La Regla de San Benedicto y la calidad del trabajo
autor: Mauro-Giuseppe Lepori
Abad General Orden Cisterciens
fecha: 2013-07-02
fuente: La Regola di San Benedetto e la qualità del lavoro
traducción: María Eugenia Flores Luna

Del leoncito al hombre

Hay un pasaje raro del salmo 103 que me hace reflexionar. El salmista está cantando las alabanzas de Dios para la creación del universo y de cada ser. A cierto punto habla del alternarse del día y de la noche

“mandas la oscuridad, y cae la noche: entonces rondan las fieras de la selva y los jóvenes leones rugen por la presa, pidiendo a Dios su alimento. Haces brillar el sol y se retiran, van a echarse en sus guardias: entonces sale el hombre a trabajar, a cumplir su jornada hasta la tarde”. (Sal 103,20-23)

Me conmueve este alternarse en la escena del tiempo entre las bestias salvajes de la selva que habitan en la noche y el hombre que vive de día, y vive con su trabajo. Es como si en el gran escenario de la creación, que es toda positiva, tanto que el salmista también hace rogar a los leones que “piden a Dios su comida”, el rol del hombre sea trabajar a la luz del sol. El tiempo del hombre es el día, y es un tiempo operativo, creativo, aunque comporta la fatiga. Las bestias de la selva habitan en la noche con su instinto famélico, con sus rugidos, y con su tendencia a vivir como predadores, a saciarse con la supresión de quien es más débil que ellos. El espacio de las bestias es un espacio puramente natural, primario en las necesidades y en las satisfacciones. La bestia, si le pide a Dios algo, sólo pide comida, no pide Dios. La bestia pide la presa que lo sacia, algo de aferrar y consumir, y es todo.

El espacio y el tiempo del hombre, contrapuesto a este mundo de pura naturaleza instintiva y física, es un espacio cultural, un espacio de trabajo, de fatiga para colaborar a producir lo que nos sacia, lo que nos satisface. El hombre sale al finalizar la noche para colaborar con Dios en la obra de la luz, del sol, de la tierra.

Este pasaje del leoncito salvaje, en busca de presa en la noche, al hombre maduro que sale a trabajar en la luz asumiendo la fatiga, es un pasaje que tiene que ser educado en cada vida, es el objetivo real de la educación, de la formación del hombre. Sin una educación para pasar del aferrar una presa al vivir de un trabajo, el hombre queda como una bestia inmadura, que grita fuerte en la noche. Como Pinocho que dice al grillo parlante: “Yo, para decírtela en confianza, de estudiar no tengo ganas, y me divierto más a correr detrás de las mariposas y a subir por los árboles a coger los pajaritos del nido”. Y el grillo trata de convencerlo: “Y si no te agrada ir a la escuela, ¿por qué no aprendes al menos un trabajo, tanto para ganarte honestamente un trozo de pan?

-¿Quieres que te lo diga? - Replicó Pinocho (…) -Entre las profesiones del mundo hay sólo una que realmente me conviene. (…) Aquella de comer, beber, dormir, divertirme y hacer de la mañana a la noche la vida del vagabundo”. (Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho, Cap. IV)

Más tarde le dirá al Hada de cabello celeste, siempre como objeción al empeño del trabajo: “Porque trabajar me parece fatigoso” (Cap. XXV).

La educación al trabajo en el fondo coincide con la educación a la madurez humana de una persona, que no es instintiva porque comporta la integración en el propio proyecto de vida de una fatiga por algo más grande que la inmediata y salvaje satisfacción. El trabajo es para una obra más grande que aquello que da la gana, y más grande que las necesidades inmediatas, animales, del ser humano, es decir, como dice Pinocho, el comer, el beber, el dormir, el divertirse. El hombre maduro “sale a su trabajo, a su fatiga hasta tarde”, como dice el salmo. El hombre inmaduro, como dice Pinocho, hace “de la mañana a la noche la vida del vagabundo”, es decir continúa a la luz del sol el vagar nocturno de las bestias de la selva (cfr. Sal 103,20).

El trabajo y la fatiga

¿Cómo se pasa de la inmadurez a la madurez? ¿Cómo convertirse en hombres adultos, maduros, responsables? ¿Y en particular en el trabajo, en la capacidad de obrar, de actuar sobre la creación? Pienso que debemos partir de estas preguntas para interrogar a san Benito y captar su aporte a la conciencia del sentido del trabajo, su aporte a la educación al trabajo responsable, y por lo tanto también al rol de quien en un modo u otro tiene una responsabilidad sobre el trabajo de los demás.

Pero primero querría hacer una nota “original”, sobre el origen de los términos y de las realidades que queremos entender. El salmo habla de trabajo y de fatiga, al menos en la traducción italiana. Ahora, si leemos el relato de los primeros capítulos del Génesis descubrimos dos cosas: que el trabajo es creado y solicitado al hombre enseguida, ya en el paraíso terrenal, es decir antes del pecado: “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo custodiara”. (Gen 2,15)

En cambio la fatiga en el trabajo viene después del pecado, después de la desobediencia del hombre a Dios: “Dijo al hombre: “Ya que has escuchado la voz de tu mujer y has comido del árbol del que te recomendé: ‘No debes comer’, ¡maldito el suelo por tu causa! Con dolor tendrás la comida durante todos los días de tu vida. Espinas y cardos producirá para ti y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella has sido tomado: ¡polvo eres y al polvo volverás!”.” (Gen 3,17-19)

Con el pecado, con la desobediencia al diseño de Dios sobre el hombre, entre el sujeto que trabaja y la realidad positiva del trabajo como colaboración del hombre a la obra bella y buena del Creador, se ha introducido la fatiga. El trabajo se ha vuelto para el hombre una realidad con la que está en conflicto, con la que fatiga. El razonamiento de Pinocho no debe asombrarnos.

Para que el hombre recupere la positividad de la dimensión del trabajo, que para Adán en el Edén era inmediata, para que pueda experimentar el trabajo con una calidad que le corresponda, se necesita una reconciliación con la fatiga, se necesita una redención de la fatiga, o un vivir la fatiga como redención, como camino de hallazgo de la positividad del trabajo y de la vida. Es éste que debería ser el objetivo de una formación al trabajo, de una educación al trabajo. La formación más que una fatiga, es una reconciliación con la fatiga, es una domesticación de la fatiga, para hallar más allá de ella, o a través de ella, la dimensión positiva del trabajo, la dimensión del trabajo que realiza al hombre, que lo hace vivir en su dignidad de imagen de Dios junto a la otra dimensión de la imagen que es la relación afectiva entre el hombre y la mujer, o en general la capacidad de amar.

En el designio de la Salvación, en el camino de redención que Dios propone enseguida al hombre después del pecado original, pero que se cumple en Cristo crucificado y resucitado por nosotros, hay un aspecto precisamente de reconciliación con la fatiga del vivir, para que, de realidad impuesta como castigo, se convierta en una realidad acogida y escogida, una realidad asumida para expresar el don de la vida, para expresar un amor gratuito, en el cual podemos superar a nosotros mismos para hallar nuestra verdadera naturaleza, que precisamente es aquélla de criaturas hechas a imagen de Dios y para Dios. Esta dimensión del crecimiento humano, san Benito la antepone a toda la Regla, al final del Prólogo, porque sabe que frente a la propuesta de un camino somos todos Pinochos asustados por la perspectiva de la fatiga. Escribe: “Debemos pues constituir una escuela para el servicio del Señor. Con esta institución esperamos no establecer nada duro, nada agobiador (nihil asperum, nihil grave: da la idea de un camino empinado, llevando peso). Pero si un motivo de justicia sugiriera introducir algún elemento de severidad, para corregir los vicios o para custodiar la caridad, no te dejes coger de repente por el miedo, para abandonar la vía de la salvación que al inicio no puede ser más que estrecha. Después en cambio, a medida que se penetra en el camino de la vida monástica y de la fe, se corre sobre la vía de los mandamientos de Dios con el corazón dilatado por la dulzura indecible del amor. Y así, sin alejarnos nunca de su enseñanza, y viviendo en el monasterio, firmes en su doctrina hasta la muerte, participaremos, a través de la paciencia, en la pasión de Cristo, para merecer tener parte con Él en su Reino”. (Prólogo 45-¬-50).

En cierto sentido, Dios ha dado al trabajo del hombre pecador la dimensión de la fatiga como ha dado a la vida la dimensión de la muerte. Aparentemente es un castigo, pero en realidad es como una llamada constante a superarnos a nosotros mismos, a no encerrarnos en la dimensión de “presa”, de “algo aferrado y tenido para uno mismo”, en la que el hombre ha querido transformar la creación aferrando y comiendo el fruto prohibido. Dios le ha dado al hombre la fatiga del trabajo, la fatiga en la procreación de los hijos y la fatiga suprema y temible de la muerte, para impedirle al hombre de reducirse a “leoncito en busca de presa”, para dejar siempre abierta delante del hombre la posibilidad de realizarse más allá de sí mismo, y más allá de la simple posesión y consumo de las cosas, de las personas, de su propia vida. La fatiga, el atenuarse de la vida, la muerte, son como una semilla de posibilidad de resurrección que Dios ha insertado en la aventura humana para que el hombre no perdiera su vocación al amor. El Hijo de Dios que por nosotros ha nacido, ha vivido, ha fatigado, ha trabajado, ha padecido y ha muerto ha como revelado el sentido positivo de todo lo que el hombre tiene la tendencia a maldecir, precisamente la fatiga, el dolor, la muerte. Realidades no tanto positivas en sí, sino positivas por cómo pueden ser vividas, por el sentido que pueden tener en nuestra vida, por lo que pueden expresar.

En la escuela de San Benito

Hechas estas premisas, que me parecen importantes para entender cómo san Benito educa para vivir el trabajo, venimos efectivamente a lo que nos enseña su Regla y la experiencia de vida que alimenta desde hace quince siglos acerca del trabajo y la responsabilidad. Tengo presente que me dirijo a personas que operan en una “comunidad de trabajo” bien particular, al servicio de la Sede Apostólica, y por lo tanto al servicio de la Iglesia en la unidad y universalidades garantizadas y testimoniadas por el Sucesor de San Pedro, como bien lo ponía en evidencia la Carta del Beato Papa Juan Pablo II acerca del significado del trabajo prestado a la Sede Apostólica, del 20 de noviembre de 1982.

El trabajo en relación con uno mismo

Creo que se pueda decir que un elemento fundamental de la calidad del trabajo según san Benito es la relación con uno mismo. La calidad del trabajo depende ante todo del bien que se quiere para uno mismo, del deseo de ser realmente felices, de encontrar una unidad para la propia vida. El problema de la fatiga que señalaba antes es en el fondo un problema de sentimiento de alienación que se percibe en el trabajo con respecto al bien que se desea para uno mismo. Hay como un disturbio de correspondencia entre el trabajo que se hace y se tiene que hacer, y el propio yo, con su sed de felicidad, de realización, de plenitud.

Cuando habla de modo explícito del trabajo cotidiano, dedicándoles el capítulo 48 de su Regla, san Benito inicia enseguida con estas palabras significativas: “Otiositas inimica est animae - la ociosidad es enemiga del alma” (RB 48,1). Es una llamada a vivir el trabajo como amar la propia vida, como un ser amigos de la propia alma, es decir del propio yo. Sin una obra, la vida no crece, no se construye, no se convierte en adulto maduro. No se convierte en uno mismo. El trabajo no es un mal necesario que hay que reducir lo más posible. Es una dimensión esencial para el crecimiento y la expresión de la persona. Vivir el trabajo sólo en función del tiempo libre, de las vacaciones, de la jubilación, es una aberración del sentimiento hacia uno mismo, es una falsa relación con uno mismo, una enemistad hacia sí mismo, aunque este falso ideal es propuesto continuamente por la mentalidad dominante y por los medios de comunicación.

Es como si san Benedicto hiciera depender toda la necesidad del trabajo de esta convicción que sin trabajo el hombre no es amigo de sí mismo. Luego, al final de este capítulo, también habla de la necesidad de trabajar para vivir, en otros capítulos nos hace entender que hace falta trabajar para ayudar a los pobres, los débiles, los enfermos, etc., pero el primer punto que reclama es que el trabajo es un bien para uno mismo, para la propia felicidad y plenitud, que es expresión de un verdadero amor por sí mismo, y por uno mismo como anima. El alma es en la Regla, como en la Biblia, el sujeto personal, la vida, que tiene necesidad de ser salvada. La salvación de las almas es un tema recurrente en la Regla, y debe ser la principal preocupación del abad del monasterio (cfr. RB 2,31-¬-38; 41,5).

Este planteamiento fundamental de la calidad del trabajo sin embargo también es enseguida un criterio que impide reducir el concepto de trabajo a una sola dimensión. En efecto, para san Benito, lo que combate la ociosidad enemiga del alma no es sólo el trabajo manual, sino también la lectura meditada: “La ociosidad es enemiga del alma. Por eso los hermanos tienen que estar ocupados, en tiempos determinados, en el trabajo manual y en otras horas en la lectura divina”. (RB 48,1)

Esta preocupación de san Benito de dosificar para cada monje el trabajo manual y el trabajo intelectual, o quizás mejor el trabajo del espíritu, nos ayuda a tener en cuenta un aspecto que hoy de hecho es olvidado: que la persona humana es una unidad compuesta por diferentes niveles, y que sólo respetando todas las dimensiones de la persona se pueden regular de modo adecuado y constructivo los ámbitos de la vida, precisamente como el trabajo. No se puede reglamentar el trabajo y vivir con armonía constructiva del yo si no se tiene en cuenta que el hombre no es sólo cuerpo, necesidad de comer y beber y reposarse, sino también es alma y espíritu que incluso implican un compromiso, un trabajo adecuado y correspondiente a su naturaleza y a su deseo. La armonía de la vida benedictina entre plegaria, lectura y trabajo manual está basada en una visión integral del hombre, de su naturaleza y vocación. Y ciertamente, el trabajo de meditación a partir de la Sagrada Escritura y de los Padres también es lo que hace al hombre sensible a su alma, sensible a las verdaderas y profundas exigencias de su corazón, por lo cual este trabajo luego también permite ejercer el trabajo manual, o en todo caso “profesional”, el trabajo “para ganarse el pan”, con una posibilidad mayor de juzgarlo, de encuadrarlo y regularlo, y de hacerlo camino e instrumento de edificación del yo, incluso cuando es fatigoso y poco gratificante. Porque es quién opera, y cómo opera, que da calidad al trabajo. Un “yo” que profundiza la conciencia de sí mismo y su naturaleza y vocación, más fácilmente sabrá dar sentido y calidad a su trabajo, para que el trabajo dé sentido y calidad al yo.

Para san Benito ésta también es una de las calidades principales de un superior. El abad está llamado a conducir la comunidad más con la sabiduría que con la autoridad. En el capítulo 2 la Regla afirma que la enseñanza del abad debe “ser rociada como fermento de justicia divina en las mentes de los discípulos” (RB 2,5). Eso me parece un punto esencial, demasiado descuidado en la sociedad actual en que el hombre parece moverse sólo por ideología o por influencias mediáticas.

La fuerza de la Iglesia siempre ha estado allá donde la responsabilidad ha sabido y sabe ejercitarse en una enseñanza de sabiduría que interpela al hombre desde dentro, suscitando e iluminando su libertad, precisamente como un “fermento”, una “levadura” de justicia divina, es decir de vida vivida según Dios, vale decir en su verdad original, integral y completa. Hace años he sido invitado a tener una intervención parecida a la de hoy para un seminario de ejecutivos de un gran banco suizo. Trabajaban sobre una publicación interior del banco que ilustraba un método para dirigir a los dependientes. Esta publicación me horrorizó, porque me parecía leer las instrucciones de funcionamiento de mi ordenador. Faltaba el sentido y el sentimiento que se hablara de seres humanos, de trabajo humano, de una comunidad de trabajo humano. Allí he entendido aún más la originalidad y sobre todo la humanidad del aporte de san Benito a la cultura europea, que es la traducción del Evangelio en cultura, de la fe en Jesucristo en vida nueva en cada ámbito de la existencia. La “filosofía” de la publicación del banco no era “fermento de divina justicia”, porque no se dirigía a las personas capaces de libertad y responsabilidad. Tendía a hacer funcionar a los empleados como funciona un mecanismo. El objetivo era evidentemente la ganancia del banco, no la realización de las personas que trabajan. El objetivo era el trabajo, no el hombre que trabaja.

Si no hay esta atención, y si no se la cultiva también con un aporte de juicio, de sabiduría, el trabajo y la ganancia se convierten en ídolos, en detrimento del hombre y últimamente también del trabajo mismo.

Hago un ejemplo del capítulo 41 de la Regla en que san Benedicto dispone el reglamento de las horas de las comidas según las estaciones y los tiempos litúrgicos. El abad es invitado a adaptar la hora de la comida teniendo en cuenta todos los factores y las circunstancias reales de la vida humana: “Si hay trabajo en los campos o el calor veraniego es excesivo, se mantenga la comida de sexta (mediodía): el abad los provea. Del mismo modo, el abad debe regular y disponer cada cosa teniendo de mira la salvación de las almas y que los hermanos desarrollen su encargo sin tener fundados motivos para quejarse” (RB 41,4-¬-5). Se diría que Benito prevenía el tiempo de los sindicatos y de las huelgas… Pero aparte de eso, nos hace entender claramente que el objetivo último de todo, del trabajo y del descanso, del orar y del comer, es que el hombre alcance su destino, su salvación, y que en esta tensión pueda vivir todo, en este caso el trabajo, con sentido y con gusto como una realidad buena a través de la cual alcanzar su felicidad.

La libertad de la humildad

Cuando el hombre es educado para meditar sobre su vida a la luz de la Palabra de Dios, a la luz de la Revelación, por lo tanto del Verbo de Dios hecho hombre, a la luz de Jesucristo, el primer efecto positivo es que ningún aspecto particular de la vida logra encerrar y agotar el significado que el hombre da a su existencia. No basta simplemente con trabajar, ocuparse, para derrotar el ocio enemigo del alma: es sobre todo necesario vivir el trabajo dentro del horizonte del significado total de la vida. San Benito consagra el más largo y detallado capítulo ascético de su Regla a la búsqueda de la humildad y a su formación a través de las circunstancias de la vida. Para él, la humildad es la vía que conduce a la persona a la libertad del amor filial y fraterno. E inicia este capítulo diciendo: “La divina Escritura, hermanos, nos grita: Quien se enaltezca será humillado y quien se humille será exaltado” (RB 7,1). Por lo cual, si el trabajo manual va siempre acompañado con el trabajo de meditación de la Palabra de Dios, es precisamente para que no falte nunca el trabajo el grito de la Escritura que inserta en la vida el juicio que la humildad es el secreto de la verdadera realización de nosotros mismos.

El efecto de este juicio sobre el trabajo y cada actividad es que nos libera de nuestra tendencia a reducir nuestra obra a ídolo de nuestra soberbia.

Muy instructivo es el capítulo 57 de la Regla, sobre los monjes que ejercen un arte. Inicia enseguida diciendo: “Si en el monasterio hay expertos en algún arte, ejerzan su trabajo con toda humildad” (RB 57,1). La humildad también es una relación con el trabajo y los propios talentos que los mantiene en su verdad con respecto a la vocación global de la persona. Somos creados para Dios, no para el trabajo o la ganancia, y si éstos se convierten en ídolos, el primero en perderse es el que cae en esta idolatría. En el fondo el orgullo y la codicia nos hacen retroceder al estado de “leoncitos en busca de presa”, aunque ejerzamos las artes más elevadas. Por eso san Benito no titubea en sacrificar todo por la gloria de Dios, consciente de que es en ella que el hombre se realiza plenamente. El capítulo 57 continua así: “Si luego alguien se engríe por su pericia en aquel trabajo (…) sea retirado de aquella profesión y ya no la retome, a menos que el abad, viéndolo humilde, se lo permita de nuevo. Si se tiene que vender algún producto de la artesanía del monasterio, cuiden que los que tienen el encargo de tratar la cosa que no se permitan algún fraude. (…) También en fijar los precios, no se insinúe el pecado de la avaricia (…) para que en todo Dios sea glorificado”. (RB 57,2-¬-9)

Entonces, en todo y a través de todo, la preocupación de Benito es el crecimiento de la persona en su fundamental vocación de criatura hecha para cumplirse en el amar y glorificar a Dios.

Trabajar para la gloria de Dios

La humildad es una conciencia de sí mismo que glorifica a Dios. También el trabajo por lo tanto, si quiere ser plenamente humano y realizar al hombre, necesita la referencia a Dios. Es otra dimensión, aunque precisamente conexa a la anterior, de la verdad del trabajo según san Benito.

El trabajo en el monasterio no está sólo intercalado por la plegaria, sino penetrado por ella. Cuando Benito dice a propósito de la venta de los productos del monasterio que debe ser hecho en cierto modo “para que Dios sea en todo glorificado” (57, 9), expresa justo esta conciencia de que la relación con Dios es verdadera si penetra toda la vida, si hace verdadera toda la vida, también el uso del dinero.

No se trata sólo de rezar mientras se trabaja, se trata, en el fondo, de la conciencia de que la obra del hombre alcance su más alta realización cuando es vivida como instrumento de la obra de Dios, cuando expresa la obra de Dios, y esto cualquier cosa que se haga, también el trabajo más humilde y repetitivo que exista.

San Benito llama el Oficio divino, la liturgia cotidiana de las Horas, “obra de Dios - opus Dei”. Son momentos del día en que los monjes se educan a encontrar y reconocer la presencia de Dios. Desde estos momentos el monje tiene que salir llevando en sí una posición del corazón que san Benedicto llama “reverentia” hacia Dios: “Cuando termine la Obra de Dios, todos salgan [del oratorio] en gran silencio y en actitud de reverencia hacia Dios - habeatur reverentia Deo” (RB 52,2). La “reverencia” etimológicamente quiere decir prácticamente estar frente a una presencia más grande que nosotros reconociéndola verdadera, es decir reconocer una verdadera presencia, en este caso la Presencia de Dios.

En el capítulo 50, san Benedicto explica cómo deben rezar el Oficio los hermanos que trabajan lejos de la iglesia del monasterio. Pide que a la misma hora en que rezan los monjes que se quedan en monasterio, ellos arrodillándose “hagan la Obra de Dios en el mismo lugar donde trabajan - agant ibidem Opus Dei ubi operantur” (RB 50,3).

Para mí es una definición estupenda de la posibilidad que nos es dada para consagrar el trabajo humano. La actitud y el gesto de plegaria permiten insertar la Obra de Dios en la obra humana, realizando como una coincidencia física entre las dos obras, que se vuelven una sola Obra de Dios. Se adivina tras esta expresión el misterio de la encarnación: en Cristo y por Cristo, y en el misterio de su Cuerpo que es la Iglesia, lo humano y lo divino vienen a coincidir, a realizarse al mismo tiempo y en el mismo lugar. Y eso transforma la realidad humana, la cultura humana, en realidad divina. Pero sin excederse de la realidad humana, porque en Cristo es Dios que ha bajado a habitar y consagrar lo humano. En este caso, la Obra de Dios es como si bajara de la iglesia, del templo, al campo, a la tierra que el monje está trabajando, al material que está manipulando. El hombre se humilla delante de Dios y Dios lo eleva transformando la obra del hombre en Obra de Dios. La misma idea y la misma visión del trabajo la encontramos en el capítulo sobre el cillerero, es decir el ecónomo del monasterio, que es una obra maestra sobre qué significa trabajar, y sobre todo tener responsabilidad sobre una comunidad de trabajo. A cierto punto san Benito dice que “todos los utensilios y cada objeto del monasterio los considere como los vasos sagrados del altar” (RB 31,10). Expresa así una conciencia eucarística de la vida, y también de las cosas materiales. A través de la memoria de Cristo en el corazón del hombre, cada cosa se hace sagrada, consagrada a Dios, sacrificio de comunión, instrumento para acoger la Presencia salvadora de Dios en el mundo.

Comunidad de trabajo

Para acabar, no puedo omitir otra dimensión fundamental en la concepción del trabajo y de la responsabilidad en san Benito: la dimensión comunitaria. Podría utilizar casi todos los capítulos de la regla para hablar de ello, pero me limito al capítulo apenas mencionado sobre el ecónomo porque creo provea los elementos esenciales y quizás más útiles también para la situación laboral de ustedes.

El cillerero es administrador del abad en todos los ámbitos económicos del monasterio, es por lo tanto responsable de los bienes materiales y del trabajo de los hermanos, pero también de su subsistencia material. Pero para san Benedicto está claro que esta responsabilidad sobre cosas, actividades, dinero y necesidades, es una responsabilidad sobre la realidad de que es la verdadera sustancia de todas estas cosas: la vida comunitaria, la comunidad. El cillerero ejerce su responsabilidad sobre cosas y obras haciéndose responsable de las relaciones comunitarias. San Benedicto resume todas las calidades que tiene que tener con estas palabras: “sea como un padre para toda la comunidad” (31,2). Eso quiere decir que la preocupación de Benedicto es que la comunidad de trabajo sea una comunidad fraterna, y esto transforma toda la organización y la realización del trabajo. La conciencia de la relación diversa introducida por Cristo entre todos los hombres, convierte el modo instintivo con que el hombre vive todos los aspectos de la vida. En este capítulo sobre el cillerero, el ser “sicut pater” se opone a una lista de actitudes relacionales negativas: “no sea un gran comilón, ni soberbio, ni pendenciero, ni descarado, ni tacaño, ni despilfarrador” (31,1).

En Cristo, la comunión transforma toda la realidad, tal como la Comunión trinitaria es origen, fin y consistencia de cada cosa. El desafío que lanza Benito a todo el mundo económico es que el mejor trabajo, la mejor economía, son aquellos en que se trabaja por y con los hermanos, como si toda la comunidad de trabajo y la humanidad entera, no fueran otra cosa que una gran familia.

¿Utopía? Quizás. Pero lo que hace la utopía realidad siempre es el empezar por sí mismo, por la propia conversión a un modo de vivir y obrar que respete la verdadera sed de nuestro corazón, que no es de conquistar poder y riquezas, sino de amar y ser felices. Dos veces en el capítulo sobre el cillerero, san Benedicto hace una llamada a la alegría fraterna. Primero le dice: “No entristezcas a los hermanos” (31,6), y al final del capítulo revela el objetivo de todas las prescripciones: “para que nadie sea turbado o afligido en la casa de Dios” (31,19).

La conciencia de la relación nueva que Jesucristo ha introducido entre todos los hombres revelándonos al Padre y con el don del Espíritu Santo, es un principio de transformación de todo el mundo humano, un método de conciencia y de educación para vivir cada cosa en una novedad rescatada que corresponde a nuestra y universal sed de felicidad y cumplimiento en el amor.

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