La Inquisición bajo inquisición
autor: Leo Moulin
fecha:
fuente: L'Inquisizione sotto inquisizione
trad. it. a cura dell'Associazione Culturale Icaro, Cagliari 1992

Una fructífera visita a las cárceles

En abril de 1306, en Carcassonne, los Cardenales visitan personalmente los prisioneros. Allí se encuentran 40 "emmurés" (prisioneros). Ellos escuchan sus lamentos y ordenan inmediatamente trasferirlos a prisiones mejores hasta que esta fuera reacondicionada. Ellos además deciden que los guardias sean reemplazados (los cuales serán destituidos algunos días después), así como los demás empleados de la prisión; y que todas las provisiones que les son enviadas a los prisioneros, les sean íntegramente entregadas. El Obispo de Carcassonne podrá acordar con ellos el derecho a la caminata "per carrieras muri largi", es decir, en los corredores, de la prisión. En fin también se dan órdenes para dar a los enfermos y los ancianos un tratamiento especial y, de modo particular, una prisión ("conclave") en buen estado ("reparata"). Los nuevos guardianes deben prestar juramento. Un mes más tarde, uno de los cardenales visita de nuevo las prisiones. Escucha los "emmurés". Los observa. Constata su asquerosa suerte. Ordena sea puesto en marcha un proceso ("negotio predicato pendente"), donde los prisioneros ("bona et secura custodia") sean liberados de sus cadenas, sean provistos de ventanas ("clarificentur"), que se construyan en el techo tres o cuatro celdillas para que sean mejores y mas soportables ("leviores") que aquellas donde son recluidos actualmente.
Los nuevos guardianes, entre los que se encontraba un monje, deben jurar sobre los cuatro Evangelios la observación del secreto, dar pruebas de "prontitud" frente a los prisioneros y "fideliter", no tomar nada de las provisiones que a los prisioneros done el Rey, el Obispo, los amigos, los parientes o cualquier persona. Al año siguiente, Castanet, Obispo de Albi, fue suspendido de sus poderes espirituales y temporales: se le reprochará sin más el haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Estas formas de clemencia, esta capacidad de perdón, usemos el término: esta humanidad, no corresponden mucho a la imagen que comúnmente se tiene de la Inquisición. Esto se explica porque los hombres del medioevo tienen conciencia de la debilidad radical del hombre y de la ruda brutalidad que lo anima; sin embargo aun conservan el sentido del perdón, o al menos un cierto sentido del perdón.

También los reincidentes

También frente a los reincidentes, conocemos indulgencias muy impresionantes: en un registro de sentencias de 1246 a 1248, se cuentan 60 casos de reincidentes, de los cuales ninguno es condenado con pena más severa que la prisión, y entre estos ninguno con la cadena perpetua, contrariamente a la Doctrina.
H. C. Lea se sorprende, reiteradamente (cfr. I, 612), que el reincidente sea enviado a los tribunales seculares, “sin ser escuchado de nuevo”. Pero aparte que esta afirmación no corresponde a los hechos, porque acabamos de ver que a los reincidentes las penas ordinarias se les conmutaban, se debe tener en cuenta el hecho que quien reincidía había jurado renunciar a sus errores antes de ser puesto en libertad. Se encontraba entonces en una situación, hoy clásica, de un delincuente perdonado antes de haber expiado totalmente la condena, y que, reincidiendo, se expone a pagar íntegramente su pena sin ningún otro proceso. El condenado que se retractaba a los pies de la hoguera y renegaba de sus errores, era devuelto a la Inquisición para un nuevo examen, destinado a verificar la veracidad de su extraña conversión in extremis, sabiendo que durante meses de prisión, interrogatorios y doctas discusiones el hombre se había resistido.
En ciertos casos, la conversión era sospechosa a tal punto que la condena seguía su curso: la diferencia consistía en el recurso al garrote; el cadáver era quemado para no profanar la tierra cristiana. Si el inquisidor y el Obispo tenían algún motivo para creer en la sinceridad del condenado, lo colcaban a prueba en el campo: ¿Está dispuesto a denunciar a todos sus cómplices, de manera “pronta y voluntaria”? ¿Está dispuesto a perseguirles “con signos, palabras y acciones”? ¿A “detestar y abjurar” de sus pasados errores? Si se comprometía en este sentido “fuera de toda constricción”, recibía como castigo la cadena perpetua.

La tortura

Si hay una imagen íntimamente ligada a la inquisición, es exactamente la tortura. En efecto en el inconsciente colectivo, esto resume y simboliza (junto con la hoguera) toda la historia de esta institución. Feroz, sádica, con sus potros de suplicio, el castigo de la cuerda, la antorcha encendida y centenares de “modos de nuevos de tortura”, precisa el docto Dietionnarie di Theologie Catholique, en la voz Inquisición, y añade que “los miembros del tribunal, inquisidores y socios, no están ausentes de las sesiones de tortura, o incluso las aplican ellos mismos” (la cursiva es mia). Hay sádicos por todas partes, los izquierdistas Einsatzkommando nazistas entre los que habían no pocos intelectuales. El Diccionario comenta que en esta, muy activa, presencia: “Los acusados no ganarían nada con el cambio de programa” (en 1311, Roma interviene para poner fin a los abusos de este género, pero no siempre tiene éxito), De todas maneras, cualquiera que sea la realidad, la tortura es identificada con al inquisición, como si ordinariamente todos los sospechosos fueran torturados y después condenados a la hoguera.
Por fortuna, no se trató de esto. Para comenzar, la tortura no es una invención de la Inquisición medieval. En el siglo IX, el papa Nicolás I había declarado que este modo de indagar “no era admitido por las leyes humanas ni por las divinas”. Fue el desarrollo del derecho romano, en el siglo XIII, el que reportó esta práctica, primero en la justicia secular (Código Veronés 1228; Constituciones Sicilianas de Federico II, 1231), y después en la justicia inquisitorial, en el Mediodía de Francia, hacia el 1243. El papa Inocencio IV no autorizó su uso hasta el 1252, decisión confirmada después por los papas Alejandro IV (1259) y Clemente IV (1265). Sin embargo fue establecido que la tortura debía ser aplicada sin que la integridad física o la vida del acusado fueran colocadas en peligro - "citra membri diminutionem et mortis periculum".
En los siglos XII y XIV, los medios utilizados eran los del caballete, del suplicio de la cuerda y la hoguera, y de los carbones ardientes. Y en seguida la maldad de los hombres creó otros.
Se dejaban pequeñas pausas para permitir que el Inquisidor hiciera las preguntas. El notario anotaba las respuestas. Cada sesión duraba una media hora. Tiempo después, El notario preguntaba al torturado si se acordaba de aquello que había dicho bajo los efectos de la tortura; decía: “Bien, ahora vuélvelo a decir con toda libertad”, y anotaba la respuesta. Si en aquel momento el sospechoso renegaba de aquello que había dicho bajo el influjo de la tortura, se debía pasar a una nueva sesión. Eymerie, Inquisidor catalán, estimaba que había “exceso de crueldad”, si se hubiera recomenzado mas de dos veces la serie completa de los “tormentos”. En todos los casos, las declaraciones (espontáneas o no) obtenidas en el curso del interrogatorio, eran consideradas mucho mas importantes que las conseguidas gracias a las torturas. Los Inquisidores eran consientes de la fragilidad de las afirmaciones obtenidas de ese modo, "quaestiones sunt fallaces et inefficaces", escribe Eymerie.
Más allá de esto, como siempre sucede en las cosas humanas, hubo excesos de todo tipo. Con el fin de sanar estas situaciones, el papa Clemente V decide (con su Constitutio Multorum Querela de 1 1311) que los inquisidores no pueden proceder a la tortura sin la autorización del Obispo, y viceversa. Pero no es seguro que esta constitución haya sido observada.
Un autor escribe: "En principio, la tortura no podía ser aplicada mas que cuando el sujeto había cambiado de parecer durante sus pronunciamientos y cuando numerosos y serios indicios autorizaban a declararlo culpable. Era necesaria una prueba inicial. Por otra parte, la tortura no era permitida sino para establecer la culpabilidad; es decir que si el Inquisidor podía reunir de otra forma las pruebas jurídicas, debía obviar la tortura. Su deber era evitarla lo más posible; la tortura no era utilizada sino después de haber utilizado todos los demás medios y haber esperado largo tiempo. Solo cuando estuviera persuadido de la negación sistemática del sospechoso, solo en este caso, lo habría destinado al suplicio; pero también en este caso, el debía exhortarlo hasta el último minuto, es decir debía retardar la tortura lo mas posible”.
Ciertos acusados tenían éxito al salir vencedores, si no indemnes, de estas temibles pruebas (lo que, al menos, demuestra que no se alcanzaron los niveles de los regímenes nazista y comunista). Bernard Délicieux, fraile menor, muerto en el 1320, sometido tres veces a la tortura y a 26 interrogatorios, sobrevive. En compensación, si se puede decir así, fue condenado a la pérdida de los derechos civiles y a la prisión perpetua, donde muere.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License