¿La misión católica? Benéfica
autor: Piero Gheddo
fuente: La missione cattolica? Benefica

Murallas en ruinas, bloques de piedra rojiza elegantemente trabajados, bañados de musgo y líquenes, paredes y columnas comidas y sumergidas por la espesa vegetación, enormes iglesias abandonadas y perdidas en la selva, ciudad con amplias calles y plazas reducidas a imponentes ruinas de piedra: es lo que queda de las "Reducciones" de los jesuitas, entre el Paraguay y la provincia argentina de Misiones. Sólo el silencio todavía recorre los solitarios caminos de piedra. Las voces y los cantos de los indios se han extinguido. La selva ha sumergido los restos de la experiencia misionera más interesante en la historia moderna de las misiones. Los Jesuitas (y otros misioneros porque las Reducciones tuvieron por dos siglos vasta difusión en toda América española) intentaron repetir la obra de colonización y civilización de los monasterios benedictinos en la Europa de la Edad Media, cuando los monjes salvaron la cultura antigua grecorromana, predicaron el Evangelio, pero también enseñaron la agricultura y la artesanía a pueblos nómades que venían a vivir en aldeas, con calles, tiendas, comercios, escuelas, hasta universidades.

El viajero que va de Iguazú a Posadas, en Argentina, por una calle recta como la espada de un "conquistador", pasa entre selvas espesas de araucarias y eucaliptos que vuelven el paisaje una gradual inserción en el entorno de las "Reducciones", es decir en la naturaleza como era hace tres-cuatro siglos, cuando los Jesuitas llegaron de estas partes. El gobierno argentino justamente ha conservado intacto un vasto territorio natural que parte de las "cataratas" de Iguazú (las grandiosas cascadas de las que comienza la película "Mission") y llega hasta casi el primer grupo de ruinas del "Estado jesuítico de los Guaraníes."
La llegada a S. Ignacio Miní y la entrada en la aldea, construida casi hace cuatro siglos en la selva, nos ponen frente a restos imponentes, que hacen entender enseguida qué eran las "Reducciones". No aldeas con cuchitriles de paja y barro, como estaba y como todavía está hoy en la costumbre de los indios, sino ciudades construidas con piedra y madera, para durar en el tiempo. En la arquitectura maciza de estas casas, iglesias, almacenes, laboratorios, hay una armonía vigorosa que no tiende hacia arriba, sino está orientada firmemente a la tierra, a la vida, a la fundación de una civilización nueva, alternativa a la que los colonizadores españoles construían, con todo otro espíritu, a poca distancia.
Ya había ido a Argentina y Paraguay, pero en este viaje he tenido el único objetivo de visitar las "Reducciones", después de algunos restos que vi en Uruguay (la capital Montevideo ha sido fundada por los Jesuitas y por los indios de las "Reducciones") y en el Brasil del sur. Conducido por el amigo padre José Marx, S.V.D, que vivía aquí desde hace más de treinta años y es un estudioso entre los más expertos de las "Reducciones", he visitado las ruinas en la provincia argentina de Misiones y en Paraguay, divididas por el Río Paraná. De las casi veinte "Reducciones" he visto una decena de ellas, con los dos Museos de S. Ignacio Guazú y de Santa Rosa en Paraguay. Las ruinas son grandiosas, aunque en buena parte todavía sumergida por la selva. Tres-cuatro siglos de abandono, con saqueos, incendios, destrucciones programadas y la usura del tiempo y el clima no han bastado para hacer desaparecer las huellas de aquella experiencia. ¿Cómo han nacido y se han desarrollado los "Reducciones?"

"Los indios son hombres como los blancos"?

En noviembre del año 1609, seis jesuitas parten de Asunción, dividiéndose en tres grupos y dirigiéndose hacia la región habitada por los indios Guaraní, las selvas por las cuales estaba circundado el Río Paraná, verdadera espina dorsal de Sur América. Diez años antes, otros misioneros llevaron a Asunción la noticia de un extraordinario descubrimiento: en las selvas entre el Río Paraná y el Río Uruguay vivía una raza de indios valientes, orgullosos de su lengua y cultura, los Guaraníes, un material humano más precioso, para los misioneros, que los deslumbrantes sueños de las minas de oro y de piedras preciosas que estimulaban los "conquistadores" españoles.
Estudiada la empresa, la Compañía de Jesús pidió a la Corona de España el permiso para trabajar entre aquellos indios, reservándolos a sus curas, para hacer de ellos ciudadanos del imperio español y buenos cristianos. El 26 de noviembre de 1609, fecha que se considera el principio de esta experiencia, el lugarteniente general del gobernador del Paraguay y del Río de la Plata, emanó una ordenanza con la que prohibía a los españoles de entrar en la zona del Río Paranapanema (en lengua Guaraní) para reclutar indios para el servicio personal; los indígenas eran confiados a la sola Compañía de Jesús.
En el 1609 ya había pasado más de un siglo desde el descubrimiento de América, pero el inmenso continente todavía queda casi inexplorado. La verdadera colonización española (y portuguesa en Brasil) empieza en el siglo XVII, en el 1600. En Europa nace (en Inglaterra en 1616) la primera idea de democracia ("one man, one vote", cada hombre un voto) pero en América todavía se discute si los indios tienen un alma o no, si son como los hombres blancos o no. Discusión que hoy aparece absurda, inverosímil. Pero viene de una interpretación literal de la Biblia, que no habla de este nuevo continente descubierto desde poco. ¿Pues, los indios son hombres como los cristianos de Europa destinados a la redención en Cristo o son "homines silviculi" (hombres de la selva) a medio camino entre el género humano y los animales salvajes? ¿Tienen capacidades intelectuales y morales o actúan por instinto como los animales? ¿Tienen realmente un alma inmortal o algo otro?
La Iglesia y los teólogos se pronuncian claramente sobre la naturaleza humana de indios y negros, aunque algunos teólogos opinaban que los indios tenían que ser bautizados, pero sus capacidades intelectuales limitadas desaconsejaban de darles los demás Sacramentos. El mismo Rey de España publica numerosas leyes y decretos para condenar la esclavitud y los malos tratos a los que los indios estaban sometidos. Pero los prejuicios son duros para morir, sobretodo cuando debajo de todo eso había un gran interés económico. En el derecho colonial español (y portugués), (a) los indios eran equiparados a menores necesitados de protección, de estímulo al trabajo organizado, de organización de su vida social según esquemas europeos. No se concebía otra "civilización" que aquella europea, donde también los indios tenían que acceder: pero, siendo primitivos y salvajes, hace falta conducirlos con métodos paternalmente constrictivos, como se hace con los chicos, mientras que se los instruye en el cristianismo y por lo tanto se civilizan sus costumbres.
Partiendo de estos presupuestos, la Corona de España confía los indios a los colonizadores, (asistidos por los misioneros por la parte religiosa), para que los encuadren en el trabajo, enseñándoles a trabajar la tierra, instruyéndolos en la doctrina cristiana y encaminándolos a la "civilización". Nace así el instituto de la "encomienda", por la cual a un colono es confiado un vasto territorio para colonizar: los indios que viven adentro, están bajo su autoridad y protección. Naturalmente la "encomienda" tiene reglas bien precisas (prohibido reducir los indios en esclavitud, quien no quiere estar, puede irse, prohibido el empleo del látigo u otros maltratos, etcétera) y también se conocen casos de colonos españoles condenados por los tribunales españoles por abusos sobre los indios (casi siempre en consecuencia de denuncias de misioneros). En cambio, en práctica, en el inmenso continente casi despoblado y sin carreteras, en su "encomienda" el colono era rey y señor absoluto.

Una colonización alternativa de los indios

Se puede notar la diferencia sustancial entre la colonización española (y portuguesa) de la América central y meridional y la colonización inglesa en Norte América. Mientras en la América latina, blancos e indios se han mezclado, creando el mestizaje (dada la escasez de mujeres españolas, los colonos y los militares españoles acababan con esposar a las mujeres indias) en la América del Norte los colonos echan a los indios con la piel roja de sus tierras, conduciendo verdaderas guerras de exterminio para ocupar todo el territorio, (¡como incluso ha ocurrido en Australia y en Sur África con otros colonizadores anglosajones y protestantes!).
En la América española, los barcos y las armadas de los "conquistadores" siempre fueron acompañados por los misioneros, también ellos enviados por la Corona española, que concebía la colonización como una obra de fe y civilización. Se conoce la atormentada relación entre misioneros y colonizadores españoles (y portugueses en Brasil). Sobre todo se conocen las protestas de no pocos misioneros contra los métodos esclavistas de los colonos (Bartolomé de las Casas es solo uno entre los muchos) y la acción de los Papas (bulas y excomuniones contra quien practicaba la esclavitud) para mitigar los métodos de la colonización. Como se conoce bien el gran trabajo teológico y jurídico de la Iglesia para desbancar a la base las teorías racistas que guiaban a los colonos: Francisco de Vitoria sustenta, en la primera mitad del 1500 (incluso antes de Las Casas) la tesis según la cual los indios (aunque infieles y primitivos) son como los hombres blancos, tienen los derechos de los blancos y tienen que ser respetados por todos, sobre todo por los cristianos.
Menos notoria es la epopeya de las "Reducciones" que ha representado la tentativa exitosa de crear otro tipo de colonización, respetuosa del hombre y de las culturas, en alternativa a aquella practicada por los españoles y portugueses en América. Extrañamente, este capítulo glorioso de las misiones es olvidado, mientras, creo, representa bien el espíritu, los objetivos, los métodos de los misioneros del pasado, cuando se encontraban con pueblos diferentes y de civilización oral (o "primitivos").
Retomamos el cuento de los seis Jesuitas que, salidos para Asunción en noviembre de 1609, llegan a las selvas del Río Paraná donde viven los Guaraníes. Dos de éstos, (Marcial Lorenzana y Francisco de San Martín), con la ayuda de algunos Guaraníes ya convertidos, se ponen en contacto con un clan de la tribu y les explican las ventajas de una voluntaria sumisión a la Corona de España a través de los Jesuitas, evitando así la "encomienda" que los habría puesto en las manos de los colonos españoles. El 29 de diciembre de 1609 se funda la primera "Reducción" 200 kilómetros al sur de Asunciòn, titulada a S. Ignacio Guazú, (mayor, hoy en Paraguay), para distinguirla de la otra Reducción titulada a S. Ignacio Mini (menor, hoy en Argentina) fundada en el 1610 por dos otros Jesuitas, (Simón Mascetti y Giuseppe Cataldini).
En el año siguiente (1611), se ven los buenos resultados de las dos primeras Reducciones, las autoridades españolas emanan varios decretos que exentan del "encomienda" a los indios que seguían a los Jesuitas, prohíben el acceso de españoles y mestizos a los territorios confiados a los Jesuitas; y fijan normas precisas para las "encomiendas" españoles (por ejemplo, los indios tienen derecho a un sueldo fijado por la ley) todavía prohibiendo la esclavitud, también con esclavos comprados legalmente, (las tribus Guaycurús y Tupí capturaron a indios de otros grupos tribales y los vendían a los españoles). Interesante notar que hubo, en la región del Paraguay, una protesta de los colonos españoles y de los Jesuitas, acusados de estar en el origen de estas normas demasiadas garantistas para los indios; ¡ellos reaccionaron proclamando pecado mortal la no observancia de aquellos decretos del gobernador español!

Las Reducciones se defienden de indios y portugueses

Así empieza la experiencia de las "Reducciones". Posponiendo a la segunda parte de nuestro servicio la descripción de la organización interior de estas comunidades, vemos cómo crece y se afirma el sistema del "Estado jesuita", entre peligros de parte de los indios y de los portugueses. Los primeros ataques vienen de parte de los mismos indios Guaraní de las selvas. El "cacique", (jefe), Carupé y el brujo Nezú, envidiosos del ascenso de los nuevos jefes y brujos blancos, en noviembre de 1628 hacen matar tres Jesuitas en Candelaria, (la Reducción central en la cual los misioneros vivían a cargo de todo el sistema), y desencadenan una verdadera guerra contra la misión: unos 1.500 indios llamados por grupos en el interior de la selva se acercan a la aldea, sembrando muerte y destrucción. Los Jesuitas organizan la defensa y envían a mensajeros para pedir ayuda: consiguen diez arcabuceros españoles y más de mil guerreros indios procedentes de otras Reducciones de los Jesuitas y de los Franciscanos. La guerrilla dura cerca de un mes y se concluye con el choque decisivo del 20 de diciembre de 1628, victorioso por la defensa de Candelaria. Los centenares de prisioneros son casi todos liberados y vuelven a sus clanes magnificando la potencia de los Jesuitas y su perdón. ¡Sólo doce son ahorcados por el "brazo secular", visto que no se dejaron convencer por los misioneros a arrepentirse y a hacerse bautizar!
Mucho más grave el peligro de los asaltos portugueses, procedentes de San Pablo, ciudad que fue fundada en el 1554 por dos Jesuitas portugueses, José Anchieta y Manuel de Nobrega, justo como "Reducción" por la instrucción y la conversión de los indios, pero pronto se afirmó como centro propulsor de la conquista portuguesa hacia el interior del continente y como crisol de razas donde nace la nacionalidad brasileña. La población paulista se ha formado desde el principio con un mestizaje entre portugueses, indios y otros grupos de inmigrados europeos. En el 1600 los paulistas, (llamados "mamelucos" es decir mestizos), eran un pueblo fuerte y numeroso que, incluso sumiso a la Corona de Lisboa, tenían su autonomía y demostraban una potente vitalidad expansionista hacia oeste. Aliados con los indios Tupí, hostiles tradicionales de los Guaraníes, extienden el dominio portugués con los envíos armados llamados "bandeiras", (de aquí el nombre de "bandeirantes" dado todavía hoy a los paulistas), que tenían dos objetivos: explorar el territorio descubriendo eventuales riquezas mineras, (¡sobre todo oro!), afirmando la posesión de los portugueses sobre las tierras descubiertas; y encontrar a indios para llevarlos a San Pablo como esclavos. Estos envíos hacen retroceder poco a poco, a favor de Portugal, los confines establecidos por el Tratado de Tordesillas (1493) entre los dominós españoles y portugueses en América.
A partir del 1612-1615, los paulistas empiezan a asaltar las Reducciones de los Jesuitas del Guayrá. España prohibió a los indios usar armas. Las Reducciones no podían defenderse y siendo bien establecidas sobre el territorio en una región bastante estrecha, representaban para los mamelucos una presa ambicionada (¡los otros indios que faltaron por capturar estaban dispersos en la selva). Según las noticias del tiempo, los paulistas capturaron, del 1612 al 1639, bien a 300.000 indios en los territorios españoles; según otra relación, del 1628 al 1630 los Jesuitas perdieron a 60.000 neófitos por obra de los "bandeirantes"; en el 1635-1637, treinta Reducciones fueron saqueadas y destruidas por los paulistas: decenas de millares de indios dispersados, matados o capturados como esclavos. Los españoles de Paraguay no intervenían, por la lejanía de los sitios, por la insuficiencia de sus fuerzas armadas y también por la antipatía hacia la experiencia de los Jesuitas que muchos esperaban que fuera interrumpida.

La batalla sobre el Río Uruguay y un siglo de paz

Los misioneros deciden reaccionar del único modo posible, es decir volviendo autónomas también las defensas de sus Reducciones, como ya lo eran en campo productivo, administrativo, comercial, etcétera. En el 1638 el jesuita Ruiz de Montoya, el misionero más importante en la historia de las Reducciones, es mandado a España para conseguir el permiso para armar a los indios. La Corte devuelve la decisión al Virrey de Lima, (sensible a las razones de los Jesuitas porque defienden las posesiones españolas contra los paulistas): las Reducciones se arman y los indios son adiestrados al uso de las armas modernas. En el 1639 por la primera vez los indios Guaraníes se defienden y ponen en fuga a los asediadores paulistas en Caapaza Guazú.
La derrota quema a los paulistas que preparan una gran expedición para acabar con los Jesuitas españoles y sus Guaraníes. En el 1641, 500 mamelucos con 2.500 Tupí, sobre 900 canoas y un poderoso armamento, bajan al curso del Río Uruguay. Pero no saben que los están esperando y que las Reducciones han organizado bien la observación y la defensa. 4.000 guerreros guaraníes, organizados por el hermano jesuita Domingo Torres, veterano del ejército español, están listos para acudir a la primera señal. El 11 de marzo de 1641 los paulistas padecen un imprevisto ataque a fuego sobre el Río Uruguay: los Guaraníes, con 300 fusiles y hasta un rudimentario cañón, desbaratan a los atacantes. Una matanza. Dispersados en las selvas circunstantes, los paulistas piden una tregua, que no es aceptada. La batalla continúa por agua y por tierra: al final, se cuentan unos dos mil muertos entre los Tupíes y los mamelucos, que abandonan a los Guaraníes 600 canoas y 300 fusiles y arcabuces.
Esta batalla sobre el alto Río Uruguay ha cambiado el mapa político del Sur América: si los paulistas hubieran ganado, no sólo el experimento de las "Reducciones" habría acabado 127 años antes de lo que en fin ha sucedido, sino el dominio portugués se habría extendido hasta todo el Paraguay actual, cortando las comunicaciones entre las posesiones españolas sobre el Río de la Plata, (Buenos Aires), Perú y Bolivia. La batalla señala el inicio, para las Reducciones jesuitas, de una paz que dura más de un siglo. Empieza la fase de expansión y de consolidación de la misión jesuítica.

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