La inevitable certeza, reflexión sobre la modernidad
autor: Fabrice Hadjadj
Filósofo y Escritor
Stefano Alberto (moderador)
Docente de Teología en la Universidad Católica del Sagrado Corazón
fecha: 2011-08-25
fuente: L’inevitabile certezza: riflessione sulla modernità
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "E l’esistenza diventa una immensa certezza", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Y la existencia se convierte en una inmensa certeza")
traducción: María Eugenia Flores Luna

MODERADOR:
Buenas tardes, bienvenidos todos a este encuentro que, espero lo hayan notado, insiste en el tema fundamental del Meeting. Y sí queremos un ulterior, fascinante profundización de la bellísima relación del profesor Esposito sobre el tema fundamental del Meeting. La razón de este ahondamiento es doble: por un lado, nos damos cuenta en estos días, el tema de la certeza, de lo que mueve la vida es, como ha dicho el profesor Costantino, un tema primordial, un tema fundamental. La cuestión es que en la arena pública, en el debate cultural se prefiere seguir presentando la palabra “certeza” como algo negativo, como fuente de intolerancia, como fuente de cierre, como causa de inmovilismo si no de contraposición. Quien tiene la paciencia de leer algún periódico habrá descubierto a lo mejor algunas señas, no quiero ni citarlos ni detenerme en ellos, pero es como si aquello que está ocurriendo aquí, es decir la evidencia de que hombres seguros no sólo se encuentran y no sólo en sentido formal sino real, profundo, intenso, sino de este encuentro nace historia, nacen proyectos, nace una perspectiva nueva. Pienso, los cito velozmente, piensen en el encuentro de hace tres días con algunos de los más importantes representantes de aquel viraje en Egipto, pensemos en los encuentros con los Ortodoxos y los Anglicanos, pienso ayer en el conmovedor encuentro entre el profesor Weiler hebreo y el profesor Carbajosa, pero pensemos en la llegada de Marchionne, de Elkann, pensemos en el primer día con el Presidente de la República. La pregunta que cada uno de nosotros se hace es “¿todo esto es una espléndida pero poco duradera excepción o lo que está ocurriendo aquí indica una vía, indica un camino, útil luego en la vida de cada uno de nosotros en la vida de nuestros seres queridos, en la vida de nuestro pueblo?”.

Hoy queremos volver sobre el tema y les señalo el intrigante adjetivo que se acompaña al sustantivo certeza “inevitable”. También quien hace de la duda su profesión de vida o su trabajo no puede evitarlo. Para ser inseguro, debe al menos estar seguro de su incertidumbre. El profesor Costantino hablaba de esta experiencia primordial y sobre todo, recuerdo una de las frases sintéticas de su relación, esta dinámica que cada uno de nosotros, no sólo aquí, pero aquí de modo ejemplar, puede experimentar frente a la tentativa del hombre de crear él mismo su certeza, de huir de la inexorabilidad del tiempo, de huir de la inevitabilidad de las cosas que acaban, de dominar el propio miedo, emerge como evidencia, cito aquí la frase de Costantino Esposito, que “la certeza no es algo que ante todo construimos sino es algo que ante todo recibimos, es algo que nos genera y que sólo en cuanto tal puede convertirse en nuestra”. Para acompañarnos en este recorrido que da razón de este adjetivo tan dramático, inevitable certeza, le hemos pedido a un fiel amigo del Meeting, porque son muchos años que nos honra y nos enriquece con su presencia, de ayudarnos en este recorrido. Muchos de ustedes conocen al profesor Fabrice Hadjadj muy joven, apenas cuarenta años, una de las figuras más grandes en la escena, no solo intelectual, francesa. Colabora con el Figaro Littéraire, Art Presse y enseña, sigue enseñando filosofía y literatura en el bachillerato privado Sainte Jeanne d’Arc de Brignole. Por lo tanto no un académico en el sentido formal del término sino una persona profundamente inteligente de la realidad, de aquella sabiduría no vacía o abstracta, sino de aquellos “conocimientos”, de aquel gusto del vivir, de aquella pasión cargada de razones y por lo tanto de fuerza, de movimiento del que cada uno de nosotros necesita. Le cedo inmediatamente la palabra agradeciéndole de corazón.

FABRICE HADJADJ:
Querría agradecer de modo especial a todos los amigos del Meeting que me han hecho el honor de ser invitado aún este año. Si logro decir algo interesante no es por mis competencias sino por la confianza que tienen en mí. Es porque Dios ha visto que me han dado una tal confianza que no podría abandonarlos. Querría también agradecer a Hugo Moschella mi amigo que está aquí y que ha traducido esta conferencia al italiano, por lo tanto mis palabras serán sus palabras y querría también agradecer a Mirko Iadarola, que está hablando, y mi voz será su voz. Hay una palabra que se encuentra en el corazón del Meeting de este año y que también se encuentra en el título que ha sido dado a mi conferencia, es una palabra en sí misma fuerte, decidida, sin vacilación y como si no bastara se acompaña con algunos adjetivos que la hacen aún más implacable, “inmensa”, “inevitable”. Han entendido que estoy hablando de la palabra “certeza”, una palabra que puede dar miedo, una palabra que no está a la moda y por tanto, cargar la mano y hablar de inmensa certeza o de inevitable certeza, quiere decir enemistarse para siempre con todos los adeptos a la duda, al relativismo, a los sondeos de opinión. Aquellos tienen sus razones: por un lado estamos en la época de las incertidumbres; hoy más que nunca ignoramos de qué estará hecho el futuro y no estamos tampoco seguros de que habrá un futuro; por otro lado las certezas ideológicas del siglo XX nos han enseñado su esencia totalitaria, han destruido la libertad y han organizado la destrucción de los pueblos. Sin embargo, el hombre lleno de certezas se nos presenta como un hombre rígido por la intolerancia y por el orgullo; peor aún ¡como un hombre muerto! Un hombre seguro de algo es un hombre que no tiene ninguna duda y rechaza todo debate sobre el argumento. Entonces se solidifica, se endurece, se convierte en una montaña que nada podría sacudir.

La certeza a menudo nos manda a ideas extraídas de un mundo mineral y estático. Ahora, lo que vive es lo contrario del mineral, se transforma, cambia por sí mismo, se abre a cambios incesantes con el mundo externo y a través de éstos se adapta y se modifica continuamente. La vida está más bien del lado del respiro y del agua, es fresca e inaprensible, corriente, resplandeciente, inestable y caprichosa, como la mujer, según el Duque de Mantua, “móvil cual pluma al viento”. La certeza sería comparable más bien a la Medusa, quita el respiro, hiela el agua, nos fascina y nos petrifica, nos cristaliza en el engaño de una sola posición mientras el auténtico viviente, como lo revela el narrador de “Uno, ninguno y cien mil” de Luigi Pirandello, el auténtico viviente es un ser que no tiene una identidad definitiva y no deja de morir y de nacer de un momento al otro, literalmente cito: “Pero sí, pero sí, querido mío, pensemos bien, hace un minuto, antes de que les ocurriera esto, ustedes eran otro, no sólo, sino ustedes también eran otros cien, otros cien mil y no hay nada que hacer, crean en mí, ninguna maravilla, vean más bien si les parece que puedan estar tan seguros que de aquí a mañana serán aquello que asumen de ser hoy”. He aquí porque la certeza parece tres veces maldita: es obsoleta, ya que estamos en el tiempo de la incertidumbre, es peligrosa, ya que genera el totalitarismo, es mortífera, porque cambia nuestro corazón de carne en un corazón de piedra. Resumiendo: la certeza es incierta; esto es absolutamente cierto; repito esta frase: la certeza es incierta; ¡esto es cierto! ¿Qué pasa? ¿He dicho algo extraño? ¡No, he dicho decididamente algo absurdo! Esta absurdidad se llama escepticismo o relativismo. Consiste en decir: ¡no hay alguna certeza, he aquí la sola certeza! O aún: ¡a cada uno sus certezas, he aquí la certeza que tiene que valer para todos! Esto se ve en un primer sentido: la certeza es inevitable. Sin un mínimo de certezas no podríamos dar ni siquiera un paso. ¡La certeza es inevitable! Pero podemos discutir teóricamente de la certeza y ponerla en discusión y por ejemplo adoptar la teoría escéptica o aquella relativista. Pero cuando se trata de la existencia las cosas son de otra manera: por ejemplo yo tengo la certeza existencial de que yo no soy Silvio Berlusconi o aún yo tengo la certeza de que mi auditorio no está compuesto exclusivamente de pollos; digo no exclusivamente porque no estoy seguro de que en la platea no haya algún pollo hecho entrar clandestinamente por alguno de ustedes. En fin tengo la certeza de que yo existo. Por lo tanto hace falta desplazar el sistema de imágenes minerales que hemos asociado a la certeza, hace falta cambiarlo.

Sin duda conviene referir la certeza a una firmeza, a una solidez, pero esta solidez no es aquella de nuestra inmovilización sino aquella de nuestro camino. Es la solidez del suelo que permite avanzar. Al contrario lo que impide la marcha, lo que ahoga la vida no es la certeza sino la duda. ¡Sólo imaginen un instante que ustedes duden en serio de mi calidad de ponente y que les diga que quizás sea un asesino noruego a punto de disparar sobre el público! No podrían ir adelante en la vía de nuestra reflexión. Aristóteles opera este desplazamiento de las imágenes asociando la duda a lo que encadena y la certeza a lo que libera. Él escribe estas frases magníficas: “Quien ignora el nudo que lo estrangula no puede desatarlo; ¿el que tiene los pies encadenados cómo puede continuar en la vía? ¿El que duda teniendo, por así decir, el espíritu encadenado cómo puede continuar en la vía de la contemplación? Y por tanto justo como quien queriendo desatar una cuerda tiene que examinar ante todo el modo en que es anudada, así el que quiere encontrar respuesta a su duda tiene el deber de pasar antes a través de la dificultad y considerar la causa”. Desde este punto de vista es normal pasar por la incertidumbre, pero la incertidumbre no es una finalidad, porque la incertidumbre es la verdadera inmovilización. Un hombre inseguro de la solidez de un puente no se arriesgará a atravesarlo, marcará el paso. Así los escépticos en teoría siempre son conformistas en la práctica: critican todo pero como para ellos no hay alguna certeza que permita liberar la existencia, ¡no cambian nada! Es un fenómeno muy común en nuestros días. Es hasta típico de lo que el pensador francés Guy Débor llama la “sociedad del espectáculo”. La “sociedad del espectáculo” pone en escena su misma crítica, hace un espectáculo para burlarse, por ejemplo, de los políticos que dan espectáculo de sí mismos, pero de este modo no sale nunca del espectáculo, se hunde dentro, más que nunca fascinada. Es pues la certeza que nos pone en movimiento; ¿pero qué garantiza que este movimiento no sea el movimiento de la arrogancia?

La certeza nos ofrece un suelo para avanzar, pero ¿qué asegura que este suelo no sea la calle de cemento sobre la que hacemos pasar nuestros tanques y nuestra artillería pesada? Tal era la certeza ideológica del comunismo y del nazismo. Sin embargo la verdadera certeza es lo contrario de la autosugestión; la verdadera certeza no se basa en un sentimiento interior, una convicción solamente subjetiva o también colectiva, porque en este caso, en la medida en que nuestros sentimientos son cambiables, esta certeza se volvería rápidamente incierta. Por ejemplo: un hombre ve a una mujer muy bonita y le dice: “te amaré para siempre” “en aquel instante tiene la convicción íntima, cree que es de una solidez indestructible pero, disculpen la realidad de lo que digo, es una solidez que se encuentra por debajo de su cinturón y que acabará por ablandarse. La amará siempre, sí, a esta mujer pero por una noche; si quiere amarla por mucho más tiempo, hasta la muerte, hace falta que se apoye en otra cosa, sobre Alguien que ha amado realmente hasta la muerte. Por tanto la verdadera certeza no puede más que basarse en una evidencia objetiva. Una evidencia es algo que nosotros no hemos decidido, que nosotros no hemos construido, que nos es dada y que nos llama la atención. En francés se dice “qui crève les yeux" es decir que perfora, abre los ojos, como para precisar que la evidencia no se presenta para lisonjearnos, para enjuagarnos levemente los ojos, sino al revés ella viene para herirnos y trastornar nuestros planes. Es a este punto que podemos comprender en profundidad el adjetivo “inevitable” en el título de esta conferencia y el adjetivo “inmenso” en el título del Meeting. El adjetivo calificativo “inevitable” ante todo. Precisar que una cosa es “inevitable” quiere decir que no podemos evitarla, pero eso hace pensar pues que nosotros estamos tentados a que evitamos esta cosa, que tenemos ganas de huirle, porque nos molesta o porque nos da miedo. La “inevitable” certeza designa así una certeza de la que querríamos evitar la presencia pero no podemos hacerlo, no podemos evitarla. Si tenemos ganas de evitarla es porque estamos, en un modo u otro, asustados pero, ya que es inevitable, será necesario, un día u otro, mirarla bien a la cara. Es como si tuviéramos en nosotros una especie de bomba de acción retardada: podemos negar sentir su tic tac que se confunde con los latidos de nuestro corazón, pero esta bomba antes o después acabará por estallar; habrá un pequeño ruido del detonador apenas antes del estallido, durará apenas un cuarto de segundo, pero este cuarto de segundo, para el que no se ha preparado, puede realmente ser largo como una eternidad de desolación. ¿Qué nos da miedo en esta certeza inevitable? Es precisamente el hecho que ella huye de nuestro poder. Delante de la certeza inevitable nosotros somos impotentes, como dice San Pablo en la segunda carta a los Corintios “no tenemos en efecto ningún poder contra la verdad”.

Esta impotencia es una maldición para el orgulloso, pero una bendición para el humilde, porque tal impotencia no es en sí misma paralizante, sino nos abre a una potencia más alta y nos entrega a algo que no nos esperábamos y que nos supera. Esta impotencia es en verdad una vía de escape de la lógica de la competencia y una entrada a la lógica de la comunión. No se trata de ser el más fuerte para prevalecer sobre los otros, se trata de estar con los otros en la apertura a lo que es absolutamente más fuerte que todos y delante a lo cual somos todos igualmente superados. Es lo que también sugiere el segundo adjetivo “inmenso”. Decir que una certeza es inmensa quiere decir que es más grande que nosotros, quiere decir afirmar que supera nuestra medida. No soy yo que agarro esta certeza, es ella la que me agarra; no soy yo que poseo esta certeza, es ella la que me posee, a mí con todos los otros. Y como es más grande que yo, no tiene nada cómodo, al contrario, ella me dilata y hasta me desgarra. Probablemente se están preguntando: “¿de qué certeza se trata exactamente? ¿Y luego, cuándo empezará a hablar de la modernidad? También está eso en el título de su conferencia, ¡hemos venido por eso!”. Ciertamente, hablaré enseguida de la modernidad para luego volver de nuevo a la certeza que estábamos definiendo antes. Sin embargo este preámbulo era necesario, porque incluso antes de mi título está el título del Meeting, y es en este marco que querría pensar en la modernidad, también demostrando que el título del Meeting no es una insignia decorativa, el título del Meeting no es un gimmick, un artefacto hecho por especialistas en marketing, y no es tampoco el eslogan de un movimiento que se llama Comunión y Liberación. Este título es una frase y esta frase contiene el advenimiento de una llamada, nos llama, los llama en medio a la incertidumbre de nuestro tiempo. Necesito por lo tanto evocar las incertidumbres de nuestro tiempo. A partir del pecado original todos los tiempos son inciertos y es una ilusión creer que se estaba mejor antes; pero nuestro tiempo es señalado por una incertidumbre específica que corresponde al final de los tiempos modernos y que se podría llamar “caída del progresismo” o aún “muerte del humanismo”. Los tiempos modernos podrían proclamar: “¡Dios ha muerto!” y alegrarse del reino del hombre; pero la ebriedad ha pasado y nosotros nos despertamos con la boca empastada. También tenemos la impresión de que ya necesita decir: “¡el hombre ha muerto!”. La modernidad se había metido bajo la signo del humanismo. Su nombre no lo indica directamente: “modernus” en latín significa “reciente”, es el aspecto negativo de la modernidad, aquella de la rotura con los antiguos, con la tradición de un tiempo. El problema es que reduciéndose al culto de lo “reciente”, la modernidad no puede más que mutilarse a sí misma y ser reconducida solamente a la moda”. La moda siempre es una novedad caduca, porque la moda va continuamente fuera de moda. Lo que era ayer hoy es anticuado, demodé. En verdad en la moda no hay jamás absolutamente nada nuevo.

La novedad absoluta siempre queda nueva, es un manantial fluyente que nos deslumbra siempre. Al contrario la moda es el culto de lo que será anticuado y entonces muy viejo, retrasado, obsoleto. Por ejemplo tienen en sus manos un I-Phone 4 o 5 ahora bien no es otra cosa que un futuro fósil. En cambio si tienen en mano un crucifijo o una corona del Rosario eso sí que no estará nunca fuera de moda, siempre será de actualidad. Pero la modernidad no es sólo rotura con el pasado, también es marcada por dos elementos positivos: la mirada vuelta al futuro y el pensamiento centrado en el hombre. Los antiguos no tenían la mirada vuelta hacia el futuro sino más bien hacia un pasado feliz, una edad del oro, y su pensamiento no estaba centrado en el hombre sino más bien en la naturaleza, decimos en el cosmos y en los dioses. ¿De dónde ha salido pues la modernidad, de dónde viene su extraña fe en el hombre y en el futuro? La modernidad nace indudablemente de la cristiandad. Por cuanto haya podido ser y pueda ser anticristiana, ella tiene un origen profundamente cristiano, ha consistido hasta en retomar ideas cristianas para retorcerlas contra el cristianismo. Es como cuando se arranca una rosa en un rosal, se la mete en una bonita maceta, entonces por cierto tiempo aislada, considerada valiosa, la rosa aparece más pura, más recta, más bonita y esparce su perfume en toda la casa pero bien pronto la rosa se marchita, el agua se enturbia y la casa es invadida por un olor a podredumbre. Es lo que ocurre con la modernidad, ella aísla algunos datos de la fe cristiana y los separa de Dios, la historia, la salvación, la libertad, la comunión, todas cosas que por ejemplo son retomadas por el comunismo, pero se trata ya de valores horizontales que el hombre puede realizar a través de su trabajo, eso nos asombra por poco tiempo, pero luego acaba por apestar. Esta transferencia, de la cristiandad a la modernidad, se percibe muy claramente en un personaje de Pasternak, el tío Kolja, al inicio del Doctor Zivago, elijo este autor porque hay una muestra sobre él este año en el Meeting. El tío Kolja es un escritor cuya obra se sitúa entre dos épocas, esta obra se dice cristiana, pero se pone ya al lado de la revolución Bolchevique. Les cito un largo pasaje, muy característico.

Cito: “se puede ser ateo, se puede no saber si Dios existe y por qué, y al mismo tiempo saber que el hombre no vive en la naturaleza sino en la historia, y que en la concepción que se tiene hoy, ella ha sido fundada por Cristo y el Evangelio es el fundamento, pero ¿qué es la historia? Es un dar principio a labores seculares para lograr poco a poco solucionar el misterio de la muerte y vencerlo un día, por eso se descubre el infinito matemático y las ondas electromagnéticas, por eso se escriben sinfonías pero no se puede progresar en tal dirección sin un cierto estímulo, para descubrimientos del género hace falta tener un equipo espiritual y en este sentido los datos ya están todos en el Evangelio, helos aquí: en primer lugar el amor para el prójimo, esta forma suprema de energía viviente que llena el corazón del hombre y exige que se expanda y sea usada, luego los principales elementos constitutivos del hombre de hoy sin los que el hombre no es imaginable, y es decir es la idea de la libre individualidad y de la vida como sacrificio. Los antiguos no tenían historia en este sentido”.

Esta cita, este pasaje de los más significativos retoma las nociones judío-cristianas de historia, de amor, del prójimo, de libertad de la persona, de sacrificio como cumplimiento, pero para separarlas de su manantial sobrenatural. El amor al prójimo por ejemplo ya no está basado en su vocación a la vida eterna, es una forma desarrollada de la energía viviente, el sacrificio ya no es la oferta y la comunión de Dios, sino es el hecho de tirarse y de morir por los otros, por las generaciones futuras, la inmortalidad es estar “presente en los otros”, gracias a acciones bonitas y por lo tanto memorables, eso además presupone que hay otros sobre la tierra para acordarse de nosotros. La modernidad en su misma generosidad está basada en la confianza en el progreso por lo tanto, ella promueve una certeza a nuestra medida, una certeza en nuestro poder, porque precisamente la certeza del hombre tiene el poder de establecer con sus propias fuerzas un reino de justicia y paz, ya no por gracia divina sino con la ciencia y las artes para vencer a la muerte. Pero esta certeza ideológica ha caído lejos de vencer la muerte, como soñaba ingenuamente el tío Kolja, se ha multiplicado. Lejos de aclarar su misterio, se ha espesado hasta las tinieblas más opacas. Tres nombres bastan para demostrarlo, Kolima, Auschswitz, Hiroshima. Nuestra generación ya no cree en las utopías políticas o estéticas, porque ha visto el balance de sus exterminios, además tenemos ante los ojos la posibilidad concreta de la desaparición total de la especie humana. Así el ensayista y novelista Arthur Köstler, osaba escribir en 1979, y cito: “si se me preguntara cuál es la fecha más importante de la historia, y de la prehistoria del género humano, contestaría sin vacilación el 6 de agosto de 1945. Por el día en que la primera bomba atómica ha eclipsado el sol por encima de Hiroshima, es la humanidad globalmente que tiene que vivir en la perspectiva de su desaparición en cuanto especie”. La fecha más importante de la historia ya no es un acontecimiento glorioso sino el acontecimiento de una destrucción, así la humanidad ya no vive en la perspectiva de su progreso sino en la perspectiva de su misma desaparición.

Ésta es la incertidumbre post-moderna que ha seguido a la certeza moderna. Tal es esta incertidumbre que también es una inevitable certeza, no sólo el individuo, no sólo las civilizaciones sino toda la especie humana es mortal. Si la angustia durante la muerte individual provoca la fuga en la diversión, ¿hacia cuáles diversiones monstruosas nos echará la angustia de la muerte colectiva? Los jóvenes más brillantes lo saben muy bien, es inútil hablarles de trabajo, de profesión en el futuro, de éxito social, porque todo esto ya no les dice nada. Nuestros bonitos proyectos Burgueses, ya no tienen ningún sentido a sus ojos. Ellos tienen necesidad de un éxito fácil, dinero fácil, éxtasis fácil y bingo para el bunga bunga. Porque sienten que ya no tenemos tiempo, el tiempo largo, la duración en que se escriben la política y la cultura ya no tiene ninguna garantía. Una vez podíamos servir para la posteridad, un artista podía refinar su obra en la incomprensión general creyendo que habría sido comprendido en el siglo futuro. Un jefe podía sacrificarse, como quería el tío Kolja, para construir un mundo mejor. Pero nosotros no estamos siquiera seguros de que habrá un mundo mejor. El tiempo de los héroes nos parece terminado porque el heroísmo supone la memoria de la posteridad. Teti, la madre de Aquiles, dejaba a su hijo la elección entre una vida breve, violenta, pero gloriosa y una vida larga, pacífica pero oscura. La alternativa de Teti hoy ya no es posible, ya no tenemos un futuro bastante seguro, ya no tenemos una memoria bastante larga para la gloria terrenal de los héroes, a lo sumo para una mínima gloria de las estrellas que no sobrevive al zapping o a la tercera temporada de programación. Las llamadas a un nuevo humanismo no servirán de nada y tampoco la nostalgia de una retorno a las tradiciones de los antiguos, uno y otro, progresismo renovado y tradicionalismo hallado sólo hacen de tapadera, pantallas puestas delante de un precipicio para hacer creer que está corriendo hacia un edificio, tanto la modernidad se creía humanista, tanto la modernidad podrá ser solamente post-humanista. Este post-humanismo puede tomar tres formas, estas tres formas se oponen la una a la otra, así que cuando denunciamos el error de una, somos inducidos a caer en el error de la otra.

El demonio siempre procede así, conoce la verdad, no está entrampado por los errores que propone a nuestra estupidez, y he aquí porque continúa inventando errores contrarios entre ellos, excita a los adversarios en los dos o tres campos que se enfrentan, juega sobre todos los lados de la mesa de escoba. Una vez eran el comunismo y el capitalismo que se enfrentaban y se confortaban, denunciándose recíprocamente. Hoy son otras tres cosas que podríamos llamar el tecnicismo, el ecologismo y el fundamentalismo. Hay en efecto tres modos de abandonar al hombre, o se va hacia el superhombre, y tienen el tecnicismo, o se pretende volver a la naturaleza, y tienen el ecologismo, o se predica el disolverse en Dios, y tienen el fundamentalismo. Estos tres modos de abandonar al hombre, son también tres modos de abandonar la historia, es decir el tiempo largo, la duración de la verdadera cultura y de la verdadera política. O se precipita hacia lo instantáneo de la máquina, y es lo que hace el tecnicista buscando la felicidad en un doble clic, o se retrocede hacia los ciclos de la naturaleza y es lo que hace el ecologista, que anhela la alegría de las monas arborícolas. O se busca el éxtasis en el más allá de los electos y es lo que hace el fundamentalista, sometiéndose a un divino, descarnado e irracional. En los tres casos se parte de una misma consideración, la próxima extinción del hombre, la perspectiva de su desaparición. El tecnicismo querría evitar esta desaparición suya a través de una mutación y le dice “¡Sí! El Homo sapiens sapiens es superado, pero les crearemos alguna otra cosa que resista a las radiaciones y pueda volar hacia otras galaxias”. El ecologismo querría prevenir esta desaparición a través de la oblicuidad de un retorno a la naturaleza, “Sí, el hombre, el predador supremo es destinado a desaparecer, pero será sólo para regresar al seno de la madre naturaleza, y revivir a través de las flores y de los pájaros”. El fundamentalismo querría disipar esta desaparición a través de la iluminación de un puro espiritualismo, “Sí, el hombre histórico y carnal no puede más que desaparecer, porque lo esencial en nosotros no es la carne ni la historia, sino el espíritu”.

Ciertamente estos eslóganes son susceptibles a numerosas variaciones y hay un abismo por ejemplo entre un fundamentalismo blando, de tipo budista y un fundamentalismo duro, de tipo musulmán. Se podría añadir entre lo duro y lo blando, el fundamentalismo evangélico, lo importante es que en los tres casos se nos desentienda de lo humano y de lo histórico en su inventiva cultural y política. También sin ser creyentes se puede hacer esta observación simple: como la modernidad retomaba algunos elementos judío-cristianos, para retorcerlos contra la Iglesia del Logos encarnado, así la post-modernidad en sus tres diferentes avatares, parecen desplazar la revelación del logos encarnado. Se puede aplicar al mundo post-moderno lo que Chesterton decía del mundo moderno: “el mundo post-moderno está lleno de virtudes cristianas enloquecidas”. No es un juicio de la fe, es una constatación de la razón. El cristianismo predicando el logos encarnado predica el acuerdo de fe y razón, de naturaleza y sobrenatural, de carne y espíritu. Y he aquí que ahora hallamos alrededor de nosotros las partes de este acuerdo como muchos miembros de Exgetta pululantes y monstruosos, aquí una cabeza cortada, allá un cuerpo bestial, en otro lugar un corazón arrancado.

La modernidad consistía en hacer completamente inmanente y antropocéntrica la esperanza cristiana, la post-modernidad consiste en proponer falsas transcendencias, un falso transumanar, para retomar el neologismo formado por Dante, y por lo tanto todavía parodias del Paraíso. La técnica no es mala en sí, al contrario, desde el origen el Dios de la Biblia manda dominar la tierra y someterla, pero el tecnicismo interpreta este dominio no como la tarea de acoger y prolongar el dato natural en una acción de gracia, sino como el orgullo de explotarlo y deformarlo según nuestros caprichos. Igualmente la ecología no es mala en sí, al contrario, el hombre es llamado, como en los salmos, a alabar lo eterno con toda la creación, de la piedra al ángel, de la hormiga a la Santa Virgen, pero el ecologismo interpreta esta alabanza como un retroceso al estado animal, que consiste en rebuznar con los burros y bailar con los lobos. En fin la religión no es mala en sí, evidentemente, pero el fundamentalismo en lugar de ver el florecimiento radical de todo lo que es humano, en vez de reconocer que la gracia no destruye la naturaleza humana, hace de Dios un ídolo que pisa y sobre todo quita responsabilidad, así el tecnicismo separa el logos de lo divino y lo retuerce contra la carne como nos es dada. El ecologismo separa nuestra carne del logos y reduce lo divino a una naturaleza material impersonal. El fundamentalismo separa lo divino del logos y de la carne e impone a la una y a la otra una sumisión servil, en lugar de una exaltación filial. Repito, frente a la disposición post-moderna cualquier hombre sensato es obligado a reconocer el admirable equilibrio de la revelación de Dios en el logos encarnado. Eso no quiere decir que tenga que creer en eso, a sus ojos puede tratarse de la más bonita construcción mental a la que pueda llegar la humanidad, eso quiere decir sencillamente que, incluso siendo descreído, tenga que tener por lo menos la certeza de que esta revelación es una aliada del hombre y del orden de la realidad, pero evidentemente esto supone que él aún se interese en el hombre y en lo real tal como nos son dados. Entonces todo no es malo en estos tiempos de la desaparición anunciada, la hora es indudablemente trágica, pero la tragedia despierta nuestra dignidad más alta, aquella de un impulso vertical que grita hacia el cielo y aquella de una caridad sobrenatural que es más fuerte que la muerte. Pienso en las últimas palabras de las cartas de Jean Giraudoux, “una mujer pregunta en medio al desastre, ¿cómo se llama eso cuando se levanta el día, como hoy, y que todo está arruinado, que todo es saqueado y sin embargo el aire se respira e que se ha perdido todo y la ciudad se quema y los inocentes se matan entre ellos pero que los culpables agonizan en un rincón del día que se levanta?” y un mendigo le contesta a la mujer:” eso tiene un nombre muy bonito doña Narcés, se llama aurora”. La noche de nuestros tiempos nos llama a otra aurora, la destrucción de las esperanzas mundanas es la ocasión para atravesar la desesperación y abrirse más en profundidad a la esperanza teologal, no se trata de una fuga en una transcendencia que desprecia la tierra, como en el fundamentalismo, se trata de la misión de iluminar la tierra, no a partir de un futuro utópico, sino a partir de lo eterno. A menudo repito, que si también me confirmaran que en diciembre de 2012 será realmente el fin del mundo, eso no me impediría tener un hijo en noviembre de 2012 y de escribir poesías, y de plantar un árbol, porque no hago sólo estas cosas por el futuro terrenal, las hago porque eso es ya participar en la vida eterna.

También pienso en una frase del genial pianista y compositor Franz Liszt, del que celebramos este año el bicentenario de su nacimiento, en una carta a la condesa María De Gaulle, la mujer que ama, él usa estas palabras extraordinarias: “si no llegamos a la felicidad quizás es porque nosotros valemos más que esto. Hay demasiada energía, demasiada pasión, demasiado fuego en nuestras entrañas para acomodarse burguesamente en lo que es posible”. Cierto estas palabras son ambiguas, ya tanto que Liszt las escribe a una mujer casada con la que huirá, pero tras este sentido pasional hay otro más radical que remite a la verdadera, a la alta pasión, que es la pasión de Cristo. La cruz se yergue al horizonte para decirnos que no llegaremos nunca a la felicidad, pero también para revelarnos que valemos más que la felicidad, que estamos hechos no para el bienestar, sino para el ser bueno, no para la comodidad de la alegría, sino para la felicidad penetrante de la oferta, quizás lo sepan, Franz Liszt había puesto toda su vida bajo la protección del buen ladrón, ahora aquella del buen ladrón es una historia muy rara. He aquí alguien que hace de todo para evitar el bien, para huir de Dios y lo logra también porque es un malhechor, y es el Evangelio mismo, la palabra del mismo Dios que lo designa como malhechor y helo aquí al fondo del abismo, es decir sobre la cima del calvario, crucificado, blasfemo, desesperado, pero en aquel lugar ¿quién se encuentra a su izquierda? En la angustia más profunda ¿quién está al lado de su corazón? ¡Sí! Todo su complicado vagabundear para huir de Dios es utilizado por la misericordia divina para hacerlo llegar directo a la derecha de Dios, a la derecha de Jesús. Este pobrecito que se ha esforzado por hundirse en el infierno, en la medida en que acoge esta misericordia inesperada, se convierte en el primero en entrar al Paraíso. A menudo comento este vuelco, a menudo diciendo que Dios no nos pone nunca sobre la vía recta, ¡no! No nos pone sobre la vía recta porque se vale de nuestros giros, de nuestros vagabundeos de nuestras desviaciones para inventar una vía nueva, la vía única de cada uno, propia de cada uno. La redención no consiste en un retorno a la situación anterior, pienso en un Paraíso Terrenal cualquiera, antes de la muerte y del pecado, ella exige el cruce del pecado y de la muerte hacia una alegría más alta, como les decía a los romanos San Pablo: “allí donde el pecado ha abundado, la gracia ha rebosado”. Lo que apenas he dicho me conduce hacia mi conclusión y me permite hacer la unión entre la primera y la segunda parte de esta conferencia. Después de la destrucción de la certeza moderna, en medio de la incertidumbre post-moderna atada a la conciencia de la desaparición probable, inminente de la especie humana, ¿qué inmensa certeza nos queda? Si nuestra fe sólo se funda en una ideología o un reclutamiento, ya no puede mantenerse, Don Giussani lo había comprendido muy bien, y por eso exigía que cada uno reiniciara de la misma experiencia más concreta, y por eso reclamaba que cada uno pensara a partir del simple hecho de la existencia. Y hela aquí la inmensa certeza, es algo y no es nada, yo estoy aquí, tú estás aquí y tenemos bajo nuestros ojos estas cosas simples pero misteriosas por el solo hecho de que estoy aquí, justo apenas delante de nosotros. Esta mesa, este vaso, esta luz eléctrica, pero sobre todo al externo la luz del día. Hace falta reiniciar de esta evidencia de la existencia, de esta certeza de la vida presente. El Dr. Zivago también lo recuerda en el libro de Pasternak: Los revolucionarios - Zivago dice - hablan de un futuro mejor, mientras se trata de vivir hoy, hablan de un porvenir radiante, mientras que hace falta ahora encontrar la fuente del canto. Literalmente cito: “la construcción de nuevos mundos, los períodos de transición son el objetivo, de los revolucionarios, un objetivo en sí mismo”. No han aprendido nada más, no saben hacer otra cosa ¿y saben de qué deriva la inquietud de estos eternos preparativos? De la falta de capacidades precisas, de talento, no tienen talentos.

El hombre nace para vivir, no para prepararse a la vida, es la vida misma, el fenómeno de la vida, el d0n de la vida, es una cosa tan fascinante, así seria. ¿Por qué intercambiarla con la pueril arlequinada de inmaduras innovaciones? ¿Pero en qué cosa consiste más precisamente este atractivo y esta seriedad de la vida? ¿Cuál es esta inmensa e inevitable certeza de la existencia y cómo hace para disipar las inmaduras innovaciones de modernos y de post-modernos? La palabra existencia describe una experiencia. Es lo que recordaba el mensaje de Benedicto XVI a los participantes de este Meeting: “existir” quiere decir tenerse fuera en el doble sentido de “provenir de” y de “ir hacia”. ¿A qué hecho fundamental corresponde esta simple palabra? Al hecho de que yo soy, pero que no me he dado la existencia de mí mismo, que no soy el origen ni el objetivo de mi ser. No, no me he creado por mí mismo, he recibido la existencia de otro, y la he recibido para darla a otro. Puesto que mi ser imperfecto conoce un crecimiento hasta la madurez, ¿qué es pues la madurez? Algunos creen que la madurez sea alcanzada porque se tienen dieciocho años, o porque se es financieramente autónomos, o todavía porque se han vuelto responsables, es decir se dispone de una buena jubilación o de una libreta de ahorros. Sin embargo quien dijera que se ha alcanzado la madurez porque uno puede acostarse con las chicas estaría más cerca de la verdad de todos los otros. Aristóteles observa que el término del crecimiento de un ser viviente coincide con el principio de su capacidad de generar. La madurez corresponde pues a la aptitud de comunicar la vida. He aquí pues la certeza que se impone y que no hemos elegido: nuestra existencia es recibida y tiene que cumplirse dándose. ¿Pero de quién? ¿De qué ha sido recibida? ¿Cuál es mi origen, más allá de mis padres? ¿Soy el fruto de la casualidad y de la materia? ¿Es posible agitando al azar los átomos durante muchos millones de años lograr producir una cámara digital y también algo más complicado que una cámara digital como un ojo humano? Pero la casualidad por definición no para de deshacer lo que hace y el espíritu no puede salir de la materia, a menos que se crea que la materia misma sea inteligente y más inteligente que nuestros ingenieros.

Sin embargo en el momento mismo en que intuyo que mi origen no puede estar sólo en la materia, sino también en un espíritu más grande que el mío y pues mejor que el mío, ya no logro comprender mi fin. ¿En efecto por qué este don de la vida si es sólo para morir? Si yo sólo fuera materia, mi disolución sería normal, y es lo que tratan de demostrar los materialistas; tratan de persuadirse de que la muerte no sea un escándalo y dicen: la cara de la chica que amabas se descompone, es comida para los gusanos, es reducida a cenizas y es normal; porque aquella cara era sólo un accidente, una casualidad de la materia y la sola verdad duradera es únicamente la descomposición de cada cosa en partículas elementales. Uno se consuela como se puede. Porque es evidente que estos materialistas tratan de consolarse solos, es evidente que tratan de ignorar el escándalo de la muerte, de ocultar lo trágico de la vida. Su posición es opuesta a la de los espiritualistas, pero quiere llegar al mismo resultado; los espiritualistas dicen en efecto: la muerte no es nada, porque somos espíritus encarcelados en los cuerpos y la separación de nuestra alma del cuerpo es una liberación. Pero no, espiritualistas y materialistas se cubren la cara porque la separación del alma del cuerpo es una laceración atroz, tiene algo trágico, y no hablo sólo de la muerte material, también hablo de la muerte espiritual, de aquel suicidio espiritual que es el pecado que arranca nuestra alma de sus raíces. ¿Qué ocurre pues en el momento mismo en que me percato que la existencia es un don? También me percato que es un drama. Aclaro el hecho de mi existencia pensando que proviene de un creador generoso; pero esta misma iluminación produce enseguida otra oscuridad, ¿por qué este creador generoso permite el mal? ¿Por qué existe la injusticia, el sufrimiento y la muerte? ¿Por qué me abandona en una tal oscuridad? Podríamos decir de otra manera las cosas; la madurez, lo hemos constatado, es poder dar la vida; la madurez corporal corresponde pues al cumplimiento de la pubertad; pero no somos sólo seres corporales; somos inextricablemente seres espirituales, seres dotados de razón. El hombre no comunica la vida como un simple animal, por instinto, claramente él exige razones para dar la vida. Ahora lo que hay de magnífico en nuestra época es que ella ya no permite medias razones; en los tiempos modernos, en la época del progresismo se podían tener políticas natalistas; se hacían hijos para el sostén del reich, por la causa del partido, por el perpetuarse en la memoria de los hombres. En nuestros tiempos post-modernos, en esta era del catastrofismo generalizado, todas estas políticas natalistas vuelan en mil pedazos; todas las razones temporales para dar la vida no parecen ya sostenerse delante del anuncio de una muerte que no deja huella, de una extinción colectiva y por tanto sin sepultura, sin lápidas, sin ruegos por los muertos. ¿Haremos hijos para alimentar un gentío destinado al olvido? A qué provecho los dolores del parto si estoy solo para proveer, al final, ¿algunos puños de ceniza de más? ¿Con qué provecho también mis palabras si son para el triunfo de un silencio sideral, la victoria de la insignificancia, el reino del agujero negro? Y al mismo tiempo si ya no tenemos palabras fecundas, si ya no acogemos a los hijos, nos convertimos nosotros mismos en los autores de la destrucción y participamos en lo que algunos demógrafos ya llaman el suicidio de Europa. ¿Ven el terrible misterio? Estoy hecho para dar la vida; la vida física y la vida moral, pero ya no percibo claramente las razones para dar la vida; es como si existiera una herida al fondo de mi ser, mi ser me es dado para que pueda a mi vez dar el ser; ahora la razón del don no me es dada enseguida y esto es ciertamente normal, porque si la razón nos fuera dada enseguida, sin que tuviéramos una reflexión, seríamos como bestias, haríamos hijos por instinto. Lo que es hoy anómalo es que también reflexionando, la razón para comunicar la vida parece sustraerse a nuestra vista y superar nuestras fuerzas. ¿Dónde encontrar la madurez espiritual que permita confirmar mi madurez corporal? La perspectiva de nuestra desaparición nos condena a acelerar la desaparición misma y a perpetrar el crimen perfecto de un exterminio sin cadáveres, que consiste en el no acoger la vida y dejar un mundo desierto sin nadie más para acusarnos. ¿O en cambio la perspectiva de nuestra desaparición nos obliga a investigar una razón más alta para dar la vida de modo más gratuito, más lucido, más divino?

Al poner esta pregunta no puedo no pensar en la respuesta hebrea, en aquella respuesta que es al mismo tiempo carnal y espiritual, en aquella respuesta que pone en relación lo que está bajo el cinturón con lo que está más para arriba de los cielos; estoy hablando de la circuncisión. Los Judíos inscriben en su sexo la marca de la promesa divina; se les quita un anillo de carne y este anillo desaparecido es la señal de su alianza con lo invisible; esta señal está allí para darles la madurez espiritual que corresponde a su madurez carnal. Si, también en medio de un campo de trabajo, mientras los niños se tiran al río, el judío ve esta señal sobre su sexo y esta señal le dice: ánimo, aunque si el horizonte está impedido no te conviertas en cómplice de la muerte; obra por la vida, porque tú no lo haces por el horizonte y por lo horizontal, tú lo haces por lo vertical, tú acoges un hijo no para que se vuelva un pequeño faraón, sino para que viva eternamente como hijo de Dios. Y es lo que les ocurre a los padres de Moisés: tienen este hijo que todo alrededor de ellos parece condenar; este niño destinado a ser ahogado; pero el niño será salvado de las aguas y se volverá el libertador de su pueblo. El horizonte era impedido, el tiempo era de catástrofe, sin embargo han confiado en lo vertical, se han dirigido al Eterno y he aquí que han abierto un nuevo horizonte. La circuncisión es una cicatriz, hecha a imagen de los estigmas del Resucitado; es una herida que deja pasar la luz. Ésta es pues la inmensa e inevitable certeza de la existencia: he recibido la vida y este don exige una esperanza que va más allá de este mundo y atraviesa su oscuridad. ¿Por qué esta oscuridad? - me preguntarán - Si les pudiera contestar claramente esta oscuridad ya no sería tal. Lo que puedo sin embargo intuir es que esta oscuridad no es solamente una privación de luz, sino también es la posibilidad de participar en la obra de la luz. Dios en su generosidad no quiere ofrecernos absolutamente una vía, también quiere que abramos un pasaje en el impasse; no quiere sólo que seamos iluminados, también quiere que hagamos nosotros mismos resplandor. No quiere sólo darnos la vida, también quiere que la demos allá donde parece sólo reinar la muerte. He aquí porque su bendición puede parecer como una maldición. Hay necesidad de quien haga claror sólo donde no hay bastante luz; hay necesidad de quien abra una vía sólo donde se arriesga un paso en el vacío. Esta oscuridad que nos empuja a dejar fluir la luz desde el fondo de nosotros mismos para ser no solamente alumbrados por la luz, sino también fuente de claror, se siente resonar justo en el ruego de la mañana, en el Cántico de Zacarías, el Benedictus. “Y tú niño serás llamado profeta del altísimo, porque irás delante del Señor a preparar el camino, para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación en la remisión de sus pecados, gracias a la bondad misericordiosa de nuestro Dios, por el que vendrá a visitarnos desde lo alto un sol que surge, para alumbrar a los que están en tinieblas y en sombra de muerte”. Ir delante a preparar los caminos es no conformarse con los caminos recorridos, sino encontrar una vía inesperada gracias a la fe. No estoy hablando aquí de un gusto particular por las novedades, hablo de la estructura misma de la existencia, de su estructura trinitaria: el Hijo recibe a sí mismo por el Padre para exhalar con él el Espíritu. La existencia no es sólo receptividad, sino oferta, don de la vida, apertura de una vía única. Y he aquí porque las señales que nos son dadas bastan para empujarnos adelante, pero no trazan con antelación ningún camino. Como Cristóbal Colón: creemos en el nuevo mundo pero no tenemos los mapas, y nuestra sola brújula está en una cruz. Si no hubiera esta oscuridad si, por ejemplo, todo fuera cultivado, trazado, mascado con antelación, Dios sería menos generoso. Seríamos los productos de su obra y no los colaboradores en su obra, ahora Él nos quiere cooperadores. Sin duda también hay otras razones para la oscuridad presente, razones que no vienen de Dios, sino de nosotros mismos, de nuestra mala voluntad, de nuestra inteligencia débil, de la violencia de nuestras pasiones. Pero quería aludir principalmente a aquella oscuridad positiva que viene de nuestros defectos, pero que es estructural, aquella oscuridad de la que se podría acusar al Creador y de la que al final tendremos que alabarlo. Imaginen un solo instante que cada uno poseyera la certeza de Dios como un auricular que lo pusiera directamente en comunicación con Él; cada uno estaría encerrado en su burbuja; no necesitaríamos más los unos de los otros, ya no deberíamos creer en la luz de modo de verla aparecer en nuestros rostros y hacerla resplandecer en las tinieblas. Pero Dios quiere una certeza de la que nosotros somos los colaboradores; un suelo estable que podamos desplegar hasta en el vacío del futuro a través de todo nuestro ser. Acuérdense del Libro de Isaías: “En el desierto preparen el camino al Señor, allanen en la estepa la vía para nuestro Dios”, y aún más lejos dice Isaías: “Tú hacías de tu dorso un suelo y como una calle para los transeúntes”. Acuérdense también del Salmo de David: “Beato quién encuentra en Ti su fuerza y decide en su corazón el santo viaje, pasando por el valle de la sed, la cambia en un manantial”. Es precisamente eso: estamos en el valle de la sed, en el valle de lágrimas, como dice la traducción latina retomada en la Salve Reina. Vemos a lo lejos el desierto y la sequía, y la angustia nos agarra la garganta, pero esta angustia es la señal de que estamos hechos para la alegría de vivir, porque si antes no tuviéramos en nosotros esta alegría de vivir no pudiéramos tener tampoco la angustia delante de la muerte. Y esta sequía es la señal de que estamos hechos para cavar hasta el manantial, porque si no estuviéramos hechos para el manantial no sentiríamos esta sed tan ardiente.

Esta señal también es una llamada, una llamada para que nosotros no seamos sólo gente que sacia la sed, sino nos convertimos nosotros mismos los unos para los otros en canales del manantial. He aquí la inmensa certeza de la existencia: inmensa porque es lacerante y nos pide bajar entre los que están en tinieblas y en sombra de muerte. Pero ahora también podemos calificar esta certeza con otro adjetivo; no solamente el adjetivo inevitable, y tampoco solamente el adjetivo inmenso, sino un tercer adjetivo que resume lo que quería puntear hoy, y es el adjetivo apocalíptico. La certeza de la existencia es una certeza apocalíptica; la palabra apocalipsis ha asumido el significado de catástrofe, pero etimológicamente significa revelación. Ahora tal es la certeza desnuda, la certeza que reaparece después de la desaparición de las falsas esperanzas y la superación de las verdaderas desesperaciones, la certeza que se descubre una vez que nuestra vida es liberada de los oropeles de todas las inmaduras innovaciones y desvestida de las certezas ideológicas de la modernidad, como de las incertidumbres mortales de la post-modernidad. No nos queda más que esto y es mucho más grande que nuestros bonitos sueños devastados. Una inmensa e inevitable certeza de apocalipsis, es decir la necesidad de una esperanza que atraviesa la noche oscura, la exigencia de una vida llamada a darse más fuertemente que la muerte la novedad de una existencia fecunda que abre caminos nuevos en la vía sin salida, que manifiesta la gloria a través de la cruz, que lleva una revelación hasta el corazón de la catástrofe. Gracias a todos ustedes.

MODERADOR:
Tendremos que encontrar tiempo y modo para retomar toda la riqueza y la densidad de cuánto hemos escuchado hoy, pero me permito agradecer tantísimo a Fabrice Hadjadj por el recorrido al cual nos ha invitado, recorrido exigente, pero en que la palabra certeza adquiere carne, sustancia presente. Yo creo que salimos de este salón más seguros, es decir más nosotros mismos. Cada uno de nosotros pienso haya pensado escuchando del buen ladrón que aquel pobretón soy yo. Dios no nos pone en la vía recta, no nos pone en la vía recta porque se vale de nuestros giros, de nuestros vagabundeos, de nuestras desviaciones para inventar una nueva vía, la vía única de cada uno, propia de cada uno. Cuando Hadjadj concluía su intervención me han venido a la mente las palabras de otro gran francés, aquellas que Claudel pone en boca de Anna Vercors en el Anuncio a María: “¿Para qué sirve la vida?”, las pronuncia delante de su hija fallecida, él que había ido a Tierra Santa vuelve vivo y ella, que era destinada a una existencia tan lineal en apariencia, muere, para salvar a sus seres queridos, para salvar a Francia, para salvar la Iglesia. “¿Para qué vale la vida si no para ser dada? ¿Y por qué tratar de entender cuando es tan simple obedecer?” Obedecer a esta existencia, a esta evidencia. En el momento mismo en que me doy cuenta de que mi vida es un don también me percato de que es un drama; en este drama no estamos solos. Esta última alusión a la sustancia de la palabra apocalipsis: revelación, nos dice que aquel hombre que ha iniciado su aventura humana dentro de la vida de Cafarnaúm, en aquella casa, entre aquella gente, con aquellos pescadores, está entre nosotros, por lo que realmente nuestro camino, justo nuestro en el sentido que cada uno de nosotros, en cada paso con Él se convierte en una inmensa certeza. Agradecemos muchísimo al Profesor Hadjadj.

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