Halloween y las calabazas vacías
autor: Antonio Fasol
fecha: 2009-10-27
fuente: Halloween e le zucche vuote

(ZI09102702). - La ocasión de la próxima fiesta cristiana de Todos los Santos, ya superada por popularidad por la fiesta más demócrata y politically correct de la Fiesta de Halloween nos ofrece la oportunidad para intentar ir más allá de la imagen irónica grotesca de las calabazas pintadas y para tratar de explorar simbólicamente su interior.

En tal recorrido nos ayudará el crítico francés Damien Usted Guay, cuya publicación, de carácter irónico y provocador La faccia nascosta di Halloween (ed. Elledici) [La cara escondida de Halloween], subtitulada significativamente "Como la fiesta de la calabaza ha derrotado a Todos los Santos!" acaba de salir.
La primera consideración espontánea es que en el actual despertarse, en Europa, de una cultura cada vez más tercamente laicista, que rechaza, cambiando hasta la historia, los orígenes cristianos, no maravilla el hecho que una fiesta de secretos orígenes propensos al paganismo, voluntariamente transformada en ocasión consumista y de vago sabor carnavalesco, haya arrollado la fiesta cristiana que coincide temporalmente con ella y no es por casualidad.
Por la verdad, hay un ejemplo aún más emblemático de tal proceso de superposición entre mundo secular-propenso al paganismo y cristiano: ¡la Navidad, que, tomada a su vez en préstamo (como fecha) de la fiesta pagana anterior del dios sol y que se ha convertido en el "dies natalis" de Jesús durante siglos, ahora ya es asechada, sobre todo en ámbito anglosajón y norteño, por los renos de Papá Noel y por los árboles coloreados, con todo el consumismo que los rodea que, además, ha relegado el pesebre franciscano, originariamente vehículo religioso de meditación sobre el misterio de la encarnación, en reseñas artísticas dedicadas con un vago sabor naturalístico y a menudo más atentas a devolver el efecto mecánico de molinos y cataratas más que a manifestar el nacimiento del Salvador!
Pero volviendo a la fiesta en objeto, nuestro autor es ante todo sospechoso delante de la total indolencia y pasividad con las que la mayoría de la gente en pocos años (el principio remonta al 1995) ha en un primer momento tímidamente tolerado y luego aceptado cada vez más ese adelantamiento fiestero, según la lógica del "al final qué hay de malo"
Periodistas y sociólogos, por la verdad, incluso han intentado interpretar, al menos en los intentos, este fenómeno desde un punto de vista más filosófico, afirmando, por ejemplo, que "las cucurbitáceas (la familia de las calabazas) se conforman perfectamente a los valores emergentes" (sic), o también que "Halloween es una nueva educación a la vida y a la muerte" (editorial de "Le Monde" del 1° de noviembre de 2000), artículo en el que el autor interpreta la gran difusión de la fiesta y la relativa hostilidad de los cristianos como una rotura del monopolio religioso - y cristiano en particular - de los rituales y de la simbología en la sociedad occidental; en fin, también hay quien llega a considerar a la cultura indoeuropea, celta y pagana como la verdadera originaria respecto a la judío-cristiana, que "habría ahogado su desarrollo" (J. Markale).
¿Pero de dónde viene en realidad Halloween? Decimos enseguida que el nombre ya es un tipo de acrónimo inglés no disimulado de "Todos los Santos"; se trata de una tradición celta arcaica - y en parte mitificada -, vehiculada sucesivamente por tradiciones irlandesas y americanas, que unía el pasaje agrícola al año nuevo con la fiesta religiosa-popular del dios Samhain, divinidad que en la noche entre el 31 de octubre y el 1° de noviembre permitía el pasaje de algunos espíritus maléficos desde el mundo de los muertos al mundo de los vivos. ¡En tal ocasión los antiguos druidas, disfrazados con cabezas de animales, cumplían gestos propiciatorios a cambio de ofertas que, si rechazadas, se convertían en puntuales maldiciones! Para echar a los mismos espíritus, parece que fuera de las casas se colgaban calabazas y lámparas.
Quien piense, pero que se trata de una de las muchas reevaluaciones tradicional-folclóricas de culturas arcaicas minoritarias, será desmentido al aprender que, en realidad, fue el fruto de una auténtica planificación consumista-comercial en escala mundial obrada por una sociedad (Cesar) en el 1992. Ella localizó el período “a medias entre el principio del año escolar y la Navidad" y lanzó la fiesta con máscaras (de las que fue productora), calaveras y vestidos de bruja; sucesivamente, gracias a una publicidad mass-mediática dirigida y a la aportación de grandes multinacionales de la diversión (de Disney a McDonalds), alcanzó la difusión que conocemos convirtiéndose en un tipo de "folclorización religiosa" (M.de Certeau).
La paradoja de Halloween y sus rarezas es, por lo tanto, la de ser contemporáneamente hipermoderna (en el modo de presentarse) y hiperarcaica (en las ideas) y de representar el máximo de la credulidad en un mundo – para citar a Chesterton – que ha dejado de creer en Dios.
En la cultura actual, típicamente new age y rigurosamente aconfesional, donde predomina la lógica de la fiesta por la fiesta, a prescindir de los contenidos que se celebran, se explica el éxito fácil y rápido de la penetración social de Halloween, emblema e icono del vacío, de las calabazas, pero especialmente de las cabezas que se pierden en ellas.
Hasta el aparentemente inocuo juego infantil del "trick or treat” (dulce o broma), según un análisis más detallado, no es que la representación de los papeles invertidos niño-adultos, donde estos últimos son chantajeados con regalarles dulces a los primeros para cautelarse contra la maldición, aunque sea graciosa: he aquí la diferencia entre el intercambio satisfactorio y el regalo estorsionado (también considerando que el carnaval todavía está lejano).
Además, por cuanto concierne el ámbito escolar, mientras la tendencia dominante, de los programas a los textos adoptados, es evitar o reducir al mínimo cada seña a referencias religiosas - y católicas en particular - asistimos, en ocasiones como la de Halloweena, (justo por su no disimulada aura de neutralidad alegre y juguetona), a una real adopción laica universalmente aceptada, con lecciones de cultura anglosajona y similla (parecidas). A ese filón cultural hay que adscribir los éxitos, entre los adolescentes, de algunas series televisivas americanas (Buffy, Brujas).
En fin, por lo tanto, la diferencia entre Halloween y Todos los Santos es sustancial, tanto como contenido - para la primera casi inexistente - que como representación temporal: para la primera, en efecto, el tiempo es cíclico y constituido por estaciones que vuelven iguales, mientras para la segunda, el tiempo cristiano es lineal y caracterizado por la tensión entre nacimiento y parusía de Cristo, incluso en la ciclicidad litúrgica.
La más “nuestra” y auténtica tradición popular ponía justamente en guardia: "¡bromea con los soldados pero no con los santos…!”.

Antonio Fasol es Presidende del Grupo de Búsqueda e Información Socio religiosa de Verona

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License