Las oportunidades de un cristianismo vivo hoy
autor: Angelo Scola
Alberto Savorana (entrevistador)
fecha: 2009-11-23
fuente: ESCLUSIVA/ Scola: le chances di un cristianesimo vivo oggi
traducción: María Eugenia Flores Luna

En esta entrevista el patriarca de Venecia, cardenal Ángelo Scola, habla de la situación "precaria y tambaleante" en la que se encuentra el hombre posmoderno y de las oportunidades del cristianismo. El desafío educativo, la experiencia elemental, las neurociencias, el crucifijo y el nuevo acontecer del advenimiento cristiano dentro de todos los ámbitos de la existencia.

En Brescia Benedicto XVI ha hablado de "emergencia educativa… como el 68". La CEI ha empeñado la próxima década precisamente sobre este tema. ¿Cuál es la naturaleza de esta emergencia?
Esta emergencia es causada por el hecho que, sobre todo en Europa, se ha en cierto sentido interrumpida la cura entre generaciones. Es como cuando en una cadena se rompe un anillo. Este dato nos provoca un repensar global en los estilos de vida propios del hombre europeo, porque la cura de las generaciones pasa a través de la "tradición" de un estilo de vida bueno. Y la tradición favorece, como decía Juan Pablo II, el descubrimiento de que el nacimiento de cada uno de nosotros no es nunca reducible al puro inicio (biología), sino siempre implica también un origen (genealogía). Mete en campo la cadena de las generaciones que garantiza aquella experiencia cumplida de paternidad-progenie sin la cual no se da la persona con su capacidad de experiencia y cultura. Esta dimensión integral del nacimiento es subestimada por el hombre contemporáneo, sobre todo en nuestra área europea y atlántica.

En la Relación El desafío educativo, en el cual como Comité del Proyecto cultural de los Obispos italianos han sintetizado las preocupaciones de la Iglesia, leemos que "para las sociedades del pasado la educación era una tarea largamente compartida; para la nuestra ella está convirtiéndose sobre todo en un desafío". ¿Cómo se ha podido llegar a esta amarga constatación? ¿Y en qué consiste este desafío?
Evidentemente no es posible resumir en pocas líneas el conjunto de factores que ha llevado a este resultado amargo. Ciertamente se pueden evidenciar a este propósito algunos límites e interrogantes abiertos por la modernidad a los cuales el así llamado "mundo posmoderno" no ha logrado todavía dar respuesta, sino también van consideradas las transformaciones completamente inéditas que desde hace treinta años están actuando en la esfera de la afectividad, del nacimiento, de la vida y de la muerte, a causa sobre todo de las biotecnologías y de las neurociencias. A menudo me ocurre parangonar al hombre posmoderno con un boxeador golpeado que, recibido un fuerte golpe, continúa su combate sobre el ring, pero en una situación precaria, tambaleante. ¿De qué manera nos desafía esta realidad? ¿Y de qué desafío se trata? Se trata de hallar las modalidades adecuadas para educar, para hacer pasar a través de costumbres buenas un estilo de vida que sea capaz de responder al deseo de felicidad y libertad que caracteriza al hombre de hoy. La primera de tales modalidades es simple, aunque indudablemente ardua: es la persona del educador que se destaca. Una vez más el reflector está apuntado sobre el adulto como el que da testimonio de la verdad que propone.

¿El cristianismo tiene alguna chance frente a una situación que parece dominada por la indiferencia, como si no fuese capaz de suscitar un interés por la realidad y por el futuro, especialmente entre los jóvenes?
Yo pienso que el cristianismo tenga, hoy más que nunca, grandes chances.
En el lenguaje común actual las dos palabras dominantes son felicidad y libertad. Tal como en el tiempo de las ideologías eran verdad y justicia. Obviamente no se trata de subestimar estas últimas, sino de partir de lo que para el hombre posmoderno parece contar más, es decir felicidad y libertad.
Ahora si nosotros leemos atentamente la experiencia de los amigos de Jesús, como el evangelio nos testimonia, nos encontramos con estas palabras del Señor: "Si quieres ser cumplido - es decir feliz -, ven y sígueme"; y añade: "Quien me sigue, será libre de verdad".
Jesús se propone como la vía a la libertad y a la vida en cuanto tiene el poder de donar la felicidad y es capaz de un apasionado e ilimitado amor por la libertad del hombre.

Hoy asistimos a un aplastamiento de lo humano sin precedentes; ya casi parece no sea posible localizar un principio unificador del yo. ¿Cómo estar frente a esta humanidad que hoy se muestra con este organismo frágil e desarticulado?
Edificando – a través de adecuadas comunidades educativas, a partir de la familia, de la escuela, de la iniciativa económica hasta la comunidad cristiana - hombres y mujeres que vuelvan a proponer esta experiencia en términos personales y comunitarios. El gran recurso a propósito de esto es el encuentro con Cristo. Como decía Mons. Luigi Giussani, es el encuentro con una hipótesis existencial explicativa de la realidad que permite que todo concurra al bien. Un encuentro que genera en el yo una capacidad crítica extraordinaria: "Examinen cada cosa, retengan lo que es bueno". En concreto se trata de construir ámbitos en los cuales cada persona pueda hacer esta experiencia.

Gracias a las enormes posibilidades ofrecidas por la tecnociencia se abre paso el proyecto de reconstruir al hombre sobre la base del principio de que él es sólo un aglomerado de materia. ¿Pero esto basta para explicar la naturaleza del hombre y el nacimiento de la conciencia?
El inquietante proyecto citado es perseguido por no pocos estudiosos de la tecnociencia y se refiere a los sorprendentes descubrimientos que van haciendo en el campo de la física, de la biología, de las neurociencias, pero la pregunta se propone de nuevo. ¿Cómo es posible que partes de materia privadas de conciencia produzcan conciencia? Personalmente, pienso que una rigurosa práctica de las ciencias experimentales no pueda negar la experiencia elemental del hombre que, por cuanto pueda ser radicada en el “bios” o en el cerebro, desemboca inexorablemente en una dimensión que podemos llamar espiritual y que, incluso estando en profunda unidad con la precedente, todavía la supera. Y esto prueba, según yo, que la unidad dual ánima-cuerpo, sustentada por más de dos mil años de pensamiento, es insuperable.

En la introducción a la inauguración del año académico del instituto Juan Pablo II, usted se ha preguntado: "¿Existe un terreno común del cual partir, en el riguroso respeto de lo que es fe y por lo tanto teología y de lo que es objeto del saber de las neurociencias, para verificar cuánto camino se puede hacer juntos?". ¿Cuál ha sido su respuesta?
Mi respuesta es afirmativa: es el terreno de la experiencia moral elemental. Los mismos estudiosos de las neurociencias hablan de "moral antes de la moral”, para decir - como sustenta uno de los más famosos, Gazzaniga - que "nuestro cerebro quiere creer". No sé si mañana se logrará demostrar que la mente es atribuible al cerebro, pero sé que, en todo caso, la experiencia moral elemental, por cuanto pueda tener su origen en los mecanismos neuronales del cerebro, últimamente los trasciende. Los trasciende precisamente porque pone en campo el sentido religioso.

Tantos cristianos sufren un dualismo entre fe y vida, como si la fe no fuera ya en grado de mostrar su alcance de verdad y de bien en la realidad cotidiana (estudio, trabajo, afectos). ¿Qué cosa puede vencer este dualismo?
¿De dónde reiniciar para restablecer un sujeto cristiano unido? Aquí volvemos a cuanto hemos afirmado en precedencia: puesto que nadie se educa a si mismo- el discurso sobre la auto-educación es un discurso banal -, es necesario que alguien que ya vive esta experiencia de unidad cuide al educando que le es confiado. Y generalmente esto sólo puede ocurrir dentro de comunidades vitales. Para nosotros los cristianos la unidad no es una meta que conquistar, sino el don de un Origen (volvemos a la primera respuesta) que hay que reconocer.

¿Por qué según usted el camino de retorno a la "experiencia elemental" (aquella propia de cada persona cuando afronta las preguntas fundamentales de la vida) debería ser un recurso para afrontar la situación del hombre de hoy?
Porque la experiencia elemental supera cada complejidad. Ésta es muy importante.
Como bien han mostrado Mons. Giussani en El riesgo educativo o Woytjla en Persona y Acto, o von Balthasar en Gloria, la experiencia elemental es absolutamente imposible de hundir. Yo la parangono con aquello que a veces se puede ver en primavera en la ciudad, pasando cerca de un área desusada en la cual cualquier vieja construcción ha sido demolida y no se ha reedificado todavía, cuando brotan aquí y allá, entre los detritos, hilos de hierba. He aquí, la experiencia elemental es como aquellos hilos de hierba: por cuanto pueda ser sofocada es insuprimible, siempre vuelve a brotar, no se la puede desarraigar.

La reciente sentencia sobre los crucifijos en las escuelas ha suscitado la reacción escandalizada de la mayoría del pueblo italiano, hasta un 84% según un sondeo del Corriere della Sera. ¿Este dato significa algo para usted?
Significa mucho para mí. No estoy para nada de acuerdo con cuantos lo subestiman, porque no reconocen con objetividad una clara voluntad del pueblo que debe ser respetada. Pero es en fin demasiado obvio que este dato por sí sólo es destinado a decrecer.
No se puede limitar a esto, que es incluso una confortadora ocasión para el redescubrimiento del potente significado del Crucifijo para la cultura mundial, sino también nos debe (y mucho más) interrogar sobre la necesidad de testigos vitales del Crucifijo resucitado y vivo como Salvador, como Redentor, como compañía guiada al destino del hombre. La necesidad del testimonio cristiano.

Muchos de los que se han pronunciado a favor del crucifijo han hablado de defensa de nuestra tradición cultural y social, de símbolo universal de hermandad. Pocos han captado otro nivel de la cuestión, que está bajo la alternativa "crucifijo sí, crucifijo no": ¿qué es el cristianismo hoy?
Hoy el cristianismo es aquel de siempre: el inaudito acontecimiento de Dios que viene al encuentro del hombre, haciéndose uno como nosotros, con una humildad así potente que permite a nuestra presumida libertad finita crucificarlo. Uno que nos acompaña en el camino, porque nos ha dicho: "Dónde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy entre ellos". Uno que hace posible verificar, en la propia frágil humanidad, la potente afirmación de San Pablo: "Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios". Es una calidad de vida distinta sobre esta tierra, porque radicada en la paternidad amante del Dios Uno y Trino que nos ha donado a Su Hijo y que, por la potencia del Espíritu Santo, genera la Iglesia y las comunidades cristianas, donde se puede hacer concretamente experiencia de todo esto, viviendo intensamente desde ahora los afectos, el trabajo y el descanso.

¿En qué condiciones puede ocurrir hoy el nacimiento de aquella "criatura nueva" que es el cristiano - es decir un protagonista nuevo sobre la escena del mundo - de la que habló don Giussani en la larga entrevista que usted le concedió en 1987?
Me limito a añadir un aspecto a cuanto destacado en las respuestas precedentes: la necesidad primaria es que se pueda revivir la experiencia de Andrés y Juan. Un día, mientras estaban con el Bautista, fueron invitados por él a ir a conocer a Jesús que pasaba a la otra parte del Jordán. Los dos se echaron a seguirlo e hicieron el potente descubrimiento que describe el dinamismo de la experiencia cristiana: encontrar, ir, ver, vivir, comunicar.
Estos verbos pueden traducir en práctica la fisonomía de la criatura nueva.

¿Cuáles posibilidades tiene el anuncio cristiano en un mundo que, para decirla con T.S Eliot, habiendo dado la espalda a la Iglesia, "avanza hacia atrás, progresivamente"?. Dicho en otros términos: ¿cómo un cristiano de hoy puede comunicar a los otros la propia identidad?
Se puede si está hasta el final en lo real y a 360 grados, dentro de todos los ambientes de la humana existencia, como aquel que habiendo tenido la gracia extraordinaria de un encuentro que le permite decir “tú” a Cristo, lo comunica en toda simplicidad. El resto es consecuencia. No se necesitan estrategias y proyectos.

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