La falta de aliento de la laïcité francesa
autor: Chantal Del Sol
Daniele Zappalà (entrevistador)
fecha: 2016
fuente: Il fiato corto della laïcité francese
traducción: María Eugenia Flores Luna

Especialista de fama internacional en los campos de filosofía ética y política, docente en París, donde ha fundado el centro universitario de investigación Hannah Arendt, Chantal Del sol también ha sido nombrada en la prestigiosa Académie des sciences morales et politiques. El pasado año ha presidido esta histórica institución que ha incluido a célebres figuras de Oltralpe como Tocqueville, Bergson o el cardenal Henri de Lubac, recibiendo en 1992 entre sus miembros asociados extranjeros al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Conocida por sus estudios penetrantes sobre el principio de subsidiariedad, por la constante reflexión sobre la libertad religiosa y por la apasionada visión del federalismo europeo, ha apenas publicado La haine du monde (El odio del mundo, Cerf), sobre las raíces de las tendencias demiúrgicas y totalitarias del siglo XX. Atenta desde siempre al debate de ideas en todas sus formas, es a menudo citada también en los agudos editoriales publicados en “Le Figaro”.

¿En este inicio del siglo XXI aún se puede hablar de una especificidad francesa en el modo de afrontar, en público y a nivel institucional, las religiones y la cuestión de la libertad religiosa?

No se debe olvidar que Francia ha conocido la revolución de 1793, es decir el Terror antirreligioso que se repetirá con Lenin y aún más. Se ha dicho a menudo que Francia es, con la República Checa, el País más ateo de Europa, aunque quizá se necesitaría añadir a los Países escandinavos. ¿Qué ha ocurrido realmente? Puedo solo constatar que estos dos Países han sido aquellos donde se han combatido las guerras de religión más mortales. En todo caso, se trata de hechos. La separación de 1905 entre Iglesia y Estado ha sido de una violencia de la que ya no se habla, pero que los pueblos no han olvidado. Si en Francia las mujeres han tenido tan tarde el derecho al voto, es porque venían consideradas prisioneras de la influencia de la Iglesia y entonces se temían sus votos. Creo que eso tenga que ver también con la cuestión siguiente: Francia ha sido un País muy ideologizado en términos socialista-comunista, al punto que se suele decir que el último leninista del mundo será un francés. Esto provoca un rechazo de la religión.

Algunos investigadores como Jean Baubérot sostienen que en Francia existen diversas concepciones de la laicidad, a veces ásperamente rivales. En este sentido, se puede pensar que la cuestión religiosa quede aún hoy más aguda, o menos pacificada, que en otros lugares. ¿Cómo considera esta especie de inquietud francesa de fondo?

Sobre este tema, he discutido a menudo con Baubérot. Es interesante observar que Francia ha inventado el concepto de laïcité, entendido como una forma específica de secularización. La secularización es una cuestión que se desarrolla en Europa después de la llamada diatriba de las dos espadas y que deriva del Evangelio mismo (“Den pues a César aquello que es de César y a Dios aquello que es de Dios”). En todos los países de origen cristiana, se presta atención a separar las esferas política y religiosa, aunque la tendencia natural es de vincularlas, siendo más cómodo para conservar el poder.

¿Qué significa entonces la laïcité? Pienso que represente algo más que la secularización, la cual separa las esferas. Es una recusación, un rechazo a la religión, una voluntad de relegarla escondiendo su verdad, sólo en las consciencias, es decir de impedir la presencia y por tanto la difusión. La laïcité no es una simple solicitud de neutralidad, sino una exigencia antirreligiosa. Lo que se entiende por respeto de la laïcité en Francia es el respeto de la blasfemia, que recae de hecho sólo en la religión judeocristiana. Por ejemplo, es sorprendente observar que la cubierta de Charlie Hebdo por el aniversario de los atentados mostraba un dios de rasgos claramente judeocristianos, con las palabras “el asesino siempre en fuga”. Evidentemente, el asesino no es aquel, sino se trata del chivo expiatorio que viene cargado de todos los crímenes de los demás.

Un gobierno de izquierda está hoy en el poder en Francia. Un historiador y polemista que se define progresista como Jacques Julliard ha sostenido que el anticlericalismo es probablemente el último patrimonio intelectual común a todas las diversas “izquierdas” francesas. ¿Podemos considerarla una exageración, antes que una provocación?

Sí, un poco se trata de una broma, pero no por eso carente de fundamento. Julliard quiere decir que las izquierdas francesas están asustadas y ya no saben precisamente en qué creer. No olvidemos que los comunistas franceses, un tiempo muy numerosos, han esperado que los rusos mismos rechazaran el comunismo, antes de abandonarlo a su vez, y muy a su pesar. Un escenario de gran desilusión. Hoy, las izquierdas francesas se han decidido por un enfoque ideológico, mientras el paisaje nacional es marcado por una desocupación siempre más deprimente. Nueva desilusión. Les queda pues el anticlericalismo. Es conocida la importancia de tener un enemigo, cuando ya no se tiene nada.

En un clima social dominado desde hace tiempo por la necesidad de reaccionar a la amenaza terrorista, la Asociación de alcaldes de Francia apenas ha presentado un vademécum de la laicidad’ que recomienda por ejemplo dejar a los espacios privados los pesebres navideños, o aún la más estricta neutralidad de los administradores públicos al manifestar su eventual fe religiosa. La idea de que la neutralidad pueda ser una solución a los retos puestos por las así llamadas “patologías de las religiones” ¿es una novedad en la vida política francesa?

El problema puede ser planteado así: se habla mucho de patología de las religiones y se rechazan por ejemplo los pesebres, como si la Iglesia católica mañana corriese el riesgo de reactivar la Inquisición. Pero allí donde en este momento se observa una verdadera patología de la religión, o bien en el islam fundamentalista, se tiende a negar que esta patología provenga de la esfera religiosa. “No tiene nada que ver”, ha dicho el presidente François Hollande. Parece el mundo al revés. No se quieren ver las patologías que existen, mientras se advierten por todos lados allí donde no hay.

En cuanto a la voluntad de imponer por todos lados la neutralidad, eso equivale a confinar la religión al espacio estrictamente privado. Esta pasión por lo que es neutro proviene de la filosofía del deconstruccionismo, pero figuraba ya en los textos de los primeros defensores de la laïcité, hace un siglo. Es una idea surgida del constructivismo positivista iluminista francés, según la cual el ser humano podría desarrollarse en un ambiente sin definición, ni características, con el fin de ser libre de todo, de no ser nunca influenciado. Pero eso no existe. Es una utopía.

En el discurso Destino de la religión en época moderna pronunciado en el Institut de France el 16 de noviembre de 2015, Usted ha sostenido que “el modelo del 1905, que separa la esfera privada, en la cual estaría contenida la religión, y la esfera pública que concierne a la política, ya no funciona”. ¿Cuáles son las manifestaciones más evidentes de esta crisis?

Este modelo de secularización típico del Occidente puede funcionar sólo en una cultura occidental donde los dos ámbitos, político y religioso, son separados en la misma doctrina. Desde el momento en que el islam se difunde fuertemente en estas sociedades, ello reclama en modo natural la superposición entre las órdenes, según una lógica que deriva de su doctrina. Viviendo cotidianamente en contacto con el islam, se percibe sin embargo aún más que nuestras costumbres laicas quedan embebidas de vieja cultura cristiana y que los puntos de incompatibilidad entre la cultura musulmana y aquella occidental son quizá más de cuanto se pensara. El niqab ofende nuestras convicciones sobre la dignidad de la persona. Algunas implicaciones de la democracia, a despecho de las declaraciones de ciertos biempensantes, ofenden a una parte de la comunidad islámica”.

En el mismo discurso, Usted cita a un amigo hebreo para el cual los ritos religiosos son hoy “unas rampas ascendentes en la oscuridad”. ¿Se puede suponer que esta metáfora se consagra a la condición de numerosos creyentes en la Francia de hoy? ¿En este caso, qué se debe entender por “oscuridad”?

Sí, encuentro esta metáfora muy acertada. Se trata de la oscuridad en el sentido de la noche de la fe, que puede alcanzar todo género de circunstancia, y hoy en particular en medio al difusndido clima de burla antirreligiosa que es como una bomba sucia, que tiende a despojar a los creyentes de su sentido, ridiculizándolos.

Uno de los escritores franceses más traducidos, Michel Houellebecq, en su reciente novela ficción política Sumisión, predice una Francia votada a la islamización. ¿Si el valor literario de la novela es muy discutido, se pueden distinguir todavía en esta obra de forma provocadora los síntomas de un malestar quizá hoy más agudo en Francia que en su vecinos europeos?

En efecto, no se trata de una novela de gran valor literario, sino de notable significado simbólico. Incluso, no creo que realmente se haya tomado la medida de lo que significa. No creo que signifique: atención, tendremos que islamizarnos, si queremos sobrevivir. Sino más bien: en el fondo, si estaremos obligados a islamizarnos no será tan desagradable, porque estamos cansados de la libertad, las mujeres tienen ganas de ser protegidas antes que ser libres, y la cultura musulmana debe ser bastante agradable. En otros términos, pienso que esta novela traduzca nuestro cansancio de existir así como somos.

Algunos religiosos como abbé Pierre o sor Emmanuelle se han convertido en auténticos iconos nacionales y lo son aún después de muertos. En 2010, el film de contenido cristiano Des hommes et des dieux (Hombres de Dios) ha tenido un suceso inesperado. Y no obstante todo, quedan muy arraigadas simples tradiciones populares como aquella de compartir la galette des rois, típico dulce de la Epifanía, o las crêpes en ocasión de la Candelaria. ¿Signos similares nos hablan de una Francia que, de cualquier modo, en sus vísceras, no reniega del todo su antigua identidad de “Hija primogénita de la Iglesia”?

Creo francamente que si abbé Pierre y sor Emmanuelle son considerados héroes, eso está relacionado a su abnegación hacia los demás y no a su santidad. No olvidemos que nuestros contemporáneos han sustituido la religión con la moral, la cual ya parece ser la única cosa que cuenta. Dicho esto, naturalmente la fe cristiana sigue fuerte en Francia en algunas clases y ambientes, aunque no se habla en absoluto, y eso se ha visto en el momento de las grandes manifestaciones de hace dos años [aquellas de protesta en coincidencia del iter legislativo luego desembocado en la ley del “matrimonio para todos”, ndr].

Para concluir, una nota un poco más personal. El historiador Jean Delumeau ha apenas publicado un libro titulado L’avenir de Dieu. ¿Le sucede, a su vez, pensar alguna vez en el futuro de Dios en Francia?

Aún no he leído ese libro. Pero en un curso reciente, he titulado una lección “La muerte de Dios no es definitiva”. Creo que Dios tenga un bello porvenir en Francia, porque solo los creyentes tienen familias numerosas, y porque los jóvenes cristianos son numerosos, inteligentes y muy activos. La fase de mayo de 1968 es muy criticada. Sólo las personas que dan un sentido a su vida, que están en camino hacia una estrella, por citar a Heidegger, tendrán ganas de transmitir. Y fatalmente, el futuro les pertenece.

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