La Vía Láctea entre ciencia, historia y arte /1
autor: Marco Bersanelli
docente de Astrofísica en la Universidad de los Estudios de Milán
Francesco Bertola
docente de Astronomía en la Universidad de los Estudios de Padua
Davide Maino
coordinador de la exhibición
Elio Sindoni (moderador)
docente de Física General en la Universidad de los Estudios de Milán Bicocca
fecha: 2006-08-23
fuente: “... a che tante facelle?”. La Via Lattea tra scienza, storia ed arte
(“… para qué tantos destellos?”. La Vía Láctea entre ciencia, historia y arte)
traducción: María Eugenia Flores Luna
siguentes: /2 y /3

Elio Sindoni:
Buenos días. “¿…Para qué tantos destellos?”: la pregunta de Leopardi ha sido elegida como título de la muestra científica que Euresis ya desde hace una década prepara para el Meeting de Rímini. Euresis es una asociación que tiene como objetivo la promoción y el desarrollo de la cultura y del trabajo científico, a ella se adhieren profesores, investigadores universitarios, investigadores comprometidos con la industria, dirigentes industriales, maestros. Hemos invitado a presentar esta muestra al profesor Marco Bersanelli, profesor ordinario de Astrofísica en la Universidad de los estudios de Milán y presidente de Euresis. Bersanelli lleva muchos años comprometido con un importante experimento, el satélite Planck, que será lanzado en 2008 y que desvelará muchos de los misterios que aún envuelven los primeros instantes de vida de nuestro universo. Bersanelli dará una interpretación de esta muestra hablando sobre todo de qué nos ha impulsado a realizarla.

Luego intervendrá el profesor Francesco Bertola, profesor ordinario de Astrofísica de la universidad de Padua y académico de los Lincei. Bertola ha sido el principal inspirador de esta muestra, ya que, además de ser uno de los mayores expertos de la estructura de la evolución de las galaxias, ha estudiado a fondo la mitología, la historia y las representaciones más antiguas de la Vía Láctea, publicando también el bellísimo volumen “Vía Láctea”. El profesor Bertola nos introducirá precisamente en este mundo fantástico de las representaciones mitológicas de la vía Láctea.

Algunos flash sobre la composición y sobre la física de las galaxias y, en particular, de la Vía Láctea, serán luego presentados por el doctor Davide Maino, investigador de Astrofísica de la Universidad de Milán, que colabora con Bersanelli en el proyecto Planck y que también ha sido el principal encargado de la muestra.
En fin yo los conduciré a través de un breve giro simulado de la muestra, deteniéndome en algunos puntos de particular interés. Antes de dar la palabra a los relatores querría también anunciar que esta muestra irá luego a muchas ciudades italianas en forma completa, pero también será hecha una forma limitada a unos quince paneles para uso de las escuelas, para hacer de modo que las escuelas puedan colgarlas en las aulas y hacer un trabajo de algunos meses con los estudiantes. Querría recordar que también hemos pensado en los niños, por tanto el sábado por la mañana habrá una presentación de la muestra y del catálogo a los niños. La palabra a Marco.

Marco Bersanelli:
Como ha dicho Elio Sindoni, el título de esta muestra sobre la Vía Láctea, que es una muestra predominantemente científica, usa las famosas, espléndidas palabras de Leopardi: “Y cuando miro en el cielo arder las estrellas; / digo dentro de mí pensando: / ¿para qué tantos destellos? / ¿Qué hace el aire infinito y aquel profundo / infinito sereno? ¿Qué quiere decir esta / soledad inmensa? ¿Y yo qué soy?”. ¿Para qué tantas estrellas, a qué fin, para qué sirven? Esta inmensidad del universo que hoy, a través de la ciencia, descubrimos que es una inmensidad realmente abismal: la galaxia, nuestra galaxia es una realidad compuesta por algo como doscientos mil millones de estrellas. Una vastedad que supera nuestra imaginación. Noten que Leopardi también era un astrónomo, se ocupaba de astronomía de modo serio. Ciertamente no tenía toda la profundidad visual que, por ejemplo, el telescopio espacial Hubble nos da hoy del universo, pero era consciente en términos físicos de la grandeza del mundo, cuando escribía estas palabras.

Pero la pregunta -¿para qué? ¿A qué fin? ¿Para qué tantos destellos? ¿Para qué tantas luces, tanto espacio? - es una pregunta que concierne al objetivo, al significado. “¿Qué hace el aire infinito y aquel profundo / infinito sereno?”: la profundidad del Universo. “¿Y yo, qué soy?”: ¿cuál es el objetivo de mí existir en este Universo? Son preguntas que no conciernen al método científico, son preguntas que conciernen al sujeto que se dirige a la realidad usando también, hoy, el método científico. Son preguntas que se pegan precisamente a la raíz de nuestra existencia. Pues, la ambición de esta muestra científica, “¿Para qué tantos destellos?”, no es aquella de mostrar que la ciencia responde a la pregunta de Leopardi. Más bien lo que nosotros queremos hacer ver, que hemos querido descubrir nosotros mismos, más claramente, haciendo la muestra, es que la investigación científica no es enemiga de la pregunta de Leopardi, no está en alternativa, no se opone a aquella exigencia de significado. Normalmente, en cambio, se piensa precisamente eso: se piensa que la investigación científica es como si pusiera un límite, una barrera a nuestra necesidad de un significado último. Como si, habiendo explicado científicamente cierto fenómeno, ya no tuviéramos necesidad del significado de aquella parte de realidad.

He aquí, el objetivo de la muestra es demostrar que es verdad lo contrario. El desafío, si quieren, es que llegando al último panel, habiendo recorrido todo el humano conocimiento ha sido capaz de conseguir respecto a este objeto extraordinario que es nuestra galaxia, al final del recorrido, que es predominantemente científico, la pregunta de Leopardi queda, más bien es como si se pudiera sentir con más vigor, con más fuerza, de modo casi más inevitable, enriquecidos por el conocimiento científico que hemos conseguido de este mundo en el que vivimos, que es nuestra galaxia. Entonces, historia y arte como primera parte de la muestra. Espero que todos hayan podido ver y apreciar el espectáculo del arco de la Vía Láctea: para apreciar la fuerza de esta realidad hace falta observarla con mucha atención, estando en la posición justa, un espectáculo que a nosotros normalmente es negado: pero en la antigüedad, en la prehistoria, ¡probemos a imaginarnos qué tipo de fuerza podía tener la incumbencia de esta bóveda estrellada y esta misteriosa estela luminosa que es la Vía Láctea! Tal como un niño frente al cielo estrellado, fácilmente los antiguos se habrán hecho enseguida una pregunta parecida a aquella de Leopardi: “¿Para qué, para qué sirve, qué es? ¿Qué nexo tiene? Una cosa tan grande y bella no puede no tener un nexo profundo con la vida humana, con la existencia”. Y así, las civilizaciones de todo el mundo han construido mitos, leyendas, usando el ingenio, la fantasía, el gusto estético, la observación de las cosas según los cánones que eran posibles para ellos. Han construido mitos y leyendas teniendo siempre de algún modo el presentimiento de un nexo misterioso y profundo con la existencia humana. Un nexo entre nuestra existencia y la vastedad del universo.

Dentro de algún minuto el profesor Bertola nos guiará en esta investigación espléndida que él ha hecho y que da una idea de la variedad y la vastedad de representaciones que la Vía Láctea ha suscitado, desde los aborígenes australianos hasta la civilización hebrea, a la Europa oriental: la vía de las almas, el río de fuego y, en nuestra tradición europea, la vía de la leche, de la cual el nombre, galaxia. Leche que está evidentemente ligada a la vida del hombre. Y estas representaciones medievales que, de algún modo, ya prevén e intuyen que la Vía Láctea esté hecha de estrellas. Ya en el Mil trescientos hay representaciones que nos hacen entender que alguien tuvo esta intuición. Así el arte, la pintura, la poesía se han inspirado intensamente en la Vía Láctea. Luego, en el 1600, interviene un nuevo modo de conocimiento, potente, revolucionario, se puede, se tiene que decir: la ciencia moderna ha empezado a desvelarnos la naturaleza física de nuestra galaxia. Hoy sabemos así que aquella tenue luz es debida al resplandor de la galaxia en la que estamos sumergidos. Una estructura colosal. 100.000 años luz de escala, hecha por cientos de miles de millones de estrellas y que contiene realidades más extrañas que las estrellas, que son ya bastante familiares también desde un punto de vista físico. Contiene materia oscura, hay zonas donde hay explosiones violentas. En el eje de la galaxia, hoy sabemos que hay un agujero negro súper-macizo, que contiene una masa de algo como de algún centenar de millones de masas solares: y hoy podemos observarlo con gran precisión. Por tanto, aquella luz argéntea, que ha inspirado la fantasía de los antiguos, hoy digamos es debida al plano de una galaxia en espiral barrada de tipo SBB. Esto es lo que científicamente podemos decir, en síntesis. No hay ningún río de leche, no hay ninguna vía de las almas.

¿Entonces, estos nuevos descubrimientos que la ciencia ha llevado adelante, han roto el encanto? ¿Aún hay lugar para la maravilla? ¿Aún hay lugar para el estupor frente a esta gran realidad? ¿Y la cuestión del significado, ha sido desechada por el hecho que hemos entendido un poco la física de este fenómeno? ¿Hemos perdido la esperanza de un nexo entre nosotros y esta inmensidad de espacio y materia que es nuestro ambiente galáctico? ¿Quizás el haber entendido algo de cómo funciona, por ejemplo, el oído, quita la evidencia de la importancia del significado de qué significa escuchar? ¿O el hecho de que sabemos que la música nos alcanza a través de vibraciones acústicas, quita algo a la belleza de la música? Estamos hablando, por lo tanto, de un modo de conocimiento de la realidad que la ciencia nos permite obtener, que no se debe poner en contraposición con aquella exigencia de significado que es una evidencia en sí misma.

Inesperadamente - es otro aspecto que la muestra trata de subrayar, justo por el progresar del conocimiento científico - hoy se revela cómo esta estructura compleja que es la Vía Láctea, tiene un nexo que poco a poco se descubre cada vez más profundo con nuestra existencia, precisamente desde un punto de vista físico. Una unión quizás más íntima que cuanto también los antiguos mitos hubieran de hecho imaginado. Luego Davide nos mostrará algún ejemplo de eso.

Hemos descubierto que la estructura, la evolución, la composición de nuestra galaxia desempeñan un rol decisivo para realizar las condiciones en que nuestro sistema solar, nuestro planeta y la vida sobre nuestro planeta, ha podido desarrollarse. Y también los fenómenos aparentemente más extraños, la presencia del hueco negro o la materia oscura, descubrimos que son fundamentales para constituir físicamente la estabilidad de nuestra galaxia por lo tanto la posibilidad de estrellas duraderas como nuestro sol. Descubrimos así que este mundo aparentemente extraño, inútilmente vasto es, en cambio, la cuna, la periferia de nuestro ambiente terrestre. Estamos un poco como en los zapatos de un campesino que trata de hacer crecer sus vides para producir buen vino en una zona de montaña, y sabe bien que tiene que construir terrazas, tiene que hacer crecer las vides en una zona tranquila, al amparo de excesivas exposiciones del sol o del viento. Pero también sabe, el campesino, que las regiones más lejanas, por ejemplo las cimas, los glaciares, donde no podría hacer crecer su uva, también son necesarios para hacer crecer las vides, para hacer buen vino, porque le dan el agua, le dan el clima.

He aquí, nosotros, a medida que con la ciencia entendemos algo más del universo, nos damos cuenta de los nexos, del orden, por lo tanto de una belleza que hace que las cosas sean cada vez menos extrañas. Ésta es, si quieren, la ambición de la muestra: hacernos familiarizar con la realidad vasta en que hemos sido puestos y darnos cuenta de la unidad de la realidad física, del orden y por lo tanto de la belleza que lo acompaña. El rigor metodológico es fundamental. La ciencia debe estar al interno de sus posibilidades, si no se hace ideológica, pero precisamente porque la ciencia tiene un ámbito limitado, ella no puede resistir mucho si no reconociendo que su origen, el origen de nuestra curiosidad que nos hace hacer ciencia, está fuera de la ciencia, está en un contragolpe afectivo, consiste en darse cuenta que hay una belleza en la realidad, que hay una utilidad posible en la realidad.

Si el conocimiento científico, como cualquier conocimiento, no llega a hacernos amigos de las cosas, es decir a descubrir el nexo que nos une a las cosas, no será nunca verdadero conocimiento. Los descubrimientos científicos renuevan, sobre todo en sus extremos, el vértigo que el ser humano prueba frente al universo, a la realidad, como también hemos visto en el encuentro con Steve Beckwith y Ed Nelson, el otro día. La ciencia, en cambio, si es usada por lo que es realmente, nunca es enemiga de la pregunta de Leopardi. La ciencia nunca habla directamente del objetivo, no es su línea, no está en sus posibilidades. Acaso nos da nuevos indicios, somete nuestra razón a nuevos indicios. Nos muestra la grandeza y el orden como gran indicio para un significado último de las cosas. Nos da un nuevo lenguaje en que resurge, más potente e inevitable, la misma gran pregunta de Leopardi.

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