La familia /2
autor: Alexander Van Der Does De Willebois
Holanda, Neurólogo
Alberto Methol Ferré
Uruguay,Consulente del CELAM y miembro del equipo Teológico Pastoral
Zépbryn Goma
Congo Brazzaville
Carlo Caffarra (moderador)
Italia, Director del Instituto «Juan Pablo II» en la Pontificia Universidad del Laterano
fecha: 1982-08-24
fuente: La familia
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Le risorse dell' uomo", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Los recursos del hombre")
traducción: Carolina Velez
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CARLO CAFFARRA:
En la introducción de esta mesa redonda dijimos que la comunión conyugal posee su propia verdad. El Prof. De Willebois nos presentó un análisis muy amplio, una profundización de la verdad de la masculinidad y la feminidad, su misterio y ministerio. En particular nos hizo ver cómo es sólo por la complementariedad, por la reciprocidad y por la comunión de estos dos ministerios que se instituye la única verdadera comunión conyugal, la primera escuela original de recursos de humanidad. Y por esto le agradezco calurosamente.
La segunda intervención es a cargo del Prof. Alberto Methol Ferré. Nació en Montevideo (Uruguay). En todo caso prefiere considerarse latinoamericano, “porque no se entiende a América Latina - son sus palabras - si no es a partir de su unidad espiritual”.
Fue Secretario Ejecutivo de la oficina Laica del CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana) y aún es miembro del Equipo Teológico Pastoral del CELAM. Y consultor del Pontificium Consilium Pro Laicis. Entre sus publicaciones cito: “Pablo VI o el Honor de Dios” (1968), un artículo de fuerte resonancia que retoma los contenidos de la “Humanae Vitae” y, más recientemente, “Iglesia y Familias en la Historia de América Latina”. Le cedo la palabra.

ALBERTO METHOL FERRÉ:

I. Las dos formas opuestas

El matrimonio y la familia no se pueden pensar el uno sin el otro. Durkheim decía que la familia moderna se basa en el matrimonio, mientras que en el pasado el matrimonio se basaba en la familia. Así se define la oposición principal. Si la institución familiar abraza el matrimonio, la tendencia es hacia la estabilidad social de éste, más allá de las vicisitudes personales. Si el matrimonio hace de soporte de la familia la tendencia es hacia el riesgo, a la inestabilidad social de la familia, la comunidad depende de las interacciones personales.
De este modo, el modelo-familia y el modelo-matrimonio son los dos límites extremos entre los que se mueve cada comprensión posible de la dialéctica entre la familia y el matrimonio. Este planteamiento inicial puede complicarse si se introducen otras variables sociales. Pero, por el momento, nos basta con esta simplicidad.
Hoy vivimos el modelo-matrimonio, de esto se deriva el hecho de que la crisis se encuentra en la esencia de su movimiento. La conciencia histórica es una necesidad de la experiencia misma de la familia moderna. El incesante autoanálisis de los cónyuges es un elemento de su dinámica estructural. Es contrario el carácter del modelo-familia con una esencia más objetiva, con roles sociales más determinados, más seguro en sus comportamientos.
Entre estas dos formas opuestas transcurre la historia familiar y matrimonial. Los dos polos en estado puro no existen en la realidad, ya que uno podría descomponerse en “unión libre”, efímera, y el otro reducir cada subjetividad a una simple representación. Se caería en el vacío de la subjetividad pura o de la objetividad pura, formas opuestas de destrucción del matrimonio y la familia, cuya vida se mantiene entre aquellos dos límites. La crisis actual se debe a la exasperación del modelo-matrimonio que reemplazó el modelo-familia.

II. Crisis de la familia patriarcal

Hoy cuando hablamos de “fin de la familia tradicional”, nos referimos a una variante del modelo-familia, la familia patriarcal. Ésta, con muchas modalidades, dominó en occidente por siglos y siglos, en sociedades agro-urbanas. Hubo familias patriarcales paganas y cristianas, en los diferentes entornos culturales.
Las nuevas condiciones de vida generadas por la revolución urbano-industrial del siglo XIX, se resquebrajaron enseguida incluso hasta en los fundamentos de la familia patriarcal tradicional. La familia estaba siendo cuestionada, las viejas convicciones se desmoronaban, era necesario volver a pensar todo desde el principio. Esto no era para nada fácil. Surgieron grandes confusiones y extravagancias, las mezclas más extrañas, ya que todos estaban implicados y la situación era completamente nueva. No es una casualidad que las grandes investigaciones históricas y sociológicas sobre la familia y el matrimonio hayan iniciado precisamente en el siglo XIX.
Le Play, un apasionado defensor de la familia patriarcal cristiana, inició las investigaciones sociológicas sobre la familia e hizo estudios notables sobre las familias trabajadoras, hijas de la nueva revolución industrial emergente. Un socialista libertario como Proudhon, ferviente anticlerical, no era menos defensor ferviente de la familia patriarcal, así como Augusto Compte, profeta de la sociedad científica tecnocrática, que de su exaltación de lo femenino llegaba a la “religión de la humanidad”. Se abrían los horizontes complejos de la tecnología y de la historia universal, y Bachofen descubría las antípodas, la era del “matriarcado”. Federico Engels veía la evolución de la familia a partir de una presunta promiscuidad primitiva hasta la futura monogamia de amor, que serían las uniones libres, después de una áspera crítica de la “familia patriarcal” en las diferentes formas. Las feministas románticas y las sufragistas desencadenaron la furia de Federico Nietzsche, patriarcalista radical que de manera nihilista, anunciaba la muerte de Dios y despreciaba la Iglesia, mujer y refugio de los débiles. Una inesperada avalancha se desataba sobre la institución familiar milenaria. De sus fisuras nacían fantasías, ilusiones, temores y proyectos. Algunos proclamaban con alegría el fin de la familia tradicional. Gide exclamaba: “Familia, la odio”.
La primera acción de la Iglesia fue aquella de reafirmar los valores cristianos de la familia tradicional. Era algo obvio y normal, pero sin futuro. La conclusión (el “canto del cisne”) de aquel movimiento fue la encíclica Casti Connubii de 1931. Era sin saberlo el resumen final, la gran despedida cristiana del mundo familiar patriarcal. Desde aquel mismo momento empezó un pensamiento crítico de la nueva situación emergente, unida al modelo-matrimonio.
A partir de los años treinta el pensamiento tradicional sobre la familia en la Iglesia se volvió histórico, se formularon nuevos interrogantes y se abrieron nuevos caminos. Entonces las corrientes del “personalismo católico” tuvieron un papel decisivo. Quizás el que inauguró más significativamente las nuevas rutas fue el alemán Herbert Doms “Sentido y finalidad del matrimonio, meditados por un teólogo”. Desde entonces se pasó, con gran efervescencia eclesial de experiencias y pensamientos, hacia el nuevo punto de salida de nuestro tiempo, el Concilio Ecuménico Vaticano II, dónde también se habló sobre la familia y el matrimonio. Así se abre el segundo movimiento, el actual, ya no defensivo sino renovador, que involucra a la totalidad de la Iglesia en el mundo.
Entender y profundizar para evangelizar no es defender un tipo de familia arcaico, que en las nuevas condiciones históricas no solamente caducó, sino que se volvió opresivo y por lo tanto anti evangélico. Se trata de volver a pensar a la luz del Evangelio y del misterio de la Iglesia en la nueva situación y en sus problemas, que solo así pueden ser enfrentados integralmente. La crisis contemporánea de la familia y del matrimonio es entonces una nueva ocasión que tiene la Iglesia para reencontrarse, fiel al Evangelio. Y un desafío que a través de sus sacudidas - que son el drama de muchas personas - puede hacer que la Iglesia desarrolle una nueva inteligencia de sí misma, del matrimonio y de la familia y provea al mundo de hoy de un nuevo e inestimable servicio.

III. Desde el Vaticano II a la Familiaris Consortio

En la Iglesia no hay un llamado a una nueva profundización que no implique la crucifixión, muerte o peligro de muerte, que son la condición indispensable para cada resurrección. Así, para renovar su visión de la familia, tuvo que atravesar un calvario histórico, sin el cual todo hubiera quedado igual, sin la muerte de lo que se supera.
El Vaticano II y la Gaudium et Spes abren la nueva época eclesial. Fue hace solamente veinte años, y sin embargo el mismo Vaticano II se vivió enseguida como una gran línea divisoria en la historia eclesial. Se sintió con la alegría de un amanecer: la Iglesia sentía que se desprendía de formas anticuadas y que entraba en un nuevo tiempo. Por un instante se sintió transportada por el optimismo y muchos creyeron que habría un renacimiento sin crucifixión. Pero pronto vinieron las tinieblas, poniendo todo a prueba. En 1968 se comprobó el escándalo de la Humanae Vitae y el consiguiente martirio de Pablo VI. La Iglesia - precisamente en su momento de mayor reconciliación - parecía haber sido arrojada de nuevo en un conflicto irreparable con la “civilización” y sus progresos. Una gran angustia atravesó a la Iglesia, muchos fueron arrollados por la furia y se volvieron sordos. Fue una mala sorpresa, para demostrar que no todo era tan fácil, tan lineal. La Humanae Vitae hacía soplar vientos de tragedia sobre la Iglesia, en la atmósfera de la sociedad opulenta del Atlántico Norte, que soñaba con liberalizaciones sin fin.
Cierto es que la Humanae Vitae rechazó firmemente los caminos de la iglesia del malthusianismo, que los sistemas dominantes querían imponer al tercer mundo. Así ella profundizaba la ruta de la Gaudium et Spes y recogía católicamente la “corona de espinas” que nunca falta en una comprensión auténtica de la fe en el mundo. No se podía pensar de nuevo en la familia y el matrimonio sin grandes costos.
La Humanae Vitae parecía una herida abierta a un costado del Vaticano II, aunque sólo fuese una explicación de ello. Todos los nuevos prejuicios, las nuevas idolatrías, se conjuraron nuevamente alrededor de la Iglesia, la asediaron en aquel punto neurálgico. Discusiones, vacilaciones, transacciones, tensiones a veces desconcertantes, pero también y sobre todo una nueva maduración de la fe, de la esperanza y de la caridad eclesiales. Y así se llega a la Familiaris Consortio de 1981.
Gaudium et Spes, Humanae Vitae, Familiaris Consortio: tres vertientes tan diferentes y tan íntimamente ligadas a uno de los itinerarios más densos que se puedan recorrer en pocos años, en búsqueda de una nueva comprensión y actualidad eclesial para el matrimonio y la familia.
Si la Humanae Vitae fue la tempestad sobre el nuevo camino, la Familiaris Consortio es una serenidad, un andar resuelto, sin estridencias, una nueva síntesis. Creemos que supera el límite del personalismo anterior, que trajo tantos frutos, pero que ya estaba agotado y que abre horizontes más amplios y complejos en la teología de la historia.

IV Inversión de la orden de San Agustín

La realidad de la Iglesia siempre transcenderá su autoconciencia hasta el final de la historia. En la historia la Iglesia va descubriendo - y a veces ensombreciendo - lo que ella es en realidad. La auto comprensión eclesial del matrimonio tiene a sus espaldas vicisitudes de siglos, maduraciones que aturden por los largos tiempos que se necesitaron.
Es oportuno recordarlo para evitar una visión solamente doctrinaria, abstracta, que se desarrollaría con una racionalidad deductiva de premisas determinadas. Porque aquí las premisas son misterios, reflejos del misterio más grande que es Dios, y ellas se desarrollan a través de la experiencia histórica de la sociedad y de las personas, según una lógica viviente. Así, los tres valores o bienes que San Agustín veía en el matrimonio, descendencia/amor y fidelidad/sacramento, fueron causa de una reflexión incesante en la historia de la Iglesia. La diversidad de los subrayados en los diferentes momentos históricos y culturales es notable. Nos servirá para apreciar el sentido de los cambios, si bien los tres valores siempre estén implicados recíprocamente. Tomemos por ejemplo la categoría “sacramento”. Empieza a ser relevante en la reflexión eclesial solamente a partir del siglo X. Está tan íntimamente ligada al “contrato”, libre consentimiento de los cónyuges, que contribuye poco a poco al paso desde el modelo-matrimonio. Solamente frente a la negación de Lutero, que veía en el matrimonio una realidad “creatural”, secular, no salvadora, la Iglesia define en Trento el matrimonio como sacramento, o sea como intrínsecamente referido a la salvación, signo e instrumento de la unión de Cristo y su Iglesia. En la crisis de la familia patriarcal, de cuyas grietas Freud puso a la luz el erotismo, el sexo, el cuerpo, la Iglesia trasciende el antiguo “contractualismo” para recuperar de manera personalista la “alianza”, el sentido totalizador del amor, la comunión de personas, la espiritualidad del cuerpo sexuado, etc.
Por esto, así como la Casti Connubii se mantenía dentro del orden “descendencia/amor y fidelidad/sacramento”, con la Gaudium et Spes se pasa al clima personalista de “amor y fidelidad/sacramento/descendencia”
Esto significa el paso del modelo-familia al modelo-matrimonio. Tal paso se destaca porque para muchos la Humanae Vitae se vivió como regreso al orden precedente. Pero esto también muestra cuáles son los límites del personalismo, amenazado por una visión solamente intersubjetiva, últimamente privatista e individualista. Quizás por este motivo, de los tres valores, el orden personalista es el más frágil, el más huidizo. En cambio con la Familiaris Consortio, se alcanza un nuevo orden de los tres valores, el más profundo, el más religioso, el más intrínsecamente unitario: sacramento-amor y fidelidad-descendencia. Si la fe recíproca es el principio, en realidad el sacramento es su fuente primordial, el amor incondicional de Dios siempre es el primer momento. La Iglesia de Cristo se dispone en el acto de amor de la alianza y también configura su historia. La nueva reflexión histórica sobre el matrimonio y la familia nos conduce inexorablemente a la teología de la historia, a la eclesiología, a la totalidad del misterio cristiano. No es posible profundizar en una parte sin penetrar en el todo. El matrimonio y la familia nos imponen una reflexión que los excede a ellos mismos y que nos abre desde su regazo toda la historia de la salvación, la historia universal.

V. Dos polos de la historia matrimonio e Iglesia-Cristo.

Para la Iglesia el matrimonio no es una institución privada entre otras. Más que privado el matrimonio es intimidad, y por su intimidad participa de lo que es más universal y fundamental de la realidad: el amor. Para los cristianos el amor se revela como originario de todo lo que es real: Dios es amor, la Trinidad es amor. Éste es el misterio insondable de la realidad, la fuente del sentido de cada cosa. Siempre resuena en mi un pensamiento de Hamelin, filósofo francés que murió ahogado al querer salvar a otra persona: “Exister c’est étre voulu” (existir es ser querido). La raíz del ser, de la vida, es el amor, a pesar del lado siniestro de la realidad. Es una convicción cristiana central.
Para la Familiaris Consortio, el hombre es una imagen de amor: “Dios creó el hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, al mismo tiempo lo llamó al amor. Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y semejanza y conservándola continuamente en el ser, Dios graba en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y por lo tanto la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. Por eso el amor es la vocación fundamental y nativa de cada ser humano” (FC 11). Únicamente por esto se puede ver el misterio del matrimonio y de la familia, en su sentido universal. Juan Pablo II decía en su primera encíclica Redemptor Hominis: “ El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (RH 10; cit. en FG 18). Solamente el amor da al ser, el sentido de todo y de cada uno; creación ex nihilo. Solamente a través del amor se pone en fuga la nada.
Meditar sobre el matrimonio-familia lleva inexorablemente al sentido del ser. Es uno de los accesos privilegiados al sentido de la realidad. Por esto la Familiaris Consortio dice: «Remontarse al “principio” del gesto creador de Dios es entonces una necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse no sólo según la verdad interior de su ser sino también de su histórico actuar ». Y ya que según el designio divino, se constituye cual “comunidad íntima de vida y de amor” (GS 48); la familia tiene la misión de volverse cada vez más lo que es, o sea comunidad de vida y de amor, en una tensión que, como por cada realidad creada y rescatada, encontrará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una perspectiva que luego llega a las raíces mismas de la realidad, se debe decir que la esencia y las tareas de la familia al final se definen por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar y comunicar el amor, cual vivo reflejo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia, su novia (FC 17). Aquí se formula la dialéctica más central de la historia. Por lo tanto es evidente la importancia universal que la Iglesia le da al matrimonio y a la familia. En el matrimonio y en la familia también está implicado el sentido de la historia universal. En la cotidianidad más humilde ocurre lo que es más grandioso. La Iglesia lo sabe, lo enseña, lo comunica.
Solamente quien ignora el sentido eclesial del matrimonio y de la familia puede creer que la Iglesia es “familista” en el sentido de institución social, privada.
Ésta es una visión burguesa y reducida del ser matrimonial y familiar. La autoconsciencia que la Familiaris Consortio manifiesta hoy está tan articulada con la totalidad de la creación y de la salvación, como solamente la descomposición de la familia patriarcal secular - evento muy grande y extraordinario - podía exigirlo y permitirlo. Esta autoconsciencia, esta recapitulación es un fruto grato de la crisis, una nueva profundización.
Para las costumbres del entendimiento moderno es muy extraño que la Iglesia emplee categorías “familistas" (paternidad, maternidad, nupcias, filiación, hermandad), para auto-entenderse y para entender al mismo Dios inalcanzable. La sociedad secular redujo la familia a una de sus particularidades y encuentra incomprensible que el aspecto “micro social” de la familia sirva para penetrar la lógica de las macro sociedades, incluso de la Iglesia, que aspira a transcender cada macro sociedad secular. Pero ya vimos cómo la Familiaris Consortio vuelve a poner al matrimonio y a la familia en el corazón de la realidad histórica: de ellos se eleva hacia la comprensión analógica de la Iglesia y de Dios, y de la Iglesia y Dios ilumina el sentido de la familia y del matrimonio. Esta circularidad pone en evidencia la unión íntima entre las micro sociedades y las macro sociedades, su semejanza de destino y de sentido. Por esto la alianza, el matrimonio, es una analogía de Cristo y su Iglesia, aún más sacramento, signo e instrumento. Por lo tanto la bipolaridad esencial que configura la vida humana como masculina y femenina se proyecta también sobre cada cognición posible de la vida social, política y cultural.

VI. Génesis de la humanidad

La Familiaris Consortio ve al matrimonio y a la familia en la ayuda de lo que es más esencial para la teología de la historia de San Agustín: la dialéctica de los dos amores (las dos ciudades).
Se expresa así: “La historia no es simplemente un progreso necesario hacia lo mejor, sino un acontecimiento de libertad, es más, un combate entre libertades que se oponen entre ellas, o sea, según la conocida expresión de San Agustín, un conflicto entre dos amores, el amor de Dios empujado hasta el desprecio de sí y el amor de sí empujado hasta el desprecio de Dios. De ello consigue que sólo la educación al amor arraigado en la fe pueda llevar a adquirir la capacidad de interpretar “las señales de los tiempos”, que son la expresión histórica de este dúplice amor” (FC 16). A partir del amor se llega a entender la historia.
La historia es la dialéctica de los dos amores, el contrario de diálogo es “dia-bolos”, que significa obstáculo entre dos, incomunicabilidad. Así puede haber una “tensión” o “lucha amorosa” y una “lucha diabólica”. La dialéctica diabólica es aquella entre el señor y el esclavo, en la cual el uno se afirma en la negación del otro. Será mejor ver algo más sobre los dos amores.
En su “Esquisse du Mystère de la Societé et de l’Histoire”, Gaston Fessard pretende superar el génesis de la humanidad propuesto por Hegel en la “Fenomenología del espíritu”, con su conocida dialéctica del señor y el esclavo, que Marx recoge desde el punto de vista del esclavo y Nietzsche desde el punto de vista del señor - no es casualidad que Marx y Nietzsche sean las dos estaciones finales del ateísmo moderno -. Ambos términos, opuestos diametralmente, no pueden hacer otra cosa que enfrentarse sin fin con la propia relativa superioridad o inferioridad, en una dialéctica en la que solamente se podrían invertir los papeles, sin que haya posibilidad de reconciliación o de reconocimiento recíproco. Y una dialéctica diabólica, sin vía de escape, condenada por sí misma a la auto-repetición. Por esto Fessard busca una dialéctica más profunda, más intercomunicada y más universal, encontrándola en la dialéctica Hombre-Mujer, bipolaridad constitutiva de la historia, que se extiende a las dialécticas diferenciadas de la familia. Podemos llamarla “dialéctica de la amistad”, en cuanto es nupcial, materna, paternal, filial y fraternal. Son dialécticas de la familia que necesariamente desembocan más allá de ella para encontrarse en el génesis de los pueblos y de las naciones, de la economía y de la política, también de la Iglesia. Ésta es la armadura de la dialéctica primordial, fundadora, radical.
Así, los dos amores de San Agustín se manifiestan en estas dos dialécticas opuestas de Fessard. Nos parece un paso adelante decisivo para el desarrollo de la teología de la historia. Esto es sólo una señal de ello, pero ya se ve cómo adquiere la importancia esencial, en las universalidades de la historia, del matrimonio y de la familia, así como la necesaria superación de sí mismos.
Y bien, la Familiaris Consortio no se detiene en las funciones sociales de la familia (tan diferentes socialmente) sino que se basa sobre el sentido que la constituye. Tal sentido nos descubre la dialéctica abierta presente en el génesis de la humanidad.
La dialéctica abierta originaria de la sociedad está contaminada históricamente por la dialéctica cerrada del señor y del esclavo, que es aquella del pecado. Este cierre se rescata solamente gracias a la entrada histórica de Cristo, que se vuelve esclavo revelando el señorío de Dios, que es amor. Las dialécticas de la amistad o del amor pueden ser solamente un encuentro entre dos libertades diferentes, para generar libertad. De este modo el matrimonio se eleva a sacramento, para mantener abiertas las dialécticas de la familia, generadoras al mismo tiempo del pueblo secular y el pueblo eclesial, de Cristo y de su novia, la Iglesia.
Insistimos sobre el hecho de que las categorías empleadas en las ciencias sociales marginan simultáneamente al matrimonio-familia y a la Iglesia, excluyéndolos de la comprensión de la dinámica histórica. Esto vuelve las ciencias sociales particularmente inadecuadas para comprender no sólo a la Iglesia sino también la dinámica histórica misma: carecen de la simbología fundamental para poder pensar en el valor histórico de la comunidad, porque renunciaron a un mecanismo esencial del misterio de la historia, escondido en la banalidad cotidiana: el matrimonio-familia.
Llegamos así al final de nuestro recorrido, el matrimonio-familia reclama el recurso de todos los recursos: el amor; allí están su inteligencia, su energía, su juicio. Como sacramento, participa en la crucifixión y en la redención, hace parte de todo lo que es indisoluble, viene del gesto creador de Dios y prefigura su reino. Las cosas más grandes ocurren en los puntos más ínfimos.
Ésta es la enseñanza esencial de la Familiaris Consortio.

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