Israel, donde todos son extranjeros
autor: Donatella Di Cesare
Edoardo Castagna (entrevistador)
fecha: 2014-01-08
fuente: Israele, dove tutti sono stranieri
traducción: María Eugenia Flores Luna

Es un Estado, un pueblo, una historia, una religión. Israel está al mismo tiempo inmerso en el mundo y por encima de ello, categoría del pensamiento con infinitas facetas - y cada una de éstas, a su vez, cargada de infinitas implicaciones. Entre geopolítica, historia y filosofía: y justo filosófico es el enfoque que Donatella Di Cesare - docente de Filosofía teorética en la Sapienza y vicepresidente de la Sociedad heideggeriana - da a su Israel. Tierra, retorno, anarquía, que será publicado mañana por Bollati Boringhieri (110 páginas, € 12,50). Más bien: «El mío – declara - es el primer libro filosófico sobre este tema: la cuestión de Israel está insertada en el contexto de la globalización y la decadencia del Estado-nación. Israel se ha convertido en el subrogado del judío en la retórica antisemita. ¿Se habla del Estado de Israel? ¿O bien del nombre con que es llamado todo el pueblo hebreo? Yo he tratado de eludir la alternativa reflexionando sobre el futuro del Israel actual a la luz del antiguo Israel y por tanto del Torá. Espero contribuir a revisar viejos estereotipos, a superar cercos y barreras, para salir de aquella lógica de la beligerancia de la que también padece la información sobre el conflicto».

Israel histórico, Sionista, Estado-nación… ¿Cómo se superponen y cómo se sobreponen estas categorías?
«Estoy convencida de que el Sionismo político, aquel de Herzl, haya tenido el mérito de conseguir una ciudadanía hebrea y un “Estado de los judíos” mientras la modernidad se acababa. El precio ha sido, en cambio, el rechazo a la calidad de extranjero, es decir a la vocación de Israel. Una vez fundado el Estado-nación, emerge en efecto la tragedia del Sionismo: si antes era el individuo judío, admitido como ciudadano, quien quedaba un paria, después del 1948 es el Estado de Israel el paria entre los Estados-nación. He aquí porqué he retomado y desarrollado aquella corriente del Sionismo cultural o filosófica que, desde Buber hasta Lévinas, mirando más allá del Estado ha confiado a Israel una tarea mucho más amplia. Ha visto en el retorno a Sión no la instauración de una patria nacional sino la abertura de un nuevo orden del mundo».

Excepcionalidad de Israel y ganas de normalidad de los israelíes: ¿cómo se puede desatar - si se puede desatar - esta tensión?
«Al deseo pequeño-burgués de normalización hay que oponer la vocación a ser extranjero que ha guiado por siglos al pueblo hebreo. ¿Que la tarea de Israel no sea la de subvertir el orden estado céntrico del mundo? Lo había ya intuido Hannah Arendt. He aquí porqué el emerger de Israel es para mí el emerger de tiempos nuevos. Es como si, en la historia de los pueblos que a lo largo de los siglos han ido repartiéndose el planeta, Israel haya regresado para disturbar esta repartición, para denegarla en medio de las fronteras, justo en aquella tierra».

¿Cuánto la peculiaridad del área geográfica - para los cristianos, la Tierra Santa - incide en la percepción ideal de Israel y en el destino del Estado histórico? Una de las acusaciones más frecuentes usadas en Israel es haber ocupado las tierras ajenas, aquellas de los palestinenses…
«Sí, muchos querrían ver aquí la ilegitimidad de Israel, su pecado original. Mi intento es invertir la acusación. Es un tema tocado recientemente por intelectuales sobre posiciones opuestas, desde Samuel Trigano a Judith Butler. ¿Pero qué quiere decir “tierra prometida”?. En el hebraísmo quiere decir que la tierra-madre es reemplazada por una tierra-esposa, que no puede ser reivindicada por un derecho adquirido. En la tierra prometida Israel es llamado pues a testimoniar la posibilidad de un nuevo habitar recordando a sí mismo y a los otros que nadie es autóctono, es decir nadie es indígena. No lo son tampoco incluso los palestinensesos, que cometen a su vez el error de reclamar un ser autóctonos. La tierra prometida es concedida a quien viene de fuera, a quién ya es separado, a quien llega como extranjero. Es para hacer de tal manera que los pueblos que la habitan se vuelvan extranjeros y que los extranjeros encuentren su residencia. Así, para ambos, podrá ser tierra de asilo. Porque cada pueblo es invasor de una tierra que no le pertenece y que sólo puede habitar si conserva el recuerdo de ser extranjero. En la Tierra nadie es autóctono: hay que reactivar el estatuto de “extranjeros residentes” para delinear una nueva política. Por eso cito al inicio del libro un versículo del Levítico que me parece particularmente actual: “Mía es la tierra, porque ustedes son extranjeros y residentes provisionales en Mí tierra”. Somos todos huéspedes e inquilinos. Deberíamos recordarlo bien también en Italia. La condición de “extranjeros residentes” es la única en la que para la Torá es permitido habitar la tierra. La tomo sea para reafirmar los derechos de una ciudadanía abierta, desarticulada del Estado, sea para mirar el conflicto medioriental bajo una perspectiva inédita».

En la época de la globalización, de los confines cada vez más lábiles con respecto a la edad del Estado-nación, ¿todavía tiene sentido hablar de “dos pueblos y dos Estados”?
«Según yo, no. Y son muchos ya que dudan que sea ésta la road map para la paz. Bajo el impulso de la globalización los confines de los Estados individuales parecen explotar desde dentro. El conflicto entre Israel y Palestina debe ser leído como el conflicto entre una sociedad post-nacional y una sociedad proto-nacional. Está aquí en gran parte la dificultad: las dos partes no se encuentran, también porque se encuentran en fases diferentes de su historia. ¿Pero tiene sentido multiplicar confines y límites e hipotizar pues dos Estados? ¿No entra esta solución en el paisaje de una modernidad tardía? Haría falta en cambio pensar en nuevas formas de soberanía y sobre todo de ciudadanía para una tierra que es refractaria en los confines porque es en sí una frontera, es más bien el umbral de la Transcendencia».

Y entonces ¿cuál puede ser el camino hacia la paz en la región?
«Estamos acostumbrados a entender la paz sólo negativamente, como la superación nunca definitiva de las hostilidades. Por tanto la guerra nos parece un remedio inevitable, mientras que no logramos ni siquiera imaginar la paz. ¿Hay un modo para salir de este círculo que va de la guerra a la guerra? ¿Para entrever un más allá? Ahora bien, es justo la preocupación cotidiana por el otro lo que lleva más allá de la guerra. Lo que quiere decir que la paz no va pospuesta a un fin por venir. El círculo se parte y la guerra es interrumpida por una paz anárquica que deniega la prioridad de la guerra, que invierte el orden. Shalom es en hebreo el nombre de Dios y quiere decir la paz que, no plantea, irrumpe con la justicia».

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