La conversión del mundo al cristianismo
autor: Giulio Luporini
fuente: La conversione del mondo al cristianesimo

Las razones de la rápida difusión del Cristianismo en el mundo antiguo

Del I al III siglo d.C. sucedió algo extraordinario que pero los manuales de historia no consideran, sólo indican de pasada, sin detenerse, sin tratar de analizar los motivos e indicar el efectivo alcance de estos hechos: el mundo, por lo menos aquella parte de mundo que es la raíz de la civilización occidental, o bien el mundo signado por la tradición judío-griego-romana, se convierte al cristianismo.

Considerar sólo marginalmente este acontecimiento es un grave error, porque su radical novedad y su alcance histórico son para nada secundarios. Sin embargo los libros de historia a menudo lo hacen, considerando este argumento sólo un objeto de la historia de las religiones, o bien de un sector específico que por lo tanto sólo concierne a los entendidos, y no como objeto de la historia en cuánto tal, que concierne a quién estudia la historia, aunque no sea o no quiera llegar a ser un historiador de profesión, para adquirir aquella memoria del pasado que es necesaria para entender más en profundidad a sí mismos y a su propio presente. La razón de esta reticencia probablemente la podemos encontrar en la impostación laicista con la que desde un cierto período en adelante se ha enfrentado el estudio de la historia y por la cual se ha mirado con sospecha todo lo que en la historia fuera signado por la experiencia cristiana. No se quiere en todo caso aquí tratar de localizar los motivos que han conducido a eso. Se quiere, más bien, intentar superar tal perspectiva con aquella ayuda concreta que llega del buen libro de Gustave Bardy "La conversión al cristianismo durante los primeros siglos", recientemente reeditado. En ello se trata de aclarar cómo y por qué la experiencia de vida cristiana logró transformar el mundo greco-romano, cumpliendo quizás la más grande "transformación" de todos los tiempos. El trabajo de Bardy quiere reconstruir las motivaciones, los obstáculos, las exigencias, los métodos de la conversión cristiana, colocando esmeradamente los hechos del cristianismo dentro del entorno religioso y cultural del imperio romano. Me permito aquí en seguida indicar los puntos llave de ello, sin tener obviamente aquí la pretensión de agotar el argumento, y por lo tanto remitiendo a la lectura del mismo texto, por un completo análisis del problema.

En primer lugar es la idea misma de conversión que entra en el mundo con el cristianismo: "La idea de una conversión, en el sentido que ahora damos a este término, ha quedado largo rato hasta la llegada del cristianismo, totalmente extraña a la mentalidad greco-romana. Jamás se había visto, y tampoco imaginado, a un hombre que renunciara a la religión de su ciudad nativa y a sus antepasados, para entregarse de todo corazón y de manera exclusiva a una nueva religión" (G. Bardy, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, Ediciones Encuentro, Madrid 1990, p. 13). Ella era totalmente extraña a la mentalidad greco-romana que, no sólo no veía nada malo, sino consideraba provechoso el integrar sus propias divinidades con las otras divinidades de la cual entraba en conocimiento. No sólo, las religiones paganas eran caracterizadas por una componente fundamental de formalismo, por el cual lo esencial de la vida religiosa consistía precisamente en el cumplimiento de ciertas ceremonias, de ciertos cultos. Las mismas religiones mistéricas "que, en el período de la era cristiana, hacen rápidas conquistas en todos los amientes, no exigen una piedad interior; los rituales de iniciación aseguran para los que se someten la posesión de la salvación […] Los misterios como los sacrificios o los otros actos del culto pagano, no están destinados a renovar los espíritus y los corazones. Los iniciados no son personas convertidas" (Ídem, pp. 21-32). Por otra parte también en el mundo hebreo la idea de conversión estaba sólo parcialmente presente en cuánto lo que era esencial a los objetivos de la salvación permanecía la pertenencia a un pueblo determinado por la raza. Y también por este motivo no se ha realizado una conversión del mundo al hebraísmo: "A despecho de las bellas declaraciones de cierto número de rabinos, a despecho de los esfuerzos realizados en ciertos momentos por multiplicar el número de los prosélitos, el judaísmo, en su conjunto, había seguido fiel a las ideas particularistas y nacionales. No aceptó a los convertidos más que con la condición de agregarlos no sólo a la vida religiosa, sino también a la vida social del pueblo de Dios. O más bien, jamás logró separar, conforme a la gran tradición profética, el elemento religioso del elemento nacional. Así es cómo había perdido, en los casos en que hubiera podido presentársele, la ocasión de atraer a sí la multitud de paganos que buscaban a Dios" (Ídem, p. 102). Bardy identifica un antecedente a la idea cristiana de conversión no dentro de las religiones antiguas, sino en la filosofía, mejor dicho, en aquellas filosofías que se habían caracterizado, aún antes que por la formulación de un pensamiento con el que leer la realidad, por la formulación de una modalidad completamente nueva y radical de vida. En particular él indica en la filosofía de Sócrates, de los estoicos, de los cínicos unas tentativas de adhesión total a un nuevo modo de vivir. Sin embargo, mientras hubo una conversión del mundo al cristianismo, por cuanto se difundieron tales filosofías no convirtieron el mundo. Esto porque también la filosofía presentaba grandes límites: en primer lugar la filosofía concernía a un círculo estrecho de personas, tenía un carácter aristocrático, se dirigía más a una élite estrecha que no a la entera población; en según lugar ella no lograba, por cuanto se esforzara, contestar a los verdaderos problemas del hombre.

Porque "el mundo greco-romano no se convirtió a ninguna de las religiones orientales que, una tras otra o simultáneamente, solicitaron su adhesión; no se convirtió a la filosofía, a pesar de la predicación y los ejemplos de los cínicos y de los estoicos; no se convirtió al judaísmo, cualquiera que hubiera sido la propaganda de la ley mosaica; sino que se convirtió al cristianismo"? (Ídem p. 107). En otras palabras "¿Por qué tuvo éxito el cristianismo donde todas las demás tentativas de transformación o conquista de los espíritus antiguos habían fracasado?" (Ídem p.107). A estas preguntas no se puede contestar, dice Bardy, con la pretensión de presentar una respuesta analítica y exhaustiva por muchos motivos. Primero, la conversión al cristianismo fue entonces y también ahora queda com un hecho eminentemente personal, no explicable por lo tanto en términos históricos o sociológicos; segundo, los únicos testimonios personales de conversión que han llegado hasta nosotros son aquellos de intelectuales y hombres importantes, por cuanto significativos, representan casos particulares; tercero, en la perspectiva cristiana la conversión no se puede explicar como un hecho solamente humano. De toda manera es posible y necesario, por una correcta investigación y reconstrucción histórica de los primeros siglos después de Cristo, tratar de "conocer, de una manera imperfecta sin duda, pero exacta en su conjunto, algunas de las razones que atrajeron las almas antiguas hacia la religión del Salvador" (Ibidem, p. 110). Bardy identifica la primera razón en el hecho de que el cristianismo se ha presentado enseguida como la respuesta a aquel deseo de verdad que es característico de todos los tiempos, porque inscrito en el corazón del hombre, pero que los antiguos advertían indudablemente con más intensidad de lo que no lo viva el hombre moderno-contemporáneo. En efecto, "parece que el mundo antiguo se vio torturado al menos en ciertas épocas, más aún que el nuestro, por la inquietud intelectual" (Ídem p. 111) por la búsqueda de la verdad. Indudablemente con respecto de esto, la conversión de San Agustín resulta un ejemplo emblemático. Sin embargo, "por muy vivo que fuera el deseo de la verdad, no fue el único motivo, ni con mucho, que llevó a las almas hasta la Iglesia cristiana" (Ídem, p. 122). Sobre todo, en efecto, el cristianismo se presenta como liberación de la concepción fatalista de la mentalidad greco-romana, del pecado, de la esclavitud y de la muerte. A la idea de una historia que se repite cíclicamente sucede la idea de una historia destinada a un cumplimiento escatológico, que resulta manifiesto y en cierto sentido ya experimentado, aunque sólo en parte, en su anticipación que es el vivir la experiencia cristiana en este mundo. El mal, el pecado, su propio límite y aquél del otro no se ven más cómo la última palabra sobre el hombre. Además en una época en la que la esclavitud era considerada completamente normal y "innumerables multitudes servían a una porción muy reducida de privilegiados libres, sin esperanza alguna terrestre de escapar a su condición" (Ídem p. 122), el cristianismo se presenta no como una abstracta, e imposible para aquella época, reivindicación de libertad civil por los esclavos, cuanto como una auténtica posibilidad de experiencia de libertad incluso para los esclavos: "en las asambleas cristianas los esclavos se colocan junto a sus amos, participan al lado de ellos y como ellos de la mesa eucarística y recibían los mismos favores espirituales" (Ídem p. 126). Además, la liberación prometida por el cristianismo también es liberación de la muerte: al hombre entero, no a su sola alma está prometida la resurrección y eso ocurre no en virtud de algún cuento mítico, sino de la resurrección de Cristo, presentada como un hecho realmente ocurrido y testimoniado: “ha tenido sus testigos que comieron y bebieron con el Salvador resucitado, que lo vieron con sus ojos y tocaron con sus manos. Ha podido comprobarse de modo indiscutible y durante largo tiempo hasta el final del primer siglo, ya que sus garantes seguían vivos en la Iglesia para decir lo que habían comprobado" (Ídem p. 130).

El tercero y último motivo que Bardy aduce para tratar de explicar la difusión del cristianismo es el cambio de vida que sigue la conversión al cristianismo: "es fácil comprobar que, desde el momento en que un hombre se hacía cristiano, su vida entera se trocaba. Él no se había convertido solamente a un nuevo culto; había inaugurado una existencia nueva" (Ídem p. 132). Existencia nueva que resulta caracterizada por una riqueza completamente insólita tanto que "toparse en una comunidad cristiana significaba encontrarse en un oasis de amistad y humanidad […], a los sin techo y a los pobres la cristiandad ofrecía caridad, calor humano y esperanza, a los extranjeros y los desplazados daba un punto de pertenencia, huérfanos y viudas encontraron en ella un nuevo tipo de familia, frente a los violento odios étnicos la cristiandad dio cuerpo a una inédita solidaridad social y frente a la desorganización de las ciudades cuando estallaban epidemias, incendios o catástrofes como los terremotos, la cristiandad ofrecía un eficiente servicio de cuidado" (A. Socci, I nuovi perseguitati, ed. PIEMME, p. 23).

Estos motivos aún más adquieren importancia si se tiene presente que no faltaban cierto los obstáculos que superar para convertirse al cristianismo: además de las persecuciones que periódicamente asumían formas particularmente feroces, la conversión en la mayoría de los casos comportaba la rotura de las uniones más sólidas y queridas, en primer lugar aquellas familiares. La opinión pública, que acusaba a los cristianos de crímenes, de ateísmo, de charlatanería y de magia, además de ser el origen de todos los cataclismos constituyó hasta el edicto de Milán un obstáculo no indiferente, que no todos estaban dispuestos a superar. Por lo tanto, solamente si se reconocen los motivos indicados antes, la conversión al cristianismo podía aparecer como algo razonable, a pesar de los numerosos obstáculos. Racionabilidad que los mismos cristianos reclamaban cuando se sentían acusados de ser gente sin tradición: "cuando querían presentar una refutación decisiva de las religiones paganas, empleaban argumentos racionales, en lugar de refugiarse detrás de la costumbre. Demostraban la vanidad de sus dioses, insistían sobre la inmoralidad de sus leyendas, ridiculizan a sus ídolos y disponían de todo un arsenal de pruebas para servirse de ellas. La tradición era, por el contrario, el supremo refugio de sus adversarios, un refugio del que sería difícil desalojarlos", (G. Bardy, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, Ediciones Encuentro, Madrid 1990, p. 193-194).

Por último merece la pena recordar con Bardy, además de las razones por las cuales el cristianismo se difundió tan rápidamente, también la modalidad en la cual eso ocurrió. Si es un encuentro personal con Cristo inmediatamente testimoniado a amigos y parientes, lo que hace surgir la primera comunidad de los apóstoles, "el mismo procedimiento individual se encuentra desde los orígenes de la Iglesia y quizás sea así cómo durante cerca de dos siglos el cristianismo había conquistado a la mayoría de sus fieles. Todo creyente necesariamente era un apóstol: una vez que había encontrado la verdad, no tiene tregua ni reposo hasta que conseguía hacer partícipes de su felicidad a los miembros de su familia, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo" (Ídem p. 222).

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License