La transformación del concepto de trabajo por obra ...
autor: Redacción de Ilsussidiario.net
fecha: 2013-10-08
fuente: La trasformazione del concetto di lavoro ad opera del cristianesimo
traducción: María Eugenia Flores Luna

El mundo pagano de los siglos inmediatamente precedentes al cristianismo, concebía de modo sustancialmente negativo el trabajo manual. ¿Qué ha ocurrido con la llegada del cristianismo para pasar de la idea de trabajo como actividad de los esclavos a un compromiso de hombres libres? ¿Por obra de quién? ¿Y cómo?

Dos palabras encontramos al origen de la tesis que trataré de demostrar: se trata de los vocablos latinos TRIPALIUM y LABOR con sus modificaciones gráficas y semánticas.
La mayor parte de los especialistas del final de la edad antigua y principios del Medievo concuerda al afirmar que las palabras neolatinas trabajo (español), travail (francés), travaglio (italiano), trabahlo (portugués) tienen su raíz en una misma palabra latina: tripalium, cuyo origen etimológico más probable es de tres palos. Se trataría de tres palos fijos en el terreno (formando una pequeña pirámide) donde venía atado el esclavo al que se castigaba con latigazos, como resultado de algunos errores en el trabajo o por simple capricho del guarda o señor. Otra interpretación, menos frecuente y acreditada, traduce tripalium como tres bolitas: se trataría de las bolitas de plomo en las que acababa el látigo. En todo caso se trata de un instrumento ligado al castigo físico y a la tortura. Un claro indicio de esta idea de sufrimiento todavía la encontramos en la palabra italiana travaglio que - a diferencia de las otras lenguas neolatinas citadas en que la palabra tripalium es traducida con términos que significan labor - indica explícitamente sufrimiento, dolor (se usa en efecto, por ejemplo, para indicar los dolores del parto).

La misma cosa se puede afirmar con respecto a la palabra latina labor. Todos los estudiantes de liceo aprenden, desde las primeras traducciones del latín, que si encuentran el sustantivo labor lo deben traducir como fatiga o esfuerzo. El español conserva mejor la idea original de esfuerzo (además la grafía de la palabra es idéntica, con sólo una diferencia de acento tónico: de lábor latino a labór español). A su vez en el francés la raíz ha quedado, sobre todo en el verbo labourer (que podemos traducir como arar), mientras en italiano se ha cristalizado en el sustantivo lavoro. En fin, en español, como en francés, existe el verbo labrar, que indica el arado de los campos, manteniendo así el nexo con la idea de una labor fatigosa. Estas simples notas etimológicas deberían ser suficientes para mostrar cómo las palabras que indican el trabajo tienen en su origen latino un significado negativo, muy diferente de lo que asumen las lenguas neolatinas. Creo, en cambio, que, para que mi tesis resulte más clara, pueda ser útil fijar un momento nuestra atención en otra palabra latina cuyo significado ha radicalmente cambiado durante el pasaje a las lenguas modernas: se trata del vocablo OTIUM.

En los autores del latín clásico, la palabra otium, acompañada por ejemplo del genitivo litterarum, indica predominantemente lo que llamaríamos lectura o estudio. En general pienso que pudiéramos atribuir a la palabra otium el significado de “tiempo libre de ocupaciones públicas o económicas y por tanto dedicado al cuidado de los propios intereses culturales o a la diversión”. Resulta enseguida evidente la diferencia de sentido con respecto al termino italiano ozio (ocio), que es lo que etimológicamente deriva del latín otium.

No es evidentemente éste el lugar para hacer un discurso profundizado sobre el concepto de trabajo en el mundo helenístico, pero me parece indiscutible el hecho que el mundo pagano de los siglos inmediatamente precedentes al cristianismo, concebía de modo sustancialmente negativo el trabajo manual y el esfuerzo físico ligados a actividades más humildes. Para documentar esta afirmación creo que pueda ser suficiente citar el famoso pasaje del De Officiis de Cicerón, por muchos considerado un “humanista” de su época. Él, hablando de la trabajo del artesano y en general del trabajo manual, escribe: “Opifices omnes in sordida arte versantur, nec enim quidam ingenuum potest habere officina”, que podríamos traducir “todos los artesanos o trabajadores manuales desarrollan actividades dignas de desprecio porque en un taller no hay nada noble”. Por brevedad quisiera sólo notar la contraposición de los adjetivos sordidus e ingenuus que también pudiéramos traducir, para hacer más clara la idea, como sucio y honesto. Del mismo modo, me parece que se pueda afirmar con certeza que al final del Medievo podemos encontrar que las palabras relativas al trabajo conservan el significado de fatiga, cansancio, esfuerzo, pero han perdido el significado moralmente negativo típico de los últimos siglos de la era pagana. La razón de ser del presente artículo es precisamente aquella de tratar de documentar la transformación del concepto de trabajo desde la antigüedad clásica al mundo medieval realizado gracias a la influencia del cristianismo. Por cuanto concierne al cristianismo limitaré el campo de la investigación sobre todo a los escritos y a las experiencias monásticas a partir del siglo III d.C.

Los orígenes del nuevo significado del trabajo.

A partir de las más antiguas Constituciones Apostólicas, hasta alcanzar aquella de San Domingo o San Bruno, dos son, sobre todo, las referencias bíblicas que se repiten con mayor frecuencia para fundar la necesidad y la dignidad del trabajo manual: ante todo la referencia a los años de la vida de Jesús dedicados al trabajo de carpintero en el taller de San José, luego el ejemplo de los apóstoles y en particular de San Pablo. A estos antecedentes bíblicos se podría añadir una tercera fuente: la entera tradición del pueblo hebreo y el Antiguo Testamento que desde el libro del Génesis hace referencia a la necesidad del trabajo para dominar la tierra. Sólo hay que notar que algunos estudiosos han observado que la mentalidad hebrea veterotestamentaria propone una marcada diferencia entre la agricultura (predominantemente vista de modo negativo, casi una condena) y el pastoreo (visto más positivamente). En segundo lugar no se debe olvidar que es a través del Nuevo Testamento que el pueblo cristiano de los primeros siglos recuperará toda la tradición del pueblo hebreo.

El trabajo en las primeras experiencias monásticas

Una de las fuentes más antiguas se encuentra en los escritos de San Atanasio en el pasaje en que se describe la vida y la actividad de San Antonio. Este último, vivió entre los siglos tercero y cuarto de la época cristiana y la tradición le atribuye una vida muy larga (251-356). San Atanasio, gran defensor de la fe en la lucha contra el arrianismo, perseguido por sus enemigos y por las mismas fuerzas imperiales, se pudo salvar refugiándose en las grutas habitadas por los seguidores de San Antonio que le ofreció amistad y ayuda (a su muerte le dejó en herencia “todos sus bienes”). Fue gracias a estas circunstancias que San Atanasio pudo observar de cerca y más tarde relatar la actividad de este grupo de monjes sui generis. Los principales textos de referencia, para el tema que nos interesa, son la “Vita sancti Antonii” y los “Principia”. En la “Vita Sancti Antonii” Atanasio relata un episodio, que le refirió el mismo San Antonio, que resulta decisivo para comprender la importancia que reviste el trabajo en su experiencia. Un día, mientras Antonio trabajaba cultivando un pequeño huerto y tejiendo esterillas, se le apareció el diablo que lo tentó diciéndole que no era un verdadero monje porque no sabía vivir en forma incesante las oraciones y la meditación… fue así que San Antonio sintió la fuerte tentación de desconfianza en sí mismo y abatimiento, hasta el punto de pensar en abandonar todo y volver a la ciudad. De improviso, sin embargo se le apareció un ángel que tejía esterillas y rezaba a intervalos regulares y le dijo: “Haz lo mismo que ves que hago yo”.

Este hecho le hizo entender que tenía que alternar simplemente el trabajo y las oraciones. En la misma obra, en el número 634, la versión latina dice “Laborabat itaque manibus suis: audierat nempe: 'qui otiosus fuerit non manducet', atque partis panis sibi emebat, partis egenis largiebat”. El texto griego presenta la frase: eirgazeto tais kersine el latín traduce fielmente laborabat manibus suis, resulta con absoluta evidencia la continuidad del trabajo (documentada por el imperfecto latín) y el tipo de trabajo: manual (kersin = manibus = con las manos). Un poco más adelante, Atanasio refiere el hecho que entorno a San Antonio se ha reunido un grupo de jóvenes que desean seguir su “aventura” y en el número 662 describe su estilo de vida: “Erant igitur in montibus monasteria lectionis studiosorum, jejunantium, orantium, exultantium spe futurarum, laborantium ad elemosinas erogandas mutua charitate et concordia junctorum”. Encontramos aquí de nuevo el trabajo físico (laborantium) como un elemento fundamental de la vida del “monasterio”, junto a la oración y al ayuno.

También en la otra obra citada de San Atanasio, siempre referida a San Antonio, se habla del trabajo manual. Los “Principia” son la transcripción de los consejos fundamentales que San Antonio da a los que quieren seguir su camino y en el número 50 dice que el monje tiene la obligación de “ex manibus suis vivere”, es decir de mantenerse gracias al trabajo de sus manos. Ahora, antes de pasar al análisis de otros textos es oportuno fijar nuestra atención en un elemento, contenido en los fragmentos citados, común a toda la experiencia monástica desde los orígenes. El lector habrá observado seguramente que en el texto reportado la necesidad del trabajo es puesta en relación con la limosna. Volvemos al punto. El primer documento habla sólo de San Antonio y dice que parte del fruto de su trabajo lo utilizaba para la propia alimentación y parte para ayudar a los indigentes. En el segundo se habla ya de una comunidad monástica (monasteria) y se llega al punto de identificar la razón misma del trabajo con la necesidad de dar limosna (laborantium ad elemosinas erogandas).

El hecho es interesante y tiene innegables consecuencias sobre la concepción misma del trabajo. La vida de los monjes del desierto, en efecto, es famosa por su austeridad; a veces la dieta diaria consistía en un pan, un poco de verdura amarga, miel silvestre y alguito más. Resulta por lo tanto claro que si el trabajo fuera sólo para la subsistencia habría bastado la actividad física del 20%, si queremos exagerar, de los monjes y los demás habrían podido dedicarse totalmente a la oración y a la contemplación (o bien se podría hacer análogo discurso y proporción referidos a los tiempos de cada monje). No fue pero así, en primer lugar porque el monje no se concebía individualmente: reza, ayuna y trabaja en soledad, pero cumple todo eso por el bien de la iglesia entera; en segundo lugar el trabajo tiene, al interno de la Regla, un valor educativo. A consecuencia de este constante empeño laboral la abundancia de bienes producida por los monjes de San Antonio y San Pacomio fue tal y de tanta importancia que en ciertos momentos de carestía pudieron salvar países por entero. Hay una segunda figura importante para comprender el significado del trabajo en las primeras experiencias monásticas: se trata de San Pacomio, apenas citado.

Originario de la Tebaida, vivió entre 292 yl 348 y fue artífice de un impresionante “fenómeno de masa”; es suficiente observar que a su muerte habían unos 3.000 monjes en los 9 monasterios fundados por él. Fue un óptimo organizador, sus Reglas constituyen las primeras tentativas de una vida “cenobítica”; en sus monasterios, que tenían la forma de pequeños países, se desenvolvían muchas actividades laborales y los monjes vivían en grupos y casas según la profesión: tejedores, carpinteros, zapateros, cocineros, enfermeros, agricultores etc…. Uno de los principios de su Regla, fruto de la revelación de un ángel, y que me parece un interesante ejemplo de realismo y sentido práctico, es el siguiente: “Dejarás que cada uno coma y beba según sus fuerzas y le darás un trabajo a él proporcionado. No prohibirás a nadie de comer o beber, sino haz de tal manera que los que más comen y tienen mayor fuerza, desarrollen los trabajos más pesados”. Acerca de la obligación del trabajo manual no juega con las palabras, sólo les señala a sus monjes que “hay para nosotros órdenes en las santas escrituras” y enfatiza (confirmando la tesis poco antes sostenida) que el trabajo “debe permitirnos sustentar con nuestras manos a los pobres”. En fin, para documentar la importancia y las dimensiones horarias del trabajo manual podemos citar un pasaje de la obra bien documentada de García M. Colombas que, refiriéndose a los primeros monjes comenta: “Al alba iniciaban el trabajo manual, que interrumpían normalmente a mediodía para permitirse un breve descanso… luego cerca de las tres de la tarde consumían la única comida del día”. Puede ser útil recordar que se está hablando de los territorios orientales del imperio romano (Egipto, Siria…) y que el alba en verano significa entre las 5 y las 6 de la mañana y en invierno entre las 7 y las 8… eso significa que el trabajo manual ocupaba al menos 7 horas al día. En otro pasaje de su obra enumera los trabajos y puede ser útil citarlo porque confirma lo que hasta aquí he tratado de documentar: “Las ocupaciones más comunes y preferidas de los solitarios coptos eran: confección de cestos, cuerdas, esterillas tejidas con juncos y hojas de palma; muchos ayudaban a los campesinos en la cosecha a cambio de una cierta cantidad de trigo necesario para su subsistencia y para dar limosna a los pobres”. Merece la pena detenerse en la palabra “preferidas”.

¿Por qué prefirieron los monjes estos trabajos? Creo sustancialmente que por dos razones, al mismo tiempo prácticas y espirituales. Un motivo depende de la exigencia de soledad, silencio, alejamiento de los ruidos y de las preocupaciones de la vida ciudadana; por eso trabajaban con el material que se puede encontrar en el desierto, se trata de recursos simples y de fácil transformación: juncos y hojas de palma. La otra razón consiste en la facilidad y lo mecánico de este tipo de trabajo que permite una contemporánea concentración en la oración y meditación. Todo eso es confirmado por Juan Casiano que en su obra “Istituta” afirma: “Se dedican sin tregua al trabajo manual, cada uno en su celda, sin que los rezos de los salmos o las otras partes de la escritura cesen del todo”; la misma constatación hace García M. Colombas allí donde escribe: “El principal esfuerzo para rezar siempre consistía en unir la oración y el trabajo”.

Es importante considerar que ya hemos asistido, casi imperceptiblemente, a una transformación notable de mentalidad: el trabajo manual más humilde, simple, repetitivo es preferido por su adaptabilidad a la necesidad de la memoria de las “mirabilia Dei”. Nueve siglos después, San Bernardo de Claraval confirmará esta experiencia original cuando, en la plena madurez, ocupado por los múltiples empeños y obligaciones públicas, les recordará a sus discípulos con cierta nostalgia los tiempos de su noviciado en los que la memoria era ayudada por los humildes trabajos del campo. Por fin, para concluir este primer enfoque del tema, podemos señalar que lo que se ha dicho hasta aquí se puede aplicar también a los monasterios femeninos. Existe, en efecto, documentación relativa a los monasterios femeninos de Siria en que se señala que las principales actividades de las monjas eran el tejido, la hilandería y la asistencia a los enfermos.

San Basilio

En el siglo IV las importantes novedades relativas a las relaciones iglesia - imperio determinaron un nuevo modo de concebir y afrontar el tema del trabajo. El edicto de Milán de 313 y sobre todo la constitución de 321 por obra de Constantino, constituyeron, como es conocido, un decidido reconocimiento jurídico y político para la iglesia. Tener en cuenta estos eventos es necesario para comprender plenamente algunas de las afirmaciones de San Basilio que nos preparamos a analizar.

Nacido en Cesarea, en 329, vivió hasta 379 y fue uno de los obispos más importantes de su época y toda la patrística griega; sus Reglas constituyen, según el unánime juicio de los historiadores de la iglesia, la base y el punto de referencia de todas las reglas monásticas occidentales siguientes. De toda su vasta producción sólo he elegido dos textos porque, en su sencillez y aparente insignificancia, me parece nos permitan observar algo muy interesante referente al tema del cual nos estamos ocupando. La primera cita se refiere al “Sermo de ascética disciplina”; aquí, en el número 212 insiste sobre el hecho de que los monjes tienen que “trabajar con las manos”. Es significativo que no sea utilizado el verbo ergazomai (que ya hemos encontrado y cuyo significado es genéricamente obrar), sino más bien el verbo kopiao que introduce la idea del fatigar y luego añade, como en los textos ya analizados tais kersin (con las manos).

Este verbo está relacionado al trabajo agrícola, actividad que Basilio prefiere en el caso de sus monjes y lo dice expresamente en muchas ocasiones. ¿Cuáles son las razones de esta preferencia? Diría sustancialmente dos: una de carácter educativo y la otra de carácter político. El cambio de la situación jurídica de la iglesia en la era constantiniana también implica una situación económica diferente: las diócesis y los monasterios ahora poseen bienes cuya propiedad es reconocida y a veces se trata de realidades significativas (en algunos casos se trata de restituciones de propiedades confiscadas en los tiempos de las persecuciones, en otros de recientes donaciones de benefactores o del mismo emperador). No es difícil pensar que los monjes empiecen a temer la hipótesis de que las rentas de estos bienes puedan permitirles vivir dignamente sin la necesidad de recurrir a trabajos pesados (como en aquella época eran los trabajos de los campos). Por eso, supongo, Basilio les recuerda a sus monjes que la fatiga del trabajo manual tiene en primer lugar el sentido de “disciplina ascética”, es decir reviste un valor educativo fundamental en el camino de santidad del monje. El motivo político, lo resumiría en cambio con la palabra “autonomía” en sus diferentes matices. En un primer significado: autonomía como posibilidad de vivir aislado de la ciudad con sus distracciones y preocupaciones mundanas (se trata de un elemento común y recurrente en todas las experiencias monásticas); en este sentido las propiedades agrícolas, que ahora los monasterios poseen a pleno título, permiten trabajar sin alejarse del lugar de oración y contemplación. En segundo lugar (y esto es a mi juicio una interesante novedad) autonomía como “autarquía”, “autosuficiencia”. En otras palabras: si el monasterio puede vivir sin necesidad de recurrir a la generosidad del emperador o del obispo de turno es mejor; en efecto no se sabe nunca cómo será el nuevo emperador o si no venga un obispo herético o cismático. ¡Por lo tanto nada mejor que no ser obligado a depender de ellos para la sobrevivencia… y ¡qué mejor instrumento, a tal objetivo, que una buena organización agrícola del monasterio!

La segunda cita es muy simple y se refiere a las “Regulae brevius tractatae”: (pregunta) “¿Cómo se tienen que tratar los utensilios del trabajo?”. (respuesta) “En primer lugar como los objetos dedicados y consagrados a Dios”. En otras palabras, los utensilios del trabajo cotidiano tienen el mismo valor y dignidad que los objetos del altar, y esta identidad habla de la dignidad que el trabajo manual tiene para San Basilio mucho más que un largo discurso.

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