La vertad es el destino para el cual estamos hechos
autor: Francesco Ventorino
Docente de Ontología y Ética en el Studio Teológico "San Pablo" de Catania.
Marco Bona Castellotti (moderador)
Docente de Arte Moderno en la Universidad Católica Sagrado Corazón de Brescia.
fecha: 2007-08-20
fuente: La verità è il destino per il quale siamo stati fatti
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "La verità è il destino per il quale siamo stati fatti", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "La verdad es el destino para el que estamos hechos")
traducción: María Eugenia Flores Luna

MODERADOR:
Buenas tardes, buenas tardes a todos. Estamos verdaderamente en muchísimos, no he visto nunca una muchedumbre así.
"La verdad es el destino para el cual estamos hechos" es el título del Meeting, el relator es monseñor Francesco Ventorino, docente de Ontología y Ética en el Studio Teológico "San Pablo" de Catania, al cual daré enseguida la palabra. Pero permítanme una aclaración, quizás no todos saben de dónde es deducido el título: de un libro de don Giussani que se llama Los jóvenes y el ideal (Ediciones Encuentro, Madrid, 1995, Pág. 62) en un capítulo bellísimo titulado “Más allá del muro de los sueños". Les leo íntegramente el pensamiento de don Giussani, dónde está engastado aquello que luego se ha vuelto el título: "Lo grave no son los errores, lo grave es la mentira. La mentira es no reconocer la verdad. La verdad es el destino para el cual estamos hechos. Este destino ha puesto ya su firma en nuestro corazón; nos ha dicho de antemano qué es: es amor, justicia, verdad, felicidad."

FRANCESCO VENTORINO:
Tengo un recuerdo aún vivo – han pasado cuarenta años – desde que mi madre gritó frente al cadáver de mi hermana, muerta improvisamente porque había querido llevar adelante un embarazo a riesgo: «¿Doctor, por qué ha muerto mi hija"?». El médico no ha entendido el sentido de la pregunta y le ha explicado cómo había fallecido: por una embolia. Pero mi madre, una mujer de pueblo y casi analfabeta, hacía otra pregunta: «¿Por qué una mujer muere a los treinta años, para dar la vida a un hijo que vive siete días y luego muere?». Era la pregunta sobre el destino de la vida, de la vida de su hija, de aquella del hijo de su hija y de cada hombre. Era una pregunta que nacía de aquella exigencia de la cual está constituido el corazón de cada hombre, «exigencia clamorosa, indestructible y sustancial – la habría oído definir luego por don Giussani – de afirmar el significado de todo».(1)

1. ¿Pero la vida tiene un destino?

En los últimos años, en modo particular después de la publicación de la encíclica Fides et ratio, algunos intelectuales en Italia se han fatigado en demostrar que ésta es una pregunta sin sentido.
El papa Juan Pablo II había afirmado:
El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta búsqueda no está destinada sólo a la conquista de verdades parciales, factuales o científicas; no busca sólo el verdadero bien para cada una de sus decisiones. Su búsqueda tiende hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida; por eso es una búsqueda que no puede encontrar solución si no es en el absoluto.(2)
Carlo Augusto Viano escribía algunos días después sobre el Corriere della sera: «Creo que se pueda vivir también sin buscar el sentido de la vida». Contestaba por tanto a la pretensión del Papa que esta pregunta fuese estructural para la razón del hombre, y que pudiese constituir un «terreno neutral común a los laicos y a los creyentes». Rechazaba, por tanto, el concepto de razón como natural exigencia de significado total para la vida.(3)
Y Gianni Vattimo apremiaba: «¿Pero hay de veras necesidad de verdades últimas?».(4)
Lucio Coletti, luego, ha pretendido dar un fundamento científico a esta posición afirmando que la revolución darwiniana había demostrado que

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el hombre no es un animal especial, creado a imagen de Dios, sino un animal produciéndose en el curso de una evolución que no responde a ningún designio divino, ni a alguna finalidad preestablecida. Y es un animal menos adaptable que otros en cuanto dotado, por un desequilibrio del sistema nervioso central en abundancia respecto a lo necesario para sobrevivir, de la conciencia de morir. (5)

De esta conciencia derivarían todas las preguntas que conciernen al sentido de la vida: « ¿Para qué vivo, de dónde vengo, adónde voy, que hay después de la muerte?». A estas preguntas – según Coletti –

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algunos ya tienen una respuesta, otros fingen buscarla, pero nadie sabe qué responder. Si me preguntas ¿adónde vas? Yo respondo: donde estabas antes de venir al mundo. ¿Y dónde estabas? En las células de mis antepasados, dices tú. Vas a acabar en aquellas de tus descendientes. Pero el patrimonio genético pasa de un individuo a otro como se sube y se baja de un taxi. (6)

Éstas, según el pensamiento laico, o mejor laicista, serían las consideraciones más "realistas" sobre la vida y sobre la muerte. Más allá de éstas, la razón sería solamente presa de ilusiones, de la ilusión de un sentido, de un significado absoluto.
Creyentes o no creyentes – Eugenio Scalfari ha escrito – somos todos sobrevivientes en virtud de la ilusión, agarrados a nuestras verosimilitudes. Nuestra mente las crea, como fuegos pirotécnicos que, por artificio, rivalizan con las estrellas y representan una verdad que existe sólo porque nosotros lo pensamos. (7)
Algunos años antes el mismo Scalfari había escrito en La Repubblica:

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¿Buscar el sentido de la vida? Es el modo consolatorio que todos en ciertos momentos y pasajes, adoptamos por necesidad precisamente de consolación. Pero encontrar ese sentido está excluido de la conformación misma de la mente, es una pregunta a la cual no hay respuesta. El sentido de la vida es la vida, que no tiene alternativas. ¿La naturaleza se hace quizás esa pregunta? La naturaleza vive y basta. Y nosotros, ¿no somos quizás naturaleza, a menos de no cumplir un acto de orgullo luciferano que querría hacernos superiores al resto de la naturaleza? Nosotros somos diversos, pero no superiores. Diferentes sólo en algunos aspectos, pero también naturaleza según todos los demás.

Personalmente no creo que el rol de la especie a la cual pertenezco sea superior a aquella de las abejas o de las hormigas o de los gorriones, (es decir producir y reproducirse). La sola diferencia, debida al desarrollo y a la evolución de mi encéfalo, está en el hecho de que yo sé que debo morir y la hormiga o el gorrión no lo saben ni lo sabe el brote de hierba que nace en el campo. El resto viene por si solo, incluida la moral». (8) Las obras del hombre, en efecto, no son otras que «exorcismos contra la muerte» (9).
Y un científico inglés, Richard Dawkins, incluso partiendo de otra perspectiva con respecto a Scalfari, ha sustentado en su artículo que el hombre es solamente un animal que tiene la "finalidad" radicada en su "visión del mundo”, por lo cual «frente a cualquier cosa nos es difícil no preguntarnos con cuál finalidad ha sido hecha, cuál podría ser la razón o el fin que se esconde en esa». Hasta aquí las reflexiones de Dawkins parecerían no ser particularmente escandalosas, pero continuando en la lectura de su ensayo vemos que las preguntas sobre el significado de la existencia «son simplemente absurdas, por cuanto quien las formula sea bien intencionado ». Y así, afirmando que la verdadera función de la vida, la realidad más perfecta del mundo natural, no es otra cosa que «la supervivencia del DNA», liquida de manera simplista a los más grandes pensadores y poetas de toda la humanidad considerados como los imbéciles que se han arriesgado con preguntas que están contra la razón. (10)
Tras esta obstinada negación de un sentido, de un destino de la vida éxiste un miedo: Gianni Vattimo la revela en La Repubblica, respondiendo a Umberto Eco que se había arriesgado en decir que «hay quizás leyes de la naturaleza, visto que si cruzamos un perro con un perro nace un perro, pero si cruzamos un perro con un gato o no nace nada o nace algo que no desearíamos ver dando vueltas por la casa» (11) – es el miedo de que «si hay una naturaleza verdadera de las cosas, también hay siempre una autoridad – el papa, el comité central, el científico objetivo, etcétera – que la conoce mejor que yo y que puede imponérmela aun contra mi voluntad». Y añadía: «A que otro sirve insistir sobre la objetividad y la "datidad" de lo verdadero, si no para garantizar alguna autoridad a alguien?» (12) No habría, pues, otro fundamento de las leyes éticas y jurídicas si no el consenso social.
Hoy en la tentativa que se está actuando de equiparar a las parejas, heterosexuales y homosexuales, a la familia fundada en el matrimonio se esconde el mismo relativismo que rechaza la posibilidad de acceder a la naturaleza verdadera de las cosas y al mismo ostracismo frente a quienquiera y a cualquier institución que quiera defender «la objetividad y la "datidad" de lo verdadero».
Don Carrón como ejemplo de esta mentalidad, citaba durante los Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación de este año a Rorty, el cual afirma:

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No hay nada profundo en nosotros si no lo que nosotros mismos hemos puesto, ningún criterio que no haya sido creado por nosotros en el curso de una práctica, ningún canon de racionalidad que no se refiera a tal criterio, ninguna argumentación rigurosa que no sea la observancia de nuestras mismas convicciones. (13 )

Nada "dado", pues, – don Carrón concluía - toda "convención."
El nihilismo, es decir la ausencia de una verdad y de un destino de la realidad, es el horizonte teórico en que se coloca y se justifica nuestra "civilización del consumo”, porque si la realidad no tiene una verdad y tampoco el hombre posee un destino natural, el consumir, secundando el instinto del bienestar, es la única relación que el hombre puede establecer con la realidad.
De esta actitud, que vale para cada relación, nace aquella concepción por la cual las cosas, el dinero, el sexo, el amor y hasta la vida propia y de los demás se convierten en una propiedad administrada según el modelo del desechable.
Marco Lodoli, escritor, muy notable sobre todo entre los jóvenes y además aclamado editorialista de La Repubblica, con fina ironía cuenta una escena de familia, que en Navidad escucha la poesía de un niño, Antonino.

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«"Burbujas burbujas burbujas, son lindas las burbujas, giran entre el sol y los terrones, pintadas de sombras y de estrellas, burbujas burbujas burbujas, burbujas cosas y burbujas rosas, burbujas los días y las noches, burbujas planetas y burbujas secretos, burbujas Jesús, burbujas aquí abajo, las amas y las soplas, si las tocas las revientas, son hermosas las burbujas, son nada las burbujas." He aquí, que ya está terminada. Los adultos aplauden como siempre, el abuelo el más fuerte de todos, aunque si no se haya conmovido como deseaba. Habría querido la usual poesía sobre el pesebre, los pastores, la estrella cometa y la paz en los corazones. […] Antonino desaparece entre los brazos de la mamá y la entrega de los regalos puede comenzar.» (14)

Nos encontramos frente a una disolución del hombre tercamente perpetrada con tal de no reconocer que su razón es estructuralmente apertura al Misterio, grito y pregunta de significado y de verdad, «un camino de búsqueda, humanamente interminable» (15)

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"Proponerles, o imponerles, verdades – escribían este año los profesores de un liceo de mi ciudad a los alumnos que habían preguntado sobre las certezas para vivir, para morir – es integrismo, es decir barbarie, y por tanto esta actitud no puede existir en la escuela pública, es decir democrática y laica”. (16)

Esta renuncia de la escuela pública, laica y democrática, no es reciente. Recuerdo que cuando era joven profesor de Religión me he opuesto, con gran estupor general, a un Consejo de clase, que quería castigar de modo ejemplar a un chico y una chica que habían sido sorprendidos besándose en la escalera de la escuela, con esta motivación, que pedía fuera puesta en el acta: la escuela enseña que la moral no es otra cosa que una convención social y luego quiere castigar a los chicos que mueren por las ganas de besarse y que no habrían debido hacerlo sólo por respetar una convención que mañana podría cambiar, (como de hecho ha ocurrido), a lo mejor cuando ellos no habrán más ni las ganas ni la capacidad. El Director, inteligente, ha suspendido enseguida la sesión, habiendo intuido que yo quería invertir las partes y acusarlos de corrupción de menores de edad.
No se rasguen luego los vestidos, cuando se encuentran – como a menudo ocurre en nuestros días – frente a la violencia de los jóvenes contra sí mismos y contra los demás, ni se afanen hipócritamente en buscar explicaciones y en encontrar remedios. El único remedio serio sería aquello de impedir la corrupción moral derivada de un argumentar parecido, que se recubre arbitrariamente de la dignidad del pensamiento "laico."
«Así el hombre – afirma don Giussani en Por qué la Iglesia –, al aplicar su razón como medida única, en su afán por dominar la naturaleza, la destruye y se destruye a sí mismo, no pudiendo de esta manera ya vivir. […] El hombre, sin Dios, deja de tener medida» (17)

2. La pregunta acerca del destino de la vida funda el corazón de cada hombre

Es aquello que resulta también en el pensamiento contemporáneo de los innumerables testimonios de aquella insuprimible exigencia de la razón de afirmar un destino de la realidad que justifique por un lado su presencia y por el otro la petición de significado que funda el corazón mismo del hombre.
Un grande coterráneo mío, Luigi Pirandello ha escrito:

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A menudo mi grandeza consiste en sentirme infinitamente pequeño: pero pequeña también para mí la tierra, y más allá de los montes, más allá de los mares busco para mí algo que necesariamente tiene que existir, de otro modo no me explicaría esta ansiedad que me apremia, y me hace suspirar las estrellas… (18).

En esta posición de la razón frente al ser, en esta afirmación de algo que necesariamente tiene que existir, en este deseo de un fundamento de la realidad, (un deseo que sostiene cualquier otro deseo) está todo el reconocimiento de la positividad de lo real y de la naturaleza de la razón.
Otro escritor siciliano, Gesualdo Bufalino, en un tipo de «diario-novela», que ha publicado bajo el título de Argo il cieco, ovvero i sogni della memoria (Argón el ciego, o bien los sueños de la memoria), hace gritar a uno de sus personajes, un cierto Iaccarino, en un momento de verdad que el vino había favorecido, como sonando «hacia los cuatro puntos del cielo su débil cuerno de lacayo», en un tipo de diálogo con Dios en el que «suplicaba y sacramentaba»:

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¡Oye, tú, te he visto, no te pases de listo, no finjas que no existas!, Dios, exista, ¡te ruego! ¡Exista, te lo ordeno! (19).

Aunque hasta al final se ha declarado agnóstico, Bufalino ha afirmado en cada obra suya esta exigencia de que Dios exista, es decir que haya un origen y un destino en nuestra vida, junto al deseo de conocer su rostro, exigencia ligada a aquella de que el hombre debe comprenderse a si mismo. Sólo conociendo, en efecto, su propio origen y su propio destino, el hombre alcanza un conocimiento verdadero de sí mismo.
En otra novela, que tiene por título Le menzogne della notte ("Las mentiras de la noche"), imagina un carcelero, Consalvo De Ritis, personaje-clave de este "libro policíaco metafísico", que por toda la noche trata de entender la verdad de algunos prisioneros que al día siguiente serán procesados, la verdad sobre el "Padre eterno": el "Padre eterno" sería el cabecilla y… el Padre eterno. Al final, aferrado por la duda de haber sido escandalosamente engañado justo sobre el nombre del "Padre eterno", escribe a su patrón:

-
Transformado por mí mismo, y por el comercio con ellos casi corrupto, entonces me pregunto: ¿quién soy yo? ¿Nosotros, los hombres, quiénes somos? ¿Somos verdaderos, estamos pintados? ¿Tropos de papel, simulacros increados, inexistencias aparecidos sobre el escenario de una pantomima de ceniza, burbujas sopladas por la cañita de un prestidigitador enemigo? […]

He visto un cuadro en París, hace un año. Representaba un simio en un atelier, con paleta y pinceles: ¿Seremos esto, nosotros criaturas de lágrimas? ¿Los garabatos de un simio pintor? (20).
Esto nos resignaríamos a ser si suprimiéramos la pregunta sobre nuestro destino: ¡fruto del caso o de una equivocación de la naturaleza!
Uno de los pensadores más ingeniosos de nuestros días, George Steiner, un hebreo que se declara agnóstico pero que lleva dentro de sí y replantea en cada obra suya la pregunta sobre Dios, afirma que si se aboliera la que él llama la «necesaria posibilidad» de esta pregunta, haría falta renegar toda nuestra literatura, poesía y música, en fin cada forma de expresión cultural del hombre occidental. Y dramáticamente confiesa:

-
Para la mayor parte de nosotros, la noción de soledad cósmica y la hipótesis – reconocida como contraria a la intuición – de un orden natural perfectamente aleatorio, “absurdo" ("absurdo" por un puño de homínidos surgidos por casualidad en un rincón de una galaxia de mediana dimensión), son insoportables. Necesitamos un testigo – aunque nos juzgue ferozmente – de nuestro montoncito de polvo. En la enfermedad, en el terror psicológico o concreto, delante al cadáver de un hijo, gritamos. Qué aquel grito deba retumbar en la nada, que se trate de un reflejo perfectamente natural, hasta terapéutico, es casi insoportable. (21)

La pregunta sobre Dios – él todavía escribe – es «eminentemente justa». Y añade:

-
Nada en las ciencias o en el discurso lógico puede resolver o prohibir la pregunta suprema entre todas las preguntas puestas por Leibniz: "¿Por qué no existe la nada"? La ordenanza positivista que impone a la mente adulta que pregunte al mundo y a la existencia solamente ¿"Cómo"? y no "Por qué" es una censura entre las más obscurantistas: querría amordazar la voz bajo todas las otras voces dentro de nosotros (22).

Y en otra obra suya, sólo recientemente traducida al italiano, con el título Dieci possibili ragioni della tristezza del pensiero (Diez posibles razones de la tristeza del pensamiento) audazmente afirma:

-
En efecto somos capaz de meditar y de formular preguntas últimas: ¿Cómo ha nacido el universo? ¿Nuestras vidas tienen un objetivo? ¿Existe Dios? Este impulso a preguntar engendra la civilización humana, sus ciencias, sus artes, sus religiones. Pero nada acerca mayormente Marx a la inocencia del Iluminismo que su afirmación de que la humanidad sólo se hace las preguntas a las que puede dar una respuesta. En cambio es verdad lo contrario. Sobre algunos frentes decisivos no llegamos a alguna respuesta satisfactoria, y menos que nunca concluyentes (23).

No obstante, según Steiner, abstenerse de este preguntar, censurarlo, «sería cancelar la específica condición y dignidad de nuestra humanidad» (24).
Hemos aprendido de don Giussani que estas preguntas que conciernen a nuestro destino coinciden con el «compromiso radical de nuestro yo con la vida». En efecto:

-
Estas preguntas se arraigan en el fondo de nuestro ser: son inextirpables, porque constituyen como el tejido del que está hecho. (25)

Por esto una vez ha gritado aquí en Rimini a los universitarios de Comunión y Liberación:

-
¡Pero no tiene razón, no tiene razón el nihilista! Porque es grande – ¡Dios, como es grande! – el hombre, el joven, el muchacho cuando mira a su chica, mientras ella no lo ve, porque se está yendo, la mira y siente lo mejor de si salir a flote: le viene […] una adoración. ¡Justo! Porque aquel rostro es el símbolo de El que nos ha creado para Sí, es decir para la felicidad, que es la belleza como ha entendido Leopardi en el himno A su mujer, que es la verdad. (26)

¿Por qué no tiene razón, pues, el nihilista? Porque va contra lo mejor de sí que sale de su corazón, es decir de aquel complejo de evidencias y exigencias que lo constituye estructuralmente.
Dante ha cantado estupendamente en el Paraíso:

-
Bien veo que jamás se satisface sino con la verdad
-
nuestro intelecto, sin la cual no hay ninguna certidumbre.
-
Cual fiera en su cubil, reposa en ella en cuanto que la alcanza;
-
y puede hacerlo; si no cualquier deseo sería vano.
-
Por ello nacen dudas, cual retoños, al pie de la verdad;
-
y es naturaleza que a lo más alto, cima a cima, nos lleva. (27)

Describe así estupendamente la experiencia humanísima, ("bien veo") de la exigencia constitutiva de nuestro corazón de aquella verdad a la cual tiende en todo lo que conoce, con la esperanza fundada de que ella esté y que sea posible encontrarla ("y puede hacerlo"), porque de otro modo nuestro deseo sería un deseo vano ("si no cualquier deseo sería vano"). Y el hombre sería – como ha sido dicho por Sartre – «una pasión inútil» (28)

3. «La verdad es el destino para el que estamos hechos. Este destino ha puesto ya su firma en nuestro corazón; nos ha dicho de antemano qué es: amor, justicia, verdad, felicidad». (29)

Pero a esta idea, aquella de que el hombre sea una pasión inútil – se rebela lo mejor de nosotros que viene de nuestro corazón.
El corazón es eso que Pirandello en Uno, nessuno e centomila (Uno, nadie y cien mil), llama aquel "punto vivo" que está dentro de nosotros y que salta cuando alguien o algo lo provoca. Vitangelo Moscarda, que es un banquero, provocado por su amigo, que traicioneramente lo acusa de ser un usurero, y de la risotada cínica con que su mujer comenta esta acusación, reacciona así:

-
Y bien, de aquella risotada me sentí herido de improviso como no me habría esperado nunca que pudiese ocurrirme en aquel momento…: herido adentro en un punto vivo de mí que no habría sabido decir ni qué ni dónde fuese; tanto que hasta ahora me había parecido claro que yo en presencia de aquellos dos, yo como yo, no estuviese, y estuviesen en cambio el "Gengè" de la una y el "querido Vitangelo" del otro; en los que no podía sentirme vivo… Fuera de cada imagen de mí cual me figuraba pudiese ser para los otros; un "punto vivo" en mí se había sentido herir así adentro, que perdí la lumbre de los ojos (30).

Y más adelante dice:

-
Aquel punto vivo que se había sentido herido en mí… era Dios sin ninguna duda: Dios que se había sentido herido en mí, Dios que en mí ya no podía más tolerar que los otros a Richieri me tuviesen en cuenta como usurero. (31)

Don Giussani ha insistido por toda la vida sobre la importancia del corazón, de este criterio objetivo que tenemos en nosotros. Ello

-
es el criterio con que la naturaleza lanza al hombre a una comparación universal, dotándole con aquel núcleo de exigencias originales, de aquella experiencia elemental de la cual todas las madres del mismo modo dotan a sus hijos (32)

Éste es el criterio de la verdad y el fundamento de nuestra libertad:

-
Si no se afirma la verdad de nuestro corazón, caemos presa de los buitres que dominan el mundo. Cada hombre es un buitre con el otro, es un depredator del otro; no sólo los poderosos, pues también tu compañero de clase puede ser un depredator de tu alma, uno que se aprovecha de ti, que intenta instrumentalizarte. Esto no podemos impedirlo; pero sí podemos hacer una sola: ser nosotros mismos, coincidir con nuestro corazón (33).

Es este corazón que grita que

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el destino, es decir el ideal, es lo más presente que hay. En efecto lo que eres en este momento tiene consistencia por el ideal, tiene consistencia por el destino, de otro modo se desvanecería y el tiempo lo haría cenizas (34).

De aquí desciende la importancia de la cuestión de la capacidad del corazón o la razón del hombre para abrirse a la verdad de la realidad: de su planteamiento y de la solución a la cual se llega derivan el destino de una cultura y el valor humano de una civilización.
Benedicto XVI, en su famoso discurso en el Aula Magna de la Universidad de Regensburg el 12 de septiembre de 2006 con el título "Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones", advertía acerca de la condición peligrosa que se viene determinando para la humanidad – «como se puede constatar en las patologías que amenazan a la religión y a la razón» – cuando

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la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética. Lo que queda de esos intentos de construir una ética partiendo de las reglas de la evolución, de la psicología o de la sociología, es simplemente insuficiente. […];la intención es ampliar nuestro concepto de razón y de su uso. Porque, a la vez que nos alegramos por las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, vemos también los peligros que surgen de estas posibilidades y debemos preguntarnos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos […] si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizontes en toda su amplitud.

Y así continuaba:

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En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas.

Es justo aquello que había denunciado un gran filósofo de nuestros tiempos Edmund Husserl cuando escribía:

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La exclusividad con la cual, en la segunda mitad del siglo XIX, la visión del mundo total del hombre moderno aceptó ser determinada por las ciencias positivas […] significó un alejamiento de aquellos problemas que son decisivos para una humanidad auténtica. Las meras ciencias de hechos crean meros hombres de hecho […]. En la miseria de nuestra vida – se dice – esta ciencia no tiene nada que decirnos. Ella excluye desde el principio justo aquellos problemas que son los más candentes para el hombre, el cual, en nuestros tiempos atormentados, se siente a la merced del destino; los problemas del sentido o el no-sentido de la existencia humana en su conjunto (35)

Es necesario, pues, reafirmar la amplitud del campo de la razón humana, porque aquello que no es razonable no puede ser vivido humanamente y, por lo tanto, está sujeto a la precariedad del instinto o del sentimiento o bien a la fuerza prevaricadora del poder.
La libertad, en efecto, es capacidad de adhesión a la verdad reconocida y no posibilidad de elección arbitraria y racionalmente inmotivada.
En la ausencia de un nexo con la verdad de la realidad la libertad se niega y se reduce a pura istintividad, fácilmente condicionable por el poder que refina cada vez más sus armas de persuasión o de chantaje, en función de una homologación y de una instrumentalización que responda siempre más a sus objetivos.
La cultura contemporánea es colocada pues en esta dramática alternativa: o abrirse a la pregunta sobre la verdad, es decir sobre el fundamento, la razón y el destino de toda la realidad y el hombre en particular, o aceptar como único criterio de acción y de norma de la acción el albedrío del poder, individual o colectivo.
Si no se reconoce el corazón del hombre, es decir su razón y su conciencia como aquel lugar en el cual se hace la experiencia elemental, (es la primera experiencia) de un criterio objetivo con el cual es posible juzgar todo, se tendrán inevitablemente incalculables y justificadas violencias en las relaciones entre hombre y hombre, hombre y sociedad y estado y sociedad.
Él entonces profesor Joseph Ratzinger en una conferencia publicada en 1972, citando los Coloquios con Hitler de Hermann Rauschning, que en 1933-34 era presidente del senado de la libre ciudad de Danzica, refiere la siguiente declaración que el dictador habría hecho:

-
Yo libero al hombre de la constricción de un espíritu vuelto finalidad para sí mismo; de las sucias y humillantes auto aflicciones de una quimera llamada conciencia moral, y de las pretensiones de una libertad y autodeterminación personal, de la cual bien pocos están a la altura (36).

Y así lo comenta:

-
La conciencia era para este hombre una quimera de la que el hombre debía ser liberado; la libertad que él prometía debía ser una libertad desde la conciencia. […]La destrucción de la conciencia es el verdadero presupuesto de una sujeción y de una señoría totalitaria. Donde está en vigor una conciencia, existe también una barrera al dominio del hombre sobre el hombre y al albedrío humano, algo sacro que queda intocable y que siempre es sustraído al albedrío, sustrayéndose a cada despotismo propio o extraño. Sólo la absolutez de la conciencia es el opuesto absoluto respecto a la tiranía; sólo el reconocimiento de su inviolabilidad protege al hombre con respecto al hombre y con respecto a él mismo; sólo su señoría garantiza la libertad (37).

Pero la conciencia no debe ser entendida como un tribunal subjetivo y arbitrario sino el lugar en que resuena la voz de Dios (38) – don Giussani escribía:

-
Dentro del yo brama algo como una voz que me dice "bien", que me dice "mal". Esta conciencia del yo lleva consigo la percepción del bien y el mal. […] Estas categorías del bien porque es bien, y del mal porque es mal, son algo inextirpable (39)

El reconocimiento de la absolutez de la conciencia está pues ligado al reconocimiento de lo absoluto.
Por esto el mismo Ratzinger, unos días antes de que fuera Papa Benedicto XVI, decía en Norcia:

-
La radical separación de la filosofía iluminista de sus raíces se vuelve, en último análisis, un prescindir del hombre. El hombre, en el fondo, no tiene alguna libertad, nos dicen los portavoces de las ciencias naturales […]. Él no debe creer ser algo distinto con respecto a todos los otros seres vivientes, y por tanto debería ser tratado como ellos […].

La tentativa, llevada al extremo, de plasmar las cosas humanas prescindiendo completamente de Dios nos conduce siempre más sobre el borde del abismo, hacia el abandono total del hombre. Deberíamos volcar entonces el axioma de los iluministas y decir: también quien no logra encontrar la vía de la aceptación de Dios debería tratar en todo caso de buscar de vivir y dirigir su vida “veluti si Deus daretur”, como si Dios estuviera. […] Así nadie es limitado en su libertad, sino todas nuestras cosas encuentran un sostén y un criterio del cual urgentemente necesitan (40).
Desarrollaba así unas tesis para una Europa futura que había enunciado muchos años antes:

-
Recuerdo una importante frase de Bultmann: "Un estado no cristiano es fundamentalmente posible, pero no un estado ateo", no en todo caso como tal, como duradero estado de derecho. Eso implica que Dios no venga relegado incondicionalmente en la esfera privada, sino que también sea reconocido públicamente como valor supremo. Eso incluye sin duda – y querría subrayarlo con decisión – la tolerancia y el espacio también para las personas ateas y no tiene nada que ver con la constricción a la fe. […]

Yo estoy convencido de que a la larga no existen chances para la supervivencia del estado de derecho bajo un dogma ateo en vía de radicalización y que aquí es necesaria una reflexión sobre la naturaleza radical: como cuestión de supervivencia. Del mismo modo me atrevo a afirmar que la democracia únicamente funciona si funciona la conciencia y que esta conciencia enmudece si no se orienta según la validez de los fundamentales valores éticos del cristianismo, los que son también realizables sin explícita profesión de cristianismo, más bien también en el contexto de una religión no cristiana (41).

4. El acontecimiento de la verdad

El hombre es, pues, pregunta de verdad. Es una pregunta a la cual la realidad misma se encarga de responder: ella acontece, se deja encontrar si el hombre mantiene una actitud de espera como aquélla descrita por Eugenio Montale:

-
Ves, en estos silencios en que las cosas
-
se abandonan y parecen vecinas
-
a traicionar su secreto,
-
a veces se espera
-
descubrir un error de la Naturaleza,
-
el punto muerto del mundo, el anillo que no tiene,
-
el hilo que hay que desenredar el cual finalmente //nos ponga

Permítanme citar una vez más a Luigi Pirandello que en una novela suya, Il treno ha fischiato (El tren ha silbado), delinea el personaje de Belluca, que por tantos años vivía la infeliz condición de empleado, «manso y sumiso» a su jefe-oficio, circunscrito… sí, ¿quién lo había definido así? Uno de sus compañeros de oficina. Circunscrito, pobre Belluca, dentro de los límites estrechos de su árida tarea de contable sin otra memoria que no fuese de partidas abiertas, de partidas simples o dobles o de transferencias, y de desfalcos y retiros e planteamientos; notas, libros de registro, libros, borradores etc. Casillero ambulante: o antes, viejo burro, que tiraba callado, callado, siempre con el mismo paso, siempre por la misma calle la carreta, con anteojeras.
Asi bien una tarde Belluca se había rebelado fieramente a su jefe-oficio, y luego, a la áspera reprensión de él, por poco no se le había arrojado encima dando a todos «un serio argumento a la suposición de que se tratase de una real y propia alienación mental».

-
Parecía que la cara, inprovisamente, se fuese ensanchada. Parecía que las anteojeras improvvisamente se le hubiesen caído, y se hubiese descubierto, abierto de improviso alrededor el espectáculo de la vida. Parecía que las orejas improvvisamente se hubiesen desatascado y percibiesen por primera vez voces, sonidos jamás advertidos. […]
-
– ¿Qué significa? – había exclamado entonces el jefe-oficio, acercándosele, cogiéndolo por un hombro y sacudiéndolo. – ¡Oye, Belluca!
-
– Nada, – había respondido Belluca, siempre con aquella sonrisa entre lo impúdico y lo imbécil sobre los labios.
-
– El tren, Señor Caballero.
-
– ¿El tren?
-
– ¿Qué tren?
-
– Ha silbado.
-
– ¿Pero, qué estás diciendo?
-
– Esta noche, señor Caballero. Ha silbado. Lo he sentido silbar…
-
– ¿El tren?
-
– Si Señor. ¡Y si supiese dónde he llegado! En Siberia… o bien… en las selvas de Congo….!se hace en un instante, Señor Caballero! […]
-
Señores, Belluca, se había olvidado desde hace tantos y tantos años – pero justo olvidado – que el mundo existía.
-
Absorto en el continuo tormento de aquella desgraciada existencia suya, absorto todo el día en las cuentas de su oficio, sin jamás un momento de respiro como una bestia vendada, uncida a la tranca de una noria o un molino, si señores, se había olvidado desde hace años y años – pero justo olvidado – que el mundo existía. Dos tardes antes, tirándose a dormir exhausto sobre aquel feo sofá-cama, quizás por el excesivo cansancio, insólitamente, no había logrado dormirse enseguida. Y, de repente, en el silencio profundo de la noche, oyó, de lejos, silbar un tren. Le había parecido que las orejas, después de tantos años, quién sabe cómo, de repente se hubieran desatascado.
-
El silbido de aquel tren le había desgarrado y llevado de repente la miseria de todas aquellas horribles angustias, y casi de un sepulcro destapado se había encontrado a moverse libremente, anhelante en el vacío aireado del mundo que se le abría enorme todo alrededor (43).

He aquí que la verdad acontece: ¡es el imponerse de la realidad en su evidente presencia!

-
¡La verdad – decía don Giussani – es como la cara de una hermosa mujer, no puedes decir que no es bella, no lo logras! […] La verdad es una cosa que se impone inevitablemente. Uno tiene una fracción de segundo en el cual el corazón se conmueve (44)

Ella abre la conciencia y el corazón del hombre y les hace hallar su libertad. Ella da una evidencia más fuerte que los juicios y los prejuicios nuestros y de los demás. Ella sencillamente está.
Todavía Luigi Pirandello, este autor que no acaba nunca de sorprendernos por su apertura en cada aspecto de lo humano y por su capacidad de contarnos la humana experiencia, en la novela Ciaula scopre la luna (Ciaula descubre la luna) cuenta de un aprendiz medio tonto, obligado a trabajar en una mina de azufre, que una noche, llevando su carga sobre los hombros al exterior de ella, llega al límite de sus fuerzas porque «no había pensado nunca Ciaula que se pudiese tener piedad de su cuerpo, y no lo pensaba ni aun ahora», hizo el "descubrimiento" de la luna, de su «claridad», de su belleza y en aquel acontecimiento se halló a si mismo, a su humanidad.

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La escalera era así empinada, que Ciaula, con la cabeza estirada y achatada bajo la carga, llegado a la última desviación, por cuanto forzase los ojos a mirar hacia lo alto, no podía ver el hueco que se abría en alto. […]
-
Se dio cuenta sólo cuando estaba en los últimos peldaños. En un primer momento aunque le pareciese extraño, pensó que fuesen las últimas vislumbres del día. Pero la claridad crecía, crecía siempre más, como si el sol, que él había incluso visto tramontar, hubiese nacido de nuevo.
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¿Posible?
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Quedó – apenas aparecido al abierto – embelesado. La carga se le cayó de los hombros. Levantó un poco los brazos; abrió las manos negras en aquella claridad de plata.
-
Grande, plácida, como en un fresco luminoso océano de silencio, le estaba de cara la Luna.

Sí, él sabía, sabía qué era; pero como tantas cosas se saben, a las cuales no se ha dado nunca importancia. ¿Y que podía importarle a Ciaula, que en el cielo estuviese la Luna?

-
Ahora, ahora solamente, así aparecido, por la noche, del vientre de la tierra, él la descubría.
-
Estático, cae al sentarse sobre su carga, delante del hueco. ¡He ahí, He ahí, He ahí, la Luna…. era la Luna! ¡La Luna!
-
Y Ciaula se echó a llorar, sin saberlo, sin quererlo, por el gran consuelo, por la gran dulzura que sentía, al haberla descubierto, allá, mientras ella subía por el cielo, la Luna, con su amplio velo de luz, ignorante de los montes, de los llanos, de los valles que iluminaba, ignorante de él, que incluso por ella ya no tenía miedo, ni se sentía cansado, en la noche ahora llena de su estupor (45).

Es una documentación sugestiva de cuanto escribía don Giussani en El sentido religioso:

-
El estupor, la maravilla de esta realidad que se me impone, de esta presencia que me asalta, es el origen de la humana conciencia (46).

5. La educación a la verdad

Don Giussani decía que la persona humana tiene el poder de «hacer caprichos frente al ser», y expresaba así tal afirmación:

-
El capricho […] del hombre frente al ser significa un odio a sí mismo y al proprio destino.
-
Leemos en Nietzsche el anticipo de esta voluntad de violencia, implícita en la pretensión que tiene el hombre moderno de ser medida de todas las cosas: "Un día el viandante cerró la puerta detrás de sí y lloró. Después se dijo: este ardiente deseo de lo auténtico, de lo real, de lo no aparente, de lo cierto como el odio… ". Ésta es la opción que ha hecho el hombre contemporáneo: cerrar la puerta a la esperanza, al impulso ideal que aletea en él, agazapado en el fondo de su corazón, que le ha transmitido su madre y todo lo que lo antecede en la historia: este evidente deseo de lo verdadero, de lo real, de lo cierto.
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El hombre moderno se siente como perseguido por un déspota "ansioso y atormentado", pues ad un tiempo admite estar constituido por el deseo de la verdad, mientras se rebela contra la naturaleza del propio corazón que es profecía de Dios. Aquí es donde se revela la maldad del hombre (47).

Rilke en una de sus Elegie Duinesi se había puesto la pregunta sobre tal enigma:

-
[…] – ¿Para qué
-
obligarse a lo humano y, evitando el Destino,
-
consumirse por el Destino? (48)

Esta posibilidad innata en la libertad del hombre queda un gran misterio. Cómo puede esto un ser, hecho para adherir a aquella plenitud del ser en la que consiste su felicidad, rebelarse a Dios y resignarse a una vida sin sentido, o bien asumir un ser particular como el objetivo exhaustivo de la propia vida, queda para nosotros incomprensible.
Dante describía así este triste drama del alma humana.

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De la mano de Aquél que la acaricia,
-
aun antes de existir, cual la muchacha
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que llorando y riendo juguetea,
-
sale sencilla el alma y nada sabe,
-
salvo que, obra de un gozoso artista,
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gustosa vuelve a aquello que la alegra.
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Primero saborea el bien pequeño;
-
aquí se engaña y corre detrás de él,
-
si no tuerce su amor freno ni guía (49).

El hombre, en el curso de los siglos, no soportando este jaque de la razón y la libertad, ha intentado dar explicación de esta elección buscándola o en la fatalidad ciega que domina el mundo y la historia, o bien en la ignorancia que sería al origen. Son naturalmente todas explicaciones parciales que no comprenden el drama de la libertad en su querer consciente y responsablemente algo contra el proprio Destino.
Nos parece mucho más realista la posición que los medievales asumían, gracias al horizonte abierto de la revelación cristiana, frente al drama de la libertad humana que acaba en obstinada rebelión del hombre al propio Destino, al cual además se siente ligado por el deseo que constituye el propio ser.
Santo Tomás de Aquino afirma que esta caída del ser humano históricamente deriva «ex hoc quod inordinate amat seipsum» (50). Tal rebelión, pues, tiene como origen un amor desordenado del hombre hacia él mismo, que para don Giussani ha sido definido como un odio por sí mismo.
Pero semejante rebelión es paradójica: el odio respecto a si mismos y al propio destino nace, en efecto, de un amor, aunque desordenado, por si mismo, porque el hombre no puede no querer que el propio bien. La rebelión a Dios tiene por lo tanto como motivo la misma necesidad natural por la cual el hombre tiende a la propia felicidad, que justo en la rebelión cree poder realizar. Pero la rebelión a Dios, yendo contra la naturaleza de las cosas, de hecho se vuelve para el hombre un odio hacia él mismo o sea un rechazo radical y casi un rencor por su propio ser como criatura.
El hombre se ama a tal punto que se odia como criatura y por lo tanto quiere hasta rescatarse del amor creador de Dios: él quiere ser dueño de sí mismo.
La belleza del mundo y la grandeza de nuestro deseo no son siempre acogidos como un testimonio convincente de Dios.

-
Es esta falta tenaz – decía don Giussani ya en 1980 – que se nota en ustedes como jóvenes de hoy, esta falta tremenda de estupor frente a la belleza, de capacidad receptiva de la belleza. El resultado que en cambio les impacta es lo que provoca una pura reactividad. El éxito con que las cosas les alcanzan es aquella de una reactividad: les provocan una reactividad y les bloquean en ustedes mismos así que cada cosa que les viene delante se debe usar para vosotros mismos, instrumentalizar. (51)

La libertad se presenta como un camino arduo hacia la madurez del amor a la verdad y al bien. Es necesaria, pues, una educación a la verdad:

-
En su aplicación al campo del conocimiento ésta es la regla moral: que el amor a la verdad del objeto sea siempre mayor que el apego a las opiniones que uno tiene de antemano sobre él. Concisamente se podría decir: "amar la verdad más que a uno mismos" (52).

Y más adelante da las condiciones:

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[…] Para amar la verdad más que a uno mismos, para amar la verdad del objeto más que la imagen que nos hemos hecho de él, para alcanzar esta pobreza de espíritu, para tener estos ojos abiertos frente a la realidad y a la verdad que tiene el niño, es necesario seguir un proceso y realizar un trabajo.
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[…] El proceso se llama "ascesis". La moralidad nace con espontaneidad en nosotros, como actitud original, pero rápidamente, después, si no se recupera continuamente mediante un trabajo, se altera, se corrompe. La parábola que tiende inexorablemente la corrupción debe ser continuamente rectificada.
-
¿Pero qué es lo que puede persuadirnos de llevar a cabo esta ascesis, este trabajo, este entrenamiento? De hecho el hombre sólo se mueve por amor o por afecto. El amor que nos puede persuadir de realizar este trabajo para llegar a adquirir una capacidad habitual de desapego de las propias opiniones y de las mismas imágines (¡no eliminación, sino desapego de ellas!), de tal modo que ponga nuestra energía cognoscitiva a la búsqueda de la verdad del objeto cualquiera que sea éste, – es el amor a nosotros mismos como destino, es la afecto a nuestro destino. Es esta conmoción última, es esta emoción suprema, lo que persuade a la virtud verdadera53.

6. El amor a nosotros mismos y a nuestro Destino renace dentro de la experiencia de un gran amor, de un encuentro con aquella Persona que es la verdad

Es en la experiencia de un gran amor que se vuelve posible superar este capricho frente al ser que se convierte en odio a sí mismos, odio por el propio destino. Es en una relación en la que nos sentimos afirmados más de cuanto no logramos hacer por nosotros mismos que renace el amor y la estima por nuestra persona y la certeza de un destino bueno para nuestra vida. El hombre tiene necesidad de relaciones en las cuales el mal propio y aquél del mundo no ha logrado insinuar la sospecha: en ellos se manifiesta toda la bondad de la realidad y su conveniencia. Es ciertamente una experiencia que nosotros hemos hecho o que todavía hacemos.
Tomás de Aquino ha escrito páginas admirables sobre este argumento, cuando ha afirmado que para hombre, que tiende a Dios como al proprio destino, ha sido necesario que Dios mismo lo indujera a amarlo. Y así como

-
nada nos conduce talmente a amar a alguien cuanto la experiencia de su amor por nosotros. Así el amor de Dios hacia el hombre no se habría podido demostrar de modo más eficaz que con el hecho que Él haya querido unirse al hombre en persona: es, en efecto, propio del amor unir al amante con lo amado hasta donde es posible. Fue, pues, necesario para hombre, que tiende a la beatitud perfecta, que Dios se hiciese hombre (54).

Casi retomando estas palabras, Benedicto XVI, dirigiéndose el año pasado en Verona a toda la Iglesia italiana, recordaba como hoy es más que nunca necesario que a través del testimonio de los cristianos emerja «sobre todo el gran "sí" que en Jesucristo Dios dijo al hombre y a su vida, al amor humano, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; y, por tanto, cómo la fe en el Dios que tiene rostro humano trae la alegría al mundo».
La educación a la verdad de nosotros mismos, en efecto, no es posible si no dentro de una relación en la cual la sentimos afirmada por el amor fuerte y gratuito que recibimos.
Por esto, recordando lo que había escrito en la Encíclica Deus caritas est, el Papa afirmaba que “No se comienza a ser cristiano – y por lo tanto a dar nuestro testimonio de creyentes – por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva."(n. 1)».
En su último escrito Jesús de Nazaret, Joseph Ratzinger ha escrito:

-
El anuncio del reino de Dios no es nunca sólo palabra, nunca sólo enseñanza. Es acontecimiento, tal como Jesús mismo es acontecimiento, palabra de Dios en persona (55).

El cristianismo es un acontecimiento: el acontecimiento histórico de Dios en la historia en la persona de Jesús, el acontecimiento del encuentro con su persona, «cuya contemporaneidad con todos los tiempos es diferente de la extemporalidad del mito» (56).
Este encuentro da a la vida una dirección decisiva porque la persona de Jesús es la verdad que el hombre busca: ¡la verdad es un hombre! Y el hombre puede reconocerla – como decía don Giussani – sólo por la experiencia de correspondencia y «satisfacción de la exigencia de comprender totalmente la realidad, cosa por la que vibra toda la conciencia humana» (57). Y añadía:

-
Si la persona de Cristo da sentido a cada persona y a cada cosa, no hay nada en el mundo y en nuestra vida que pueda vivir por sí mismo, que pueda evitar estar invenciblemente ligado a Él. (58).

Para describir eficazmente esta experiencia de correspondencia y satisfacción don Giussani en Por qué la Iglesia se ha servido del final de la gran obra de René Grousset, Balance de la historia, cuya lectura ya aconsejaba a los primeros jovenes que pertenecían a “gioventù studentesca” (Juventud estudiantil):

-
Al concluir su balance sintético de la historia de la humanidad René Grousset nos transmite estos interrogantes: «En cuanto concierne a la historia humana, ¿qué historiador, juzgándola con altura, se atreverá a mirarla sin espanto? […] ¿Y si, después de tanta angustia, no hay más efectivamente que la tumba? ¿Sería entonces cuando el último hombre, en la última noche de la humanidad, ya sin esperanza – él – de resurrección, podría emitir a su vez el grito más trágico que haya jamás atravesado los siglos: "Elì, Elì, ¿lamma sabactàni?" Nosotros los cristianos conocemos la respuesta que, desde toda la eternidad, había dado el Eterno a este grito. Sabemos que el martirio del Hombre-Dios era para conducirlo de nuevo a la derecha del Padre y, con Él, a toda la humanidad rescatada por Él. Sabemos y acabamos de constatarlo, que fuera de la solución cristiana […] no existe ya ninguna otra; una solución, entendamos, aceptable para la razón y para el corazón». Aceptable [don Giussani comenta] porque la humanidad entera queda recapitulada en Cristo, sin recortes arbitrarios, sin censuras ni olvidos(59).

En una entrevista concedida en 1983 a una televisión suiza, don Giussani retornaba sobre este tema:

-
Aquello que me persuade como creyente es sobre todo un desafío que el punto de vista de la fe lanza a todos los hombres. ¿Cuál punto de vista, pero decimos el término científico, cuál hipótesis de trabajo coloca en una posición tal de abrazar, sin olvidar y renegar nada, todos los factores que componen, que traman la experiencia? Es decir, es un realismo último aquello que justifica la hipótesis de la fe.

Hace falta reconocer que sólo en el rostro de Jesús crucificado, muerto y resucitado se manifiesta plenamente el destino del hombre y de la historia de modo totalmente adecuado, y por lo tanto aceptable, a la razón y al corazón.
Sólo él es la palabra definitiva sobre la vida y sobre la muerte, sobre el significado del mundo y la historia, la respuesta a aquella exigencia profunda de verdad y justicia que constituye el corazón del hombre.
Cristo está vivo y presente en su Iglesia. Precisamente por esta contemporaneidad suya es posible encontrarlo hoy. El encuentro con Él da a la vida el horizonte y la dirección decisiva porque Él es la verdad que el hombre busca: ¡la verdad es un hombre!
Sólo en el acontecimiento de este encuentro – decía todavía el Papa en Verona – puede renacer la «gran pregunta» sobre el origen y el destino del universo, sobre el Logos creador y se vuelve «de nuevo posible ensanchar los espacios de nuestra racionalidad, volver a abrirla a las grandes cuestiones de la verdad y del bien». En efecto, es sólo de frente a la respuesta que se reabre y se aclara la pregunta. Porque

-
la persona humana no es sólo razón e inteligencia. Lleva en su interior, inscrita en lo más profundo de su ser, la necesidad de amor, de ser amada y de amar a su vez. Por eso se interroga y a menudo se extravía ante las asperezas de la vida, ante el mal que existe en el mundo y que parece tan fuerte y, al mismo tiempo, radicalmente carente de sentido. Especialmente en nuestra época, a pesar de todos los progresos logrados, el mal no ha quedado en absoluto vencido; más aún, su poder parece fortalecerse y resultan inútiles todos los intentos de ocultarlo, como lo demuestran tanto la experiencia diaria como las grandes vicisitudes históricas.

Así pues, vuelve insistentemente la pregunta sobre si en nuestra vida puede hallar espacio seguro el amor auténtico y, en definitiva, si el mundo es realmente obra de la sabiduría de Dios. Aquí, mucho más que cualquier razonamiento humano, nos ayuda la novedad conmovedora de la revelación bíblica: el Creador del cielo y de la tierra, el único Dios que es la fuente de todo ser ama personalmente al hombre, más aún, lo ama apasionadamente y quiere a su vez ser amado. Da vida a una historia de amor con Israel, su pueblo, y en esta historia, ante las traiciones del pueblo, su amor se manifiesta lleno de inagotable fidelidad y misericordia; es un amor que perdona más allá de todo límite. En Jesucristo esa actitud alcanza su forma extrema, inaudita y dramática, pues en él Dios se hace uno de nosotros, nuestro hermano, e incluso sacrifica su vida por nosotros. Así, en la muerte en la cruz, aparentemente el mayor mal de la historia, "se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical, en el cual se manifiesta lo que significa que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8) y se comprende también cómo se debe definir el amor auténtico" (cf. Deus caritas est, 9-10 y 12).

En el rostro de Jesús crucificado y resucitado se manifiesta, pues, plenamente el Logos de Dios y por lo tanto el logos o el destino del hombre y de la historia.

7. La belleza es el resplandor de la verdad

Don Giussani decía:

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El hombre reconoce la verdad de si mismo a través de la experiencia de la belleza, por la experiencia del gusto, por la experiencia de correspondencia, a través de la experiencia del atractivo que ella suscita, un atractivo y una correspondencia total, no total cuantitativamente, total cualitativamente (60).

Es de la belleza cristiana, pues, de la belleza del amor, que el hombre de hoy tiene más que nunca necesidad, porque como el Papa mismo afirmaba, cuando todavía era el cardenal Ratzinger en su mensaje por la XXIII edición de este Meeting,

-
la belleza hiere, pero justo así ella reclama al hombre a su Destino último. […] El verdadero conocimiento es ser impactados por el dardo de la belleza que hiere al hombre, ser tocados por la realidad. […] Nosotros tenemos que hallar esta forma de conocimiento, es una exigencia apremiante de nuestro tiempo. […] El encuentro con la belleza puede convertirse en el golpe del dardo que hiere el alma y de este modo le abre los ojos, tanto que ahora el alma, a partir de la experiencia, tiene criterios de juicio y también es capaz de valorar correctamente los argumentos. (61)

Pero puntualizaba:

-
El miedo que, al final, no sea la flecha de lo bello que nos conduce a la verdad, sino que la mentira, lo que es feo y vulgar constituyan la verdadera "realidad", ha angustiado a los hombres de nuestro tiempo. En el presente ha encontrado expresión en la afirmación según la cual después de Auschwitz no se habría podido hablar más de un Dios bueno. Se pregunta: ¿dónde estaba Dios cuándo funcionaban los hornos crematorios? Ahora esta objeción, por el que todavía existían motivos suficientes aún antes de Auschwitz, en todas las atrocidades de la historia, indica en todo caso que un concepto puramente armonioso de belleza no es suficiente. No sostiene la comparación con la gravedad de la puesta en discusión de Dios, de la verdad, de la belleza. Apolo, que para el Sócrates de Platón era el "Dios" y el garante de la imperturbada belleza como "el realmente divino", no basta absolutamente (62)

Theodor W. Adorno, en efecto, justo después de Auschwitz había escrito en su Teoría Estética que

-
el arte promete lo que no hay, anuncia objetivamente, (y por cuanto insuficientemente) la pretensión que tal no-existente, en cuanto se muestra, aún tenga que ser posible. El inextinguible anhelo a lo bello […] es el anhelo al cumplimiento de la promesa.

Pero es la promesa de un no existente y por lo tanto

-
nada garantiza que el arte mantenga su promesa objetiva. [En el arte] hay mentira, en la medida en que ella no produce la posibilidad por ella misma producida como apariencia, y la añora justo por esto (63).

También J. Paul Sartre había hablado del arte como engaño:

-
La obra de arte crea un mundo que tiene un sentido, de aquí su atractivo y el "nauseado desaliento" – que equivale, según nosotros, a la tristeza del ánimo – que atenaza la conciencia que retoma el contacto con la existencia sin sentido (64)

Es necesaria, pues, una belleza que sostenga frente al grito de mi madre que pregunta por qué pueda ocurrir que su hija muera a los treinta años para dar la vida a un hijo que a su vez muere después de pocos días. Es necesaria una belleza que haga aceptable la vida y la muerte, la alegría y el dolor, la realidad en fin, así como el hombre hace experiencia de ella.
Por esto el cardenal Ratzinger hacía notar que sólo en el Rostro del Crucifijo aparece la auténtica y creíble belleza:

-
En la pasión de Cristo la estética griega, así digna de admiración por su presentido contacto con lo divino, que le queda incluso indecible, no es removida, sino superada. La experiencia de lo bello ha recibido una nueva profundidad, un nuevo realismo. El que es la Belleza misma se ha dejado golpear en el rostro, escupir, coronar de espinas – el Santo Sudario de Turín puede hacernos imaginar todo esto de manera conmovedora. Pero justo en este rostro tan desfigurado aparece la auténtica, extrema belleza: la belleza del amor que llega "hasta el final” y que, justo en esto, se revela más fuerte que la mentira y la violencia. Quien ha percibido esta belleza sabe que justo la verdad y no la mentira, es la última instancia del mundo. No la mentira es "verdadera", sino justo la verdad. Es por así decir una nueva treta de la mentira presentarse como "verdad" y decirnos: más allá de mí no hay en el fondo nada, dejen de buscar la verdad o hasta de amarla; haciendo así están sobre la vía equivocada. El icono de Cristo crucificado nos libera de este engaño hoy difuso. Sin embargo ella pone como condición que nosotros nos dejemos herir junto a él y creamos en el amor, que puede amenazar de deponer la belleza exterior para anunciar, justo de este modo, la verdad de la belleza (65).

Sintomático un reclamo a Dostoevskij, que quiere ser al mismo tiempo una puntualización:

-
Quien no ha conocido la muy citada frase de Dostoievski: “¿La belleza nos salvará?” Se olvida pero en la mayor parte de los casos recordar que Dostoevskij quiere decir aquí la belleza redentora de Cristo. Debemos aprender a verlo. Si nosotros Lo conocemos ya no más sólo de palabras sino somos golpeados por la flecha de su paradójica belleza, entonces realmente lo conocemos y sabemos de Él no sólo por haber oído hablar a los otros. Entonces hemos encontrado la belleza de la verdad, de la verdad redentora. Nada puede llevarnos más al contacto con la belleza que el mismo Cristo que el mundo bello creado por la fe y la luz que resplandece sobre el rostro de los Santos, por el cual se pone visible Su misma luz (66).

La pregunta sobre nuestro destino sólo encuentra respuesta exhaustiva en el rostro de Cristo: la respuesta a esta pregunta es la gracia.
Es cuanto ha sido dicho vivamente por el poeta de la Comedia, cuando hablando de la verdad a la que estamos destinados la ha definido como:

-
La sed natural, que no se aplaca
-
sino con aquel agua, que la joven
-
samaritana pidió como gracia (67).
-
Y cuando de modo único contara
-
la experiencia de la visión de Dios, dirá:
-
pero mis alas no eran para ello:
-
si en mi mente no hubiera golpeado
-
un fulgor en que sus ansias satisfizo (68).

Este fulgor anticipado en la historia es la belleza que la verdad toma en el mundo bello creado por la fe y por la luz que resplandece sobre el rostro de los Santos.
Nosotros sabemos algo: lo hemos visto en el rostro de don Giussani. Gracias

1. L. GIUSSANI, "El sentido religioso", Ediciones Encuentro, Madrid1998 p. 74.
2. Juan Pablo II, Fides et ratio, 14 de septiembre de 1998, n. 33.
3. C. A. VIANO “Il filosofo Viano, non posso accettare l’insufficienza assegnata a noi laici” ("El filósofo Viano, no puedo aceptar la insuficiencia asignada a nosotros los laicos"), Il Corriere della Sera, 16/10/98.
4. G. VATTIMO, “Per la fede la ragione è debole” ("Para la fe la razón es débil"), La Stampa, 17/10/98.
5. L. COLLETTI, Il Foglio, 16/10/98.
6. Ibid.
7. E. SCALFARI, La Repubblica, 18/10/98.
8. ID., “Caro Vescovo, le parlo dal mondo dei non credenti” ("Querido Obispo, le hablo desde el mundo de los no creyentes"), La Repubblica, 24/1/96.
9. Cfr. entrevista a Eugenio Scalfari bajo la dirección de Roberto Righetto, “La mia etica senza Dio” ("Mi ética sin Dios"), Avvenire, 26/1/96.
10. R. DAWKINS, “La natura: un universo di indifferenza” ("La naturaleza: un universo de indiferencia"), Le Scienze, (“Las ciencias”) Enero 1996, 51-52.
11. U. ECO, “La forza del senso comune” ("Lo fuerza del sentido común"), La Repubblica, 3/01/ 2001.
12. G. VATTIMO, “I lumi, soffusi e deboli così li preferisco” ("Las lumbres, difusas y débiles así las prefiero"), La Repubblica, 4/01/2001.
13. R. M. RORTY, Conseguenze del pragmatismo ("Consecuencias del pragmatismo"), Feltrinelli, Milán, 1986, p. 37
14. M. LODOLI, Bolle ("Burbujas"), Einaudi, Turín 2006, p. 3.
15. Juan Pablo II, Fides et ratio, cit., 33.
16. “Lettera aperta al Comitato Studentesco del Liceo “Nicola Spedalieri” di Catania” ("Carta abierta al Comité Estudiantil del Liceo "Nicola Spedalieri" de Catania"), Sicilia, 4/03/2007.
17. L. GIUSSANI, "Por qué la Iglesia", Ediciones Encuentro, Madrid 2004, p. 80.
18. L. PIRANDELLO, Dialoghi tra il Gran Me e il piccolo me, en Novelle per un anno ("Diálogos entre mi gran Yo y mi pequeño yo, en Novelas por un año"), Mondadori, Milán Ibid., p. 880, 1985-1990, 3 vol. III.
19. G. BUFALINO, Argo il cieco, ovvero i sogni della memoria ("Argón el ciego o bien los sueños de la memoria "), Editorial Sellerio, Palermo 1984, p. 197.
20. ID., Le menzogne della notte ("Las mentiras de la noche"), Bompiani, Florencia 1988, p. 152.
21. G. STEINER, Errata, Garzanti 1999, p. 190.
22. Ibid., p. 199.
23. ID, Dieci possibili ragioni della tristezza del pensiero ("Diez posibles razones de la tristeza del pensamiento "), Garzanti 2007, p. 19.
24. Ibid., p. 83.
25. L. GIUSSANI, "El sentido religioso", cit., p. 73.
26. ID., Alla ricerca di un volto umano ("A la búsqueda de un rostro humano"), Rizzoli, Milán 1995, p. XVI.
27. DANTE ALIGHIERI, Comedia, Paraíso, IV, vv. 124-32.
28. J.-P. SARTRE, L’Essere e il Nulla ("El ser y la Nada"), Mondadori. Milán 1958, p. 738.
29. L. GIUSSANI, Los jóvenes y el ideal, ediciones Encuentro, Madrid 1996, p. 62.
30. L. PIRANDELLO, Uno, nessuno e centomila, in Tutti i romanzi ("Uno, nadie y cien mil", en "Todas las novelas"), Mondadori, Milán 1973, 2 vol., II, p. 855.
31. Ibid., p. 880.
32. L. GIUSSANI, "El sentido religioso", cit., p. 26.
33. ID., "Los jóvenes y el ideal", cit. p. 62.
34. Ibid., p. 65.
35. E. HUSSERL, La crisi delle scienze europee e la fenomenologia trascendentale ("La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental"), Il Saggiatore, Milán 1972, p. 35.
36. Citado según TH. SCHIEDER, Herman Rauschnings «Gespräche mit Hitler» als Geschichtsquelle, Opladen 1972, 19, nota 25. (“Schieder presenta un análisis penetrante de la autenticidad histórica de los datos de Rauschning“).
37. J: RATZINGER, Chiesa, ecumenismo e politica ("Iglesia, ecumenismo y política"), cit., 159.
38. Se va afirmando, en efecto, – como el mismo cardenal Ratzinger ilustrará en una conferencia en ocasión del 750° aniversario de la Universidad de Siena, titulada Coscienza e verità ("Conciencia y verdad") y publicada por Il Sabato titulada Elogio della coscienza("Elogio de la conciencia") – una concepción de la conciencia que “no se presenta como la ventana, que abre de par en par al hombre un panorama sobre aquella verdad universal, que funda y nos sostiene a todos y que en tal modo hace posible, a partir de su común reconocimiento, la solidaridad del querer y de la responsabilidad. En esta concepción la conciencia del hombre no es la abertura del hombre al fundamento de su ser, la posibilidad de percibir cuánto es más elevado y más esencial. Ella parece ser más bien la caparazón de la subjetividad, en la cual el hombre puede huir de la realidad y esconderse". Este modo de pensar en la conciencia, que deriva del Iluminismo, "no abre la vía al camino libre de la verdad, la cual o no existe para nada o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos dispensa de la verdad. Ella se transforma en la justificación de la subjetividad que no se deja cuestionar, tal como en la justificación del conformismo social, que como mínimo denominador común entre las varias subjetividades, tienen la tarea de hacer posible la vida de la sociedad. El deber de buscar la verdad se pierde, tal como se pierden las dudas sobre las tendencias generales predominantes en la sociedad y sobre cuanto en ella se ha convertido en costumbre. El ser convencido de sus propias opiniones, tal como el adaptarse a las de los demás son suficientes. El hombre es reducido a sus convicciones superficiales y, cuanto menos profundas son mucho mejor para él."
Pues la reducción de la conciencia a la certeza subjetiva significa, al mismo tiempo, la renuncia a la verdad. A esta concepción de la conciencia se opone la tradición cristiana, según la cual ella tiene un nivel ontológico dependiente del «hecho que nos ha sido infundido algo parecido a una originaria memoria del bien y lo verdadero, (las dos realidades coinciden); que hay una tendencia íntima del ser del hombre, hecho a imagen de Dios, hasta cuanto Dios está conforme. Desde su raíz el ser del hombre advierte cierta armonía con algunas cosas y se encuentra en contradicción con otras. Esta historia del origen que deriva del hecho que nuestro ser está constituido a semejanza de Dios, no es un saber ya articulado conceptualmente, como un cofre de contenidos que sólo esperarían ser liberados. Ella es, por así decir, un sentido interior, una capacidad de reconocimiento, tanto que aquél que es interpelado, si no está interiormente doblegado sobre sí mismo, es capaz de reconocer en sí su eco. Él se da cuenta: ¡esto es eso a lo cual se inclina mi naturaleza y es lo que ella busca!" (J. RATZINGER, Elogio della coscienza ("Elogio de la conciencia"), en Il Sabato, 16/03/1991, 84-90).
39. L. GIUSSANI, "El sentido religioso", cit., pp. 154-155.
40. J. RATZINGER, L’europa di Benedetto nella crisi delle culture ("La europa de Benito en la crisis de las culturas"), Libreria Vaticana y Edizioni Cantagalli, Roma – Siena, Mayo de 2005, 51, 62-63.
41. ID., Chiesa, ecumenismo e politica ("Iglesia, ecumenismo y política "), cit., 219. K. Löwith ha enseñado como, según Feuerbach, "fuera de la religión cristiana, el Estado profano necesariamente se convierte en la "totalidad de cada realidad”, el "ser general" y la "providencia del hombre. El Estado es "el hombre en grande", el Estado en comparación a sí es "el hombre absoluto"; ello se convierte en un momento en una realidad y una refutación práctica de la fe" (K. LÖWITH, Da Hegel a Nietzsche, Einaudi, Turín 1969, p. 141).
42. E. MONTALE, I limoni ("Los limones"), vv. 22-29, in Ossi di seppia ("Huesos de jibia").
43. L. PIRANDELLO, Il treno ha fischiato in Novelle per un anno ("El tren ha silbado en Cuentos por un año"), cit., I, pp. 664-670.
44. L. GIUSSANI, Certi di alcune grandi cose (1979-1981) ("Ciertos de algunas grandes cosas "), Rizzoli, Milán 2007, p. 207.
45. L. PIRANDELLO, Ciaula scopre la luna, en Novelle per un anno ("Ciaula descubre la luna, en Cuentos por un año "), cit. II, pp. 863-64.
46. L. GIUSSANI, "El sentido religioso",cit., p. 149.
47. ID., "La conciencia religiosa en el hombre moderno", Ediciones Encuentro, Madrid 1990, p. 50.
48. R. M. RILKE, Nona Elegia en Elegie Duinesi ("Novena Elegía en Elegías Duinesi"), Einaudi, Turín 1978, p. 55.
49. DANTE ALIGHIERI, Comedia, Purgatorio, vv. 85-93.
50. TOMMASO D’AQUINO, Summa Theologiae, I-II, 77, 4, c.
51. L. GIUSSANI, Certi di alcune grandi cose (1979-1981) // ("Ciertos de algunas grandes cosas"), cit. p. 220.
52. ID., El sentido religioso, cit., p. 52.
53. //Ibid
., p. 55.
54. TOMMASO D’AQUINO, Summa contra Gentiles, 4, c. 54, n. 5., traducción nuestra.
55. J. RATZINGER, Gesù di Nazaret ("Jesús de Nazaret"), Rizzoli, Milán 2007, p. 207.
56. Ibid., p. 31.
57. L. GIUSSANI, "El camino a la verdad es una experiencia", Ediciones Encuentro, Madrid, 2007, p. 31.
58. Ibid. p.32
59. ID., "Por qué la Iglesia", cit., pp. 216.
60. ID, Certi di alcune grandi cose (1979-1981) ("Ciertos de algunas grandes cosas"), cit., p. 220.
61. J. RATZINGER, Mensaje por la XXIII edición del Meeting por la amistad entre los pueblos (18-24 de agosto de 2002), en La bellezza. La Chiesa ("La belleza. La Iglesia"), Libreria Editora Vaticana y Itaca, Roma - Castel Bolognese, 2005, pp.16-19.
62. Ibid., p. 22.
63. TH. W. ADORNO, Teoria Estetica, trad. it., Einaudi, Turín 1975, p. 9.
64. J. P. SARTRE, Immagine e coscienza ("Imagen y conciencia"), Einaudi, Turín 1948, p. 297.
65. J. RATZINGER, Mensaje por la XXIII edición del Meeting por la amistad entre los pueblos, cit., pp.23-24.
66. Ibid., pp. 25-26.
67. DANTE ALIGHIERI, Comedia, Purgatorio, XXI, vv. 1-3.
68. ID., Comedia, Paraíso, XXXIII, vv. 139-41.

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