La mitad es más que el todo
autor: Olivier Rey
matemático, docente de filosofía en la Universidad Panthéon-Sorbonne
Nadia Correale (entrevistadora)
docente de matemáticas y ciencias en la escuela secundaria de primer grado
Flora Crescini (entrevistadora)
docente de literatura e historia en el ITIS "Righi" de Corsico (Milán)
fecha: 2011-04-19
fuente: SCIENZAINATTO/ La metà è più del tutto
traducción: María Eugenia Flores Luna

En esta intensa conversación en que se alternan preguntas positivamente «provocadoras» y respuestas no descontadas, es puesto como tema el problema de qué meta con certeza pueda ponerse la ciencia, certeza que implica la renuncia a la totalidad y a la implicación también afectiva del sujeto pensante.
La entrevista ha sido concedida el 19 de enero de 2011 con ocasión del seminario tenido en el Centro Cultural de Milán

¿Qué significa alcanzar una «certeza» en ámbito científico? ¿Es posible alcanzarla? Se está hablando de la posibilidad de expresar, cuando se conoce con el método científico, un juicio cierto, con base a los instrumentos de los que se dispone, sea teóricos que prácticos.

Una cosa hace falta admitirla: también en el ámbito de las ciencias practicadas con el más grande rigor, la certeza absoluta no es posible. En las ciencias de la naturaleza, por ejemplo, nada puede garantizar que un día un hecho no vendrá a desmentir la ley mejor establecida. En matemáticas, nada garantiza de modo absoluto la validez de nuestros razonamientos. Establecido eso, hay muchos casos en que, entre la duda y la certeza, es más razonable elegir la certeza. Decir que la ciencia no provee una certeza absoluta no equivale a decir que no hay diferencia entre la ciencia y el discurso cotidiano. El método científico permite establecer resultados objetivos con un grado de certeza inigualada. Se puede notar, además, que, en el ámbito de las ciencias de la naturaleza, las leyes que en cierta época se pensaban absolutas no vienen nunca a encontrarse, para ser precisos, invalidadas después: se descubren sólo, eventualmente, los límites a su campo de aplicación. En matemáticas puede ocurrir que se encuentra un «punto ciego» en un razonamiento. Un ejemplo: en el siglo XX se ha descubierto que los axiomas de Euclides no permiten definir qué cosa signifique, para una recta, el hecho de que un punto esté «entre» dos puntos dados. Eso no quiere decir que los razonamientos que se referían a esta noción se hayan derrumbado. Sólo hace falta tomar la precaución, hasta aquí descuidada, de definir matemáticamente esta noción intuitiva, que es aquella que la topología moderna permite sin dificultad.

¿Según usted, cuánto y cómo incide la propia actitud personal con respecto a la posibilidad de hacer experiencia de la verdad en el ámbito de la investigación científica?

Simón Weil ha insistido sobre la diferencia entre conocimiento exacto y verdad. «Si un hombre - dice - sorprende en flagrante adulterio a la mujer que ama y en la que había puesto toda su confianza, él entra en contacto brutal con la verdad. Si viene a saber que una mujer, a él desconocida, de la que siente el nombre por primera vez, y en una ciudad que conoce igualmente poco, ha traicionado al marido, esta noticia no cambia para nada su relación con la verdad». Según Simón Weil este ejemplo provee la clave: «La adquisición de los conocimientos hace acercar a la verdad sólo cuando se trata del conocimiento de aquello que se ama, y no en otros casos». Dicho en otras palabras, la experiencia auténtica de la verdad depende de la relación que el sujeto tiene con su objeto de estudio. El método científico moderno es muy eficaz para proveer conocimientos exactos. Desdichadamente, esta eficacia a menudo es demasiado adquirida con el neutralizar de la relación personal con el objeto, lo que impide a estos conocimientos ser verdades para el sujeto.

Durante el seminario que se ha tenido en el Centro Cultural de Milán (CMC) el miércoles 19 de enero de 2011, usted ha citado una frase que aquí reporto: «El error no es lo contrario de la verdad sino el olvido de la verdad contraria». ¿Cree que es necesario tenerla presente también en el ámbito científico? ¿Si es así, qué cosa significa tener abierta la propia razón a todas las posibilidades? ¿Puede hacer ejemplos al respecto?

La frase a la que se hace referencia es de Pascal, que pensaba en aquel entonces en las diferentes herejías cristianas. (Por ejemplo: el error de los monofisitas, que afirman que Cristo tiene una sola naturaleza, aquella divina, no es lo contrario de la verdad - porque Cristo tiene ciertamente esta naturaleza divina -, sino es el olvido de la verdad contraria, vale decir que Cristo también tiene la naturaleza humana). En el ámbito científico, las cosas van de otra manera. Dentro de una teoría científica dos verdades contrarias no podrían coexistir.
Allí donde la frase de Pascal se vuelve válida es en una cierta articulación entre las diferentes teorías. Por ejemplo, se imagina de buena gana la física de las partículas como más «fundamentales» que la física de los sistemas macroscópicos, porque los sistemas macroscópicos son formados por partículas. Sin embargo nuestra experiencia, como quiera que sea, siempre se realiza sobre la escala macroscópica, lo que hace sí que el mundo de las partículas necesariamente se encuentre deducido por esta escala macroscópica. En este sentido, la escala macroscópica es más «fundamental» que la escala microscópica, o, al menos, lo es igualmente. El mismo tipo de situación se encuentra, formalmente, en las relaciones del pensamiento científico con el sujeto pensante. El pensamiento científico puede nutrir la ambición de dar las razones de cada cosa, incluso comprendidos los mecanismos gracias a los que el sujeto humano piensa. Pero por otro lado, siempre es a este sujeto al que la ciencia se dirige, al cual presenta sus conclusiones. Dicho de otro modo, el pensamiento se mueve dentro de un círculo. Se puede agrandar indefinidamente el círculo del conocimiento, pero no transformar el círculo en una línea recta. Resulta, para el conocimiento científico, una imposibilidad de principio a alcanzar la plenitud - lo que aparece como un defecto en virtud de una identificación ilusoria entre aquello que vale y la totalidad. Al contrario, es justo porque un conocimiento no es total que él tiene valor. Que la ciencia no pueda decir todo es precisamente aquello que le permite decir algo. Es el sentido del proverbio délfico: la mitad es más que el todo. También es el sentido de la leyenda de los libros sibilinos, en que era anotado el destino de Roma: es porque habían solo tres de nueve que eran muy preciosos.

¿Se puede hablar de certeza científica prescindiendo del contexto de la comunidad científica a la cual se pertenece?

Quien dice matemáticas dice demostración. ¿Cómo los Griegos pues han llegado a elaborar la que es llamada una demostración? Buscando caminos de pensamiento tales que también la persona menos dispuesta respecto a su interlocutor no pudiera hacer de otra manera que consentir a cada una de las etapas del camino. Es en la relación con los otros que se han elaborado las reglas de demostración - que cada uno es luego capaz de interiorizar y aplicar. Esta genealogía muy humana de la demostración no quiere decir que las demostraciones no nos conduzcan a un ámbito ideal independiente de nosotros. Quiere sólo decir que es siempre al interno de una comunidad humana que podemos tener acceso a este ámbito. No conocemos la verdad si no viviendo al interno de una comunidad y de una tradición orientada hacia la verdad. Aquello que vale para las matemáticas vale para todas las ciencias.

¿La tradición juega un papel positivo para el progreso de la ciencia o bien amenaza constituir un freno?

Conocemos la célebre frase de Whitehead: «Una ciencia que incita a olvidar a sus fundadores es condenada al estancamiento (A science which hesitates to forget its founders is lost)». Hay momentos, en el desarrollo de una ciencia en que hace falta saber romper con el pasado. Sin embargo, una vez che se ha consumado la rotura, es bueno reanudar los hilos. Porque aquello que ha sido adquirido a través de la rotura no mantiene realmente y duraderamente un sentido si no partiendo de eso con que ha sido necesario romper. A corto plazo, el olvido de los fundadores permite progresar más rápidamente. A largo plazo, el olvido de los fundadores amenaza con tener un efecto esterilizante, por la pérdida progresiva del sentido de aquello que se hace. A mi modo de ver, el hecho de olvidar a los fundadores, o al contrario de dirigirse a ellos, es una cuestión de oportunidad. Hay momentos para el olvido y momentos para la memoria. Pero, evidentemente, el olvido no tiene que ser nunca un verdadero olvido, solamente un poner entre paréntesis; de otro modo la memoria, cuando se necesita, ya no podría ser hallada.

¿La comunidad científica amenaza actualmente con perder el valor de la tradición científica? ¿Si es así tal pérdida está de algún modo conectada con la poca claridad del verdadero significado de certeza científica, erróneamente entendida en base a las dos tendencias opuestas relativistas y cientistas?

Husserl, al final de su vida, ha escrito un texto titulado “La Tierra no se mueve” (título original: Die Ur-arcas Erde Bewegt sich nicht) [1]. Diciendo eso, Husserl no recomendaba un retorno al sistema geocéntrico de Tolomeo contra el sistema heliocéntrico de Copérnico. Quería recordar esto: para decir que la Tierra es móvil alrededor del Sol, hace falta saber qué cosa sea el movimiento. Y cada uno de nosotros, nacido en la Tierra, elabora la noción de movimiento oponiendo objetos que se mueven con respecto a una referencia absolutamente fija, el suelo terrestre bajo los mismos pies. Por consiguiente, es porque todos nosotros empezamos con probar la Tierra como fija que podemos comprender qué es el movimiento y decir un día que la Tierra gira. El cientifismo tiene la tendencia a olvidar esta solidaridad fundamental de la ciencia con el pensamiento humano que la lleva, y con el camino que este pensamiento tiene que recorrer para llegar a la ciencia. Ya que olvida las condiciones de posibilidad de la ciencia, el cientifismo amenaza la perennidad de esta ciencia que cree hacerla triunfar. En la parte opuesta, el relativismo consiste en pensar que, ya que la ciencia siempre depende de la experiencia de un sujeto o una comunidad de sujetos, sus conclusiones siempre quedan completamente relativas a esta experiencia. Es un error de razonamiento: la singularidad de un camino no quiere decir para nada que este camino no pueda conducir a lo universal. Hace falta tener, sin detenerse, los dos cabos de la cuerda. De una parte la mira hacia lo universal; de la otra el hecho de que este mirar fijo lo universal siempre es la mira de sujetos singulares, integrados en una tradición histórica que tiene contingencias y particularidades propias.

¿Cree importante que en las escuelas se ayude a los estudiantes a tomar conciencia de la dimensión histórica de la ciencia, de modo de evitar que caigan en los opuestos excesos del cientifismo y del relativismo?

Es ciertamente importante dar a los alumnos la conciencia de la dimensión histórica de la ciencia. De otra parte no creo que sea sabio empezar desde aquí. Un niño está ante todo ávido del saber de su tiempo. Y es necesario ya haber aprendido muchas cosas antes de interesarse realmente del modo en que estas cosas han sido elaboradas a lo largo de los siglos. Es bueno estimular este interés en los alumnos, pero al momento oportuno. De otra parte, falta el tiempo para reponer los conocimientos en una perspectiva histórica. Según yo, el buen compromiso no es aquel de enharinar el conjunto de los estudios científicos con algunas consideraciones históricas, sino de saber, sobre algunas cuestiones bien selectas, romper el aprendizaje sistemático de los conocimientos con una exploración del camino gracias a la cual las nociones actuales se han elaborado. Más bien antes que hacerlo a menudo y superficialmente, es mejor hacerlo raramente y bien.

NOTAS
[1] Edmund Husserl, Umsturz der koperkanischenLehre in der gewöhnlichen weltanschaulichen Interpretation (“El cambio total de la doctrina copernicana en la interpretación de la corriente visión del mundo”). Este manuscrito, (caracterizado por la sigla D17), ha sido publicado por primera vez en 1940 en los Estados Unidos por Marvin Farber; se encuentra, con el título Grundlegende Untersuchungen zum phänomenologischen Ursprung der Raumlichkeit der Natur, en el volumen Philosophical Essays en Memory of Edmund Husserl, ed. M. Farber, Cambridge Mass., 1940

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