Historia y misterio
autor: Stefano Alberto
fecha: 2007-03-25
fuente: Storia e mistero
traducción: Jorge Enrique López Villada

Hemos perdido en gran parte la percepción de la novedad revolucionaria que representa para la experiencia, para la concepción del tiempo y de la historia, la revelación bíblica. La revelación bíblica es el mensaje que inicia en el antiguo Testamento, de un Dios que se revela, se manifiesta como Señor entrando en el tiempo, utilizando los acontecimientos, hasta llegar a identificarse con particulares de la historia (pensemos en la elección del pueblo de Israel).

El Misterio no queda en manos de la imaginación, de la intuición, de la religiosidad, de los esfuerzos de individuación del hombre, sino que Él mismo toma la iniciativa, utilizando aquello que es lo más efímero, el tiempo que pasa, el instante. Ésta es una concepción totalmente revolucionaria para la mentalidad del hombre.

Pensemos en la mentalidad greco-helenista para la cual el tiempo tenía una valencia absolutamente negativa. El problema de la felicidad, el problema de la realización del hombre, de su perfeccionamiento espiritual y moral era desengancharse, huir del tiempo. ¿Cuál era la imagen que tenían los antiguos del tiempo, de la historia? Un gran círculo. Una frase de Aristóteles sintetiza bien el contenido de la sabiduría antigua: "Lo que más se acerca al ser eterno, lo que más se acerca a la perfección es el hecho que se rehaga siempre la misma generación”. Que siempre se repitan las mismas cosas. Un orador romano, Saturnino, hablaba de los rituales antiguos como de cosas que siempre son y no ocurren nunca. Y esta forma cíclica representó para el hombre antiguo justo el ideal de la perfección. Pero una concepción cíclica impide la concepción misma de la idea de la novedad, de algo que ocurre y ocurre con un principio y con un fin. La gran novedad de la revelación bíblica desde el antiguo Testamento es justo como la Biblia inicia: "Al comienzo… ". El tiempo no es más algo mecánico, algo cíclico, algo absolutamente repetitivo en donde la existencia del hombre es sólo como un engranaje y por tanto, en últimas, sin sentido, sin valor.

Paradójicamente la mentalidad en la que nos encontramos viviendo hoy, en cierto sentido, vuelve de nuevo a esta concepción cíclica del tiempo. En los grandes exponentes (grandes en el sentido de la capilaridad de difusión de sus palabras) por ejemplo un Severino, un Vattimo (que escriben cada semana en el Corriere della Sera, en la Stampa, etc.), veremos esta concepción (no por nada ellos exaltan el pensamiento griego): en últimas la realidad es nada, la única realidad es el eterno devenir de las cosas. Nunca ocurre algo significativo.

Pensemos qué novedad, qué revolución ha representado en el pensamiento bíblico esta realidad: que hay un principio, que el tiempo no es una grandeza neutral, abstracta, un mecanismo, una repetitividad, sino que el tiempo, ante todo, le pertenece al Creador. El tiempo tiene su Señor, el tiempo, como toda la realidad, es creada. No sólo, sino que el tiempo se convierte en parte de un diseño, signado por los pasos que Dios usa involucrándose en el tiempo, en la historia. El tiempo se vuelve interesante, adquiere un significado: y entonces se convierte en historia. La historia es el tiempo con un significado, es el tiempo que se enriquece de hechos, de acontecimientos. La idea no de un eterno girar, (de la nada a la nada, dirá Severino) sino la idea de un principio hacia un cumplimiento, hacia un fin.

El pueblo hebreo recuerda bien esta dinámica.

Que el tiempo adquiera un significado tiene una importante consecuencia: al hombre le es posible la memoria, vale decir, conservar, repetir en sí lo que ha sucedido. ¿Qué dice Dios a Su pueblo? "Cuando hayas llegado a la tierra de Egipto acuérdate de las cosas que yo he hecho por ti" y enumera toda una serie de acciones definidas temporalmente: "Te he liberado de la mano del faraón, te he hecho atravesar el Mar Rojo, te he conducido en el desierto, te he dado la ley - acuérdate - te he dado el tiempo y las estaciones para que tú puedas crecer y tener vida."

Esta dinámica, este método, presente en el antiguo Testamento, es como sintetizar que Dios se manifiesta Señor de la historia identificándose en particulares, en acciones, usando el tiempo como su categoría expresiva. Este método tiene un vértice, tiene un cumplimiento en un momento del tiempo, no un momento de tiempo sino un momento en el tiempo: el Misterio irrumpe ya no más como zarza ardiente, ya no más como columna de fuego, ya no más como nube luminosa, sino que irrumpe como presencia humana. El Verbo se ha hecho carne. Un momento en el tiempo y del tiempo, un momento no fuera del tiempo, sino en el tiempo, en lo que nosotros llamamos historia, seccionando, bisecando el mundo del tiempo: 1996 después de Cristo. Esto es un dato simple que hace parte de nuestra experiencia cotidiana. Bisecando, seccionando: antes de ese acontecimiento, después de ese hecho. El tiempo fue creado a través de aquel momento, porque sin sentido no hay tiempo y aquel momento de tiempo contiene el significado (cfr. T. S. Eliot, Coros de "La Rocca", Rizzoli).

Es un hecho que ha sucedido, como el nacimiento de un niño en una casa. Y con qué precisión este hecho ha sido registrado, justo al principio del Evangelio de Lucas, en el tercer capítulo: "El año decimoquinto del imperio de Tiberio Cesar, siendo Poncio Pilatos procurador de Judea, Herodes tetrarca del Galilea y Filipo su hermano tetrarca del Iturea y de la Traconitide y Lisania tetrarca de Abilene; bajo los sumos sacerdotes Anás y Caifás… ". Estos nombres son nombres de personas que realmente existieron. Quienes de Ustedes tengan la gran suerte de ir a Rímini a la gran exhibición “De la tierra a las gentes”, sobre los orígenes del Cristianismo (es la más importante exhibición de este siglo) encontrarán testimonios arqueológicos donde estos nombres son relatados, encontrarán una estela (la única - es una copia fiel - estela en la que está inscrito el nombre de Poncio Pilatos), encontrarán otra estela sobre la que está inscrito el nombre del emperador Tiberio, encontrarán el osario (es un trozo de piedra pómez) sobre el que está escrito el nombre de Caifás. Son testimonios históricos, arqueológicos ubicables en un momento preciso del tiempo, en un momento preciso de la historia.

Éste es el corazón del anuncio cristiano. El Misterio no ha permanecido más allá de las nubes, no ha quedado más el Dios de los filósofos, no ha permanecido como presa de las tentativas de los hombres para iluminar, entender lo que el hombre solo no puede. No puede, porque es verdadero lo que dice Agustín: "Si entiendes no es misterio". El Misterio se ha envuelto con el hombre, pero esta implicación llega hasta el punto de entrar en la historia como hombre, ex Maria Virgine, como dice el Credo y como dice en la Carta a los Gálatas Pablo "… nacido de mujer… ", nacido bajo la ley, nacido dentro de la historia de un pueblo, viviendo por 30 años una cotidianidad entretejida de usos y costumbres de un pueblo, trabajando con manos de hombre, viviendo en una familia humana.

El tiempo adquiere desde aquel momento un sentido positivo, porque el tiempo todo es signado por la presencia de aquel hombre que es Dios. Ha venido para que el Misterio no quedara lejano, abstracto, extraño y por lo tanto potencial enemigo al hombre, sino para que sea compañero de camino del hombre: "Estaré con ustedes todos los días, hasta al fin del mundo."

Un hecho histórico en un lugar preciso y tenemos testimonios preciosos de esto. Son cuatro libros escritos originalmente en un griego no muy elegante (no es un griego clásico, se llama griego koiné: casi dialecto), era la lengua hablada, difundida en todo el Mediterráneo, una lengua simple. Estos cuatro libros son los Evangelios. Tres son llamados sinópticos porque se pueden leer uno al lado del otro, y el Evangelio de San Juan. Estas no son crónicas, ni tampoco una historiografía en el sentido clásico del término, son una serie de acontecimientos y ya. Los Evangelios están escritos con un objetivo bien preciso: podríamos decir el anuncio de la buena nueva, el anuncio de lo que aquel hombre nacido de María en Belén, que vivió en Nazaret, realmente dijo, realmente hizo para la salvación del hombre. Y aquello que la constitución "Dei Verbum", aquello que el Concilio Vaticano II, en pocas líneas magistralmente sintetiza: "La santa madre Iglesia (expresión cada vez menos usada), ha creído y sostiene con firmeza y constancia máxima (siempre ha creído, desde el principio), que los cuatro Evangelios que afirman sin vacilación la historicidad, transmiten fielmente cuanto Jesús Hijo de Dios, durante Su vida entre los hombres, efectivamente obró y enseñó para la salvación eterna hasta el día en que ascendió al cielo."

"Obró": Sus acciones, desde las más cotidianas (preparaba pescados asados sobre brazas para los suyos que volvían de la pesca, como está dicho en Juan 21), cosas así humanas (delante de Su ciudad, al ocaso, sollozó - pensando en la suerte de Jerusalén que no lo reconoció como Hijo de Dios y por la cual iba a morir). Pero también Sus acciones más misteriosas e imponentes. Cuando vio pasar aquel cortejo, fuera de la ciudad de Naim, aquella madre que lloraba a aquel único hijo, ella, madre viuda: "Mujer, no llores" le dice y le resucita el hijo. O cuando, ya tarde, y eran cinco mil los que le habían seguido por dos días: “Despidan la muchedumbre para que encuentren descanso" "Maestro, las ciudades están lejanas y ya es tarde" "Denle ustedes de comer". Y con cinco panes y dos peces todos comieron y recogieron doce cestas con las sobras. O cuando llega a Betania y el amigo Lázaro ha muerto hace dos días: "Abran la tumba" "Maestro, ya tiene mal olor" "¡Abran! ¡Lázaro, ven fuera! "

Durante Su vida efectivamente obró y enseñó para la salvación de los hombres.

La fe de la Iglesia afirma que aquellos libros tan aparentemente simples contienen el testimonio histórico de Jesús (la Dei Verbum en el Cap.19 nos dice que los evangelistas no lo escribieron todo, han escrito las cosas más importantes de modo tal de referir sobre Jesús cosas verdaderas y sinceras). Durante el Concilio un padre preguntó: "¿Qué quiere decir cosas verdaderas y sinceras?". Y la Comisión Teológica, que en nombre del Papa tenía el texto, contestó: "La verdad se refiere a la correspondencia entre el hecho acaecido y la narración, lo que está escrito realmente sucedió, la sinceridad se refiere a la credibilidad de los testigos (quienes han escrito o han sido testigos directos de lo que ha dicho o de lo que ha obrado o que fueron testigos presenciales de los hechos). Esto siempre la Iglesia lo ha creído por cerca de 1700 años. Hasta que, al empezar de los ambientes protestantes alemanes, se ha introducido, en un primer momento limitado a ciertas clases sociales, luego cada vez más difundido, la que podríamos llamar la cultura de lo sospechoso, la cultura de la duda: la razón no se abre al testimonio, sino que pretende ser su mesura, medida de juicio del testimonio mismo.

La gran objeción que en el fondo los ilustrados hacen, se puede resumir en aquella famosa pregunta de uno de ellos, el filósofo Lessing: "¿Pero cómo puede un detalle, un hombre, pretender tener valor absoluto, valor y salvación para toda la historia"?

Vemos que el dinamismo de la razón si en lugar de abrirse con sencillez según su naturaleza (pues nuestra razón está hecha para conocer la verdad, es apertura a la verdad y no medida de ella), quiere medir, ya no es más razón. ¿Cómo puede un particular pretender ser la salvación, tener una pretensión absoluta sobre mi vida?

Aquí es donde comienza una sistemática demolición del valor de los Evangelios como testimonio histórico. Ha comenzado Reimarus luego Strauss, hasta los umbrales de este siglo, el gran Rudolf Bultmann, sustancialmente retomando las teorías de Kant que reducen la razón a medida de la verdad: no es la razón que se abre a lo real, sino que lo real es lo que está en la razón.

Este método es aplicado a los Evangelios. Los Evangelios ya no son el testimonio histórico, no cuentan lo que Cristo realmente hizo y dijo para la salvación del hombre. Según estos ilustrados los Evangelios son fábulas. Ellos interpretan el término "anuncio" en el sentido de una construcción a posteriori de la comunidad cristiana. Ellos dicen que estos hechos no ocurrieron realmente, son todas fábulas inventadas por los primeros cristianos para exaltar la figura de Cristo, pero Cristo no era Dios. Fue un judío excepcional, un profeta, uno de los muchos maestros que hubo en el judaísmo. Su divinización es fruto del trabajo, de la iniciativa a posteriori de la comunidad cristiana.

¿Qué han debido hipotizar estos señores? Que los Evangelios han surgido no inmediatamente de los hechos que narran, sino muy posteriormente. Por lo tanto sea Reimarus o Strauss o los demás que han hipotizado el nacimiento de los Evangelios hasta la mitad del segundo siglo, 150-180 d.C. Para el Evangelio de Juan se habla hasta del tercer siglo.

Podemos imaginar que una fábula, escrita cien años después de lo ocurrido, puede estar tranquilamente llena de invenciones, de cosas no verdaderas. Los Evangelios nos presentarían no exactamente el Cristo histórico sino el Cristo de la fe de Sus discípulos que han puesto a posteriori muchas cosas para justificar la grandeza, la divinidad de Cristo.

Este pensamiento se ha abierto paso poco a poco hasta dentro de la Iglesia católica. Es frecuente (desafortunadamente, tengo que usar este adjetivo), encontrar en los textos de teología, de catequesis, afirmaciones por lo menos extrañas. Leo lo primero que dice el Concilio: "Los evangelios transmiten fielmente cuanto Jesús Hijo de Dios, durante Su vida entre los hombres, efectivamente obró y enseñó para la salvación eterna. Los cuatro autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios, siempre de modo tal de referir sobre Jesús cosas verdaderas y sinceras."

En un texto escrito por un famoso teólogo alemán podemos leer frases de este tipo: "Desde el punto de vista literario se puede observar una tendencia a ampliar y multiplicar los milagros…. se tiene la impresión que el Nuevo Testamento ha enriquecido la figura de Jesús con numerosos motivos extracristianos para subrayar con ello la grandeza y la autoridad. Algunas narraciones milagrosas se han demostrado en la investigación de la historia como proyecciones de la experiencia pascual sobre la vida terrenal de Jesús o como anticipaciones de la actividad del Cristo glorificado…. La conclusión a la que llegamos con todo cuanto se ha dicho es que muchas historias milagrosas referidas por los Evangelios se tengan que considerar legendarias…. Muchas narraciones deben ser analizadas no tanto en su contenido expresivo histórico sino más bien en lo teológico. Estas no nos dicen nada sobre los individuales hechos de salvación, sino que nos hablan simplemente del significado salvífico encerrado en el único acontecimiento de salvación: ¡Jesucristo!…. Del hecho que determinados milagros no pueden ser atribuidos al Jesús histórico (notemos con qué seguridad, ¡con qué certeza! Habla como teólogo por el honor de lo verdadero; luego no es autoridad), no es lícito concluir que eso no revista ningún sentido teológico y kerigmático. Estas narraciones no históricas son enunciados de fe sobre el significado salvífico de la persona y del mensaje de Jesús."

De esta concepción derivan algunas consecuencias graves.

Miremos qué dice el lenguaje simple del Concilio: "La Iglesia siempre ha creído que lo que está escrito allí realmente ha sido dicho y realmente acaeció". No es sólo una afirmación de fe, pone en juego la razón. Hay testimonios. Aquí viene dicho: "No todo lo que allí se dice ocurrió. Muchos son cuentos inventados para exaltar la figura de Cristo a objeto teológico y kerigmático". ¿Qué se cuestiona? Ante todo la razón: yo debería creer los cuentos inventados para aumentar la importancia de la figura Cristo. Porque la conclusión es ésta: estos cuentos no históricos son enunciados de fe. Luego la fe a este punto, no pudiendo basarse en la razón, es decir sobre datos históricos, sobre el testimonio, ¿en qué se basa? Como dicen los que atacan a la Iglesia, es un sentimiento, es una elección. Uno cree y otro no. Aquí hay no sólo un ataque a la fe de la Iglesia, sino también a la sensatez, por lo tanto a la humanidad de la fe que se reduce a un sentimiento, a una creencia, a algo irracional, a un salto al vacío.

Se niega la validez del testimonio histórico de los Evangelios, ellos serían unos documentos escritos por comunidades posteriores.

Este pensamiento se ha infiltrado profundamente en la Iglesia.

Quiero hacer notar que, como han escrito mis amigos universitarios en un manifiesto, que en las fiestas de Navidad y Pascua revistas como "Times" y "Newsweek" salen sistemáticamente con portadas que ponen en duda la historicidad de estos acontecimientos. Se entiende que no es, como un obispo americano ha contestado, "una cosa de poca monta" porque los latinos decían "gutta cavat lapidem". Gota a gota nos perforan la cabeza, las conciencias; la gente no lee las veinte páginas donde son sabiamente mezcladas verdades, medias verdades y groseras mentiras; simplemente son golpeados por la portada. ¿Pero ha realmente resucitado? ¿Quién todavía cree? ¿Nacido de María Virgen? Todo esto queda reducido a mito o a construcción de los curas que tiene interés de "basar su poder" en la credulidad de la gente. Cierto que no es un buen servicio a la razón y a la fe, también es un proceder teológico que desprecia el valor del testimonio histórico de los Evangelios.

En este ya citado libro, la narración más antigua de la Resurrección empieza así: "Marco 16, 1-8 no es una narración histórica. No se trata de signos históricos, sino solamente de artificios estilísticos maquinados para llamar la atención y crear suspense". Es cierto que una página después hay una pequeña concesión: “Hay buenas razones para creer que en este cuento se han reelaborado algunos recuerdos históricos". Enseguida después afirma: "En sí mismo el sepulcro vacío representa un fenómeno ambiguo abierto a muchas posibilidades de interpretación."

El Santo Padre ha llamado la atención de todo el mundo en su "Regina Coeli" del 21 de abril de 1996 que la Resurrección es un hecho. Ciertamente no tenemos una fotografía, no tenemos tampoco, como pretendería la arqueóloga que dice haber encontrado los huesos de Jesús, pruebas de este tipo, pero una serie increíble de hechos: sólo pensemos en el hecho que los primeros testigos son mujeres y que para la costumbre y la ley hebrea su testimonio no tenía valor jurídico - si fuera una invención, sería una mala invención. Poner a testimoniar mujeres que, en cuanto tales, no debían ser creídas.

Ahora, todas estas teorías iniciadas en la ilustración alemana del 1700, llevada adelante sobre todo por los teólogos protestantes hasta el siglo XX cuando se difundió ampliamente y todavía sigue presente desafortunadamente, no en el magisterio de la Iglesia, pero sí en el pensamiento de muchos teólogos y exegetas, todo esto se basa en el hecho que los Evangelios fueron escritos tardíamente y por lo tanto mientras más tarde fueron escritos, más es posible que haya invenciones, milagros inventados, cuentos fantásticos, todo fruto de una elaboración teológica.

¿Qué ha sucedido? Ha sucedido que algunos estudiosos, por vías diferentes, nos hacen ver las pruebas extraordinariamente significativas y absolutamente contundentes del hecho que los Evangelios no son producciones tardías de la comunidad cristiana, sino que son textos escritos muy poco tiempo después de los acontecimientos que narran.

¿Por qué son importantes los últimos descubrimientos papirológicos de un lado y los nuevos métodos de estudio lingüístico del otro? Porque son pruebas científicas que reconducen la redacción de los Evangelios a una fecha cercana a la vida de Jesús: que realmente no sólo están escritos por testigos presenciales sino que están dirigidos a quienes han participado de ellos. Si un texto narra hechos, discursos, tres o cuatro años después de sucedidos, quien ha participado en ellos todavía está vivo.

Estos descubrimientos no añaden algo a la fe como algunos maliciosamente han dicho: simplemente son una confirmación, desde el punto de vista de la razón, de lo que la Iglesia siempre ha creído. Por descubrimientos papirológicos se entiende la identificación de un fragmento encontrado en la gruta de Qumran, hallado en 1951 y registrado como el fragmento I sec. e identificado en 1971 por el Padre José O'Callaghan como un fragmento del Evangelio de Marcos (Marcos 6, 52-53).

Podremos verlo en la exhibición de Rímini, grande como un sello: se ven muy bien algunas letras, veinte letras sobre cinco renglones. Todos los papirólogos casi concuerdan en dar razón al Padre O'Callaghan porque los parámetros que la papirología sostiene para la identificación son múltiples.

Tal como la otra importante identificación hecha hace dos años por un papirólogo anglicano, Peter Carsten Thiede, que, casi por casualidad, ojeando entre los restos guardados en el Oxford College, ha visto tres pequeños fragmentos, escritos por el frente y el reverso, del Evangelio de Mateo que fueron fechados alrededor del 200. Él utilizando diferentes técnicas (su libro saldrá en italiano dentro de pocas semanas, se titula un poco provocativamente:"Testigo presenciales de Jesús" ed. Piemme. Es bien útil y bello, del mismo autor de: "Jesús, historia o leyenda, EDB"), cuenta cómo ha llegado a la identificación de estos papiros, que él dice están entre el 60 y el 70 d.C. O'Callaghan habla incluso del 50 d.C.

Los papiros de Qumrán son 18 fragmentos. Entre ellos han sido identificados el 7Q5, (Marcos 6, 52-53) y el 7Q4 (gruta 7, Qumrán, y el número del fragmento dado por los primeros catalogadores: es la primera Carta a Timoteo que también los exegetas católicos consideran muy posterior y algunos dicen no atribuible a Pablo). Estos fragmentos son clasificados alrededor del 40-50 d.C. seguramente no más allá del 68 d.C., pues en el 68 d.C. la décima Legión romana destruyó el asentamiento de Qumrán.

Pero también hay un límite a estos descubrimientos.

Es claro: hace falta encontrar otros papiros y esto está muy ligado a la suerte. Estos indicios reabren la razón y hacen enfurecer a los nuevos dogmático. No en el sentido de defensores de la fe sino los que hacen de Bultmann su héroe, su dios, la única autoridad reconocida. El límite de este método no está tanto en la certeza de la identificación de los papiros, sino en el hecho que dependemos de nuevos descubrimientos para ulteriores identificaciones.

Mientras el método que genialmente inició el Padre Carmignac (se pueden encontrar sus descubrimientos en el libro: “El nacimiento de los Evangelios sinópticos", ed. Paoline, y en la entrevista publicada por V. Messori: "Investigaciones sobre el Cristianismo”, Ed. SEI) hace veinte años en el Institut Catholique de Paris y que con igual genialidad retomó el padre Marco Herranz en Madrid y sus actuales discípulos Julián Carrón y José Miguel García, es interesantísimo porque no tiene límites (Cfr. "Evangelios e historicidad", a cargo de Stefano Alberto, Ed. Rizzoli). Y no es un método papirológico, es un método lingüístico que parte de un presupuesto muy simple: la lengua de los Evangelios, el griego de los Evangelios, en ciertos pasajes es incomprensible. En dos sentidos: hay pasajes que no son gramaticalmente correctos y hay unos pasajes que literalmente traducidos no quieren decir nada. ¿Por qué? Han hecho un experimento, han probado a volver a traducir estos textos griegos al arameo, que era la lengua hablada, junto al griego, en aquellos tiempos en Palestina. Y así los textos son clarificados ya desde el punto de vista gramatical o desde el punto de vista del significado. Ahora se están traduciendo lentamente estos textos. Ellos han deducido que el texto griego no fue el texto original sino que es la traducción de un texto arameo preexistente. De un lado hemos descubierto papiros que hablan del 40-50 d.C. ya en griego, por otro lado hay conclusiones del texto arameo anterior al griego. Llegamos como fecha de redacción a los años inmediatamente cercanos a los acontecimientos culminados con la muerte y resurrección de Nuestro Señor.

Estos descubrimientos que se basan no en los sentimientos, sino sobre datos científicos, son una confirmación impresionante de lo que la gente sencilla, la Iglesia, junto a sus pastores y al Papa, siempre han creído. Los Evangelios no son cuentos adornados teológicamente, sino que son los documentos del anuncio; es decir, la intención de los Evangelios es hacer saber a todo el mundo la buena nueva. No son mitos, son las narraciones de lo que Cristo realmente dijo, lo que realmente obró por la salvación del hombre. Son el testimonio de un hecho.

En Rímini podremos ver una serie impresionante de testimonios. No son el fundamento de la fe, pues no se cree por restos arqueológicos. Nosotros creemos por un encuentro que hemos hecho que es un puro regalo de Dios, pero nuestra fe no está contra la razón. La fe es la cumbre de lo humano y a lo humano también pertenece la razón.

Nuestra fe, la fe en un Dios que se ha hecho hombre, que ha entrado en la historia como hecho histórico, identificable y que queda presente en la historia a través de Su Iglesia y se basa también en datos que provocan y confortan al mismo tiempo la razón. Para creer no necesitamos renunciar a la razón, más bien, una fe sin razón no es una fe humana; es un juego de niños o es un sentimiento, y un sentimiento no dura, no cambia de la vida. Nosotros no creemos en un mito, en un fantasma, en un artificio arrancado de libros de malos teólogos. Nosotros creemos en una Presencia, en un hombre vivo. No somos ilusos. La fe es la cumbre de lo humano, se basa en datos razonables y los Evangelios son el testimonio más impresionante, junto a la tradición viviente de 2000 años de historia, de la razonabilidad, es decir de la humanidad de este hecho.

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