La ciencia entre cognoscible y incognoscible
autor: Robert Pollack
Docente de Biología, Director del centro de estudios de Ciencia y Religión
fecha: 2008
fuente: La scienza tra conoscibile e inconoscibile
Publicado en el No. 14 de Atlantide (2008.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Intervención en la Conferencia Can Faith Broaden Reason? organizada por el Centro Cultural Crossroads, Nueva York, enero de 2008

La metodología de la ciencia

¿Puede la fe ensanchar la razón? Esta Pregunta se plantea en el confín entre lo cognoscible e incognoscible y sea mi fe que mi ciencia son desafiadas.

El concepto de incognoscible no es fácilmente aceptado para quien tiene una mentalidad científica, porque la ciencia actúa en un lugar totalmente diverso, en el confín entre conocido y desconocido. Ocuparse de lo incognoscible es un proyecto inmerso en la paradoja, que requiere hablar de lo inefable y medir lo inconmensurable.

Cuando me he encontrado frente al concepto de incognoscible distinto a lo que es desconocido, el shock ha sido tal de cambiar mi trabajo y mi modo de ver el mundo. La materia prima de mi profesión, lo ignoto, venía de este modo a ser limitada, y esto me parecía que subvirtiera profundamente toda la cuestión.

La ciencia avanza verificando hipótesis, o ideas sujetas a objeciones mediante el examen del mundo natural. Una hipótesis capaz de sostener la verificación experimental amplía la esfera de lo que es conocido, pero hipótesis científicas sobre lo incognoscible por definición no tienen significado, y eso pone un problema a la verificación.

En otras palabras, para nadie vale la pena perder un instante en el intento de demostrar científicamente la validez de un credo religioso. Por este motivo, primero es necesario adoptar una terminología operativa para lo incognoscible, sin recurrir a instrumentos científicos de verificación de las hipótesis. Si preguntan a un científico qué yace en el corazón de su trabajo, verán que no es la verificación experimental de las hipótesis – si bien para esto se venga invirtiendo la mayor parte del tiempo y dinero utilizados por la ciencia. Es la idea, el mecanismo, la intuición lo que justifica todo el resto del trabajo científico. El momento de la intuición que revela una nueva idea, mientras un instante antes había solo niebla, es el momento en que lo ignoto comienza a retroceder frente a la creatividad del científico.

Aquí, pues, se abre la primera puerta a lo incognoscible: ¿de dónde viene la intuición científica? Sin duda de algún lugar actualmente desconocido. Tomemos en consideración la posibilidad de que la intuición científica, como la revelación religiosa, provenga de un lugar intrínsecamente incognoscible. Los científicos concuerdan sobre el hecho de que existan muchas cosas que aún no conocemos, y que el confín entre conocido e ignoto - que la ciencia hace continuamente retrocedere - sea como la línea costera de una pequeña isla inmersa en el vasto mar de lo desconocido. Supongamos - formulando una hipótesis ulterior - que el mar de lo ignoto no sea el límite de todas las cosas y que lo ignoto mismo sea limitado, y se esfume en algo incognoscible, intrínsecamente inaccesible e inconmensurable.

La ciencia continuaría de todos modos a expandir el territorio a disposición de lo que está incluido. Con el crecimiento, en cada descubrimiento, de la extensión y de la complejidad de la línea de separación, a lo desconocido no quedaría otro límite más que lo incognoscible. La empresa científica habría garantizado un ilimitado futuro de éxitos, ninguno de los cuales se acercaría de un paso a lo incognoscible.

La intuición científica

Estas hipótesis - que lo incognoscible exista y que sea destinado a quedar como tal - ¿pueden ser verificadas con métodos científicos? Ciertamente no, dado que postulan conceptos que resisten a la verificación experimental. No obstante eso, ellas son una correcta representación de aquella experiencia humana universal que está fuera de la ciencia. Hoy, pues, son también coherentes con la experiencia efectiva de los científicos, aunque no con la ideología institucional de la ciencia organizada.

Lo incognoscible no es una categoría que fácilmente demuestre su existencia. Si se tratara sólo de un capricho de la mente, de una fantasía de la que no valiera la pena preocuparse, de la idea de algo que no puede existir, entonces sería suficiente responder: ningún incognoscible, ningún problema. No hay un método para excogitar a priori una buena idea; la intuición no puede ser hecha objeto de un análisis científico a priori. Siempre que se tiene una intuición, cada vez que se exclama « ¡Ah!», lo que un momento antes era impensable se vuelve obvio. ¿Dónde estaba la idea antes de ser pensada? Sólo enseguida, una vez que ella ha sido pensada, la ciencia puede comenzar a determinar qué cosa es conocido y qué cosa es ignoto, sirviéndose de la idea como guía. Pero antes de que la intuición viniera, no existía ni siquiera el pensamiento, la idea, de que hubiera una pregunta por plantear… Porque la intuición científica no puede ser frenada en el mecanismo de la verificación experimental, cada evento podría ser razonablemente el don de una fuente incognoscible.

Las buenas ideas afloran en la mente del científico como dones de lo incognoscible. A diferencia de los datos, ellas no son los trofeos de la lucha contra lo ignoto. La esencia de lo que es refutable es la reproducibilidad; la intuición es por definición algo irreproducible. Baste recordar lo raro que sean tales ideas en el curso de los centenares de años en que hemos tratado de comprender el mundo y a nosotros mismos mediante la ciencia. Sin embargo sin los instantes de intuición que emergen de la nada, la ciencia quedaría empantanada en una insensata repetición de actos que parecen serios, pero en realidad no sirven para nada, si no sólo para confirmar lo que ya se sabe.

La experiencia religiosa

La intuición científica no es el único ejemplo de don por parte de lo incognoscible. Otros eventos - que se verifican también ellos raramente, inexplicablemente, impredeciblemente - pueden dar significado a nuestra vida, igual que las intuiciones científicas pueden explicar el mundo externo a nosotros. Por significado, en este contexto, me refiero a una nueva comprensión proveniente del contenido interior, emocional de la experiencia, y no la comprensión intelectual que puede seguir, como ocurre cuando la experimentación demuestra la utilidad de una intuición científica. El significado, el objetivo, la teleología, el fin de las cosas: no se trata de conceptos naturalmente asociados a la ciencia, tales experiencias son generalmente definidas religiosas.

El evento central en campo científico – la improvisada intuición mediante la cual vemos con claridad una parte de lo que era ignoto - es sin embargo tan similar a estas experiencias religiosas que me induce a ver sólo una diferencia semántica entre “la intuición científica” y lo que es llamado, en términos religiosos, “revelación”. Esta diferencia queda pequeña, sea que se afirme que intuición y revelación provienen ambas de una nada carente de interés, sea que se afirme que ellas provienen de lo incognoscible que circunda todo lo que puede ser conocido, o que provienen de Dios. Las diferencias entre ciencia y religión, que se han cristalizado y convertido en un muro que las separa, no residen en la diversidad semántica entre intuición y revelación. Que estemos preparados o no, las experiencias proféticas y las intuiciones científicas ocurrirán con la misma rareza, irracionalidad e imprevisibilidad. Las verdaderas diferencias derivan de los usos diversos que se hacen de las intuiciones científicas y de la revelación. En ambas, la intuición asume la forma de la visión de un mecanismo invisible y escondido. En el campo científico, tales intuiciones son transformadas en guías para comprender cómo funciona la naturaleza, reduciendo así nuestra ignorancia del mundo que nos circunda.

La revelación, como guía a la formación del compromiso religioso, es un prerrequisito indispensable para los rituales y las prácticas de una religión, que alivia la carga del vivir eliminando nuestra ignorancia sobre el objetivo y el sentido de nuestra existencia mortal. En todas las religiones organizadas que conozco, la revelación viene descrita como un sentirse abrumados por un sentimiento absoluto, que nace en lo íntimo sin una razón o una causa.

Ciencia y religión: ¿dos mundos incompatibles?

Sea la ciencia que la religión están de acuerdo sobre el hecho de que la esfera de lo desconocido sea vasta, pero la mayor parte de las religiones está más dispuesta a admitir un fondo de incognoscible de cuanto no lo sea la mayor parte de las ciencias. Al contrario, muchos científicos creen – ellos dirían que saben - que lo que no es conocido hoy, seguro será conocido mañana, o al día siguiente, y que tal proceso continuará hasta que sea incluido todo. El concepto de que nada existe excepto lo que es cognoscible es totalmente indemostrable.

Continuar a perseverar en esta convicción, sin la posibilidad de verificarla mediante experimentación, y no obstante la prueba en contra proporcionada por la misma intuición científica, amenaza con hacer que la ciencia se aprisione a sí misma en dogmas. Algunos científicos rebatirán que la reproducibilidad de los experimentos científicos asegura que la ciencia, en su labor, pueda siempre ser llevada a una coherencia interna, mientras las religiones, libres de confiarse a la revelación individual y a eventos milagrosos e irreproducibles, caen necesariamente en contradicción unas con otras, y en tal modo anulan todo motivo por el cual una persona racional pueda tomar en serio una de ellas. Invirtiendo esta posición, muchas personas de fe podrían sostener que la ciencia es un trabajo fragmentario incapaz de trazar un cuadro coherente del mundo natural, limitado como es por modelos contradictorios e incoherentes, y por los angostos confines de una mente mortal. Si bien muchos científicos y muchas personas de fe consideren incompatibles las respectivas posiciones, algunos, y yo estoy entre ellos, en cambio eligen sostener ambas posiciones.

En mi libro de 1999 The Missing Moment [1]3 he llegado a la conclusión de que los actuales estudios científicos sobre el cerebro y sobre la mente piden reconocer que la ciencia tiene una componente irracional, y que es probable que los científicos experimenten tal irracionalidad del mismo modo en que las olas de temor reverencial, alegría, miedo o estupor pueden abrumar a una persona religiosa. La barrera erigida por los científicos que rechazan, niegan o ignoran estos estados de ánimo irracionales, es artificial y superflua, y está basada en el rechazo al hecho que su mismo trabajo pueda depender de momentos de intuición incontrolables e impredecibles. Por otro lado, la misma barrera artificial es mantenida con la igual inutilidad cada vez que los descubrimientos científicos vienen negados, ignorados o rechazados por personas preocupadas en proteger esos mismos estados de ánimo irracionales, que consideran aspectos tan preciosos de su credo religioso.

A fin de demoler este muro por ambos lados, las dos aclaraciones tendrán que admitir lo que ya saben: la realidad de la experiencia interior irracional. Ambas tendrán que reconocerla como fuente de intuiciones improvisadas e imprevisibles, en las que se basan sea la ciencia sea la religión organizada. No se llegará fácilmente a tales admisiones. Personas como yo no están para nada acostumbradas a poner en primer plano los sentimientos religiosos, sino tienen más bien la costumbre de rechazar sus propios sentimientos, confinándolos a antros escondidos del inconsciente de los cuales pueden aflorar, pero que no pueden interferir con el sueño de una racionalidad lúcida. No sólo los momentos de intuición y de revelación, sino también otros sentimientos - estados emotivos que nos cogen de sorpresa, improvisadamente e inesperados por las previsiones de nuestra conciencia racional - aparecen como una categoría de fenómenos diversa respecto a aquellos fácilmente analizables en condiciones de reproducibilidad; es extremamente difícil efectuar experimentos controlados sobre los sentimientos.

El libre albedrío

Por mucho que sea difícil y nos haga sentir incómodos tomar decisiones en situaciones como aquellas antes descritas, nos encontramos aún libres para tomar decisiones. El hebraísmo atribuye gran importancia a los usos del libre albedrío en la realidad. Toda la estructura de la concepción hebraica relativa a nuestro lugar en el mundo, a nuestras responsabilidades hacia Dios y hacia los demás, está fundada en la excepcional capacidad humana para tomar decisiones irracionales o bien tomar decisiones ponderadas.

Las decisiones pueden ser tomadas por numerosas especies animales, y la ventaja selectiva de un cerebro predispuesto a la lógica es evidente: sólo un ser humano puede sin embargo tomar una decisión contraria a sus propios cálculos antes que a razón de ellos. En la tradición hebraica el Dios que ha existido antes del tiempo y del inicio del universo, creó sea el tiempo sea el universo a fin de tener, con el tiempo, criaturas - el término significa “cosas creadas” - dotadas de libre albedrío y por tanto capaces de decidir de dar gracias por la existencia del mundo y de ellos mismos. Para que el agradecimiento fuera correcto y significativo – el modo justo de agradecer es bendecir a Dios - estas criaturas tenían necesidad de un libre albedrío absoluto para poder decidir si agradecer o no. De aquí derivan la ineluctabilidad del caso, los imprevistos, y lo que concierne al mal desde el punto de vista religioso: todo debe ser permitido, como resultado de una decisión individual equivocada o como verdadero evento fortuito, porque permitir que algo sea evitable predeterminando las decisiones humanas significaría destruir el propósito de la creación. Según esta visión religiosa, la absoluta necesidad del libre albedrío de los hombres desplaza al primer lugar la decisión humana y confina al fondo los mecanismos de selección natural, que producen un sujeto capaz de tomar una decisión inesperada.

Está serie de suposiciones indemostrables - tan extravagantes como distantes de cualquier cosa análoga conocida a través de la ciencia, incluso tan familiares en su atribuir gran valor a la fase crítica de la intuición en campo científico - confiere significado y objetivo a un universo viviente, fruto del indiferente, inconstante, perennemente defectuoso proceso de selección natural. Esta línea de pensamiento es expresada magistralmente por Adin Steinsaltz en el ensayo Fate, Destiny and Free Will (Hecho, destino y libre albedrío) al interno del volumen //The Strife of the Spirit [2] (El conflicto del espíritu). No había aún leído su ensayo cuando él y yo hablamos por primera vez de estos argumentos. Había apenas terminado un precedente ensayo de Richard Dawkins, y estaba un poco sorprendido por su capacidad de reducir el pensamiento religioso a un tipo particularmente exitoso de parásito especulativo.

Como respuesta el rabino Steinsaltz me citó su ensayo, observando de pasada: «Dios dice: “Encuéntrenme una criatura pensante, no me importa en qué modo”». Desde el punto de vista específicamente hebraico, entonces, es la inexplicable realidad del libre albedrío que Dios nos ha donado que nos permite actuar correctamente o no. Tal decisión – accesible no sólo a los hebreos, sino a todos los individuos como derecho innato – hace a todos nosotros los efectivos artífices de nuestro destino.

Dolor, sufrimiento, inicua distribución de la buena y de la mala suerte: son todas cosas propias del mundo natural, manifestaciones visibles de la variabilidad casual genética que consiente la existencia de la selección natural unida a la inquietante capacidad de producir una forma de vida que sobrevivirá a cualquier circunstancia. Para reformular en términos concretos y actuales la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado al inicio, pienso que los científicos de fe tienen la obligación de ensanchar la razón colaborando juntos para garantizar que su ciencia tienda a sanar las injusticias, y a crear y salvaguardar aquellas libertades que son requisitos indispensables para poder decidir, con libre albedrío, de tratarse los unos a los otros con amor. Martin Luther King ha enseñado esta verdad en un discurso pronunciado hace cuarenta años, el 4 de abril de 1967, durante un encuentro con el clero y los laicos comprometidos con la Riverside Church di New York: «Tenemos que comenzar de inmediato […] tenemos que comenzar de inmediato a pasar de una sociedad orientada a las cosas a una sociedad orientada a las personas. Hasta que consideremos las máquinas y las computadoras, las fuentes de ingreso y los derechos de propiedad más importantes que las personas, los tres gigantes el racismo, del materialismo extremo y del militarismo no podrán jamás ser vencidos.

Una verdadera revolución de los valores nos induciría muy pronto a poner en discusión la equidad y la justicia de muchas de nuestras decisiones políticas del presente y del pasado. De un lado estamos llamados a operar como el buen samaritano al borde del camino de la vida, pero eso es sólo el principio: un día tendremos que llegar a entender que se necesita transformar todo el camino a Jericó, de modo que los hombres y mujeres no continúen siendo golpeados y robados mientras están de viaje en el camino de la vida. La verdadera compasión no se limita a echar una moneda al mendigo, sino llega a entender que, se produce mendigos, un edificio tiene necesidad de una reestructuración» [3].

Nota e indicaciones bibliográficas
1. R. Pollack, The Missing Moment: How the Unconscious Shapes Modern Science, Houghton Mifflin, Boston 1999.

2. A. Steinsaltz, The Strife of the Spirit, Paperback 1996.

3. De la antología de los escritos y discursos de Martin Luther King traducida por Fulvio César Manara, Memoria de un rostro: Martin Luther King, Departamento para la educación a la no violencia de las Acli de Bérgamo, Bérgamo 2002.

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