/6. La Iglesia frente al proyecto ateistico
autor: Luigi Negri
fecha: 1997
fuente: La Chiesa di fronte al progetto ateistico
previos: Anuncio evangélico
Los origines de la sociedad medieval
La rotura de la unidad de los cristianos
El proyecto de una sociedad atea
La Iglesia y el Estado absoluto
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La doctrina social

La responsabilidad de la resistencia de parte de la Iglesia católica al proyecto de Estado absoluto encuentra su momento más expresivo en el magisterio pontificio. Este será nuestro punto de observación.
La Iglesia, al surgir de la edad moderna y por lo tanto con el extenderse del proyecto ateístico, tiene que vivir en un contexto radicalmente diferente de aquello precedente, y expresa su resistencia como misión. Ella comprende que su tarea ya no es, como en la edad medieval, aquella de intervenir con su influjo religioso y espiritual sobre la forma de la sociedad, para determinar una estructura comprensivamente más adecuada; los términos ya son radicalmente diferentes: la Iglesia está llamada a la misión en una situación cultural y social de objetiva hostilidad que tiende, de modo cada vez más explícito, al ateísmo y a construir un proyecto social anticristiano. La tarea es vivir una presencia parecida a aquella experimentada en los primeros tiempos del cristianismo. Con un agravante: que la forma cultural de la sociedad en la que la Iglesia ahora vive su misión no presenta, como la sociedad precristiana, ningún espacio de apertura, de espera; en su complejo el mundo contemporáneo está cerrado a la tradición cristiana, más bien vive, como preocupación fundamental, aquella de su eliminación; normalmente se dice que estamos en una sociedad post-cristiana.
La misión de la Iglesia, su resistencia al proyecto ateístico, ha hecho al mismo tiempo posible la reconstrucción de lo humano. Frente al extenderse del proyecto ateístico, que significó una progresiva pérdida de libertad y de verdad, la Iglesia ha resistido, empeñándose en una presencia misionera que, educando un pueblo de cristianos, ha puesto de nuevo en el círculo de la cultura y de la sociedad europea un principio diferente.
En la nueva situación la Iglesia no puede limitarse a desarrollar una serie de proyectos parciales, con la tentativa de influir en la forma cultural de la sociedad, para que más coherentemente sea cristiana. La Iglesia está llamada a realizar una presencia "ex-novo", creando una subjetividad humana nueva, capaz de afrontar la existencia según una lógica de pertenencia al misterio y no más según la lógica de la auto inmanencia, por la cual el hombre se entiende como criterio último y definitivo de la realidad.
La misión de la Iglesia también se ha desarrollado localizando las líneas de una doctrina social católica. La Iglesia, es decir, comprometida como presencia, ha engendrado una concepción global del hombre, de la realidad y de la vida social; una concepción dinámica, que expresa la misión y la hace cada vez más posible. Todo eso se sintetiza en una fórmula aguda del Lortz: "La doctrina social de la Iglesia como condición de la presencia de la Iglesia."
La doctrina social de la Iglesia está constituida por una serie de intervenciones que el magisterio de los Papas ha realizado en algunos momentos importantes frente a algunas contradicciones explícitas, a algunos desafíos significativos que el desarrollarse del proyecto ateístico ponía a la vida de la Iglesia.
La doctrina social consta de dos momentos. El primero es una comparación con los fundamentos de la posición ateística. Esta tarea ha sido asumida, por ejemplo, por Pío IX con la encíclica Quanta cura, pero sobre todo con el Sillabo, del que ya se han presentado algunos pasos significativos. En este primer momento la doctrina social de la Iglesia se mide con el proyecto humano, cultural y social del mundo ateístico, para juzgar su incompatibilidad con la fe: la concepción cristiana del hombre y su relación con la realidad es inasimilable alternativa con respecto de la concepción ateística dominante.
Hay luego un segundo momento que es aquello positivo: a partir de la concepción cristiana del hombre se puede construir un nuevo tipo de sociedad. Podemos citar, al respeto, una pieza del encíclica Quadragesimo anno escrita por Pío XI en el 1931 para celebrar la Rerum Novarum de León XIII que se puede considerar la primera encíclica social y que fue publicada exactamente cuarenta años antes. Escribe pues Pío XI: "Para usar las palabras de nuestro predecesor, si existe un remedio para los males del mundo, éste no puede ser otra cosa que el retorno a la vida y a las instituciones cristianas, ya que esto solo puede apartar los ojos hechizados de los hombres, completamente inmersos en las cosas efímeras de este mundo, y levantarlos al cielo; esto solo puede llevar eficaz remedio a la demasiada solicitud para los bienes caducos que está en el origen de todos los vicios; y de ese remedio ¿quién puede negar que la sociedad humana no tenga al presente una suma necesidad"?.
Más allá del lenguaje, evidentemente de su tiempo, la idea fundamental es la que, a partir de la concepción cristiana de la vida, es posible una experiencia cultural y social más adecuada a lo humano.

El magisterio de León XIII

El magisterio que se ha comprometido más, sea en la fase de la comparación, sea - sobre todo - en la fase positiva, es aquello de León XIII, 1878-1903, cuyo pontificado, inmediatamente después de la creación de los grandes Estados liberal-burgueses en Europa, tuvo la posibilidad de valorizar, como material de reflexión, toda la gran tradición teológica recogida para preparar la celebración del Concilio Ecuménico Vaticano I, interrumpido bruscamente por la invasión de Roma por parte de las tropas italianas en el 1870. Su magisterio social resulta por tanto particularmente rico y articulado.
León XIII dedicó a la cuestión sociales tres importantes encíclicas: Immortale Dei (1 de noviembre de 1885), que lleva como título: "Sobre la constitución cristiana de los Estados"; Libertas (20 de junio de 1888), "Sobre la libertad humana” y por fin la más famosa, Rerum Novarum (15 de mayo de 1891), “Sobre la condición de los trabajadores."
La idea fundamental de León XIII es que la cuestión política es una cuestión ante todo antropológica; es decir, fundamentalmente es la expresión de una concepción del hombre.
En la Immortale Dei la idea fundamental que León XIII, de modo extremadamente documentado, sustenta es que la dimensión religiosa funda una vida y unas estructuras políticas que sirven la libertad del hombre y son expresión auténtica de las personas y de las relaciones sociales. En esta encíclica también se encuentra la extraordinaria afirmación según la cual la Iglesia es sustancialmente indiferente a las varias "técnicas" de gobierno, a condición de que la estructura de la vida política, es decir el Estado, tenga como preocupación la afirmación de la persona y sus derechos fundamentales, y por lo tanto la máxima libertad de la vida social.
La afirmación que el proyecto ateístico es inasimilable al cristianismo no cierra la Iglesia en una posición de nostalgia del pasado, del “ancien régime”, como la mayor parte de los textos escolares afirma. Con el magisterio de León XIII la Iglesia asume en efecto una posición positiva, que mira al futuro.
León XIII ha tenido el mérito de programar la cuestión a nivel ético-antropológico: ¿qué tipo de hombre es aquello que el proyecto ateístico persigue? ¿Qué tipo de hombre es aquello que la realidad de la vida eclesial determina? ¿Cuáles son las consecuencias del uno y del otro modelo? Con la encíclica Libertas él vuelve a las raíces de la cuestión antropológica y ética. Hay una concepción de la libertad negativa y hay una concepción "cristiana" que tiene que ser de nuevo proclamada y enseñada. La cultura laicista dominante tenía un concepto de libertad entendida como pura capacidad de elección; así entendida la libertad sirve para preparar sustancialmente una estructura de la vida social y política que niega la libertad misma. Hay pues una concepción de la libertad como supremo valor que es funcional a su negación, como aparece en los sistemas totalitarios del siglo veinte.
Desde el punto de vista cristiano, en cambio, la libertad está sometida a la verdad. El supremo valor es la verdad, y la libertad es la modalidad humana para afirmar la verdad. Esta concepción tiene enormes consecuencias sobre el nivel antropológico y de las relaciones sociales. La libertad liberal es una libertad que llega a su propia negación, porque se entrega al Estado como a la estructura última que decide lo que es verdadero y lo que no es verdadero, lo que debe y lo que no tiene que ser enseñado.
La Rerum Novarum demuestra la positividad del proyecto cristiano en el momento en que se encuentra con la cuestión más espinosa del siglo XIX y XX: la cuestión social. La ideología liberal por un lado y aquella colectivista por el otro plantean la cuestión de la relación capital-trabajo en una visión sustancialmente ideológica y mecánica. Ellas proponen soluciones - el liberalismo salvaje o el colectivismo - que son falsas como también se demuestra por el hecho de que los dos sistemas, utilizados hasta el fondo, han creado disfunciones graves incluso bajo el nivel económico.
La posición de León XIII no es una tercera vía entre capitalismo y colectivismo, sino es la indicación que existe un sujeto en el cual se niega la división entre capitalista y trabajador, como expresión de un odio incontenible: es el sujeto que hace la experiencia de la vida eclesial y de su formación moral. Se afirma el principio de la prioridad de la ética sobre el análisis socio-político y la necesidad de formar personalidades que sepan afrontar la cuestión de la relación entre empresario y trabajador no en términos de odio irreducible y de competición absoluta. Con la Rerum Novarum, León XIII indica un modo original de afrontar el problema de la sociedad industrial. Un planteamiento no ideológico, sino personal. No es el sistema (que bloquea a los hombres en categorías, en clases, en situaciones de las que no se pueden liberar), sino es la personalidad del individuo o el grupo que está llamada en cada situación a leer y a afrontar los problemas. Acontece, por lo tanto, la apreciación de la persona como dotada de libertad y responsabilidad. La caridad, que se invoca continuamente como principio resolutivo de las cuestiones sociales, no se entiende como limosna, sino como concepción global de la vida.
El segundo aspecto original del Rerum Novarum es la individuación de formas históricas de solución del problema social. León XIII ha indicado la defensa sea del derecho a la propiedad, sea del destino social de la propiedad. En cambio el mecanicismo liberal quería la proclamación absoluta del derecho a la propiedad y su destino privado, es decir el puro incremento del capital. Por otra parte la abolición socialista del derecho a la propiedad engendró una cultura del trabajo incapaz de creatividad y de responsabilidades personales.
Según el magisterio de la Iglesia, como afirman claramente sea la Rerum Novarum que la Quadragesimo año, la defensa del derecho a la propiedad no coincide con la defensa del capitalismo, sino con la defensa de la personalidad humana. La propiedad es, en efecto, un derecho fundamental, expresivo de la personalidad individual y asociada. El problema es la educación de quien tiene que disfrutar este derecho para que su empleo sea para el incremento del bien común y no para un puro bienestar egoísta apartado del contexto social. Con respecto del nudo de la revolución industrial, la posición cristiana, no fue dirigida al pasado en la añoranza de un mundo perdido, sino contribuyó a engendrar un sujeto nuevo, una experiencia original de unidad entre los hombres, capaz de sociabilidad nueva.
Pío XI, 1922-1939, recoge adecuada y rigurosamente la herencia de León XIII. Durante su pontificado, Europa yace bajo la capa de plomo del absolutismo cultural y político. Él condena pública y sucesivamente - única voz de altísima autoridad moral - el fascismo, el nazismo y el comunismo, respectivamente con las tres encíclicas: Non abbiamo bisogno, (29 de junio de 1931), Con animo angosciato, (14 de marzo de 1937), y Divini Redemptoris, (19 de marzo de 1938). Él expresa así la condena respecto a la concepción antropológica y política según la cual el hombre pertenece al Estado y se expresa exclusivamente en el ámbito del Estado. "Para el fascismo - escribe Mussolini en la voz “Doctrina del fascismo” de la Enciclopedia italiana en el 1931 - el Estado es un absoluto delante del cual individuo y grupos son el relativo: ellos son imaginables en cuanto están dentro del Estado…. Voluntad de potencia e imperio que reprime, con la severidad necesaria, a los que querrían oponerse.” Tales afirmaciones se conforman muy bien también con la ideología estalinista o nazista.
Pío XII (1939-1958), cuyo pontificado se desarrolla durante la segunda guerra mundial y la inmediata dramática posguerra, en su magisterio demuestra cómo la posibilidad de un proyecto positivo es más cercana que nunca.
Las guerras mundiales, en el magisterio de los Papas, han sido examinadas en su profundidad auténtica. Ellas han demostrado que el proyecto ateístico no se habría realizado si no a condición de un empobrecimiento espantoso del hombre y de la sociedad. Por primero Benedicto XV (1914-1922), tuvo la responsabilidad de evaluar la primera guerra mundial en su encíclica Pacem Dei munus pulcherrimum (23 de mayo de 1920); él había afirmado que la guerra no había sido un reglamento de cuentas entre poderes, sino el expresarse hasta el fondo de una concepción ateística de la vida, que había provocado una separación entre los Estados y la vida de los pueblos. En según lugar él afirmó que la caridad representa una real alternativa a la guerra: ella, abrazada como práctica, unifica vencedores y vencidos.
La conexión entre el plan antropológico y aquello político sobre el que se ha basado y se basa la resistencia de la Iglesia al Estado absoluto es de carácter ético y educativo: hace falta inducir al hombre a retomar conciencia de su propio destino trascendente y a considerar la vida social, y por lo tanto el Estado, no como el manantial de su existencia, sino como el ámbito en el que puede expresar su creatividad. Se trata de un vuelco total mucho más requerido, cuanto más se va notando la inconsistencia, la imposibilidad de realización, la quiebra del proyecto ateístico.
Esta resistencia ha tenido ciertamente su punto de mayor conciencia y desarrollo en el Concilio Ecuménico Vaticano II, en el cual la historia de la Iglesia ha recuperado auténticamente, por un lado, la misma identidad de pueblo de Dios, por el otro, la responsabilidad de la misión.
Si se eliminara de la historia de los últimos 250 años la Iglesia católica y el magisterio del Papa en particular, nosotros tendríamos el prevalecer indiscutido e invencible de la ideología. La única forma de resistencia a la ideología adecuadamente orgánica y capaz de catalizar otros factores de resistencia es indiscutiblemente aquella de la Iglesia católica. El enemigo declarado de cualquiera ideología ha sido la Iglesia, como se ha visto desde la revolución francesa.
Esta posición de resistencia ha tenido una debilidad intrínseca, y su punto más peligroso se ha expresado, al principio de este siglo, con un fenómeno llamado "modernismo" condenado en el 1907 por la encíclica Pascendi dominici gregis de San Pio X. A pesar de tal condena, se trata de una tendencia todavía presente, de modo bastante difundido, en el complejo del catolicismo de hoy, en cuanto representa una tentación permanente del espíritu católico. De eso ya se ha señalado hablando de la tentación gnóstica en la Iglesia primitiva, es decir del proyecto de someter la fe al mundo, en vez de vivirla como criterio para juzgar e intervenir activamente en la vida cultural y social gracias a su propia nueva identidad personal y social.
El modernismo somete la fe a la mentalidad dominante, es culturalmente subalterno al proyecto ateístico y se limita a localizar, en el contexto social dominante, unos espacios de supervivencia. Se trata, en fin de un expediente, de una reducción de la Iglesia a culto y a formación moralista de un individuo que, a lo sumo, tiene que atenuar las consecuencias del proyecto ateístico, pero que no es capaz de discutirlo, de afirmar que existe otra concepción del hombre, otro tipo de Estado. La posición modernista es aquella de quien cree que la cultura moderna sea absoluta y que la fe tenga que ser pensada dentro de ella. Es una actitud que coincide con muchos aspectos del protestantismo. En este sentido, justamente, se habla de una protestantización de la fe.

En los umbrales del tercer milenio

En la Iglesia se encuentran pues elementos de debilidad. En contra a esta actitud de muchos intelectuales, Juan Pablo II presenta como fulcro de su mensaje la evangelización, es decir, el cristianismo presentado en su totalidad, en su estructura de acontecimiento irreducible a cualquier forma ideológica, capaz de intervenir creativamente sobre la estructura del hombre, dándole una cultura nueva. El punto más contestado de su magisterio es justo la relación entre fe y cultura. Según Juan Pablo II la fe es capaz de volver el pueblo capaz de cultura y de creatividad social.
El cristianismo se puede presentar como nueva forma cultural capaz de influir en la concepción del hombre y de las relaciones como factor genético.
La mejor apología que la Iglesia puede hacer de sí misma es el hecho de que, donde ella ha estado presente en la vida de los hombres y de la sociedad, el hombre se ha vuelto más hombre, ha vivido más su libertad, su responsabilidad y su capacidad de creatividad. Donde, al revés, la Iglesia ha sido marginada o también ha aceptado ser marginada, el hombre ha sido negado. Se puede en efecto construir un mundo contra Dios, pero eso significa construir un mundo contra el hombre.
Hablando en Puebla, algunos meses después de su elección al pontificado, Juan Pablo II ha dicho: "La Iglesia posee, gracias al Evangelio, la verdad sobre el hombre. Esto se encuentra en una antropología que la Iglesia no deja de profundizar y de comunicar. La afirmación primordial de tal antropología es aquella del hombre como imagen de Dios, irreducible a una simple partícula de la naturaleza o a un elemento anónimo de la ciudad terrenal". Esta verdad completa sobre el ser humano constituye el fundamento de la doctrina social de la Iglesia y la base de la verdadera liberación.
El desafío que la Iglesia tiene de frente es el desafío sobre el sentido del hombre, sobre su valor, sobre su libertad.

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