/5. La Iglesia y el Estado absoluto
autor: Luigi Negri
fecha: 1997
fuente: La Chiesa e lo Stato assoluto
previos: La Iglesia en el mundo antiguo
La Iglesia en el mundo medieval
La rotura de la unidad de los cristianos
El proyecto de una sociedad atea
siguentes: La Iglesia frente al proyecto ateístico

La Iglesia en el mundo contemporaneo

El proyecto ateístico de construcción del estado absoluto

La perspectiva de la revolución francesa, como hemos visto, ha sido clara: completa laicización de la vida personal, cultural y social; este proyecto se difundió gradualmente en toda Europa determinando su clima cultural. Juan Pablo II definió los últimos siglos “un compromiso para una formulación teórica del ateismo, para su demostración presuntuosamente científica, para su verificación práctica y social”.
Cuando se procede en la análisis histórica es necesario buscar el elemento portante de un cierto fenómeno. El hilo conductor de muchos fenómenos determinantes los siglos XIX y XX, a primera vista así diferentes y totalmente en contraposición, es precisamente la tentativa de crear una sociedad sin Dios. Una sociedad autosuficiente en la cual el hombre encuentre su definitiva expresión. Si se logra construir sobre la tierra una sociedad que, siendo programática y violentamente sin Dios, asegura la llena expresión de la vida humana, se demuestra que el hombre se basta a sí mismo y no necesita de Dios. Habiendo sustituido a una concepción de la vida personal como pertenencia, una concepción entendida como poder, se debe demostrar que el hombre es autosuficiente. Esto es posible sólo implicando los hombres en la construcción de un proyecto que se pretenda definitivo. La condición para esta construcción es la eliminación del pasado y luego la lucha a la Iglesia que lo encarna.
Se trata de un ataque a la tradición como forma de la sociedad, de la tentativa de agotarla en su capacidad educativa, formativa y ejemplar.
El proyecto de construir una sociedad sin Dios en la que el hombre pueda celebrar su poder (cognoscitivo y práctico) conduce al Estado absoluto. Esta afirmación es radicalmente alternativa a la interpretación dominante, pero es fácilmente sostenible. Si la concepción de la vida política y la estructura de reglas que deriva de ésta (lo que se llama Estado) no prevén ninguna norma superior por la cual puedan ser juzgados, ellas son absolutas. Son ellas que fundan el valor de la persona y de la historia. No interesa, en este nivel, el modo con el que se ejercita el poder; el problema es la sustancia del Estado, que se concibe originariamente como absoluto, es decir, suelto de cualquier condicionamiento.
Pío IX, en su primero durísimo impacto con el liberalismo, es decir, con este proyecto de secularización ateística, formuló su aspecto determinante, condenando el principio común a la posición liberal y, en seguida, a la posición de las ideologías totalitarias del ‘900 (que son, en este sentido, en nexo profundo con el liberalismo): “El Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de un derecho que no admite confín” (proposición XXXIX del Silabo). Siempre en el Silabo, Pío IX condena otras afirmaciones que constituyen otros tantos cimientos de la ideología liberal: “La Iglesia no es una verdadera y perfecta sociedad, completamente libre, ni tiene derechos propios y permanentes, a ella conferidos por su Divino Fundador; sino especta a la civil potestad definir cuáles sean los derechos de la Iglesia y los limites dentro de los cuales pueda ejercitar los mismos derechos” (Proposición XIX); “La eclesiástica potestad no debe ejercitar su propia autoridad sin el permiso y el consenso del gobierno civil” (proposición XX).
El Estado concebido como sustancia de la humanidad, tanto sobre el nivel personal como sobre el nivel social, es una alternativa a la religión; es más, es la religión de los tiempos nuevos, el factor coagulante y totalizador, la razón adecuada de la vida de los individuos y de los pueblos.

Las premisas del Estatalismo

Se pueden individuar tres etapas que prepararon en los siglos este proyecto: el pensamiento político renacentista, el protestantismo, el empirismo.
1. Según la concepción de la vida política como emerge en el Renacimiento italiano y en particular en el pensamiento de Nicolás Maquiavelo, el Estado ya no es entendido como estructura de servicio al bien común, sino como obra de arte del individuo, el “príncipe”. Se quiere crear un Estado que garantice un orden definitivo guiado por el soberano según las líneas “providenciales” de su destino y de su misión. El príncipe se considera y es considerado por la colectividad, como el forjador del destino de la sociedad política, según disposiciones propias procedentes de su animo, fruto de su virtud, proyección política de su personalidad. No existe norma que pueda juzgar lo que el príncipe crea, secundando una función que él retiene providencial y que nadie tiene el derecho de juzgar. El culto de la personalidad de los jefes de las ideologías de XX siglo encuentra aquí su fundamento. Dada su particular responsabilidad, el príncipe ya no está sujeto a las normas de la moralidad común: “Un príncipe y sobretodo un príncipe nuevo, no puede observar todas las cosas por las cuales los hombres son considerados buenos, a menudo necesitando, para mantener el estado, actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Y pero, es necesario que él tenga un ánimo dispuesto a volverse según los eventos de la suerte y cómo las variación de las cosas los manden, y como antes dije, no alejarse del bien, pudiendo, pero saber entrar en el mal, si necesita.” (Nicolás Maquiavelo, El príncipe, Cáp. XVIII). El príncipe no vive según la lógica del hombre común, sino según la razón del Estado. El siglo XVII definirá la “razón de Estado” como la suprema norma del comportamiento social. El Renacimiento, concibiendo la política como obra de arte voluntarista de cada príncipe, le confiere el máximo de subjetividad. Si uno percibe que tiene esta función en la historia, tiene que poderla realizar utilizando la realidad social para esta creación. La dimensión política empieza a erguirse como dimensión totalmente autónoma, sin ninguna referencia a la dimensión religiosa de la existencia.

2. El segundo factor que prepara el absolutismo moderno y contemporáneo es el protestantismo. Describiendo la reforma protestante ya se ha dicho que ella fue cómplice con el absolutismo y el capitalismo, aunque no los incrementara positivamente. El protestantismo considera, en efecto, que la experiencia religiosa de la persona no haya un valor cultural, no pueda entrar en los acontecimientos históricos juzgándolos. Se trata de una reducción, en sentido individualista y subjetivo, del cristianismo. El protestantismo, como ya hemos visto, tiene una visión pesimista del hombre. Sin embargo, unos hombres, no obstante esta negatividad original, están predestinados a la salvación por una libre y arbitraria elección de Dios. El Estado es el conjunto de la condiciones que hacen posible para la mayoría de los hombres, que no son cierto héroes, la existencia de una ordenada y llena vida espiritual. El Estado asegura la paz, desenvuelve una función ordenante, pone las condiciones prácticas para que las personas – viviendo en paz – puedan dedicarse cada uno a su propio culto. Esta vida interior no es entendida sólo en el sentido estrechamente religioso, sino en un significado espiritual más amplio. El poder del príncipe encuentra así un fundamento nuevo: no constituye sólo un freno a los malvados y una efectiva tutela del orden, sino es también el principal factor de incremento y de desarrollo de la vida humana individual y colectiva precisamente en la explicación más alta: aquella de la vida espiritual, moral, intelectual. Al Estado se le pide defender la religión como experiencia individual.
El pesimismo luterano, por el cual el hombre es una realidad que tiene que ser continuamente guiada, ordenada, corregida en sus errores, permite que el Estado se vuelva el elemento fundamental de pacificación.
Este pesimismo de tipo protestante alcanza el vértice, tanto a nivel de formulación teórica como de indicaciones prácticas, en el pensamiento de Thomas Hobbes: dato que el hombre, por naturaliza, tiene posesión sobre todo, y esto determina una situación di tensión, de guerra por parte de cada uno contra todos, es necesario que el Estado se apropie de la suma de los derechos de los individuos, para garantizar la paz. Esto significa que la estructura del estado es absolutamente objetiva: fuera de ella hay sólo una conciencia personal (en el sentido de privada).

3. El voluntarismo optimista renacentista y el pesimismo protestante se sintetizan en la idea de una ciencia y de una tecnología de la política. Se intenta una análisis científica del hombre, reducido al solo aspecto biológico-material, y de su comportamiento, cuyos criterios son individuados en leyes de carácter físico o psicológico.
La gran tentativa del empirismo inglés es, precisamente, aquella de reducir la moral a psicología, así que se pueda realizar una verdadera ciencia de la política. Individuadas las leyes del comportamiento humano personal y social, es necesario crear una sociedad en la que ellas sean verificadas. Quien está contra estas leyes, por esto, está contra la ciencia, contra el progreso, contra la justicia y, luego, contra la colectividad. En comparación con éstas el Estado tiene que usar lo máximo de su capacidad represiva, porque eliminar al enemigo de la sociedad científica es eliminar la tentación de la regresión. Esta intervención estatal se ha realizado a través del principio protestante, del “cuius regio, eius et religio”, con el que se pone fin a las guerras de religión en el tratado de Westfalia (1646). La religión es parte de la vida política: si yo nací en una cierta región y mi príncipe es protestante, yo tengo que ser protestante, por lo menos, a nivel publico. La religión entendida como origen de turbamiento sistemático de la vida está in perfecta sintonía con la afirmación expresada hoy por la mentalidad común laicista a través de los medios de comunicación social, que la religión es fuente de fanatismo. También hoy se sostiene que sólo el estado puede impedir este fanatismo uniformando la vida de todos. El descrédito hacia la religión motivado por las guerras de religión es un punto fundamental del Iluminismo y constituye el gran criterio de la Enciclopedia, en que la historia de la cultura humana está descrita según la tesis de que el pasado es negativo porque en él prevalece la religiosidad y el moderno es positivo porque en él está prevaleciendo la razón.

Desde la Revolución francesa hasta la segunda guerra mundial, asistimos a una dilatación y a una realización gradual de la idea de Estado que hemos delineado. Se llega hasta a modificar las organizaciones precedentes, dibujando de nuevo las mapas geográficas y políticas.
Las revoluciones liberales y burguesas en la Europa continental, la creación de los estados nacionales, sus alianzas y contraposiciones serán determinadas por esta lógica: establecer un equilibrio de poder en el exterior para consentir, en el interior, la trasformación social, es decir, la creación de Estados absolutos como concepción cultural, con la finalidad de permitir a la Europa laicista repartirse el mundo.
Se pueden indicar unos fenómenos como ejemplo de este proyecto.
a) En el 1806 la deposición espontánea, por obra del emperador de Austria, del título de emperador del Sagrado Romano Emperio y su sustitución con el título de emperador del imperio de Austria (de Austria y de Hungría desde el 1856). Poner fin a la idea del Sagrado Romano Emperio equivalía eliminar definitivamente una imagen de la vida político-social últimamente subordinada a la dimensión religiosa.
b) La triple y progresiva repartición de Polonia, es decir, la tentativa de eliminar una situación estatal particularmente resistente a la idea de una concepción absolutista de la vida política. Estados muy diferentes, como la Rusia fundada sobre una autocracia de tipo bizantino, la católica Austria y la protestante Prusia, se acuerdan con respecto de la repartición.
c) La “real-politic” de Bismark, según la cual la política es una realidad absolutamente autónoma, un materialismo político y la lógica que la guía es aquella del máximo provecho posible.
d) La desencoladura sistemática entre los Estados que se forman y la vida real de los pueblos es un dato sobre el cual se fijan todas las historiografías, incluida aquella orgullosamente laica y liberal. La clase social que, durante el siglo XIX, guía este proyecto es la clase liberal-burgués, el “tercer estado” de la revolución francesa, que representa la clase hegemónica en cuanto sujeto de la revolución industrial.
¿Que relación hay entre este proyecto de volver atea la vida social y las grandes ideologías totalitarias del XX siglo (estalinismo, nazismo, fascismo)? Normalmente la historiografía liberal habla de éstas como de aberraciones, de traiciones con respecto de la sustancia del liberalismo de la edad moderna y contemporánea, es decir, la democracia; habla de ellas como de fenómenos de conservación del pasado que obstaculizan el curso de la democratización de la vida europea. La ideología totalitaria, en realidad, es en perfecta continuidad con el proyecto descrito antes porque desarrolla coherentemente la análisis científica del hombre partiendo de principios dados y conduce a lo máximo de expansión y de concreción el proyecto de la vida social. Cambian (como entre estalinismo y nazismo) los contextos y las solicitaciones exteriores, pero no cambia la lógica: la creación de un Estado absoluto, en el que la clase o el partido que conquistó el poder, celebra su triunfo, asimilando a sí toda la sociedad.

Características del Estado contemporáneo

Dos temas constantes acompañan el proyecto de Estado en los dos últimos siglos: la separación de la Iglesia del Estado y la identificación de la sociedad con el estado.

1. Desde la Constitución civil del clero hasta la actualización del Estatuto Albertino, por obra del Estado unitario italiano en el 1861, es constante la afirmación de que el Estado y la Iglesia están separados. Es, en realidad, una muy extraña separación, aquella según la cuál la Iglesia, para poder ejercitar sus derechos, tiene que depender del Estado, o aquella según la cuál ¡no se permite a los Obispos, sin el permiso del gobierno, promulgar ni siquiera las cartas apostólicas! Es una bien extraña separación, aquella según la cuál ¡se pueden instituir unas Iglesias nacionales sustraídas a la autoridad del Pontífice (como se ha intentado realizar con las dictaduras del XX siglo)! Es una separación ficticia la según la cuál “el optimo curso de la sociedad civil exige que las escuelas populares abiertas a los niños de cualquier clase del pueblo y en general todos los públicos institutos destinados a la enseñanza de las literas y de las disciplinas más importantes, y además a procurar la educación de la juventud, tienen que ser sustraídas con cualquier autoridad a la influencia moderadora y a la ingerencia de la Iglesia y tienen que ser sometidas al lleno arbitrio de la autoridad civil y política, a voluntad de los gobernantes y según las opiniones comunes del tiempo” (proposición XLVII del Silabo). O aquella por la cuál “los reyes no sólo son exentos de la jurisdicción de la Iglesia, sino, es más, en el dirimir cuestiones de jurisdicción, son superiores a la Iglesia” (proposición LIV del Silabo).
La expresión “separación de la iglesia del Estado” esta sujeta a un equívoco grave. Hasta la revolución francesa no hubo ninguna unificación entre Iglesia y Estado. Puede haber sido una unificación contingente, pero, en el nivel de la concepción, se aceptó siempre la distinción de Papa Gelasio (V siglo) según la cual existen dos ordenes, el religioso y el político, el primer de los cuales ejercita una supremacía de tipo moral y espiritual (no de tipo político).
Según esta distinción, la dimensión religiosa de la existencia, es decir, la libertad de conciencia, no se puede someterla al Estado, en cuanto es más grande que ello; la Iglesia, por su parte, cuando interviene en los casos políticos, no lo hace para expresar evaluaciones de tipo político, sino para defender una concepción religiosa y moral que la vida política ha puesto en tela de juicio. También hoy, en nuestra sociedad cuando la autoridad eclesial se dirige a los católicos para formar la conciencia, la se acusa de injerencia en la vida del estado; sobrevive una concepción absolutista según la cual el Estado, en última instancia, tiene que formar las conciencias. Esta convicción entra dentro de unas orientaciones de pensamiento que parecen los más radicalmente diferentes, desde el comunista al fascista, y de estos constituye, más allá de las diferencias, un elemento unitario. Desde este punto de vista ellos son, en sustancia, diferentes facetas de un único fenómeno. La misma formulación de Cavour, que no tenía la índole de un dictador, “Libre Iglesia en libre Estado”, indica que la libertad de la Iglesia es asegurada por su estar “en”, “dentro” del Estado.

2. La segunda característica constante del proyecto de Estado absoluto es la identificación de la sociedad con el estado. La sociedad es una variedad de formas religiosas, culturales, raciales, étnicas, sociales que se quiere integrar en la estructura estatal, es decir, en la estructura del poder. Al inicio del siglo XVII hubo una polémica entre los defensores del derecho consuetudinario y los defensores del derecho civil. El derecho consuetudinario es el derecho, incluso no escrito, que, estratificándose en la vida de las varias sociedades, expresa el modo con el cual las comunidades se han formulado y han vivido. El Estado nacional antes, y después los Estados liberales burgueses, intentarán eliminarlo, afirmando que el único derecho es el civil, impuesto por el Estado central. La lógica es siempre la misma: el estado acaba con ser no el conjunto de las condiciones que permiten a la variedad de las formas sociales, culturales y políticas expresarse, sino una central cultural, ideológica y política. La imagen de escuela estatal que comúnmente se teoriza es, desde este punto de vista, perfectamente coherente: la escuela tiene que ser sustraída a la injerencia de la autoridad de la Iglesia, para ser sometida al lleno arbitrio de los gobernantes, según la ideología que domina. Esto es el fundamento del estatalismo escolar, tanto en los países liberal-burgueses, como en los totalitarios. La escuela sirve a una homologación cultural, para hacer olvidar una variedad de formas tradicionales y culturales, para asimilar todo a una única forma: la del Estado.
El proyecto de creación de una sociedad atea, donde el estado celebre su definitiva sustancia ética y política, tiene también unos aspectos que inducen positivamente a un mayor dinamismo en el ejercicio del poder. El constitucionalismo, por ejemplo, aunque no constituye una alternativa al absolutismo, representa una posibilidad diferente de ella.
¿Por qué en unas situaciones históricas no se realizó llenamente la identificación de la sociedad con el Estado? Por la existencia de una dimensión religiosa que, aunque concebida a menudo de manera individualista y subjetiva, ha entrado fortísimamente en la vida del pueblo o por la presencia explicita de la tradición católica. El constitucionalismo, entendido como la construcción de un estado que no coincide con la sociedad, pero que la regula fijando normas de comportamiento y de realización del poder que favorezcan la libertad de la persona y de los grupos, es posible sólo donde, de una manera u otra, se opone al proyecto ateístico la dimensión religiosa en su aspecto manantial y nativo (la dimensión por la cual los Padres Peregrinos y los escapados europeos huían de la Europa protestante o liberal-burgués para fundar un mundo diferente, en la tierra que se convirtió en Estados Unidos), o donde la tradición católica se empeñó con toda su energía en la resistencia a este proyecto, sacando de sí misma una imagen verdaderamente democrática de la vida social.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License