Inmigraciones y Mediterraneo, qué enseña la historia
autor: Massimo Guidetti
fecha: 2016
fuente: Migrazioni e Mediterraneo: cosa insegna la storia
Publicado en el n. 37 de Atlantide
traducción: María Eugenia Flores Luna

El incontenible movimiento de grupos de poblaciones que interesa a las sociedades italiana y europea plantea una interrogante también a nuestro modo de mirar el pasado. El paradigma aprendido en los textos escolares y desarrollado luego en pocas o muchas lecturas transmiten la imagen de un movimiento de la historia orientada hacia la contención de la movilidad y la sedentarización: después de los disturbios producidos por los movimientos de los bárbaros en los últimos siglos del imperio romano, se describen el progresivo asentamiento de la población, la toma de posesión del territorio a través de la difusión de prácticas agrícolas comunes que requieren estabilidad, la fundación de aldeas y el desarrollo de las ciudades, la estructura religiosa a través de la red de las parroquias y los vínculos de solidaridad, institucionales y económicos además de la piedad de las grandes órdenes monásticas, luego la organización de los Estados territoriales la difícil definición de sus confines y del equilibrio de sus relaciones.

Esta imagen deja de lado la presencia casi continua de movimientos de población y la dinámica relación que une de modo inseparable procesos de sedentarización y fenómenos migratorios, por lo que uno es difícilmente comprensible sin el otro porque ambos contribuyeron a la par en la constitución del tejido histórico. Proponemos algunos casos significativos de estos eventos, que afectaron la gran península europea, el cambiante mundo de las estepas en Oriente y, el Mediterráneo en el sur.

Romanos y bárbaros

El imperio romano, que incluso puede ser tomado como ejemplo de estabilización en territorios en los cuales ejercitaba su autoridad, operó una incesante mezcla de grupos: asentamiento de colonias de veteranos después de largos años de servicio militar; transferencias punitivas; asentamiento de grupos bárbaros en áreas abandonadas para favorecer la recuperación de la economía agropastoral y el crecimiento demográfico indispensable para alimentar al ejercito; creación, por razones estratégicas, de núcleos militares estables, con el colateral asentamiento de familias, artesanos, comerciantes. Como en todas las políticas imperiales, el gobierno de la población no venía en función del interés de los ciudadanos, sino de las necesidades económicas y militares del imperio. Una práctica administrativa consolidada y flexible ofrecía diversos modos de relación entre viejos y nuevos grupos de población a fin de reducir al mínimo los inevitables contrastes y antagonismos. La combinación se vuelve la regla para las ciudades y para muchas provincias.

El fundamento de la convivencia estaba en la participación común en los beneficios ofrecidos por el imperio: la pax romana garantizaba los cultivos, las aldeas, el comercio y el ejercicio de la justicia; las vías de comunicación eran seguras y vigiladas; el mismo estilo de vida acomunaba a habitantes de ciudades aun muy lejanas entre sí. En el caso de los bárbaros, un eficaz sistema de filtros consentía a los mejores el ascenso social. Conscientes de los orígenes mixtos de su ciudad, los romanos no tuvieron nunca prejuicios para acoger grupos de diversa proveniencia ni para asimilar a quien fuera hábil y capaz de hacerse valer. Con el tiempo singularmente los barbaros obtuvieron cargos de alto nivel sin alcanzar el ápice del rango social y del privilegio, la fortaleza de la identidad romana constituida por la alta aristocracia y por la corte. Al menos hasta cuando el imperio conservó la capacidad de gobernar los grupos que se asentaron.

Los musulmanes en España

A partir del 710-711 la llegada de grupos de diversa proveniencia y de fe musulmana inauguró una nueva fase de la historia de la península Ibérica. Ocupando cerca de dos tercios de su extensión, sirios, yemeníes, bereberes de las diversas tribus se asientan con sus familias. Después de pocas décadas obtiene el gobierno de esta realidad compuesta el último representante de la dinastía Omeyas de Damasco, que los rivales Abasíes habían expulsado del Oriente. Al inicio del siglo X ‘Abd al-Rahman III se autoproclamó califa, con un gesto de fuerte valor simbólico a nivel interno e internacional.
Los aportes de población provinieron tanto del vecino Occidente islámico, hoy Argelia y Marruecos, como de los ya bien lejanos territorios de Oriente, desde la Mesopotamia, hoy Irak. Más que de militares, se trataba de funcionarios expertos del derecho y de la administración, de médicos, literatos, artistas y poetas. En las ciudades y en las aldeas existentes se asentaron en función de las exigencias administrativas y de defensa, en las campiñas irregulares, mezclados entre la población existente.

Los recién llegados trajeron el islam y la lengua árabe, pero también sus propias formas de organización social basada en la alianza de clanes. Por cuanto se entiende de los datos históricos y arqueológicos ninguno de los dos componentes - ni aquel oriental ni aquel originario, romano-visigodo, numéricamente predominante - tuvo fuerza suficiente para asimilar a la otra y se formó como consecuencia una sociedad compuesta. El paso de numerosos cristianos a la fe de los gobernantes, motivado por obvias ventajas materiales y sociales, no implicó el abandono de los rasgos antropológicos originarios de la población romano-visigoda.

Algunos todavía emigraron más allá de los Pirineos y a los reinos septentrionales que seguían independientes. A mediados del siglo IX, la incomodidad maduró en la búsqueda del martirio voluntario entre algunos cristianos de Córdoba, no seguidos sin embargo por la mayoría de la población cristiana ni de su autoridad. A esta composición social original es debido el florecimiento económico, artístico y cultural de al-Ándalus, el nombre que las tierras bajo el gobierno islámico recibieron ya a pocos años de la conquista.

Nobles y comerciantes en los Estados cruzados

Un caso límite de conquista y colonización fue aquel de los Estados cruzados en Siria y Palestina. Quienes, después de la victoria y la conquista de Jerusalén, decidieron quedarse en Oriente tuvieron que afrontar un nuevo tema: organizar territorios de la población mixta, poco o nada conocida, en parte cristiana (oriental) y en parte musulmana. Barones, caballeros y altos dignitarios eclesiásticos recurrieron al sistema político-institucional a ellos conocido, aquel feudal, basado en una cadena de lazos personales de fidelidad según los cuales se articulaba el ejercicio del poder y de la jurisdicción. Con ellos llegaron también monjes, guerreros, peregrinos, sacerdotes y aventureros, también con sus familias. Arquitectos, artesanos y artistas tenían que subvenir a las necesidades cotidianas y simbólicas de la sociedad que se estaba constituyendo.

Las relaciones de ultramar eran garantizadas por el asentamiento de las comunidades mercantiles provenientes en particular de las ciudades marítimas italianas; en la costa se desarrollaron florecientes ciudades hacia las cuales estaba orientado también el comercio a larga distancia del lejano Oriente. A todos los recién llegados se abrían grandes perspectivas de enriquecimiento y de promoción social. No llegaron en cambio colonizadores y esta sociedad feudal tuvo una base campesina constituida por cristianos de Oriente y musulmanes, quienes habían quedado durante la conquista y quienes, huyeron, habían sido invitados a regresar donde los nuevos señores. Con el tiempo se crearon inevitables ocasiones de combinaciones.

Los latinos descubrieron fascinados las ciudades de Oriente; un cronista de la época anotaba que los nuevos señores “se sienten igualmente sirios, antioqueños, armenios… y cada uno de ellos habla muchos idiomas”. Miembros de la alta nobleza latina pero también nobles menores se unieron en matrimonio con princesas armenias, sirias y bizantinas. Las Iglesias hechas construir por feudatarios cruzados repetían las técnicas de construcción y los estilos arquitectónicos románico y gótico; en la arquitectura militar a los modelos importados se une la recuperación de tradiciones locales de ascendencia romana, bizantina y árabe.

Entre las tradiciones artísticas locales siríaca, copta y bizantina, y la tradición occidental se produce una hibridación de lenguas evidente en muchas obras allí producidas. Tampoco faltó reconocimiento por el mundo artístico del islam: algunos aspectos arquitectónicos influyeron en los arquitectos cruzados y la belleza de las decoraciones, unida a la gran habilidad técnica de la ejecución, impulsó a importar mucha manufactura de producción árabe-islámica en Occidente, influenciando gusto y sensibilidad artística. La experiencia, como sabemos, se concluye cuando de las regiones internas de Siria que habían siempre mantenido bajo su control, de la Mesopotamia y del Egipto los principios islámicos se movieron a conquistar uno tras otro los Estados cruzados y expulsar a los latinos, contra los cuales al antagonismo político y militar se había unido la oposición religiosa.

El éxodo de los hebreos sefarditas de España y Portugal

Otras veces se trató de la fuga desde lugares que se habían vuelto intransitables por razones políticas y económicas. El caso más emblemático es aquel de los sefarditas, los hebreos españoles y portugueses que desde el final del 1400, frente al requerimiento de renegar su fe como condición para permanecer en su País, prefirieron ir al mar y buscar nuevas posibilidades de vida en las ciudades atlánticas y mediterráneas, hasta Salónica y Constantinopla, tanto en tierras cristianas como islámicas. Llevaron consigo, además de las riquezas personales y la habilidad en el comercio, también el conocimiento de una red de relaciones mediterráneas de fuerte relieve económico y político. Donde encontraron gobernantes dispuestos a acogerlos, a pesar de la oposición de las autoridades eclesiásticas y la desconfianza de la población, su presencia favoreció el desarrollo de los intercambios y de las producciones artesanales, además del crecimiento demográfico, relevante en estos siglos pobres de hombres.

Ellos mostraron gran capacidad de adaptarse al ritmo de los Países donde se asentaron, conservaron en sus comunidades el uso de las lenguas ibéricas y contribuyeron grandemente a la difusión del arte de la imprenta, según sus necesidades y de los cristianos circundantes. En el gran ducado de Toscana el crecimiento de Pisa y Livorno en mil quinientos y Seiscientos se debió mucho a su asentamiento, atraídos por la previsión política de los Médicis concretizada en las libertades y privilegios concedidos con las autorizaciones conocidas come Livorninas, en vigor hasta 1836.

Los italianos y la modernización de Egipto en el siglo XIX

Otras razones de desplazamiento, tan antiguas como el mar, están en el ejercicio del comercio y de las artes. Las colonias mercantiles creadas en edad medieval en las costas del Mediterráneo oriental por las ciudades marítimas italianas, en particular por Génova y Venecia, continuaron también después de la caída de su fuerza comercial. Dotadas muy pronto de una dinámica demográfica propia, enriquecida por los aportes de individuos provenientes de las otras poblaciones del imperio, ellas negociaron las modalidades de la propia presencia con los funcionarios bizantinos y con aquellos otomanos. Sus habitantes entraban en la categoría general de los “francos” o de los “católicos”; a menudo carecían de protección consular o bien se inscribían en los registros de algún consulado europeo (preferido el de Francia). Sólo después del Congreso de Viena los cónsules piamonteses se convirtieron en referencia para las comunidades italianas.

En el siglo XIX nuevas olas migratorias fueron motivadas por razones de exilio político y por la búsqueda de trabajo. La comunidad italiana en Egipto, hasta mediados de siglo la más numerosa entre aquellas europeas, fue enriquecida por la inmigración de operarios, maestros de obras, tipógrafos, periodistas, arquitectos, artistas, profesores, arqueólogos y estudiosos, juristas y funcionarios.
Los italianos se insertaron en la larga onda de la modernización del País, inaugurada en las primeras décadas del siglo por la política de Mehmet Ali y continuada por sus sucesores. Sus conocimientos técnicos, administrativos, arquitectónicos y artísticos contribuyeron al desarrollo de varios sectores de la vida egipciana. El italiano era la lengua franca y hasta el 1876 fue la lengua oficial de la administración pública.

El carácter multiétnico del País - donde convivían árabes musulmanes, árabes cristianos (coptos), hebreos, turcos y otros grupos levantinos - facilitó su inserción en modo pacífico y de colaboración en la vida urbana. Ellos disfrutaban además de un régimen jurídico favorable, basado en las “capitulaciones” estipuladas entre potencias cristianas e imperio Otomano; dependían de sus cónsules y podían practicar la propia religión. Se trató de una relación colonial, de tipo original, que favoreció el crecimiento de élites locales en las ciudades y en la administración pero inició a deteriorarse en 1882, con los desplazamientos de los habitantes de Alejandría y la revuelta de los oficiales guiados por Urabi Pascià.

Su objetivo era “Egipto a los egipcianos”, pero la consecuencia fue el paso a un régimen colonial directo impuesto por el gobierno británico y por la influencia financiera francesa. Entre los efectos de reacción a esta experiencia, recordamos que algunos hábiles artesanos de la madera, que muestran considerables capacidades empresariales, supieron sacar inspiración de los motivos decorativos locales y reproponerlos en Italia y en Europa poniéndose entre los primeros de aquel movimiento general del gusto que miraba con fascinante interés el arte islámico.

Godos y Longobardos en Italia: dos diversas estrategias

Un ahondamiento en cuanto a complejidad e implicaciones de los procesos migratorios en el largo periodo es ofrecido por la confrontación entre expectativas y consecuencias de la acción de godos y longobardos en Italia, donde alcanzaron en rápida sucesión el deterioro del imperio romano. En 488 un ejército compuesto de godos y otros grupos se traslada hacia Italia con mujeres, siervos y bestias, bajo la guía de Teodorico, de noble estirpe goda, creció durante su juventud en la corte de Constantinopla. El emperador Zenón les había confiado el encargo de poner orden en otros grupos bárbaros presentes en la península. Siendo numéricamente pocos, una vez vencedores los godos eran el único ejército organizado y se encontraron disfrutando de un poder casi soberano. Habrían podido destruir aquel mundo, en cambio escogieron permanecer al interno del marco imperial, que era referencia de identidad también para las poblaciones italianas y sus aristocracias.

Teodorico y sus consejeros, godos e itálicos, elaboraron el proyecto de una sociedad en la cual a los godos esperaba la guerra y la defensa, a los romanos la producción y los negocios. Bajo la tutela de la ley los dos grupos habrían podido vivir lado a lado, cada uno según sus propias costumbres. La diversa forma de cristianismo – arriana para los godos y Nicena ortodoxa para los romanos – no debía ser obstáculo porque “la religión no puede ser impuesta por el imperio y nadie está obligado a creer si no quiere”, como escribió el rey Teodorico a los hebreos de Génova. Era la mejor lectura bárbara de potencialidades del imperio, pero el proyecto no se realizó porque en el giro de algunos años los godos mostraron querer vivir como los itálicos y estos rechazaron la pax gothica y pidieron ayuda a los bizantinos, a los cuales les fue bien después de décadas de una guerra sangrienta que empobreció Italia.

Después de pocos años los longobardos, ya aliados de los bizantinos en Panonia, decidieron pasar a la península para hacer espacio a grupos de ávaros provenientes de Oriente, buscando quizá un empresa gloriosa que consintiera al rey Alboino consolidar la propia autoridad en los diversos pueblos que componían su ejército, en realidad su pueblo. Después de una avanzada que encontró escasa oposición local, con la muerte de Alboino y de su sucesor Clefi, la fragmentación del ejercito longobardo en diversos grupos rivales y la oposición militar de los bizantinos que gobernaban Ravena, el centro y el sur de la península, abrieron con las poblaciones itálicas un conflicto áspero y difundido.
El imperio ya no constituía un proyecto de convivencia ni para unos ni para otros y la pacificación pudo venir sólo con un proceso durado diversas generaciones. Debieron lentamente madurar en ambos pueblos el deseo de poner fin a la contraposición frontal y al juicio que sobre las oposiciones vueltas al pasado tenían que tener ventaja las exigencias del presente y la perspectiva de un futuro de paz.

Documentos y monumentos muestran que los longobardos adquirieron lentamente el sentido del territorio como su hogar estable, comparándose con todo lo que ello transmitía respecto a los modos de vivir asociado, sus ciudades y su fuerza organizativa y cultural. El edicto de Rotario (643), escrito en latín, abrió la vía para considerar destinatarios de la actividad legislativa longobarda también a los itálicos. Por su lado, carentes de perspectivas imperiales, estos últimos tuvieron que abandonar la oposición al “bárbaro” y redefinir el propio rol en la sociedad que se estaba constituyendo.

También la conversión al cristianismo ocurre según un proceso lento y extenso: no hubo gestos clamorosos ni grandes controversias de religión, sino la acción de numerosos protagonistas: monjes misionarios, sacerdotes bizantinos, papa Gregorio Magno (que incluso vivía en territorio bizantino), nobles que aceptaron fundar iglesias bautismales en sus tierras. Al descender a Italia los longobardos eran prevalentemente paganos antes que arrianos y el arrianismo no constituyó nunca un factor de identidad decisivo. La adhesión a la forma trinitaria de la fe cristiana no fue impuesta por la fuerza sino ocurre en la multiplicidad de encuentros, estimulada por la fascinación de algunas figuras: santos ermitaños, la reina de origen bávara Teodolinda, Columbano y sus monjes, santos de la tradición como Juan Bautista y Miguel. No obstante el histórico Pablo Diácono, repensando en las cuestiones de su pueblo, pudo leer en filigrana en el cristianismo trinitario un tema profundo de su historia, un signo del amor de Dios por ellos y uno de los fundamentos de su encuentro con los itálicos.

Estas cuestiones, como muchas otras no recordadas aquí, muestran que los movimientos de poblaciones siempre se introducen creativamente en una red de relaciones compleja en el tiempo y en el espacio, por múltiples motivos y por los resultados más variados. A partir de esta toma de consciencia, que el discurso histórico ofrece en la reflexión general sobre las migraciones, será posible adquirir aquella mirada proyectada más allá de la urgencia inmediata que parece indispensable para inventar modalidades de convivencia capaces de futuro.

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