Historia de la enfermedad y la cura /1
autor: Michele Riva
Docente de la Facultad de Medicina y Cirugía, Universitá degli Studi de Milán-Bicocca, Milán, Italia
Innocenza Laguri (bajo el cuidado de)
fecha: 2010-12-15
fuente: Storia della malattia e della cura /1 /2 /3 /4
traducción: Juan Carlos Gómez

1. Introducción

En la entrevista a Francesco Botturi sobre el sufrimiento (1) se han propuesto algunas distinciones conceptuales importantes: aquella entre dolor/necesidad entendidos como problemas solubles mediante un saber técnico; y entre deseo/sufrimiento entendidos como pregunta siempre abierta por el significado.

En aquella entrevista también se ha hecho notar cómo la mentalidad tecnológica contemporánea intenta reducir el deseo a una necesidad que puede ser satisfecha y, por esto, termina por ser impotente frente al sufrimiento, llegando incluso a censurarlo o a destruirlo.

En esta exposición, necesariamente rápida, acerca de la historia de la curación y de la enfermedad, se retoma esta distinción, la cual se conecta con otra importante, aquella entre valetudo (estar bien físicamente) y salus, por usar términos latinos.

La valetudo, entendida sólo como salud física, es la reducción de la enfermedad a necesidad-problema por resolver (con el mito relacionado con el bienestar físico y la medicina como técnica para lograrlo), mientras la salus es la idea que lo que es preciso recuperar es, si es posible, la salud, pero también un sentido de la experiencia de la enfermedad, precisamente porque alma y cuerpo son una sola cosa y porque el hombre es movido por el deseo.

En la exposición se subraya la aportación del cristianismo acerca de la afirmación del concepto de salus. Pero también se alude a todos los problemas que el nudo de la enfermedad y su modo de vivirla lleva consigo en las diferentes épocas y, luego, en nuestra sociedad.

Como observa justamente Jean Guitton, a menudo las cosas más cotidianas son aquellas sobre las cuales menos nos interrogamos, y la experiencia de la enfermedad, si bien la más banal, es justo una de aquellas que vivimos con poca conciencia, cuanto más es cotidiana (un simple resfriado) tanto más sencillamente hace parte de un problema que estamos habituados a resolver, se nos escapa así un significado más profundo.

2. El cambio radical de Hipócrates

El primer enfoque de la enfermedad en las civilizaciones antiguas: la medicina teúrgica

En las civilizaciones antiguas la primera forma de medicina es de tipo teúrgico (2), es decir, desde el punto de vista de la causa, se pensaba que la enfermedad proviniera de la divinidad, el actor de la curación era por tanto el sacerdote, o bien el brujo o el chamán (3). A modo de ejemplo, en la Ilíada, Homero describe una pestilencia difundida en el campo de los Aqueos. Esta es causada por Apolo y por Artemisa quienes quieren castigar así a Agamenón, el Rey de los Aqueos, quien había secuestrado a la hija de Crises, el sacerdote de Apolo. Los templos son en este sentido, los lugares para la curación. En la Grecia clásica muchos templos están dedicados al dios Asclepio, (denominado luego Esculapio por los romanos). Él es el hijo del dios Apolo y de una ninfa (Corónide), y es considerado el dios de la Medicina. Son numerosos los templos dedicados a esta divinidad, e incluso también en Roma había uno sobre la isla Tiberina. La serpiente es el símbolo de Asclepio, y el símbolo del renacimiento a una nueva vida en cuanto que este animal cambia de piel.

Según la leyenda, Apolo, creyéndose traicionado, mata a la Ninfa, pero salva a Asclepio quien se vuelve muy hábil para curar, y salva muchas vidas humanas de la muerte. Esta capacidad enoja el dios de los Infiernos quien se dirige a Zeus, el padre de los dioses, el cual castiga a Asclepio con la muerte. Este mito nos permite entender la concepción de la muerte en el mundo clásico. La muerte era aceptada por los griegos como un evento natural, como la otra cara de la vida y, por tanto, la medicina no podía contraponerse a la muerte.

La época clásica y la revolución de Hipócrates

En la época clásica comparece la gran figura de Hipócrates, quien viene a ser considerado el padre de la medicina moderna. Su pensamiento representa un cambio radical importantísimo, en cuanto que él hipotiza que la enfermedad tiene causas naturales y no divinas, como se había creído hasta entonces.

Según el pensamiento de Hipócrates, el médico ya no es más un sacerdote, sino un estudioso que debe interpretar las señales y los síntomas de la enfermedad, y, con base en ellos, formular una diagnosis (o sea localizar el tipo de enfermedad) y una prognosis (es decir, prever la evolución de la enfermedad).

Profundizando en las causas naturales, Hipócrates formula la teoría de los cuatro humores (sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema), contenidos en el cuerpo humano. En un individuo sano, estas sustancias están en equilibrio, mientras que cuando hay un exceso o un defecto de uno de los humores aparece la enfermedad. Por esto, para curar una enfermedad es necesario restablecer el orden. A modo de ejemplo, un exceso de sangre era re-equilibrado con una sangría, es decir con la emanación de sangre de las venas a través de una incisura.

La medicina tiene pues, según Hipócrates, la tarea de reconducir el cuerpo al equilibrio, a la armonía. El cuerpo sano y armónico es además refigurado también en la producción artística de la época clásica, contemporánea a Hipócrates.

Hipócrates fija también los principios que deben guiar la acción del médico, agrupándolos dentro del famoso juramento de Hipócrates. Algunos de estos principios son actuales y reconocidos (por ejemplo el mantenimiento del secreto profesional), otros han sido puestos en tela de juicio, como por ejemplo el rechazo al aborto y a la eutanasia, o, más aún el hecho que el discípulo deba ser mantenido por el maestro. La motivación por la cual el médico cura al enfermo es económica, también si son importantes, en el plano ético, los empeños contenidos en el juramento de Hipócrates (4).

3. Las novedades de la Edad Media

La época helenística

La siguiente época a aquella griega clásica, es decir, la época helenística, ve florecer muchas escuelas, y la escuela de Hipócrates continúa en Roma con Galeno, médico, inicialmente de gladiadores, luego de muchos patricios y de algunos emperadores.

En Roma muchos médicos son de origen griego y el hecho que fueran extranjeros creaba una cierta desconfianza hacia ellos.

Además el médico aparecía como el que se enriquecía con las desgracias y las enfermedades ajenas. Este aspecto de la profesión médica se manifiesta de modo particular durante las epidemias: los médicos son los primeros en reconocer una epidemia, y por tanto escapan, para no arriesgarse a morir. El juramento de Hipócrates tuvo en efecto gran notoriedad sólo en la época cristiana, mientras que fue prácticamente desconocido por los contemporáneos que no seguían ningún código deontológico.

En lo concerniente a los lugares de curación, en el mundo romano se habían desarrollado los prototipos de los hospitales, denominados "valetudinaria", que cumplían la tarea, fundamental para una potencia militar como Roma, de curar exclusivamente a los soldados enfermos o heridos en batalla. Además de este lugar, limitado sólo a los campamentos militares, los lugares en los cuales se practicaba la medicina fueron sustancialmente las ricas "domus" para la clase social acomodada y la nobleza y los templos para la plebe. Tenemos pues dos modos diferentes de curar según el grupo social, es decir, el enfoque teúrgico y el natural. Y esto permanecerá hasta el siglo pasado, con las formas de medicina popular en el campo.

El enfoque de la enfermedad en la época medieval: los cambios radicales aportados por el Cristianismo.

Los textos latinos son transcritos, en la época medieval, por los monjes amanuenses, conservados y transmitidos al interior de los conventos. Los monjes copiaban los textos en lengua latina y algo en griego (no todo y cometiendo numerosos errores, por cuanto no conocían más el griego). Después, en el siglo XIII, fueron los árabes quienes permitieron transmitir todas las obras escritas en griego original, sin errores. Es por esto que en la Edad Media Hipócrates no era conocido.

En el Alto Medioevo, los conventos tenían un hospicio (de hospes, huésped) donde se hospedaban los enfermos y los pobres. La época del primer monaquismo, como se sabe, es una época de crisis de la ciudad, de la estructura urbana y de cualquier servicio social, la única referencia está representada por los monasterios. Ellos toman y asumen la tarea de asistir al enfermo, se trata sobre todo de los peregrinos enfermos que, en su viaje, al caer enfermos, se detenían en el convento.

Tenemos, ya desde el siglo VI, una asistencia indiferenciada bien sea para el peregrino que se enferma como para el enfermo peregrinante, con el propósito de poner en camino al viator, es decir al peregrino.

Por esto, el monasterio es también es un lugar de tratamiento (al interior de los hospicios). Luego están también las enfermerías monásticas, reservadas a los monjes que no pueden seguir la regla benedictina porque están enfermos. Los monjes no se limitan a transcribir, sino que con notable creatividad, estudian, experimentan y usan medicamentos extraídos de las hierbas, descubren, por ejemplo, la importancia terapéutica de la corteza del sauce. En el 800 se convertirá en el ácido acetilsalicílico, más conocido hoy con el nombre comercial de Aspirina. Otro importante descubrimiento de los monjes es el del valor terapéutico de la planta denominada Digitalis purpúrea, de la cual los monjes extraían un fármaco para disminuir el ritmo cardíaco. Estos descubrimientos son muy importantes, porque empiezan a entrar en uso algunos fármacos de origen natural.

Dicho esto, es necesario precisar que en la Alta Edad Media se pierde de vista la figura del médico que hace sólo aquella profesión, el monje y aquellos que se dedican a la asistencia no son de hecho médicos en sentido estricto.

En la Baja Edad Media renacen las ciudades, nacen así los primeros hospitales y los Lazaretos para los apestados y los leprosos (se llaman así porque su protector fue Lázaro, aquel a quien Cristo había resucitado). También en los hospitales de la Baja Edad Media quienes cuidan a los enfermos no son precisamente los médicos sino los religiosos y/o los laicos de las Cofradías. Eso no impide que la obra de misericordia hacia los dolientes comporte también el tratamiento. Un signo de esta atención a la curación se da por el hecho que entre los siglos XII y XIII se inició la distinción entre pobre y enfermo y se realizó una colaboración entre curadores de alma y curadores de cuerpo.

4. La extrema importancia del cuerpo en el Cristianismo

Y es precisamente en las ciudades donde reflorece el estudio de la Medicina, es decir en las Universidades. Debe decirse que no todos estos médicos fueron a los hospitales, algunos se quedaron a estudiar en la universidad o iban a las casas más acomodadas.

Un problema que surge en esta época es la cuestión del pago al médico; el problema consiste en esto: para un cristiano socorrer a los enfermos era caridad, por tanto esto parece al principio contrastar con la paga que se daba a los médicos, la paga parece estar en contradicción con el gesto gratuito, es decir con el gesto de la caridad (en su sentido etimológico) se pone el problema de la relación entre pago y caridad. Más aún cuando el personal que asistía y que pertenecía a las Cofradías, desarrollaba gratuitamente la tarea de asistencia, mientras que otros que no pertenecían a ellas y que eran voluntarios eran pagados. La cuestión de la contraposición sueldo-acto gratuito nos introduce al hecho que el Cristianismo aporta muchas importantes novedades en el campo de la curación, novedad que puede perderse si se mira a la situación de esta época con la única preocupación, típicamente actual, de ver cuán avanzada o no fuese la "profesionalidad médica".

Esta categoría, exquisitamente contemporánea, no puede ser la única y exclusiva perspectiva con la cual se mira el pasado de la medicina. En el caso en cuestión, un aspecto nuevo e interesante tiene que ver con la gran esperanza con que se mira la muerte; después de la muerte hay en efecto otra vida, pero no sin el cuerpo, sino con el mismo cuerpo. Este se enferma y muere, pero está destinado a resucitar. Contrariamente a muchas graves imprecisiones muy difundidas, el Cristianismo está fundado en un Dios que se encarna en un cuerpo humano, por tanto sobre un Dios que da una extrema importancia a ello, tanto que resucita con el cuerpo y promete la resurrección de todos los cuerpos humanos. La medicina de entonces, que si bien se sabe muy impotente frente a la muerte, no la siente sin embargo como enemiga, he aquí entonces que quien asiste a los enfermos no huye delante de la epidemia, cura y acepta el riesgo de enfermarse.

Pero hay más: justo socorriendo al enfermo se sigue a Cristo, es decir el camino hacia la otra vida. En efecto, en el Evangelio el pobre y el enfermo son presentados por Cristo como su imagen (piénsese en la parábola del Buen Samaritano). Socorrer al enfermo quiere decir pues, socorrer a Cristo. He aquí una motivación que constituye un cambio radical respecto al objetivo por el cual se puede cuidar del enfermo. Otro punto importante de cambio, un tercer punto, está ligado al hecho que en el evangelio Cristo sana el cuerpo de los enfermos para sanar también su alma, es decir Cristo tiene un concepto más profundo de salud, no limitado a la salud corpórea. El término "salus", en el latín medieval, asume por lo tanto en sí el dúplice sentido de salud física y curación espiritual/moral/psicológica. A la "valetudo" de la época clásica, referida a la sola salud física, se sustituye el concepto de salus, es decir salvación. Desde la perspectiva del enfermo el concepto de salus significa la posibilidad de vivir el sufrimiento de la enfermedad como ocasión de maduración humana, de refuerzo para la misma fe. Desde la perspectiva de quien cura al enfermo el concepto de salus comporta la idea por la cual los hombres que prestan socorro, sanos, aprenden mucho de los enfermos: están llamados a ayudarlos y están implicados en la súplica a Dios por su sanación.

El concepto de salus está estrechamente conectado también con la cuestión de la causa de la enfermedad: en la concepción del Alto Medioevo y, en general de todo la Edad Media, se puede decir que de un lado se reconocen los orígenes naturales de las enfermedades, por el otro se conecta la entidad de la enfermedad a la gran cuestión del límite humano, del sufrimiento, del pecado original; en fin, como se dijo antes, se ve la enfermedad como signo de la corrección de Dios, instrumento de su misericordia. Es decir, la enfermedad aparece entonces como una terapia espiritual, en cuanto acontecimiento que hace mejores y más cercanos a Dios (piénsese en el episodio bíblico de Job). Esto explica también porqué el pobre, pauper y el enfermo, infirmus en el Alto Medioevo se colocan en la misma categoría, es decir aquella de la humanidad débil que necesita el socorro de Dios y de los hombres.

Para nosotros hombres de hoy, pertenecientes a una mentalidad que, como ha dicho Botturi en la entrevista sobre el sufrimiento, reduce el alcance de la enfermedad y el sufrimiento a un problema técnico por solucionar, este enfoque global a la gran cuestión de la salud resulta difícil de entender, pero es extremadamente significativo. (5)

Notas
1. F. Botturi, I. Laguri, Il problema della sofferenza /1 /2 /3 /4 (El problema del sufrimiento)
2. También los egipcios no tuvieron grandes conocimientos y la momificación no fue hecha sobre profundos conocimientos anatómicos.

3. El sacerdote intervenía utilizando el poder de la sugestión, siguiendo rituales predefinidos, los arúspices, el empleo de hierbas analgésicas y opiáceas (se recuerda el episodio de los Lotófagos en la Odisea) siguiendo métodos todavía difusos entre los así llamados curanderos y charlatanes.

4. El cambio radical de Hipócrates se sitúa por tanto en una concepción sobre el dolor y el sufrimiento (del cual la enfermedad es expresión), muy diferente de nuestra mentalidad que, como veremos, confía en la ciencia (y también en la ciencia médica) la tarea de dar la felicidad. A este propósito, en una lección realizada con trabajadores de la salud, Franceso Botturi, delineando los modelos fundamentales que han dado voz a la experiencia del sufrir en Occidente y citando el modelo griego, se expresa de la siguiente manera: "Para la visión griega del sufrimiento, la naturaleza es trágica, en cuanto antagonismo de vida y muerte; es el contraste de una potencia divergente en sí misma. La realidad está toda atravesada por una antítesis radical: la destrucción es inseparable de la generación, la crueldad de la felicidad. El dolor es el precio a pagar por la alegría de la existencia y es inevitable, es una voluntad que no depende de ninguna voluntad superior, sino que es una especie de ley cósmica con respecto a la cual no se da ni obediencia ni expiación, sino que exige ante todo la virtud del coraje para afrontar el sufrimiento, templarse en ella y atemperarla. En el sufrimiento es vano buscar consuelo, más bien se trata de adquirir en él la sabiduría necesaria para tener bien abierto los ojos sobre el insondable enigma de la existencia."

5. Continuamos citando las palabras de Franceso Botturi para encuadrar la concepción que, lentamente, la Edad Media elabora respecto al sufrimiento, del cual la enfermedad es signo: "La visión hebreo-cristiana, a diferencia de aquella griega, conoce eventualmente la angustia y la rebelión pero no la tragedia, porque en todo caso el hombre está puesto en la esperanza en Dios, que es más fuerte que la necesidad, la casualidad y la muerte. Como dice el libro del Éxodo, el nombre de Dios es: 'Yo soy el que está presente y que estará contigo.' Así pues, el hombre en cualquier caso está en relación de confianza, (establecida por el mismo Dios, en la cual él se puede apoyar).
El sufrimiento no tiene tanto una explicación doctrinal, cuanto un 'Tú', una relación significativa más grande que la hace vivible. Por esto, desde el punto de vista bíblico, en el sufrimiento se dan juntos abatimiento y confianza, derelicción y acogida. De otra parte el sufrimiento tiene su raíz en el alejamiento culpable del hombre respecto a Dios, en el pecado, y por tanto, tiene sólo en la relación fiduciaria en Dios su sentido y su rescate. A tal punto que con el cristianismo Dios se hace presente no solamente junto al dolor humano, sino en su interior, asumiéndoselo y sacándole así todo residuo de maldición con miras a su radical eliminación.
A este punto, el sufrimiento es él mismo vía de reconciliación, más precisamente ocasión de confianza radical en Dios y de un compartir ilimitado con la condición del prójimo. Por esto el cristianismo inaugura en la Historia una actitud absolutamente inédita frente al sufrimiento, como aceptación del dolor inevitable y como laboriosa iniciativa para quitar lo evitable, en todo caso como su consuelo."

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