La verdad en el arte
autor: Massimo Camisasca
Superior General de la Fraternidad Sacerdotal Misionera San Carlos Borromeo
Roger Scruton
Escritor y filósofo
Davide Rondoni
Poeta y escritor
fecha: 2007-08-20
fuente: Verità nell'arte
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "La verità è il destino per il quale siamo stati fatti", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "La verdad es el destino para el que estamos hechos")
traducción: María Eugenia Flores Luna

MODERADOR:
Buenas tardes, bienvenidos. Estamos aquí para poner como tema la verdad en el arte, que como cualquiera entiende es un tema infinito, desde cierto punto de vista. Cada vez que se habla de arte siempre es bueno no fiarse demasiado de las teorías, sino mirar la experiencia. El arte es una cosa de la cual se hace experiencia, no existe en abstracto, no existe fuera del momento en el cual yo lo comprendo. Dos huéspedes que hablan son dos personas que hacen experiencia del arte. Para hacer experiencia del arte no hace falta ser directamente artistas, no hace falta crear obras de arte. No hace falta tampoco ser expertos de arte, como normalmente entendemos. Hay gente, a lo mejor, que realiza estudios o ha mejorado con el tiempo un hábito particular, un específico interés por el arte, una “especialidad”, como se dice hoy. Para hacer experiencia del arte sólo hace falta hacer experiencia del arte, es decir hace falta estar dispuestos al encuentro con el arte. Estoy contento de que quienes nos hablarán sean personas como Massimo Camisasca y Roger Scruton que estimo, conozco, a uno más que al otro: Massimo por amistad, ya veinteñal y de Roger Scruton conozco algunos escritos y he tenido el gusto de conocerlo en estos días. Estoy contento sea porque no hablarán de modo pesado, sea porque, en las dos intervenciones que escucharán, este aspecto del partir de la experiencia del arte nos pondrá al amparo de cualquier bromista, de cualquier inútil sofisma entorno a este problema.
Hablará primero Massimo Camisasca que ha nacido en Milán a mediados de los años 1940, al inicio de la segunda mitad de los años 1940, en el 1946, abreviemos, es sacerdote desde el 1975, ha sido uno, como saben muchos, de los grandes colaboradores de don Giussani, uno entre los primeros que ha compartido la experiencia y la responsabilidad en Milán, en los grupos de la acción Católica y luego Gioventù Studentesca (Juventud Estudiantil). Este largo recorrido, no por casualidad, ha hecho de él quien ha escrito, ha extendido la historia del Movimiento que ha sido publicada hace poco en varios volúmenes. Pero, además de eso, ha estudiado y enseñado en las universidades de Milán y Roma, Lateranense, y ha sido Vicepresidente del Pontificio Instituto Juan Paulo II para los estudios sobre el matrimonio y la familia. Actualmente es Superior de la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo, que es un grupo de simpáticos sacerdotes muy creativos, han hecho también una bonita muestra sobre Jeremías aquí, antes que hacer el bien en el mundo entero con las casas que han creado. Es autor de varios libros. Recuerdo sólo algunos, además de la historia del movimiento de Comunión y Liberación, que ya les he contado: “El desafío a la paternidad”, que son reflexiones sobre el sacerdocio, “Esta casa mía que Dios habita”, que son reflexiones sobre la vida común, “Pasión por el hombre. Los pasos de la misión cristiana” y “Senderos de Asia iluminados”, también testimonio de una vocación universal que don Massimo lleva por el mundo y “El viento de Dios” del 2007. Son todos libros publicados que también pueden encontrar, en buena parte, en la librería del Meeting. Ahora la palabra a don Massimo.

MASSIMO CAMISASCA:
Esta intervención mía podrá parecer una provocación. Y en efecto lo es. Hablando de arte no hablaré ni de cuadros, ni de piezas musicales, ni de libros. Hablaré de hombres y mujeres. Y principalmente, queriendo revelar su belleza, atestiguaré a menudo sobre su dolor, sus fatigas, sus contradicciones. Porque en la noche más oscura brillan aún más las estrellas, como está escrito al ingreso de la abadía de Subiaco. Es una frase muy usada, lo sé, pero me ha parecido, en su simplicidad, una buena introducción a lo que deseo comunicarles: el arte puede mostrar la verdad del hombre y del mundo sin borrar nada de su drama, pero iluminando la esperanza de que puede vivir en cada condición humana.
¿Qué es el arte? Él es para mí una modalidad privilegiada de mirar la realidad. Lo definiría así: una mirada sobre la realidad que sabe normalmente ver lo que los hombres no logran vislumbrar. No importa si él sea una novela, una poesía, una escultura, música u otro. Dicho en otras palabras: el arte es un ojo que sabe ver donde nuestros ojos no ven. «El arte», un amigo mío ha escrito, «es la tentativa de eternizar las cosas. Revela la profundidad de las cosas, que no tiene fin». Simenon, el padre del Comisario Maigret, ha escrito que la literatura tiene el objetivo de «revelar el peso de las cosas».
Pero no es suficiente decir esto. Cada conocimiento del hombre que vaya más allá de la pura descripción del dato sensible es en el fondo un acto que revela a primera vista lo que no hemos sabido reconocer. El arte hace ver sí la realidad según una profundidad nunca vista, pero sobre todo revelando en él algo que atrae, que conmueve, que ata a sí mismo. Es un conocimiento que se realiza a través de la atracción. No con el rigor del razonamiento, con la inevitabilidad de una ley científica u otro, sino generando una correspondencia profunda entre lo que eres, lo que sientes, lo que esperas y lo que tienes de frente en el acto artístico. En este sentido el arte es una fuerza que arrastra adentro de la realidad, para revelarla. No importa cuál realidad (sea ella bonita o fea, agradable o desagradable, lejana o cercana, pasada o presente…) y no importa tampoco cómo se genera esta relación, (si a través de la emoción, el sentimiento, la fantasía…). Parece claro a este punto el lugar en que tal relación se realiza: ello es el hombre. Sin el hombre no hay arte y no hay revelación de la realidad. Sin el hombre la realidad es muda e incapaz de relación. No sólo no hay arte sin el hombre, sino tampoco hay arte que en un modo u otro no tenga al hombre como su contenido. Cierto no todo el arte es «figurativo», pero podemos decir que el arte es incomprensible si no habla de nosotros y a nosotros. Es siempre en relación al hombre que se convierte en una epifanía de la realidad. Por eso, en mi opinión, uno de los momentos fundamentales en la historia del hombre ha sido la lucha iconoclasta. Desde cuando un hombre ha pretendido ser Dios, porque Dios se había hecho hombre, la relación entre arte y realidad ha cambiado profundamente. Dios, el misterio sumo cuyo nombre no puede ser pronunciado y cuyo rostro no puede ser visto antes de la muerte, convertido en hombre ha aceptado ser representado. Pero ya al inicio del mundo, el hombre ha sido definido imagen y semejanza del misterio. Pues: al centro del arte está el hombre. Ésta es la llave para leer la historia del arte occidental, no sólo después de Cristo; ella siempre ha tenido este presentimiento. En el arte griego, etrusco, yendo atrás hasta las incisiones rupestres o a las pinturas en las grutas de España y Francia. No está absolutamente sin razón recordar que el cristianismo es la glorificación de los sentidos. Él ha representado una abertura positiva a las palabras, a las imágenes, a los colores, a las cosas. Jesús llega a decir: «Bienaventurados sus ojos porque ven y sus orejas porque oyen» (Lc 10, 23-24).

Esto puede explicar la decisión que he querido cumplir en esta intervención mía: hablar del arte como camino hacia la verdad, no mediante la exposición de una estética, sino por una serie de flash, de iluminaciones reales que me he venido encontrando, directamente o mediante el relato de amigos, algunas personas por todo el mundo y contemporáneas a nosotros. En su vida, particularmente en algunos momentos de ella, he visto, también dentro del dramatismo, el mal, el dolor, una luz que indicaba el camino hacia una verdad más grande. Cuando Jesús ha hablado de sí mismo, de su identidad personal, identificándose con la Verdad (Jn 14,6) estaba viviendo los momentos más dramáticos de su existencia, aquellos a los que podrían ser aplicadas las palabras del profeta Isaías: «No hay en él belleza alguna»…, (Is 53,2). Sin embargo, el arte de dos mil años ha sabido revelar la luminosidad de aquellas horas y algo de su infinita, ilimitada verdad.
"La belleza de la verdad comprende ofensa, dolor y también el oscuro misterio de la muerte", Ratzinger ha escrito al Meeting 2002. (p. 14 “La Belleza”)
Cuando Dostoievski ha escrito: «La belleza salvará el mundo» (El idiota) no quería darnos una definición, tampoco abrir en nosotros un remolino de sentimientos. Como ha hecho Dante en la Comedia, Dostoievski ha pasado por los abismos infernales para llegar a las almas más puras y más transparentes de sus novelas que no viven lejanas de este mundo de mal, sino inmersas en ello.
Un primer flash.
El pasado 1 de abril, haciendo zapeo delante del televisor, he escuchado un fragmento de una entrevista a Gino Paoli, un famoso autor italiano de música pop. Decía: «No soy ateo. El ateo es la otra cara del creyente, tiene necesidad de Dios para negarlo. Yo no necesito de nada ni de nadie. Pero ahora veo los ciclaminos, la extensión de ciclaminos brotados al improviso en el parque de mi casa. Y me vienen ganas de agradecer a alguien que no existe». Dejo a ustedes esta abertura: el agradecimiento también nace en quien se dice agnóstico, desde la mirada de un simple prado florecido. Corramos a Nairobi, en África.
Regina es una chica que vive en la periferia de la capital de Kenia, en una barraca. Se ha mantenido vendiendo leche a los transeúntes. Está en el último estadio del Sida. Ya no camina. Encuentra a Alfonso Poppi, un misionero que cuida de ella, que lo acoge, la hace participar en los encuentros de un grupo de enfermos que se encuentran semanalmente entorno a él para descubrir cuánto de grande ellos todavía puedan darles a los hombres del mundo precisamente a través de su enfermedad. Su vida renace en profundidad, se llena de luz. Quiere recibir la primera comunión. El 12 de enero de 2005 es el día de aquella fiesta. Se canta en todos los dialectos: en kikuyu, en acioli, en luganda, en luo, en latín. Algunos viejos gritan, entre los aullidos de las mujeres: «Regina, Regina». Es increíble la alegría y la paz que se experimenta en aquella iglesia. En la tarde don Alfonso anota: « ¿Quién eres tú Señor que haces felices los desheredados?».
En el mismo grupo de enfermos también está Alex y Consolata. Alex ha tenido hijos de otra mujer, después fallecida de Sida. Hace algunos años también han descubierto de ser seropositivos. La enfermedad los empuja poco a poco fuera de la sociedad. Luego el encuentro con los del meeting point, lugar de encuentro para aquellos enfermos, el redescubrimiento de la alegría, el deseo de ser bautizados y de casarse. La fiesta llena los vacíos de sus rostros marcados y sus cicatrices. Entre el tocar de los tambores y los cantos, una fiesta de pueblo acompaña su «sí».
Regina, Alex, Consolata han tenido, mediante un encuentro, el don de experimentar aquella profundidad de las cosas que nada puede quitar y que abre sólo cuando uno se sabe amado.
Otro flash, esta vez en América Latina.

Un amigo mío me escribe, Martino, un misionero, de Santiago de Chile: “He visitado una parte de las barriadas que atraviesa el territorio de nuestra parroquia. Entre las casuchas, al lado del ferrocarril en desuso, riachuelos de agua estancada y muchos perros. A un cierto punto he entrado en una casa de madera, cuya puerta era tan baja que he tenido que doblarme para poder entrar. El suelo era la tierra desnuda. En el único local, dos camas en desorden, una hornilla, tres niños sucios, una televisión encendida y un perro que estaba mordiendo un enorme hueso con jirones de carne sanguinolenta. El olor era insoportable. El padre de los niños, un hombre solo de unos 50 años, ha aceptado mi presencia. De repente, en aquel desastre de miseria, he divisado en un rincón una pequeña reproducción de un cuadro de Van Gogh: un padre de rodillas con los brazos abiertos que quiere acoger al hijo que corre hacia él. Aquel hombre la había colgado en una pared de madera. Lo tenía allí, le recordaba cada día aquella belleza que está en el corazón de cada hombre”.
Aquí la luz de Van Gogh se ha convertido no sólo en iluminación, sino en verdadera profecía de lo que en realidad ocurría delante de los ojos de Martino. La realidad, también aquella más dura, es más grande que todo arte posible.
Pasamos ahora a Novosibirsk en el corazón de la Siberia. Creada para estar desabitada, desde hace algún siglo está poblada por los descendientes de los deportados y por los trabajadores de las minas. También están los herederos de los deportados de Stalin, alemanes, que han continuado a rogar y a cantar en su lengua, aunque ahora ya no la entienden. Francesco Bertolina ha descubierto en estos últimos 15 años a tantas de estas personas. La mayor parte de su tiempo lo pasa a hacerles compañía, a juntarlos. Me escribe: “La primera vez que llegué a Reshoty, una mujer me contó de aquella noche de 1968. Después de treinta años de aislamiento había milagrosamente pasado un sacerdote alemán, pero su novio no estaba en el pueblo y así que no se ha podido casar. Sólo después de muchos años han podido recibir de mí la bendición para la tan esperada boda. Tomaron los anillos que desde hace tiempo custodiaban celosamente, y realizaron su sueño. Ella estaba radiante de luz, él visiblemente conmovido. El viaje de bodas fue el regreso de la iglesia a la casa, a pie: me ofrecí para acompañarlos en microbús, pero ellos decidieron ir andando a pie “así” dijeron “habría sido un viaje más largo”.
También aquí la luz de la ternura, brota de un largo sacrificio lleno de miradas y espera.

Y ahora América. Vincent era capellán en un hospital americano. Su vida se ha cruzado con una infinidad de otras existencias marcadas al mismo tiempo por la enfermedad y por la luz. Annie, una de estas pacientes, pertenecía a una antigua familia protestante del Nuevo England. Se había casado con un católico y se había convertido. Dotada de un fuerte espíritu, de una nobleza de ánimo, llevado hasta el estoicismo, no lograba creer que aquella enfermedad le tocaba justo a ella. Le parecía que le hubieran sido quitadas la independencia y la dignidad. Estaba deprimida e irritable no sólo por el dolor sino sobre todo por la injusticia de aquel dolor. “Yo le hablaba del Señor, - Vincent me cuenta - de como desnudo en la cruz fuera sometido a los sufrimientos, a la pérdida del dominio sobre el propio cuerpo.

Un día entré. Me percaté de que ella estaba próxima al final. Me arrodillé tomando su mano en la mía “no logro respirar”, me dijo, “no puedo tomar aliento”. Debe ser terrible. ¿Tu respiración está rota? ¿Es como un millón de trozos?” “Si, está rota”. “Tu respiración está rota por nosotros. Cada vez que tú inspiras o espiras, con tu respiración afanosa estás respirando con Jesús y su cuerpo partido. Estás salvando el mundo, estás haciéndolo de veras”.

Me miró, miró a sus hijos, volvió a mirarme, levantó la mirada al cielo. Los hijos, concluye Vincent, todavía me escriben, porque desde aquel momento sólo ha habido luz”.
En Asunción, la capital del Paraguay, alrededor de Aldo Trento, otro de mis misioneros, ha nacido una clínica para enfermos terminales. Está suscitando la atención de los médicos en todo el país, y también en otras partes de la América latina por las curaciones que vienen utilizadas. Pero no es ésta la cosa más relevante. Aquí las personas no pueden ser curadas desde el punto de vista físico, sino a menudo son curadas por dentro. Una voluntaria me ha contado: “soy farmacéutica. Aquí en la clínica me ocupo del aspecto estético. Trato de hacer agradable el aspecto físico de los pacientes, el rostro. Cuando un enfermo se mira al espejo, es el momento de la verdad. Sabiendo que está a punto de morir, una persona se mira y tiene que poderse reconocer en un rostro decoroso, también embellecido”.

Las personas que llegan aquí a la clínica a menudo viven por las calles, abandonadas, o están solas, desesperadas. Uno de ellos que había intentado el suicidio me dice: “Gracias, soy feliz porque todavía me siento útil hasta el punto que puedo volver a pensar en mis 5 niños y quiero empeñarme por ellos”. Qué ha sucedido, le he preguntado. Él: “Me siento amado. Así he descubierto que el amor existe”. Cuando el cáncer se apodera del cuerpo, todo parece derrumbarse y acabar. Pero cuando la enfermedad lleva a encontrar un amor, la vida misma, tan herida, renace.
Estos hombres y estas mujeres a un cierto punto de su vida han empezado a mirar de modo diferente a sí mismos y a lo que a ellos había ocurrido. Emblemáticamente aquel padre en la chabola de Santiago de Chile tenía una reproducción de Van Gogh en su tugurio. Cada obra de arte es el fruto de una mirada nueva que el artista encuentra. Del mismo modo cada hombre y cada mujer puede ser una artista que sabe también descubrir la luz en los pliegues más recónditos y dramáticos de la propia existencia. Y se vuelve así generador de una vida nueva entorno a sí mismo, una real y propia creación poética.

Deseo, por fin, hacerlos encontrar con Giampiero Caruso. También él vive a Novosibirsk como Bertolina. Visita regularmente tres diversas cárceles. Una de máxima seguridad. Son 2200 personas apiñadas en espacios muy estrechos. Encuentra a quien desea verlo. Son 15 personas. Me cuenta “al inicio tengo miedo. Pero cuando empiezo a mirarlos uno a uno, es como si viera mi misma humanidad: necesitada, mendiga. Empiezo con alguna pregunta. ¿Cómo se llaman? ¿Desde hace cuántos años están aquí? ¿Cuántos les queda todavía por cumplir? El primero en contestar es un hombre que habla a duras penas, lucha por tener levantada la cabeza. Me conmueve la profunda tristeza que revelan sus ojos azules y aquella cabeza siempre plegada sobre sí misma. Estoy frente a probables asesinos, violadores, ladrones. Hemos hablado por tres horas de libertad, de esperanza, de fe. Me sentía desnudo frente a ellos. No podía decir frases hechas sino tenía que hablar de mí, de la libertad que yo vivo, de la esperanza que tengo. He dicho que el hombre no coincide con los propios límites, que ellos no son la última palabra, que nosotros somos objeto de misericordia, y es este el origen de nuestra libertad. Me daba cuenta de balbucear. Aquel hombre que hacía fatiga a tener levantada la cabeza se ha sobresaltado cuando me ha sentido decir que la fe es la cumbre de la razón. Ha empezado a rebatir, a hacerme preguntas, a menudo de modo polémico y escéptico. Ha llegado pronto la hora de andar, aunque me percato que han pasado tres horas. Los saludo uno a uno y aquel hombre, cuando le apoyo una mano en el hombro, se levanta y tirándome hacia sí, me abraza. Luego me dice “regrese pronto, lo espero”.
En esta expresión, “regrese pronto, lo espero” está para mí el zumo de nuestro encuentro. En cada obra de arte existe el presentimiento de un más allá, una promesa hecha a cada hombre y también la invitación a la fidelidad, a volver, a releer, escuchar, mirar de nuevo. Pedir, una vez más. Gracias

MODERADOR:
Gracias don Massimo por esta su extraña galería de arte, galería de obras de arte. “Regrese pronto, lo espero” creo que sea una bellísima frase sintética para decir lo que ocurre frente a una obra de arte y en la misma obra de arte, a lo mejor lo discutimos después. Nuestro segundo huésped es Roger Scruton, si quieren divertirse vayan también a leer su presentación en Internet. En todo caso él es escritor, filósofo, periodista, compositor, editor, hombre de negocios, un montón de cosas. Vive entre los Estados Unidos y Londres, enseña en la Universidad y es uno que se ha ocupado en sus libros, que son ya numerosos y comienzan a ser traducidos también acá en Italia, de temas que van: para decir un título, “Arte e imaginación” en 1974, una breve historia de la filosofía moderna en 1982, un libro sobre Kant en 1983, un libro sobre el deseo sexual en 1986, sobre Spinoza en 1987, Spinoza de nuevo, novelas y algo sobre la filosofía, de nuevo moderna. En fin, un hombre que ha estudiado y está escribiendo mucho, sea en términos más estrechamente académico-filosóficos, sea en términos, como también escucharán de su relación, más provocadores en el debate cultural actual. Una obra suya que ha sido publicada hace poco en Italia es el “Manual del conservador”, editorial Cortina. Escuchemos ahora su relación y luego quizá, al final de esta relación, yo haré una o dos preguntas a nuestros huéspedes.

ROGER SCRUTON:
¡Buenos días, señoras y señores! Ante todo excúsenme porque mi italiano es primitivo. Hace cuarenta años he estado en Roma por tres meses y he aprendido un poco la lengua por las calles, pero mi pronunciación todavía es peor de lo que este hecho no implique. Pero espero ser comprensible.
Uno de los componentes más cautivantes de Mozart es la ópera cómica "El rapto del serrallo", que cuenta la historia de Konstanze, secuestrada y separada del novio Belmonte y obligada a servir en el harén del pachá Selim. Después de varias intrigas, Belmonte la salva, ayudado por la clemencia del pachá, que respeta la castidad de Konstanze, negándose a tomarla por la fuerza. La improbable trama le permite a Mozart expresar la propia convicción ilustrada, según la cual la caridad es una virtud universal, verdadera en el imperio Musulmán de los turcos tal como en aquel cristiano del iluminado José II. El amor fiel de Belmonte y Konstanze inspira la clemencia del pachá. Y por cuanto a la inocente visión de Mozart le falte un fundamento histórico, su fe en la realidad del amor desinteresado siempre es expresada y sustentada por la música. El rapto del serrallo propone una idea moral, sus melodías comparten la belleza de aquella idea, presentándola de modo persuasorio al oyente. En la producción del 2004 del Rapto en la Comic Opera de Berlín, el productor catalán Calixto Bieito decide ambientar la obra en un burdel berlinés en el que Selim es el protector y Konstanze una de las prostitutas. También durante las músicas más tiernas, el palco estaba lleno de parejas enlazadas y todas las excusas para representar la violencia, con o sin acmé de la actividad sexual, ampliamente explotada. A un cierto punto se tortura graciosamente a una prostituta y se le arrancan los pezones de modo sangriento y realista, antes de matarla. Las palabras y la música hablan de amor y compasión, pero el mensaje está cubierto por escenas de profanación, homicidios y sexo narcisístico que obstruyen la escena en una orquestación ruidosa.

Es un ejemplo de un fenómeno con el que, estoy seguro, han desarrollado familiaridad a partir de la experiencia en cada ámbito de nuestra cultura contemporánea. No basta que artistas, directores, músicos y cuantos operan en el mundo del arte estén en fuga de la belleza. Existe el deseo de eliminar la belleza, de borrarla. Dondequiera ella repose en espera nuestra, el deseo de frustrarla garantiza que será cubierta por escenas de fealdad y destrucción. Las obras de arte contemporáneas crean el poco efecto del que disponen suministrando traumas a nuestra débil fe en la naturaleza humana, como testimonio, por ejemplo, el crucifijo bajo la orina de aquellos dos charlatanes de Gilbert y George. El cine contemporáneo abunda de escenas de canibalismo, desmembraciones y dolor insensato, tanto que algunos directores como Quentin Tarentino, tienen sólo eso en su repertorio emotivo. La música pop ha sido invadida por el rap, cuyos textos y ritmos hablan de una violencia incesante, y que rechaza la melodía, la armonía y cualquier otro instrumento que pudiera crear un enlace con el antiguo mundo de la canción. La música seria ha sido a su vez impresionada, con la obligación de insertar disonancias y sonoridades ásperas que impiden el flujo musical. Las obras de literatura persisten en violencia y trasgresión, insistiendo morbosamente sobre las funciones corporales una vez consideradas demasiado privadas e inviolables para ser mencionadas sobre el papel impreso.

En fin, lo saben bien. Vivimos en una cultura de profanación, en la que la vida no es muy celebrada por el arte, sino más bien tomada de mira. Los artistas se hacen una reputación construyendo un marco original en que ostentar el rostro humano y echarle encima del estiércol. ¿Qué podemos hacer y cómo encontrar la vía que nos reconduce a eso que todos nosotros aspiramos, o bien la visión de la belleza? Quizás parezca un poco sentimental hablar de este modo de una "visión de la belleza”. Lo que quiero decir pero no es una imagen endulzada, de tarjeta navideña, de la vida humana, sino más bien los modos elementales en que los ideales y el decoro hacen su ingreso en nuestro mundo y se hacen conocer, tal como ocurre para el amor y la caridad en la música de Mozart. Hay gran hambre de belleza en nuestro mundo, un hambre que el arte popular no logra reconocer y al cual el arte serio evita. Hace poco he usado la palabra "profanación" para describir cuánto transmitía la producción del Rapto de Bieito y los vanos esfuerzos de Gilbert y George para decir algo. ¿Qué implica exactamente esta palabra? Está conectada, desde un punto de vista etimológico y semántico, con sacrilegio y por lo tanto con la idea de la santidad y carácter sagrado. Desacralizar significa desperdiciar cuanto de otro modo pudiera ser puesto a parte, en la esfera de las cosas sagradas. Podemos desacralizar una iglesia, un cementerio, una tumba; y también una imagen sagrada, un libro sagrado o una ceremonia sagrada. También podemos desacralizar un cadáver, una imagen querida, hasta un ser humano viviente, en la medida en que estas cosas contienen, como es verdad, un presagio de alguna santidad original. El miedo a la profanación es un elemento vital de todas las religiones. Y en efecto éste era en origen el significado de la palabra religio: un culto o una ceremonia pensada para proteger del sacrilegio algún lugar sagrado.

En el siglo dieciocho, cuando las religiones organizadas y la monarquía ceremonial estaban perdiendo autoridad en la mente de las personas pensantes, mientras el espíritu democrático ponía en duda las instituciones heredadas del pasado y circulaba la idea que no fuera Dios sino el hombre, a hacer las leyes para el mundo humano, la idea de lo sagrado sufrió un eclipse. A los pensadores de la Ilustración parecía que fuera algo más que una superstición creer que manufacturas, edificios, lugares y ceremonias pudieran tener carácter sagrado, puesto que todas estas cosas fueron el resultado de un proyecto humano. La idea de que lo divino se revelara en nuestro mundo y buscara nuestra veneración parecía sea inverosímil de por sí que incompatible con la ciencia.
Contemporáneamente, filósofos como Kant, Burke y Adam Smith reconocían que no miramos el mundo solo con los ojos de la ciencia. Hay otra actitud, que no es sólo de investigación científica, sino de contemplación desinteresada, que dirigimos al mundo a la búsqueda de su significado. Cuando elegimos esta actitud ponemos a parte nuestros intereses, no nos preocupan más los objetivos y los proyectos que nos empujan adelante en el tiempo, ya no estamos empeñados a explicar algo o a aumentar nuestro poder. Dejamos que el mundo se presente y traemos consuelo por su presentarse. Éste es el origen de la experiencia de lo bello. Podría ser imposible hacer regresar aquella experiencia en nuestra búsqueda ordinaria de poder y conocimiento. Podría ser imposible asimilarla al utilizo cotidiano de nuestras facultades. Pero es una experiencia que evidentemente existe y que tiene gran valor para quien la recibe. ¿Cuándo se verifica esta experiencia, y qué cosa significa? He aquí un ejemplo. Imaginemos de estar caminando hacia casa bajo la lluvia, con los pensamientos ocupados en los problemas del trabajo. Calles y casas desfilan sin que las notemos, tal como las personas; nada invade nuestros pensamientos, si no nuestros intereses y nuestras ansias. Luego al improviso el sol emerge de las nubes, un rayo de luz ilumina un viejo muro de piedra de la otra parte de la calle, centellante.

Levantamos la mirada al cielo, donde las nubes se disipan y un mirlo se echa de repente a cantar en un jardín tras el muro. El corazón se llena de alegría y nuestros pensamientos egoístas se han desvanecido. El mundo está delante de nosotros, felices sencillamente de mirarlo y dejar que sea. Quizás experiencias del género son más raras hoy de lo que no lo fueran en el siglo dieciocho, cuando poetas y filósofos las miraban como en una nueva vía hacia la religión. Quizás la prisa y el desorden de la vida moderna, las formas alienantes de la arquitectura moderna, el ruido y el carácter despojado de las industrias modernas, quizás estas cosas han hecho del encuentro con lo bello algo más raro, más frágil y más imprevisible para nosotros. Sin embargo todos sabemos cómo es, ser transportados improvisamente por las cosas que vemos, por el mundo ordinario de nuestros apetitos a la esfera iluminada de la belleza. A menudo ocurre durante la infancia, aunque raramente, entonces, es interpretada. Ocurre durante la adolescencia, cuando se concede a nuestros deseos eróticos. Y ocurre de modo tenue durante la edad adulta, en la que da secretamente forma a nuestros proyectos para la vida y nos ofrece una imagen de armonía que nosotros perseguimos con las vacaciones, la construcción de la casa y nuestros sueños privados.

He aquí otro ejemplo: es una ocasión especial, en que la familia se reúne para la ceremonia de una cena. Preparamos la mesa, con el mantel bordado limpio bajo los platos, arreglamos los platos, los vasos, el pan en una panera y alguna jarra de agua y vino. Lo hacemos con amor, tenemos placer del aspecto, tratando de alcanzar un efecto de limpieza, simplicidad, simetría y calor. La mesa se ha vuelto símbolo del retorno a casa, de brazos extendidos de la madre universal, que invita a su hijo a entrar. Y toda esta abundancia de significado y alegría de algún modo está encerrada en el aspecto de la mesa. También ésta es una experiencia de belleza. Una experiencia que encontramos, en versión a lo mejor diferente, cada día de nuestra vida. Somos criaturas necesitadas, y nuestra necesidad mayor es la casa, el lugar en que estamos, en que encontramos protección y amor. Alcanzamos esta casa a través de las representaciones de nuestra pertenencia. La alcanzamos no solos, sino en unión con los demás. Y todos nuestros esfuerzos para hacer que el ambiente alrededor de nosotros tenga el justo aspecto, cuando decoramos, reordenamos, creamos, son intentos de dar la bienvenida a nosotros y aquellos que queremos.
Este segundo ejemplo es muy importante para mí. Porque indica que nuestra necesidad humana de belleza no es simplemente una añadidura redundante en la lista de los apetitos humanos. No es algo que podría faltarnos y sin el que estaríamos en todo caso satisfechos en cuanto personas. Es una necesidad que nace de nuestra condición metafísica, de individuos libres, que buscan el propio puesto en un mundo objetivo. Podemos vagar por el mundo, enajenados, resentidos, colmados de sospecha y desconfianza. O podemos encontrar aquí nuestra casa, y venir para descansar en armonía con los otros y con nosotros mismos. Y la experiencia de la belleza nos conduce a lo largo de este segundo camino: nos dice que estamos en casa en el mundo, que el mundo ya está ordenado según nuestras intuiciones, para que sea como un lugar apto para la vida de seres como nosotros. Miren cualquiera de los cuadros de los grandes pintores de paisajes, Poussin, Guardi, Turner, Corot, Cézanne, y verán esta idea de belleza celebrada y fijada en la imagen. No es que aquellos pintores cerraran los ojos delante del dolor, o a la vastedad y a la amenaza del universo del que ocupamos un rincón muy pequeño. Más bien. Los pintores de paisajes nos enseñan la muerte y el decaer en el corazón mismo de las cosas: la luz sobre las colinas es una luz evanescente; los muros de las casas están parchados y desmoronados como el estuco de los pueblitos de Guardi. Pero aquellas imágenes indican la alegría incipiente en la decadencia y el eterno implícito en lo transitorio. No sorprende saber que los filósofos hayan quedado pasmados delante de la idea de belleza. La experiencia de la belleza es tan vívida, tan inmediata, tan personal, que parece difícil que pertenezca al mundo ordinario. Sin embargo la belleza brilla sobre nosotros en las cosas ordinarias. ¿Es una característica del mundo o una ficción de la imaginación? ¿Nos dice algo de real y auténtico y para reconocerlo basta esta experiencia? ¿O sólo es un momento de sensaciones intensas, que no tiene significado a parte del placer de la persona que hace la experiencia? Estas preguntas son extremadamente urgentes para nosotros, ya que vivimos en un momento en que la belleza es eclipsada: una sombra oscura de escarnio y alienación que se ha abierto un paso en la superficie primero resplandeciente de nuestro mundo como la sombra de la tierra sobre la luna. Cuando buscamos la belleza, demasiado a menudo encontramos la oscuridad y la profanación.

La costumbre actual de desacralizar la belleza indica, según yo, que somos como nunca conscientes de la presencia de las cosas sagradas. La profanación es un tipo de defensa contra lo sagrado, una tentativa de destruir sus pretensiones. En presencia de cosas sagradas nuestra vida es juzgada, y para esquivar aquel juicio destruimos lo que parece acusarnos. Los Cristianos han heredado de San Agustín y de Platón la visión de este mundo transitorio como de íconos de un orden inmutable. Ven en lo sagrado la revelación en el aquí y ahora del sentido eterno de nuestro ser. Pero la experiencia de lo sagrado no les es limitada a los Cristianos. Según muchos filósofos y antropólogos, es una característica universal de la condición humana. La mayor parte de nuestra vida es organizada para fines transitorios: las preocupaciones cotidianas de las cuestiones económicas, la búsqueda en nuestro mundo de poder y comodidad, la necesidad de diversión y placer. Pero de todo esto, poco es digno de memoria o capaz de marcarnos. Pero aquí y allá nos sentimos conmovidos por nuestra complacencia y en presencia de algo mucho más significativo que nuestros intereses y deseos presentes. Percibimos la realidad de un algo precioso y misterioso, que se dirige a nosotros con una pregunta que de algún modo no es de este mundo. Ocurre en presencia de la muerte, y en especial modo de la muerte de una persona querida. Miramos con temor reverencial el cuerpo humano del que ha huido la vida. Ya no es una persona, sino son "restos mortales" de una persona. Y este pensamiento nos colma de un inquietante misterio. Somos reacios a tocar el cuerpo muerto; nos parece que no haga realmente parte de nuestro mundo, casi como un visitador procedente de alguna otra esfera. Esta experiencia es paradigmática de nuestro encuentro con lo sagrado. Y solicita, de nuestra parte, un tipo de reconocimiento ceremonial. El cuerpo muerto es objeto de rituales y actos de purificación, pensados no sólo para mandar felizmente a su anterior ocupante al más allá, puesto que también quien no tiene fe en el más allá elige atenerse a estas prácticas, sino para superar la espantosa maravilla, el carácter sobrenatural de la forma humana muerta. El cuerpo es reivindicado por este mundo a través de aquellos rituales que también reconocen su separación del mundo mismo.

Los rituales, en otras palabras, consagran el cuerpo, purificándolo así de su miasma. Del mismo modo, el cuerpo puede ser desacralizado, y es ciertamente uno de los actos de profanación primarios, a los que estamos dedicados desde tiempo inmemorial, como cuando Aquiles arrastró en triunfo el cuerpo de Héctor alrededor de los muros de Troya. Hay otras ocasiones en que somos distraídos de improviso por nuestras preocupaciones cotidianas por la presencia de una pregunta trascendente. En particular, existe la experiencia del enamoramiento. También esto es un universal humano, y es una experiencia de las más extrañas. El rostro y el cuerpo de la persona querida son invadidos por la vida más intensa. Pero desde cierto punto de vista, esencial, son como el cuerpo de un muerto: parecen no pertenecer al mundo empírico. La amada mira al amante como Beatrice a Dante, desde un punto externo al flujo de las cosas temporales. El objeto amado exige que lo adoremos, que nos dirijamos a él con una reverencia casi ritual. Y de aquellos ojos y de aquellos miembros irradia un tipo de plenitud de espíritu que vuelve todo nuevo. Los poetas han gastado millares de palabras sobre esta experiencia, que ninguna palabra parece ser capaz de captar completamente. Y una experiencia que ha alimentado el sentido de lo sagrado en los siglos, recordando a personajes tan diferentes Platón y Calvino, Virgilio y Baudelaire, que el deseo sexual no es el simple apetito que vemos en los animales sino la materia primera de una codicia que no tiene satisfacción simple o mundana, sino que nos impone nada menos cambiar nuestra vida. Si observamos las torpezas cultivadas en el mundo actual, descubrimos que muchas de ellas se refieren a las dos experiencias que he indicado. El cuerpo en los espasmos de la muerte; el cuerpo en los espasmos del sexo: son cosas que nos fascinan fácilmente. Nos fascinan desacralizado la forma humana, mostrándonos al ser humano como superado por fuerzas externas, el espíritu humano eclipsado e ineficaz y el cuerpo humano como mero objeto entre los objetos, en lugar de un sujeto libre, ligado por una ley moral. Y es sobre estas cosas que el arte de nuestro tiempo parece concentrarse, ofreciéndonos no sólo la pornografía sexual sino una pornografía de la violencia, en que el ser humano es reducido a un cúmulo de carne doliente, hecha piadosa, impotente y disgustosa.

¿Por qué todo esto puede haberse vuelto normal? ¿Por qué, aparte, obviamente, del dinero que podemos hacer? La respuesta es que se trata de tentaciones primarias. Todos nosotros deseamos huir de los imperativos de una existencia responsable, en que nos comportamos con los otros en cierto modo porque son dignos de reverencia y respeto. Todos nosotros somos tentados por la idea de la carne, y por el deseo de rehacer el ser humano volviéndolo pura carne, un autómata, obediente a los deseos mecánicos. Para ceder a esta tentación, en cambio, tenemos que remover antes el obstáculo principal a su alcance, o bien la naturaleza consagrada de la forma humana. Tenemos que corromper las experiencias como la muerte y el sexo, que nos alejarían de otro modo de las tentaciones y nos empujarían hacia una vida más elevada de amor, deber y satisfacción. Esta profanación voluntaria también es una negación del amor, una tentativa de rehacer el mundo como si el amor ya no fuera parte. Y ésta, ciertamente, es la característica más importante de la cultura posmoderna que he descrito al principio de la intervención: una cultura privada de amor, determinada a representar el mundo humano como si fuera algo que no se puede amar.
Y esto sugiere un remedio simple, o bien resistir a las tentaciones. En lugar de desacralizar la forma humana deberíamos aprender de nuevo a reverenciarla. Porque no hay absolutamente nada que ganar por el tipo de insultos lanzados contra la belleza de quien, como Calixto Bieito, no soporta mirarla a la cara. Ciertamente, podemos neutralizar los altos ideales de Mozart poniendo en segundo plano su música, haciendo un mero acompañamiento de un carnaval inhumano de sexo y muerte. ¿Pero qué nos enseña todo esto? ¿Qué ganamos, en términos de desarrollo emotivo, espiritual, intelectual o moral? Nada, si no ansiedad. Deberíamos sacar una lección de este tipo de profanación: en la tentativa de demostrar que nuestros ideales humanos están privados de valor, demuestra estar ella misma privada de valor. Y si alguna cosa demuestra estar privada de valor, es el caso de deshacerse de ella.

MODERADOR:
Todavía diez minutos para profundizar. Yo quisiera hacer una pregunta, a partir de una cosa dicha por el profesor Scruton a Massimo Camisasca, así hacemos una pregunta cruzada a los dos relatores. Roger Scruton decía resistir y reverenciar, se trata de esto. Y documentaba, como han sentido, una fuga de la belleza que ocurre en una época en que los deseos se convierten en ansias y éste parece el tono general de la cultura que se expresa en estas así llamadas expresiones de arte: la fuga de la belleza, que es contemporáneamente una profanación, una ansia frente a lo que en todo caso se percibe como sagrado y entonces se lo agrede todavía. ¿Pero si tú tuvieras que probar a describir estas dos palabras, resistir y reverenciar, qué cosa piensas?

MASSIMO CAMISASCA:
Se me ocurre precisamente la lógica del discurso de Scruton, a la cual querría responder. Pues, es indudable que nosotros vivimos en una época en que se hace comercio de la profanación. Quizás podamos encontrar referencias de esto también en el pasado. Y estoy profundamente conmovido y de acuerdo con cuanto él dice, y es decir que la profanación nace del miedo a lo sagrado, pero es justo aquí que entonces yo pienso que nosotros, o al menos yo, tenemos un papel decisivo por jugar. Ante todo por nuestra vida: ¿es decir, la profanación, qué rechaza? Rechaza un misterio entendido solamente como deber. Cuando el misterio se presenta a nuestra vida solamente con el semblante del deber, entonces se siente la necesidad de rechazarlo, y para rechazarlo se necesita precisamente desacralizarlo. Pues, he aquí un poco el sentido de lo que he querido decir, que era también el sentido propio de las últimas expresiones de la relación de Scruton, que he encontrado muy rica y verdaderamente profunda. Y es esto: nosotros debemos, por nosotros mismos y por nuestros hermanos, ayudarnos a descubrir lo que es el verdadero rostro del misterio. El verdadero rostro del misterio es que él le promete al hombre el perdón y la renovación de la vida.

En otras palabras, yo encuentro dentro de toda esta profanación, que ciertamente en algunos casos es morbosa y es una grave mistificación que el poder hace con respecto a las personas, un gran grito, un gran pedido de verdad y autenticidad para nosotros. Para que nosotros sepamos ayudar a nuestros hermanos a ir al encuentro del misterio, no como la realidad de un deber, sino como la realidad de un encuentro satisfactorio, un encuentro que realiza la existencia. Ciertamente, en todo cuanto ha sido dicho, encuentro también los ecos de grandes escritores de nuestro tiempo, de grandes estudiosos como René Girard, por ejemplo, que me han enseñado muchas cosas. Ellos nos muestran que el misterio siempre es una realidad que juzga la vida, y nosotros tenemos que estar frente a ellos también con la humildad de quien acepta ser juzgado: pero es sobre todo una presencia que juzga la vida, salvándola. Esto es lo que he tratado de mostrar en estos pequeños grandes ejemplos que he dado, que no existe lejanía del misterio que no pueda ser recuperada en un abrazo que transforma la lejanía misma, el pecado, la culpa, el límite en una carne de salvación.

MODERADOR:
Quería preguntar, en cambio, a Roger Scruton, también por su función de profesor por lo tanto de educador: en su relación hay unj'accuse, una acusación muy fuerte (¿podía ser más fuerte? La próxima vez, malos, ¿eh?). Y usted acaba diciendo: si esto no tiene valor, echémoslo. Bien, la situación en que estamos y que usted describía de manera exacta, es el fruto también de una gran corrupción entorno al problema del arte y la belleza. ¿Pues, de qué puede empezar de nuevo, en cambio, un trabajo positivamente educativo, para volver a descubrir la posibilidad de la belleza, no como algo precisamente del que huir, advertido como introducción a un misterio espantoso, enemigo? ¿De qué empezar de nuevo? ¿O de qué cosa vuelve a empezar usted, frente a sus estudiantes, frente a las personas con las que habla?

ROGER SCRUTON:
Es difícil responder porque es complicado. Normalmente yo tomo alguna música popular que tiene elementos de belleza. No es necesaria una canción llena de belleza pero sí algo. La tomo y intento hacer que el estudiante reconozca qué cosa es bonito y qué cosa es feo en la canción. Por ejemplo, una canción que todo el mundo sabe, Heartbreak Hotel de Elvis Presley: hay cosas bonitas y cosas feas en esta canción. Es posible explicar exactamente qué cosa es bonito: la voz y el método de expresar a través de la voz, pero la composición es más o menos fea. Se puede de estos pequeños ejemplos hacer unos pasos, unos steps: a Mendelson, luego a Beethoven y luego a la idea de la belleza misma, pero es difícil….
El deseo de la belleza es natural y hace parte de las relaciones normales entre hombre y mujer, por ejemplo; y es revelado, como ha explicado de manera bellísima Massimo Camisasca, también en el dolor humano, porque el dolor nos fuerza a ser serios sobre las cosas. Es suficiente.

MODERADOR:
Sólo dos breves observaciones para cerrar: la primera es que creo que un aspecto importante de esta conversación - que como pueden imaginar podría continuar durante mucho tiempo, también profundizándose, pero los dos protagonistas nos darán otras posibilidades para hacerlo, en lo que escriben, en lo que todavía propondrán - es que, desde el momento en que habla de arte, se han percatado que luego puede hablar de todo: del dolor, del sufrimiento, de la vida, del sexo, del deseo humano, de la ansiedad. He aquí, quiero decir que una de las primeras cosas importantes de esta discusión es la indicación que para hablar de arte, realmente, no se habla sólo de arte. Es decir, la primera cárcel de la que se necesita un poco escapar, según yo, es la presunción por lo que para hablar a fondo del fenómeno del arte, haga falta sólo hablar de arte. Y por lo tanto sólo puede hablar quien puede hablar mucho de arte, tiene muchos argumentos artísticos. He aquí, creo que desde cierto punto de vista se podría decir que uno de los primeros modos para afrontar el problema de la verdad en el arte, es liberar el arte de los recintos del arte, de los recintos en los cuales es tenido, como si fuera una experiencia de la que sólo pocos pueden hablar, porque de arte puede hablar el señor que tenía la reproducción de Van Gogh en la barraca con sus hijos harapientos, como puede hablar un brillante profesor inglés como Roger Scruton. Todos pueden hablar de arte, como todos pueden hablar de sexo, como todos pueden hablar de dolor, como todos pueden hablar de la vida y de la muerte. Una primera acción es ésta: y lo digo porque una de las estrategias de los profanadores, según yo, es aquella de dejar la palabra sólo a algunos, presumir que de ciertas cosas sólo puedan hablar algunos. Esto significa defraudar la posibilidad de profundizar una experiencia importante como la experiencia estética, de la reflexión y de la posibilidad de todos. En este sentido un hecho como el Meeting es sinceramente un hecho insurreccional de nuestra época, porque hace de modo que de arte se hable, se discuta, se profundice, no por fuerza partiendo de especialistas de arte. Ésta es la primera cosa que quería decirles porque creo que sea una de las cosas más fuertes que hoy está en nuestra época: la palabra sólo a algunos. ¡Esto se llama dictadura! E indudablemente sobre el arte hay en juego un tipo de dictadura. Pero luego, como el hombre está hecho de deseo de infinito y el arte, como se decía antes, es uno de los modos con que esta experiencia, este deseo se expresa, si tú empiezas a sacar, a tapar, a poner barreras, a blocar caminos, es fácil que este deseo, experiencia de infinito, de algún modo se vuelva loco o neurótico. En el momento en que tú a la mayor parte de la gente le impides profundizar la experiencia del arte, porque no pueden hablar de eso, porque no entienden, empiezas a blocar caminos a la experiencia del infinito.
La segunda cosa (esto lo quería sólo señalar, porque es un tipo de gran premisa) que me ha conmovido, también en la diversidad y en la consonancia de las dos relaciones que hemos sentido, es que no se puede engañar, en el sentido que desde el momento en que se habla de arte y de verdad en el arte, a menos que no se sea charlatanes de salón, se siente salis un tipo de urgencia, de provocación, de pedido a que en tu vida algo cambie, algo se rompa, algo se haga un espacio diferente. Entonces, cuando se habla del arte, si se habla realmente de arte se habla de la verdad del arte. ¿Qué cosa es? La experiencia de la belleza y la experiencia de la belleza cuando está, cuando se la mira, cuando se la enfrenta, lleva consigo un tipo de pedido de cambio, un tipo de herida, un tipo de urgencia, un tipo de invitación. También ha sido dicho: es decir implica un movimiento. No se hace experiencia de la belleza sin que ésta implique un movimiento de la persona. Y éste es otro aspecto fundamental del método de esta discusión, porque se puede continuar luego de muchos modos. Es inútil hablar de belleza si no se está dispuesto a un movimiento, si no se está de algún modo predispuestos a una vida agitada. ¡Si no se convierte en un hablar, no de belleza, sino de maquillajes, hablar de cualquier otra cosa!

Nos dejamos con tres avisos: el primero concierne a una cosa que habrá en esta sala a las 19, un importante encuentro sobre la libertad religiosa, en particular con respecto a la situación del Kazajstán, una situación de frontera muy importante e interesante. Luego, a propósito de arte, visitar la muestra sobre Santa Sofía que está aquí en el castillo Malatestiano, en el centro de Rímini: la muestra está abierta todos los días de las 9 a las 19. Y comiencen a mirar la promoción que se hace de la próxima gran muestra - se llama Exempla - que abrirá en abril del próximo año, una gran muestra sobre la presencia de lo antiguo en el arte medieval. Será una muestra muy importante y por lo tanto les pedimos, los invitamos ya a considerarla como posible cita para abril próximo. Para quien se interesa de arte, otra cita, una discusión sobre el arte contemporáneo, una continuación de algunos de los temas tratados hoy referidos al arte contemporáneo, con una crítica de arte, un músico y en fin, otros protagonistas. Y luego la invitación final, naturalmente, a visitar las muchas exposiciones que hay aquí en el Meeting. Yo agradezco mucho al profesor Scruton y a don Massimo por lo que nos han dicho.

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