La superación de la violencia, la paz
autor: Aleksander Filonenko
fecha: 2013
fuente: Il superamento della violenza, la pace
Publicado en el n. 30 de Atlantide (2013.3)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Durante el siglo XX hemos enfrentado guerras absolutamente inhumanas y las hemos superado, pero eso no implica que la situación en que luego nos hemos encontrado viviendo pueda ser definida una situación de paz.

La vida continúa en las condiciones propias de los periodos de tregua, en que las normas de vida del tiempo de guerra quedan grabadas en los corazones, entretejidas en la lógica de la cotidianidad y por eso detectable también en las decisiones políticas de más alto nivel. La sombra de la guerra es familiar a nuestro mundo y en la sociedad contemporánea, que sólo se preocupa de garantizar seguridad y ha asumido el binomio de “seguridad y estabilidad” en su nueva ideología, queda siempre al alcance de la mano: la guerra es así siempre predecible como “violencia legítima”, una historia vieja como el mundo. Esta sombra de guerra hoy se ha extendido sobre Ucrania, Siria está oprimida por esa desde hace años. Hay demasiados intereses ávidos y muchos miedos desinteresados en aquellas improrrogables decisiones políticas que vienen tomadas quedando dentro de un orden de ideas típicas de los regímenes de guerra. Es justo por eso que es indispensable reflexionar sobre otro orden de existencia, acogiendo el axioma de papa Francisco: «El uso de la violencia nunca lleva a la paz. Guerra llama guerra, violencia llama violencia».

¿Cómo es posible un orden del mundo que sea justo, fraterno, y que permita «consentir una vida digna a todos los seres humanos, desde los más ancianos a los niños aún en el seno materno, no solo a los ciudadanos de los Países miembros del G20, sino a cada habitante de la Tierra, incluso aquellos que se encuentran en situaciones sociales más difíciles o en los lugares más remotos»?

Es una pregunta eterna, pero es también impresionantemente nueva: es como si existiera algo que nos impide mirarla a la cara directamente, como si hubiera una dificultad que no viene extirpada de raíz, que nos hace cerrar los ojos y continuamente nos lleva a caer en el frágil estado de tregua. El filósofo francés Emmanuel Lévinas hacía depender la dificultad de nuestra intención de fundar la paz en la política, evitando la guerra a través de la neutralización del Otro que realizamos colocándolo solo en los márgenes de lo que es propiamente nuestro. El evento catastrófico de la guerra él lo ve como el desnudarse de la realidad de una violencia que consiste «no tanto en el herir y aniquilar cuanto en el dividir personas relacionadas entre sí que vienen así obligadas a asumir roles extraños a ellas, a renunciar a las circunstancias e incluso a la propia sustancia». «La guerra crea un orden de cosas tales que devoran totalmente a la persona humana.» Aquella «dramática imagen de miseria, hambre, enfermedad y muerte», que el Papa nos pide mirar a la cara directamente sin voltear la mirada a otra parte al tomar decisiones políticas, es el resultado de esta división. El miedo al Otro nutre el orden anónimo de la guerra, pero es también lo que determina la política de la tregua que sigue. Es por ese motivo que la paz que nace de las guerras es tan ilusoria. Por eso las heridas mortales quedan sin sanar. Por eso «la violencia no lleva nunca a la paz, condición necesaria para el desarrollo». O aún, con las palabras de Lévinas: «La paz en los imperios nacidos de las guerras se mantiene con la guerra. No restituye a los seres ya extraños la identidad perdida. Es necesario regresar a una relación auténtica y primordial con el ser».

¿Cuál es este principio de la paz auténtica que papa Francisco nos invita a asumir y que Lévinas testifica en su filosofía del Otro? Fuera de una totalidad de guerra y violencia de tipo heracliteo, existe una escatología de la paz que arranca a «los hombres de la sumisión a la historia y al futuro» y los invita, los exhorta «a la plena responsabilidad personal». Para concebir la paz es necesaria «una concepción de la existencia que trascienda los confines de la historia, que presuponga la existencia de personas contemporáneamente realizadas y que posean rasgos de personalidad capaces de responder por su vida – por lo cual ya adultas –, y por tanto capaces de hablar a nombre propio y no repetir palabras anónimas dictadas a ellas por la historia. La paz nace de esta capacidad de hablar. La visión escatológica quiebra la totalidad de las guerras y los imperios en que los hombres quedan en silencio».

En un mundo contemporáneo tan complejo, desbordante de guerras y conflictos, la alternativa es trágicamente simple: se tratará siempre o de buscar de armonizar nuestros miedos con la ayuda del orden anónimo de la guerra – que nos promete aplicar la “legítima violencia” para que una seguridad mayor sea garantizada – o superar el mutismo y lo sordo de las ideologías para redescubrir un mundo que está abierto a la libertad y a la responsabilidad del hombre, un mundo cuya belleza es capaz de arrancar las raíces de un orden de existencia anónimo, un mundo que no espera “soldados”, sino “agricultores”.

La belleza del mundo

La guerra es siempre terrible y después de cada guerra oímos inevitablemente las voces de los muchos testigos que gritan la inhumanidad. Pero será imposible lograr superar un modo de pensar belicista, si no se nos volverá claro su encanto, aquel encanto que ha llevado al frente innumerables intelectuales, personas que buscaban, ocultado bajo los falsos estratos de lo cotidiano, algo realmente auténtico. La belleza de la guerra se ha siempre erigido sobre la tensión de querer ser sensatos en medio a la ingenuidad general de opiniones narcotizadas, sobre el deseo de saber distinguir el dolor del sufrimiento, de no consolarse con los discursos del progreso y la estabilidad y conservar en cambio la memoria de la aflicción, quedando abiertos a aquellas fuerzas de la historia que – como un huracán – barren las casitas de cartón de los hombres con la esperanza de lograr aturdir y adormecer la realidad con la retórica moralista. Lévinas veía un nexo claro entre la totalidad de la guerra y el hecho de que ésta «no se limita a ser una de las pruebas más duras para la moral, sino la hace incluso ridícula. El arte de prever la guerra y la capacidad de vencerla con todos los medios disponibles (la política) se vuelven ejercicios para la razón. La política se contrapone a la moral como la filosofía a la ingenuidad».

La belleza de la guerra está siempre ligada a aquella de la sensatez, que en las catástrofes del siglo XX se ha convertido en sensatez de la desesperación. La poetisa rusa Ol’ga Sedakova lee así el resultado del siglo pasado: «Pensadores, escritores, publicistas, artistas, a veces también los teólogos, hablan hoy de “sensatez de la desesperación”, de la necesidad de “dejar toda esperanza” para hacer experiencia directa de la realidad – una experiencia “traumática” – y, en consecuencia, de la sabiduría, “adulta”, real. La idea de una ausencia de esperanza heroica (que se ha gradualmente establecido en lo cotidiano y en lo ordinario) no ha surgido de la nada… De la acción terapéutica del rechazo a la esperanza encontramos rastros en los apuntes de los prisioneros de los campos de concentración, nuestros y de aquellos nazis… Los regímenes de terror viven más fácilmente en quien se concede esperar algo».

En este paso de la filosofía de la guerra a la escatología de la paz Lévinas pone como punto de separación entre la ingenuidad de la moral y la sensatez de la política, una decisión arriesgada, valiente y responsable, la decisión para la aceptación del Otro, una decisión independiente de cualquier condición de reciprocidad: «Soy responsable del Otro aun cuando me aburra o haga daño». Él sostiene que en la vida diaria normalmente somos cautos y desconfiados hacia los extraños y llevamos adelante con medios pacíficos nuestra pequeña guerra, que se basa en las reglas de la reciprocidad y del ponerse de acuerdo; nos convertiremos en cambio en hombres de paz sólo cuando decidiremos ser vulnerables ante el rostro del Otro, sólo cuando entre las cosas del Mundo nos decidiremos a reconocer aquel rostro en su infinita alteridad. El umbral de un orden similar de paz que depende de la persona es aquel de dar un paso al encuentro del Otro que define la práctica de la hospitalidad radical y se nutre de la confianza como fundamento del consenso social. La belleza a-histórica de la paz trasciende los confines de la sensatez política que prevé siempre nuevas amenazas de guerra y se manifiesta en el intento de descubrir el rostro de la historia. Una operación que tiene como condición la vulnerabilidad, la hospitalidad y la confianza.

No podremos salir de un sistema esencialmente de guerra sólo maldiciéndolo y llorando su inhumanidad. Es necesario contraponer a la belleza sensata de la guerra aquella valiente de la paz. Y aquí no se trata tanto de declaraciones o distinciones lógicas como de la dura escuela del educarse a esta belleza, una escuela que va – contracorriente – al encuentro de la inaudita novedad evangélica. En esta escuela se necesitan hoy grandes maestros. Entre ellos la Sedakova incluye a Dante como maestro de una esperanza que «nos arranca de aquel estado de sorda, cerrada y en alguna medida cómoda desconfianza que siempre nos atrae, como una ley de “muerte térmica”», «nos arranca de la costumbre, de una vida sin orígenes, del olvido del origen». En Dante la esperanza está contrapuesta a la costumbre entendida como forma de desesperación. Radicada en un origen de paz, la esperanza cultiva la belleza del mundo. En nuestro intento por instaurar un orden social de paz tenemos necesidad de la antigua y eternamente nueva arte de Adán, de aquel “cultivar el jardín” que desde la división militarista entre naturaleza y cultura lleva a la comprensión originaria de la cultura como cultivación de lo creado. Es justo en este cultivar que podremos ver cómo la hospitalidad del Otro se transforma de una decisión ética al inicio de una nueva y pacífica socialización que vaya más allá de la guerra y la tregua.

Cultivar el jardín

La sociedad contemporánea, orientada a lograr la seguridad que se ha convertido en la suprema prioridad política, es condenada a conectar la cultura a un sistema de filtros prontos a defender a las personas de las fuerzas de la naturaleza y catástrofes de todo tipo. En una sociedad así somos siempre impulsados a oponernos: debemos oponernos sensatamente a los retos de la realidad, como si ésta no ocultara en sí misma otra cosa que algo de amenazador. Así, todas la obras que emprendemos deben tener breve durada, porque las amenazas son siempre repentinas y es necesario por tanto no dejarse hipnotizar por riesgosos proyectos a largo plazo. Una sociedad que usa el cálculo de los riesgos como procedimiento político de base es una sociedad sin aliento, incapaz de recorrer un largo camino. Para una existencia pacífica es necesario un respiro amplio, es necesario esperar que la realidad tenga en sí misma no sólo desafíos amenazadores, sino también una invitación que pide la respuesta del hombre. La orden de paz presupone una cultura entendida como capacidad de sentir la invitación del Otro y de responderle. Dos culturas, dos responsabilidades. La responsabilidad como defensa y la responsabilidad como capacidad para responder. Es necesario que este segundo tipo de responsabilidad, en su nexo con la esperanza, nos sea familiar. El tiempo de la esperanza es aquel obrar que trasciende el límite de una vida humana. Lo puede descubrir un hombre que, como Gaudí, puede afirmar no preocuparse del destino que tendrá su catedral cuando él haya muerto, porque su Cliente no tiene apuro y simplemente tiene paciencia. El tiempo de la paz es definido por este Cliente. Ante Su mirada todas las cosas del mundo revelan su novedad y la frescura de la invitación «¡sea!». Es necesario alguien que vea esta novedad, que sienta este llamado y aspire a su realización. Es necesario un nuevo protagonista de la historia que vea no sólo la pequeña necesidad política de defenderse sino también con las palabras de papa Francisco, «aquellas grandes metas económicas y sociales que la comunidad internacional se ha puesto». Y si «las guerras constituyen el rechazo práctico» de alcanzarlas, el ponerles atención nace no de buenas intenciones sino del trabajo cotidiano del cultivar, del proceso de aquellas semillas, nuevas y pacíficas, que no hemos tirado nosotros en el terreno de lo real, sino que invocan nuestra participación, que nos piden hacer nuestra parte.

Cada época habla con el lenguaje de su cultura, haciendo de todo un instrumento de las artes y de los oficios a su disposición lo que es capaz de realizar mejor su esperanza. En el desierto de las performance y de las instalaciones de la contemporary art, que llevan la marca de fábrica de la fugacidad de la sociedad del riesgo, el descubrimiento de la cultura de la paz a la cual nos llama papa Francisco significa un retorno al arte antigua pero siempre viva de la cultivación del jardín. Es el arte de una nueva socialización en que si de una parte se reúnen todas las artes, las ciencias y las profesiones – desde la arquitectura y la poesía hasta la botánica y la meteorología –, por otra parte, se trata de un impulso sintético que debe ser cumplido en la suprema humildad ante los brotes de algo nuevo que sólo se puede servir, sin hacer cálculos, sin apoderarse, pero esperando. Estos “cultivadores”, que son honestos y trabajan el jardín del mundo en los desiertos y entre las ruinas dejadas por las guerras, tendrán que ser reconocidos como operadores de paz.

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