¿La web nos hace libres? /3
autor: Simona Panseri
director de Comunicación y Public Affairs de Google para Italia
Gianni Riotta
editorialista de la Stampa
Guido Gili (intervención escrita)
docente de Ciencia de las comunicaciones de masa y Teoría de la comunicación en la Universidad de Molise
Davide Rondoni (moderador)
poeta y escriptor
acontecimiento: Meeting per l’amicizia tra i popoli: "Emergenza uomo", Rimini, Italia
(Meeting para la amistad entre los pueblos: "Emergencia hombre")
fecha: 2013-08-21
fuente: Il Web ci rende liberii? L’età del messaggi(in)o e le nuove forme di comunicazione
(¿La web nos hace libres? La edad del mensaje(s) y las nuevas formas de comunicación)
traducción: María Eugenia Flores Luna

GUIDO GILI:
El título de este encuentro es en apariencia simple e inmediato, pero en realidad plantea una cuestión muy difícil. Creo por tanto que este título, por la cuestión que plantea, merece ser afrontado en serio: ¿qué nos hace libres? ¿Qué condiciones de nuestra vida contribuyen a hacernos libres? ¿En qué términos, entre estas condiciones, podemos considerar la Web, es decir el ambiente comunicativo digital y las relaciones y las prácticas sociales a ello asociadas?
Sabemos que, en términos generales, ser libres significa poder actuar sin constricciones, poder orientar autónomamente la propia acción según los propios objetivos; poder expresar las propias potencialidades y los propios talentos. La historia de la filosofía y las ciencias humanas ve un incesante debate sobre este tema: baste pensar en la famosa distinción del pensador liberal francés Benjamin Constant sobre la libertad de los antiguos y los modernos para recordar que la libertad decae y es entendida en modos diferentes en épocas y en contextos históricos y culturales diferentes. En relación al ámbito en que se ejercita, hablamos luego de libertad moral, jurídica, civil, política, religiosa, económica, de pensamiento, etc.
También nosotros, por experiencia, sabemos que la libertad puede asumir una pluralidad de significados y dimensiones, que pueden ser más o menos relevantes para cada uno de nosotros y en diferentes contextos y situaciones. Sin alguna pretensión de enumerar y analizar integralmente estos significados, querría proponer aquí algunos de ellos y desarrollar alguna reflexión.

1. Nos hace libres todo lo que derriba o reduce un límite o un obstáculo que nos impide responder a nuestras necesidades. En otras palabras, nos hace libres lo que puede transformar una improbabilidad en una probabilidad.
Éste es quizás el significado más inmediato y evidente que atribuimos al término libertad. Lo explico con un simple ejemplo. Si yo tengo sed y tengo de frente una botella cerrada, me hace libre lo que me permite abrir la botella y beber. Luego el sacacorchos es un instrumento de libertad porque me permite responder a una necesidad mía, permitiéndome hacer lo que de otro modo no podría hacer.

Esta concepción de libertad es la que viene típicamente asociada justo a las tecnologías y a los medios de comunicación en particular. Es la teoría de las tecnologías y de los medios de comunicación como prolongación y potenciación de nuestras facultades físicas, sensoriales y psíquicas, que ha sido expresada de modo ejemplar por el antropólogo Edward Hall (y también retomada, por otros aspectos, por Marshall McLuhan):
«Hoy - escribe Hall al final de los años cincuenta - el hombre ha desarrollado extensiones prácticamente para todo lo que era usual hacer con el propio cuerpo. […] Los vestidos y las viviendas son extensiones del mecanismo biológico de control de la temperatura. Los muebles reemplazan el estar agachados o sentados en el suelo. Los útiles de labranza, las gafas, la televisión, los teléfonos y los libros que portan la voz a través del tiempo y el espacio son ejemplos de extensiones materiales. El dinero es un modo de extender y almacenar la fuerza laboral. Nuestras redes de transporte hacen hoy lo que un tiempo hacíamos con los pies y con la columna. De hecho, todos los objetos materiales hechos por el hombre pueden ser tratados como extensiones de lo que el hombre hacía con el propio cuerpo o con una parte especializada del propio cuerpo».

Se puede decir que este texto sea el manifiesto de esta concepción de libertad ligada a las tecnologías y a los medios de comunicación. Los medios de comunicación constituyen recursos e instrumentos de libertad porque amplían y potencian nuestras limitadas funciones y capacidades físicas, sensoriales o psíquicas. Esta definición no comprende sin embargo sólo objetos materiales o manufacturas como instrumentos y máquinas, sino también va extendida a cada símbolo o sistema de símbolos (como el dinero) que permite la interacción entre el hombre y su ambiente y de los hombres entre ellos.
Es evidente que la palabra-clave de esta concepción de libertad es “poder”: las tecnologías y los medios de comunicación me permiten poder hacer algo que de otro modo no podría hacer o en todo caso haría con más fatiga, de modo más ineficiente y precario. Gracias a los medios de comunicación podemos contrastar la labilidad de nuestra memoria biológica fijándola en apoyos materiales como los libros o las memorias magnéticas; podemos superar la improbabilidad de la distancia, del espacio y del tiempo; podemos multiplicar el mismo mensaje infinitas veces y mandarlo hacia muchos interlocutores diferentes.
Todo esto vale naturalmente y con mayor razón para la Web y los nuevos medios de comunicación digitales que han potenciado enormemente estas posibilidades y han abierto otras. Por ejemplo pensemos en el campo de la medicina y en la posibilidad de coordinar equipos de médicos que operan a distancia de muchos kilómetros o en la posibilidad de insertar pequeñísimas sondas inteligentes en el cuerpo del paciente. Pero esto vale para muchas profesiones y actividades. Si yo pienso en mi trabajo, la Web sin duda me ofrece posibilidades que antes no podía tener: de acceder a una cantidad de fuentes antes impensable, de usar paquetes estadísticos que me permiten examinar fenómenos complejos y desarrollar sofisticados análisis cuantitativos y cualitativos, de conversar y colaborar estrechamente con colegas en Italia y en el extranjero, también enseñar a distancia a través de la modalidad e-learning.
Es indudable que la digitalización y la Web han potenciado muchísimo estas capacidades nuestras y nuestro poder. Por tanto, desde este punto de vista, los medios de comunicación nos hacen más libres.
Pero al hacer esta conclusión no debemos olvidar un punto importante: si las tecnologías son siempre de algún modo un adelanto de la humanidad en el control del ambiente y las propias condiciones de acción, ellas siempre son incorporadas socialmente y económicamente, por lo cual siempre actúan de modo selectivo. No todos pueden disfrutar y aprovechar del mismo modo, por lo cual hay una diferencia en la posibilidad de utilizarlas o, todavía peor, pueden producir ventajas para algunos y pérdidas para otros.
Querría llamar su atención con dos fenómenos.
El primero es aquel proceso, que ha sido estudiado a partir de los años setenta con referencia a los medios de comunicación tradicionales, conocido como knowledge gap o brecha de conocimiento, y que hoy también se propone a propósito de los medios de comunicación digitales y es conocido como digital divide. Según esta consolidada tradición de investigación los medios de comunicación no producen sólo a largo plazo el efecto de actuar como “ecualizadores informativos”, sino presentan una doble cara. De un lado difunden potencialmente contenidos e informaciones capaces de alcanzar a cualquiera de una manera que podemos definir sin más “democrática”, del otro lado sin embargo ellos están disponibles más para algunos grupos sociales que para otros creando así una diferencia de conocimiento y por lo tanto de poder. Razones de naturaleza económica, de capital cultural y de capacidad de uso hacen que se cree una diferencia de conocimiento por lo cual algunos grupos y categorías sociales se aprovechan de los medios de comunicación - y por lo tanto también de los nuevos medios de comunicación digitales - antes y en mayor medida que otros.
Así una aproximación realista a la Web y a los nuevos medios de comunicación digitales no nos debe hacer olvidar que la idea de un acceso universal al saber a través de la red tiene un componente mitológico (y también ideológico). No todo el saber disponible en la red es de libre acceso, sino las informaciones dotadas de mayor valor añadido (por ejemplo la información de calidad y las informaciones económicas y financieras) se compran en sitios y canales especializados. Ciertamente la red ha democratizado y liberalizado el conocimiento, poniendo a disposición de todos una cantidad de información y conocimientos superior a aquella disponible en toda época precedente, pero mucho del conocimiento “que vale”, que “cuenta” queda un bien económico y por lo tanto de acceso limitado a algunos y no a todos. Y éste es un aspecto que aumenta el knowledge gap y el digital divide.

El segundo aspecto que no debemos olvidar es que cada innovación tecnológica y comunicativa conduce a la creación de nuevas profesiones y nuevas ocupaciones, pero también al ocaso y a la extinción de otras ocupaciones y profesiones o a su radical transformación. Esto pues no es nunca un proceso indoloro, sino comporta rentas y pérdidas que no son distribuidas equitativamente en el cuerpo social, sino benefician a algunos y perjudican a otros. Por ejemplo hace algunos meses los periódicos han reportado la noticia de una temporada de cortes en el sector bancario de unos 20 mil puestos a causa de la crisis (un proceso recesivo) y de la digitalización (por lo tanto un proceso que diríamos “progresivo”). Pero noticias parecidas, ya, escuchamos cotidianamente a propósito de muchas categorías de trabajadores. Para estas personas, la mayor eficiencia consentida por las nuevas tecnologías en el uso de las facultades humanas (en este caso intelectivas) no produce necesariamente una mayor libertad, sino al contrario, una sustracción de libertad, de poder y de dignidad personal, (factores todos asociados al trabajo). Y todo eso puede generar reacciones negativas de extravío o rabia. El prototipo de las reacciones negativas a las innovaciones tecnológicas es constituido por el “ludismo”, que es un término ya incluido en el diccionario corriente para indicar una actitud irracional de rechazo a las máquinas para proteger el puesto de trabajo amenazado por su introducción. En realidad, como el sociólogo francés Raymond Boudon ha observado, en el horizonte de experiencia de aquellos obreros que destruían los telares mecánicos, aquello parecía como un comportamiento racional porque se arrojaba contra el instrumento material que amenazaba su trabajo y las condiciones de vida de sus familias. Ciertamente, en la mirada de un analista de procesos económicos y sociales, que estaba fuera y por encima de aquel proceso, su comportamiento podía parecer irracional, porque él evaluaba que en un período medio aquellas tecnologías productivas habrían creado más disponibilidad de bienes y más bienestar a la entera sociedad y también mayores posibilidades de ocupación, pero ésta no era la mirada de quien “padecía” en lo inmediato los efectos. Me pregunto si hoy no podemos decir la misma cosa por cada uno de aquellos bancarios expulsados por la crisis y por el progreso de la digitalización o los obreros, los empleados, los comerciantes o los periodistas que padecen los efectos de la racionalización productiva y organizativa de la cual la digitalización es uno de los aspectos.
Querría hacerme entender bien sobre el sentido de este punto para no generar equívocos: el sentido es que la mirada con la que vemos a estos procesos no puede ser sólo la mirada del “conjunto” o la “totalidad” del sistema económico y social sino una mirada que también tenga en cuenta el punto de vista, las exigencias y el interés del individuo (y de su familia) que no puede ser desechado o puesto al margen de este proceso. Porque nadie debería ser olvidado o sacrificado.

2. Nos hace libres todo lo que remueve las formas de constricción que podemos padecer del exterior y las formas de intrusión y manipulación de nuestra esfera interior.
Varios autores han observado que el elemento - negativo - que hace de contrapeso a la más elevada “conectividad” hecha posible por la digitalización y por la red es la pérdida de privacidad y la intensificación del control social.
Pérdida de la privacy e intensificación del control social no derivan sin embargo, al menos en los países democráticos, del hecho que un poder autoritario pueda utilizar los nuevos medios de comunicación con fines represivos (aunque no faltan inquietantes señales en mérito.) Ellas al contrario constituyen cada vez más condiciones necesarias (pero también el “costo”) para acceder a relaciones sociales amplias, más allá del círculo de la familiaridad, es decir de nuestra red más próxima e inmediata de relaciones.
¿Dónde está el origen del fenómeno? Está en el hecho que en la sociedad actual aumentan en exceso las relaciones con interlocutores desconocidos y anónimos, por lo que también cambian radicalmente las condiciones de la credibilidad y la confianza. En las relaciones de grupo primario o comunitario, la confianza (o su falta) se basa esencialmente en el conocimiento directo y en relaciones interpersonales consolidadas. Con el ampliarse de los círculos de relaciones en que cada uno de nosotros ya está insertado, hasta aquellos más abstractos y anónimos, aumenta la opacidad del interlocutor. Hoy el problema es la credibilidad de personas lejanas, extrañas, anónimas, de las que sabemos poco o nada, pero de las cuales dependemos para el cumplimiento de muchas necesidades nuestras. Un ejemplo inmediato es aquel de los productos alimenticios que comemos o de los medios de transporte que usamos (y son de estas semanas las noticias de graves accidentes ferroviarios o automovilísticos y la intoxicación por frutos de bosque congelados no tratados adecuadamente). En todas estas y en muchas otras situaciones (por ejemplo en campo médico) nos tenemos que fiar de los extraños basándonos en la suposición de que éstos desempeñen honestamente y con competencia su profesión.

Este hecho de interaccionar con desconocidos o de confiarse a desconocidos se hace aún más evidente en las relaciones en red: varios autores han destacado que en la red aumenta el riesgo de tener que ver con interlocutores que ofrecen una imagen de sí mismos no real, una identidad ficticia y artificial que puede favorecer juegos oportunistas y falsos.

Justo por eso, para limitar los riesgos en las relaciones con extraños, un número creciente de informaciones y de datos personales tendrán que ser producidos para absolver determinadas obligaciones sociales; otros podrán ser solicitados expresamente para disminuir el riesgo de las relaciones - por ejemplo piensen en las transacciones económicas o en las adquisiciones en red; otros aún podrán ser registrados en desconocimiento del interesado en el momento en que solicita o usa ciertos servicios (baste pensar en un simple servicio como el móvil que todos tenemos y del que ya parece que no podemos prescindir, que permite - si hubiera necesidad – saber siempre con una razonable precisión dónde nos encontramos).

La cesión de privacy y la aceptación de un mayor control social en nuestra esfera de vida individual es pues el precio que pagamos por un lado a la extensión de las relaciones en que estamos implicados y de la otra a la exigencia de seguridad que la relación con otros desconocidos y anónimos necesariamente solicita. Se trata es decir de pretender y aceptar a su vez una serie de medidas de auto-vinculación respecto al interlocutor. La confianza será concedida en base al hecho de que quien pide confianza pueda proveer “garantías” bajo forma de informaciones sobre sí mismo y sobre su situación, sobre su fiabilidad o solvencia.
Es por lo tanto una forma de control “inmanente” que se ejercita, podríamos decir, por vía administrativa, no por vía autoritaria.
Naturalmente, en nuestras sociedades, el control “por vía administrativa” no es sólo recíproco, en el sentido que todos lo ejercitan y lo padecen del mismo modo, ya que eso es ejercido sobre todo por grandes organizaciones e instituciones, también de la red, que tratan normalmente con millares o millones de interlocutores, ciudadanos, usuarios, clientes. Y estos datos - los big datos de los que Riotta habla en su bonito libro – también podrán ser sumados, confrontados y utilizados por quien - por ejemplo para fines políticos o comerciales - no quiere persuadirnos, sino simplemente quiere “anticipar” nuestros deseos y nuestras decisiones porque ya conoce bien nuestras costumbres, nuestros valores y nuestros estilos de vida.
¿Entonces las nuevas tecnologías digitales aumentan las posibilidades y las ocasiones de control y erosión de la privacy? Según yo, la respuesta es: indudablemente sí.
Aumenta el control en la doble forma de un control recíproco, de cada uno hacia todos y de todos hacia cada uno, y de un control centralizado, de parte de instituciones públicas y privadas que ya saben tantas cosas de nosotros. Por tanto, desde este punto de vista, somos potencialmente menos libres y más controlables.
Pero hay al menos tres aspectos que querría destacar y que revelan el carácter en cierto modo ambivalente y paradójico de este crecimiento del control social.
En primer lugar esta creciente solicitud de datos como forma de control a menudo ocurre para fines pro-sociales, es decir diríamos, para algo bueno. Piensen en las medidas tomadas por el anterior gobierno “técnico” para reducir la evasión y el reciclaje tratando de reorganizar drásticamente los pagos en efectivo a favor de las tarjetas de crédito y la moneda electrónica y por lo tanto levantando la trazabilidad de nuestras transacciones económicas. Una medida “para algo bueno”, en este caso un bien colectivo, que pasa sin embargo a través de un aumento del control social por vía administrativa.
En segundo lugar la cesión de “soberanía personal” tiene caracteres que tienen que ver con la libre adhesión de los interesados. En muchos casos no hay alguna expropiación forzada o sustracción oculta de datos e informaciones personales, sino esos son provistos espontáneamente con un explícito consentimiento. Luego el aumento del control por vía administrativa no es pensado como algo particularmente preocupante. Naturalmente hay luego situaciones que revelan que en realidad las cosas no son tan simples, como por ejemplo ha ocurrido cuando Facebook ha reivindicado la propiedad de las fotos y el vídeo de los usuarios, incluso declinando toda responsabilidad sobre los contenidos presentes en el sitio.

En tercer lugar el hecho de que alguien “anticipe” nuestras tendencias y nuestros deseos, interpelándonos a través de formas de “marketing individualizado” comercial o político, no es visto necesariamente como una intrusión o una forma más sutil de persuasión o manipulación, sino puede ser también creído hasta positivo y gratificante, una ayuda para orientarse en la multiplicidad de las elecciones que constelan nuestra vida y casi un reconocimiento a nuestra individualidad.

3. Nos hace libres lo que nos permite comunicar y establecer relaciones con los otros, es decir todo lo que combate el aislamiento y la autorreferencialidad.
Esta forma de libertad requiere dos condiciones. La primera es una condición objetiva, es decir la disponibilidad y el acceso a los medios de comunicación a través del cual podemos comunicar con los otros. Esta condición ya ha sido examinada, bajo varios aspectos, en los dos puntos anteriores. La segunda condición es en cambio una condición que atañe al sujeto: su capacidad de comunicar o, como se dice más técnicamente, su competencia comunicativa.
A este propósito podemos decir entonces: nos hace libres todo lo que extiende y refuerza nuestra capacidad de comunicar, nuestra competencia comunicativa.
Si referimos este discurso a la Web, necesariamente nos encontraos con la famosa distinción entre “nativos digitales” (digital natives) e “inmigrantes digitales” (digital immigrants) propuesta en 2001 por el escritor y conferencista americano Marc Prensky. Como ya todos saben, desde el momento en que esta distinción goza de mucha suerte, la expresión “nativos digitales” indica a los jóvenes, los que serían capaces de establecer con los medios de comunicación digitales y con Internet una relación espontánea y “natural” ya que estos medios de comunicación desde el origen hacen parte del ambiente en que han crecido. La expresión “inmigrantes digitales” indica en cambio a los adultos y su difícil aculturación a los nuevos medios de comunicación, que implica siempre inhabilidad, desconfianzas y resistencias. Lo que se supone implícitamente en esta distinción es creer que los “nativos” posean una competencia comunicativa, es decir una capacidad de comunicar con la red y a través de la red, mucho más desarrollada que los “inmigrantes”.

Hay que decir enseguida que esta distinción, por cuanto haya tenido amplio éxito y venga continuamente citada y repetida, ya es rechazada por casi todos los estudiosos y los expertos de medios de comunicación porque es dotada de escaso valor explicativo. Es decir porque explica poco y mal. Su límite, lo que la hace poco útil, es justo aquel de basarse en una concepción demasiado estrecha y en el fondo banal de competencia comunicativa.
Esta distinción no convence y no convence porque la supuesta competencia comunicativa superior de los nativos digitales sólo comprende los niveles más elementales de la competencia comunicativa, es decir la capacidad material en usar los dispositivos tecnológicos, en manejar los programas o en navegar en la red. ¿Pero es suficiente esta competencia? ¿Y es de ésta que hay necesidad sobre todo? ¿Es suficiente decir que las jóvenes generaciones son más competentes desde el punto de vista comunicativo porque escriben más velozmente los mensajes en el celular, porque presentan una mayor destreza visual y perceptiva y una mayor rapidez de ejecución en los videojuegos, porque conocen todos los nuevos gadget tecnológicos o porque participan en todos los social network?

En realidad todo esto deja fuera las dimensiones más importantes y más elevadas de la competencia comunicativa, las que cuentan de veras. Para saber de veras comunicar una persona tiene que saber qué dice y qué escucha, es decir saber comprender y evaluar los muchos significados que son comunicados (competencia relativa al “qué cosa” comunicar); luego tiene que tener claros los objetivos de la propia comunicación y tiene que saber adaptar la propia comunicación con aquellos objetivos, (competencia relativa al “por qué” comunicar) y por fin tiene que tener la capacidad de tener en cuenta a los interlocutores, sus roles y el contexto en que interacciona (la competencia de la relación y el contexto). Pero el centro y el vértice de la competencia comunicativa, como aprendemos continuamente en nuestra experiencia cotidiana, es la capacidad de asumir la perspectiva y el punto de vista del otro, es decir la capacidad de tener en cuenta sus expectativas, de identificarse con sus razones, (aunque no son “nuestras” razones) y de tenerlas en cuenta.

Por ejemplo pensemos en un motor de búsqueda. ¿Cuál es la competencia requerida a quien usa los motores de búsqueda? ¿Es suficiente saber digitar, aun velozmente, algunas palabras y ver qué sale? Ciertamente será bueno tener alguna noción “técnica” sobre cómo funciona la búsqueda por palabra-clave, pero el problema real no es quizás: ¿qué busco? ¿Por qué? ¿Cuáles son mis exigencias? ¿Cuáles fuentes son más creíbles?
En síntesis: la competencia comunicativa concierne a los criterios de sentido, los criterios de relevancia y los criterios de pertinencia De acuerdo a los cuales decidimos de qué hablar, a quién, por qué. Según los cuales decidimos qué investigar, con qué fin y de qué manera. Estos criterios no pueden ser provistos por Google o por Yahoo, ni se producen espontáneamente por el uso y la práctica de la comunicación en red. En el uso, en la práctica en la red, esta competencia se prueba, se afina, se extiende, se fortalece pero el lugar de origen de esta competencia, que podemos definir “cultural”, está en otro lugar: ella emerge de las experiencias, de las relaciones, de los encuentros, de los lugares en los cuales las personas maduran las orientaciones de sentido que conducen su vida y que valen en la Web y fuera de la Web, on-line y off-line, en casa, en la escuela, en el trabajo, en la política.

Estos criterios de sentido se pueden conseguir sólo a través de relaciones interpersonales significativas, que también pueden ocurrir en la red o ser mediadas por la red, pero por lo demás se forman en el mundo de la vida cotidiana, en las relaciones con los otros que son “importantes” para nosotros, en los encuentros significativos a través de los que descubrimos quiénes somos, qué queremos de la vida, qué cosa cuenta para nosotros.
Entonces el problema es: ¿cuáles son los lugares en que hoy en nuestra sociedad es posible que se formen estos criterios de sentido cuya posesión nos hace efectivamente libres? Sólo una sociedad en que existen lugares de sociabilidad, desde la familia hasta las relaciones amicales, a los lugares del empeño religioso, social y político, es capaz de alimentar esta competencia comunicativa que vale en todas las relaciones, en las relaciones cara a cara como en las relaciones en red.

4. Nos hace libres todo lo que genera, aumenta y refuerza el respeto a nosotros mismos.
Aquí querría asumir como punto de partida una observación de Amartya Sen, retomada por Adam Smith, según la cual «para un individuo el principal valor es poderse considerar con respeto». La libertad es pues la posibilidad de ser considerados con respeto. Que yo, ante todo, pueda fijarme en mí mismo con respeto y que pueda ser visto con respeto por los otros.
El respeto como la libertad, presentan varias formas históricas y ha sido entendido en modos diferentes. El sociólogo Richard Sennett, ha observado que existen muchas expresiones que pueden ser asumidas como sinónimos de “respeto” como status, prestigio, honor, dignidad, reconocimiento. Históricamente, Sennett recuerda, el respeto ha sido asociado a tres características personales principales, es decir ha sido considerado merecedor de respeto quien presentaba una de estas tres características:

A. La posesión de habilidad y competencias. Merece respeto quien hace producir su talento, quien valoriza hasta el final las propias capacidades. Éste es el respeto unido al saber y al saber hacer. Un buen investigador, un buen maestro o un buen artesano, en este sentido, merecen respeto.

B. La capacidad de saber gobernarse a sí mismos, de saber autodeterminarse. Merece respeto pues quien no espera pasivamente beneficios de las circunstancias o de los otros, sino actúa con razón y determinación para perseguir los propios fines y objetivos. Éste es el respeto unido a la decisión y a la acción. En este sentido merece respeto, por ejemplo, un buen empresario.

C. La disponibilidad para dar, ofrecer o donar algo a la comunidad. Merece respeto quien se da y se pone al servicio de la comunidad. Éste es el respeto unido a la generosidad en las relaciones sociales. Merece respeto, en tal sentido, quien ejerce actividad de voluntariado y quien se pone al servicio de los otros, pero también, añadiría, quien se dedica a la política con “espíritu de servicio”.
Si observamos bien, todas estas formas de respeto se enlazan al tema del protagonismo. Merece respeto quien es protagonista consciente y libre de la propia acción. Existe pues un nexo fuerte, de algún modo constitutivo, entre libertad, respeto y protagonismo. Libertad es ser protagonistas (como decía hace unos años el título de un Meeting), es decir sujetos conscientes, libres y autónomos del propio actuar.

Este tema del protagonismo es un tema que se presenta constantemente cuando se habla de la Web. ¿La web nos hace protagonistas o da una respuesta a nuestra necesidad de ser protagonistas?
Varios observadores han destacado que muchas manifestaciones de la experiencia en la red, desde los blog personales hasta a los perfiles, pueden ser leídas como una búsqueda de la “visibilidad” o, en negativo, como un “miedo a la invisibilidad”.

Esta búsqueda, ha sido subrayada varias veces, se puede expresar también en formas distorsionadas y aberrantes: el “protagonismo indiscriminado” y conseguido a toda costa; las identidades espectaculares todas experimentadas en el escenario de los medios de comunicación; la falta de pudor con la exhibición pública on-line de la vida privada y del propio bastidor personal. Se trataría en este caso de un efecto distorsionado de la necesidad de protagonismo, resultado de una cultura que tiende hacia la exterioridad y la imagen. El producto de una cultura narcisista, sostenida y alimentada por toda una industria de la identidad construida y artificial, un verdadero y propio marketing de la presentación de sí mismo. Los episodios, a menudo reportados por las crónicas cotidianas, de adolescentes que se fotografían con los celulares, también en episodios desviados, son expresiones extremas cuanto sintomáticas de esta cultura del aparecer y de la identidad espectacular (piensen por ejemplo en las bravatas registradas e inseridas en YouTube).
Junto a eso no faltan los ejemplos y las pruebas, innumerables, de protagonismo “activo”, que se expresa en formas de colaboración y participación en la red. Los blog, los wiki y los social network pueden ser los “lugares” de este protagonismo. Participar en una discusión, ofreciendo la contribución del propio punto de vista; contribuir a crear y a administrar servicios comunes y compartidos; participar en formas de movilización en la red en temas de relevancia social y política; participar en formas de “amistad” operativa en red, promoviendo o adhiriendo a apelaciones, recogiendo firmas o fondos.

Evidentemente no es la red que “crea” estas tendencias. La necesidad de reconocimiento no se determina porque hay Facebook. O la voluntad de contribuir a una empresa cultural común porque hay Wikipedia. O la voluntad de participar políticamente porque hay un foro de discusión política o un apelo a la movilización en red. Ellos ofrecen nuevas e inéditas formas y oportunidades en que se encauza una necesidad y una voluntad de acción que nace en nuestra sociedad y encuentra en la red particulares respuestas.

La necesidad de protagonismo es una característica “emergencia” social de nuestro tiempo y resulta de una pluralidad de procesos estructurales y culturales diferentes: el rechazo al anonimato de una sociedad en que en muchas relaciones las personas se sienten tratadas como sujetos genéricos y anónimos; la transformación del concepto de autoridad que lleva a la valorización de las relaciones horizontales con respecto a aquellas verticales; la búsqueda de una más marcada reciprocidad entre productores y usuarios de productos y servicios; un marcado proceso de desintermediación social por lo que algunas funciones sociales ya no son remitidas únicamente a sistemas y a instituciones especializadas, sino aparecen como funciones difusas ejercidas por muchos sujetos sociales (educación, comunicación, acción política, etc.). Junto a eso no se debe tampoco olvidar la influencia de modelos culturales orientados en sentido individual y también narcisista, alimentados por la industria cultural y por los medios de comunicación de masa. Todo eso genera un complejo cultural con tendencias diferentes, compuestas y a veces también contradictorias.

Pero más allá de estas condiciones y formas históricas en que se expresa, ¿cuál es el punto de origen de esta necesidad? ¿Qué pregunta “última” (ultimate concern) nos pone? Creo que la respuesta más radical y al final más convincente la haya provisto el psicoanalista Ronald Laing, el que, retomando una idea de William James, ha observado que no hay peor condición que aquella del que es perfectamente libre en un mundo en que nadie se da cuenta de él. En que no existe para nadie, no puede compartir con nadie lo que hace o piensa. En un mundo en que su acción no produce consecuencias y efectos sobre la realidad. En la que es condenado en fin a la libertad de la irrelevancia.
A través de estas formas, que se manifiestan en la red y fuera de la red, las personas muestran una exigencia de reconocimiento y protagonismo que - aunque presente a veces en formas distorsionadas, pero también en muchas formas positivas y productivas - es acogida y pide voz y expresión. Es la necesidad de no ser “uno cualquiera”, sino de ser mirado, considerado, estimado por los otros. La necesidad de ser personas, es decir “alguien” y no “algo”, como nos recuerda un bonito libro de Robert Spaemann. Y es la necesidad de participar, de ser útiles, de ofrecerse por el bien de la comunidad, con la advertencia de que hoy la “comunidad” no es sólo aquella inmediata, en que nos reconocemos con los que están más cerca a nosotros y más parecidos a nosotros, sino también aquella comunidad que ya puede ser el mundo entero y la entera humanidad.

Aquí querría mencionar un punto importante, que ha sido según yo destacado proféticamente por McLuhan. La necesidad de protagonismo ha crecido en la conciencia de las personas en nuestra sociedad, pero también es un particular apremio y una “urgencia” de los tiempos que estamos viviendo. Todos nosotros conocemos la famosa expresión “aldea global”, con la que McLuhan indicaba el hecho de que los nuevos medios de comunicación electrónicos habrían creado un mundo de proximidad y contemporaneidad. Un mundo en el que todos nos hubiéramos convertido en vecinos, próximos a todos los otros. Y la digitalización y la Web han indudablemente intensificado y llevado a mayor maduración este proceso, que es el proceso de la globalización comunicativa. Pero en sus últimos escritos, ya no inspirados por el optimismo un poco facilón de sus primeras y más famosas obras, sino atravesados por un agudo sentido del dramatismo y de la ambivalencia de los nuevos medios de comunicación y los nuevos tiempos, McLuhan introduce un nuevo concepto: aquel de “teatro global”.

El término aldea global contenía algo equívoco de tipo diría “naturalista”. Tal como la pertenencia a la primitiva “aldea tribal” derivaba desde el nacimiento (en términos sociológicos se habla de status adscrito o asignado) así la implicación recíproca, la mayor proximidad en la aldea planetaria parece el resultado necesario del obrar mismo de las tecnologías comunicativas y, hoy, de los medios de comunicación digitales. La expresión “teatro global” contiene en cambio un importante desplazamiento de énfasis. Indica de modo dramático el sentido de la implicación y de la corresponsabilidad en un mundo ya “demasiado pequeño”, en que todo nos concierne de cerca. «El campo eléctrico de la simultaneidad - hoy diríamos la conexión en red - involucra a todos en las problemáticas ajenas y todos los individuos, sus deseos, sus satisfacciones están presentes simultáneamente en la era de la comunicación». En este sentido «el planeta es ya un teatro global en el que no hay espectadores, sino sólo actores».
En el mundo de hoy estamos es decir de algún modo “obligados” a ser actores, es decir protagonistas, a hacerse parte activa en los procesos que involucran a los hombres de nuestro tiempo. Es una obligación moral y política propia de nuestro tiempo que nos concierne a todos. Dicho en otras palabras, la respuesta de Caín a la pregunta de Dios, « ¿dónde está tu hermano?» «No lo sé», ya no puede ser pronunciada sin mentir. En este sentido la posibilidad de comunicar, de establecer relaciones, de identificarse en las razones de los otros no es el resultado antropológico y social necesario de las nuevas tecnologías comunicativas, sino sólo puede ser el resultado de la elección consciente de quien las usa doblándolas los fines “humanos”. La proximidad permitida por la red contiene una pregunta, un desafío y una responsabilidad a la que no podemos sustraernos.

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