia cínica, ciega e infeliz, a una oveja sin pastor. La separación entre Estado e Iglesia no es tanto un peligro por la Iglesia, que tiene las promesas de la vida eterna, cuanto por el Estado y la nación, contra los cuales pueden prevalecer en cambio las puertas de los infiernos: «Llénala de susto, Señor - canta el rey David -, reconozca la gente que es mortal» (Sal 9,21). El papa Gregorio XVI recuerda benévolamente: «Turbado de tal manera el brida de la santísima Religión, que es la sola cosa sobre la que se sustentan seguros los Reinos y se mantienen firmes la fuerza y la autoridad de cada dominación, se ve aumentar la subversión del orden público, la decadencia de los Principados y la desunión de cada legítima potestad». La autoridad pierde toda su fuerza en el momento en que ya no conduce a la alegría última, porque es de tal alegría que necesitamos.
Tales observaciones, sin embargo, no hacen apelo a una confusión de Estado e Iglesia. Una teocracia que confundiera la causa de Dios con alguna causa particular, y la sabiduría de los principios con la infalibilidad del Papa, sería en efecto no menos funesta. La Iglesia es católica, transnacional y transcultural: ella por tanto con los gobiernos nacionales tiene relaciones de subsidiariedad, que se traducen, en concreto, en el compartir el mismo territorio y la proximidad espacial. Y porque sabe que la coerción no puede producir el acto de fe, no liga el ejercicio del poder político a una confesión religiosa, sino sólo pide que ésta última, por su naturaleza laica, le dé a cada individuo la posibilidad de acoger libremente la Buena Nueva de la salvación: «Quien no está contra nosotros está con nosotros», dice el Señor (Mc 9,40).
Ni separación ni confusión, por lo tanto, sino distinción y subordinación. Hace falta devolverle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, sin olvidar que el César es de Dios, y que todo lo que le damos debe ser utilizado para el reino de Dios. Sin embargo, las aberrantes posiciones también compartidas por muchos cristianos actuales traicionan la fallida comprensión de esta última evidencia: según ellos, en efecto, la política puede ser agnóstica y la religión circunscribible a la sola esfera privada. Así, para no hablar de cosas que amenazan con irritar a la gente, ellos se condenan a las conversaciones fútiles y a los chistes picantes, volviéndose en tal modo cómplices de la sociedad de la desesperación.
¿Cómo puede el leño que ha sido desmenuzado en tantos pequeños palillos servir para la construcción de una nave? ¿Y las fibras de celulosa reducidas a papel higiénico, cómo pueden ser un soporte adapto a una carta de amor? Análogamente una política agnóstica, que degrada la razón a mero instrumento de cálculo utilitarista, promoviendo el relativismo moral y el esteticismo mundano, no predispone a la plena realización de la persona. La instrucción pública, en particular, corresponde exactamente a una masacre planificada de las mentes. En fin de cuentas, porque el hombre, no obstante todo, arde por el deseo de lo absoluto y los jóvenes que ella misma ha formado no han aprendido a cultivar esta búsqueda con justicia y rigor, ella favorece una irrupción de lo irracional, con su triste secuela de suicidios, sectas vueltas imbéciles y violencias fanáticas. Nuestras escuelas, con la excusa de la laicidad y de la tolerancia ambicionan mostrarse irreligiosas, se convierten subrepticiamente en escuelas coránicas o budistas, cuando no en seminarios de la Nada. ¿Nuestros programas de filosofía, que eluden sistemáticamente las cuestiones de la existencia de un Primer Principio y de la inmortalidad del alma humana, invitan en cambio a chapotear en creencias estúpidas como la reencarnación o los hombrecitos verdes, o en la ridícula santurronería del actual cientismo, que consiste en el imaginar que la materia sea inteligente, que se organiza sola y que la casualidad sea capaz de producir un orden que trasciende a nuestra misma razón…. Con todo esto cómo podría nuestro régimen no ser aquél de una lotería?

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