La amistad conyugal
autor: Francesco Ventorino
fecha: 2012-06-02
fuente: L’amicizia coniugale, LineatempOnline n. 22/2012
traducción: Juan Carlos Gómez Echeverry

1. La afectividad

Don Luigi Giussani afirma que "la afectividad es lo mejor de nosotros"; pero dicho esto, - continúa Don Giussani - se puede hacer enseguida una pregunta: "¿Qué cosa estable podemos construir sobre nuestra capacidad afectiva? ¿Qué podemos construir de manera segura? ¿Qué cuentas se pueden hacer sobre la evolución de nuestra capacidad afectiva?”. Es ésta, en efecto, la gran pregunta que afana hoy a quienquiera que decide tener una familia o hasta desanima a muchos a conformar una. Si de un lado la afectividad es lo mejor de nosotros, del otro "el afecto es la cosa más frágil en nosotros". Por esto cuando nos percatamos que la sociedad la arruina y la descarta, nosotros, que somos víctimas de lo que nos circunda, nos convertimos en presa de nuestros proyectos económicos, del dinero, del gusto de ser servidos: triunfan estas cosas.
La afectividad es delicada y queda por tanto aplastada por estas preocupaciones. O bien, cuando la tomamos realmente en serio, cuando decimos que no nos interesa el dinero, no nos interesa el ser servidos, no nos interesan los proyectos económicos; cuando la tomamos en serio, tarde o temprano quedaremos desesperados,

porque si tomamos en serio, a diferencia del mundo, nuestra afectividad, a un cierto punto nos encontramos frente a una incapacidad que aparece más dramática, terrible. Por ejemplo, su culmen, la gratuidad, se entiende que es imposible (1).

La gratuidad es el ser amado por lo que somos en sí mismos, por nada más que por sí mismos: es éste el deseo profundo que hay en el corazón del hombre, el ser amado por lo que es en sí mismo; y cuanto más tú tomas en serio este deseo, tanto más te percatas que esto es imposible.
Por tanto la exigencia más preciosa que hay en el corazón del hombre es la más expuesta al fracaso, porque está expuesta a la violencia de la sociedad que sugiere otras prioridades y está expuesta a la fragilidad que tienes dentro de ti.
He aquí porqué hablar hoy de afecto reclama a tanta gente, porque cada uno quiere oír hablar de la cosa que más le interesa, y al mismo tiempo de la cosa que advierte como más ardua.
En este sentido aparecen significativos dos testimonios, que cito en mi libro.
La primera es de Jean Paul Sartre, que en Las palabras, luego de haber escrito que la muerte del padre le había devuelto la libertad:

menos mal que mi padre ha muerto, y ha muerto joven, de otro modo con su peso se habría tumbado sobre mí, se habría puesto sobre mí y me habría aplastado,

afirma que

No existe el buen padre, es la regla: no cabe reprochárselo a los hombres, sino al lazo de paternidad, que está podrido. Hacer hijos está muy bien, pero ¡qué iniquidad es tenerlos! (2)

Es un testimonio trágico de aquella incapacidad de gratuidad, que hace también dramático y sobre todo a la relación entre padre e hijo, por la cual el afecto se convierte en una cárcel y la muerte, es decir el destrozo de esta relación, se convierte en casi una condición de libertad.
El otro testimonio, que yo cito a menudo, me lo ha hecho descubrir una jovencita de segunda liceo clásico, una alumna mía que me sorprendió enormemente. Un día en la escuela he dicho: mañana no se hace ni Historia ni Filosofía, mañana leeremos poesías de amor; cada una de ustedes traiga la poesía de amor más bonita que conozca, aquélla en que se sienta mejor expresada. Ella ha traído una poesía de Shakespeare, la tradujo diligentemente del inglés y la leyó en clase. Es un soneto donde el amado le habla a la amada, y habla de la propia muerte, del destino de su amor cuando él no esté más:

No llorar por mí cuando estaré muerto, cuando oirás la tétrica campana funérea anunciar al mundo que yo he desaparecido
de este mundo, a morar con los gusanos más viles;
más bien si tú leas estas rimas, no recordar la mano que las ha escrito, porque yo te amo tanto que de tus dulces pensamientos quisiera desaparecer
si el pensar en mí tuviese que causarte dolor, y si (yo digo) leas estos versos
cuando yo estaré mezclado con la arcilla,
no repetir continuamente mi nombre,
sino que deja que tu amor se desvanezca con mi vida; así que el sabio mundo no mire en tu lamento y se burle de ti y de mí después de que yo no estaré más (3).

Éste es un testimonio igualmente trágico, porque dice que si bien cuando el hombre y la mujer alcancen la gratuidad en el amor, darían en todo caso al mundo un espectáculo ridículo, insoportable, porque la muerte desvelaría toda la inconsistencia de aquello. Amarse gratuitamente, apasionadamente, dar la vida por alguien no sirve, porque todo acaba en la nada. La afectividad, por tanto, pone al hombre las grandes preguntas: ¿es posible aquella gratuidad que es de ella la ley constitutiva? Y aunque fuese posible, ¿hay una razón suficiente para amar con esta gratuidad?
Don Giussani afirma que el amor sólo es posible en la adoración del otro. La gratuidad es justificable sólo si en la relación afectiva es posible adorar el otro, es decir amar en el otro lo absoluto, el absolutamente grande, el absolutamente importante, si es posible amar en el otro a Dios. La gratuidad, en efecto, es el amor al otro como a Dios: "No puede un hombre amar a una mujer, si no la mira amando su destino; uno no es compañero de otro, si no lo mira pensando en su destino" (4). Es exactamente aquello que ha afirmado Shakespeare: cuando tú amas a otro, no puedes pensarlo si no pensando en su destino.
Y cuenta de un chico que había tenido como alumno cuando enseñó en el Seminario de Venegono, "un tipo con carácter que no hablaba con nadie excepto que conmigo, que era su profesor". Y él, Giussani, le había dicho siempre: "Tú cambiarás cuando ames a una mujer". Encontrándolo después de muchos años, durante un viaje en tren, escuchó decir: "Sabe que debo darle la razón: me he enamorado y casado y estoy contento". “Y tenía de veras otra cara" – observa Don Giussani. Sin embargo…

A un cierto punto le he visto volver a tener el perfil irónico que tenía en el seminario: "Pero hay momentos en que pienso que yo tenía razón. Cuando le digo a mi mujer: Te adoro, tú eres mía, yo soy tuyo, te amaré para siempre, me viene el deseo de reír, porque entiendo que son todas pendejadas". Y yo le he contestado: "Pero si tú mirases a tu mujer como el emerger entre todo el mundo, de algo único…, como el emerger del misterio que hace el mundo y que a ti te toca, que tiene que ver contigo y te ama a ti. ¡Si tú la mirases como el punto emergente en el cual el misterio te prefiere, te ama, podrías decir a tu mujer “¡Te adoro!” Entonces podrías decirle “¡Te adoro!” verdaderamente. Si ella es el signo viviente, real del Misterio, puedes usar estas palabras en modo serio" (5).

Una indicación válida para todos: "Quien no entiende esto, no puede vivir con dignidad, con conciencia, con conocimiento, con responsabilidad, con deleite, la virginidad".
Porque el sentido de todo amor es la virginidad: la virginidad es, en efecto, el amor hacia el otro como aquel punto en el que el misterio de Dios se te hace más próximo; ella (la virginidad) es por lo tanto un amar capaz de adorar. Por el cual también la relación conyugal, justo en el acto sexual que lo expresa y alimenta, o asume en el tiempo la madurez de la virginidad o bien decae. Y entonces no decimos más “te adoro, tú eres mío, yo soy tuyo, te amaré por siempre", a la larga dejaremos de decirlo, hace reír, es una pendejada, ya lo sabemos bien, somos grandes, adultos.
La realidad, que es el contenido de la experiencia de la relación afectiva, "o es templo o es abismo sin sentido" (6). El templo es el lugar en el cual el misterio se hace presente, el misterio de Dios se hace presente. Por tanto la realidad o es el templo de Dios o es un abismo, el inicio de un abismo sin fondo, el inicio de la nada.
Son preguntas fundamentales, por tanto, las que definen el amor: ¿cuál es la naturaleza del amor y cuál es su destino? ¿ Cuál es el destino del amado? ¿Se puede amar con la conciencia que el otro está destinado a la nada? La grandeza del otro, en efecto, está en aquello para lo cual está destinado. De otra forma un amor al otro que no fuese un amor a su destino, sería una posesión en función del propio capricho, de un proyecto propio.

2. El matrimonio, amistad perfecta

El relato bíblico de la creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, al que Dios le pone al lado una ayuda, la mujer, plasmándola de su carne.
En el relato bíblico, ha escrito en su Deus caritas est Benedicto XVI, está presente la idea

que el hombre sea de algún modo incompleto, constitutivamente en camino para encontrar en el otro la parte complementaria para su integridad, es decir, la idea de que sólo en la comunión con el otro sexo puede llegar a ser «completo» […]. Y así, pues, el pasaje bíblico concluye con una profecía sobre Adán: «Por esto abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gén 2, 24) (7)

El eros, por tanto, "remite" al hombre al matrimonio, a una unión caracterizada por la "unicidad y definitividad"; así, y sólo así, se realiza "su íntimo destino”. El matrimonio se convierte así en el ícono de la relación de Dios con su pueblo y viceversa.

Este estrecho nexo entre eros y matrimonio en la Biblia casi no haya paralelo en la literatura por fuera de ella (8).

Luego en el Nuevo Testamento no se usa nunca esta palabra para indicar el amor, sino que se prefiere el término ágape.

En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según Friedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio. El filósofo alemán expresó de este modo una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino? (9).

En realidad, escribe el Papa, el cristianismo se opone a la “falsa divinización del eros" y al eros ebrio e indisciplinado, que no es subida al "éxtasis" hacia lo Divino, sino caída, degradación del hombre. Por tanto, incluso reconociendo que entre el amor y lo divino existe una relación (el amor promete infinitud, eternidad); al mismo tiempo afirma que, para alcanzar tal meta, son necesarias purificaciones y maduraciones, que pasan también por el camino de la renuncia. "Esto no es el rechazo al eros, no es su "envenenamiento" sino su curación en vista de su verdadera grandeza" (10).
El eros, en efecto, puede ser degradado a puro "sexo" y se convierte en mercancía, una simple "cosa" que se puede comprar, más aún el hombre mismo se convierte en mercancía.

Sí, el eros quiere levantarnos "en éxtasis" hacia lo Divino, conducirnos más allá de nosotros mismos, pero justo por esto requiere un camino de ascensión, de renuncias, de purificaciones y de curaciones (11).

El eros en el cristianismo tiende al ágape, a convertirse en "cuidado del otro y para el otro"; no es más búsqueda de sí mismo, sino del bien del amado: tiene que convertirse en renuncia, pronta al sacrificio.

El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad —sólo esta persona—, y en el sentido del « para siempre ». El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. (12).

En el fondo el amor es una única realidad, si bien con diversas dimensiones, el eros y el ágape; en su momento, de cuando en cuando, la una o la otra dimensión puede emerger mucho más.

Sin embargo, donde estas dos dimensiones se separan completamente la una de la otra se perfila una caricatura o en todo caso una forma reductiva del amor.(13)

"Si un hombre – dice Santo Tomás De Aquino -, uniéndose a su mujer en el acto matrimonial, "no ve en ella a algo distinto de la fémina, estando dispuesto a cumplir aquel acto también si no fuese su mujer, entonces el acto es pecado mortal, porque aquel puede llamarse "el amante de su mujer" (14).
El matrimonio, de hecho, es la forma más perfecta de amistad:

La amistad cuanto más grande es, tanto más es firme y duradera. Ahora entre marido y mujer nos parece que se encuentre la máxima amistad: ellos, en efecto, no sólo están unidos por el acto de la cópula carnal, que también en los animales es capaz de establecer una suave comunidad, sino por un consorcio de total comunión, (ad totius domesticae conversationis consortium); en señal de esto tanto para el hombre como para la mujer "deja también al padre y a la madre" como viene dicho en Génesis 2,24. Por esto es conveniente que el matrimonio sea indisoluble (15).

La fidelidad matrimonial tiene por lo tanto como fundamento aquel grado máximo de amistad que se establece entre el hombre y la mujer en el matrimonio. Es interesante verificar qué entiende Tomás por amistad. A su juicio, ella "añade al amar un re-amarse recíproco". Por tanto no es posible tener amistad con alguien, "si no se cree y no se espera tener con él sociedad y comercio familiar" (16).
Pero sobre todo la amistad es un amor de "benevolencia”, que se tiene sólo cuando queremos al otro por su bien. Si en cambio amamos al otro para nuestro bien "como cuando queremos el vino u otras cosas del género", entonces “no se tiene un amor de amistad, sino de concupiscencia". En efecto sería ridículo decir "que uno tiene amistad por el vino o por el caballo."
Pero a la amistad verdadera, como hemos dicho, "no le basta ni siquiera la benevolencia, sino que requiere el amor recíproco: porque un amigo es amigo para el amigo (amicus est amico amicus)" (17)
De la amistad, por tanto, cuya sustancia es un amor recíproco de benevolencia, es decir el amor al otro por lo que es en sí mismo, deriva la fidelidad y la indisolubilidad del matrimonio:

Lo que uno quiere para sí mismo, lo quiere siempre: en efecto, lo que es para sí, es para siempre; aquello que por el contrario quiere para otro, no es necesario que lo quiera siempre, sino en la medida en la cual sirve a aquello para que lo quiere (18)

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La amistad verdadera, además, es un amor tan grande que se extiende a todos aquellos que le pertenecen al amigo y a todos aquéllos que él ama, como la amistad con Dios es el fundamento de todo amor verdadero hacia todos aquellos que él ama, también hacia nuestros enemigos. En efecto "el amor puede ser tan grande que puede abrazar por el amigo aquellos que le pertenecen, aunque nos ofendan y nos odien" (19).
Y así Tomás nos introduce en el corazón del misterio del amor, que es participación en el amor con el cual Dios ama todo. Cualquier amor verdadero nos abre al todo, porque nos ata a la totalidad de la realidad a través de aquella parte de ella que es particularmente amada por nosotros. Todo amor verdadero nace de la profundidad del Ser y vuelve a su totalidad
Un amor verdadero te abre al amor que es Dios mismo, te lo hace más presente y por tanto mejor conocido. Ésta es la verdad profunda del amor conyugal: una amistad en la que se hace la experiencia de Dios, un ligamen particular y contingente, el cual está ligado con el todo y con lo eterno. La fidelidad, por tanto, a este ligamen coincide con la fidelidad a Dios, a Aquel del cual mana el ser y la capacidad de querer.
La amistad conyugal, finalmente, como Don Giussani nos ha enseñado, está en función de la creación de un pueblo:

De hecho, históricamente, Dios quiere la continuidad de aquella compañía inicial entre el hombre y la mujer y los hace padre y madre. Así, un hombre y una mujer no pueden fundar una relación estable y ser una compañía al Destino el uno para el otro, sino en cuanto están disponibles a colaborar en el designio que Dios tiene sobre el mundo, es decir con la creación, con la generación de un pueblo que recorra todo el camino de la historia para desembocar en el mar de la gloria definitiva de Cristo el último día (20).

Es verdad que el encuentro entre un hombre y una mujer en el matrimonio no puede ser definido por el objetivo exclusivo de tener hijos, sino antes de todo por ser compañía al Destino, lo cual es además la razón fundamental de cualquier compañía humana. Pero también con respecto a esto el matrimonio tiene una interferencia positiva sobre la vida del pueblo, porque este ligamen se convierte en ejemplo de cualquier otra compañía.

3. La tarea de la generación y de la educación.

La conexión entre la tarea de la paternidad y la fidelidad en la unión conyugal fue puesta en evidencia por Santo Tomás en su Summa Theologiae, cuando condenaba la fornicación, es decir la unión ocasional entre un hombre y una mujer. Ella es indebida precisamente porque carece de aquella totalidaddentro de la cual sólo puede ser acogida aquella vida que el acto mismo de la unión sexual tiende a generar:

Es evidente que para educar a un hombre no se requiere sólo el cuidado de la madre que tiene que amamantarlo, sino que se exige aún más el cuidado del padre, que debe instruirlo y defenderlo, y proveerlo sea de bienes externos como de bienes internos. Por tanto es contra la naturaleza del hombre la cópula ocasional, por el contrario es necesaria la unión de un hombre con una determinada mujer, con la cual él debe convivir no por un corto tiempo, sino por largo tiempo, o mejor por toda la vida. He aquí porque en la especie humana, por naturaleza el hombre se preocupa de estar seguro de su prole, porque a él le incumbe el deber de educarla. Pero esta seguridad sería eliminada, si se diera como usual la cópula ocasional. - Ahora bien este empeño a una mujer determinada se llama matrimon. Y es por esto que de ello se dice de derecho natural (21).

Luego en Supplemento, cuando se habla del sentido del término prole, se subraya todavía más la necesidad del cuidado de los hijos y de su educación, que reclaman una continuidad y un corresponsabilidad y que implica la fidelidad conyugal:

En el término prole no va incluida sólo la procreación, sino también la educación de la prole, a la cual está ordenada toda la actividad en común de los dos cónyuges: porque los padres, como San Paolo (2 Cor 12, 14), "acumulan tesoros para los hijos" (22)

Y todavía hay más:

En la intención de la naturaleza el matrimonio está ordenado a la educación de la prole, no sólo por un tiempo determinado, sino para toda la vida de los hijos. […] Por tanto, siendo la prole un bien común al marido y a la mujer, es necesario, según el dictamen de la ley de naturaleza, que su unión permanezca indivisa permanentemente. Y por lo tanto la indisolubilidad del matrimonio es de ley natural (23)

La separación de los fines del matrimonio, entre generación y amor recíproco, más allá de causar un grave daño a la vida de los hijos, siempre constituye un atentado a su unidad y a su indisolubilidad.
¿Pero como educar a la fe cristiana a las nuevas generaciones? ¿Cómo transmitirla a los propios hijos? La moderna reserva hacia el cristianismo, la dificultad hasta para comprenderle su lenguaje, hacen urgente la pregunta: ¿cómo proponer el cristianismo a los hombres de hoy?
Introduzco la respuesta con una afirmación del cardenal Ratzinger que puede aparecer sobrecogedora, pero que sugiere una indicación de método:

Si se observa la actual situación de la "historia" del espíritu, […] tiene que suceder precisamente un milagro que a pesar de todo se siga creyendo cristianamente […] con la fe plena y gozosa del Nuevo testamento, de la Iglesia de todos los tiempos. ¿ Cómo puede ser que la fe tenga en absoluto todavía una posibilidad de éxito? Diría porque ella encuentra correspondencia en la naturaleza del hombre. […] En el hombre hay una inextinguible aspiración nostálgica hacia el infinito. Ninguna de las respuestas que se han encontrado es suficiente; sólo el Dios que se ha hecho finito, para lacerar nuestra finitud y conducirla a la amplitud de su infinidad, es capaz de venir al encuentro de las preguntas de nuestro ser. Por tanto también hoy la fe cristiana volverá a encontrar al hombre. Nuestra tarea es la de servirle a él con humilde coraje, con toda la fuerza de nuestro corazón (24).

¿En qué consiste esta tarea de llevar adelante con humildad y coraje, con toda la fuerza de nuestro corazón? En el fragmento apenas citado se entrevén algunas pistas para recorrer.
Don Giussani escribía:

Mostrar la pertinencia de la fe con las exigencias de la vida y, por lo tanto// - este "por lo tanto" es importante para mí -, demostrar la racionalidad de la fe, implica un concepto preciso de racionalidad. Decir que la fe exalta la racionalidad, quiere decir que la fe corresponde a las exigencias fundamentales y originales del corazón de todo hombre” (25)

Pero el riesgo que se corre hoy más que nunca es el de concebir, proponer y vivir la fe como algo que no tiene que ver con la vida.
Ahora bien, decía Don Giussani, un Dios que no tiene que ver con la vida, con la vida de hoy, "es un Dios que no existe, es un Cristo que no existe, es un Cuerpo de Cristo que no existe; estará en la cabeza de los teólogos, pero no en mí, no puede estar en mí" (26), el cristianismo se presentaría así como una promesa no cumplida. Como una abstracción:

La separación entre cielo y la tierra es el delito que ha vuelto al sentido religioso o, mejor, al sentimiento religioso, vago, abstracto, como una nube que corre en el cielo y pronto se distrae, se debilita y desaparece, mientras la tierra permanece dominada – querámoslo o no - últimamente como ocurrió con Adán y Eva, por el orgullo, por la imposición de sí, por la violencia. El rabino de Roma, Elio Toaff, ha escrito en un libro reciente: "La época mesiánica es justo lo contrario de lo que quiere el cristianismo: nosotros [hebreos] queremos reconducir a Dios en la tierra y no el hombre al cielo. ¡Nosotros no damos el reino de los cielos a los hombres, sino que queremos que Dios vuelva a reinar en tierra". ¡Cuando lo he leído he saltado de la silla! Ésta es exactamente la característica del carisma con que hemos percibido y sentido el cristianismo, porque el cristianismo es "Dios en tierra" y nuestra obra, toda nuestra vida, tiene como propósito la gloria de Cristo, la gloria del hombre Cristo, del hombre-Dios Cristo. La gloria de Cristo es una cosa temporal, del tiempo, del espacio, de la historia, en la historia, más acá del último límite, porque del más allá es un asunto que a Él le corresponde hacerse gloria: coincide con lo eterno de allá, pero del acá, si yo no lo sirvo, Su gloria es menor (27).

La familia es exactamente el primer lugar en el que se puede mostrar cómo se tocan el cielo y la tierra, cuando el significado último de la historia y de las cosas, es decir la gloria de Cristo, se convierte en la forma de las relaciones cotidianas, la razón de su fidelidad y de su gratuidad. Sólo entonces se puede desafiar a los hijos, se puede provocar a la verificación de la propuesta cristiana; se lanza en efecto el desafío sobre el terreno de lo humano, justo como hacía Cristo, que prometía a sus interlocutores el céntuplo aquí abajo, mientras hacía ver ya en sí mismo esta posesión cien veces mayor en esta vida. Sólo dentro de una verificación semejante, acogida y experimentada, la fe se convierte en certeza madura, una certeza cada día cada vez más grande.
Sólo bajo esta condición la familia se vuelve el lugar donde el destino del hombre se hace presente en su belleza, y donde las decisiones grandes y definitivas se hacen posibles.
El hombre necesita relaciones en las que el mal no logre insinuar la sospecha sobre la bondad de la realidad, porque en ellas el amor de Cristo ha vencido.
De hecho, en El sentido religioso Don Giussani escribió:

La incertidumbre en las relaciones es una de las enfermedades más terribles de nuestra generación//: es difícil tener seguridad en las relaciones, empezando por la misma familia. Se vive como mareados, con tal inseguridad en la trama de relaciones personales, que ya no se construye el ser humano. Se construirán yen rascacielos, bombas atómicas, sistemas sutilísimos de filosofía, pero no el ser humano, porque éste radica en sus relaciones (28)

.

Hoy más que nunca son necesarias personas autorizadas, que den certeza a las relaciones humanas y por lo tanto sean capaces de educar en aquellas que el Papa en Verona, llamaba las decisiones definitivas:

Una educación verdadera tiene necesidad de despertar el coraje por las decisiones definitivas, que hoy son consideradas un vínculo que mortifica nuestra libertad, pero en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, en particular para hacer madurar el amor en toda su belleza: por tanto para dar consistencia y sentido a la misma libertad (29).

Va referido este cuadro al problema de la legitimación de las parejas de hecho, reivindicación insistente de una cierta cultura radical. Muchas parejas eligen convivir sin casarse porque no se sienten capaces de aceptar la convivencia jurídicamente ordenada y vinculante del matrimonio. Al origen hay por tanto una debilidad afectiva y una incapacidad de asumir decisiones definitivas para la propia existencia.
El matrimonio cristiano es el testimonio más elocuente puesto en el mundo por la inagotable fidelidad y misericordia del amor de Dios, testimonio que se realiza a través de la unidad y la fidelidad que el hombre y la mujer han sido hechos capaces de vivir en Cristo y en su Iglesia.

NOTAS

Mons. Francesco Ventorino es el autor del libro Amistad conyugal, Marietti 1820, 2007, pp. 146, (Ensayo introductorio de Rocco Buttiglione y Epílogo de Giuliano Ferrara)

1 L. GIUSSANI, Affezione e dimora (Afecto y morada), Rizzoli, Milano 2001, p. 449.
2 J.- P. SARTRE, Le parole (Las Palabras), trad. it., Il Saggiatore, Milano 1968, 20.
3 W. SHAKESPEARE, Sonetto LXXI. La traducción es aquella hecha en ese entonces por mi alumna.
Shakespeare Soneto LXXI|
No longer mourn for me when I am dead
Than you shall hear the surly sullen bell
Give warning to the world that I am fled
From this vile world with vilest worms to dwell:
Nay, if you read this line, remember not
The hand that writ it, for I love you so,
That I in your sweet thoughts would be forgot,
If thinking on me then should make you woe.
O! if, I say, you look upon this verse,
When I perhaps compounded am with clay,
Do not so much as my poor name rehearse;
But let your love even with my life decay;
Lest the wise world should look into your moan,
And mock you with me after I am gone.
Fuente: http://www.shakespeares-sonnets.com/sonnet/71 (ndr )

4 L. GIUSSANI, Affezione e dimora, cit., p. 115.
5 L. GIUSSANI, Affezione e dimora, cit., pp. 117-118.
6 Ibid., p. 313.
7 BENEDETTO XVI, Deus caritas est, 11.
8 L.c.
9 Ibíd., 3.
10 Ibíd., 5.
11 L. c.
12 Ibíd. 6.
13 Ibíd. 8.
14 TOMÁS De AQUINO, Summa Theologiae, Suppl., 49, 6, c.
15 ID., Summa contra Gentiles, 3, 123.
16 ID. Summa Theologiae, I-II, 65, 5, c.
17 Ibid. II-II, 23, 1, c.
18 TOMÁS De AQUINO, Summa contra Gentiles, 3, 112.
19 ID., Summa Theologiae, II-II, 23, 1, ad 2.
20 L. GIUSSANI, S. ALBERTO, J. PRADES, Generare tracce nella storia del mondo. Nuove tracce d’esperienza cristiana (Generar huellas en la historia del mundo. Nuovas huellas de experiencia cristiana), Rizzoli, Milano 1998, p. 101.
21 TOMÁS De AQUINO, Summa Theologiae, II-II, 154, 2, c.
22 Ibid., Suppl., 49, 2, ad 1.
23 Ibid., Suppl., 67, 1, c.
24 J. RATZINGER, Fede, Verità, Tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo (Fe, Verdad, Tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo), Cantagalli, Siena 2005, p. 143.
25 L. GIUSSANI, Il rischio educativo (El riesgo educativo), Rizzoli, Milano 2005, pp. 19-21.
26 Ibid., p. 22.
27 Ibid., pp. 22.23.
28 L. GIUSSANI, Il senso religioso (El sentido religioso), Edicione sEncuentro, p. 28.
29 BENEDETTO XVI, Discorso ai partecipanti al IV Convegno Nazionale della Chiesa Italiana (Discurso a los partecipantes al IV Congreso Nacional de la Iglesia Italiana), Feria de Verona, Jueves, 19 de octubre 2006.

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