La profundidad de los sexos
autor: Fabrice Hadjadj
Rodolfo Casadei (entrevistador)
fecha: 2009-10-07
fuente: Sesso: Intervista a Fabrice Hadjadj
traducción: María Eugenia Flores Luna

Habla el filósofo francés que invoca una nueva Mística de la carne contra toda reducción de las relaciones a "masturbación asistida": «El tecnicismo y la moral burguesa encierran al deseo sexual en el preservativo. Es la Iglesia la única a no tener miedo de liberarlo hasta el final»

Conversar con Fabrice Hadjadj, el autor de Mística de la carne. La profundidad de los sexos, es una experiencia de gran placer intelectual. Mediante su lenguaje siempre lúcido tenemos la impresión de sentirnos llevados simultáneamente a la profundidad de los argumentos y hacia lo alto, muy por encima del susurro pseudo-pansexualista. Treinta y ocho años, francés, nacido de padres hebreos de origen tunecina y convicciones maoístas, ama presentarse como un “hebreo de nombre árabe y confesión católica". Al catolicismo ha arribado después de una juventud transcurrida entre la admiración de los ideales revolucionarios de la Comuna de París y la inmersión en la lectura de los grandes nihilistas del Novecientos. Ha elegido bautizarse y convertirse en católico al umbral de los treinta años y si le preguntas por qué lo ha hecho réplica divertido: «Soy yo que me pregunto: ¿por qué no lo he hecho antes?». Fabrice Hadjadj enseña en un bachillerato y en el seminario diocesano de Tolón, pero es sobre todo un filósofo, una especie de Nietzsche católico, autor de una decena de libros en forma de ensayos y dramas teatrales. He aquí una síntesis de la conversación.

«La noción de educación sexual es problemática, porque la sexualidad implica la experiencia del deseo y de su exceso. El deseo sexual no se educa así como se uno se educaría para las matemáticas: no es una simple forma de instrucción. Se trata de un deseo que ya no nos hace sentir dueños de nosotros mismos. Esta experiencia de desposeimiento pide ser vivida plenamente, y aquí se acopla la exigencia de la educación en el sentido de un "acompañamiento" del deseo. Pero no para contenerlo, romperlo, disminuirlo, sino más bien: para ir hasta el final. En cambio hoy hay dos modalidades de practicar la educación sexual entre ellas opuestas, pero ambas equivocadas. La primera es la presentación de la sexualidad según una modalidad técnica, centrada en los temas del riesgo para la salud y de la planificación familiar, por lo cual en los bachilleratos se dice: "Miren que a través del sexo se transmiten enfermedades y se pueden ocasionar embarazos". El embarazo es puesto enseguida en el mismo plano de las enfermedades de transmisión sexual, y por tanto se aconseja el preservativo. El don de la vida está puesto en el mismo plano de una amenaza de muerte, es visto como una enfermedad. Por consiguiente la educación sexual consiste en el explicar cómo se aplica un preservativo, cómo se toma la píldora anticonceptiva o la píldora del día siguiente, etc. Pero ésta ya no es sexualidad, es algo del orden de una masturbación con pareja, de una masturbación asistida. El hombre está atrapado dentro de su mismo placer, no encuentra a nadie, no está en una relación sexual que presupone la apertura del hombre a una mujer que desea de tal manera que le parece ver en ella el amor de su vida. La sexualidad es reducida a un acto consumista que tiene que ser administrado según una modalidad técnica. Diciendo a los muchachos: "Hagan lo que quieran, pero protéjanse”, se transmite la idea de que el corazón de la sexualidad no es el encuentro, la unión, la comunión sino la preservación. En efecto la palabra última es: preservativo. Eso significa que el amor es pensado en términos de preservación, que la sexualidad es pensada en términos de protección de sí mismos. Todo está centrado en sí mismo, en el pequeño placer propio: se utiliza el otro como una cosa. Pasolini ha comprendido y denunciado bien esta destrucción de la sexualidad de parte del consumismo. Por otra parte hay una educación sexual concebida según una modalidad moral extrínseca. Es decir de una parte se coloca el deseo sexual, de la otra la moral que viene a ser obstrucción. La moral burguesa elimina a la sexualidad porque la considera como algo peligroso en sí misma. Y por lo tanto trata de controlarla. Dice que se necesita el sentimiento, el respeto del otro, etc. Como si, precisamente, la sexualidad fuera peligrosa en sí misma e hiciera falta añadir algo que en ella ya no está presente. La moral no está pensada a partir de lo que el deseo sexual en cuanto tal exige para ser él mismo, sino a partir de algo de externo que viene a contener tal deseo. Entonces por una parte tenemos el tecnicismo, de la otra el moralismo, y ambos son ineficaces en el educar a los jóvenes. Los cuales, cuando se les dice: "Protéjanse haciendo sexo”, tienden a contestar: "Sí, pero si igual tengo que morir y después no hay nada, ¿por qué debo protegerme? ¿Qué es este artificio de pequeño buen burgués, para preservarse? ¡Tenemos que morir! ¿Qué nos importa el futuro? Da igual ir al máximo, beber, emborracharse, tener muchas mujeres. Me dicen que el Sida mata, pero yo estoy en todo caso destinado a perecer, y entonces ¿por qué debería portarme bien?”. Cuando los adolescentes reaccionan al tecnicismo y al moralismo de este modo, son en realidad más profundos que los adultos. Tras una revuelta como ésta, aun cuando no es expresada, hay una profundidad y una exigencia de sentido que ni el tecnicismo ni el moralismo pueden dar».

Lo contrario de la represión

«El objetivo de una verdadera educación sexual, en mi opinión, tiene que ser la afirmación del deseo sexual hasta el final. Y por lo demás es lo que dice también la Iglesia. La Iglesia no prohíbe cierto el sexo, no es represiva, al contrario: es favorable al sexo hasta las últimas consecuencias, no con un pequeño preservativo que me protege, o con un leve frotamiento que me procura un leve placer y luego me voy de prisa. No: háganlo pues, pero lleven la experiencia hasta sus últimas consecuencias. La moral de la Iglesia no está contra el sexo, es la liberación sexual que está contra el sexo, porque lo reduce a un acto de consumo. La Iglesia está por la plenitud de la sexualidad».

El dualismo de la homosexualidad

«Cuando digo sexualidad pienso en la sexualización: el hombre y la mujer, el masculino y el femenino. La Iglesia rehúsa simplemente la homosexualidad porque no se trata de verdadera sexualidad. Decir homosexualidad es como decir "círculo cuadrado": Si los dos tienen el mismo sexo, viene menos la ordenación recíproca de los dos sexos. Si la sexualidad de ustedes no está abierta a la fecundidad, ¿de qué están hablando? Agarren el primer manual de zoología que encuentren, y descubrirán que la sexualidad está ligada a la cuestión de la fecundidad, de la procreación. Atención, cuando digo que la homosexualidad no es una sexualidad yo no discrimino: no estoy proponiendo juicios de valor, mi intento no es prescriptivo, sino descriptivo. También los griegos creían que la pederastia no era sexualidad, y justo por esto la consideraban superior. Para ellos era una realidad espiritual, algo que tenía que ver con la emulación viril y era ligada a su visión dualista de la relación entre alma y cuerpo. Llamar sexualidad a algo que no lo es sería una falsificación. Y esto también es importante para aquellos que son definidos homosexuales, llamados a tomar conciencia de que su deseo no es específicamente sexual. En realidad ellos hacen un uso no sexual de sus partes sexuales. No es porque las partes sexuales entran en juego que estamos obligados a definir eso sexualidad: yo puedo, si quiero, meter mi pene en una puerta pero lo que hago no es sexualidad. No son necesariamente actos sexuales todos los actos que yo puedo hacer con mis partes sexuales. Si vivo el amor y la comunión en oposición al dato físico de mi cuerpo, vivo una situación esquizofrénica, dualista. La Iglesia insiste sobre la unidad de carne y espíritu, de alma y cuerpo. Ninguna posición en el mundo es más unitaria que aquella de la Iglesia. Ella dice: son libres de hacer aquello que deseen, pero les recordamos solamente que si van en aquella dirección, habrá una rotura de su unidad personal, esta rotura nosotros la llamamos pecado».

El experto que mata el encuentro

«La cuestión central de la sexualidad es la comunión fecunda dentro de la cual los cuerpos expresan aquello que las almas viven. Frente a un tema de este tipo, ¿cómo puede la posición del "experto" no ser aquella de uno que impone una reducción técnica? El encuentro humano contiene algo que no entiendo. La idea misma de que se puedan hacer previsiones en materia de encuentro nos introduce en una lógica de cálculo de riesgo extraña a la esencia del encuentro. Ya no hay hombre y mujer que se encuentran para vivir algo único. Es exactamente lo que encontramos en 1984 de Orwell: también allí hay expertos que organizan todo. Y luego hay un momento en que el héroe del cuento huye de la toma del Estado totalitario: es cuando se encuentra solo con una mujer en la selva, y ella se desviste delante de él. En aquel momento está fuera de la lógica de los expertos, no hay ninguno que le dé indicaciones y le ordene cómo tiene que comportarse. Hace falta aceptar que en el ámbito de la sexualidad no existen los expertos. De otro modo se acaba en el tecnicismo y en la imposición social. La segunda cosa por decir con respeto a los "expertos" que entran en las escuelas, es que este hecho pone otro problema: hace imposible a los adolescentes la sexualidad como descubrimiento. Lo que predomina es un macizo discurso dentro del cual los gestos del deseo son reducidos a prácticas. Y por tanto a las técnicas: está la fellatio, está la sodomía, está el riesgo del Sida. Y esto es realmente terrible, porque al estar en un encuentro y en los gestos del deseo dentro de un encuentro, se sustituye la inducción de comportamientos. Y en vez de estar con el otro y vivir con el otro, se trata de conformarse con una normatividad hecha de normas sexuales, o mejor pseudo sexuales, que son impuestas a la persona: Ustedes tienen que hacer así y asá, si no lo hacen así se equivocan. Esto es peligroso porque ya no se está en el descubrimiento del otro y en el movimiento del deseo, se está en algo que es intrusión: la intrusión de una serie de normas y además la intrusión de la industria del látex, de la industria farmacéutica, etc. Por lo cual está prohibido contaminar los ríos, pero es lícito contaminar a las jóvenes mujeres con productos químicos: tienen que tomar píldoras, pastillas, etc. La técnica interviene en todas las relaciones, y esto destruye completamente el deseo. Al final se hace sexo igualmente, para divertirse un poco, pero fatigosamente, con infinitas reticencias, de modo mezquino, tratando de robar algún nuevo truco al Kamasutra. ¡Qué infelicidad! El católico, en cambio, es el verdadero hedonista. Tiene su mujer y va hasta el final. No pasa todo el tiempo a preguntarse: "¿Ay, qué sucederá ahora? ¿Qué riesgo estoy corriendo"?. Y si la semilla que ha introducido en la mujer vuelve bajo la forma del rostro de un hijo, la alegría es aún más grande. El placer sexual no está sólo en el acto carnal, también es la alegría de ver el rostro del propio hijo: es placer sexual también aquello. El acto carnal tiene una intensidad de placer muy fuerte y muy breve, luego hay una caída, toda la experiencia lo dice. Pero la alegría por la llegada de un hijo es un placer que no se apaga».

El feminismo no es hembra

«Hoy la sexualidad es siempre concebida de modo fálico. La dimensión femenina de la sexualidad tiende a desaparecer. También el feminismo, en gran parte, se ha extendido como reivindicación de valores masculinos de parte de las mujeres. No se ha visto todavía un feminismo que afirme los valores femeninos contra el machismo. Ha habido más bien una interiorización del machismo de parte de las mujeres, mediante la idea de que la igualdad es todo. Pero en el acto carnal el tiempo y el espacio masculino no son los mismos del tiempo y el espacio femenino. El hombre está en un espacio que es aquel de la exterioridad: el hombre penetra, engendra pero fuera de sí mismo, cumple un acto al externo de sí mismo. La mujer, en cambio, está en el espacio de la interioridad: recibe al hombre, lo acoge en sí misma y es capaz de acoger un ser humano entero dentro de sí misma. La mujer es habitable, cosa que no vale para el hombre. Por tanto lo femenino implica la afirmación de que en la sexualidad no existe sólo la vagina, también está el útero. En los semanales de moda hay tantísimo sobre el sexo de la mujer, pero no hay nada sobre el útero. La cosa interesante es ésta: cuando domina la concepción fálica y también el feminismo es fálico, la mujer es percibida como reducida a la vagina o al clítoris, pero el útero desaparece. Esto es muy interesante: la histerectomía es la condición, por así decir, del feminismo actual.
Por cuanto concierne al tiempo, el hombre se coloca en un tiempo corto dentro del acto carnal. Su deseo surge inmediato, mientras en la mujer, se sabe, se necesita más tiempo. Sucesivamente, el tiempo del hombre es aquel de la eyaculación, del orgasmo. Mientras por cuanto concierne al tiempo de la mujer, hay un tiempo femenino largo, que es aquel del embarazo. En la mujer hay una continuación al acto sexual. Que consiste en llevar en sí un hijo, cosa que el hombre no puede hacer. Hoy este espacio de la interioridad, este tiempo del embarazo, ha sido roto y también la mujer quiere estar en la exterioridad, con su clítoris entre las piernas que tiene el sitio del falo, y en el breve tiempo, que coincide con la obsesión del orgasmo. ¡Pero el orgasmo no es esencial para el acto sexual! Puede haber comunión entre los dos también sin orgasmo. Al máximo, un fracaso respecto al orgasmo, hasta con respecto a la penetración, puede ser un momento de comunión más profunda entre los novios dentro del drama de aquel fracaso. Se trata de reclamar la auténtica sexualidad femenina para hallar un equilibrio. Hace falta hallar el verdadero masculino y el auténtico femenino: el masculino que es dirigido a lo femenino, lo femenino que es dirigido a lo masculino. De modo que la mujer oriente al hombre también hacia el tiempo largo y la interioridad. Este feminismo de la feminidad es una necesidad. Aquello que es llamado educación sexual en realidad es la afirmación maciza de lo fálico. No sólo es destructivo, no sólo hace a la mujer una presa del hombre, sino hace de ello un seudo-macho. Una especie de macho defectuoso que desequilibra toda la sociedad».

Maternidad, la imagen de la ética

«Hubo una época en que la maternidad ha sido concebida como algo que no se ceñía a la libertad de la mujer. Ella era la que llevaba en sí al heredero del hombre o a los futuros ciudadanos: Mariana madre en alquiler, incubadora de los ciudadanos. La Francia ha conocido una intensa natalidad después de la derrota de Sedan en el 1870. Se decía: "Los alemanes son más numerosos que nosotros, hagan más hijos para Francia". Que es como decir: produzcan carne de cañón, hagan hijos para el Estado, para la gloria de la nación. Esto es no reconocer la maternidad como el advenimiento radical de una acogida respecto a una nueva persona que entra en el mundo, de acogerla por ella misma. La natalidad ha confiscado la maternidad, así pues por reacción la mujer ha querido emanciparse. Pero necesitaba emanciparse de la confiscación de la maternidad de parte del hombre y del Estado, no de la maternidad como tal, como en cambio ha ocurrido. Ya que la maternidad es una posibilidad específicamente femenina, pensar lo femenino en oposición a la maternidad como hacen ciertas feministas es llegar a la destrucción de la mujer. Y por consiguiente a la destrucción del hombre. Porque precisamente nosotros los hombres necesitamos de la mujer para abrirnos al misterio de la interioridad, del embarazo, de la paciencia, de llevar al otro para ponerlo en el mundo. Cuando trata de definir qué es la responsabilidad hacia el otro, Emmanuel Levinas propone una expresión y una imagen: llevar al otro. Y dice: es lo femenino que manifiesta esto. La ética tiene su imagen más fuerte en la maternidad, que es el lugar concreto de la responsabilidad. La acogida del hijo por sí mismo equivale a la expresión “hacer hijos para Dios". Porque la sexualidad en último análisis contempla esto: aumentar el número de los Electos; y el deseo sexual que nos conduce fuera de nosotros mismos es últimamente una astucia de Dios. Es Dios que llama, éste es el sentido profundo de la sexualidad. No se hacen hijos para el Estado, o para nosotros mismos, o para la autorrealización de la mujer. Se hacen hijos para la vida eterna».

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