Juan de la Cruz. Explorar la palabra para "narrar" a Dios
autor: Stefano Arduini
fecha: 2016-05-20
fuente: LETTURE/ Juan de la Cruz, esplorare la parola per "raccontare" Dio
traducción: María Eugenia Flores Luna

La "lucha de los místicos con el lenguaje" del cual hablaba Michel de Certeau se encuentra en las "Obras espirituales" (1618) del místico español Juan de la Cruz.

El lenguaje de los místicos vive del exceso así como lo que quieren conocer es excesivo.
Los místicos viven la gran contradicción debida al objeto de su discurso que es en sí mismo inexpresable. La palabra logra tocar lo indecible y por tanto el místico busca el repertorio de su discurso no en el lenguaje abstracto de la especulación, sino en el lenguaje concreto de la experiencia.

La idea de la experiencia y de lo inefable del lenguaje estarán siempre unidos en los místicos, no diversamente de cuanto ocurrirá en los románticos alemanes como Novalis. Santa Teresa dirá a menudo: "lo sé por experiencia" o "me puede entender quien ha tenido alguna experiencia". La experiencia será la forma de lucha de los místicos con el lenguaje, contra aquella que Jorge Guillen llamaba "la insuficiencia del lenguaje". De la experiencia nace la necesidad de un lenguaje que tenga una condición nueva que rompa los planes habituales de la percepción planteando una visión de la realidad desde el interno del sujeto hasta el infinito donde se coloca Dios.

En la mística, como en la poesía romántica, para comunicar la dificultad de expresar lo inefable, lo indecible, se recurre a la acumulación de planos. En el plano lingüístico se tienen estructuras que se basan en la unión de contrarios, paradojas, oxímoros. Por ejemplo "vivo sin vivir en mí" o "rayo de tinieblas" del Pseudo Dionisio o el "sueño vigilante" de San Gregorio de Nisa. La unión de los contrarios es el resultado de la búsqueda de un lenguaje nuevo que permite contemplar una nueva realidad, una realidad, en la que las palabras rompen su orden lógico.

Una rotura absolutamente original que inaugura una estética del vaciarse, del perderse, de la oscuridad. San Gregorio de Nisa ha enseñado que "el verdadero conocimiento de Dios consiste en el comprender que es incomprensible, rodeados por todas partes, como en una niebla, por su incomprensibilidad". También Gerhard Tersteegen, el místico alemán del siglo XVII, alude al oscuro santuario y la oscuridad, concepto sobre el cual insiste toda la mística, tiene que ver con el infinito.

Los hombres, escribirá Wittgenstein, tienen el impulso de arrojarse contra los límites del lenguaje. Tal impulso lleva al místico a tratar de traducir en el lenguaje que conoce algo que de todas formas siempre le parece intraducible. Así, si de un lado piensa que cualquier traducción sea imposible, del otro recurre a todo lo que puede ayudarlo a traducir. Interpretar lo divino es posible solo a condición de traducirlo en palabras. Pero el lenguaje corriente es limitado y entonces hace falta recurrir a todas las lenguas y a todas las tradiciones que regeneren aquellas palabras, les den un nuevo sabor. Es la "lucha de los místicos con la lengua" de la cual hablaba Michel de Certeau (Fábula mística, Bolonia, El Molino 1987). Una lucha que tiende a romper las reglas ordinarias forzando al extremo las estructuras del discurso.

Esta idea la encontramos claramente expuesta en la introducción que Diego de Jesús ha hecho en la primera edición de las Obras espirituales, de Juan de la Cruz editadas en Alcalá de Henares en 1618. Diego escribe que el místico puede usar "términos imperfectos, impropios y diversos", "viciosos en exceso" y "rebajarse a similitudes no decorosas". Esta diversidad es la manifestación de la lucha interna del místico que está obligado a mostrar y no a decir, pero sólo puede mostrar diciendo. Juan de la Cruz subraya abiertamente este aspecto en el Prólogo al Cántico espiritual donde indica las extrañas imágenes y semejanzas, el despropósito como cifras específicas de su palabra pero también como signos de la experiencia mística.

Las figuras extraordinarias son el lugar de la contradicción. El lugar en que el lenguaje alcanza otra temperatura porque logra sólo de este modo testimoniar la experiencia de lo divino. Es un modo de significar que permite ver el mundo en modo anticuado. No es casualidad que Juan de la Cruz prefiere, para indicar el contacto con lo divino, la metáfora de la "sobria ebrietas". Es una antigua metáfora. Podemos hacerla remontar al menos a Filón de Alejandría que a menudo usa el oxímoron (De ebrietate 146-149; De fuga et inventione 166).
Las figuras relacionadas a la contradicción meten a prueba la comprensión y por eso son algunas de las figuras preferidas por todos los místicos. Producen un choque cognoscitivo que rompe certezas definidas e ilumina las cosas. Según esta tradición las expresiones lingüísticas que conciernen a Dios están destinadas a volverse paradójicas. La paradoja crea una laceración porque pone a prueba la pereza intelectual, porque asume el riesgo de lo absurdo para expresar nuestras contradicciones.

Este llevar el lenguaje a consecuencias extremas se manifiesta ejemplarmente en el uso que Juan de la Cruz hace de la metáfora. Metáfora creadora, que se abre al abismo de la alteridad indecible de lo divino. Una inefabilidad la cual señalaba el Pseudo Dionisio. Escribe el Pseudo Dionisio en el De divinis nominibus que Dios es, en su total alteridad, totalmente inefable. Lo que más se acerca a su comprensión es un vacío sin palabras. Ningún nombre puede ser predicado de Dios que está más allá de todo conocimiento tradicional. Por tanto todo intento positivo de acercarse a Dios es falaz. La única manera es aquella de un vacío total de palabras y pensamientos que lleve a la experiencia de la unión.

Una unión que es también sentir físico de Dios, unión espiritual que implica una completa identidad corpórea. La experiencia humana tiene que ser llevada al límite para poder encontrar la experiencia divina, es sólo en este proceso creativo que Dios puede manifestarse.
Juan de la Cruz tiene bien presente esta tradición cuando escribe en el prólogo de Cántico espiritual:
"…porque el Espíritu del Señor que, morando en nosotros, viene en ayuda de nuestra debilidad, como dice San Pablo (Rm. 8, 26) pide por nosotros con gemidos inefables aquello que nosotros no podemos entender bien ni comprender claramente. En efecto, ¿quién podrá escribir aquello que Él hace entender a las almas enamoradas, en las que habita? ¿Y quién podrá manifestar con palabras aquello que les hace sentir? ¿Quién aquello que les hace desear? Cierto, nadie puede, y no lo pueden ni siquiera las almas que Él toca. Este es el motivo por el cual con figuras, comparaciones y similitudes, aquellas almas dejan entender algo de aquello que sienten y de la abundancia del espíritu vierten secretos y misterios antes que ofrecer una explicación racional.

El símbolo y las figuras se convierten pues en el modo de mostrar una experiencia que es la única alternativa al silencio. Juan de la Cruz lo reconoce explícitamente cuando escribe que los enunciados místicos no pueden ser interpretados según una lógica lineal porque aquella sabiduría no tiene necesidad de ser comprendida distintamente para suscitar un sentimiento en el alma.

Es en este sentido que la poesía en Juan de la Cruz se puede interpretar como un verdadero proceso de traducción de los significados habituales en el lenguaje de la experiencia, hecho de imágenes y sensaciones no verbales. Se trata de un vaciarse de la comunicación ordinaria a favor de una comunicación superior y extraordinaria. La única comunicación posible es aquella por vía negativa, pero esta puede ocurrir sólo a través de materiales que proceden de otros códigos que no pueden ser sólo verbales y son derivados de la realidad. Estos pueden traducirse verbalmente sólo en símbolos y metáforas.

Un arrojarse precisamente contra los límites del lenguaje.

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