La educación moderna. ¿Especialistas de la nada? /1
autor: Sergio Belardinelli
Docente de Sociología de los Procesos Culturales y Comunicativos en el Alma Mater Studiorum Universidad de los Estudios de Bolonia
Giorgio Israel
Docente de Matemática en la Universidad La Sabiduría de Roma
Alberto Savorana, (moderador)
Portavoz de Comunión y Liberación
fecha: 2012-08-24
fuente: L'educazione moderna: specialisti del nulla?
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "La natura dell'uomo è rapporto con l'infinito", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "La naturaleza del hombre es relación con el infinito")
traducción: María Eugenia Flores Luna
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ALBERTO SAVORANA:
Buenos días, bienvenidos a todos en este encuentro sobre “La educación moderna: ¿especialistas de la nada?”. El título es intencionalmente provocador, pero no quiere ser acusatorio con respecto a alguien, quiere poner más bien el acento en aquel factor, en aquel elemento decisivo en cada dinámica, en cada proceso educativo, que es el sujeto, que es el yo, el yo de quien educa y el yo de quien es educado, que es hoy el verdadero nervio descubierto de aquella que ya - se habló por primera vez hace algunos años aquí en el Meeting - aquella que ya todos llaman emergencia educativa. Y es ante todo una emergencia porque está en juego el futuro de una sociedad, de un pueblo. Es una sociedad que no es capaz de educar, de formar sujetos, de los yo capaces de estar en la realidad sin ser arrollados por la primera circunstancia desfavorable, por la primera dificultad, por la primera señal de fatiga de la vida, es una sociedad que firma su condena a la extinción. Y entonces nosotros hemos querido invitar hoy a dos figuras, dos personalidades del mundo cultural, académico italiano, que en estos años hemos apreciado por haber aceptado a nivel de reflexión cultural el tema de la emergencia educativa. Está a mi izquierda el profesor Sergio Belardinelli, que es docente de sociología de los procesos culturales y comunicativos en la Universidad de Bolonia y a mi derecha el profesor Giorgio Israel, docente de matemática en la Universidad La Sabiduría de Roma. Los hemos invitado porque, por experiencia, sabemos que no son especialistas de la nada, más bien su misma actividad y su trabajo son una batalla, una batalla cultural para desmentir, a través de los instrumentos de su profesión, a través de su actividad, esto que parece un destino inexorable. También debe ser dicho que a este tema, que queremos hoy afrontar, tantos en estos años han tratado de responder, identificando la solución como un mero problema de reformas, de nuevas técnicas, de nuevas estrategias, pero quizás la experiencia de tantos profesores lo documenta. El problema no es ante todo aquel de una renovación de las estructuras, sino de una renovación del sujeto que habita, que transcurre su vida en las estructuras. Lo documenta de algún modo la muestra del Meeting, “El instante imprevisible”, donde, en la sección dedicada precisamente a la escuela, hay testimonios de profesores que, sin esperar las reformas, sin esperar que cambiaran las condiciones exteriores, han empezado a cambiar ellos y cambiando ellos, han empezado a cambiar algo de la escuela y lo han hecho porque ellos traían algo, tenían algo en lo que se apoyaban, que querían comunicar y por eso han aceptado el desafío de un mundo juvenil pintado por todos como indiferente, incapaz de interesarse en nada y han despertado curiosidad y deseo. En la muestra, hay una breve entrevista a Paola Mastrocola, que es profesora y escritora, que dice: “Si viera que tengo enfrente chicos que no están bien en la vida, yo les explicaría a Montale, a Dante, les haría conocer a Miguel Ángel, usaría la grandeza de nuestro patrimonio cultural para dar una alternativa, otra idea, una fuerza, la idea de una grandeza, pondría junto a ellos a los grandes para ver si se contagian”. Esto puede ocurrir, está ocurriendo en tantas situaciones, esta apuesta sobre el corazón de los jóvenes que frente a algo bonito, verdadero, grande, justo, se reavivan, hallan una pasión que parecería imposible despertar. Hay una frase que ha escrito Pasolini que cuenta su experiencia y dice: “Para hacer estudiar con ganas a los chicos, entusiasmarlos, hace falta mucho más que adoptar un método más moderno e inteligente. Se trata de matices, de matices peligrosos y emocionantes. Se necesita tener en cuenta, en concreto, las contradicciones, lo irracional, lo realmente puro que está en nosotros. Sólo puede educar quien sabe qué significa amar. Quien tiene presente a la divinidad”. Don Giussani, sobre esta percepción de la grandeza de la educación y del alcance de una relación educativa, ha construido toda su propuesta, cuando decía que la educación es una comunicación de sí mismo, es decir del propio modo de relacionarse con la realidad. Y la alternativa a esto, tenemos tantos testimonios a nuestro alrededor, es aquella que reduce la educación a una técnica, a un adiestramiento, a un entrenamiento, a poseer competencias, no que todo esto no sea importante, sino que no se puede descargar sobre esto la aventura de hacer crecer a unos yo, a unos protagonistas en el presente, en el futuro. Y desde este punto de vista un pequeño paréntesis. La triste experiencia de los test para el TFA (pasantía) quizás nos tenga que enseñar algo, de una posible reducción del profesor, y de aquella porción de profesores que serán los profesores del futuro, personas por valorar en base a algún indicador técnico. Hay algo más en juego, hay algo más frente al desafío educativo que tenemos hoy, hay más que centralismo, burocracia, uniformidad, hay necesidad de más libertad. El profesor Giuseppe Bertagli, en un libro suyo, y luego cedo la palabra a nuestros huéspedes, ya he abusado demasiado del tiempo, en un libro suyo cuenta de una intervención de Luigi Einaudi durante la Constituyente que relataba el coloquio del Ministro de la Instrucción Pública en la época de Napoleón III, el que se jactaba, con un extranjero que había visitado Francia, la fuerza del sistema escolar educativo francés: “Son las 11:00, en todos los bachilleratos franceses públicos y privados se comenta aquel determinado paso de Tácito”. Una uniformidad como única solución de un problema educativo. Y Tocqueville en 1800 le hacía eco: “También la educación como la caridad, se ha vuelto en casi todos los pueblos de hoy un asunto nacional. El estado recibe, a menudo toma al niño de los brazos de la madre para confiarlo a sus encargados y se asume la tarea de inspirar en cada generación los debidos sentimientos dándoles ideas”. La uniformidad reina en los estudios como en todo el resto. La diversidad y la libertad desaparecen cada día más. Nosotros querríamos que esto no fuera la amarga profecía de algo que está ocurriendo también en Italia y por eso le hemos pedido al profesor Belardinelli, al profesor Israel que nos ayuden a leer los datos de la situación, para sostener la esperanza de tantos que no quieren resignarse a eso. La palabra al profesor Belardinelli.

SERGIO BELARDINELLI:
Gracias de modo particular por la introducción, la que a mi modo de ver ha dicho ya lo esencial sobre el tema de esta mañana. Junto a esto gracias, obviamente tengo que afirmar la satisfacción por estar acá. Considero un placer y un honor ser invitado al Meeting para hablar de educación, porque sé bien qué significa hablar de educación en el Meeting. Significa hablar de uno de los temas cruciales de una experiencia que, sabemos todos, es mucho más vasta que lo que incluso de modo grande emerge en el Meeting. Ahora, el tema ya ha sido dicho, es un tema formulado de modo provocador, pero tengo que decir que me gusta mucho esta formulación: “La educación moderna: ¿especialistas de la nada?”. Me gusta mucho porque enfoca lo que indudablemente es uno de los riesgos más dramáticos de la educación moderna. Ahora, el discurso que haré será un discurso muy teórico, cada uno hace las cosas que un poco sabe hacer, trataré justo de hacer ver en qué sentido, precisamente, corremos el riesgo de convertirnos en especialistas de la nada. La educación moderna, yo pienso en particular en Rousseau, entra en escena en un contexto sociocultural que es contraseñado con la que podríamos decir la crisis de la concepción clásica del hombre. Una crisis antropológica. Y una crisis que a mi modo de ver es bien representada por uno de los libros más importantes que hayan sido publicados en el siglo apenas pasado, pienso en After Virtue, después de la virtud, de un filósofo americano que es indudablemente conocido en el Meeting y que es Alasdair MacIntyre. Un libro que tiene más de treinta años, pero que según yo justo sobre el tema de la educación podría ser muy útil para evidenciar, dilucidar algunos temas cruciales. La trama de este libro, su núcleo fundamental son bien conocidos y son expresados desde el principio como si se tratara de un cuento de ciencia-ficción. Quien ha leído el libro sabe que se narra de hombres que, a causa de una no mejor precisada catástrofe - así dice MacIntyre: “catástrofe” - han perdido el sentido de la cultura en la que viven. De la sociedad desaparecida, como escombros, han quedado, y cito dos líneas de MacIntyre: “los fragmentos de un esquema conceptual, partes que ya no tienen aquellos contextos de los que derivaba su significado. Han quedado simulacros de moral”. Han quedado, además añado yo, palabras como felicidad, educación, formación, pero lo que ha desaparecido es la concepción del hombre de la que derivan los significados de estos términos. Ha desaparecido el contexto socio-relacional al interno del cual la vida humana todavía aparece como la vida de un yo, que no es solamente un conjunto de roles o alguna habilidad profesional o un lugar donde se concentran las competencias, sino precisamente una vida unitaria, una vida entera, una biografía evaluable como un todo. Una vez caída la antigua teleología natural, desaparecido el telos, a partir del cual el hombre se comprendía a sí mismo y del que derivaba por último la propia medida, no quedan, y esto nosotros lo sabemos casi trágicamente, no quedan más que las infinitas posibilidades de un sujeto que ya no tiene límites. De aquí a mi modo de ver las experimentaciones más atrevidas, sea hacia el retorno, absolutamente imposible, a la espontaneidad del estado de la naturaleza, es decir al homme naturel, como lo llamaba Rousseau, sea hacia el hombre totalmente social, lo que Rousseau llamaba el ciudadano. Espontaneísmo y socialización se convierten en los errores típicos de cierto modo de concebir la educación, de la que el mismo Rousseau, a decir verdad, pero nosotros no tenemos que hacer una filología roussoniana, de la que el mismo Rousseau había tomado las distancias, pero que desafortunadamente ha seguido persistiendo aun en la pedagogía contemporánea. En la base de estos errores hay una perniciosa falta de sentido de la realidad e igualmente un perniciosa propensión a la abstracción. La época moderna tardía o post-moderna en la que vivimos ha roto sea la unidad del contexto socio cultural en la que cada uno de nosotros actúa, sea la unidad de nuestro yo. Como ha mostrado un sociólogo del que me he ocupado por tanto tiempo, muy famoso, muerto al final del siglo apenas pasado, en 1998, que se llama Niklas Luhmann, el que debería ser leído no para compartir lo que dice, sino por la capacidad que tiene para decir cómo nuestra sociedad amenaza de ser, he aquí, este sociólogo nos dice que nuestra sociedad es una sociedad diferenciada. Decir que es una sociedad diferenciada significa decir que los sistemas sociales tienden a obrar de modo siempre más autorreferencial, son cada vez más cerrados uno con respecto al otro y aquel proceso detrás del que indudablemente hay un aumento de eficiencia, un aumento de ventajas materiales, si se quiere hasta de libertad, tras este proceso parece vacilar precisamente la centralidad del hombre y nuestra libertad. El funcionamiento de los diferentes sistemas sociales parece guiado cada vez más por códigos que no tienen nada que ver con lo que es humano y Luhmann lo dice expresamente, porque es un hombre que no tiene temor de ser cínico - por lo demás es mejor ser cínicos, que patéticos - y lo dice expresamente: el hombre ya no es el metro de medida de esta sociedad. También el hombre es sólo, si no en la cabeza de Luhmann, un sistema que ya es relegado al ambiente de los sistemas sociales. Los sistemas sociales en general, la ciencia, la política, cada uno ponga lo que cree, funcionan cada vez más como si los hombres no existieran. Yo generalmente tomo a este autor como ejemplo que señala de modo emblemático aquella que defino el auge y caída del sujeto moderno. Auge y caída de la ciudad de Mahagonny es una obra de Brecht, pero he escrito una cosa justo referente a este título: Auge y caída del sujeto moderno. ¿Por qué Auge y caída del sujeto moderno? Porque si nosotros pensamos en cierta filosofía moderna, en el modo en que ha sido concebido el sujeto en una cierta filosofía moderna, al menos en sus variantes más conocidas, he aquí, este sujeto moderno quiere ser sobre todo individuo. Decir que quiere ser individuo quiere decir que quiere emanciparse sobre todo de cualquier vínculo social, de cualquier vínculo tradicional, de la familia de la Iglesia, de la política. Todos los vínculos tienden a debilitarse. Bien, si ésta es la aspiración principal del sujeto moderno, emanciparse de los vínculos sociales, aquello que, a mi modo de ver - lo digo de modo un poco extravagante - Luhmann nos dice, es que aquel sujeto ha realizado hoy su sueño y se ha emancipado de veras, se ha vuelto de veras individuo, se ha vuelto de veras, tiene una libertad que al menos en apariencia le permite tomar las decisiones más extrañas, más extravagantes. La pedagogía se adecúa insistiendo en la necesidad de valorar la espontaneidad de los chicos. Bien, el precio que se paga, ¿cuál es? Es que la sociedad funciona cada vez más como si estos individuos no existieran. Y, a mi modo de ver, ésta es una paradoja sobre la que de veras merece la pena reflexionar, especialmente cuando nos ocupamos de educación, porque el precio de esta libertad - que evidentemente tiene en ella misma algo que no funciona, no es ciertamente la libertad de la que habla don Giussani - es una creciente soledad, un creciente desplazamiento, una creciente irrelevancia social; como decía antes, la sociedad funciona como si los hombres no existieran. MacIntyre, que he citado, nos diría: hemos perdido el contexto de nuestra vida, hemos perdido el vínculo constitutivo de cada uno de nosotros con la historia o las historias que caracterizan lo que somos. “Educar al hombre - así recita uno de los aforismos más fulminantes de aquel genio que es Nicolás Gómez Dávila - educar al hombre es impedirle la libre expresión de su personalidad”. He aquí una bonita provocación para gran parte de la pedagogía contemporánea. No se trata en efecto de insistir, a lo mejor contra Rousseau, el sentido de una educación autoritaria. Creo ya que un saludable antiautoritarismo haya sido digerido casi por todos. Se trata más bien de no olvidar la realidad, de no olvidar que no quedaremos niños para siempre y que nuestro éxito en la vida, nuestra felicidad dependerán sobre todo de la “conciencia” que habremos adquirido de la realidad y de nosotros mismos, además de nuestra capacidad de vivir en armonía con ambos, sin ligerezas, abdicaciones o resentimientos. Necesitamos pues educación, no para liberarnos de todo condicionamiento social, no necesitamos educación ni siquiera para convertirnos en buenos ciudadanos, no necesitamos educación tampoco porque queremos volvernos buenos católicos, necesitamos sobre todo educación porque queremos encontrar nuestro camino, porque, Hannah Arendt diría, queremos sentirnos como en nuestra casa en el mundo que habitamos y convertirnos de este modo en lo que somos, hombres, personas libres, cuya irrepetible unicidad siempre se expresa en un tejido de relaciones constitutivas, exactamente aquello que nuestra época parece querer olvidar.
Vivimos, se oye a menudo, en una sociedad hipotética, orgullosa de la propia debilidad normativa e intelectual. La libertad de cada uno para orientar a placer la propia vida se ha convertido en un tipo de dogma que se impone en todo tipo de ámbito de la vida individual y social, por lo tanto también en las instituciones educativas, las que, justo por eso, pienso en la familia y en la escuela, han acabado por navegar como expuestos, sin una ruta precisa ni un objetivo ideal por alcanzar. Gracias a la ciencia, a la técnica, también podríamos decir a la duda metódica, nos hemos metido cada vez más al amparo con respecto a la realidad. Esta última, la realidad siempre resiste menos. Es siempre más un simple pretexto sobre el cual ejercer nuestras correrías para convertirse en patrones, y parece ser la cosa que nos interesa más, pero el efecto quizás imprevisto y en todo caso indeseado de este proceso es aquel de un miedo cada vez más paralizador respecto a la vida, la realidad, la que, como sabemos, es incierta por definición y como tal queda y siempre quedará, a pesar de nuestro poder, a pesar de nuestros cálculos. La única realidad que logramos soportar más es la que depende de nosotros, aquélla “hecha” por nosotros; la luz que ilumina nuestras acciones ya no es dada por un “ideal de vida”, sino por un proyecto “técnico”; al mundo real se sustituye en fin un tipo de mundo de plástico, un universo simbólico hecho de infinitas posibilidades, todas igualmente posibles, donde un tipo de nihilismo trágico y divertido ya parece bailar su tripudium. Cuando digo nihilismo divertido pienso en tantos autores, que tienen éxito, y que con demasiada soltura hablan de la nada, como si la nada no fuera algo lacerante. Los jóvenes tienen otra idea de aquella nada, sienten los mordiscos en la piel, y quizás son menos divertidos de lo que sean ciertos intelectuales. La mayor libertad de la cual todos gozamos, los grandes instrumentos de dominio de los que disponemos, los viejos y nuevos medios de comunicación habrían exigido mayor conciencia y responsabilidad de parte de todos los sujetos implicados en los diferentes procesos educativos. En cambio hemos abdicado justo en este punto, generando una situación paradójica y dramática. Nunca como hoy la educación ha sido tan necesaria, visto que siendo todos más libres y más bombardeados por tanta información, también estamos todos más expuestos, especialmente los muchachos, los jóvenes, al riesgo de no llegar a la meta de nuestra vida y al mismo tiempo nunca como hoy la educación, y aquí lo sabemos mejor que en otro lugar, resulta ser un bien, ha resultado ser un bien muy escaso. En estos años hemos hablado mucho de amistad entre padres e hijos y entre maestros y alumnos, mucho de técnicas educativas, pero muy poco de educación, o sea de responsabilidad, seriedad, deberes; hemos hablado muy poco de belleza, de pasión, de cuestiones sustanciales unidas a los valores, a las convicciones, a las tradiciones culturales de los pueblos, sin enterarnos que, de este modo, estábamos simplemente, poco a poco, huyendo de nosotros mismos. Y hoy lo pagamos en términos de desplazamiento, desarraigo, malestar cada vez más profundo, sea de parte de los adultos que de los jóvenes. Los primeros cada vez más asustados frente a sus responsabilidades, cada vez más condescendientes e incapaces de testimoniar alguna cosa, los segundos cada vez más exigentes, caprichosos e incapaces hasta de mostrar explícitamente su rabia. En vez de apuntar a la formación de la persona, hemos apuntado retóricamente a las competencias, como si la formación, la famosa Bildung, como los alemanes la llaman, fuera un concepto antitético a la competencia o viceversa como si fuera posible transmitir competencias prescindiendo de la información. Ahora aquí no tenemos que hacer la historia. Ha habido seguramente un tiempo en que la Bildung ha sido usada como una mala ideología como una especie de privilegio para muy pocos. Luego por un largo período, digamos entre el fin de los años 60 y hoy, la Bildung ha sido arrinconada aventajando otros ideales educativos. Hoy creo que nos estamos dando cuenta de que se ha tratado de un error muy grave, destinado sin embargo también a empobrecer lo muy bueno que ha sido producido en la tentativa de hacer la escuela más adecuada a los nuevos tiempos.
Como era fácil prever, el abandono de la Bildung, de la formación del hombre, ha acabado por generar desinterés por lo que es humano. Me explico de este modo. La crisis de nuestras escuelas, incapaces ya no sólo de formar, sino también de instruir, o de ofrecer competencias, salvo excepciones. Aquellas excepciones, a las que hacía referencia nuestro presentador, aquellas excepciones donde todavía hay gente que es capaz de instituir relaciones educativas dignas del nombre, capaz de empeñar la propia libertad para movilizar la libertad de los otros, y por suerte hay muchos, también en nuestro País, de estas personas. Decía, en vez de apuntar a la formación de la persona, nos hemos confiado a las metodologías, a los saberes por transmitir, a la neutralidad de las nociones y de los valores enseñados. La Bildung, la formación es mucho más que un saber o una simple competencia, jamás ella puede ser reducida a información. Erróneamente nos hemos ilusionado de que la educación pudiera ser, como se señalaba antes, una materia de expertos; de este modo hemos olvidado las pocas, simples, evidencias elementales, sobre las que se fundan desde siempre las verdaderas relaciones educativas: convicciones profundas, amor, ejemplo y sobre todo, subrayo este aspecto, ninguna pretensión, por parte de los educadores, de ser dueños de la situación. Un proyecto educativo no es, no puede ser un proyecto técnico, es un proyecto de generación de una persona y por lo expuesto siempre a riesgo de la libertad que cada uno de nosotros es. Hannah Arendt diría: lo somos en virtud del simple hecho de haber nacido, de haber venido al mundo. La novedad que somos, por el hecho de haber nacido, es la metáfora de aquella novedad que seremos luego capaces de poner en marcha con nuestras acciones libres, aquella imprevisibilidad ligada a la libertad que somos. De esto deberíamos ocuparnos cuando nos ocupamos de educación. “La vida es lo que ocurre mientras estás haciendo otra cosa”, esto lo cantaba John Lennon, A beautiful boy, cuando la mayor parte de los presentes, creo, aún ni siquiera había nacido. He aquí. Yo no sé si John Lennon tuviera razón, - además es una frase de Schopenhauer, pero entonces, cuando la escuchaba, no conocía a Schopenhauer, y por lo tanto para mí es una frase de John Lennon - y repito no estoy seguro de que John Lennon tuviera razón en decir que la vida es lo que ocurre mientras estamos haciendo otra cosa, seguramente sin embargo estoy de acuerdo de que la educación es lo que ocurre mientras estamos haciendo otra cosa. Siempre, si pensamos bien, las personas que han influido más en nuestra vida, lo han hecho gracias a lo que con el ejemplo, con la palabra, con una mirada, nos han enseñado implícitamente, no explícitamente. Por eso, para mí, es extremadamente equivocado, aun difícil, transformar la educación en un protocolo a seguir, a menos que, y aquí de veras retomo el título, a menos que no se quiera convertirse en especialistas de nada. A diferencia de los otros animales, los hombres necesitan mucho tiempo para encontrarse, para aprender a decir yo, para conducir una vida en nombre de la autonomía, de la libertad y de la responsabilidad. Necesitan relaciones significativas con otras personas que los amen y que amándolos sepan abrirles la belleza, como se decía antes, del mundo y de la vida. Lo que somos depende en primer lugar de las personas que nos han amado y de la educación que hemos recibido. Justo por eso no podemos, es extremadamente importante, no olvidar el significado de una verdadera relación educativa. Tenemos que ver con una práctica que es vital para el hombre y como cada práctica - el concepto de práctica es un concepto sobre el que quien tiene ganas puede verdaderamente estudiar, pensando en MacIntyre, aprovechando a MacIntyre - como cada práctica, decía, también la educación vive no sólo de técnicas o de competencias, sino vive del ejercicio de determinadas virtudes: la pasión por lo que se enseña, la veracidad con la que se enseña, la justicia con la que se juzga y se podría continuar. Al fondo de esta práctica hay una pregunta fundamental: ¿en qué consiste el bien de un hombre? Educar es por último un hacerse cargo, frente a los recién llegados, de esta pregunta y asumirse una gran responsabilidad, frente a la cual no podemos huir diciendo que serán luego nuestros hijos, cuando sean adultos, quienes eligen en qué consistirá su bien. Esto en efecto, y añado por suerte, ocurrirá de todas maneras. ¿Pero cómo ocurrirá? El modo en que ocurrirá dependerá, mucho más de lo que se crea, de la educación que habremos sido capaces de suscitar. A tal propósito alguien dirá, y me encamino a la conclusión, que en una sociedad pluralista existen diferentes concepciones del bien y por lo tanto no tiene ningún sentido que algunas de éstas puedan convertirse en criterio a seguir en las prácticas educativas, sin que los perdedores sean el pluralismo, la autonomía, la libertad, a lo mejor la laicidad del estado o la felicidad de las personas, de los individuos. En el fondo, en estos últimos años, nos hemos ilusionado que pluralismo y autonomía pudieran significar un tipo de legitimación a priori de cualquier estilo de vida. La fatiga de la educación, lo sabemos, ha dejado el sitio a una caprichosa, decimos así, espontaneidad del deseo. Pero hoy empezamos a darnos cuenta de que tal criterio ya no funciona o al menos ya no es suficiente para garantizar, sea bajo el perfil individual que social, una vida satisfactoria. Precisamente si nos importa una sociedad mejor, un mayor grado de bienestar, una mejor calidad de vida individual y social, ya no podemos posponer una discusión de fondo sobre ideas de vida buena o de felicidad y por lo tanto de educación que queremos perseguir. No discutir estas ideas porque en una sociedad pluralista ellas están volviéndose cada vez más controvertidas, significa hacer como los avestruces, para no ver lo que ciertamente es uno de los motivos no secundarios de la actual crisis de la educación y el actual malestar social. En todo caso, y de veras aquí concluiría, en este género de escapes y con la convicción de que al final se trata simplemente de aumentar nuestra capacidad de consumo, nuestras capacidades de decisión o nuestro, nuestra capacidad de bienestar material, sin fijarse en lo que se elige, he aquí, en este género de escapes que apartamos, digamos, el criterio normativo que guía nuestras decisiones, veo imponerse como un peñasco una página muy bonita de Horkheimer: “Aunque las revoluciones y el progreso técnico permitan nuevos órdenes con una mayor justicia material, sin embargo la cultura no ha difundido de manera correspondiente, entre los que fueron oprimidos, aquella capacidad de felicidad que un tiempo era propia de los señores”. Es una cita muy bonita. Merecería la pena repartir de aquí para hacer ver cómo esta capacidad de felicidad de las personas, no sólo de los señores, de todos, es exactamente lo que depende de la educación. Gracias.

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