¿Hijos del desarrollo high-tech? No, del infinito
autor: Andrea Moro
fecha: 2011-02-11
fuente: SCUOLA/ Figli dello sviluppo high-tech? No, dell’infinito
traducción: Renzo Firpo

La imagen es simple y cautivadora: un niño pequeño, probablemente infante, que maneja con destreza un ordenador. La deducción propuesta no deja dudas: la tecnología está cambiando radicalmente y rápidamente el modo de pensar de nuestros hijos. Y nacen las anécdotas: "no porque es mi hijo, pero si le das en mano un control remoto ya sabe cómo encender el televisor y cambiar de canal aunque todavía no habla". El mensaje que nos llega es claro: el desarrollo tecnológico volvería a los niños más inteligentes, más rápidos, capaces de acciones e intenciones inauditas. De otra parte, en cambio, llega una onda en sentido opuesto: el empleo de las abreviaciones salvajez en los mensajes de texto está corrompiendo irremediablemente el idioma de nuestros chicos; a fuerza de tkm y lol no se comprende + nada.

¿Estamos seguros que las cosas estén así? Ciertamente el mundo cambia y cambia velozmente, más bien mucho más velozmente de lo que podemos recordar con respecto a las épocas de las cuales tenemos recuerdo. Pero hay dos puntos que merece la pena poner en evidencia antes de apresurarse en compartir juicios epocales. Una de las revoluciones científicas más importantes de los últimos treinta años deriva del descubrimiento que //la estructura // del lenguaje humano tiene dos características fundamentales: primero, es única con respecto a la estructura del lenguaje de todos los otros seres vivientes - que en cambio comparten entre ellos muchos rasgos comunes - en cuanto, fundamentalmente, es capaz de captar y utilizar conscientemente mecanismos expresivos que incluyen la noción del infinito; segundo, esta unicidad no es el resultado de convenciones arbitrarias y culturales, como explicaba una corriente filosófica de corte analítico: ciertamente existen elementos de arbitrariedad como la asociación entre sonido y significado pero las propiedades centrales y distintivas de la gramática de las lenguas humanas, en particular justo aquella vinculada a la noción de infinito, dependen de algún modo de la estructura del cerebro humano, haciendo ver además que el reduccionismo funcionalista y constructivista no es para nada adecuado a explicar los fenómenos de aprendizaje espontáneo en los niños.

Dos características, obviamente, estrechamente vinculadas y que orientan el problema del misterio de la naturaleza única de nuestra especie hacia caminos no explorados. A dondequiera que nos lleven estos caminos, todavía, una cosa es segura: si el lenguaje humano - la estructura del lenguaje humano, se entiende – está grabada en nuestra carne, más bien es nuestra expresión específica, entonces no bastan seguramente las innovaciones tecnológicas de diez, veinte o cien años para cambiar esta estructura. Las mutaciones genéticas son demasiado lentas para poder dar lugar a cambiamientos en así poco tiempo. Por tanto, en todo caso, si de cambios hablamos, son cambiamientos de costumbres, de circunstancias, de contexto, de utilizo pero no de estructura.

En otras palabras, nuestros hijos sí son estimulados por nuevas condiciones pero no hay razones para pensar que sean cambiadas sus potencialidades, tanto menos sus cerebros. Obviamente esto no quiere decir que no sea una buena idea estimular a los niños con nuevos contextos de aprendizaje, incluso aquellos que emplean nuevas tecnologías, pero sin esperar nada más de lo que se pudiera esperar del hijo de un campesino en una granja: si es estimulado en el modo justo, confrontado con herramientas complicados, también aquel niño sorprenderá a los adultos como hacen los niños y las niñas de hoy, con la sola diferencia, pero no irrelevante, que a menudo la tecnología deja solos y hace por lo tanto faltar la interacción social, uno de los propulsores principales de la inteligencia.

Una cosa distinta en cambio es la valoración de las posibilidades de acceso al saber con respecto al pasado. Hace poco tiempo en la sala de casa a duras penas se lograba encontrar una enciclopedia decente hoy con un laptop en la mano conectado a Internet puedes entrar a la Biblioteca del Congreso de Washington y descargarte la edición integral de un manual de teoría de los cuaterniones. El problema del acceso a la cultura, obviamente, ha cambiado pero todavía existe, más bien es más solapado: ahora hace falta darse cuenta que se tiene que elegir y que para elegir es necesario confiar en alguien que indique un recorrido, no es más imaginable que podamos lograrlo solos. La biblioteca de la familia Leopardi, basada sobre los clásicos, donde Giacomo podía explorar en autonomía ya no existe: no ha desaparecido, todavía está allí, pero está diluida en un mar vertiginoso de ofertas en el que Giacomo haría experiencia de bien otros infinitos.

En cuanto a la acusa de corrupción del idioma reciente a cargo de los celulares y de los chat, el juego parece fácil, pero no estoy tan de acuerdo. Mientras tanto las impresiones, como siempre en la ciencia, no cuentan: haría falta un metro de medida objetivo del deterioro, que por ahora no existe (la fuente más acreditada en este sentido sin sombra de dudas es el trabajo desarrollado por la Accademia della Crusca); además, ¿quién ha dicho que las abreviaciones sean señal de decadencia? ¿Han aluna vez probado a leer un epígrafe latino? Hay algunas que no dejan intacta ni siquiera una palabra: es un sucederse de abreviaciones en cadena. Pero no creo que sea por esto que haya caído el imperio romano.

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