Iglesia hoy. Entre Jerusalén y Atenas
autor: Massimo Camisasca
fecha: 2012-05-09
fuente: Tra Gerusalemme e Atene
traducción: Juan Carlos Gómez Echeverry

"Vayan por todo el mundo", (Mc 16,15). Éstas han sido las últimas palabras de Jesús, la síntesis de la razón por la cual ha venido sobre la tierra. El Hijo de Dios tomó carne para manifestarse como la salvación de cada hombre. Pero durante su vida terrenal no pudo alcanzar a cada viviente sobre la faz de la tierra. Y aunque los hubiera alcanzado, faltarían todas las generaciones futuras. Por esto Él ha querido la Iglesia. La misión de la Iglesia es una sola: hacer conocer a cada persona a Jesús como salvador. Ser la contemporaneidad de Jesús en cada época de la historia.
Hacer conocer a Jesús no es decir simplemente que Él ha existido. Hace falta presentarlo interesante para la vida de las personas y de las naciones. Hace falta presentarlo en la lengua de cada pueblo. Hace falta llegar hasta los corazones de los hombres. Ésta ha sido, de manera inmediata, la tarea de los apóstoles. Después de la Ascensión, se han alejado de Jerusalén y han alcanzado los diversos puntos de la tierra conocida en ese entonces. Algunos han ido a Egipto, otros a España, Francia, Italia, a Etiopía, e incluso hasta la India.

Caterina Emmerich narra, en sus Visiones, que, al momento de la muerte de María, antes de su Asunción al cielo, cada uno de los doce apóstoles salió de viaje, desde las regiones lejanas o vecinas en que se encontraba, y llegaron a Éfeso. Se habían alejado geográficamente de la tierra en la que Jesús había aparecido, pero no se habían alejado realmente el uno del otro. Cada uno llevaba consigo la memoria viva de aquello que había vivido con Jesús, con la certeza que Él había resucitado, estaba vivo, y estaba presente.
Desde el principio el cristianismo ha sido pues una realidad viviente. Jesús a través de los suyos se ha encontrado con los pueblos y ha empezado a hablar las lenguas de todo el mundo: no sólo el arameo, el griego y el latín (como testimonia la frase puesta sobre la cruz), sino también el siríaco, el copto… desde el principio se ha presentado una tensión, que anima permanentemente cada experiencia misionera: ¿qué aspectos de la cultura de un pueblo, de su historia, de sus valores que constituyen el alma de aquella realidad étnica, tiene que ser salvado y custodiado por el cristianismo? ¿Qué cosa, por el contrario, debe ser contestado, y en últimas relegado en cuanto inhumano y, por tanto, en contraste con la vida que Jesús ha traído?

Qué salvar, qué dejar: he aquí toda la dinámica de la misión. Ha habido momentos en la historia de la Iglesia en que se ha subrayado principalmente el segundo aspecto. Es decir, momentos, en los cuales la Iglesia ha oído fuertemente la necesidad de la polémica con lo que no pertenecía a su rostro. "¿Qué relación puede haber entre Jerusalén y Atenas"? se preguntaban algunos apologetas del II siglo. Por el contrario, en otros momentos, los cristianos han sentido más importante subrayar la realidad del diálogo, la asunción de cuanto de positivo o presuntamente como tal estaba en las culturas y en la experiencia de los pueblos. Es lo que hemos vivido sobre todo en los últimos cincuenta años, en los cuales la Iglesia ha corrido el riesgo de olvidar, en muchos de sus exponentes, la urgencia de la misión. ¿Si lo que se vive en las otras religiones, o también en los hombres sin fe, ya es salvación, qué necesidad hay de anunciar a Cristo? Esta ha sido (no la última) la causa de la crisis de muchos institutos misioneros.
Juan Pablo II ha trabajado para superar esta crisis. El corazón de su obra es la encíclica Redemptoris missio, que constituye el "manifiesto" misionero de la Iglesia para el nuevo milenio. No tenemos nosotros que decidir ciertamente cómo los hombres puedan ser alcanzados por el Espíritu de Dios: no es una cuestión de justicia, sino más bien de caridad, es decir de pasión. El origen de la misión es algo que tiene a que ver con la pasión: es una alegría, una plenitud, una sobreabundancia.

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