La evolución de la vida ... el género humano es único
autor: Francisco Ayala
Donald Bren Professor of Biological Science, Evolutionary Genetics en la Universidad de California
Mario Gargantini (moderador)
Director de Emmeciquadro
fecha: 2001-08-23
fuente: Tutta la vita chiede l'eternità L’evoluzione della vita sulla Terra: l’unicità del genere umano
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Tutta la vita chiede l'eternità", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Toda la vida pregunta la eternidad")
traducción: María Eugenia Flores Luna

Gargantini: La evolución es uno de los temas científicos que más despiertan atractivo sobre quienquiera que tenga un deseo mínimo de conocer la realidad y conserve aquella curiosidad que vuelve fructífero tal deseo: quizás porque concierne a una historia -aquella de las especies vivientes – a la cual, incluso con grados diferentes de conciencia, todos percibimos pertenecer; quizás también porque es el tema científico más explícitamente unido a algunas preguntas cruciales que brotan continuamente de nuestro impacto con la realidad natural y a las cuales todos, poco o mucho, advertimos la urgencia de una respuesta.
Preguntas como "¿Qué es esta vida que me viene dada, sin haber hecho nada para merecerla? ¿De dónde proviene mi vida, qué cosa la aúna a la de tantos otros seres vivientes y qué cosa en cambio la distingue, haciéndola única e irrepetible? ¿Cuáles son los rasgos que hacen tan singular y rara la historia de nuestro planeta Tierra dentro de la historia del universo? ¿Qué condiciones han hecho posible el constituirse de un ambiente tan adapto al manifestarse de procesos evolutivos capaces de hospedar y hacer crecer la vida en toda su multiplicidad de formas y comportamientos?"; son las preguntas sobre las que además trata la muestra "Una tierra para el hombre."
Y luego la pregunta que más nos interesa: ¿qué tiene así de particular y original, y quizás único en el escenario cósmico, la especie humana - como el doctor Ayala nos dirá - para hacerla inexplicable, en todas sus expresiones, solamente en términos de procesos bioquímicos casuales, para hacerla capaz de pedir la eternidad?
Es una pena que, desde un cierto momento histórico, una excesiva carga ideológica haya condicionado el debate, también científico, sobre el tema de la evolución: han sido absolutizadas algunas posiciones, ha sido absolutizado el poder de explicación de la ciencia, subvalorando los límites. A menudo esto ha ocultado el alcance, el interés verdadero, de preguntas como las precedentes, ofuscando la riqueza y la sorpresa de algunas respuestas que la ciencia ha encontrado y todavía está encontrando: porque la ciencia es un camino que continúa, los problemas no están aún resueltos.
Esta situación es negativa respecto al plano de la comunicación y la divulgación científica, pero lo es sobre todo a nivel educativo: las indeterminadas declaraciones de mayor atención y mayor espacio reservadas a las ciencias en los programas escolares no encuentran, o encuentran muy poco, una correspondiente propuesta educativa que sepa formar el sentido crítico de los jóvenes y al mismo tiempo apasionarlos a la aventura de la búsqueda y el descubrimiento.

Francisco Ayala:
La Tierra, nuestro planeta, se ha formado hace casi 4.500 millones de años: los más antiguos restos fósiles conocidos tienen una datación reciente antecedente a los 3.500 millones de años. Se trataba de organismos microscópicos, o bien células individuales, que presentaban ya una notable complejidad de organización y elaborados mecanismos bioquímicos para desarrollar las funciones vitales.
No sabemos cuándo haya tenido inicio la vida, pero con buena probabilidad fue bastantes centenares de millones de años antes del último antepasado común, o bien no mucho tiempo después de la formación y el enfriamiento de la Tierra. Son numerosas las hipótesis formuladas sobre el origen de la vida, aunque ninguna sea suficientemente respaldada por pruebas, razón por la cual ninguna es aceptada unánimemente por los científicos; el hecho pero de que hayan sido necesarios "solamente" algunos centenares de millones de años desde la formación de la Tierra hasta la aparición de los primeros organismos unicelulares, lleva a creer que alguna forma de vida pueda manifestarse sobre cualquier planeta donde estén presentes agua y algunos otros elementos (en el caso, de nuestro planeta, carbono, nitrógeno, fósforo y azufre). También la temperatura tiene que ser "justa", o sea incluida dentro de un determinado intervalo, como ha ocurrido con el planeta Tierra, donde, gracias a los 150 millones de kilómetros que la separan del Sol, el agua puede existir al estado líquido.
La relación entre los diversos organismos bajo forma de un árbol tiene origen de un tronco (el último antepasado común) del que nacen tres ramas que representan los tres principales grupos de organismos existentes sobre la Tierra. Los eucariotas, comprenden animales, plantas y hongos, son organismos cuyo bagaje genético está encerrado en una cápsula especial denominada núcleo; también nosotros somos eucariotas. Los animales, las plantas y los hongos son los únicos organismos de que podemos tener experiencia sensorial directa y por tanto, hasta hace dos siglos, eran los únicos organismos de que el hombre tuviera conocimiento: sin embargo representan una minúscula fracción de las formas vivientes o sea tres ramas sobre casi una docena. Los otros eucariotas (tal como los otros dos grupos principales, las bacterias y los archaea) son microscópicos. Además de los eucariotas en efecto hay otros dos grandes grupos de organismos, todos microscópicos. El hombre está enterado de la existencia de las bacterias desde hace más de un siglo: en general se les asocia con las enfermedades, pero las bacterias también pueden desarrollar muchas funciones útiles, entre ellas la absorción del azoto, del cual animales y plantas necesitan, pero que no logran sacar directamente de la atmósfera (donde está en cambio presente en abundancia, en cuanto representa el 75% del total, mientras el resto es por la mayor parte oxígeno). Las bacterias además son responsables de la descomposición de la materia orgánica muerta, proceso esencial para el mantenimiento del ciclo de vida y muerte. Existen muchas más especies de bacterias de cuanto existan para animales, plantas y hongos todas juntas. Ellas además son talmente numerosas que su peso total (o bien su "biomasa") es al menos equivalente (pero probablemente también muy superior) a aquellas de todas las plantas, animales y hongos considerados en su conjunto.
Éste es un pensamiento que nos reorganiza un poco: tendemos en efecto a considerar a nuestra especie, aquella humana como superior a todas las formas vivientes, y somos los más numerosos de todos los animales de gran talla. Consideramos a los animales y las plantas como las formas dominantes de vida sobre la Tierra; pero la biología moderna nos enseña que sea del punto de vista numérico que de aquel de la biomasa los casi dos millones de especies animales conocidas, incluso el hombre, representan solamente una minúscula fracción de las formas de vida presentes en la Tierra: desde el punto de vista de los números y la biomasa por lo tanto las bacterias por sí solas tienen un peso mayor que el nuestro.
Hasta hace veinte años los biólogos conocían dos grandes grupos de organismos, las bacterias y los eucariotas. Hay un tercero, los archaea, cuyas dimensiones son más o menos equivalentes a las de cada uno de los otros dos. La existencia de los archaea es un descubrimiento muy reciente de la biología molecular; puesto que estos organismos no interaccionan directamente con nosotros, no teníamos conocimiento de su existencia. Conocíamos algunas especies, por ejemplo aquella del manantial caliente de origen volcánico, donde proliferan a temperaturas próximas al punto de ebullición del agua: pensábamos que fueran formas insólitas de bacterias. Ahora sabemos en cambio que constituyen un grupo de organismos numerosos y diferenciados que abunda en las capas de agua superficial de los mares y los océanos; en un cubo de agua de mar, estudiado según las modernas técnicas de biología molecular, pueden encontrarse decenas y hasta centenares de nuevas especies.
Se estima que las especies vivientes sean unos diez millones: más del 99% de todas las especies existidas en el pasado se han extinguido; por lo tanto el total de las especies existidas a partir de los albores de la Tierra superan los mil millones. Nosotros seres humanos no somos más que uno de ellos. Los animales representan un pequeño porcentaje, (quizás el 5%) de todas las especies ahora existentes. Los primates representan un porcentaje muy exiguo de todos los animales.

Entre los primates, los monos antropomorfos son aquellos más parecidos al hombre.
Entre los monos, los chimpancés son la especie existente más parecida al hombre. La humanidad es una especie biológica que ha evolucionado de otras especies que no fueron humanas. Para poder comprender la naturaleza humana, tenemos que conocer nuestras bases biológicas y de dónde venimos, la historia de nuestros humildes inicios. Nuestros más cercanos parientes son los grandes monos, y entre ellos los chimpancés, que son más parecidos a nosotros que el gorila y mucho más que los orangutanes.

La línea evolutiva de los homínidos se ha apartado de la del chimpancé hace 5 - 7 millones de años, y se ha desarrollado exclusivamente en el continente africano hasta la aparición del homo erectus, un poco antes de 1,8 millones de años. Poco después de su aparición en el África oriental tropical o sub-tropical, el homo erectus se ha difundido en los otros continentes; son conocidos restos fósiles del homo erectus en África, Indonesia (Java), China, Mediano Oriente y Europa. Los restos fósiles del homo erectus hallados en Java han sido fechados hace 1,3 y 1,6 millones de años y aquellos procedentes de Georgia entre 1,6 y 1,8 millones de años.
Descendientes anatómicamente distintos del homo erectus (clasificados como homo antecessor) han sido hallados en España, en depósitos formados antes de 780.000 años: son los más antiguos en Europa meridional. La transición del homo erectus a las formas arcaicas del homo sapiens ha ocurrido hace unos 400.000 años. El homo erectus todavía ha existido por algún tiempo en Asia, hasta hace 250.000 años en China y quizás hasta unos 100.000 años en Java: era por lo tanto coetáneo de los primeros miembros de la especie descendida, el homo sapiens.
En Europa hace unos 200.000 años aparecen restos de neanderthalianos (homo neanderthalensis), y persisten hasta 30/40.000 años. Los neanderthalianos poseían, como el homo sapiens, cerebros de grandes dimensiones. Hasta hace poco tiempo se pensaba que fueran antepasados de los hombres anatómicamente modernos, pero se sabe ahora que los hombres modernos aparecieron hace unos100.000 años, mucho antes de la desaparición de los neanderthalianos. Recientes estudios de genética indican que el encuentro entre sapiens y neanderthalensis no ha ocurrido nunca.
Existe una gran controversia acerca del origen de la humanidad moderna. Algunos antropólogos suponen que la transición del homo erectus a homo sapiens arcaico, y en consecuencia a los hombres anatómicamente modernos, ocurre de modo parecido en varias partes del Viejo Mundo. Los partidarios de este "modelo multiregional" subrayan los testimonios fósiles que muestran continuidad regional en la transición del homo erectus a homo sapiens, en un primer momento arcaico y luego moderno: para poder proveer pruebas de la transición de una a la otra especie (cosa que no hubiera podido ocurrir independientemente en varios lugares) asumen que de vez en cuando haya ocurrido un cambio genético entre las poblaciones, así que las especies se habrían desarrollado como un único pool génico, a pesar de que ocurriera y persistiera una diferenciación geográfica, tal como existen poblaciones geográficamente diferentes en las otras especies animales y en el hombre. Es difícil conciliar el modelo multiregional con la existencia contemporánea de especies o formas diferentes en regiones diferentes como la persistencia del homo erectus en China y en Java por más de 100.000 años después de la aparición del homo sapiens. La mayor parte de los restos indica que la humanidad moderna ha aparecido alrededor de África o en el Mediano Oriente antes de 100.000 años y de allí se ha difundido en todo el mundo, reemplazando en las otras regiones las poblaciones preexistentes de otros hombres.
Dos características peculiares del hombre son el bipedismo y un volumen cerebral de notables dimensiones. Hace algunas décadas los evolucionistas se pusieron el problema si el bipedismo hubiera venido antes del desarrollo del cerebro o si se hubiera tratado de una evolución concomitante. La cuestión ahora está solucionada: se ha desarrollado primero la estación bipodálica, mientras que el engrosamiento del cerebro ha ocurrido en fecha siguiente. Nuestros antepasados de hace 4,5 millones de años (australopithecus ramidus) habían ya logrado la posición erecta, mientras el engrosamiento del cerebro es fechable no antes de hace 2 millones de años (homo abilis).

Los homínidos empezaron a diversificarse de los monos hace unos 6 millones de años, mientras el hombre moderno aparece la primera vez hace un centenar de millares de años. Sin embargo la vida existe sobre la Tierra desde más de 3.500 millones de años. Es difícil pensar en términos de millones de años: permítanme por lo tanto transformar la línea temporal de la evolución en una escale equivalente a un año. La vida aparece sobre nuestro planeta el primero de enero a la hora 0.00; en esta escala correspondiente a un año en los primeros ocho meses existe solamente la vida microscópica; los primeros animales aparecen alrededor del 1° de septiembre, pero se trata de animales marinos; la tierra es colonizada alrededor del 1° de diciembre; las primates tienen origen el 26 de diciembre; los homínidos se distinguen de los chimpancés a mediodía del 31 de diciembre, mientras que los hombres modernos aparecen a las 23.45 del último día del año. Existimos por lo tanto un total de quince minutos: es un pensamiento que nos reorganiza un poco.
Decía antes que las condiciones para que sea posible la vida no son excesivamente restrictivas y que es probable que formas de vida se formen de nuevo en un planeta con condiciones parecidas a las nuestras. No sabemos cuántos planetas existan con estas características: según cifras aproximadas existen cien mil millones de galaxias en el universo conocido, y cada galaxia tiene cerca de cien mil millones de estrellas; no se sabe cuántas estrellas tengan planetas o cuántos de estos planetas presenten condiciones aptas para permitir la vida. Los astrónomos sugieren sin embargo que pueden existir muchos planetas de este tipo: creo por tanto probable que también exista en otro lugar vida en el universo, aunque basada sobre una química diferente de aquella de la vida sobre la Tierra, (con el término "vida" entiendo criaturas parecidas a organismos capaces de crecer y de reproducirse). Surge por lo tanto el problema de si pueden existir en otras partes del universo seres humanos, o más bien seres inteligentes con quienes podríamos ser capaces de comunicar.
Volveré más adelante sobre este argumento: quiero examinar antes en qué sentido los seres humanos son únicos en el propio género. Cada especie es única, en el sentido de que posee características de las cuales ninguna otra especie es dotada: si no tuviera características principales no constituiría tampoco una especie diferente. Los seres humanos pero son únicos también por aspectos más sustanciales; en este caso tenemos la cultura, una específica forma de herencia que respalda la evolución cultural, una modalidad de adaptación al ambiente más eficaz que aquella biológica.

Los hombres viven en grupos que son organizados socialmente, y así hacen los otros primates, pero las sociedades de primates no se acercan a la complejidad de la organización social humana.
Un rasgo distintivo de la sociabilidad humana es la cultura, que puede ser definida como el grupo de actividades y creaciones humanas no estrechamente biológicas: la cultura comprende las instituciones políticas y sociales, los modos de hacer las cosas, las tradiciones religiosas y éticas, el lenguaje, el sentido común, los conocimientos científicos, el arte, la literatura, la tecnología y en general todos los productos de la mente humana. La llegada de la cultura ha traído consigo la evolución cultural, una modalidad de evolución "súper-orgánica" sobrepuesta a la modalidad orgánica: en los últimos milenios ella se ha vuelto aquella dominante en la evolución humana. La evolución cultural se ha establecido a causa de cambios y herencias culturales: un modo exclusivamente humano para adaptarse al ambiente y transmitir las adaptaciones a través de las generaciones.
Para el hombre hay dos tipos de herencia: aquella biológica y aquella cultural, que pueden ser también llamadas orgánica y súper-orgánica, o sistemas de herencia endosomáticas y esosomáticas. La herencia biológica en el hombre es igual a aquella de los otros organismos que se reproducen sexualmente; la herencia cultural al contrario está basada en la transmisión de las informaciones por un proceso de enseñanza-aprendizaje que en línea de principio es independiente de la descendencia biológica. La cultura es transmitida por la instrucción y el aprendizaje, por el ejemplo y la imitación, por los libros, los periódicos, la radio, la televisión y las películas, por las obras de arte y gracias a todo otro medio de comunicación. La cultura es adquirida por cada persona, a partir de los padres hasta los parientes, a los vecinos y a todo el ambiente humano.
Para las personas la herencia cultural vuelve posible lo que ningún otro organismo puede cumplir: la transmisión acumulativa de la experiencia de generación en generación. Los animales pueden aprender de la experiencia, pero no transmiten sus experiencias, sus "descubrimientos" (al menos en general), a las generaciones siguientes; los animales poseen una memoria individual, pero no tienen una "memoria social". Los hombres, por otro lado, han desarrollado la cultura, porque pueden transmitir de modo acumulativo sus experiencias de generación en generación. La herencia cultural hace posible la evolución cultural, es decir la evolución del conocimiento, de las estructuras sociales, de la ética y de todos los otros componentes que constituyen la cultura humana.
La herencia cultural hace posible una nueva modalidad de adaptación al ambiente, que no está disponible para los organismos no humanos: adaptación mediante la cultura. En general los organismos se adaptan al ambiente mediante la selección natural, cambiando de generación en generación la propia constitución genética de modo que responden a las solicitudes del ambiente; los hombres, sólo los hombres, pueden adaptarse también cambiando de ambiente para que éste responda a las necesidades de sus genes. Los animales construyen nidos y madrigueras y también modifican el ambiente en otros modos pero la manipulación del ambiente de parte de cualquier especie no humana es irrisoria con respecto de la del hombre.
Durante los últimos milenios los hombres han adaptado el ambiente a sus genes más a menudo que sus genes al ambiente. Para poder extender su hábitat geográfico o para sobrevivir en un ambiente que cambia, una población de organismos se debe adaptar, mediante el lento acumularse de variantes genéticas elegidas por la selección natural, a las nuevas condiciones climáticas, a fuentes de comida diferentes, a competidores diferentes, etcétera. El descubrimiento del fuego y el empleo de refugios y vestuario le han permitido al hombre difundirse desde las tibias regiones tropicales y sub-tropicales del Viejo Mundo a la entera Tierra, excepto que por las frías tierras de Antártica, sin el desarrollo de estructuras anatómicas como la piel o los pelos. Los hombres no han esperado la aparición de mutantes genéticos que promovieran el desarrollo de alas: ellos han conquistado el aire de modo más eficaz y versátil construyendo máquinas volantes. Las personas atraviesan los mares y los océanos sin tener agallas y aletas. Ha iniciado la exploración del espacio sin deber esperar mutaciones que le permitieran al hombre respirar en presencia de escasas presiones de oxígeno o de vivir en ausencia de gravedad: los astronautas tienen su oxígeno y escafandras presurizadas equipadas de modo particular. De sus oscuros orígenes en África los hombres se han convertido en la especie de mamíferos más difundida y abundante de la Tierra.
Ha sido la aparición de la cultura como una forma súper-orgánica de adaptación que ha puesto la humanidad como la especie animal de mayor éxito. En el hombre la adaptación cultural prevalece sobre aquella biológica, porque es una modalidad más rápida y porque puede ser directa. Un nuevo descubrimiento científico o una conquista tecnológica pueden ser transmitidas a toda la humanidad, al menos potencialmente, en menos de una generación; además cada vez que surge una nueva necesidad, la cultura puede efectuar directamente los cambios adecuados para responder al desafío. Al contrario, la adaptación biológica depende de la disponibilidad accidental de una mutación favorable, o de una combinación de muchas mutaciones, en el tiempo y lugar en que la necesidad surge. La postura erguida y el cerebro de grandes dimensiones son características anatómicas distintivas de la humanidad moderna; alta inteligencia, lenguaje simbólico, religión y ética son algunos rasgos del comportamiento que nos distinguen de los otros animales.
El informe de los orígenes humanos que he desarrollado implicaría que haya continuidad en el proceso evolutivo que va de los progenitores no humanos de hace 7 millones de años a los humanos modernos, pasando para los homínidos primitivos. Una explicación científica de esta secuencia evolutiva debería dar cuenta de la aparición de los rasgos humanos, anatómicos y comportamentales, en términos de selección natural, junto a otros procesos y causas biológicas. Una estrategia para explicar esto tiene que concentrarse en una particular característica humana e intentar identificar las condiciones bajo las que ella podría haber sido favorecida por la selección natural. Una estrategia de este tipo podría llevar a conclusiones erradas, como consecuencia de la falacia de la atención selectiva: algunos rasgos podrían ser establecidos no porque son adaptativos en sí mismos, sino más bien porque son asociados con rasgos favorecidos por la selección natural. La literatura, el arte y la tecnología están entre las características de comportamiento que podrían haber nacido no porque eran favorables desde un punto de vista adaptativo, sino porque son expresiones de las grandes capacidades intelectuales presentes en los hombres modernos.
Acabo con algunas breves consideraciones a propósito de la ética y el comportamiento ético, como modelo de cómo podemos buscar una explicación evolucionística por un rasgo peculiarmente humano. He elegido el comportamiento ético porque la moralidad es un rasgo humano que parece estar mucho más lejos de los procesos biológicos. Mi objetivo es verificar si puede ser avanzada una descripción del comportamiento ético como resultado de la evolución biológica y, si es así, si el comportamiento ético ha sido promovido directamente por la selección natural, o bien si ha surgido como una manifestación epigenética de algún otro rasgo que era el auténtico objetivo de la selección natural.

Sostengo que la capacidad de ética es un atributo necesario a la naturaleza humana, por lo tanto un producto de la evolución biológica: pero el comportamiento ético ha surgido durante la evolución no porque sea adaptativo por él mismo, sino como resultado necesario de las considerables capacidades intelectuales del hombre, que son un atributo aprobado directamente por la selección natural.
Creo, al contrario de muchos distinguidos evolucionistas, que las normas morales no derivan de la evolución biológica. Es verdad que a veces la selección natural y las normas morales coinciden por algunos comportamientos, es decir estoy de acuerdo; pero este isomorfismo entre los comportamientos promovidos por la selección natural y aquellos sancionados por las normas morales sólo existe respecto a las consecuencias de los comportamientos: las causas que implicarían a cada uno de los dos son completamente diferentes. El hombre enseña el comportamiento ético por naturaleza porque su constitución biológica determina la presencia en ello de las tres condiciones necesarias y suficientes, se consideran juntas, por el comportamiento ético.

Estas capacidades existen como consecuencia de las considerables capacidades intelectuales de los seres humanos.
La capacidad de anticipar las consecuencias de las mismas acciones es la condición más importante de las tres necesarias para el comportamiento ético. Sólo si puedo adelantar que oprimiendo el gatillo, dispararé el proyectil que a su vez golpeará y matará a mi enemigo, entonces la acción de oprimir el gatillo podrá ser valorada como malvada. Oprimir un gatillo no es en sí una acción moral: Se vuelve en virtud de sus consecuencias relevantes. Mi acción sólo posee una dimensión ética si adelanto estas consecuencias. La capacidad de anticipar las consecuencias de las propias acciones está ligada estrechamente a la capacidad de establecer la conexión entre medios y fines, es decir ver un medio simplemente como un medio, como algo que sirve para un particular objetivo. Esta habilidad de establecer esta conexión entre los medios y sus objetivos solicita la habilidad de anticipar el futuro y de formar imágenes mentales de realidades no presentes o aún no existentes.
La capacidad de establecer la conexión entre los medios y sus fines es la capacidad intelectual fundamental que ha hecho posible el desarrollo de la cultura y la tecnología humana. Las raíces evolutivas de esta capacidad pueden ser encontradas en la evolución de la andadura bípeda, que transformó los miembros anteriores de nuestros antepasados de órganos de locomoción a órganos de manipulación. Las manos por lo tanto gradualmente se han vuelto órganos aptos para la construcción y el uso de objetos para la caza y para otras actividades que aumentaron la supervivencia y la reproducción: por consiguiente aumentaron el fitness reproductivo de quien lo poseía. La construcción de instrumentos, en todo caso, depende no sólo de la habilidad manual, sino de su percepción exactamente como utensilios, como objetos que pueden ayudar a cumplir determinadas acciones: un cuchillo para cortar, una flecha para cazar, una piel de animal para proteger el cuerpo del frío.
La hipótesis que propongo es que la selección natural promovío la capacidad intelectual de nuestros antepasados bípedos, porque la aumentada inteligencia facilitó la percepción de los instrumentos como tales, y por consiguiente su construcción y su empleo, con la consiguiente mejoría de la supervivencia biológica y de la reproducción. La capacidad de anticipar el futuro, esencial para el comportamiento ético, está por lo tanto estrechamente asociada al desarrollo de la capacidad de construir instrumentos: una capacidad que ha producido las tecnologías avanzadas de las sociedades modernas y que es responsable del éxito de la humanidad como especie biológica.
La segunda condición para la existencia del comportamiento ético es la capacidad de formular juicios de valor, de percibir ciertos objetos o actos como más deseables que otros. Sólo si puedo ver la muerte de mi enemigo como preferible a su supervivencia, la acción que lleva a su muerte puede ser percibida como moral. Si las consecuencias alternativas de una acción son neutrales con respecto a su valor, no pueden ser caracterizadas como éticas. La capacidad de formular juicios y valores, depende de la capacidad de abstracción: en práctica de la capacidad de percibir las acciones y los objetos como miembros de clases generales. Esto hace posible la comparación entre objetos o acciones y el percibirlos como algunos más deseables que otros. La capacidad de abstracción, necesaria para percibir objetos y acciones individuales como miembros de clases generales, requiere una inteligencia avanzada como aquella que existe en los hombres y parece que sólo en ellos. Por tanto yo veo la capacidad de formular juicios de mérito en primer lugar como una consecuencia implícita de la aumentada inteligencia favorecida por la selección natural en la evolución humana.
Los juicios morales son una clase particular de juicios de valor: aquellos por los cuales la preferencia no es dictada por el propio interés o provecho, sino por la consideración de los otros, que podría llevar beneficios a individuos particulares (altruismo) o tomar en consideración los intereses del grupo social al que un individuo pertenece. Los juicios de valor indican la preferencia por lo que es percibido como bueno y el rechazo por lo que es percibido como malo. Bueno o malo se pueden referir a valores monetarios, estéticos o de todo tipo. Los juicios morales conciernen a los valores de lo que es justo o no justo en la conducta humana.
La tercera condición necesaria para el comportamiento ético es la capacidad de elección entre soluciones alternativas. Oprimir el gatillo sólo podría ser una acción moral si yo tuviera la opción de no oprimirlo. Una acción necesaria más allá de nuestro control no es una acción moral. La circulación de la sangre o la digestión de la comida no son acciones morales. Si haya libre voluntad ha sido una cuestión muy controvertida por los filósofos y ésta no es la sede adapta para hablar del argumento. El punto que deseo discutir aquí es que en todo caso la libre voluntad depende de la existencia de una inteligencia bien desarrollada, que vuelve posible la exploración de cursos de acción alternativos y la elección de uno o el otro en vista de consecuencias anticipadas.
Resumiendo, mi propuesta es que el comportamiento ético es un atributo de la estructura biológica del hombre y en este sentido un producto de la evolución biológica. Pero no veo ninguna prueba de que el comportamiento ético se haya desarrollado porque es adaptativo por sí mismo. La teoría evolutiva ha demostrado de modo convincente, que los rasgos que favorecen al grupo en lugar del individuo no pueden haber surgido por la selección natural. Más bien, nuestras capacidades intelectuales avanzadas nos permiten discernir que tomando en consideración los intereses del grupo que guían nuestras acciones, es decir considerando las consecuencias que nuestras acciones tienen sobre los otros, pueden derivar beneficios para la sociedad y por consiguiente para nosotros mismos como individuos. Con nuestro comportamiento moral superamos la selección natural, pero en último análisis nos beneficiamos como individuos.
Hay numerosas teorías a propósito de las bases racionales de la moral como las teorías deductivas que intentan descubrir los axiomas o principios fundamentales, que determinan qué cosa sea moralmente correcto basándose en la intuición moral directa. También hay teorías como el positivismo lógico o el existencialismo, que niegan los fundamentos racionales de la moral, reduciendo los principios morales a decisiones emocionales o a otras bases irracionales. Ya desde la publicación de la teoría de Darwin de la evolución natural, filósofos y biólogos han intentado encontrar la justificación de las normas morales en el proceso evolutivo. El terreno en todo caso a todas estas propuestas es que la evolución es un proceso natural que alcanza resultados que son deseables, y por consiguiente moralmente buenos: en efecto ha producido al hombre. Los partidarios de estas ideas afirman que sólo los objetivos evolutivos pueden dar valor moral a las acciones humanas: que un acto cumplido por el hombre sea moralmente justo depende del hecho que pueda promover directamente o indirectamente el proceso evolutivo y sus objetivos naturales. Herbert Spencer es quizás el primer filósofo que ha intentado encontrar las bases de la moral en la evolución biológica. Entre las tentativas más recientes están aquellas de eminentes evolucionistas como J.S Huxley, C.H Waddington y Edward O. Wilson, el fundador de la sociobiología como disciplina empeñada en el descubrimiento de los fundamentos biológicos del comportamiento social. Las teorías morales de Spencer, Huxley y Waddington son erradas y fracasan en la tentativa de evitar la falacia naturalística. Estos autores opinan, de un modo o del otro, que los estándares por los que las acciones humanas son juzgadas buenas o malas derivan de la contribución de las acciones al progreso o al adelanto evolutivo: pero los sostenedores de los códigos morales basados en la evolución fracasan en demostrar porqué sólo la promoción de la evolución biológica debería ser el estándar para medir lo que es moralmente bueno.
La tentativa más reciente y más sutil de basar los códigos morales en el proceso evolutivo viene de los sociobiólogos, de modo particular de E.O Wilson. La argumentación de los sociobiólogos es que nuestra percepción de la moral es una manifestación epigenética de nuestros genes, que así manipulan los hombres en modo de hacerles creer que determinados comportamientos son moralmente buenos, así que las personas se comportan en modos que son ventajosos a causa de sus genes. Los hombres no podrían de otro modo perseguir estos comportamientos (por ejemplo el altruismo), porque su beneficio genético no es visible. La explicación de la evolución del sentido moral hecha por los sociobiólogos es desviante: como he subrayado precedentemente, formulamos juicios morales como consecuencia de nuestras considerables capacidades intelectuales, no como una vía innata para conseguir una ganancia biológica. La valoración de los códigos morales o las acciones humanas toma en consideración los conocimientos biológicos, pero la biología no es suficiente para decidir qué códigos morales deben, o deberían, ser aceptados.
Eso podría ser reiterado considerando la analogía con las lenguas humanas. Nuestra naturaleza biológica determina los sonidos que podemos o no podemos pronunciar y vincula en otros modos el lenguaje humano. Pero la sintaxis y el diccionario de una lengua no son determinados por nuestra naturaleza biológica (de otro modo no podría haber una multitud de lenguas habladas), sino son producidos por la cultura humana. Del mismo modo las normas morales no son determinadas por procesos biológicos, sino por tradiciones culturales y principios que son productos de la historia humana. Las normas morales, en base a las cuales valoramos las acciones particulares como moralmente buenas o malas así como las bases que pueden ser usadas para justificar las normas morales, son producidas por la evolución cultural, no por aquella biológica. Las normas morales pertenecen, desde este punto de vista, a la misma categoría de manifestaciones como las instituciones políticas y religiosas, las artes, las ciencias y la tecnología. Los códigos morales, mediante los cuales los hombres valoran sus comportamientos, son productos de las tradiciones religiosas y culturales: son determinados por la historia cultural y por consideraciones sociales, no por el interés de nuestros genes. Como ha escrito el prof. Fiorenzo Facchini, para comprender la cultura humana y el comportamiento humano tenemos necesidad de reconocer la presencia de la "cultura como un nuevo mecanismo adaptativo" y ver que "la proyectualidad y la simbolización", dos atributos determinantes del comportamiento ético, son características metabiológicas de la cultura, independientes de las leyes biológicas.
Concluiré volviendo a la cuestión si puedan existir o no en otras partes del universo seres inteligentes parecidos al hombre. Mi respuesta es un no inequivocable. ¿Qué sucedería si se tuviera que volver a ver la "grabación de la vida”?. Supongamos estar de nuevo en los albores de la vida. Sabemos que en los primeros 8 meses del año de la vida del hombre sobre la Tierra existieron solamente los microbios. No hay nada, en la naturaleza del proceso evolutivo, capaz de asegurar con cierta probabilidad la formación de los eucariotas (recuerden que los eucariotas son organismos con un núcleo dentro de sus células, conteniendo el ADN o sea la sustancia química que contiene las informaciones genéticas). No hay nada, en la naturaleza del proceso evolutivo, capaz de garantizar con cierta probabilidad, la evolución de los organismos pluricelulares.
La probabilidad de que existan animales es aún más remota. Sabemos que la mayor parte de las líneas evolutivas (más allá del 99%) se han extinguido sin descendencia. Sabemos que los animales han evolucionado solamente una vez. Si se tuviera que "volver a ver la grabación de la vida", la probabilidad de que los animales reaparezcan sobre la tierra sería por lo tanto muy reducida. La mayor parte de las especies animales existidas hace 500.000 años se han extinguido; efectivamente la mayor parte de los body plan existentes en aquel tiempo ya no se podían encontrar a distancia de 100 millones de años. Solamente una línea ha dado origen a los vertebrados o bien a los animales con la espina dorsal, entre los cuales peces, anfibios, reptiles y mamíferos. Aunque el evento de la evolución de los animales se repitiera, si bien las probabilidades sean bajas, no prevemos que se pueda asistir de nuevo a la aparición de animales con la espina dorsal.
Podemos continuar según este hilo lógico, y llegar a la improbabilidad, prácticamente infinita, de que puedan reaparecer los primates y con ellos los homínidos hasta el homo sapiens. En cada fase del proceso asistimos a una larga concatenación de eventos, como mutaciones, eventos ambientales, historia pasada y otros procesos, la mayor parte de los cuales es casual, y cada uno de los cuales tiene una probabilidad de verificarse igual a uno en un millón. Repitiendo la historia de la vida estas improbabilidades se multiplicarían de año en año, de generación en generación por millones y millones de veces. Las improbabilidades que derivarían serían de tales entidades que aunque si tuviéramos millones de universos, tan grandes, como el universo que conocemos, el producto de la multiplicación, (improbabilidad del hombre por numero de planetas idóneos) no se anularía por muchos motivos de grandeza. La misma improbabilidad se aplica a los "organismos inteligentes con quien podríamos comunicar". Con esta expresión entiendo organismos dotados de un órgano parecido al cerebro, que les permita pensar y comunicar, y de sentidos parecidos a los nuestros, que les permitan sacar información del entorno y de comunicar de modo inteligente con otros organismos.
Debemos concluir que los seres humanos están solos en el inmenso universo, y lo serán por siempre.

Gargantini: Querría concluir con una brevísima observación. La ciencia no agota las preguntas, y no cierra ningún discurso; en particular sobre los mecanismos de la evolución y sobre la singularidad de la tierra en el cosmos y del hombre entre los seres vivientes. Pero todavía quedan abiertas interesantes pistas de búsqueda, algunas también indicadas por el Profesor Ayala, que son desarrolladas con la participación de muchas ciencias y no solamente de la biología.
La ciencia no soluciona todos los problemas, sino ofrece una poderosa contribución a la toma de conciencia de algunos datos inequívocos y asombrosos. Me han conmovido los últimos pasajes: cuando el Profesor Ayala decía que si tuviéramos que hacer la grabación de la vida, la probabilidad de que los animales reaparecieran sería muy baja. No hay nada que nos diga que las cosas tuvieran que ir en aquel modo: los datos que afloran desde el horizonte de la historia de todo el cosmos, aquellos citados al principio, relativos a las proporciones entre las especies vivientes, parecen reducir el tamaño del hombre; pero luego con el análisis del comportamiento ha sido propuesto de nuevo un hombre con características que transcienden el puro nivel biológico, y lo hacen un ser único, hasta la conclusión sugestiva, perfectamente consiguiente a la lógica del discurso desarrollado.
En todo caso, querría hacer notar el modo en que ha sido construida su intervención, sobre la base del análisis de los datos que la ciencia pone a disposición: tomar en serio estos datos, seguir buscándolos, para medirlos siempre mejor, con los instrumentos que tenemos a disposición, no reducirlos por la prisa de organizarlos en las teorías que van de moda, es la primera tarea de cada investigación científica. Esto significa respetar hasta el final la sensatez de una empresa como aquella científica que es típicamente humana: es una enseñanza preciosa, aquella de tomar en serio el dato de la realidad, que el científico entrega a cada hombre que quiera responder adecuadamente al deseo de conocimiento que nos mueve a todos.

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