Las cruzadas, el Islam y el puente aéreo
autor: Vittorio Messori
fecha: 2006-01-01
fuente: Crociate il Timone n. 49, Gennaio 2006

Rebuscando en mi archivo he encontrado una carpetilla con apuntes que tomé en un verano lejano en el que decidí dedicar mis lecturas veraniegas a las cruzadas. Quería sacar una serie de apuntes para el diario «Avvenire», pero poco después decidí suspender mi firma y el material acumulado se quedó allí, olvidado. Con aquella búsqueda intentaba responder a las inquietudes de muchos lectores, que me recordaban que había dedicado algunos párrafos pero nunca había profundizado el tema. Tampoco lo voy a hacer aquí, por favor: me limitaré con poner algunas anotaciones. Por ejemplo, aquella de un experto, el medievalista católico Franco Cardini, que un día, con respecto de aquella época por la cual Juan Pablo II no terminaba de pedir disculpas históricas, se levantó un día de mal genio por lo que a él, como historiador, le parecía un inaceptable anacronismo y escribió: «Queriendo ser más papista que el Papa, creo que, a la larga lista de delitos atribuidos a los cruzados (“fanáticos, violentos, intolerantes, ladrones, supersticiosos…”) añadiría una acusación más: eran estúpidos. De otra manera no se explicaría por qué hayan tardado tanto en llegar a Jerusalén, atravesando montañas y desiertos, pudiendo haber tomado el puente aéreo…».

Prosigue Cardini: «¿Creen que me volví loco? No, lo digo absolutamente en serio. Si resulta tan evidente que los cruzados no podían disponer de aviones porque todavía no se inventaron, tampoco se puede pretender que pudieran razonar según los parámetros de tolerancia y de respeto a la vida humana que Occidente elaboró tan fatigosamente entre los siglos XVI y el XIX». Y añadía como conclusión: «Alguien objetará que esos principios ya estaban en el Evangelio, y que los cruzados, en teoría, eran cristianos. Sin duda, pero la fe cristiana en los siglos XI, XII y XIII no era comprendida ni vivida como en nuestros días». El historiador insiste: «Que Dios me perdone, pero las disculpas que se piden a los bisnietos por las culpas de los antepasados me producirían una sonrisa si no fueran una violación de los deberes del historiador -que debe comprender y no condenar de modo ingenuamente anacrónico- y son una grave injusticia para aquellos creyentes que nos precedieron».

Fue el mismo Cardini quien volvió a recordar más adelante cómo el moderno Occidente ha contribuido a crear la reacción islámica contra sí mismo. En el mundo musulmán, todo lo que viene de Europa, de Israel, de América, es calificado, invariablemente y con odio, como «cruzada». «Cruzados» son los israelitas que destruyen casas y levantan muros; «cruzados» son los americanos que bombardean y ocupan; «cruzados» son los europeos, aunque lleguen a ellos con organizaciones humanitarias. En realidad, como ya ha documentado el historiador florentino, la memoria de las expediciones de los siglos X y XI había desaparecido prácticamente entre los musulmanes, e incluso en las zonas que contemplaron aquellos enfrentamientos. En efecto, objetivamente hablando, las cruzadas -que movilizaron a pocos miles de hombres- fueron un pinchazo de aguja en un mundo islámico que abarcaba desde Portugal a Asia central. Pero llegó la era del colonialismo y de los Gobiernos europeos -empezando por el francés-, compuestos por masones, y que actuaban como brazos políticos de las Grandes Logias, se inquietaron porque en el séquito de las tropas que conquistaban territorios en África y en Asia estaban los misioneros. Era necesario neutralizarlos. De ahí el gran interés por instalar también en aquellos lugares la contra-Iglesia, la masonería, en la cual educar a los hombres notables locales. A aquellas logias se les confió también la propaganda anticatólica: ¿cómo tomar en serio a unos sacerdotes cuyos predecesores habían organizado y gestionado campañas de guerra contra el Islam, que habían masacrado a niños, violado a mujeres, robado tesoros y a todo esto lo habían llamado «cruzada»? La memoria de aquellos hechos, disfrazada con las ropas de la tan cacareada leyenda negra, fue resucitada, anunciada a la plebe (que a menudo no había oído hablar de nada de eso) y cada vez se radicalizó más. El colonialismo se acabó, pero la semilla sembrada había tomado fuerza: el odio destinado a la Iglesia terminó por involucrar a todo Occidente, con los resultados que ahora vemos.

La cruzada no fue una agresión y no fue una Guerra Santa: fue legítima defensa. Y ésta es una verdad que a la gente le cuesta asumir. Y, sin embargo, bastaría un pequeño atlas histórico para poder comprender. Cuando Constantinopla hizo llegar a Europa su llamada de auxilio, el extensísimo imperio romano de Oriente había quedado reducido a los límites de Grecia, menos de la mitad de Italia. Tras la conquista de Oriente Medio y de toda el África del Norte, a los guerreros de Alá les faltaba sólo un paso más para acabar de una vez con el último bastión de la cristiandad. Para los cristianos, socorrer a los hermanos era un deber sagrado.

Ciertamente, la Historia es misteriosa, y a los ojos humanos, quizá cruel. Nacidas también como empresas de solidaridad entre cristianos orientales y occidentales, las cruzadas terminaron por crear entre las dos comunidades un muro que todavía no se ha conseguido resquebrajar. Aquella Constantinopla que los turcos no habían conseguido expugnar hasta entonces, fue tomada y saqueada en 1204 por un ejército que había partido de Europa con la insignia de la cruzada y que, en lugar de hacerlo contra los infieles, terminó por enzarzarse con los propios hermanos en la fe.

Si la cruzada no fue agresión, no fue tampoco, por tanto, guerra de religión. Lo que importaba era volver a abrir a los cristianos la vía de la peregrinación hacia el Santo Sepulcro; nadie tenía intención de convertir al Evangelio a los seguidores del Corán. No hubo esfuerzos misioneros y, excepto algún hecho aislado de grupitos fanáticos, ningún musulmán fue molestado por profesar su fe. La Iglesia, por tanto, no puso nunca este objetivo en sus cruzadas. Como muestran las fuentes, en Jerusalén los mismos Templarios, dispuestos siempre a la batalla si fuera necesario, tenían una mezquita junto a su iglesia, y cada uno dejaba que el otro rezase a su Dios. Los primeros intentos de conversión en aquellos lugares se encuentran en el siglo XIII, por obra de los franciscanos, cuando ya todo se había acabado por los reinos cristianos y el Islam había vuelto a extender su manto. No es casual que aquellos frailes terminaran casi todos martirizados.

Ninguna hostilidad. En cuanto a la relación con los judíos, me remito a lo que escribe un historiador americano actual, Thomas F. Madden. Me parece significativo, dado que se trata de un estudioso protestante: «Como en cualquier conflicto, hubo desventuras, errores y crímenes. Al inicio de la primera cruzada en 1095, un grupo conducido por el conde Emicho de Leiningen, se abrió camino a lo largo del Rin robando y asesinando a los judíos que se encontraban a su paso. Los obispos locales intentaron sin éxito frenar la masacre. A los ojos de aquellos guerreros, los judíos eran enemigos de Cristo. Matarlos, por tanto, no era pecado. Efectivamente, creían que se trataba de un acto de rectitud, pudiendo utilizar así el dinero de los judíos en financiar la cruzada hacia Jerusalén. Pero se habían equivocado y la Iglesia condenó firmemente la hostilidad contra los judíos. Cincuenta años más tarde, cuando la segunda cruzada estaba ya casi empezando, san Bernardo proclamaba que no había que tocar a los judíos.

Es curioso: los creyentes de mi edad han pasado buena parte de su vida enfrentando a los comunistas, que no tenían religión. Y ahora nos toca ajustar cuentas con los musulmanes, que tienen demasiada.

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