La Revolución según Chaunu
autor: Pierre Chaunu (entrevista)
fecha: 1989-04-29
fuente: Il Sabato, 1989-04-29, pp. 72/6

Un aula de la Sorbona, en París. Afuera un enero templado. Adentro comienza la primera lección del año 1989. En la cátedra está el Profesor Pierre Chaunu, una de las autoridades de la historia moderna, miembro del Institut de France, con unos sesenta títulos a su nombre.
Empieza en tono sarcástico: "Entonces ésta es la primera lección del año: saben que en el 89’ caen una cantidad de aniversarios importantes". Y detalla una serie de acontecimientos históricos, científicos, económicos, pero no menciona palabra sobre la Gran Conmemoración, la que enorgullece a Francia desde hace ocho años: “He olvidado algo"? pregunta socarrón el doctor Chaunu, "no, no me parece que haya otra cosa importante para recordar."
Ha sido el Gran Aguafiestas del bicentenario de la Revolución. Brillante, corrosivo, listo, apenas ha dado a la prensa un libro de fuego, La révolution declassée, donde hace trizas el mito de la Revolución de 1789 y sobre todo el conformismo de los intelectuales de corte y la retórica de régimen de este bicentenario. Sus mismos adversarios no osan contradecirlo: hasta Max Gallo, obtorto collo [de mala gana], lo ha definido "un óptimo historiador". Y es prácticamente invulnerable, sin ser católico, ni reaccionario (en efecto es protestante y liberal). Hay una larga tradición liberal de áspera crítica a la Revolución, que empieza a finales del 1700 con el inglés Edmund Burke. Pero Chaunu ha ido más allá. Ha guiado las investigaciones de algunos jóvenes y brillantes historiadores franceses entre documentos y expedientes hasta ahora excluidos por la historiografía oficial, y han salido libros explosivos, sobrecogedores, como los de Reynald Secher sobre el genocidio de Vandea. Encontramos a Chaunu en su casa de Caen.

Profesor, su libro fue publicado en Francia en marzo, ya desde hace algunos años usted se ha rebelado al coro de los intelectuales y a las intimidaciones del poder político, contradiciendo la legitimidad de estas celebraciones. ¿Por qué?
Es una mascarada indecente, una operación política que explota las estupideces que la escuela de Estado enseña sobre la Revolución. Piense en las tonterías del ministro de Cultura Lang: "1789 marca el paso de las tinieblas a la luz". Pero ¿cuál luz? Estamos conmemorando la revolución de la mentira, del robo y del crimen. Pero me parece muy extraño sobre todo que, a los umbrales de 1992, también todo el resto de Europa celebra un período donde nosotros nos comportamos como agresores con todos nuestros vecinos, saqueando media Europa y provocando millones de muertes. ¿Qué hay que celebrar? Y sin embargo, acá en Francia cada día una celebración, el 3 de abril, el 5, el 10. Es grotesco.

Pero ha sido en todo caso un acontecimiento que ha cambiado la historia.
Cierto, como la peste negra de 1348, pero nadie la celebra. A un periodista alemán le pregunté: ¿por qué ustedes alemanes no celebran el nacimiento de Hitler? Él se sobresaltó sobre la silla. ¿Pero no es quizás la misma cosa?

Diga la verdad, usted se ha convertido en reaccionario. ¿Está en contra de la modernidad?
Yo soy liberal, con cierta simpatía por el iluminismo alemán e inglés. Pero ésta es justo la gran mentira que parece imposible poder extirpar: tú estás contra la Revolución, entonces estás en contra de la modernidad, estás con la lámpara a petróleo y con la carroza a caballos. Al contrario. Yo estoy en contra de la Revolución francesa justo porque estoy a favor de la modernidad, de la penicilina, de la vacuna contra la viruela. ¿Por qué no celebramos a Jenner que con su descubrimiento, desde 1700 hasta hoy, ha salvado más de mil millones de vidas humanas? Éste es el progreso. La Revolución más bien ha bloqueado el camino hacia la modernidad; ha destruido en pocos años gran parte de lo que fue hecho en mil años. Y Francia, que hasta 1788 ocupaba el primer puesto en Europa, desde la Revolución no se ha vuelto a levantar.

¿Pero puede demostrarlo?
Mira, hace unos treinta años contribuí a fundar la historia económica cuantitativa, y hoy, con los modelos econométricos, cualquiera puede llegar a estas conclusiones. Son hechos y cifras. Todas las curvas de crecimiento de mi país se quedan en la Revolución. Era un país de 28 millones de habitantes, el más desarrollado, creativo, evolucionado, con una tendencia de primacía: la Revolución, junto a las devastaciones sobre el aparato productivo, ha cavado un abismo de dos millones de muertos, un derrumbe de generaciones que ha acompañado la caída económica.
En la producción media pro cápita, Francia e Inglaterra, los dos países más desarrollados del mundo, tenían respectivamente, en 1780, un índice de 110 y 100. Ahora bien en el 1815 Francia precipitó a 60, contra 100 de Inglaterra, que no ha tenido desde entonces más concurrentes. Ha sido el precio de la Revolución.

Explíquenos al menos un motivo.
Alrededor del '93 - y por un década - Francia comenzó a vivir con el 78 por ciento del patrimonio (reservas), y con el 22 por ciento de los impuestos y las rentas, que no se reinvirtieron, sino que se gastaron, se quemaron y se robaron para enriquecer la Nomenclatura. Fue un derroche espantoso, un empobrecimiento histórico. Cuándo Chateaubriand volvió a Francia, en 1800, tuvo una intuición fulminante: "es extraño: desde cuando me fui no han pintado persianas ni puertas". Cuando las ventanas están con la pintura deteriorada y las letrinas no funcionan puede estar cierto de que ha habido una revolución.

Pero en todo caso la Revolución ha abierto el pensamiento humano.
¡Ay, santo cielo! Pero fue una colosal destrucción de inteligencias y riquezas.
Si le corta la cabeza a Lavoisier, el fundador de la química moderna, a 37 años, el costo para la humanidad es enorme. Multiplica aquel caso por cien. ¿Cómo acabó toda la elite científica e intelectual? Los que no emigraron fueron masacrados. Una pérdida gigantesca. ¿Sería ésta la conquista de la civilización?
El 43 por ciento de los franceses, en 1788, sabía firmar, sabía escribir. Después de la Revolución cae al 39 por ciento, porque se sustrajeron los bienes de la Iglesia (que educó al pueblo por siglos), y se repartieron a la Nomenclatura.
Y las iglesias transformadas en chiqueros y los tesoros de arte devastados.

Es verdad: hicieron trizas las estatuas de Notre Dame, destruyeron Cluny, y casi todas las iglesias románicas y góticas…
Le repito: robo, mentira y crimen, ésta es la verdadera trilogía de la Revolución, que puso a hierro y fuego a Europa.
Los franceses han sido persuadidos a que la democracia nació en el 1789 y que la humanidad los haya imitado. ¡Es absurdo! En realidad la única revolución que se debería celebrar sería la inglesa de 1668: de ahí vino el sistema representativo y el gobierno parlamentario, el Estado liberal que toda Europa ha imitado.

Pero algo bueno debió quedar: por ejemplo la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.
Ese fue el engaño más perverso. Las dos Constituciones más democráticas que hayan habido son la soviética de Stalin de 1936 y la de los guillotinadores franceses del 1793. Sus frutos fueron horrorosos. Al contrario, el país que fundó la libertad, Inglaterra, nunca ha tenido Constituciones. ¡Las Declaraciones no me importan! Y por otro lado libertad, hermandad e igualdad no existen sino delante de Dios. Le diré que el mejor juicio sobre la Declaración de los derechos del hombre lo formuló Fustelle de Coulange, el más grande historiador francés del 800 y mi predecesor en la Academia de ciencias morales y políticas. Él dijo: Estos principios tienen mil años, si acaso la Declaración la formula de modo un poco abstracto. Pero hay una cosa nueva: se han hecho pasar principios antiguos por descubrimientos suyos y los han usado como un arma contra el pasado. Esto es perverso.

¿La consecuencia política de la Filosofía de las Luces, no?
No. El Iluminismo estuvo en toda Europa. Kant no era menos que Voltaire. Pero la Revolución se dio sólo aquí donde nosotros. No se puede creer que los franceses fueran los únicos que pensaban, en Europa. Entonces no hay un nexo histórico. También es una mentira hablar de fatalidad histórica, inevitable. La persecución contra la Iglesia y el proyecto de desarraigar el cristianismo de Francia se debió primero a intereses financieros, no a cuestiones metafísicas.

Nos explica, profesor.
En el siglo XVII todos los Estados europeos tienen instituciones representativas. Francia en cambio, poco a poco, las dejó caer en desuso. Por eso se convirtió en un tipo de paraíso fiscal, porque – se sabe - no se pueden aumentar los impuestos sin instituciones representativas. Un ejemplo: la presión fiscal entre 1670 y 1780 en Francia queda en un índice 100, mientras en Inglaterra sube de 70 a 200, en proporción. Francia se encuentra así en tener un Estado moderno, un moderno ejército, 450 mil hombres, una potencia de primer orden, pero con recursos financieros cerca de la bancarrota porque para poderlos mantener como Inglaterra debería aumentar los impuestos al 100 por ciento.

Pues es llamada a afrontar la cuestión de la representación del pueblo, los Estados generales.
Sí, pero los representantes electos son la asamblea más colosal de dementes que la historia haya visto. Irresponsables. Desenfrenados sólo en las pretensiones, porque nadie quería hacerse cargo de sacrificios (basta pensar que entre los diputados del Tercer estado estaban un banquero, 30 empresarios y 622 abogados sin causa). No entienden nada de economía, sólo tienen claro que los demás son los que tienen que pagar. Así empiezan a ver qué cosas pueden confiscar: primero suprimen el diezmo a la Iglesia, que nadie en el pueblo pidió que suprimieran porque significaba suprimir las financiaciones para las escuelas y los hospitales. Se confiscan los bienes del clero, donados a la Iglesia en el curso de los siglos, que llegaban sólo al 7-8 por ciento de las tierras. Se empieza a difundir la idea de que la Iglesia escondía sus tesoros, se confiscan los bienes de las Abadías.

Y la operación incluso tiene una máscara ideológica.
Cierto. Se impone la Constitución civil del clero, porque sin modificar y forzar la estructura de la Iglesia no habrían podido robar. Los bienes de la Iglesia, que desde siglos mantenían escuelas y hospitales, fueron acaparados por una banda de 80 mil familias de ladrones, nobles y burgueses, derecha e izquierda: ¡es por esto que todavía la Revolución en Francia es intocable! Porque fue un Gran Robo para ventaja de la clase dirigente. El robo necesita de la mentira y de la persecución porque no era fácil imponerles a los curas y al pueblo el abuso. Por eso se impuso el juramento a los sacerdotes y el que no juró fue masacrado. La Revolución fue una guerra de religión.

¿Y en Vandea qué ocurrió?
El pueblo se rebeló para defender su fe. El Directorio quiso imponer el reclutamiento militar obligatorio (es uno de sus inventos porque hasta entonces sólo los nobles iban a hacer la guerra y por el tributo de la sangre eran exonerados de impuestos). En el mismo día cierran todas las iglesias. Los campesinos vandeanos se rebelaron: entonces tanto vale morir para defender nuestra libertad. Impusieron a los nobles, bastante reacios, de ponerse al mando del ejército católico de Vandea y se fueron a una masacre, porque era desproporcionada su preparación frente a la del ejército de Clébert. Así Vandea fue aplastada sin piedad. Pero quisiera recordar que bajo las insignias del Sagrado Corazón también combatieron batallones de los pueblos protestantes de Vandea. Católicos, protestantes y judíos afrontaron juntos la guillotina, por ejemplo en Montpellier, por defender la libertad.

Pero en Vandea no acaba así.
Éste es el capítulo más horroroso. En diciembre del 1793 el gobierno revolucionario da la orden de exterminar la población de 778 parroquias: "Es necesario matar a las mujeres para que no reproduzcan y a los niños porque serían los futuros bandoleros". Escribieron esto. Firmado por el ministro de la Guerra de ese tiempo Lazare Carnot. El general Clébert se negó a ejecutar esa orden: "Pero por quién me toman? Yo soy un soldado no un carnicero". Entonces mandaron a Turreau, un cretino, alcoholizado, con una armada de cobardes.

¿Fue la masacre?
Nueve meses después el general Hoche, nombrado comandante, llegó a Vandea. Quedó horrorizado. Escribió una carta memorable y admirable al gobierno de la Convención: “No he visto nada tan atroz. Han deshonrado la República! ¡Han deshonrado la Revolución! Yo les hago saber que a partir de hoy haré fusilar a todos los que obedezcan sus órdenes… ". Qué había visto? 250.000 muertos de una población de 600.000 habitantes, pueblos y ciudades por el suelo y quemadas, mujeres y niños horrorosamente torturados. En Evreux y en Les Mains se guillotinaron a decenas culpados sólo por haber nacido a Fontaine au Campte. Éste fue el genocidio vandeano. ¿Es esto lo que celebramos?

Fue un escándalo, en 1983, cuando usted, por primera vez, usó la palabra genocidio, imputando la Revolución. ¿Por qué?
Los hechos hablan. Nadie ha sabido negarlos. Y nada puede justificar un horror así. Pero antes de mí, en el 1894, fue un revolucionario socialista, Babeuf, el que denunció "el genocidio de Vandea", (en un libro que no se encuentra que nosotros hicimos reimprimir). No hay diferencia alguna entre lo que hizo el gobierno revolucionario en Vandea y lo que hizo Hitler. Más bien hay una. Hitler fue listo y nunca dejó por escrito la orden de eliminar a los judíos. Los del 1789, además de asesinos, también eran estúpidos y dejaron la orden por escrito y hasta la publicaron en Le Moniteur.

Ciertas persecuciones han consolidado la fe del pueblo. Pero esta francesa parece haber cancelado la cristiandad.
Sí, es así. Por 15 años fue imposible la transmisión de la fe. Una generación completa. Piensa que Michelet fue bautizado a 20 años y Víctor Hugo nunca supo si fue bautizado o no. Las iglesias cerradas. Los sacerdotes asesinados u obligados a dejar los hábitos y casarse o deportados y desterrados. Francamente yo no entiendo cómo hoy los católicos puedan celebrar la Revolución, una cosa es el perdón y otra solidarizar con los verdugos, renegando a las víctimas y a los mártires. Pienso que la Iglesia teme, hablando mal de la Revolución, de parecer antimoderna, de oponerse a la modernidad. Yo creo que es al contrario. Y estoy orgulloso de que haya sido un país protestante como Inglaterra a dar asilo a los sacerdotes católicos perseguidos. En efecto no hay libertad más fundamental que la libertad religiosa."

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