La conversión misionera, salir de sí mismos...
autor: Fabrice Hadjadj
fecha: 2014-11-20
fuente: La conversion missionnaire : sortir de soi-même pour se laisser provoquer par les signes des temps
La conversione missionaria: uscire da se stessi per lasciarsi provocare dai segni dei tempi
traducción: Factum. Altervista.org (francés-italiano)
María Eugenia Flores Luna (italiano-español)

Relación realizada en el III Congreso mundial de movimientos eclesiales y nuevas comunidades, Ciudad del Vaticano, 2014-11-20/22

Primera parte - De la misión católica y de su oposición a toda propaganda ideológica

¿Dirigirse a Dios, pertenecer a su Iglesia, es lo mismo que adherirse a un Partido?
¿La conversión y la misión cristiana no son más que una especie entre otras de adhesión y activismo partisano?
Es la pregunta que conviene hacerse ante todo y sin prejuicios. Cuando ustedes se adhieren a un Partido, se adhieren inicialmente a una doctrina o a un grupo, por lo tanto ustedes hacen propaganda, intentan reunir el mayor número de personas y de transformar el mundo según los valores del grupo. Es según este modelo que se ha podido concebir la expansión de la Iglesia, porque es el modelo para todas las empresas como pretensión universal: una parte quiere transformar el todo, y algunos dirían que es como un cáncer que desarrolla sus metástasis y otros que es como una turbina que electrifica la ciudad.

El único problema es que este modelo es mundano. Hace de la misión de la Iglesia algo que no está sólo en el mundo, sino es del mundo. Impulsa a creer que la evangelización ocurre principalmente a través de la recuperación de los medios mundanos, intercambiando la Coca-cola con Jesucristo.
Es como cualquier otra actividad, pero con un paso atrás, ya que, los hijos de este mundo, en efecto, con sus pares son más listos que los hijos de la luz (Lucas 16,8). Poco importa. Siempre encontrarán a un profesor de teología pastoral que les explicará que: “Si hoy San Pablo estuviera vivo, sin duda usaría Internet y Facebook para difundir su mensaje”. Bien. ¿Pero es eso lo esencial? ¿El Evangelio es de otra parte un “mensaje” por comunicar? Antes de afrontar el desafío de las signos de los tiempos, querría detenerme un poco sobre esta pregunta, y ver en qué la misión del cristiano no es una simple propaganda militante. Presentaré aquí 5 puntos de diferencia radical.

1° Dirigirse a Cristo es dirigirse ante todo hacia alguien; adherirse a un Partido es adherirse a algo. Algo, una doctrina, un mensaje, aquello que se puede comprender. Pero no podemos comprender nunca completamente a alguien, aunque es sólo una persona. Por tanto, la palabra cristiana no consiste ante todo en decir algo de algo, sino decir de alguien a alguien. Es llamar y ser llamado, con un nombre propio, antes de explicar o de imponer, con nombres comunes.

Es un Sígueme, antes de ser un he aquí lo que eres, o he aquí qué deberíamos hacer. Ciertamente éste es el motivo por el cual las prostitutas entrarán antes que los fariseos en el Reino. Al menos, las prostitutas dicen: Sígueme, mientras los escribas y los doctores dicen simplemente: “Ésta es la ley a la cual te tienes que someter”. La ley es necesaria, pero no es suficiente, no es primera, porque es impersonal, mientras la llamada es personal.

Ya podemos deducir que la evangelización no parte de la comunicación inicialmente, sino de la comunión. Se comunica algo, pero la comunión es con alguien. Cristo no es una marca de la cual hacer publicidad. Es una persona que se nos acerca, con todo lo inesperado, todo lo incontrolable de cualquier encuentro.

2°. Cristo es Dios - no es alguien cualquiera, que se opone a cualquier otro, es el alguien de los alguien, no sólo el más incomprensible, sino también aquel que comprende a todos. Y es por eso que la conversión es de por sí misionera: nosotros dirigiéndonos a Jesús, nos dirigimos necesariamente hacia todos los otros. Imaginen tener que alabar a Miguel Ángel escultor, harían también al mismo tiempo la alabanza a sus estatuas. Cuando miran un artista en cuanto artista, están obligados a dirigirse al mismo tiempo hacia sus obras de arte. Cuando se dirigen a Dios en cuanto Creador, están obligados a fijarse al mismo tiempo en sus criaturas. Y cuando se dirigen a Dios en cuanto Redentor, están obligados a dirigirse al mismo tiempo hacia los pecadores. Y en este último caso, debemos interesarnos no sólo en las bellas estatuas, sino también y sobre todo en los bloques tratados mal, en los cúmulos de piedras, en las arenas movedizas…

La historia de Moisés lo demuestra muy bien. La famosa revelación del Nombre divino en Éxodo 3,14, no se hace en un curso de teología. Y no se hace tampoco en un éxtasis privado. Ella obra en el seno mismo de la misión de Moisés: Moisés dijo a Dios: «He aquí yo llego a los Israelitas y les digo: El Dios de vuestros padres me ha mandado a vosotros. Pero me dirán: ¿Cómo se llama? ¿Y yo qué les responderé?». Dios dijo a Moisés: «¡Yo soy el que soy!». Luego dijo: «Dirás a los Israelitas: Yo - Soy me ha mandado a vosotros» (Ex 3, 13-14) Dios se revela a Moisés en su envío, y en su envío hacia aquellas mismas personas que lo habían impulsado a huir hacia Madián.

El Signo que nuestra conversión es al Dios de la misericordia, no a un ídolo opresor, es que esta conversión contiene en sí la misión hacia los más pobres y los más miserables, a través de la inclusión de la segunda cuestión en la primera. Cuando se trata de un ídolo, la conversión es un atractivo que distrae de algunas criaturas. Cuando se trata de un Partido, el tiempo de la propaganda se distingue del tiempo de la adhesión: se pasa de la teoría a la práctica, y se trata de reducir lo real al propio ideal; o se pasa del pequeño grupo al gran número, y se trata de conducir a la humanidad a algunos criterios admisibles. Pero la misión no es la aplicación de una ciencia ni la progresión de una secta. Lo que es externo a la secta es externo, y se tratará o de ignorarlo o de eliminarlo, o de absorberlo. Lo que es externo a la Iglesia aún le es interno, porque quien es externo a la Iglesia es aún creado por quien está a la cabeza de la Iglesia misma. Cualquier expansión es por ella antes una escucha. Allí donde el Partido se extiende por anexión, la Iglesia crece a través de la acogida. Allí donde el propagandista del Partido se impone a través de la conquista, el misionero de Dios se expone por contemplación: él busca el Cristo ya presente externamente, pero de modo escondido, que pide ser descubierto y llevado a la totalidad.

3° Por consiguiente, la universalidad católica puede ser sólo una universalidad concreta, mientras la universalidad ideológica es una universalidad abstracta. Algunos denuncian «el expansionismo maníaco de los monoteismos»1: decir que hay «un solo dios» es querer referir todo a la unidad y por tanto acabar por estandarizar el mundo y clonar a los individuos. Todos los totalitarismos modernos derivarían de este principio monoteísta secularizado. Y en efecto va así con la propaganda ideológica: los valores prevalecen sobre los rostros, el hombre abstracto sobre los hombres concretos, y empezamos a destruir con las mejores intenciones, en nombre de la humanidad, del pueblo, del Bien, e igualmente ideas nobles que pueden aplastar la realidad de las personas.

Pero dirigirse hacia el Dios único es dirigirse hacia el autor de la diversidad de las cosas. Y más aún: dirigirse hacia el Dios Trinidad es dirigirse hacia lo que asume en Él una diferenciación eterna. Ya que si el hijo es una misma naturaleza con el Padre, también es otra persona con respecto al Padre, y en eso absoluta, infinitamente, eternamente diferente.
El Dios que nos manda la unidad es ante todo aquel que crea la multiplicidad: sus órdenes no se imponen desde el exterior; dan y vuelven a dar la existencia, para que más singularmente cada uno sea lo que es. El Dios que con diez palabras manda adorarlo, respetar el sábado, honrar a nuestros padres, no matar o no ser adultero es el Dios que ha creado el charco de agua y la estrella, el avestruz y el hipopótamo, el ángel y la bacteria. Es el que quiere la distinción y la poesía de cada criatura.

Cuando se ha entendido esto, se deduce que la misión católica no puede ser una pesada pintura monocroma que reduce todos los colores: es una luz que los reúne para intensificar los contrastes. El Reino por lo demás es comparado con una red que se ha tirado al mar y que trae todo tipo de cosas (Mt 13,47). Es una mezcla, no un club exclusivo (solamente hay que ver para darse cuenta). No es un todo en el que se ahoga la parte sino un reparo que acoge a los individuos.

4° Si, en la misión católica, lo que nos manda también es lo que crea y salva, aquello verso el cual somos enviados, hace falta admitir que la alianza precede la confrontación. Ser mandado por el Creador, es tener a la creación como aliada de la propia misión. El mundo puede ser hostil. Pero la verdad, es que las piedras están con nosotros Se los digo: si ellos se callan las piedras gritaran (Lc 19,40). Los árboles están con nosotros: Que todos los árboles del bosque exulten de alegría (Sal 95,1). Las bestias están con nosotros: ¡Todos ustedes, pájaros en el cielo, fieras y rebaños, bendecid al Señor! (Dan 3,80-81). Y también los que están contra nosotros están con nosotros en la profundidad de su ser - ya que su corazón, que lo queramos o no, está hecho por y para Dios - tanto que el salmista puede cantar: De Sión, el Señor te presenta el cetro de tu fuerza, domina hasta el corazón del enemigo (Sal 109, 2).

Paul Claudel, en El zapatito de raso, afirma que es esta dimensión de la alianza con todos los seres que distingue al católico del simple protestante: “Qué han querido estos tristes reformadores si no hacer la parte de Dios, reduciendo la química de la salvación entre Dios y el hombre a este movimiento de fe […] a esta relación personal y clandestina en un pequeño cuarto […]. Pero la Iglesia no se defiende solamente a través de sus doctores, de sus Santos, de sus mártires, de parte del glorioso Ignacio, por la espada de sus fieles niños. ¡Se reclama al universo! Atacada y puesta contra la pared por los bandoleros, ¡la Iglesia católica se defiende con el universo!”2.

La alianza con Dios es la alianza con el autor del universo, de modo que el universo, en la profundidad, es el aliado del fiel. No como en el Edén, antes de la caída, donde todo pasaba por la dulzura del árbol de la vida. Pero como en la Historia, después de la caída, donde todo pasa por los rigores de la cruz. La alianza ya es dramática, la armonía es herida por las disonancias, por las discordancias mismas del pecado, pero también es transfigurada por los acuerdos inesperados del perdón. Es pues igualmente una alianza. San Pablo no deja de repetirlo: Todo concurre al bien de los que aman a Dios (Rom 8,28). Él está antes de todas las cosas y todas en Él subsisten. (Col 1,17). El esfuerzo de la propaganda es el esfuerzo de una fraternidad por construir. La alegría del Evangelio es la alegría de una fraternidad ya donada y que pues está por descubrir, por vivir, por revelar a los que todavía no la reconocen.

También el perseguidor ya es un aliado. También el verdugo ya es un hermano. Es esto que hace su violencia tan espantosa y así absurda. Y también es lo que hace que su persecución no sea nunca un obstáculo, sino el lugar mismo del testimonio, de la manifestación de un amor que es más vasto que el mundo y más fuerte que el odio. Al momento del beso pérfido, Jesús dice estas últimas palabras a Judas: Amigo mío, haz tu tarea (Mt 26,50). Para testimoniar la gracia que desborda donde el pecado abunda, hace falta poder decir amigo también al traidor, recordarle que realmente es un amigo en las profundidades de su alma, y que si no es otra cosa que un traidor, escapa entonces de estas profundidades, se condena al infierno de no ser más que una errante superficie en conflicto con su mismo corazón.

5° Esta alianza más fuerte que cada afrenta nos obliga a reconocer como una providencia el hecho de haber nacido en este tiempo y no en otro. La adhesión a un Partido que quiere cambiar el mundo es siempre sea nostálgico sea utópico. Se trata de exaltarse en el optimismo, con el progreso del mundo del mañana, o de encerrarse en el pesimismo, con la pena por el mundo de ayer.

Pero la verdad es que aquello va siempre mejor y simultáneamente cada vez peor. La parábola del buen grano y la cizaña nos enseña que todo se desarrolla al mismo tiempo hacia lo mejor y hacia lo peor, y que, en nombre de la utopía o la nostalgia, el querer extirpar todo el mal no puede más que llevar también a arrancar el buen grano, ya que eso sería querer abolir la libertad.

La fe en Dios implica la fe en la suerte de haber nacido en un siglo semejante y en medio de una semejante perdición. Manda una esperanza, pero prohíbe cualquier nostalgia y cualquier utopía. Nosotros estamos allá; porque el Creador nos quiere allá. Nosotros estamos en un tiempo de miseria; es éste el tiempo bendito por la misericordia. Hace falta tener nuestro sitio y estar seguros que nosotros no podríamos caer mejor. Hace falta no remitirse al futuro ni amargarse del pasado, sino servir la presencia de Dios en todas las cosas, liberar lo Eterno en la tormenta, vivir en la tierra la caridad que es ya – si bien en la oscuridad - aquella del cielo.

Es eso que nos induce a estar atentos a los signos de los tiempos. El Señor que nos habla con las escrituras y la tradición también es el Dios de la historia. Nos habla pues también con los acontecimientos, aunque no es con el mismo título. Los acontecimientos son palabras por descifrar. Las escrituras y la Tradición no son solamente palabras por descifrar. Son ante todo palabras que nos descifran. No ofrecen tanto unas lecturas cuanto más bien unos criterios de lectura. Los tiempos nos entregan signos, y, a través de Su Evangelio, lo Eterno nos hace aferrar el significado.

Segunda parte - Señales de los tiempos: para un apostolado del Apocalipsis

Ahora conviene, después de algunas consideraciones sobre la misión en general, hacer en particular una reflexión sobre la misión, en el ámbito de esta época nuestra que es singular.

¿Cuáles son los signos de los tiempos de las que tenemos que dejarnos provocar? ¿Cuál es el carácter propio de nuestros días, que los distingue de los días anteriores?

Que sea para denigrarlos o para hacer el elogio, para hundir en el pesimismo más oscuro o volar en el optimismo más estúpido, muchos pensadores subrayan que estamos entrando en un cambio de era, un trastorno grande al menos cuanto la salida del paleolítico. Esta confusión también está ligada a una revolución técnica que no es aquella de la agricultura, sino de la ingeniería. Y esta ingeniería comporta una rotura antropológica radical. Los escenarios catastróficos se multiplican. La crisis, por definición transitoria, se vuelve crónica. Pensadores no cristianos no temen al hablar del Apocalipsis. El indicio de este Apocalipsis es dado por todos los combates “en el frente inverso” en los cuales se encuentra implicada la Iglesia.

La Iglesia está allá principalmente para revelar a Dios, y he aquí que cada vez más tiene la simple tarea de preservar lo humano. Comunica esencialmente lo sobrenatural, y es cada vez más llamada a defender la naturaleza. Es la presencia de lo eterno, y se vuelve cada vez más la garantía de la historia. Es el templo del espíritu, y cada vez más aparece como el custodio de la carne, del sexo, de la materia misma. Esta situación terrible, donde más nada parece ir de por sí, es realmente formidable, porque entonces todo puede volver a partir solamente de Dios.

Es lo que podemos más precisamente observar a través de 5 o 6 señales de nuestros tiempos. No pretendo la exhaustividad. Espero solamente proyectar un bosquejo suficiente para identificar la fisonomía particular de la misión hoy - o incluso su nueva radicalidad: un apostolado a la altura del Apocalipsis.

1° Nuestra época es aquella del fin de los progresismos. Las grandes utopías políticas del siglo XX han muerto. Eso vale mucho para el comunismo cuanto para el liberalismo. Caída del Muro. Derrumbamiento de los mercados. Ya no creemos en el crecimiento ilimitado del día después, como nos cantan. A eso se suman la teoría del darvinismo - que nos hace pensar que la raza humana no es más que un azaroso bricolaje completamente sustituible con otra especie - y, en práctica, la bomba atómica - que inaugura la posibilidad de una autodestrucción total. En este sentido, Günther Anders ha escrito en 1960: “Nosotros ya no vivimos en una época sino en una conclusión3” . En 1979, en su obra – maestra Le principe de responsabilité, (El principio de responsabilidad) Hans Jonas hace esta constatación: un tiempo “la presencia del hombre en el mondo era un dato primario que no pedía precisiones”, hoy, ella pone cuestiones, ha perdido su evidencia4.

En esta circunstancia extrema, la misión puede volver solamente a lo esencial - a su dimensión escatológica, aquella de la esperanza. Eso quiere decir una primacía de la evangelización sobre toda la politización y una precedencia de la metafísica sobre la moral.

Hay que retomar todo a partir del fundamento. El progresismo, con sus esperanzas de sustitución, puede dar un salto provisional a la vida. Pero si la raza humana es destinada a la desgracia y a la desaparición, ¿cómo pueden impedirle a una mujer que aborte? ¿Por qué también no degollar a su vecino si eso puede hacer olvidar en un momento la absurdidad de nuestra condición? ¿Por qué no dejarse morir en las drogas y en las diversiones?

Podemos repetir que estos actos son suicidios. Se responderá según derecho que en cualquier caso la naturaleza no genera seres si no para destrozarlos en un segundo momento, y que el suicidio, después de todo, podría ser muy bien un modo de vivir conforme a la naturaleza…

Santo Tomás de Aquino es formal sobre este punto: “Es por la esperanza que el hombre es llevado al respeto de los preceptos5”. Donde él ya no tiene una esperanza, no hay moral que tenga. Se trata pues, antes de cualquier moral y más allá del bien y del mal en el actuar, de manifestar la bondad del ser, porque él es creado y porque él es salvado. Cuando las esperanzas mundanas son destruidas, la esperanza teologal puede reabrir un futuro, ya que esta esperanza no se sustenta en la perspectiva de un futuro radiante, pero todavía tiene dentro de sí la fe en lo eterno.

2° Nuestra época, sobre todo en las sociedades occidentales, ya no es principalmente aquella de la ideología, sino de la tecnología. Es un punto capital. Hoy es muy raro cruzarse con un ateo militante. Pero es mucho más frecuente encontrar a un fan del Budismo. Porque el Budismo es sobre todo una técnica de meditación, y estamos en la edad de la técnica.
¿Dónde se ha ido el relativismo? ¿Es oportuno hablar de doctrina? El relativismo es más bien el efecto del dispositivo mediático. Para los medios de comunicación, hacen falta espectáculo y news. Para que haya espectáculo, hacen falta posiciones chocantes, que se contradigan. Y si se trata solamente de news, hace falta que la noticia no sea la Buena Noticia, que su novedad no tenga ningún impacto existencial, sino que nos deje en una posición de espectador desembarazado, indignado pero pasivo, o interesado pero extraviado. Lo mismo se diga para los estudios de género: es una ideología, se dirá, pero el constructivismo de esta ideología es solamente un derivado de la tecnología contemporánea. Ya que las biotecnologías conducen el cuerpo a una suma de funciones manipulables, el hombre puede aparecer como un sujeto neutro que construye su género.

¿Qué significa esto para la misión? Que después de haber predicado el fin último, es de la más alta importancia estar atentos a los medios. Los medios no son neutrales. Tal es también la gran sentencia de Marshall McLuhan: “El medio es mensaje”. De una parte, el medio impone al mensaje su formato; de la otra, supone que todo sea sólo información. Se puede difundir el Evangelio vía Twitter, a textos de 160 caracteres, pero es divulgarlo en eslogan, o peor: sería como reducir el Evangelio a un mensaje sobre algo y no un encuentro con alguien.

De aquí la urgencia de recordar que, para evangelizar, los medios temporales pobres y simples son superiores a los medios temporales pesados y sofisticados. Jesús manda a sus discípulos no equipándolos, sino desvistiéndolos. El amor al prójimo en verdad no se puede aprender si no haciéndose prójimo. La esperanza del encuentro con Dios realmente se transmite solamente por el encuentro con el otro. La fe en la encarnación no se cumple más que en una encarnación. Se puede iniciar un “contacto” con redes hipermediales, pero hace falta sucesivamente que el contacto se convierta en con-tacto, que entre en la dimensión del tacto, ya que todos los sacramentos suponen esta dimensión.

3° Este mundo tecnológico y utilitarista suscita una reacción que no es una respuesta: el culto de la emoción. El culto de la emoción reacciona contra la influencia de la manipulación. Pero también es cómplice. Ya que, en uno como en el otro, en el patocentrismo como en la tecnocracia, la medida de cualquier cosa nos pertenece. En el patocentrismo, es a través de la emoción subjetiva; en la tecnocracia, a través de la manipulación objetiva.

Es interesante ver como los jóvenes occidentales pueden pasar fácilmente de Internet al terrorismo. El derrumbamiento de utopías políticas y el imperio de la tecnología favorecen un aumento de los fundamentalismos. Estos fundamentalismos son una versión heroico-religiosa del culto de la emoción. Pero también son utilitarismos espirituales que conciben el reino de Dios sobre el modelo de la soberanía técnica, militar o mediática.

Frente a este fenómeno, la misión tiene que tener “el coraje de abrirse a la amplitud de la razón” (para retomar una expresión de Benedicto XVI). Esta amplitud permite salir del doble culto del capricho y del cálculo, o del choque entre un racionalismo instrumental y un fideísmo ciego. No muestra sólo que la fe - y más especialmente la alabanza - no es lo contrario sino la capacidad extrema de la razón; pero también recuerda que la lógica no tiene que separarse de la genealogía, si no deja campo libre a la tecnología. Así la razón trinitaria une lo lógico y lo genealógico: lo que se deduce del concepto intelectual es lo que emerge de la concepción carnal. El Logos es también el nombre del Hijo. Y eso nos recuerda que la razón no es principalmente calculadora, sino filial.

4° Para relacionarnos a cuanto dicho hasta ahora, hace falta admitir que el mundo ya es menos marcado por el materialismo que por la desmaterialización (que es una re-materialización digital). La actual pérdida de significado es quizás no tanto una pérdida del significado del espíritu, cuanto más bien una pérdida del significado de la materia, de la materia dada con una forma propia y que se trataría de respetar. Hemos pasado del paradigma de la cultura al paradigma de la ingeniería. La cultura, que tiene su modelo en la agricultura, acompaña la expansión y la fructificación de una forma dada por la naturaleza. La ingeniería, al revés, impone sus planes a una naturaleza reducida a un stock de materiales y energías disponibles. Ya el don es reducido a datos. Se explota un banco de datos. Ya no se trata de extender una donación generosa.

Frente a esta pérdida del significado de la materia, se trata de volver a una teología de la creación activa y por tanto a la sabiduría del lema benedictino: “ora et labora”. Para que los jóvenes hipnotizados por lo virtual y el atomismo abran de nuevo su espíritu, hace falta arrastrarlos al trabajo de sus manos, bosquejar una canica de madera, cultivar un huerto, descubrir que los productos alimenticios no aparecen mágicamente sobre los estantes de los supermercados y que no se hace crecer la hierba tirándola hacia arriba. El Verbo se ha hecho carne, y se ha hecho carpintero. No es anecdótico. Y si para hablar de la vida espiritual se recurre generalmente a imágenes del campo, de la vid, de la mostaza, no es al azar. Se halla el cielo y al mismo tiempo se halla la tierra, porque la tierra es la obra del cielo y su camino. Luego la cuestión ecológica se ha convertido en un lugar decisivo para la evangelización. Además de su urgencia, la ecología supone la contemplación de un orden natural dado, y pues, últimamente, el ascender hacia el Creador de este orden.

5° Ya no basta con condenar un “individualismo exasperado”, porque no estamos ni siquiera en el individualismo sino en el dividualismo. La familia es atacada menos por la ideología que por la tecnología: ya no se encuentra más alrededor de la mesa familiar, cada uno come en la puerta del refrigerador y vuelve rápidamente a su pantalla privada. Las familias han estallado bajo su mismo techo y el individuo que resulta, también él ha estallado, es extraviado, dividido entre los muchas ventanas abiertas de su computadora que le prohíben cualquier recuerdo.

No es solamente en su actividad, también es en su ser que el individuo es troceado en una serie de elementos: sólo aparece como una combinación de átomos, genes y neuronas que podemos convertir en bit y recombinar como queremos, para fabricar una humanidad. Estamos bien más allá de la esclavitud y el proletariado: el minero se convierte él mismo en la mina, el esclavo se convierte él mismo en el yacimiento. Ya no es solamente un cuerpo trabajador explotado en todo el mundo sino un cuerpo elaborado, revendido en piezas de repuesto o reconstruido incumbe un robot eficiente, mejor calibrado, más competitivo, mientras los magos de la técnica le certifican que está allá su emancipación.

Para luchar contra este “dividualismo”, hace falta ciertamente recordar la declaración de Paolo VI en la Evangelii nuntiandi: nuestra época necesita más de testimonios que de maestros. El testimonio es una manifestación de vida, de una vida unida, histórica, no desglosada en una serie de informaciones impersonales o funciones generales. Sin embargo, si el individuo se deja fácilmente dividir es porque al comenzar se ha separado de su historia y de su genealogía, se ha puesto como un sujeto aislado, sin pertenencia, sin apellido, más átomo que autónomo y entonces incapaz de resistir a las sirenas del mercado. El testimonio no tiene que ser pues solamente individual. Debe ser la prueba de una comunidad viva, hospitalaria, radiante, algo sagrado que desborda en la calle, para atraer al transeúnte hacia la fiesta pascual, pero que también sabe apartarse de la muchedumbre, para ofrecerle el recogimiento de la adoración.

6° Por fin, para decirlo en una palabra que resume todas las otras, nuestro mundo es cada vez más aquel de la desencarnación. Estamos en la era del in vitro veritas, que se trate del vidrio de las pantallas o del vidrio de las probetas. El padre es reemplazado por el experto (y eso también vale para los obispos que renuncian demasiado a menudo a su paternidad en favor de una posición de simple superior jerárquico); la madre gradualmente es reemplazada por la matriz electrónica. Les dirán que ya una pareja de personas del mismo sexo puede tener niños como la pareja hombre-mujer. Les dirán también que puede tenerlos mejor que los de un hombre y una mujer, ya que el hombre y la mujer se encomiendan a la procreación a través de la oscuridad peligrosa de un apretón (abrazo) y de un espesor (embarazo), mientras que la pareja de personas del mismo sexo es más responsable, más ética ya que pide a los ingenieros que les construya un bebé sin defecto, con el código genético aprobado, mucho más adapto al mundo que lo circunda.
Más que nunca, el dragón se puso delante de la mujer que estaba por dar a luz para devorar al niño recién nacido. (Ap 12,4). Aquello que se ensambla en nuestros laboratorios es una verdadera contra-anunciación.

Ya no se trata de acoger el misterio de la vida en la oscuridad de su seno, sino de reconstituirla en transparencia en un tubo de prueba. El viejo hombre trata de construir un hombre nuevo que invertirá todas las fórmulas del Credo. Ya que este hombre nuevo habrá nacido antes que todos los padres, hecho y no engendrado – por el espíritu de los ingenieros, será desencarnado de cualquier madre, y hecho cyborg

La misión más espiritual de hoy es pues encontrar de nuevo la carne, explicar, siguiendo a Juan Pablo II, una verdadera “teología del sexo”, pero también, más especialmente, una teología de la mujer y la maternidad. Ya que es la maternidad que es directamente más atacada, porque el sexo femenino, en su capacidad propia, que es de llevar al otro dentro de sí y de asumir los dolores, es la figura misma del apostolado en el Apocalipsis (Mt 24,8; Mc 12,8; Rom 8,22; Ap 12,2).

En el fondo, es a cosas muy simples que somos llamados. Déjense atraer por lo que es simple, dice San Pablo (Rom 12,16). No he querido decir otra cosa. Sin embargo, conviene precisarlo después de la Suma teológica, la sencillez es el primero de los atributos divinos. Es pues también lo más difícil que hay. Y tal es la dificultad hasta el día de hoy. Ya no se trata solamente para los apóstoles de hacer milagros, sino de recordar las evidencias primeras: que el matrimonio es de un hombre y de una mujer; que el niño nace de un padre y una madre; que las vacas no son carnívoras; que un dato natural no es una construcción convencional; o también que serlo no es la nada… Recordar estas evidencias es más difícil que la ciencia, más difícil que el milagro mismo. Ya que la evidencia primera no es espectacular como el milagro, y no puede demostrarse como las conclusiones de una ciencia. De modo que nos encuentramos a explicar, con cierta ridiculez, que el fuego quema y que el agua moja…

Cristo nos ha avisado en el evangelio del domingo pasado: Aquel que no tiene nada se hará quitar también lo que tiene (Mt 25,29). Aquel que rechaza la gracia acaba por perder la naturaleza. Aquel que ignora al Creador acaba por olvidar a la criatura. Aquel que desprecia lo invisible ya no sabe ni siquiera ver lo que ve, porque se pone a buscar en otro lugar, porque no cree más que aquello que le es dado de ver también al ras del suelo le es dado generosamente, por su elevación. Y esto en un momento de gran prestigio para nosotros tenemos que ser místicos para reconocer lo que es obvio.

Chesterton describía al final de uno de sus libros este singular combate misionero: “Encenderemos fuegos para testimoniar que dos más dos es igual a cuatro. Desenvainaremos espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano. No nos quedará por lo tanto más que defender no sólo las increíbles virtudes y sabidurías de la vida humana, sino algo aún más increíble: este inmenso e imposible universo que nos mira fijo en los ojos. Combatiremos por los prodigios visibles como si fueran invisibles. Veremos la hierba y los cielos imposibles con uno extraño coraje. Estaremos entre los que han visto y sin embargo han creido6”.

Ahora bien esto es lo que se nos ha preguntado hoy. Ya que cristianismo, en fin, ¿qué es? Considerar la azucena de los campos (Mt 6,28), nutrirse del trabajo de sus manos, cantar un canto viejo y nuevo, con su mujer como una vid generosa, con sus hijos y sus hijas alrededor de la mesa (Sal 128,2-4), estar juntos asiduos a la enseñanza del amor, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones (He 2,42), cosas igualmente muy simples, pero que, para ser protegidas, requieren la sangre de los mártires.

Notas
1 Peter Sloterdijk en Le Point, 7/12/2006.
2 Paul Claudel, La scarpa di raso, (El zapato de raso), segundo día, escena V.
3 Günther Anders, La menace nucléaire, Considérations radicales sur l’âge atomique, Le Serpent à Plumes, 2006, p. 289.
4 Hans Jonas, Le principe responsabilité, Une éthique pour la civilisation technologique, trad. Jean Greisch, Flammarion, coll. «Champs-essai», 2013, p. 38.
5 Saint Thomas d'Aquin, Somme de Théologie, IIa-IIæ, qu. 22, art. 1c.
6 G.K Chesterton Hérétiques, trad. Jenny S. Bradley, Plon, 1930, p. 287.

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