La experiencia Musical y las nuevas Tecnologías
autor: Roberto Andreoni
Mario Gargantini (entrevistador)
fecha: 2014-10-01
fuente: SCIENZAinATTO/ L’esperienza Musicale e le nuove Tecnologie. Intervista a Roberto Andreoni
Publicado en el n° 54 de Emmeciquadro
traducción: María Eugenia Flores Luna

Las nuevas tecnologías digitales están cambiando intensamente el modo de producir, ejecutar y fruir de la música. Hardware y Software avanzados pueden ser multiplicadores de la creatividad; así como pueden llevar a un empobrecimiento de la experiencia musical. Todo depende de la autoconsciencia, de la visión, de la curiosidad por los contenidos profundos de la música que se compone, se interpreta o se escucha.

Para profundizar las diferentes implicaciones de la relación entre música y tecnología, podemos considerar tres aspectos de la experiencia musical: producción, ejecución, fruición.
En todos ellos están ocurriendo cambios importantes, de los cuales escuchamos el eco, pero que quizás requieran una más esmerada reflexión, sobre todo por sus implicaciones culturales y, más en particular, por aquellas a nivel educativo.

Hemos hablado con Roberto Andreoni, compositor, con un Ph.D (Doctor en investigación) en Música en la Universidad de California - Berkeley, docente en numerosas escuelas entre las cuales el Instituto IES (International Education of Students) de la Universidad Católica de Milán y el Conservatorio de Bari.

Con la difusión y la evolución de las computadoras la tecnología ha entrado fuertemente también en la producción musical: ¿se habla de Computer Music, de Computer Aided Composition etc. ¿Estamos frente a una novedad real o sólo a una moda?

Nos hallamos frente a increíbles y continuas novedades, como ocurre en todos los campos de aplicación de lo digital. El haber hecho de ello una moda, es decir una comercialización máxima posible, hace sólo menos comprensible el alcance de las novedades.

¿Qué cambia en la experiencia de la composición musical?

Cambian muchas cosas. Hay cambios en la vertiente de la accesibilidad, del control de cada parámetro musical o de la complejidad resultante. Cambia mucho a nivel de producción, editing, publishing. Y luego por cuanto concierne al acortamiento del tiempo y el espacio tradicionalmente necesario para pasar del pensamiento a la escritura, de la escritura a la ejecución, de la composición a la transcripción…

¿Se volverán los artistas puramente como unos técnicos?

No pienso que haya existido nunca en la historia de la humanidad un artista que no fuera un «técnico» de la materia por él manipulada: fuera ella el sonido, la escritura, la palabra, el color, la imagen, la piedra, el cuerpo en movimiento.
Un artista, y por tanto también un compositor, es ante todo un artesano, y por tanto un técnico que por algún motivo, de algún punto de vista - y no sólo por maestría - se distingue excediendo estándares artesanales de la propia época.

En todo caso existe el riesgo opuesto. A causa de una tecnología tan formidable, vislumbro en efecto la tentación de pensar que tanto más pueda ser hecho por la máquina y tanto menos la «técnica» sea por consiguiente necesaria al compositor para realizar los fantasmagóricos laberintos de su imaginación. En efecto el trendparadoxal es que al disminuir la mediana edad y al inmenso expandirse de la capacidad de «poner juntos unos sonidos », orquestarlos, sonarlos/registrarlos y producir piezas corresponde una igual y contraria tendencia a la homologación de masa a niveles cualitativos ínfimos, elementales del componer en sí mismo. Pero no es una novedad: no se han escrito «mejores novelas» gracias a la llegada de la máquina de escribir, no nos hemos convertido en mejores viajeros, más inteligentes y profundos desde cuando usamos el automóvil en lugar del caballo o los pies.

¿Se podrá hablar, como ocurre en otros ámbitos productivos, de máquinas automáticas para componer música?

Las recámaras y las mochilas de los niños de todo el mundo occidental ya son provistas de ello por años. Los muchachitos se crean las propias sonerías del celular, cualquier personal computer está dotado de sequencer audio e/o Midi que permite a quienquiera componer sin ningún estudio y ninguna experiencia pasada. ¡Imagínense luego a los profesionales!

¿La tecnología deja espacio a la creatividad?

¡Ciertamente! Tampoco la prisión o la enfermedad pueden quitar la creatividad al ser humano; mucho menos puede hacerlo la tecnología, un factor que tiende en cambio a despertar sueños, azuzar ambiciones y deseos de infinitos campos de posibilidad.
Sin embargo, precisamente, la creatividad reside en el ser humano, en el «maniobrero» y no en el medio de transporte. ¿Por qué pues la homologación anterior?

Identifiquémonos en el proceso: si uno no conoce ni la gramática ni la sintaxis, ¿cómo hace para escribir? Simple: ¡lo hace la máquina por él/ella!
De hecho un software en manos de un maestro que lo sabe usar para los propios objetivos expresivos y musicales es un multiplicador de la creatividad, pero puesto en las manos de un analfabeto no hará más que reproducir la mentalidad musical de quien ha producido el software, sus sonidos y sus procesos creativos.
Se trata por tanto a menudo de una ilusión de creatividad, tal como un niño no aprende efectivamente a conducir el auto de un videojuego que se limita a simular «ciertas» situaciones del conducir…

Para los hardware y los software es la misma cosa. Pero también pensamos en otro complejo objeto tecnológico el piano: en las manos de un ser humano dotado de gran autoconsciencia, gran pensamiento, gran poesía como Beethoven, se volvió un instrumento expresivo formidable para el progreso de una entera civilización y una entera época; probablemente en las manos de un niño de un año sería tratado como una lata o un insoportable juguete sobre el cual golpear simplemente con los puños.

En la ejecución musical, aparte del canto, el hombre siempre ha utilizado instrumentos: desde la simple flauta, a los poderosos órganos, a la música electrónica. ¿En este recurso a la tecnología ha habido una continuidad, una mejoría gradual de técnicas e instrumentos, o han habido momentos de discontinuidad?

El inicio del Seiscientos y el final del Setecientos han sido momentos espantosamente innovadores, si es eso que se entiende por «discontinuidad». Períodos comparables al momento actual.

¿Y estos cómo han influido en la experiencia de los ejecutores?

La han revolucionado, la han cambiado para siempre. Y también aquella de los compositores.
Pensemos al nacimiento de los instrumentos de arco en Italia, a las primeras orquestas, o la llegada del piano. Órgano, arcos, piano, hasta con los sintetizadores Italia siempre ha ido «adelante», precursora y experimentadora. Hoy ya no más.

La posibilidad de tratar una pieza musical como cualquier señal digital abre enormes posibilidades de elaboración, de reproducción y de difusión de aquella pieza: ¿se va así hacia una nueva experiencia de ejecución y difusión de la música? ¿Cuáles son los pros y los contras?

Los pros son infinitos, y evidentes para todos. Los contras son aquellos ligados a la fruición de masa de una innovación tecnológica. El automóvil utilitario ha hecho posible la masificación de la fruición del automóvil, en detrimento de su calidad. El mismo recorrido está haciéndolo el MP3 con respecto a los fabulosos instrumentos de sonido de Alta Fidelidad de los años Setenta y Ochenta del siglo pasado: cantidad y difusión global, en detrimento de la calidad, exclusividad y finura.

¿Qué decir de los Robot-pianistas y símiles? ¿Son máquinas sólo para asombrarse, como los autómatas del Setecientos o hay más?

Son divertidas máquinas para asombrarse, pero también para estudiar!
Estudiar las grandes ejecuciones históricas, o bien el progresar de las propias ejecuciones cotidianas, para entender, observar, corregir, mejorar.

Hoy la fruición musical es dominada por la mediación tecnológica; eso permite por un lado aumentar y facilitar el acceso a la música, del otro vehicula modelos de fruición estandarizados y restrictivos. ¿Cómo evaluar esta situación?

Como señalaba antes, nadie habría osado nunca encauzar la difusión de las neveras, sólo porque las antiguas hieleras eran misteriosas obras maestras de ingenio, termodinámica y arquitectura, depósito de milenarias experiencias de sabiduría popular.
Valoro muy bien, en fin, la actual situación; aunque está claro que el mundo de la música ya ha salido irremediablemente cambiado y siempre cambiará más sea para quien la hace sea para quien de ello disfruta.

En efecto, la digitalización de cualquier sonido lo hace manipulable con una ductilidad y una velocidad sin precedentes en la historia de la humanidad. Ya la «repetitividad» de una experiencia musical gracias a la incisión discográfica había sido la revolución del milenio, pero ahora cualquier persona puede divertirse en manipular el sonido como si manipulara plastilina.
En ausencia de estudios musicales, eso se limita sin embargo a ayudar a la comprensión del hecho musical y compositivo, por ejemplo, en términos de registro, de mapeo y distribución de los sonidos en el tiempo, en la toma de consciencia de la fantasmagoría de sellos existentes y disponibles, en la emancipación del ruido como dato transformable en elemento musical estructural. Fantaciencia evocada por las locuras futuristas de principio del Novecientos, y realizado hoy por ejemplo en el suculento sound-disign de cada banda sonora cinematográfica. ¡Y no es poco!

Prácticamente hoy quienquiera es consciente de que cualquier sonido, cualquier ruido, cualquier material también acústicamente «no noble» puede volverse fundamento de una construcción musical.
La música está al alcance de todos, siempre y dondequiera! Pero por lo tanto (he aquí una gran implicación) si es de todos, manipulable por todos, ya no es «obra de ingenio», y aquí entra en crisis el concepto mismo de «derecho de autor»: quienquiera tiene el derecho a construir la propia música modificando la preexistente música hecha por alguien más. ¿Justo o equivocado? El debate está abierto.

Otro hecho importante: hoy cualquier persona comprende que la práctica del editing, hasta ahora reservada a la industria editorial, o a especializados estudios de grabación cinematográfica o discográfica está en realidad al alcance de cualquier experimento compositivo aun elemental. He aquí que los «modelos» musicales de hoy, las estrellas de los jóvenes ya no son los músicos, los grupos musicales sino los DJ, es decir los técnicos expertos de cautivantes editing que vienen realizados por ellos en tiempo real.

¿Esto se puede definir todavía como «composición»?

No es específicamente un componer en sentido tradicional, sino ciertamente un «disponer», un «yuxtaponer» sonidos de manera evocadora de un sentido.
El primitivismo extremo y la extrema sofisticación tecnológica se casan felizmente a este nivel.

Sin embargo, a falta de conciencia de la gramática, sintaxis, poética e historia musical, también la facilidad de operar cualquier editing musical, muy a menudo, demasiado a menudo, acaban por construir música hecha de loop es decir de repetición cíclica de un fragmento (por ejemplo de drum&bass, bajo y batería), que se repite al infinito como un motor que queda encendido, hasta cuando no será apagado. Sobre estos «tapetes sonoros» hechos de engranajes elementalmente repetitivos, bailan y se desatan pequeñas intervenciones de otros instrumentos, ruidos más o menos educativos y voz cantada (o simplemente solfeada, como en el caso del Rap).

Esto es objetivamente un empobrecimiento, con respecto a las finas conquistas armónicas, melódicas, rítmicas, tímbricas y formales crecidas en la historia de la música. El empleo de estas construcciones musicales hechas en serie es claramente parecida a la producción de un producto, que como tal se multiplica cuanto más «vende», vende cuanto más «gusta», gusta cuanto más «me convence sin solicitarme algún esfuerzo».

Aquí aún a una tecnología muy compleja corresponde un producto musical estandarizado, espantosamente homologado (he calculado que entre las cien canciones Top del momento cerca de ochenta son hechas con el mismo giro de cuatro acuerdos: un estándar aún más elemental de las canciones del primer Rock'nRoll de los años Cincuenta y Sesenta!).

¿Se pueden imaginar experiencias positivas de fruición musical que integren también la componente tecnológica en un discurso más amplio y completo?

Creo en todo caso que la insaciabilidad de la mente humana hará que junto a la familiaridad con procesos de editing, torne a crecer la curiosidad por los contenidos profundos de lo que se ensambla, el valor intrínseco de los materiales musicales nobles y diferenciados. Eso sucede ya en la música «artística» es decir hecha no específicamente para ser vendida, sino por la exigencia (¿expresiva? ¿De investigación? ¿Intelectual? ¿Espiritual? ¿Lúdica? ¿Científica?) de quien la compone y la interpreta.
Las tecnologías actuales permiten no sólo componer «grandes piezas de música» (editing tracks) sino también de descomponer y recomponer el sonido mismo, desde su interior, desde sus componentes espectrales y físicos profundos! Es la misma cosa que sucede para la ciencia y sus desarrollos hasta los extremos de lo macro y también a los extremos de lo micro. La art-music de hoy compone los espectros, hace nacer, vivir, transformarse y morir el sonido individual, el sello individual, simple o complejo que sea, con una mentalidad muy parecida a las microbiologías.

¿Cómo se reflejan las anteriores consideraciones en la educación musical de los colegios?

¡La tecnología facilita el acceso y baja los costos! Allí donde la hora de música se limitaba a mortificantes abortos musicales por orquestitas descuidadas de desentonadas flautas dulces, hoy una maestra preparada y creativa en clase puede «componer una pieza» muy bien hecha junto a los estudiantes, suscitando en ellos orgullo, empeño y curiosidad en lugar de incomodidad, hasta intentar ejercicios que impliquen interacciones entre instrumentos tradicionales y hi-tech y preparar conciertos o incisiones de piezas mucho más complejas, divertidas y ambiciosas de lo que nunca se haya podido hacer antes. Quien toca un instrumento tradicional aprende mucho del ser aparejado al instrumento tecnológico, y viceversa.

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