La Vandea, una matanza censurada
autor: Renato Cirelli
fuente: La Vandea, un massacro censurato

1. Un acontecimiento hecho símbolo

El término "Vandea", gracias a la historiografía filo-revolucionaria, se ha vuelto sinónimo de resistencia contra el afirmarse del progresso y de motín reaccionario cuyos protagonistas eran poblaciones de campesinos ignorantes, hostigados por el clero y los aristócratas, que utilizaron el fanatismo religioso para defender sus intereses y privilegios de clase. Esta interpretación no ha podido ser adecuadamente puesta en tela de juicio por la historiografía filo-vandeana, porque, hasta hoy día, los historiadores de parte revolucionaria han ido ocultando los hechos e impuesto la damnatio memoriae [condena de la memoria] respecto a los protagonistas, y también de los valores que están al origen de la sublevación vandeana.

2. Los motivos de la sublevación

El territorio indicado como Vandea Militar está situado en la Francia Occidental, en la costa atlántica, abarca una extensión de unos 10.000 kmq y tenía una población, en la época, de unos ochocientos mil habitantes. No se trata de una región pobre y marginal, su riqueza y población eran superiores a la media francesa igual que la riqueza y la población francesa son superiores a la media europea de aquel entonces.
Los habitantes de la región eran conocidos por el apego a las costumbres y a las libertades locales, además de un arraigado sentimiento religioso, señalado por la predicación de san Luis Maria Grignion de Montfort (1673-1716) que combatió sobre todo el escepticismo del tiempo con la devoción a la Virgen.
Al final del siglo XVIII el oeste como toda Francia, padece los resultados de un proceso de centralización que se fue desarrollando cada vez más a partir del reino de Luis XIV de Borbón (1638-1715).
El coste de esta política fue la causa principal de la voracidad estatal en materia fiscal y una de las consecuencias del gobierno ilustrado, así que entre 1775 y 1789 la presión fiscal se hizo cada vez más grave y mal soportada por todos.
Cuando, para encaminar una reforma general que se ocupe del problema fiscal y del déficit del Estado, el rey Luis XVI de Borbón (1754-1793)convoca a los Estados Generales (la asamblea constituida por los representantes del clero, nobleza y burguesía), también de Vandea llegan los cahiers de doléance, colecciones de protestas y peticiones que expresan, junto a un fuerte apego a la monarquía, también una serie de protestas contra el sistema de imposición fiscal, sus abusos e irracionalidad.
Los vandeanos desean, por lo tanto, una renovación y con este espíritu mandan a París a sus representantes, para que se hagan intérpretes de ello frente al soberano. Y el desengaño fue tanto más candente cuanto más grande la esperanza.
Se hizo cada vez más claro, y no sólo en Vandea, que en París no se trabajaba a las esperadas reformas, sino para emanar leyes destinadas a aumentar el poder coercitivo de las administraciones, para golpear a la Iglesia y las tradiciones religiosas del pueblo en una inquietante aceleración destructiva.
La confiscación y la venta de los bienes eclesiásticos, que enriquecen solamente a burgueses y nobles, y la introducción de la Constitución Civil del Clero, en verano de 1790, crean un creciente descontento, al que las autoridades contestan con insensibilidad, con incapacidad de gobierno y con una creciente represión, que desemboca en la irremediable fractura entre las poblaciones y el poder.
Los acontecimientos precipitan en 1793. La rotura provocada por la Constitución Civil del Clero, que sienta las bases de una sublevación de naturaleza religiosa, se consume con la noticia que el 21 de enero de 1793 el rey Luis XVI es guillotinado, y se manifiesta cuando el Gobierno de París ordena en toda Francia el reclutamiento de trescientos mil hombres destinados al frente.

3. La guerra contra-revolucionaria

La insurrección estalla porque la población de Vandea se negó a abandonar las casas para ir a morir por una república que consideraba ilegítima, culpable de perseguir a la religión, que acaba de asesinar al soberano legítimo y de haber avivado la crisis económica.
Ya desde 1790, a causa de los impuestos y en defensa de los sacerdotes "refractarios", es decir los que no habían jurado fidelidad a la Constitución, estallaron por dondequiera unos alborotos y la Guardia Nacional, más de una vez, no titubeó en disparar a la muchedumbre.
También en otras regiones de Francia estallaron motines, pero en todo sitio la República los ahogará más o menos rápidamente, por ser improvisados, por faltar de coordinación y decisión. Pero en Vandea, en marzo de 1793, inicia una insurrección general, anunciada por el sonido de las campanas a martillo de todas las iglesias. Los rebeldes se organizan militarmente en las parroquias y constituyen a una armada Católica y Real de muchas decenas de millares de hombres, guiados por jefes elegido por ellos y que, a menudo, sobretodo entre los aristócratas, son reacios a participar.
Jacques Cathelineau (1759-1793), cochero, es el promotor de la sublevación y es elegido primer Generalísimo de la Armada vandeana; muere en batalla a los treinta y cuatro años. El marqués Louis-Marie de Lescure (1766-1793) es un oficial que los rebeldes liberan de la reclusión, y se convierte en el jefe acreditado; al morir en combate a los veintisiete años, se le encuentra encima el cilicio. Henri du Vergier de la Rochejaquelein (1772-1794) es elegido general a los veintiún años; Napoleón Bonaparte (1769-1821) exaltará su genio militar. Jean-Nicolás Stofflet (1753-1796), montero, se revela un formidable estratega y no aceptará rendirse nunca. François-Athanas de la Contrie (1763-1796), dicho Charette, es un oficial de marina "obligado" a convertirse en un jefe legendario por los insultos de los campesinos que lo sacan de bajo de la cama, dónde se había escondido para sustraerse a sus búsquedas; morirá fusilado. También hay quien, a fuerza, los campesinos llevarán en batalla sobre sus hombros. Entre las pocas excepciones está Antoine-Philippe de la Trémoille, príncipe de Talmont (1765-1794), que vuelve del destierro para meterse a la cabeza de la caballería, único de los grandes señores de Francia que combate y muere con los vandeanos.
Victorias y derrotas se alternan hasta el jaque de Nantes y la derrota de Cholet, en el otoño de 1793. La armada Católica y Real decide, entonces, atravesar el Loira y alcanzar el mar en Normandía, donde cree encontrar a la flota inglesa. Pero a la llegada los ingleses no están y los vandeanos, con sus familias, vuelven sobre sus pasos, perseguidos por los republicanos que los derrotan en repetidos choques, o mejor, en matanzas dónde los rebeldes, mujeres y niños incluidos, serán exterminados a miles.

4. La represión revolucionaria

En enero de 1794 la República ordena la destrucción total de la Vandea. Unos envíos militares punitivos, dichas "columnas infernales", atraviesan la región haciendo tabla rasa y perpetrando el genocidio de la población, con método e instrumentos de "solución final", que anticipan los horrores del siglo XX; ni faltan intentos de control demográfico.
Paralelamente inicia la campaña de descristianización del territorio, mientras el Terror revolucionario se abate sobre la población con duras persecuciones: los encarcelados, los deportados (en este período es inaugurada la colonia penal de Cayena, en Guyana), las ejecuciones de cada tipo resultan difíciles de determinar. En febrero de 1794 la Vandea sigue sublevada y conduce una despiadada guerra de guerrilla, que pone la República en dificultad. Por fin, en febrero de 1795, en La Jaunnaye, los jefes vandeanos firman la paz con el Gobierno de París que se empeña en reconocer la libertad del culto católico, conceder la amnistía, una indemnización de reembolso y, según unos artículos ocultos, se empeña en entregar a los vandeanos el hijo de Luis XVI, prisionero en la Torre del Templo de París. Pero, visto que no respetan los acuerdos, en mayo de 1795 Charette y otros jefes retoman las armas, pero esta vez la insurrección no tiene la amplitud de la anterior, también por la desilusión de no tener a un príncipe que se meta a la cabeza de los rebeldes: una fallida llegada cuya responsabilidad es también inglesa.
La guerrilla continúa sin esperanza hasta la captura y el fusilamiento de Charette, en marzo de 1796. La tentativa de desembarque en Quiberon por parte de setecientos cincuenta "emigrados" (los que dejaron Francia después de 1789), muchos de los cuales oficiales de marina a los cuales Inglaterra había prometido ayuda y apoyo militar, se concluye en una derrota. Traicionados, caen en manos de los republicanos, que les prometen la vida a cambio de la rendición, pero en cambio los fusilan; todo acaba en una trágica Bahía de los Cerdos ante litteram.
Con la muerte de Charette se concluye la epopeya vandeana. Habrá otra insurrección en los años 1799 y 1800, conducida por los jefes vandeanos sobrevivientes y George Cadoudal (1771-1804) en Bretaña; una más en 1815, durante los Cien Días napoleónicos; y, por fin, el último episodio será la fallida insurrección legitimista contra el gobierno liberal de París en 1832.

5. El coste de la guerra

Años de guerra y guerrilla despiadadas, veintiunas batallas campales, doscientas tomas y reconquistas de aldeas y ciudades, setecientos choques locales, ciento veinte mil muertos por parte vandeana, numerosos entre los republicanos, la región completamente devastada: éstas son las cifras impresionantes que muchos tratan de ocultar.
La que Napoleón ha llamado una lucha de gigantes es una guerra popular, católica y monárquica, que los vandeanos han conducido convirtiéndose en consciente obstáculo a la afirmación de la primera gran tentativa de república revolucionaria y totalitaria de la historia moderna. Por esto la Vandea ha pagado con un terrible genocidio, seguido por el silencio de quien se reconoce en el árbol ideológico de la Revolución francesa.

6. La victoria de los vencidos

El reconocimiento de los sacerdotes fieles a Roma, el restablecimiento del culto católico y por fin, con todos sus límites, el Concordato Napoleónico del 1802 son por muchos, adscritos a mérito del sacrificio de los vandeanos. Ésta, en resumidas cuentas, puede ser definida la gran victoria de los vencidos. Vencidos en este mundo, puesto que muchos de estos mártires han sido elevados a la gloria de los altares por la Iglesia.
Por tanto, ésta es la razón por la cual, fuera del lenguaje corriente de la historiografía, el término "Vandea", más allá de su contexto histórico, tiene una valencia positiva, es ejemplo y sinónimo de contraposición radical a los principios revolucionarios de la época moderna y defensa y propuesta de los valores en que se basa la civilización cristiana; en conclusión término contra-revolucionario porque expresa no sólo hostilidad a la Revolución en todos sus aspectos, sino porque promueve los principios cristianos, que son radicalmente contrarios a ella.

Para profundizar
Véase un cuadro general de la Revolución francesa, en Pierre Gaxotte (1895-1982), La Revolución francesa, trad. it., Mondadori, Milán 1989; sobre la Vandea en particular, véase la monografía de Reynald Secher, El genocidio vandeano, prefacio de Jean Mayer, presentación de Pierre Chaunu, trad. it., Effedieffe, Milán 1991; y el extraordinario documento de François Noël "Gracchus" Babeuf (1760-1797), La guerra de Vandea y el Sistema de Despoblación, introducción, presentación, cronología, bibliografía y notas de R. Secher y Jean-Joël Brégeon, trad. it., Effedieffe, Milán 1991; por la "suerte" del término como categoría histórica, véase los actos de un congreso hecho en Vandea en 1993, por inspiración del historiador P. Chaunu, AA. VV, La Vandea, prólogo de Sergio Romano, trad. it., Corbaccio, Milán 1995; por un análisis de las interpretaciones del fenómeno "Revolución francesa", véase a Massimo Introvigne, El sagrado posmoderno. Iglesia, relativismo y nueva religiosidad, Gribaudi, Milán 1996, pp. 24-59.

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