La Cristiandad medieval matriz de Europa
autor: Luigi Prosdocimi
fecha: 2018
fuente: La Cristianità medievale matrice dell’Europa
Publicado originariamente en el N. 4 de Lineatempo (2000.2)
Publicado en el N. 14 de Lineatempo (2018.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna
corrector de estilo: Juan Carlos Gómez Echeverry

Presentar de manera sintética el problema de la vicisitud europea a lo largo de su pasado, para comprender mejor las motivaciones que impulsan a los pueblos de la Europa actual a buscar, a través de una fatigosa lucha, su nueva unidad, no es ciertamente cuestión de pura exigencia erudita, ya que está en la raíz de nuestra consciencia y de nuestra vida cotidiana.

Se trata de tener una base sólida en esta nueva realidad en gestación, realidad que corre el riesgo de ser aplastada, si no incluso agotada, en aspectos puramente económicos y materiales, mientras la conciencia, que no falta, de un pasado con el cual construir el presente queda en la vaga evaluación genérica, a menudo nutridas por sugerencias bien sean de sabor positivo como negativo.

El historiador debe en cambio determinar las líneas de apoyo de este pasado, tanto a nivel de las ideas como en el de las instituciones que son su realización concreta.

Así pues, debemos como historiadores tratar el tema de esta Europa que a menudo es mirada, en la opinión actual, como una mera expresión geográfica, no obstante luego el hombre de la calle, incluso el más desprevenido, sienta o intuya que muy al fondo hay algo más, es decir más válido y significativo. Hace falta en resumen dejar de lado la idea que Europa sea un mero continente en sentido geográfico, como nos enseñaban los geógrafos anticuados, y como aún repiten a menudo algunos libros escolares. La misma geografía en efecto ya se ha liberado de esta transposición en términos físicos de una realidad de otra naturaleza, de una realidad esencialmente histórica y cultural; si se debe hablar de continentes, ahora se habla de un continente ‘euroasiático’, viendo sólo en este grandioso complejo geofísico una unidad continental real, incluso si luego se hace utilizando un término compuesto que nos lleva, casi a pesar nuestro, en su expresión bipartita, a la vieja clasificación.

Aquí no creo oportuno entrar en problemas académicos relativos al origen del nombre “Europa”, y tampoco en ese también importante, acerca de la extensión, muy vaga e incierta como ámbito de civilización de Europa misma hacia oriente, es decir hacia aquellas tierras que ya en el mundo antiguo se asomaban al área asiática y tomaban el nombre de Escitia [ ] y Sarmacia [ ]; antes bien me importa recordar la distinción tecnológica fundamental entre Oriente y Occidente, distinción que incluso se remonta al mundo antiguo y tardo-antiguo y que tiene contenidos esencialmente culturales e institucionales.

Distinción esta, y casi oposición, que se basa en las diversas actitudes de pensamiento de Grecia y Roma, y que luego aparece institucionalizada en el ámbito del Imperio romano, a partir al menos del final del siglo III de nuestra era, y que pasará luego a la misma mentalidad y estructura de la Iglesia con consecuencias de gran relevancia acerca de cuanto estamos por decir.

De la matriz y del patrimonio común del único Imperio y de la única Iglesia, surge en efecto una dualidad que tendrá consecuencias hasta nuestros días. Y es precisamente este proceso dual entre Oriente y Occidente que viene considerado en su desarrollo histórico lo que aquí nos interesa. Se trata de tomar, de los dos grandes miembros, las características fundamentales y los aspectos estructurales que los califican, de modo que resulten, además de las obvias afinidades, las no desdeñables diferencias. Diferencias que hacen que aún hoy hablemos de Oriente y Occidente con la consciencia implícita de diversidades y discrepancias, mientras que esperan su definitiva superación.

Del ámbito cultural e institucional del Oriente, civil y religioso, diremos algo al final de nuestro discurso, mientras nuestra atención ahora va dirigida al Occidente, es decir a Europa en sentido estricto.
Esta grandiosa realidad, de un conjunto rico de ideas y estructuras, creo que es necesario sea mirada en su realidad de fondo, más allá de todos los particularismos y las tensiones que, a primera vista, parecen calificarle la experiencia histórica. Mirada de esta manera, la historia del Occidente nos presenta un diseño global que figura ya delineado entre los siglos VIII y IX de nuestra era, y que asume formas claramente estructuradas en los siglos que vienen inmediatamente después del primer milenio; en la época que llamamos moderna esta unidad sufre en cambio una metamorfosis y una crisis durante los cuales los particularismos afloran poderosamente, sin desmentir sin embargo la unidad de fondo que cultura e instituciones comunes continúan salvaguardando. Y eso mientras un grandioso proceso de expansión, colonial y misionero al mismo tiempo, lleva a Occidente a salir de su ámbito originario, haciendo de esta manera visible y operante su vocación a la universalidad.

Esta primera mirada rapidísima al pasado me permite proponer, aunque no justificar por ahora, la tesis que Europa, no es hoy una realidad por construir ex novo (de nuevo) sobre inexistentes bases históricas, sino más bien reconstruir, después de la gran devastación que los eventos más cercanos nos han provocado, bien sea en el campo de las ideas como en el de las estructuras y orientaciones.

La generación que ha vivido, más o menos directa y personalmente, la triste historia de las dos guerras, que serían llamadas “europeas” más que mundiales, porque de aquí han partido, así como de Europa han nacido las ideologías desestabilizantes que las han provocado, tal generación bien puede decir que ha asistido a la crisis casi mortal de una civilización y a la caída de muchas de sus estructuras fundamentales. Y también ha sentido surgir la necesidad de crear, en lugar de lo que se había destruido, algo nuevo. Y aquí está el dilema: ¿fundación, o más bien refundación de Europa?

Ahora bien, la tarea de refundar Europa no es sin embargo simple, y ciertamente compromete, antes que nada y sobre todo a los políticos, los hombres de cultura de las nuevas generaciones. El hombre europeo en efecto tiene a sus espaldas una experiencia de más de tres siglos – convertida por tanto casi en costumbre - en la cual doctrinas y eventos han conspirado para anular los incluso sólidos y fundamentales aspectos del edificio unitario, debilitando al máximo la cuestión global de tal edificio y dejándolo en cambio transparentar, e incluso resaltando, los aspectos y momentos de debilidad e insuficiencia. A este propósito hay que decir que una gran responsabilidad por esta pérdida de consciencia originaria, recae en la escuela y en particular en la enseñanza de la historia, comenzando por los manuales que hacen de guía y apoyo a tal enseñanza. En efecto, aún más allá de ciertos títulos más recientes, títulos que se adaptan a una mentalidad de aliento supranacional, su contenido tiende por lo demás a quedar anclado a viejos esquemas y visiones particulares.

En su origen por tanto, el Occidente se presenta como una comunidad de pueblos de origen y proveniencia diversos, los que después de una historia larga de choques incluso violentos, encuentran motivo de convergencia en la tradición de la Roma ya imperial y luego sede del sucesor del apóstol Pedro. Esta Roma “civitas sacerdotalis et regia”, como nos dice Juan VIII, que había vuelto, al inicio del siglo IX, a ser de nuevo sede ideal del Imperio, precisamente por iniciativa de los pontífices romanos, con la elevación a emperador “semper Augustus” de Carlo, rey de los Francos.

Pero tenemos que decir más. En este momento germinal de la nueva sociedad occidental está viva la consciencia, sobre la base de los textos bíblicos, que existe una sola autoridad suprema, una autoridad que está por sobre todo poder terreno, y por tanto incluso del papa y del renovado emperador romano, de la cual son ellos vicarios en esta tierra, y es la autoridad suprema del Cristo “rey y sacerdote eterno”, constituido tal, como nos dice Jeremías (Jer.1,10) “super gentes et super regna”, y centro hacia el cual todo converge y en el que todo está destinado a “recapitularse”, como afirma san Pablo (Ef. 1,10).

Esta orientación unitaria y vertical, está ya operante de manera clara en la época carolingia y llevará el nombre de cristiandad (Christianitas), pero también de Europa. Una sinonimia que se encuentra aún - es realmente significativa – en la época del Romanticismo, en la cresta entre los siglos XVII y XVIII, en aquel breve ensayo que el poeta protestante alemán Novalis [ ] quiso llamar precisamente Die Christenkeit Oder Europa (La Cristiandad o sea Europa [ ]), ensayo que De Lubac, años atrás, había llamado una “especie de manifiesto profético que toma la forma de una vasta pintura histórica”.

Novalis, en su poética idealización del pasado, iniciaba su escrito lamentando “aquellos espléndidos tiempos en que Europa era una tierra cristiana, en que la única Cristiandad habitaba esta parte del mundo humanamente plasmada, un único gran interés común unía a las más remotas provincias de este vasto reino espiritual”, y afirmaba además que “Roma misma se había convertido en Jerusalén, la residencia sagrada del reino divino en la tierra”.

Sin caer en los, sin duda demasiados colores rosados y en el optimismo, en contraposición al disgusto por los eventos revolucionarios de sus años, con que el Novalis veía este medioevo cristiano (es el apunte que ya le indicaba el amigo Federico Schlegel [ ]), y ateniéndonos a la realidad que aflora de las doctrinas e instituciones del tiempo, podemos sin temor a desmentirla, afirmar que, a partir del siglo IX, no sólo el pontífice romano, sino también el renovado emperador fueron considerados por sus contemporáneos como supremas autoridades vicarias del único líder y soberano verdadero, el Cristo, respectivamente el pontífice en las cosas espirituales, propias del sacerdocio de Cristo y el emperador en aquellas temporales, propias de su realeza; mientras el orden unitario, que tales vicarios presidían, era visto como la realización, ya en esta tierra, y por cuanto era humanamente posible, de la Civitas Dei que San Agustín había preconizado a inicios del siglo V, es decir, cuando el antiguo Imperio, precisamente en Occidente, estaba yendo a la ruina, y aún no se entreveía en la escena caótica de las migraciones de los pueblos germanos algún orden posible. Si Roma cae - se decía entonces (y el saqueo de la “ciudad eterna” en el 410 por obra de los Godos de Alarico era el preanuncio de aquello) - ¡será el fin del mundo! Pero aquí en cambio proféticamente San Agustín intuía que los cristianos precisamente estaban llamados a formar un nuevo orden, es decir una única res publica (“omnium christianorum una res pubblica est”, De opere monachorum, 25,33 [ ]) una “res publica cuius conditor et rector Christus est” (De Civitate Dei 2,21).

El crecimiento y desarrollo del nuevo orden unitario medieval han sido en su mayoría estudiados, y son aún enseñados, lamentablemente, de manera prevalente bajo el perfil de los desacuerdos del vértice y de los infaltables particularismos de base, fueran ellos de feudo o de campanil. Todas esas cosas sin duda verdaderas, pero que igualmente no impidieron que la construcción del conjunto jurídico e institucional fuera llevado adelante y llegase a los fastigios [ ] en la edad que va del final del siglo XI a mitad del XIV, la así llamada ‘edad clásica’ de este asunto, como fue llamada especialmente teniendo en cuenta el renacimiento del estudio del derecho y el florecimiento de la gran cultura teológica, y no sólo teológica. Luego comenzó una gradual crisis involutiva, al menos bajo el perfil de las estructuras unitarias, fase que Gilson [ ] indicó con la feliz expresión de las Metamorfosis de la ciudad de Dios, llamando así a su célebre ensayo [ ].

Pero también en esta fase, en la cual nuevos y más potentes particularismos iban aflorando (es el momento de la génesis de los Estados territoriales modernos, con pretensiones de soberanía), incluso en esta fase no se desmiente, en la unidad de fondo incluso institucional, la impronta esencialmente cristiana de Europa y de sus estructuras fundamentales: se mantuvo y fue ulteriormente elaborado aquel glorioso patrimonio jurídico romano-Justiniano, patrimonio que habría sido generalmente indicado con el significativo nombre de ius commune, significativo porque el adjetivo “común” era para indicar su potencial, pertinencia connatural al entero complejo de los pueblos del Occidente, que tenían a Roma por communis patria; tales pueblos gradualmente lo reconocieron, incluso si bien con alguna reserva y momentánea reacción, al menos en cuanto concierne al complejo de las normas civiles.

Lo que importa notar aquí es que este ius commune encuentra, en su bipolaridad, la perfecta correspondencia con las dos autoridades vicarias del mundo cristiano de Occidente, el papa y el emperador. En este ámbito, sea dicho de paso, pero con el intento de aclaración fundamental - será vano buscar, a nivel de vértice, un Estado y una Iglesia, como a nosotros vendría espontáneo hacer, utilizando nuestra mentalidad moderna, y como de hecho lamentablemente hacen a menudo también expertos estudiosos que no se dan cuenta que proyectan de ese modo un esquema inadecuado para comprender el orden medieval en su nivel más alto. Tal esquema se volverá obviamente legítimo sólo con referencia a los ordenamientos estatales particulares (territoriales), cuando progresivamente se asomarán en el ámbito de la propia Europa.

La bipolaridad del “derecho común” consiste pues en la coexistencia paralela de un derecho canónico (que vendrá a ser llamado también ius pontificium) y de un derecho civil (que vendrá a ser llamado también ius imperial), consiste este último en gran parte en los textos de la imponente codificación del derecho romano que el emperador Justiniano había hecho compilar en el siglo VI [ ]. Textos que - como es sabido – después de un eclipse casi total durante el alto medievo, retornaron casi misteriosamente a volver a circular íntegramente a finales del siglo XI e inicio del XII y, considerados como normas hasta ahora vigentes (¡potencia de la idea de Imperio!), se volvieron objeto de constante estudio y de atenta exégesis en Bolonia por parte de Irnerio [ ] y sus seguidores los Glosadores[ ] en aquel glorioso Studium, matriz de las otras Universidades todas dedicadas al derecho, así como al culto de las artes liberales y la lectura de la “sagrada página” es decir a la teología.

La conexión entre estos dos derechos, dirigidos uno a la salus animarum (salvación de las almas. N. del T.) y a la disciplina eclesiástica, y el otro al orden de las cosas temporales, era tan estrecha, como el nexo entre el alma y el cuerpo, que llega a ser denominada con las expresiones utrumque ius (los dos derechos. N. del T.), que bien representaba al mismo tiempo la bipolaridad y la unidad de tal sistema normativo. Y fue mérito y orgullo del compromiso exegético de la doctrina y de la escuela, el haber llevado a la convergencia y unidad concorde los “dos derechos”, además de los dos doctorados individuales que llegaron a juntarse cada vez más en In utroque iure (en uno y otro derechos. N. del T.) [ ].
Naturalmente este complejo de normas que tenía carácter de generalidad y de ejemplaridad, dejaba vivir en cierto sentido, nutría por sí misma un complejo florecimiento de derechos particulares y locales, conectados e innatos a las miles órdenes eclesiásticas y seculares que caracterizaban el exuberante florecimiento de autonomías típicas de la vida medieval (estatutos comunales, corporativos, sinodales, capitulares, etc.).

El cuadro no estaría completo si no recordáramos que el ius commune considerado derecho cumbre en el ámbito de la normativa humana estaba a su vez sometido, a una sociedad que tenía impulso y dimensiones verticales trascendentes de las normas promanadas de la lex divina, normas transmitidas y dadas a conocer a los hombres a través de los dos canales, el del orden de la naturaleza (el “derecho natural”) y el de la Revelación (el llamado “derecho divino positivo”, que consiste en los preceptos del Decálogo y en aquellos evangélicos). El sistema jurídico, incluso más que las construcciones teológicas y filosóficas, evidencia así – en mi opinión - un admirable esfuerzo de ordinatio ad unum de una sociedad entera; lo que no debe obviamente hacernos olvidar o callar los aspectos a menudo caóticos y todas las deficiencias de la vida concreta de nuestro Occidente.

De esta grande y única experiencia unitaria que Europa ha hecho, los historiadores de la llamada historia general han sido y todavía son muy reacios a tomar nota, limitándose eventualmente a hablar de “idea de Europa” o de consciencia europea, sin admitir la realidad unitaria institucional concomitante, una unidad que la edad moderna ciertamente ha puesto en crisis, pero en cuya misma base se ha insertado con sus reglas estatales soberanas, las cuales aún no han anulado del todo la vital persistencia del derecho forjado como sistema en los siglos medievales.

La recepción del ius commune, por parte de toda Europa es en efecto fenómeno, en parte al menos, de la edad moderna. Tal recepción, al menos en lo que concierne al ius commune romano justiniano y el bagaje interpretativo y doctrinal que lo acompañaba desde el medievo (para el derecho canónico el discurso es bastante diverso, en cuanto a su difusión y aplicación encuentran menos dificultades), tal recepción - decía - es un proceso que nos lleva muy adelante en el tiempo para la gradual y más matizada afirmación que tuvo entre los varios pueblos europeos. Aunque sólo el pueblo inglés terminó por quedar casi inmune, forjándose, por vía esencialmente consuetudinaria, su common law[ ] es decir un derecho común extrañamente “particular”, respecto al derecho común, europeo. Un particularismo que nos recuerda de inmediato la posición más bien anormal que Inglaterra tiene ante las instituciones de la Comunidad Europea en gestación.

Recordaremos por último que el derecho común europeo, bajo el aspecto civil de matriz justiniana se difundió en la edad moderna también más allá de la propia Europa siguiendo algunas líneas de expansión colonial (por ejemplo en Sudáfrica de colonización holandesa, donde aún está parcialmente en vigor); y, con respecto al derecho canónico, acompañando obviamente al renovado gran impulso misionero en el mundo.

Fase pues de crecimiento para Europa la de los siglos modernos, aunque concomitante con el consolidarse, en términos absolutistas, de un proceso iniciado ya al final del medievo, de afirmada soberanía territorial de las monarquías individuales particulares y de algunas reglas ciudadanas, llegando también ellos (piénsese en Venecia) a la dignidad soberana, con su régimen aristocrático y republicano. Crisis de unidad que no nos debe sin embargo hacer olvidar los vínculos comunes aún operantes a través de la persistente y vital tradición cristiana y el patrimonio jurídico común del cual acabamos de hablar.

Estas consideraciones, que creo que están bien fundadas en la realidad observada en toda su complejidad y sin ningún tipo de prevenciones, me hacen decir que, mientras es justo hablar, para la edad moderna, de “idea de Europa”, como ha hecho excelentemente entre tantos Federico Chabod [ ], es aún más legítimo y justificado afirmar que, además de la idea, algo mucho más sólido y consistente sobrevive en los siglos modernos y que la expresión res publica christiana, usada ampliamente incluso en aquellos siglos para indicar a los pueblos europeos en su conjunto y la comunidad de sus soberanos (expresión, como bien sabemos, de sabor agustiniano) continuaba significando una realidad sustancial de estructuras jurídicas e institucionales no del todo desgastadas. A este propósito quiero aquí también recordar que los institutos fundamentales del derecho internacional tienen su génesis y desarrollo doctrinal en el ámbito de los pueblos europeos, cuya comunidad fue por tanto matriz de la comunidad jurídica en sentido universal.

Y aún quisiera aquí recordar que el mismo Sacro Imperio Romano, aunque ha sido connotado desde hace mucho tiempo con la restrictiva aposición que lo denominaba “de nación alemana” (¡pero que de hecho tenía aún carácter interétnico!) llegó a la extinción sólo en 1806, con la renuncia formal a aquel título por parte de Francisco II o (desde entonces será emperador de Austria con el nombre de Francisco I); Napoleón había llevado (o ¿alcanzado?) ya desde hacía dos años en el ámbito francés la dignidad suprema del Imperio (¡pero como emperador de los Franceses!), de aquel Imperio que un milenio antes había aparecido en Europa con Carlo Magno, rey de los Francos.

Por último no quisiera que se olvidase que el derecho romano-justiniano, es decir el aspecto civilista del ius commune del que hemos hablado, permaneció en vigor para todos los efectos en el ámbito del Reich germánico, si bien de estilo prusiano, aún durante todo el siglo XIX (hasta 1899), mientras la ciencia de estudios romanos alemana, durante el mismo siglo, lo hizo objeto de ulterior elaboración por obra de la corriente sistemática de la jurisprudencia conocida con el nombre de “pandectística” [ ].

El perfil histórico de Europa occidental nos ha presentado una res publica fundada en bases romanas y cristianas, y que ha sobrevivido incluso durante la edad moderna, entrando en una crisis casi mortal sólo con las dos grandes guerras de nuestro siglo. Nos queda ahora dar - como hemos dicho al inicio - una rápida mirada al Oriente, tomando en consideración los aspectos más característicos y las impostaciones de estructura fundamentales que han hecho de ello algo distinto y diverso de Occidente, una segunda Europa es decir, o – como se ha dicho - “la otra Europa”.

La dicotomía Oriente-Occidente - como ya se ha visto – se remonta al mundo antiguo, a la bipartición del Imperio romano, que implícitamente se refería a los precedentes y muy lejanos ambientes culturales de Grecia y Roma. El mismo mensaje cristiano, también se ha dicho, al sumergirse y encarnarse en esta realidad tuvo que sufrir, incluso en la unidad común de la fe y las doctrinas fundamentales, una cierta polarización dualista. La vieja Roma y la nueva Roma, es decir Constantinopla, fueron llevadas a rivalizar en el siglo IV, también en el plano religioso. En Constantinopla la autoridad imperial romana encontró una renovada y floreciente vitalidad en el nuevo rol de un Imperio romano-cristiano, y la estructura eclesiástica se encuentra involucrada en una concepción de la sociedad concentrada en el ápice del basileus [ ], considerado y venerado como “ícono de Dios” en esta tierra (imago Dei).

Así que la misma jerarquía eclesiástica, comenzando por el arzobispo y patriarca ecuménico de Constantinopla, apareció inmersa en el orden imperial y casi en función de éste. Y precisamente la iglesia constantinopolitana fue llamada “Iglesia del Imperio”, así como la disciplina eclesiástica fue regida por colecciones mixtas en que a los cánones de los grandes concilios convocados por los emperadores se le añadían normas (nomoi) más directamente imperiales , colecciones que tomaron por tanto el nombre significativo de “nomocánones”. No así en Occidente, donde la crisis del Imperio, culminada en 476, y el vacío de poder que le siguió, permitieron e hicieron más bien necesario un nuevo asentamiento y la configuración gradual de una sociedad nueva y diversa en sus planteamientos, con la afirmación siempre más clara del poder espiritual sobre el temporal, es decir del pontífice romano sobre cualquier otra autoridad.

Las tensiones y rupturas formales entre Roma y Oriente, fruto de estas divergencias, fueron recurrentes a inicios del medievo. Bastará aquí recordar el episodio más clamoroso, en el siglo IX, en el tiempo del patriarca Focio [ ], mientras la gran ruptura ocurrió en 1054 con el patriarca Miguel I Cerulario, y que será luego sellada en el momento de la IV cruzada, cuando los occidentales expugnaron Constantinopla en 1204, dando vida al Imperio latino de Oriente que duró hasta el 1261. Cosas todas que se presentan como consecuencias, podremos decir casi “fatales”, de dos diversas actitudes institucionales del mundo político y religioso cristiano, y que a su vez tuvieron graves repercusiones, como bien sabemos, hasta nuestros días.

El Imperio de Constantinopla y su sistema de relaciones entre poder temporal y autoridad espiritual encontraron, en la caída de la vieja Bizancio, bajo los Turcos en 1453, es decir en el momento de la caída y del definitivo ocaso de aquel Imperio que aún se llamaba romano, una continuación, casi inesperada y rica de significados ideales en la Rusia de los grandes duques de Moscovia, significados fuertes incluso por un vínculo dinástico con los Paleólogos bizantinos, que comenzaron a llamarse “zar” (o sea Césares) y providencialmente a considerarse llamados a asumir aquella herencia imperial, adquiriendo para su nuevo Imperio cristiano otros pueblos y tierras; expansión que continuó en toda la edad moderna, yendo del Cáucaso a la Siberia y finalmente al Extremo Oriente, con una obra de conquista y colonización que incluso sin cruzar los océanos (pero que llega hasta Alaska), bien puede ser parangonada a la realizada por el Occidente en aquellos mismos siglos. Y Moscú, después de Constantinopla que había sido la “segunda Roma”, se vuelve en este cuadro ideal la “tercera Roma”.

Constantinopla y luego Moscú por tanto. A nosotros nos interesa subrayar este nexo que vinculó la una a la otra capital en un sistema tendencialmente autocrático. La difusión del mensaje cristiano sufría así en el área de la “santa Rusia” la tentación, quizá más que en Occidente, de colorearse de aspectos políticos, aunque hay que decir incluso que por otro lado, se dejó un espacio amplio y decisivo a una espiritualidad muy elevada de tipo ascético y monástico, por lo demás popular.

Quizá se ha buscado precisamente en tal vocación del pueblo ruso una conquista, espiritual y temporal a un tiempo, sostenida por una vena de nacionalismo paneslavo, se ha buscado - decía - uno de los motivos y posibles explicaciones de aquella otra vocación a la conquista ideológica con aspiraciones universales puesta en marcha por la revolución de Octubre, bajo el impulso del mensaje marxista. Este nuevo mensaje de redención y salvación material y terrena, nacida además en un Occidente en proceso de profanación, parece en efecto haber encontrado en la Rusia soviética una fuerza de tipo imperialista y al mismo tiempo ecuménico, que logró difundirlo e imponerlo por casi tres cuartos de siglo.

El problema de las “dos Europas” se nos presenta, por cuanto se ha dicho, en términos viejos y nuevos a un tiempo y si la dualidad de fondo entre Oriente y Occidente, que ha durado todos los siglos medievales y modernos, parece haber perdido en su aspecto esencialmente cultural y religioso sus motivaciones originales, tal dualidad se ha representado en cambio en los últimos setenta años bajo el perfil ideológico y fuertemente político, hasta la llamada “guerra fría”, y con una acentuación de divergencias por cuanto concierne a las estructuras económicas puestas en marcha por el comunismo soviético. Sumándole, desde 1945, el hecho del desplazamiento de límites entre las dos áreas, desplazamiento determinado por la repartición de las zonas de competencia, concordada en los Acuerdos de Yalta [ ], acuerdos que sólo desde hace algunos años han definitivamente quedado en nada, junto al concomitante Pacto de Varsovia [ ]. Aquellos acuerdos habían - como es bien sabido – llevado a la adquisición forzada en el ámbito ruso, y por tanto oriental, de tierras y pueblos que tradicionalmente habían pertenecido al mundo occidental, como aquella amplia porción de pueblos eslavos que va desde los polacos a los checos y eslovacos, a los croatas y eslovenos, además al pueblo Magiar y a los mismos países bálticos, pueblos crecidos todos en la escuela del Occidente, y casi todos con dependencia de la autoridad del Emperador sacro y romano, como había ocurrido para el reino de Bohemia, o bien, y en todo caso, ligados por vínculos no sólo religiosos, sino también de naturaleza temporal con el pontífice romano como, para poner sólo un ejemplo, era el vínculo fidelitas del reino de Hungría: pueblos pues que habían sido parte viva de la Cristiandad europea, y que sólo ahora finalmente han regresado o están por regresar al seno del Occidente.

Tampoco podemos ignorar que también para una parte del área de estricta tradición oriental y bizantina, el hecho de la polarización en Oriente aparece, y no sólo a la luz de los más recientes eventos, en vía de superación. La entrada, algunos años atrás, de Grecia, típica tierra de cultura bizantina, en la Comunidad europea, que es creación del Occidente, es pacífico y significativo preanuncio, mientras ya sabemos que otros países de Europa oriental están por entrar en el ámbito de la Comunidad.

Ahora sin embargo, después de las metamorfosis ideológicas y políticas del Commonwealth soviético, la incógnita del gran pueblo ruso y de la constelación de pueblos que hasta ahora miran a Moscú, permanece como un problema abierto y constituye una gran incógnita que deja perplejos los desarrollos y disposiciones futuras de esta gran porción del Oriente. Los auspicios de unidad con el Occidente formulados a su tiempo en términos de “comunes raíces cristianas” por Juan Pablo II, y el proyecto de una única “casa común desde el Atlántico a los Urales” enunciado por Gorbachov, quedan por ahora en eso: y mientras la realidad de las “dos Europas”, secularmente divididas, parece haber llegado a su fin, el trabajo de la convergencia y la meta de la unidad se presentan como un fin por perseguir con tenacidad y muy buena voluntad de ambas partes, incluso siendo todos conscientes de que las dificultades no faltan (¡el drama de los pueblos Yugoslavos y balcánicos nos lo recuerda!).

El Occidente, también a propósito de la convergencia y del deseado proceso de unificación con su imagen especular, es decir con el Oriente europeo, debe retomar ante todo consciencia de su tradición cristiana, y de los motivos profundos que lo han hecho lo que es, es decir un centro de universalidad insuperable (más allá del llamado ‘globalismo’ impetuoso), librándose de toda forma de egoísmo cerrado y del aparatoso bagaje de construcciones ideológicas abstractas que lo han desorientado y debilitado en los últimos siglos, dejándolo luego desilusionado acerca del propio futuro. Es decir, tiene necesidad de recuperar la confianza en los valores que ya una vez han hecho posible su unidad y su primado en el mundo.

Pero quisiera incluso decir que a este proceso de ‘depuración’ del Occidente europeo quizá esté destinado a llevar una contribución eficaz justo aquel Oriente que bajo el manto de una aparente desorientación y de dificultades materiales, conserva las raíces intactas de una profunda espiritualidad humana y cristiana.
Aquel “suplemento del alma” que el Occidente, cansado de su bienestar material, parece ya incapaz de darse a sí mismo, quizá podría provenirle justo de la otra Europa, que incluso parece la más necesitada de ayuda.

Notas

i. En la Antigüedad clásica, Escitia (griego clásico: Σκυθική; griego moderno: Σκυθία) era la región euroasiática habitada por los pueblos escitas desde el siglo VIII a.C. hasta el II d. C.Su extensión varió a lo largo del tiempo, pero en general comprendía las llanuras de la estepa póntica desde el Danubio hasta las costas septentrionales del mar Negro. Las regiones conocidas como Escitia en los autores clásicos incluyen: La estepa póntica: Kazajistán, sur de Rusia y Ucrania (habitadas por escitas desde al menos el siglo VIII a. C.). La región al norte del Caúcaso, incluida Azerbaiyán. La posterior Sarmacia, Ucrania, Bielorrusia y Polonia hasta el mar Báltico (conocido como océano Sarmático). La zona del sur de Ucrania y el Bajo Danubio, también llamada Escitia Menor. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Escitia

ii. Sarmacia: (in latino: Sarmatia) es el nombre atribuido por los Romanos a una porción de tierra de la Europa oriental, actuales Ucrania y Rusia meridional, y del Asia occidental, comprendida entre el Mar Negro y los rios Don y Volga, habitados originalmente por los Sármatos. Fuente: https://it.wikipedia.org/wiki/Sarmazia

iii. Novalis (2 de mayo de 1772, Wiederstedt - 25 de marzo de 1801, Weißenfels) fue el seudónimo con el que pasó a la fama el escritor y filósofo alemán Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, representante del Romanticismo alemán temprano. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Novalis

iv. Se puede encontrar copia del texto en la siguiente dirección: http://www.libros.unam.mx/digital/43.pdf

v. Karl Wilhelm Friedrich von Schlegel (Hanóver, Alemania, 10 de marzo de 1772 – Dresde, Alemania, 12 de enero de 1829) fue un lingüista, crítico literario, filósofo, hispanista y poeta alemán, uno de los fundadores del Romanticismo, hermano del también filólogo August Wilhelm Schlegel. Fuente: Friedrich Schlegel. (2017, 12 de septiembre). Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Friedrich_Schlegel&oldid=101817689

vi. Se puede consultar copia del texto en: https://www.augustinus.it/latino/lavoro_monaci/index.htm

vii. Fastigio. Del lat. fastigium.1. m. Parte más alta de algo que remata en punta, como una pirámide. 2. m. cumbre (‖ mayor elevación de algo).3. m. Arq. Remate triangular de una fachada. Fuente: http://dle.rae.es/?id=HfUjsFQ

viii. Etienne Gilson: (París, 13 de junio de 1884 – Auxerre, 19 de septiembre de 1978) fue un filósofo e historiador de la filosofía francés, uno de los más destacados autores de la neoescolástica y especialista en Santo Tomás de Aquino. Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=%C3%89tienne_Gilson&oldid=100494239.

ix. Puede verse una versión en español en este texto en: https://es.scribd.com/document/139557104/Gilson-E-La-Metamorfosis-de-La-Ciudad-de-Dios

x. Justiniano (en latín: Flavius Petrus Sabbatius Iustinianus; en griego: Ιουστινιανός) (Tauresium, 11 de mayo de 483-Constantinopla, 13 de noviembre de 565) fue emperador del Imperio romano de oriente desde el 1 de agosto de 527 hasta su muerte. Durante su reinado buscó revivir la antigua grandeza del Imperio romano clásico, reconquistando gran parte de los territorios perdidos del Imperio romano de Occidente. Fuente: Justiniano I. (2018, 15 de marzo). El Corpus luris civilis (Cuerpo de Derecho civil) es la más importante recopilación de Derecho romano de la historia. Este código se compiló por orden del emperador Bizantino Justiniano (527-565) Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Justiniano_I&oldid=106257204.

xi. Irnerio o Irnerius (Bolonia h. 1050 - h. 1130) fue un jurista italiano. Incorporado a la llamada Escuela de Bolonia, de donde extrae buena parte de la base de conocimientos jurídicos que le permitirán desarrollar su obra, la primera referencia suya se encuentra en un documento de 1113. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Irnerio

xii. La Escuela de Boloña, también conocida como la escuela de los jurisconsultos boloñeses o escuela de los Glosadores por ser la glosa o exégesis textual la forma en que se manifestó su actividad científica a la hora de estudiar el derecho romano justinianeo, fue fundada en los postreros años del siglo xi por el eminente jurista Irnerio. Junto con el método de trabajo basado en la glosa, el proceso de consagración al que fueron sometidos los textos justinianeos, al tiempo que se les atribuía una autoridad cercana a la religión cristiana bíblica, fue nota caracterizadora del íter seguido por los glosadores. Fuente: Escuela de Bolonia (Derecho). (2017, 7 de octubre). Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Escuela_de_Bolonia_(Derecho)&oldid=102414893.

xiii. La locución in utroque jure (o in utroque iure) se aplica a normas, leyes, doctorados, etc. que son recogidas «en uno y otro derechos», es decir en el derecho canónico y en el derecho civil. Esta distinción era frecuente durante la Edad Media en Alemania y lo ha continuado siendo en la jerarquía de la Iglesia católica. Fuente: In utroque jure. (2018, 25 de enero). Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=In_utroque_jure&oldid=105144495

xiv. El Common Law es el Derecho común o Derecho consuetudinario vigente en la mayoría de los países de tradición anglosajona. En sentido estricto podemos decir que es el sistema jurídico creado en Inglaterra tras la conquista normanda (1066). Se llamó common (común) porque pasó a ser el Derecho de aplicación general en todo el reino por parte de los tribunales del Rey, los cuales seguían un mismo conjunto de principios y reglas jurídicas. En un sentido más amplio se habla de Common Law para referirse a aquel sistema legal basado, primordialmente, en las decisiones adoptadas por los tribunales, en contraste con los sistemas de Derecho civil, como el nuestro, donde la principal fuente de Derecho es la Ley. Fuente: http://www.asociacion-eurojuris.es/definicion-common-law/

xv. Federico Chabod (Aosta, 23 febrero 1901 – Roma, 14 julio 1960) fue un historiador, alpinista y político italiano, patrocinador de la causa valdostana. Fuente: https://it.wikipedia.org/wiki/Federico_Chabod

xvi. La pandectística o pandectismo fue una doctrina jurídica europea posterior al humanismo jurídico y anterior a la codificación, que alcanzó su apogeo en Alemania en el siglo XIX. La escuela pandectística trataba de analizar los textos del derecho romano siguiendo el método de la dogmática jurídica, es decir, buscando la extracción de principios, así como la deducción de conceptos nuevos, basados en la abstracción a partir de conceptos anteriores. Fuente: Pandectística. (2017, 18 de abril). Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Pandect%C3%ADstica&oldid=98452589.

xvii. Basileos, basileo o basileus (en griego: Βασιλεύς, basileús) es un título de origen griego aplicado a distintos tipos de monarcas históricos. Utilizada desde la época micénica,1 cuando era aparentemente otorgado a autoridades menores, se convirtió en la designación común para los soberanos en la época arcaica2 y clásica. Con la desaparición de las monarquías, el título permaneció en uso para designar a un funcionario de la polis, generalmente encargado de los sacrificios públicos. En Macedonia, donde continuó la institución monárquica fue usado para designar al rey y desde allí, tras las conquistas de Alejandro, fue el título de los soberanos de los reinos helenísticos. Con la conquista romana y la creación del Principado por Augusto, el término griego para rey fue aplicado en los países de habla griega al emperador romano; por esto, sería utilizado más tarde por los emperadores bizantinos. Transcrito como basileos, basileo o basileus suele usarse en la historiografía para designar a los emperadores bizantinos. Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Basileos&oldid=104834463

xviii. Focio (también conocido como San Focio o Focio el Grande) (Constantinopla, ca. 820 - Bordi, de Armenia, 6 de febrero de 893) fue patriarca de Constantinopla, escritor bizantino, y santo de la Iglesia ortodoxa. Fue la principal figura influyente en la evangelización de los eslavos y también en el llamado "Cisma de Focio”. Fuente: https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Focio&oldid=103822748

xix. La conferencia de Yalta fue la reunión que mantuvieron antes de terminar la Segunda Guerra Mundial (del 4 al 11 de febrero de 1945) Iósif Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt, como jefes de gobierno de la URSS, del Reino Unido y de Estados Unidos, respectivamente. Suele considerarse como el comienzo de la Guerra Fría. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Conferencia_de_Yalta

xx. El Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua, más conocido como Pacto de Varsovia por la ciudad en que fue firmado, fue un acuerdo de cooperación militar firmado en 1955 por los países del Bloque del Este. Diseñado bajo el liderazgo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), su objetivo expreso era contrarrestar la amenaza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y en especial el rearme de la República Federal Alemana, a la que los acuerdos de París permitían reorganizar sus fuerzas armadas. El Pacto se disolvió el 1 de julio de 1991. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Pacto_de_Varsovia

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