Iglesia y modernidad, el diálogo necesario
autor: Rino Fisichella
Monseñor, Presidente Pontificia Academia Pro Vida y Rector Pontificia Universidad Lateranense
Luigi Negri
Monseñor, Obispo de San Marino-Montefeltro (Italia)
Mauro Mazza
Director TG2 Rai (Italia)
Alberto Savorana (moderador)
Portavoz de Comunión y Liberación
fecha: 2008-08-29
fuente: Chiesa e modernità: il dialogo necessario
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "O protagonisti o nessuno", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "O protagonistas o nada")
traducción: Carolina Velez

En ocasión del encuentro, presentación del libro Per un umanesimo del terzo millennio. Il Magistero sociale della Chiesa [Para un humanismo del tercer milenio. El Magisterio social de la Iglesia] de Luigi Negri (Ed. Ares)

MODERADOR:
"¿Por qué los hombres deberían amar a la Iglesia? ¿Por qué deberían amar sus leyes? / Ella les recuerda la Vida y la Muerte, y todo lo que quisieran olvidar./ Es amable en donde serían duros, y dura donde ellos quisieran ser cariñosos./ Les recuerda el Mal y el Pecado y otros hechos desagradables". Estas palabras del gran Eliot, que marcaron el principio de este Mitin 2008 durante el espectáculo inaugural, creo que nos introducen en el modo más adecuado y dramático al encuentro "Iglesia y modernidad: el diálogo necesario" que, de algún modo, fue originado por la publicación de uno de los últimos trabajos de S. Excelencia. Mons. Luigi Negri, arzobispo de San Marino Montefeltro, En ocasión del encuentro, presentación del libro Per un umanesimo del terzo millennio. Il Magistero sociale della Chiesa [Por un humanismo del tercer milenio. El Magisterio social de la Iglesia], publicado recientemente por ediciones Ares. El autor aprovechó, recogió, profundizó algunos de los temas que lo volvieron – en vista del tema del Mitin - protagonista desde el punto de vista de la batalla cultural en nuestra sociedad con respecto a las razones. Porque nosotros somos cristianos pero apostamos todo sobre la razón del hombre, una batalla sobre las razones de la presencia cristiana dentro de la lucha de la vida social.
Y entonces imaginamos este momento en el que algunas personalidades de la vida pública pudieran llevar su contribución, a partir de esta simple pregunta: ¿por qué el mundo, la modernidad, es decir toda lo precipitado de historia que hoy se sintetiza en la cultura que de algún modo dicta la mentalidad, las costumbres, los comportamientos del pueblo, de nosotros que vivimos la realidad, debería necesitar de la Iglesia? ¿Qué utilidad puede tener el contenido de la propuesta cristiana? En esto tenemos una luz, una referencia clara y segura que indica el método, el camino de esta acción, de esta reflexión, de esta batalla cultural, Su Santidad Benedicto XVI. Porque estamos en un contexto humano, cultural, social, que redujo la fe a un sentimiento, una vaga ética, como si el contenido del anuncio cristiano fuera algo que tienen que ver de las nubes hacia arriba o que, peor, renunció al problema de la verdad. En el fallido discurso a la universidad de la Sapienza en Roma, leemos: "El peligro del mundo occidental - por hablar sólo de esto - es que hoy el hombre, precisamente en consideración con la grandeza de su saber y poder, se rinda frente a la cuestión de la verdad. Y eso significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega frente a la presión de los intereses y al atractivo de la utilidad, obligada a reconocerla como criterio último". “Si la razón” concluye el Papa “se vuelve sorda ante el gran mensaje que viene de la fe cristiana y de su sabiduría, se seca como un árbol cuyas raíces ya no alcanzan las aguas que le dan vida”.
Invitamos a Mauro Mazza, director del TG2 RAI, a introducirnos en este diálogo al que seguirá la comunicación de Su Excelencia Mons. Rino Fisichella, Rector de la Pontificia Universidad Lateranense, que recientemente el Santo Padre cargó con un nuevo, podemos decirlo, peso, presidir la Pontificia Comisión por la Vida. ¿Entienden qué tipo de responsabilidad se asumió en un momento en que la afirmación de la vida, y sobre todo de las razones de la vida, es un punto avanzado en la batalla por una fe razonable, amiga del hombre y de su razón? Al término de nuestro encuentro escucharemos a Mons. Negri. La palabra a Mauro Mazza.

MAURO MAZZA:
Gracias Alberto, gracias a todos. En los últimos veinte años he faltado pocas veces la cita con el Mitin, que seguí como enviado de las publicaciones para las que trabajaba y desde hace algunos años, desde que tengo el cargo de ser el director del noticiero, como invitado y huésped en un encuentro gracias a la amistad del Mitin. Y debo decir - entro enseguida en el tema, pero no es una adulación - que el Mitin, cada vez que asistimos, deja una huella profunda en el corazón de quien allí estuvo. Y cada vez la deja diferente, nunca es la misma. Creo que esta historia coral que encarna el Mitin desde hace tantos años, que es una historia hecha por personas individuales que se encuentran aquí en Rímini, sea ya una respuesta, una respuesta importante, una respuesta posible a aquella opción que Mons. Negri pone en evidencia, en su libro y que retoma también el senador Pera en su introducción: la opción según la cual o uno es moderno o uno es cristiano. El estar aquí, tan numerosos, tan activos, tan vivos, es una respuesta hacia adelante, en positivo. Ustedes son una de las pruebas de que es posible ser modernos y cristianos, que se puede estar en el mundo contemporáneo, vivir nuestro tiempo sin restricciones, sin subordinaciones, sin subalternidades, como indomables y como protagonistas. Es de hecho un dato del que podrían tomar nota todos si bien, como viejo cronista, sé bien, que a menudo el Mitin es visto y contado como si fuera otra cosa. Trataron a veces hasta de comparar esta experiencia suya - los más jóvenes no me entenderán, los más grandes sí - con una reedición de los compañeritos de la parroquita, que eran aquellas películas con Alberto Sordi en la inmediata posguerra. Creo que es difícil desmentirme si digo que ciertamente, hay compañeritos y parroquitas, pero fuera de acá, quizás no lejos pero fuera de acá.
Desempeño la labor de periodista desde hace más de 30 años y casi siempre las reflexiones me son suscitadas por los hechos que ocurren, es más, pienso que precisamente de las cosas de la vida se pueden sacar reflexiones y ocasiones para reflexionar sobre las cosas importantes, sin prejuicios pero también sin respuestas preconcebidas. En los últimos tiempos, aquí en Italia, me parece que el dramático acontecimiento de Eluana Englaro nos haya hecho reflexionar más que otros, precisamente porque las continuas, impresionantes nuevas fronteras de la ciencia y de la medicina hoy nos ponen frente a este hecho. Pero siempre habrá muchas otras, delante de nosotros. Digo algunas cosas, también con un poco de provocación, para estimular las intervenciones que seguirán mucho más influyentes que la mía. El primer elemento y la primera reflexión, es el drama que vive esta mujer, quizás conscientemente o quizás no, no sabemos hasta qué punto, pero también el drama de su padre que llegó desde hace tiempo, seguramente con sufrimiento, a la determinación, considerada por él como una elección obligada, como la única elección posible de bien que aún puede hacerle a su hija, de interrumpir su calvario. Lo digo estando cerca de Mons. Fisichella, que cada vez que lo involucramos, también en este nuevo cargo suyo, para que reflexionara con nosotros sobre este hecho, antepuso siempre a su razonamiento la solidaridad y la comprensión por el sufrimiento de la hija y del padre. Otras manifestaciones y expresiones, otras reflexiones no de los otros que se están viviendo. Quiero decir me parecieron igualmente comprensivas: algunas me parecieron intentos de aprovechar del hecho, provocaciones mediáticas más o menos exitosas, en fin, la defensa de posiciones más abstractas y generales que no se ponían seriamente delante del drama, de este drama y de los otros que se están viviendo. Quiero decir que el progreso de la ciencia es incesante, hoy tenemos y tendremos siempre otros hechos análogos más, porque los médicos salvan, gracias a su destreza y a los progresos de la ciencia, las vidas humanas. Pero lo digo en voz baja: ¿qué se salva con la intervención de los médicos? ¿La vida? ¿Algo que se le parece? ¿Cómo nos preparamos para afrontar estas realidades que se multiplicarán en el futuro?
Las mías son reflexiones en voz alta, no hay respuestas preconcebidas, ¿quién debe establecer si existe y en dónde se sitúa el límite de la vida? ¿Los médicos? ¿Los directos interesados que, cuándo tienen una salud óptima, ponen por escrito que si mañana se diera una situación de este tipo yo preferiría que…? ¿Los parientes? ¿Es justo esperarse, desear una ley parlamentaria que establezca si existe y en dónde está el límite? ¿No fue ya suficiente la ley sobre el principio de la vida, por el cual una mujer decide libremente, en absoluta autonomía, si es justo dar un futuro a aquella vida que tiene en el vientre o eliminarla? ¿No fue suficiente? ¿También queremos ahora una ley sobre el fin? Yo, para ser sincero, tengo miedo de que la elección final le toque a los médicos, no quisiera che la elección final le tocara a cada individuo, a sus parientes o a sus allegados, pero tengo terror de que por la mía y por la vida de ustedes puedan elegir Berlusconi y Veltroni, Casini y Di Pietro. Tengo terror, primero porque sería un compromiso a la baja entre posiciones en marcha muy lejanas entre sí y, segundo, porque me acuerdo que cuando Di Pietro ejercía otra profesión había decidido ya sobre la vida y la muerte de algunos. No quisiera que se repitiera.
Trabajar en un noticiero exige dar cada día a quien nos sigue elementos de reflexión, claves de lectura, hechos y opiniones, si es posible separados y no confusos el uno con el otro. En su libro, Mons. Negri dedica algunas páginas al peligro de la idea de libertad separada de la idea de verdad. El laicismo más sensato, el que se hizo liberal, en el sentido de la liberalidad del comportamiento, no se presenta como irreligioso o antirreligioso, sino que concede liberalmente el derecho de expresarse a todas las religiones, indistintamente: a los católicos, a los protestantes, a los judíos, a los budistas, a los dse cientología, a los que creen en el dios Odín. Pone todo sobre el mismo plano, equipara, relativiza, pone las opciones religiosas en la reserva indígena de aquellas minorías que deben ser tuteladas, pero están en vía de extinción, es cuestión de tiempo. Me parece - y también encomiendo esta reflexión a Mons. Fisichella y Mons. Negri - que a veces, muy frecuentemente, la cultura católica se presta para este juego de masacre, que es el contrario exacto de la comparación entre religiones o entre cultura católica y cultura laica. Hablo de una cosa que conozco bien, es una especie de par condicio, aquella par condicio que ya le dio el golpe de gracia a la política italiana. Por la par condicio es imposible para los noticieros relatar la política, porque pone en un mismo plano, nos obliga a poner en el mismo plano a quien obtiene millones de votos y a quien el día de las elecciones votan por los parientes íntimos y otros cuantos. A veces, me parece que el abuso de la par condicio le hace daño a la Iglesia y al catolicismo, que se equipara con pensamientos ultra minoritarios, elitistas, a veces intrínsecamente peligrosos, un poco como cuando dicen: estamos en contra de todos los integralismos religiosos. Y así ponen en el mismo plano los atentados de Al Qaeda y las hogueras de la inquisición. Así es.
Otro riesgo me parece aquel de obligarnos a los periodistas a poner las posiciones de alguna cultura católica dentro de las cosas más feas de los noticieros, que son los amasijos políticos. Pero discúlpenme, no es por salir de la responsabilidad - no revelo nombres, solamente el apellido -, pero si don Sciortino toma aquellas posiciones sobre Familia Cristiana, ¿En dónde podemos ponerlo, en el sumario, o junto al comunista Rizzo, al enfadado Gasparri o al democrático Franceschini? Es aquel el sitio, si uno ambiciona ser el líder político y no el testigo de la propia cultura popular católica. Se lo busca. Otra cosa es la palabra o la presencia – voy a la pregunta de Savorana – que es necesaria. El testimonio que esperan de nosotros es de otro signo. En el libro, Mons. Negri fija las líneas del magisterio de Juan Pablo II en el tema de la doctrina social de la Iglesia. Declina con claridad los principios de subsidiariedad y solidaridad y así también provee explícitamente criterios de valoración del comportamiento de los políticos, de los individuos y de los partidos, en relación con el bien común. Es solamente por los frutos que podemos juzgarlos. La Iglesia tiene el derecho-deber de estar presente. Y hoy se necesita, Alberto, la presencia de la Iglesia, sobre todo en un tiempo como el nuestro que conoció, gracias a Dios, el ocaso de las ideologías fallidas, responsables de tragedias y de catástrofes, culpables de decenas y decenas de millones de muertos que cubrieron todo el Siglo XX. Creo que, justo sobre el terreno de las preguntas decisivas, la Iglesia tiene el derecho-deber de dar y darnos indicaciones y respuestas. En un momento en el que la cultura moderna - la que partió diciendo: o uno es moderno o uno es cristiano -, descubrió los mismos límites, creo que la Iglesia tiene el derecho-deber de acompañar al mundo moderno al final del viaje y de comprenderlo hasta el fondo, de llevarlo consigo, de llevarlo a cuestas, ayudarlo y ayudarnos a salir de él.
Quisiera cerrar citando a un gran testigo de una cultura viva, popular, libre, que no se rindió ante los horrores del totalitarismo, en este caso comunista. Es una cita que retomo del libro de Negri, extraída del discurso que Alexandr Solzenicyn pronunció en 1978 en Harvard: "El camino que nosotros recorrimos después del Renacimiento enriqueció nuestra experiencia, pero perdimos el todo, lo más alto, que fijaba en otro tiempo el límite de nuestras pasiones y de nuestras responsabilidades". Nosotros, dijo Solzenicyn, “pusimos demasiadas esperanzas en las transformaciones sociopolíticas y se nos quitó lo más precioso que teníamos, nuestra vida interior". Es precisamente este redescubrimiento de la vida interior, de la dimensión religiosa, de lo que hoy necesitamos, lo que la Iglesia tiene que darnos. Lo necesitan todos, todos los que conmigo - y hago una cita del autor más querido por ustedes en absoluto - pueden definirse laicos, es decir cristianos. Les doy las gracias.

MODERADOR:
La gran alternativa: o modernos o cristianos, un desafío muy provocante e interesante para nosotros que hacemos el Mitin y para la realidad de la cual nace el Mitin. Porque somos modernos y cristianos y, si no hubiéramos sido modernos, don Giussani, que era un hombre moderno pero cristiano, no habría sabido encontrar nuestra humanidad, en este tiempo que él a menudo definía como "trágico y bello". Ahora escuchemos a Su Excelencia Mons. Fisichella.

RINO FISICHELLA:
Gracias por estar aquí también hoy, y gracias también por las provocaciones que vinieron del director Mazza, provocaciones frente a las que no retrocedo pero que trataré de afrontar, siempre sobre la línea de las provocaciones que también llegaron del libro de Mons. Negri. Trataré de responder a la pregunta que Savorana nos hizo: ¿por qué el hombre moderno necesita de la Iglesia? Diría, simplemente, porque el hombre moderno es un hombre perdido, es un hombre errante, no sabe de dónde viene, no sabe hacia dónde va y cuál sea su último objetivo. Pero es el hombre de siempre, no es solamente el hombre de hoy. Porque si la Iglesia tuviera que contestarle sólo al hombre de hoy, al hombre moderno, entonces debería estar condicionada, en su misión, por las preguntas que se le hacen. Pero la Iglesia también es una gran provocadora, incita a reflexionar y lo hace sobre todo en un período como el nuestro, en el que se debe teorizar que la razón es débil y que ya no es capaz de alcanzar la verdad. Ya que la Iglesia conoce al hombre, es experta en humanidad, entonces sabe qué hay en el corazón del hombre, sabe cuáles son las preguntas presentes en el hombre. Son las preguntas de siempre: ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Por qué el dolor? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la enfermedad? Me llamaron por teléfono mientras estaba en el auto, una joven empleada de la universidad tuvo que irse repentinamente de la oficina porque su joven hermano salió de casa, tuvo un trágico accidente y murió. ¿Por qué todo esto? ¿Qué respuesta se da? ¿Qué respuesta podemos dar nosotros, en el momento en que tenemos que celebrar continuamente, en aquellas situaciones dramáticas, decir una palabra cargada de sentido? ¿Cuándo jóvenes, adolescentes – hoy la segunda causa de muerte de los adolescentes en Italia es el suicidio - pierden la vida en trágicos accidentes en un sábado por la noche? ¿Por qué la muerte? ¿Por qué no sabemos cuándo llega? ¿Por qué esta incertidumbre en la vida? ¿Y habrá algo después de la muerte? Éstas son las preguntas del hombre, del hombre antiguo, del hombre en la Edad Media, del hombre moderno, del hombre post-moderno, cuando llegue. El problema es que, mientras en el pasado había una visión unitaria del hombre, más humano, hoy la razón con la que nos encontramos o nos estrellamos es una razón técnica, es una razón netamente científica, es una razón que ya no es capaz o ya no quiere impulsarse a conocer la verdad. Frente a esto surge el gran problema.
Amigos míos, yo creo que la Iglesia, se puede decir con toda tranquilidad, nunca podrá ser enemiga de la ciencia como nunca lo fue en el pasado. Pero de la ciencia, no de las pseudociencias, no de la pretensión de la ciencia de decir la última palabra sobre el hombre. De la ciencia como conquista para que la vida del hombre pueda ser cada vez más humana. De la ciencia que reconoce los propios límites, no de la ciencia que cree ser absoluta, que piensa que debe decidir sobre la vida y la muerte. Porque, querido director, desgraciadamente no serán ni siquiera los médicos quienes deberán decidir, el gran problema será cuál maquina tendrá que decidir si habrá vida o si no. Éste es el gran problema. ¿Y esta máquina, qué hará? ¿Dirá que hay vida después de ocho horas de haber sido instalada, después de seis horas? En estas últimas semanas nos enteramos de nuevos proyectos, de nuevas tecnologías que vienen reguladas. ¿El médico será sometido a la máquina, quién dirá la verdad sobre el fin de la vida? Éste es el gran problema, y también es este el límite sobre el que la Iglesia quiere abrir los ojos del hombre de hoy. A este hombre extraviado, hay que replantearle con fuerza la pregunta sobre la verdad. ¿Cuál verdad? No aquella científica, nosotros no somos competentes en matemáticas, somos competentes en el sentido de la vida del hombre: por esto, la Iglesia no sólo tiene que estar presente en el mundo sino que tiene que estar presente en la vida de las personas, tiene que ser escuchada porque se habla del sentido de la existencia.
El caso de Eluana fue citado. Siempre he afirmado el gran respeto por posiciones que no puedo compartir, siento un gran respeto porque tener que decidir es siempre una situación dramática, porque una elección conlleva a tomar alguna cosa y a dejar otras, y por lo tanto ninguno de nosotros puede reemplazar a la conciencia de otro. Frente a la conciencia se para cualquiera, también la Iglesia: el cristianismo es capaz de respetar la conciencia como ningún otro. Pero hay una cosa que no entiendo. La ferocidad de tener que defender la libertad de esta chica al querer morirse en un momento de su vida. No hay una supremacía de la libertad si ésta no está en relación con la verdad y con el amor, porque ésta es la gran palabra que le falta al hombre de hoy, es el amor auténtico. La Iglesia le recuerda al hombre de hoy qué es y en qué consiste realmente el amor. Que no es la pasión de un fin de semana, que no es solamente un destruirse a sí mismos, convirtiendo el propio cuerpo en una mercancía, como Benedicto XVI nos lo recordó en su primera Encíclica, por lo cual si el amor es solamente una mercancía, se adquiere, se compra. El amor vive de gratuidad, el amor vive de saber dar la propia vida, no de quitarla, de dar la propia vida por siempre: esto es lo que la Iglesia tiene que recordarle al hombre de hoy. No existe libertad auténtica si no se vive en relación con la verdad sobre la existencia, teniendo en cuenta el que es el último objetivo de cada uno de nosotros, poder y deber amar en la forma apropiada. Si no vivimos así, no hay vida humana, no hay protagonismo alguno, no seremos nadie, porque sin amor no hay vida personal.
Sólo en la medida en que se ama, teniendo como principio aquel amor que es crucificado, allá donde todo está dado, allá dónde nada se tiene para uno mismo, allá hay un Dios que da todo de sí sin pedir nada a cambio, porque el hombre tampoco habría podido corresponder a la grandeza de aquel amor. Sólo cuando se ama en aquel modo, entonces seremos capaces de ser protagonistas de nuestra existencia, otra cosa, amigos míos, que hablar de arte y colgar sobre aquella Cruz, símbolo de amor y humanidad, una rana, y rehusarse a quitarla. Estas expresiones claman venganza al arte, son una blasfemia porque no hay posibilidad de defender el arte, porque el arte es belleza, no injurias. El arte es lo que permite la contemplación de la belleza, no la gratuidad del insulto a una fe. Pero estamos acostumbrados a esto, y desafortunadamente se da como obvio nuestro saber sufrir, porque no podemos olvidarnos de que estamos viviendo una situación en que, como en los primeros tiempos de la Iglesia, los mártires todavía son actuales. 14 personas, si no 30, fueron asesinadas, sólo porque llevan el Santo Nombre Cristiano, más de 40 iglesias fueron destruidas, no sé cuántos oratorios, no sé cuántas casas fueron quemadas, como fruto de un fanatismo que hasta es censurado por la televisión, por los medios de comunicación. Sólo ocurre porque somos Cristianos.
Creo que ulteriormente, hay que darle voz a esto, porque son nuestros hermanos, viven en una región lejana de la nuestra pero nos pertenecen. En el momento en el que se ensaña sobre ellos, se ensaña sobre nosotros, porque nosotros somos un cuerpo solo: ésta es la realidad de la Iglesia. Somos un sólo cuerpo porque vivimos de un sólo Bautismo, porque sólo hay un Espíritu, porque hay una sola llamada, hay una sola fe y hay sólo una esperanza a la que todos estamos llamados. Por esto siempre me hace sonreír cuando oigo hablar de "injerencia de la Iglesia", como si la Iglesia hablara solamente para Italia. La Iglesia le habla al mundo, la Iglesia siempre le habla al hombre, a cada mujer, le habla a cualquier persona que está en busca del sentido de la propia vida. Pero déjenme decir esto también, tenemos algunas cartas por jugar: y es lo que permite a la Iglesia, en el curso de sus 2000 años, ser aún hoy protagonista en la vida de las personas. Porque, a diferencia de muchas fuerzas que están presentes en el mundo, la Iglesia vive de un encuentro interpersonal con cada uno. La fe, hermanos míos, se transmite así, lo que se creyó en el pasado y lo que es transmitido de generación en generación sólo ocurre de este modo, porque dos personas se encuentran, se miran a los ojos, una transmite la experiencia que tuvo de Cristo y la otra se percata de que es creíble. Si no fuéramos creíbles, entonces el mundo no nos insultaría, porque pensaría que somos de los suyos. Precisamente porque somos creíbles, precisamente porque somos capaces de dar mártires, precisamente porque todavía hoy somos capaces, ininterrumpidamente, de citar aquella palabra de vida, que es una palabra que desde hace 2000 años suscita continuamente el deseo de cambiar la propia existencia, precisamente por esto el mundo no nos quiere. A cada uno se le da el espacio necesario, porque no somos todos iguales, de hecho somos protagonistas de nuestra propia vida. En cambio el mundo de hoy nos quiere en una masificación total, nos quiere como números, ya lo somos, de muchas maneras, pero digamos que no, digamos que somos personas, y que persona, por identidad semántica, significa relación.
Miren una curiosidad en la que muchas veces no se piensa. El término persona, como está en la acepción de hoy, es decir entrar en relación, casualmente viene del cristianismo. Una de las grandes conquistas que el mundo de hoy adquirió, se debe a nosotros, porque en el siglo cuarto, cuando se empezaba a tratar de transformar este término, que quería decir "máscara", se transformó a la luz del concepto de Dios que es Trinidad. Puesto que los cristianos hablaban de Dios como persona, y como una persona que ama y que está en relación, y es Padre e Hijo y Espíritu, entonces esta relacionalidad también pasa a cada uno de nosotros. Somos personas, no somos individuos cerrados en nosotros mismos, somos personas abiertas, personas que desean un espacio de libertad, siempre y cuando éste sea siempre y solamente con referencia a la verdad y al amor. Más que todos los demás, nosotros podemos ser aliados de este hombre moderno. Esta expresión "más que todos los demás, nosotros podemos ser sus aliados" es una expresión antigua, que se remonta, si no me equivoco, a la Carta de Barnabé. "Más que todos los demás nosotros somos sus aliados". Quizás es esto, lo que deberíamos entender, en un período de gran urgencia como el nuestro, la urgencia de una formación global del hombre de hoy, ya no fragmentado en muchas situaciones diferentes sino siempre y solamente capaz de poder ser él mismo.
Amigos míos, no creo en la injerencia de la Iglesia en la vida de la sociedad; la Iglesia vive en el mundo, la Iglesia somos nosotros que estamos aquí presentes, ¿No estamos presentes en el mundo? ¿La próxima semana, no recomenzaremos a volver a los pupitres, a las universidades, no iremos a trabajar de nuevo a las oficinas, no seremos parte de este mundo? ¿El hombre con el que tenemos que hablar, encontrarnos, no es también quizás cada uno de nosotros? No somos otra cosa distinta. Ciertamente, la Iglesia en su realidad está en el mundo pero no es del mundo, porque Jesús nos dijo esto. Pero nosotros participamos completamente en lo que es la realidad del mundo de hoy. Respiramos el mismo aire que el hombre moderno. El gran problema es tener que darnos cuenta de ello, no volverse una isla, sino ser fermento. Ésta es nuestra realidad, no una isla que alrededor suyo crea murallas chinas intransitables, no nos pertenece como imagen de la Iglesia. Nosotros - Jesús nos lo dijo - somos el fermento que alimenta la pasta, es por esto que tenemos que estar presentes, es por esto que nadie podrá encerrarnos en las sacristías, como la modernidad hubiese querido. No estamos en las sacristías, estamos en el mundo, nadie podrá cerrarnos la boca. Porque si no hablamos, no habrá nadie que tenga una palabra de esperanza para este hombre extraviado de hoy. Entonces, aún en los casos más dramáticos, aquellos casos que tocan el sentido de la vida, aquellos casos, amigos míos, déjenme decirlo con un hilo de gran tristeza, que también encuentran gran confusión entre nosotros, porque desaforadamente oí demasiadas personas - aunque fueran tres o cuatro son demasiadas - que pensaron que era justo dar muerte a Eluana. De nosotros no se puede esperar una palabra de muerte, de nosotros se puede esperar solamente una palabra de vida, la primera Carta de Juan sobre esto es clara: la vida se hizo visible y nosotros la vimos, "Lo que vimos con nuestros ojos, lo que tocamos con nuestras manos, lo que escuchamos con nuestros oídos, es decir el Verbo de la vida" - porque la vida se hizo visible -,“lo comunicamos también a ustedes, para que nuestra alegría sea también su alegría". Si por un instante olvidáramos esto, el hombre de hoy estaría desesperado, es decir sin esperanza. No nos lo podemos permitir.
Es por esto que, y concluyo, debemos tener una gran consideración en el corazón: hermanos míos, cuando se cree y se cree de verdad, se da la vida, y nosotros tenemos muchos testimonios de esto. Cuando se tocan los principios fundamentales del vivir, del dar sentido a la vida, sobre esto no se discute, se da testimonio. Cuando se tocan los fundamentos de la existencia, debemos darle certezas al hombre de hoy, no dudas, porque se trata de vivir basándose en la roca que es Cristo, siempre, dondequiera que sea, a pesar de todo. Aquí no es cuestión de diálogo, aquí sólo es cuestión de saber dar una palabra que dé certeza a la vida. Aquí necesitamos, una vez más, recobrar nuestra identidad en profundidad, quiénes realmente somos, a quién pertenecemos hasta el final. Permítanme concluir con una breve expresión de una persona que espero que se vuelva pronto beata, John Henry Newman, del que tengo que decir que, con mucha insolencia, se ha querido confundir una profunda amistad con algo que no toca mínimamente la vida de los santos y la vida de cada uno de nosotros. Porque el hombre de hoy, siempre está acostumbrado a equivocarse, el hombre de hoy quiere ensuciarse continuamente de barro. Y como no está contento consigo mismo, salpica de barro por otros lados y también a otras personas. John Henry Newman fue un gran pensador, fue un gran sacerdote, fue una persona que tuvo el valor de revisar sus propias posiciones, un gran convertido del siglo XIX. En una de las páginas de la Apologia pro vita sua, escribía lo siguiente: "Yo nunca permitiré que aquel acontecimiento que le dio sentido a mi vida pueda ser considerado como un resto arqueológico; es cierto, vivió hace más de veinte siglos pero su palabra es una palabra para hoy, su persona vale para hoy, su mensaje de amor vale para hoy". Nosotros, amigos míos, somos cristianos, nadie nos lo puede quitar – permítanme decirlo - este orgullo de serlo, podrán quizás en algunos momentos cerrarnos la boca, podrán humillarnos, podrán no darnos espacio, podrán matarnos. Pero nosotros somos cristianos, le pertenecemos a Cristo. Nosotros no pertenecemos a un momento, nosotros pertenecemos a la historia porque hicimos la historia. Gracias.

MODERADOR:
Gracias, Excelencia, esperamos que este aplauso del Mitin acelere la canonización del gran Newman, que fue también uno de los grandes amores de nuestro padre don Giussani, que nos lo mostró por la pasión a Cristo que informaba sobre toda su inteligencia y su capacidad afectiva. En todo caso, esté tranquilo porque, hoy en el vibrar de sus palabras, el cristianismo, el que usted llamó el acontecimiento, citando a Newman, no resuena como resto arqueológico. Porque todo el desafío cristiano está en la contemporaneidad, en el hoy de aquél que hace dos mil años era un joven hombre hebreo, que dio vida a la aventura más entusiasmante. Y por esto, desde entonces, introdujo en el mundo la gran provocación. Ahora escuchemos a Monseñor Negri que, en cuanto a la capacidad provocativa, no tiene nada que envidiarle a casi nadie.

LUIGI NEGRI:
Aprovecho esta invitación de Alberto, además de agradecer a Su Excelencia Monseñor Fisichella y al doctor Mazza por lo que observaron acerca de mi libro. Quisiera darle a mi breve intervención el valor de un coloquio corto, repetir a mí y a ustedes aquellas pocas grandes cosas que le permiten al hombre vivir, trabajar, amar, sufrir y, en el momento en el que ocurra, morir. El hombre que dio una contribución determinante a mi personalidad humana, cristiana, cultural, moral, don Giussani, nos enseñó que la cultura es conciencia crítica y sistemática de la experiencia. La cultura no se hace con los libros, sino en las cosas y sobre las cosas, se hace sobre la realidad, se hace encontrando a los hombres. Por la profesión que tenía, encontré la modernidad en el rigor despiadado, que quiere decir sin piedad, con la que se convirtió en el más terrible proyecto cultural, social, político, de crear un hombre sin Dios, una sociedad sin Dios, instituciones sin Dios, que habrían transformado la sociedad entera - según la potente intuición de Grossmann - en un campo de concentración.
La encontré y sentí que esta deriva totalitarista, nihilista, golpeaba a los hombres de nuestro tiempo, golpeaba a mis compañeros del bachillerato, golpeaba a mis chicos en la universidad y en el bachillerato, golpeaba la vida de la sociedad. La modernidad, un enorme, terrible proyecto, el más terrible proyecto ateístico que haya ocurrido en la historia, como lo decía el entonces Cardenal Wojtyla, predicando los ejercicios a Pablo VI en el lejano 1976. Y a la vez - ésta es la tragedia vivida cotidianamente -, la pérdida del hombre, la pérdida del individuo, no sólo la creación de la injusticia, de la violencia.
Aquella terrible cuestión puesta por Benedicto XVI: la apostasía de Cristo conduce a la apostasía del hombre de sí mismo. La modernidad es este rigor ideológico, potencia tecnológica, porque la tecnociencia es la herencia extrema, radical, penetrante de la modernidad, pero al mismo tiempo significa que el hombre muere, el hombre muere. En 1980, el Papa Juan Pablo II, visitando Turín, dijo, usando una expresión de Ireneo di Lion "es posible que el hombre muera". Yo vi morir - no físicamente sino moralmente – a muchos que no se merecían esta muerte, porque llevaban en el corazón una pregunta inexorable, inagotable, que nadie supo acoger. Creo que es esto lo que nos evoca la palabra modernidad: es posible que el hombre muera, sin embargo no está muerto. Ésta es la bofetada que recibimos, ésta es la bofetada que mi generación, la de los primeros amigos de don Giussani, recibió en la vida cotidiana de cada día, en los ambientes, en las escuelas, en las universidades, en los barrios. ¡El destino del hombre! Porque una cultura sirve al destino del hombre o es papel residual, para botar.
Me permitirán entonces la segunda sugerencia, que evoco para mí y para muchos de ustedes que ya la habrán oído muchas veces. Las dos frases capitales, que realmente significaron en mi vida intelectual y en mi trabajo una maduración de todo aquello que viví desde la edad del bachillerato en adelante, un viraje memorable. La primera es una frase de un gran congreso sobre "Evangelización y ateísmo", quizás también estabas tú, el 15 octubre de 1980, cuando aún hacían las cosas pensándolas en grande. El Papa Juan Pablo II dijo: "¿Cómo no reconocerlo con admiración? El hombre resiste frente a estos asaltos repetidos, a estos fuegos cruzados del ateísmo pragmático, neopositivista, psicoanalítico, existencial, marxista, estructuralista, nietzscheano". Un examen perfecto y radical de la modernidad, y de la posmodernidad. "La invasión de las prácticas, la desestructuración de las doctrinas, no impiden sino que por el contrario hacen surgir también, en el corazón mismo de los regímenes oficialmente ateos, como en el seno de las sociedades llamadas consumistas, un innegable despertar religioso. En esta situación contrastante, hay un verdadero desafío que la Iglesia debe afrontar y un compromiso gigantesco que debe realizar y para el cual necesita de la colaboración de todos sus hijos: volver de nuevo cultura la fe, en los diferentes espacios culturales de nuestro tiempo, reencarnar los valores del humanismo cristiano."
La otra frase es aquella central, capital, del número diez de la Redemptor Hominis que es, a mi modo de ver, la raíz más profunda y la capacidad de expansión más grande que haya tenido el magisterio de Juan Pablo II: "El hombre queda para sí mismo como un ser incomprensible, su vida es priva de sentido si no encuentra a Jesucristo". Es a este encuentro que yo asistí, el encuentro entre la generación que empezaba a repensar sobre el problema de la propia existencia y sentía, contra todos los consumismos y conformismos, contra todas las desesperaciones o las satisfacciones - aquellas satisfacciones y desesperaciones que conviven muy bien juntas, como una vez tuvo el coraje de decir el gran Arzobispo de Boloña, hoy emérito, Giacomo Biffi, diciendo de su ciudad, es decir de todo el mundo, "harta y desesperada" -, contra todos los "ismos" que existan…
Una generación que empieza recientemente pero luego crece, un aumento de gente que se pone en marcha hacia el Misterio, que parte de sí pero, como decía el gran Pascal, "por el hecho de que se pone en marcha está ya más allá de sí", porque el hombre supera infinitamente al hombre. La generación de los que buscan a Dios, pero lo buscan como el sentido profundo de la propia existencia, como la raíz de la propia felicidad, la raíz de lo bello, del bien, de lo verdadero y de lo justo. Un encuentro entre la generación de los que buscan Dios, que los salmos elevaron a la más grande profecía de la Encarnación, con la generación de aquéllos que por gracia, no porque lo merecieron, llevan dentro, frente a esta compañía, el testimonio de una cosa imposible para el hombre pero que Dios hizo, porque el verbo de Dios se hizo carne y habita entre nosotros, y su presencia vuelve al hombre infinitamente más hombre de lo que era en el origen y lo encamina hacia el cumplimiento de aquella verdad de Dios que supera cada deseo, como decía la liturgia de la semana pasada. Vi que en estos años nacía esta extraña, profunda compañía que, arraigada ya en el presente, vive y construye el futuro.
La generación de aquéllos que buscan a Dios y le cerraron el camino y la puerta del propio corazón a cada tentación ideológica y el camino de los católicos que no son gente que añade a la vida de todos lo superfluo de algunas liturgias dominicales, de algunas lectio divina o de algún pietismo semanal, sino los que en cambio dan el grande y alegre testimonio de que sólo en Cristo está contenida la posibilidad de una humanidad auténtica y plena. Esto es lo nuevo que vibra entre nosotros, en el mundo, ésta es la modernidad que inicia. Se terminó la modernidad equivocada, inicia una nueva modernidad, que es como decir que terminó el laicismo y hoy los cristianos se pueden encontrar con los laicos, es decir con los que la tradición católica llama "los hombres de buena voluntad."
Por último déjenme citar una de las frases más bellas que he aprendido en todos estos años de convivencia con don Giussani. A menudo don Giussani decía que una de las inteligencias filosóficamente más vivaces del siglo pasado francés, Gabriel Marcel, amaba decir: "Ama a quien dice al otro: tú puedes no morir". Tengo que confesar frente a todos ustedes, sin temor de ser arrogante, porque nadie conoce mis límites mejor que yo, que no ha pasado un día de mi vida, desde cuando tenía diecisiete años hasta hoy, en el que no haya sentido, frente a cada persona que se perfilaba en el ámbito de mi conocimiento, el deseo, y por lo tanto la decisión, de decirle: "Amigo, tú puedes no morir, es solamente que veas en la profundidad de tu corazón que quiere el Misterio, es solamente que trates de ver este Misterio que viene a ti". Porque, como decía San Ignacio de Loyola, y para mí no es una cita de poca importancia nombrar a San Ignacio de Loyola, "Dios salvará a cualquiera, mandará más bien a un ángel". Para la mayor parte de ustedes que están aquí, el ángel vino, se trata de que se decidan a corresponderle. Gracias.

MODERADOR:
El hombre queda para sí mismo…

LUIGI NEGRI:
Como les decía hace muchos años a los “giesinos”, "ahora basta".

MODERADOR:
El hombre queda para sí mismo como un ser incomprensible si no encuentra a Jesucristo. Estas palabras de Juan Pablo II, recordadas en la intervención de - no logro llamarlo Monseñor -, don Negri, son la contribución que nosotros queremos llevar, como pasión a la vida de los hermanos hombres, a este mundo que Su Excelencia Monseñor Fisichella identificó repetidamente con el término de "extraviado". Decía: "Que nosotros podemos más que todos los demás ser aliados del hombre moderno". ¿Por qué siento que puedo ser aliado? Porque yo, y muchos de nosotros, habríamos sido nada más que aquella humanidad extraviada si, en un momento dado, no hubiese ocurrido un encuentro. Porque solos, decía, no habríamos salido de esta enfermedad mortal que dice que nada vale, que nada interesa, que nada mueve más el corazón. Nos ocurrió, y quisiéramos que ocurriera a los demás a través nuestro, aquella cosa espectacular que dijo: "La Iglesia quiere reabrir los ojos del hombre". ¿Qué puede ser más entusiasmante para un hombre que poder abrir los ojos de nuevo sobre la realidad, conocer y por lo tanto gozar de lo que lo real le hace surgir por delante? Porque ésta es la aventura cristiana que nos hace sentir más modernos que los modernos, más adelante que los que se creen más avanzados en nuestra sociedad. Y con el Mitin buscamos realizar esto, ofrecer como ejemplo, sabiendo que es una nada, pero es una nada - como decía don Negri ahora - en el cual se divisa algún rasgo de un nuevo inicio.
¡Como es de interesante que ellos no se hayan detenido en la queja, como sucede a veces, a menudo, sino que nos hayan relanzado el desafío! Por la grandeza de lo que nos ocurrió, creemos poder dar una contribución. Hay un libro que algunos de nosotros estamos leyendo desde hace casi un año, es de don Giussani, se llama "Se puede vivir así", donde él muestra cómo las palabras cristianas que la modernidad trató de expulsar de la vida del hombre - la fe, la esperanza, la caridad, la obediencia, el sacrificio -, no son otra cosa con respecto a las palabras humanas sino que son su verdad. Esta verdad no es el fin de un discurso sino que es el contenido de una experiencia, que se puede hacer hoy como hace dos mil años. Antes de dejarnos y después de agradecer a nuestros tres huéspedes, y desear a don Negri continuar en sus producciones, sólo me permito recordar que dentro de poco, a las 17 en el auditorio D7, se desarrollará el encuentro "A las raíces de la diversidad: más allá del multiculturalismo", que tendrá como protagonistas al teólogo anglicano de la universidad de Nottingham Milbank y al teólogo de la facultad teológica de Madrid Javier Prades, introducidos por Roberto Fontolan, que es el director del Centro Internacional de Comunión y Liberación. También les recuerdo que, terminado el encuentro, don Negri estará en la librería, para quién lo quiera, para firmar copias de su libro. Gracias a todos y buenas tardes.

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