Kepler y las "armonías celestes"
autor: Mario Gargantini
fecha: 1991
fuente: Le "armonie celesti" di Keplero
(llevado por Uomo di scienza, uomo di fede, LDC, Torino-Leumann 1991

¿Quién ha dicho que una visión metafísica o hasta mística no pueda ofrecer ocasiones preciosas para el progreso de la investigación científica?
No nos referimos al taoísmo y a las filosofías orientales, hoy muy de moda entre los físicos; en estos casos, más que proveer sugerencias a la investigación científica, la filosofía desenvuelve la función de cobertura y auxilio epistemológico para superar (aparentemente) los cuellos de botella en que la física subnuclear se ha metido.
Quisiéramos más bien regresar a aquel tormentoso período, pasado a la historia con el nombre de "revolución científica" pero vivido por sus protagonistas en forma bien poco revolucionaria.
También es el caso de Johannes Kepler, uno de los primeros y acreditados partidarios de la cosmología copernicana.

Entre Platón…

Vivió, como Galileo, entre los años 1500 y 1600, en una tierra afligida como Alemania, sufre más que ninguno de todas las dificultades ideológicas y espirituales de la época; logrando sin embargo transformar aquellas fervientes tendencias contradictorias en riqueza de imágenes e de ideas.
La primera de las tres leyes suyas, bien conocidas, la que coloca la Tierra sobre una órbita elíptica con el Sol en el centro, es quizás igualmente "revolucionaria" cuanto la hipótesis heliocéntrica de Copérnico. El mismo abad polaco, así como Galileo, no osaron menoscabar el dogma platónico de la circularidad de los movimientos de los cuerpos celestes, símbolo de uniformidad y perfección. En cambio Kepler no titubeó a romper la barrera, seguro del apego a los datos de las observaciones adquiridas en los años de colaboración con el gran astrónomo Tycho Brahe.
Como incluso no evita entrar en contrasto con Galileo sobre la cuestión de las mareas, siendo acusado por este último de haber "prestado fe a propiedades ocultas y otras parecidas fantasías de este tipo."
En ambos casos tuvo razón él; pero se necesitó más de un siglo y el genio sintético de Newton, para demostrarlo.
A pesar de estas posiciones progresistas, el “humus” cultural de Kepler era impregnado de tradición clásica. Iniciando justo con Platón. Es evidente la referencia al filósofo griego en la difícil construcción del modelo kepleriano del sistema solar. Kepler no poseía todavía la clave interpretativa de los movimientos planetarios (que será proporcionada por la ley de Newton); por otro lado tenía que explicarse por qué los planetas obedecían a sus tres leyes, obtenidas de las observaciones empíricas.
He aquí entonces la apelación a Platón, a la asombrosa arquitectura del cosmos, diseñada en el Timeo y basada en los cinco poliedros regulares.
En el Mysterium Cosmographicum, el científico alemán fuerza las órbitas planetarias sobre esferas concéntricas inscritas y circunscritas en los cinco sólidos platónicos: cubo, tetraedro, pentadodecaedro, icosaedro y octaedro. Pero no se trata solamente de una hipótesis fantástica: Kepler como todos los nuevos físicos, fue ante todo un matemático y antes de proponer su modelo había "calculado": ahora bien, el hecho sorprendente es que la relación entre los radios de los planetas deducidos de las observaciones directas se adecuaban muy bien a las relaciones sacadas de la construcción geométrica. Hoy sabemos que eso no basta para establecer una ley física: es necesaria la comprobación del experimento. El esfuerzo de Kepler es una demostración sintomática de un momento pasajero donde la insuprimible tentación del hombre de fantasear inicia a someterse al rigor de las matemáticas y a obedecer a los resultados de los instrumentos de observación.
Sin embargo algunos cronistas han subrayado el carácter abiertamente alegórico y simbólico del Mysterium Cosmographicum, que lo acerca todavía más al Timeo platónico. Conservando algunos símbolos antiguos, el autor los traduce en la visión cristiana (Kepler fue protestante): así el pentadodecaedro, que simbolizaba la belleza del entero universo para Platón, aquí encierra la órbita de la Tierra y por lo tanto el hombre "fin de toda creación". Como incluso la simetría platónica es conservada poniendo la Tierra en medio a los planetas.
Quizás Kepler no se habría ni siquiera molestado demasiado por las afirmaciones de Arthur Koestler que ha firmado este trabajo suyo, como "pseudo-descubrimiento": más fuerte era la exigencia de evitar la separación forzada entre los implacables caminos de la ciencia cuantitativa y la potente visión del mundo basada en la hipótesis de un Creador bueno.
Ciertamente no se puede no estar de acuerdo con Poincaré cuando afirma que "esta idea no tenía nada de absurdo pero era estéril, puesto que la naturaleza no está hecha así."

… y Pitagora

Estéril en cambio no se ha revelado la convicción, de los pitagóricos, que "Dios geometriza siempre". Convicción abrazada positivamente por Kepler al punto de hacerle escribir un gran tratado sobre la armonía del mundo (Harmonices mundì). Y si los griegos han acuñado el término cosmos, que significa belleza además que orden, la ciencia de todos los tiempos ha encontrado en la geometría un instrumento conceptual para dar a la belleza un soporte objetivo y riguroso.
Los físicos y los biólogos modernos descomponen en sus ordenadores mil millones de números para encontrar nuevas simetrías y nuevas estructuras que hay que aplicar a los fenómenos naturales; la misma cosa ha hecho Kepler, con los instrumentos en ese entonces disponibles.
Y, siguiendo a Pitágoras, ha visto en las armonías musicales el paradigma de toda la realidad. La razón de eso está en una analogía cósmica que vería reflejada en todos los fenómenos la precisa armonía de las relaciones geométricas existentes entre los cuerpos celestes e grabada por el Creador en el universo como un código genético.

La analogía trinitaria

Y estéril no se ha revelado ni siquiera la analogía trinitaria, la más escandalosa a los ojos iluministas de los modernos, si ha llevado a Kepler a ser el primero en defender públicamente la hipótesis copernicana y a encontrar las bases para las tres leyes; que quedan válidas incluso en la era de la relatividad y de los viajes espaciales. La preferencia de Kepler por un universo heliocéntrico antes que geocéntrico fue expresamente de origen metafísico. "Yo buscaré esta analogía en mi futura obra cosmográfica…. El Sol en el medio de los astros móviles, él mismo inmóvil y por lo tanto fuente de movimiento, es la imagen del Creador, de Dios Padre. Él distribuye su fuerza motriz a través de un medio que contiene los cuerpos en movimiento, del mismo modo en que Dios Padre crea a través del Espíritu Santo". Por lo tanto Sol, astros y espacio interestelar como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Es a partir de una visión impregnada de actitud apologética medieval que Kepler llega a las conclusiones más modernas alcanzando, en la Astronomía Nova, casi a tocar el principio de la gravitación universal newtoniana, probablemente con demasiada anticipación con los tiempos históricos. Y adelantando una visión de la atracción entre los cuerpos más cercana al concepto de "campo", con que los físicos modernos describen todas las distintas interacciones: gravitacionales, electro-magnéticas y nucleares.

Las fuentes de la ciencia

La ciencia ha crecido también por obra de gente como Kepler, con todo su misticismo y sus "fantasías."
El siglo de las luces, que tanto se ha presumido de haber llevado a cabo la revolución científica, ha ignorado el origen de la inspiración de muchos grandes científicos: quizás para no tener que admitir que tal origen era la visión cristiana de la vida y de la historia. Así, en su "arrogancia racionalista", como la llama Koestler, nos ha transmitido una historia trunca, privada de los orígenes de la más bella aventura. Y, lo que es peor, ha acostumbrado historiadores y científicos a subvalorar los orígenes. Al punto de inducir un espíritu sensible como Einstein a ceder al lugar común declarando (1952) que "Kepler era un protestante devoto" pero su éxito científico dependía del haberse "liberado en gran medida de la tradición espiritual en que nació".
Si es verdad que la ciencia contemporánea padece de una crisis de legitimidad, personajes como Kepler y los científicos contemporáneos suyos constituyen una provocación y un testimonio precioso, sobre todo sobre el plan de las actitudes y de la impostación del origen.
Después de la borrachera positivista y neo-positivista, los científicos se han encontrado con pocas "razones" que puedan justificar la fatiga de la investigación: se han percatado que para conocer la realidad no es suficiente tener un método, aunque sea preciso: es necesario sobre todo una "motivación", un deseo, una expectativa, que trascienda el simple resultado científico y resista a las dificultades y al fracaso. Los jóvenes, hoy, no tienen dificultad de apreciar la eficacia del método experimental ni de asimilar los procedimientos: es más difícil convencerlos que puede valer la pena dedicar su trabajo al estudio de objetos lejanos millones de años luz, como las galaxias, o contenidos en millonésimos de metro como los fragmentos del Dna.
Kepler heredó de los siglos pasados "la fuente" de donde puede hacer fluir la esencia del conocimiento. Una fuente, como todas, que se abre camino en medio del barro, que surge entre las piedras y arrastra consigo manchas e impurezas: pero que es energía impetuosa y promesa de un camino fecundo.

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