Las dos revoluciones Rusas de 1917
autor: Daniele Semprini
fecha: 2017-10
fuente: Le Due Rivoluzioni Russe del 1917
Publicado en el N. 13 de Lineatempo (2017-10)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Una “pequeña crónica” historiográficamente actualizada sobre el año “terrible” de la Rusia del siglo XX

Historiográficamente se ha consolidado que el inicio de un nuevo curso, el punto decisivo para Rusia se tuvo a partir de febrero de 1917 de modo que la Revolución de Octubre, incluso con sus consecuencias agitadoras, represente sólo un trágico desarrollo. Las huelgas obreras en los talleres Putilov, que se unieron a las manifestaciones populares de febrero de 1917, causadas en parte por la crisis alimentaria relacionada a la guerra de ese momento, llevaron a la fin del zarismo, con la abdicación del zar Nicolás II y con el rechazo del hermano Miguel para sucederle en el trono; en marzo se formó un Gobierno provisional liderado por el príncipe Lvov con una línea política de modelo liberal democrático dictada por el partido Constitucional Democrático (los cadetes). Los soviets (consejos de obreros, soldados y campesinos, formados ya en tiempo de la fallida revolución de 1905) surgieron notablemente fortalecidos por las manifestaciones de febrero, especialmente en San Petersburgo, y representaban una especie de gobierno paralelo que en los meses sucesivos tendrá un peso significativo en la evolución de la situación política [1].

Rusia, a partir febrero de 1917 hasta el sucesivo octubre, incluso en las condiciones dramáticas causadas por el conflicto en marcha, conoció un periodo de extraordinaria libertad, como tuvo que reconocer el mismo Lenin regresando a la patria desde el exilio suizo en abril del mismo año, libertad que significó, de hecho, una inusitada posibilidad de iniciativas culturales (nacieron círculos, revistas, periódicos) y políticas (los varios partidos actuaban con plena legalidad), todas orientadas a imaginar el futuro del país y a hacer propuestas para los problemas del presente, algo que nunca se había podido verificar con el zar y, mucho menos, después de la Revolución de octubre. Vale la pena reiterar que esta última puso fin no al tirano régimen zarista, sino a este, incluso fragilísimo y contradictorio, período de increíble libertad [2]. Cuatro eran los temas candentes a la orden del día de la agenda del Gobierno y de los debates sociales: el primero concernía a la forma institucional que Rusia tenía que asumir una vez caído el zarismo; de hecho se había pasado a una especie de república con sus legítimos órganos de poder, entre los cuales la Duma que representaba el elemento de más clara continuidad con el sistema precedente.

Era evidente y compartida por todos, sin embargo, la necesidad de llegar a la elección (por sufragio universal, masculino y femenino) de una Asamblea Constituyente que efectivamente diera inicio a la nueva fase democrática deseada por el pueblo y sus representantes, divididos en varios partidos (Socialdemócrata, Socialista Revolucionario, Constitucional Demócrata y otros menores). La segunda cuestión espinosa concernía al peso que la clase obrera podía y debía tener dentro de las fábricas. Los soviets, liderados aún por una mayoría socialdemócrata moderada y no bolchevique (al menos hasta julio de 1917), presionaban por una cogestión de las empresas, sin aspirar a la abolición de la propiedad privada, algo que habría significado un peso determinante de los consejos obreros en las decisiones de tipo económico y productivo.

El tercer tema, el más importante siendo Rusia un país predominantemente agrícola, concernía a la propiedad de la tierra. El cuadro en tal sector era el siguiente: había grandes propietarios terratenientes parte de la nobleza antigua; las reformas en época de Stolypin (entre 1910 y 1911) habían creado un número considerable de pequeños y medianos propietarios; en fin quedaban las tierras de propiedad común de las comunidades del pueblo. Los socialistas revolucionarios, que tenían su base electoral en las vastas campañas rusas, desde hace tiempo luchaban por una reforma agraria que asignara a los campesinos toda la propiedad de la tierra. Por tal motivo Lenin, en sus Tesis de abril se apoderó de este proyecto de los socialistas revolucionarios, para obtener apoyo a favor de su partido [3]. La última cuestión, decisiva, estaba constituida por la guerra de ese momento: tres años de conflicto habían postrado al país causando millones de víctimas, quitando la mano de obra a los campos, reduciendo los recursos alimenticios a las poblaciones urbanas. La decisión de Lvov y sucesivamente de Kérenski (en el gobierno desde julio de 1917) de aspirar a la victoria final fue tan inevitable como impopular: un difundido sentimiento hostil al proseguimiento del conflicto, reforzado por la propaganda pacifista de los bolcheviques entre las tropas del frente, llevó al amotinamiento de centenares de miles de soldados; la ilusión de la paz y del retorno al propio pueblo para tomarse y cultivar la ambicionada tierra prometida por los gobernantes provocó, de este modo, una disgregación del ejército.

El desastre bélico alcanzó el ápice al siguiente día de la última ofensiva de julio contra el Imperio austrohúngaro, culminado en definitivas y fatales derrotas para Rusia; así Kérenski quemó su última posibilidad de establecer su poder, él que, poco antes, había podido actuar como salvador de la patria y de las conquistas democráticas de febrero desde el momento en que había desenmascarado con la fuerza el intento insurreccional de los bolcheviques, encarcelando a los jefes y obligando a Lenin a la fuga. El intento del general Kornilov de retomar en mano las riendas del ejército al desbando fue mal interpretado por Kérenski como proyecto golpista y lo empuja al suicidio político porque decide, para desenmascararlo, apoyarse a los bolcheviques, ya muy fuertes en San Petersburgo, permitiéndoles armarse a la luz del sol. Fuera de escena Kornilov, la situación bélica, civil y política del país precipitó en el caos: ahora ni el gobierno ni alguna otra autoridad era capaz de arrestar el proceso de disgregación de la sociedad civil: bandas de veteranos, criminales, campesinos asaltaban propiedades señoriales, se apoderaban de rentas y tierras sin encontrar alguna fuerza pública capaz de detenerlos [4].

Dentro de la facción bolchevique, sin embargo, la perspectiva de lanzar el golpe decisivo al débil gobierno Kérenski fatigaba para imponerse, no obstante la resolución de Lenin de apoyarla; Kámenev y otros jefes bolcheviques eran más propensos a dar vida a un gobierno de todas las izquierdas unidas, excluyendo el componente burgués de los cadetes. Ésta, en resumen, habría sido la solución más coherente con el proceso iniciado en febrero de 1917. Ante este peligro mortal por la hipótesis revolucionaria, Lenin decidió hundir el golpe y con una férrea estrategia primero impone su línea dentro del partido (el 10 de octubre, en la reunión del Comité central) y luego comenzó la aplicación de su plan ya imparable: él estaba convencido de que se necesitase actuar antes de la reunión del II Congreso pan ruso de los soviets previsto para mitad del mes de octubre (cuya fecha fue más veces postergada, hasta el 26) y antes de las muy temidas elecciones de la Asamblea Constituyente; era, en efecto, muy consciente de que los bolcheviques no tenían mayoría dentro de los soviets, ni del país.

La orden de iniciar la “revolución” fue dada y, entre la tarde y la noche del 25 de octubre, los grupos armados bolcheviques presentes en San Petersburgo irrumpieron en el Palacio de Invierno, sede del Gobierno provisorio, arrestando a los ministros diputados que quedaban, ocupando luego la estación ferroviaria, las oficinas de correos y telégrafos y otros puntos estratégicos de la ciudad. Es un hecho que en el asalto al poder, incruento y sin enfrentamientos relevantes, hayan participado algunas decenas de miles de personas, entre militares y civiles, y no ciertamente las masas oceánicas exaltadas por la propaganda comunista después de la reconstrucción de la épica Revolución de Octubre hecha en los años sucesivos. San Petersburgo siguió siendo la sede del nuevo Gobierno (Consejo de los comisarios del pueblo), oficialmente proclamado y aprobado durante el Congreso de los soviet que, de tal modo, legitimaron la existencia y la forma, hecho para nada despreciable porque sólo los soviéticos podían sancionar la conformidad de un gobierno a la voluntad popular.

El trabajo de depuración de los enemigos políticos dentro del mismo gobierno, en los soviets, sindicatos y el entero país comenzó muy pronto, inmediatamente después de los resultados de las elecciones para la Asamblea Constituyente (noviembre de 1917) que habían dado una mayoría relevante a los socialistas revolucionarios y a otras fuerzas políticas no bolcheviques: a los socialistas revolucionarios fue el 40,4% de los votos; a los mencheviques el 2,7%; a los cadetes el 5%; a los socialistas revolucionarios ucranianos el 12% y a los bolcheviques el 24%, es decir 10 millones de consensos sobre 40 millones de electores. Ya en diciembre había sido creada la Ceka (policía política) con la tarea de descubrir, encarcelar y eliminar a todos los elementos contrarrevolucionarios presentes en las instituciones de la sociedad. Durante años Lenin había sostenido que una revolución que no quisiera fracasar (como sucede a los revolucionarios de la Comuna de París en 1871) tenía que renegar el humanitarismo burgués y usar la violencia y también la mentira en la medida necesaria para el triunfo de la causa. Por tal motivo el terror rojo masivo no puede ser considerado fruto puro de las circunstancias que se crearon después de los hechos de Octubre, sino un instrumento de lucha ampliamente previsto y deliberadamente deseado.

Lo demuestra, sobre todo, la fin que tuvo la Asamblea Constituyente a cuya elección se tuvieron que doblegar los bolcheviques en noviembre y que vio su clara derrota en ventaja de los socialistas revolucionarios y de otras fuerzas moderadas: disuelta por la fuerza por las Guardias rojas, en enero de 1918, sus diputados quedaron en el cargo un solo día.

El único organismo electo por una voluntad popular expresada por más del 70% de la población venía eliminado con un golpe de pañuelo como expresión de la falsa democracia burguesa y sustituido por el dominio de un gobierno a partido único, aquello bolchevique que pronto asumirá el nombre de Partido comunista.

Al día siguiente de las elecciones para la Asamblea Constituyente los bolcheviques tuvieron que enfrentar el momento crucial de la guerra y por tanto iniciaron los acuerdos con el Reich alemán para alcanzar una paz separada. Trotski trató de hacer largas las negociaciones; dentro del partido se contraponían dos líneas: la de Bujarin y otros que habrían querido transformar la guerra en curso en una guerra revolucionaria aprovechando un presunto y renovado impulso patriótico de los soldados y la de Lenin que, consciente de las desastrosas condiciones económicas y militares en que estaba al país y aterrado por la posibilidad de que las armadas alemanas pudieran proseguir la ofensiva ya en marcha, con una imparable conquista de Rusia a partir de San Petersburgo (sede del Gobierno revolucionario), estaba dispuesto a aceptar las condiciones de rendición impuestas por Alemania, con tal de salvar la revolución. Frente al ultimátum del Reich, cansado de las tergiversaciones bolcheviques y decidido a proseguir la conquista de Rusia, Lenin ganó la batalla en su partido y llegó el 3 de marzo de 1918 a la paz de Brest-Litovsk, que hizo perder a los rusos la Finlandia, los países bálticos, la Bielorrusia y Ucrania.

El estallido de la guerra civil que azotó al país por la paz de Brest Litovsk hasta casi la muerte de Lenin (1924) fue un instrumento de lucha ampliamente previsto y deliberadamente deseado por los comunistas para imponerse y para legitimar políticamente el uso de la violencia; la división de la sociedad en revolucionarios y contrarrevolucionarios fue una dramática simplificación de la realidad finalizada a justificar todos los medios posibles para anonadar a los enemigos de la revolución.

Es claro que los enemigos de la Revolución de Octubre existían realmente (en práctica todos aquellos que, por diversos motivos, no se doblegaron a la imposición bolchevique), pero ellos no representaron un improvisado incidente de viaje, sino el costo humano previsto por los líderes revolucionaros que, de este modo, a través de la guerra civil pudieron acabar con la parte marchita del viejo mundo que se oponía a la renovación operada por aquellos que se consideraban los demiurgos de una humanidad y de un mundo radicalmente diversos. Las rebeliones campesinas, que sólo en Rusia central fueron doscientos cuarenta y cinco en 1918 y que llevaron a la formación de ejércitos campesinos en lucha con el gobierno, fueron sin duda consecuencia del comunismo de guerra que procedió a la requisición forzada de todos los productos del campo; al mismo tiempo hay que reconocerlos como grito trágico de protesta contra la revolución que había prometido paz, tierra y pan y ahora, más que nunca, estaba causando sólo explotación, miseria y hambre.

Lo mismo vale para las protestas obreras: en los primeros meses de 1920 fueron afectadas por las huelgas tres cuartos de las fábricas de toda Rusia. Por eso no basta recordar la represión de los soviet de los marineros de Kronstadt (los primeros en tomar parte en la Revolución de Octubre) para entender la vastedad y la profundidad del fenómeno de la resistencia a la obra de los comunistas ya desde el comienzo. Tales oposiciones, como parece claro en el trágico informe que Sergei P. Melgunov, historiador y activista político en aquellos días, hizo a propósito de las violencias perpetradas por el terror rojo del 1918 al 1923, deben ser considerados como componentes esenciales de la guerra civil que no puede ser correctamente entendida si queda circunscrita al ámbito de los enfrentamientos militares, sobre cuyo terreno, además, el enorme y mejor organizado Ejército Rojo prevaleció [5].

Que se tratase, a los ojos de los comunistas, de liquidar con la fuerza todos los elementos del mundo burgués lo demuestra el hecho de que los criterios utilizados por la Ceka para identificar a los contrarrevolucionarios fueron de naturaleza exclusivamente política, como se evidenció por el siguiente texto que relata las instrucciones impartidas a sus funcionarios por Mattyn Lacis, uno de los líderes de la Ceka: No vayan a buscar las pruebas para demostrar que el indagado ha actuado o hablado contra los soviets. Primero deben preguntarle a qué clase pertenece y cuáles sean su origen social, su grado de instrucción, su profesión.
Sólo las respuestas a estas tres preguntas deben decidir su destino. Consiste en esto el sentido y la esencia del terror rojo (Izvestija, n.71, 23 de agosto de 1918). Nos encontramos frente a un grupo de profesionales de la revolución obsesionados por la convicción de tener que proceder sin escrúpulos ni titubeos en la recreación de la humanidad y tal fin ideal no sólo justifica, sino ennoblece incluso la mentira más cínica y mezquina.

La paz humillante de Brest-Litovsk, la transición del comunismo de guerra a la nueva política económica (NEP), que dejará espacio a elementos del mercado capitalista, representan decisiones estratégicas necesarias (sobre todo para Lenin) para consolidar la Revolución en un solo país, Rusia, después de la fin de la ilusión de las revoluciones obreras en los países capitalistas occidentales, consolidación que de hecho será operada, cuyo emblema puede ser considerada la nueva Constitución de 1924. La creación de un régimen totalitario, con todas las características que presenta [6] y, sobre todo, el terror rojo masivo como método normal de gobierno no fueron, pues, degeneraciones sucesivas relacionadas al estalinismo, sino premisas muy sólidas establecidas por Lenin, Trotsky y compañeros y llevadas a cabo por el más fiel discípulo de Lenin mismo: Stalin.

Bibliografía sugerida
i) Sergei P. Melgunov, Il terrore rosso in Russia (El terror rojo en Rusia) (1918-1923), Jaca Book, Milán 2010.
El libro, enriquecido por una óptima introducción de S. Rapetti y P. Sensini, consiste en el dramático resumen del autor con relación a la guerra civil que vivió y testimonió en primera persona entre el 1918 y el 1923. Extremamente detallado en la exposición de los hechos, el libro, publicado en Italia después de casi noventa años de su desaparición, es una fuente insustituible para darse cuenta de lo que realmente ocurre en aquellos trágicos años de terror rojo.

ii) Orlando Figes, La tragedia di un popolo (La tragedia de un pueblo), Mondadori, Milán 2017 El libro muestra un cuadro histórico amplio y completo de los hechos, con respecto a Rusia del 1891 hasta la muerte de Lenin (1924). Escrito con un estilo casi cronista (sobre todo a partir de los eventos de 1917 en adelante) permite percibir las ideas en juego en el desarrollo histórico, por el que el debate cultural-político y fenómenos, forman un conjunto muy convincente. El autor, docente de historia en la University de Londres, claramente convencido del carácter trágico de lo que está ocurriendo, es lealmente abierto a comprender y exponer las razones de los protagonistas de la revolución.

iii) Hector Cinnella, La tragedia della rivoluzione russa (La tragedia de la revolución rusa), (1917-1921), Editorial Luni, Milán 2000 Del gran volumen de Cinnella se puede subrayar la atención particular que el autor reserva a los asuntos particularmente dramáticos de Ucrania, destinada a hacer valer su independencia y también a la crucial cuestión agraria.

iv) Nicolás Riasanovsky, Storia della Russia (Historia de Rusia), RCS Quotidiani Spa, Milán 2004 Se recomienda la edición publicada de la serie “Grandi opere del Corriere della sera” porque completa la obra iniciada del historiador en 1984; para lo que se refiere al tema en cuestión se vean las páginas del 439 a 554.

v) Giovanni Codevilla, L’impero sovietico (El imperio sovietico), (1917- 1990), III, Jaca Book, Milán 2016.
El autor es uno de los máximos expertos mundiales de cultura e historia rusa. El libro es el tercer volumen de la historia rusa que parte de los orígenes hasta nuestros días.

vi) R.Pipes, I tre perché della rivoluzione russa, (Los tres porqué de la revolución rusa), Rubbettino, Cosenza 2006 Del autor, famoso por sus escritos sobre el comunismo soviético, se recomienda este ágil y breve librito que afronta y aclara los términos fundamentales de los asuntos de 1917.

vii) Victorio Strada, La rivoluzione svelata (La revolución descubierta), Ediziones Liberal, Roma 2007.
Este breve pero denso texto del gran experto de historia rusa ayuda a desmitificación de los lugares comunes sobre la revolución de Octubre profusos por años de cierta historiografía marxista.

viii) Victor Serge, Da Lenin a Stalin (De Lenin a Stalin), 1917-1937, Bollati Boringhieri, Turín 2017 El autor participó activamente en los asuntos de la revolución y tuvo encargos públicos hasta cuando, alineándose de la parte de Trotsky, después de la muerte de Lenin, cae en desgracia por Stalin. Logró huir al extranjero y murió en exilio en México. Su tesis de fondo consiste en presentar el régimen estalinista como una total traición de la revolución iniciada en 1917.

Notas
1. Sobre la complejidad de los motivos que están basados en los lemas de febrero del 1917 y sobre el carácter más que pacífico de algunas de sus manifestaciones ver la obra de Orlando Figes, La tragedia di un popolo, (La tragedia de un pueblo), Mondadori, Milán 2017, pgs. 383-434.
2. El juicio de Lenin se encuentra en el artículo escrito por él: V.I. Lenin, Sui compiti del proletariato nella rivoluzione attuale, (Sobre la tarea del proletariado en la revolución actual), (Pravda, 7 de abril de 1917) en Obras completas, Editorial Riuniti, Roma 1955-1970, vol. XXIV, pg. 12.
3. En 1914 la propiedad de los campesinos aumentaba de nueve millones quinientos mil hectáreas, mientras habían disminuido las de los nobles (de diez millones doscientos mil hectáreas y la del Estado y la familia real (de un millón cuatrocientos mil hectáreas). En 1916, en la víspera de la revolución, los campesinos rusos poseían l’89,1% de la tierra cultivada de Rusia europea (cfr N. Jasny, The socialized Agriculture of the URSS, Stanford University Press, Stanford 1949, pgs.145-146). Cifras inferiores en relación al porcentaje de campesinos propietarios libres, a consecuencia de las reformas de Stolypin, son reportadas en la obra de N. Riasanovski; al inicio de 1916 habían, según el autor, 7 millones de familias propietarias de un total de 13 o 14 millones (cfr Nicolás Riasanovski, Storia della Russia, (historia de Rusia), ed. RCS Quotidiani Spa, Milán 2004, pgs.488-490).
4. Sobre el caos que reinaba en las campiñas, rusas en el otoño de 1917 se vea la obra de Hector Cinnella, La revolución rusa, RCS Quotidiani Spa, Milán 2004, pgs. 55-62.
5. Sergei P. Melgunov, Il terrore rosso in Russia (1918-1923), tr. it. de Sergio Rapetti, Jaca Book, Milán 2010.
6. Sobre las características de un régimen totalitario cfr Emilio Gentile, Le religioni della politica (Las religiones de la política), Laterza, Bari 2007, págs. 71-74.

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