Las Cruzadas, estas desconocidas
autor: Maria Vittoria Pinna
fuente: Le crociate, queste sconosciute

Lo que no se dice de las Cruzadas

Una operación extremamente deletérea y enemiga de la verdad, (también histórica), es juzgar los hechos del pasado con el consejos a cosas hechas. Para comprender el pasado y sus acontecimientos no es suficiente conocer la sucesión de los sencillos hechos – y ya esta sería una operación bastante honesta, aunque necesariamente restrictiva de la multiplicidad de los fenómenos – sino hace falta comprender antes de todo la mentalidad que ha inspirado ciertas elecciones, con la conciencia que nos podemos sólo acercarnos, si tenemos suerte, a la verdad; dado que el corazón del hombre, que es lo que decide, casi nunca se deja conocer explícitamente.

Así se acaba con “juzgar” unos eventos históricos en base a la sensibilidad del tiempo en que son examinados y, muchas veces, en modo instrumental. Eso sucedió con las Cruzadas. Tamben ellas, como todo lo que se refiere al Medioevo, han sido “leídas” y en gran parte falseadas a la luz de los prejuicios anticatólicos que caracterizaron en particular modo el Iluminismo. Para comprenderlas hace falta, por eso, antes de nada restablecer la verdad por lo que concierne la “mentalidad” del tiempo en que fueron actuadas. De toda manera, como dice F. Cardini, el fenómeno de las Cruzadas representa “una realidad que tiene muchos rostros, una especie de ballena blanca al interior de la cristiandad: un instrumento jurídico- político e una idea-fuerza, una fuente inagotable de metáforas, un mito, un objeto infinito de apologías, de condenas, de polémicas e de malentendidos, capaz de proponerse en situaciones distintas e sujeta a revival impensados”. Pero, respecto a la mentalidad que las produjo, tenemos testimonios inequívocos. Al comienzo del siglo XI asistimos al gran desarrollo demográfico y también, en contra, a la pobreza de los terrenos cultivables, que pronto agotaban su productividad porque escasamente fertilizados. Por eso la protagonista del XI siglo es la calle, en la cual “//se encuentran los campesinos a la búsqueda de tierra, los mendigos, los peregrinos, los predicadores itinerantes, los primeros comerciantes, los vagabundos por clase y por vocación, quien vive del cuento y quien busca la aventura caballeresca. En un cierto sentido en estos años, todos son un poco – tal vez por casualidad – unos peregrinos. Esta movilidad, este auge de vida económica y cultural – de los copleros de las ferias nacerán las Chansons de geste, y no faltarán peregrinos que, al visitar las abadías, difundirán la fama de sus bibliotecas – se inserta en un mundo feudal ya en crisis de trasformación. Finalizando el siglo X, para sedar o, por lo menos para contener las continuas guerras entre pandillas feudales contrapuestas que ensangrentaban sobretodo Francia e impedían el desarrollo de los comercios y a vida serena de los pueblos, los obispos de algunas diócesis del centro y del sur de aquel país se habían reunido en sínodos de los cuales brotaron más tarde los movimientos de la Pax Dei y de la Tregua Dei” (F. Cardini) //. En efecto los obispos, para poder enfrentar realistamente aquello estado endémico de guerra, no pudiendo abolirlo, decidieron “reglamentarlo”; estableciendo, por ejemplo, que habían unas áreas (mercados, áreas adyacentes a los santuarios,…) en que estaba prohibido combatir, o que habían unas categorías de personas (clérigos, peregrinos, personas indefenso),que tenían que ser protegidas y que era sacrilegio combatir en algunos días de la semana o in ciertos periodos del año (y si quisiéramos hacer una cuenta de los días en que era lícito combatir a lo largo de una año entero, descubrimos que habían muy pocos); además, también los choques cuerpo a cuerpo casi nunca terminaban con la matanza de uno di los adversarios, si éste hubiera manifestado su decisión de rendirse. En conclusión, la Iglesia trabajó de todos modos para calmar toda aquella inquietud y falta de legalidad difundida en aquellos años, también porque era la única que tenía la autoridad moral para hacerlo.

En este contexto se hacía siempre más invadiente y preocupante expansionismo islámico, que, sustituyéndose lentamente e inexorablemente a la preexistente cultura cristiana difundida desde los primeros siglos por toda Europa, ponía en peligro precisamente los lugares más queridos por la cristiandad, como Jerusalén y el Santo Sepulcro. Y precisamente a la defensa de eso, el Papa Urbano II invitó en el año 1095 todos los cristianos de Occidente para correr en ayuda a los hermanos del Oriente, que veían el lugar para ellos así precioso con el riesgo de desaparecer, haciendo perder también la memoria del Evento central de su historia. Tampoco sospechaba que aquella invitación para la cristiandad hubiera sido “la primera cruzada”: pero, concediendo unas indulgencias, impulsó la participación en esa, que por evidentes razones de autodefensa habría sido también militar, dada la escasa seguridad en aquellos tiempos, por tierra y por mare.

Y eso no justifica naturalmente las eventuales ferocidades que realizaron algunos peregrinos (la reconquista de la Tierra Santa se veía sobre todo como peregrinación) por exceso de defensa o por equívoco sobre lo que era el Cristianismo. Está claro que la Iglesia oficial con los Papas no invitó nunca a la violencia gratuita: como se ha visto antes, siempre se había preocupada de "reglamentar" aquello que no se podía evitar. Y el mismo Barbarroja, que participó a la tercera cruzada, tuvo que vestir los vestidos no del soberano, en cuanto excomulgado ya que se había contrapuesto al papado, sino del romero; y con gusto, porque a quien obedecía a la gran llamada de la Cristiandad era asegurada la salvación del alma. ¡Y entonces el alma era de veras un bien precioso, también para un soberano! Y seguramente aquellos romero nunca pensaban "convertir" a los infieles o crear nuevas salidas comerciales en Oriente: la única preocupación suya era la de liberar el santo Sepulcro y llevar una ayuda absolutamente gratuita a los hermanos cristianos de oriente que amenazaban extinguirse por la prepotencia islámica. Como se sabe las cruzadas (que fueron llamadas así después del 1250) fueron siete u ocho y las motivaciones fundamentalmente religiosas se fusionaron sucesivamente con los intereses, aunque no confesados, que no eran religiosos; pero lo que las caracterizó fue sobre todo la defensa de la cristiandad frente al peligro islámico. Con respecto de esto es interesante retomar las reflexiones de Messori: "Quién fue lo atacado y quién el agresor? Cuándo, en el 638, el califa Omar conquista Jerusalén, esta ciudad ya desde hace más de tres siglos era cristiana. Poco después, los seguidores del Profeta invaden y destruyen las gloriosas iglesias antes de Egipto y luego de todo el Norte de África, llevando a la extinción del cristianismo en los lugares que había tenido obispos como san 'Agustín. El rollo islámico remonta la Balcania, como por milagro es detenido y obligado a retroceder bajo las muras de Viena. Mientras tant, todo el Mediterráneo y todas las costas de los Países cristianos que se asoman hacia él, son "reserva" de carne humana: barcos y países son atacados por los invasores islámicos, que vuelven en las madrigueras del Magreb cargados de botín, de mujeres y de chicos por el placer sexual de los rico, y de esclavos que hacían morir de fatigas o que hacían rescatar a caro precio por Mercedarios y Trinitarios". Pues es evidente que las cruzadas fueron más que nada el fruto del choque entre dos civilizaciones. Hace falta en todo caso remachar que al principio hubieron solamente motivaciones de carácter exquisitamente religioso y ascético: los hombres tomaron la espada o predicaron la liberación de los musulmanes, dejando la seguridad de sus viviendas para seguir un sueño religioso, en la espera de recobrar su fe, con la participación penitencial a la liberación del santo Sepulcro. Ciertamente, una vez liberados los Lugares santos - y sólo ocurrió con la primera cruzada - hacía falta mantenerlos, mientras que la mayor parte de los romero "crucesignatos" quisieron volver a su patria. Una vez constituidos, después de la primera cruzada, el reino de Jerusalén o el principado de Antioquia, se ponía el problema de su defensa, también porque muchos cruzados, habiendo alcanzado el objetivo por el cual se habían ido a Tierra santa, preferían volver a las mismas casas, dejando desguarnecidos los territorios conquistados. Conscientes de esta situación, algunos caballeros decidieron prolongar su voto (de fidelidad a la Iglesia y de defensa de los más débiles) consagrando la vida a la defensa de los peregrinos a través de la creación de órdenes de monje-soldados (aquél de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, aquél de los Pobres Caballeros de Cristo o el Orden Teutónico) que pronto asumieron un papel decisivo en la defensa de las carreteras y de las fronteras, gracias también a un potente sistema de fortalezas defensivas. En el 1270, con la muerte del rey santo, San Luis de Francia, se cerró la que ha sido definida "la epopeya de las cruzadas", cuyo fracaso final fue causado sobre todo por el reducirse de la motivación religiosa y por el prevalecer de los intereses materiales y de los juegos políticos, que agravaron los dificultades ya existentes. Sin embargo, bajo el perfil religioso, las cruzadas alimentaron la piedad popular, las peregrinaciones, el sentido caballeresco de defensa de los pobres y de los romeros, sin olvidar las prospectivas misioneras abiertas a los nuevos órdenes mendigos. Además, desde el punto de vista político, el Islam fue detenido a los umbrales de Europa y, al menos por dos siglos, los musulmanes no desembarcaron en las costas del occidente a saquear ciudad y aldeas, a destruir iglesias y conventos, a destrozar y a reducir en esclavitud las poblaciones cristianas. En todo caso el ideal que animó las cruzadas quedó por largo tiempo todavía vivo, a veces declarado, más a menudo implícito, animando proyectos y esperanzas, entre las cuales aquél de Cristóbal Colón, que quiso finalizar su empresa a la financiación de la reconquista de Jerusalén; y, aunque el proyecto cruzado del gran navegador no se realizó, no se puede olvidar que "el oro del Nuevo Mundo servirá para financiar ejércitos y armadas contra los turcos". Y cuando los turcos, habiendo expugnado Constantinopla en el 1453, retoman su ofensiva hacia el corazón de Europa, la Cristiandad supo hallar la originaria fraternidad de armas y dio vida a las últimas grandes empresas cruzadas, consiguiendo espléndidas y decisivas victorias en las aguas de Lepanto, en el 1571, y sobre las colinas vienenses de Kahlenberg, en el 1683.

Cfr.: "Il Timone" a Radio Maria, Le ragioni della crociata di Gianpaolo Barra
La vera storia delle Crociate di Thomas F. Madden
Che cosa sono realmente le crociate di Franco Cardini
Il grande malinteso? Colpa di Napoleone Intervista con Franco Cardini
E la crociata nacque postuma di Franco Cardini
Aggrediti e aggressori. Una storia da riscrivere di Vittorio Messori
Le crociate. L'Oriente e l'Occidente da Urbano II a san Luigi (1096-1270) di Francesco Pappalardo

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