Las promesas y las traiciones del melting pot norteamericano
autor: Mattia Ferraresi
fecha: 2011
fuente: Le promesse e i tradimenti del melting pot americano
Publicado en el n. 23 de Atlantide (2011.2)
traducción: María Eugenia Flores Luna

Con la antorcha icónica alzada hacia oriente y la corona de siete puntas ceñida a la cabeza, la Estatua de la libertad recita ante el mundo las palabras que le ha puesto en la boca la poetisa Emma Lazarus: “Dame tus extenuados, tus pobres /Tus masas amontonadas que anhelan respirar libres”. Los versos, grabados sobre una base de granito, dan voz al espíritu de la acogida estadounidense representado en forma monumental en medio de la bahía de Nueva York. La “land of the free” ha acogido desposeídos, prófugos, buscadores de fortuna, ha ofrecido asilo a los últimos y ha dado una oportunidad a aquellos que querían llegar primero a este original experimento democrático florido fuera – al menos en apariencia – de las lógicas étnicas y de las afiliaciones a los Estados-nación, un Nuevo Mundo edificado en la verdad “autoevidente” de que “todos los hombres han sido creados iguales, como está escrito en la Declaración de Independencia de 1776.

Estados Unidos promete acogida y requiere asimilación, su carácter de nación centrada en una idea, no en un pueblo determinado por relaciones de sangre, se propone como promotor natural de las corrientes migratorias que han marcado desde el inicio el desarrollo del País. Ellis Island, el centro de clasificación donde los inmigrantes llegaban, representa aún hoy en el imaginario colectivo el lugar donde confluían las “masas amontonadas que anhelaban respirar libres”, generación de hombres y mujeres que huían del hambre, de las guerras, de las persecuciones religiosas, por las consecuencias alienantes de la revolución industrial, por las vejaciones de una vida que censuraba la promesa de un futuro. Las particulares condiciones geográficas han alimentado el movimiento migratorio más increíble de la historia humana: “Si no fuera por el océano Atlántico y por la ‘wilderness’ virgen, los Estados Unidos no hubieran sido la Tierra Prometida”, ha escrito Herbert Croly en su fundamental ensayo The Promise of American Life, publicado en 1909.

La separación del Viejo Continente y su tramo de tierra salvaje, incontaminada, ha conferido a Estados Unidos la atracción apocalíptica de la tierra de un nuevo inicio, el puesto donde el hombre ha tenido la embriagante posibilidad de “hacer el mundo de nuevo”, como decía el revolucionario Thomas Paine. En las intenciones, este mundo hecho de nuevo era abierto y acogedor, no hacía distinciones étnicas y lingüísticas, pedía “sólo” una adhesión convencida a las condiciones del proyecto estadounidense fijadas por los Padres fundadores.

Abrazando los valores de Norteamérica expuestos en forma extensa en la Constitución y simbólicamente contenidos en el “Pledge of Allegiance”, el juramento a la bandera que generaciones de estudiantes han prestado cada mañana antes del inicio de las lecciones, se podía convertir en norteamericano. De este modo, siempre en las intenciones, Estados Unidos se ha vuelto el famoso “melting pot”, un crisol de culturas donde las diferencias que cada grupo portaba de su tierra de origen venían fundidas en una nueva identidad. Ha sido el guionista Israel Zangwill a hacer popular esta noción con un drama de fondo migratorio titulado precisamente The Melting Pot, puesto en escena por primera vez en 1909. El protagonista era un hebreo ruso que había huido de su ciudad después de una violenta ola represiva del gobierno zarista contra los hebreos, y a sus ojos Norte américa era la antorcha de la libertad que arde en un mundo oscuro hecho de discriminación y abuso, el “crisol de Dios” donde la alteridad viene aceptada, fundida y remodelada en el gran horno de la identidad norteamericana.

La idea, mitificada, de la nación que acepta sin prejuicios a los migrantes en busca de un nuevo inicio era ya ampliamente difundida antes del drama. La primera ola migratoria (1790-1820) había traído a los fugitivos de la Revolución francesa y a los alemanes perseguidos por su credo; con la segunda (1820-1860) habían llegado ante todo los irlandeses, diezmados por la gran carestía de 1845; la tercera ola se estaba desarrollando justo en los años en que Zangwill metía en escena su obra, y concernía sobre todo a los asiáticos. Como a menudo ha ocurrido en la historia norteamericana, es a través del lenguaje del espectáculo que se difunden las nociones fundamentales del vivir común, tanto que aún hoy cualquier conversación entorno a la inmigración o a la convivencia de los Estados Unidos termina por citar inevitablemente la imagen del “melting pot”. ¿Pero se ha tratado realmente de la feliz fusión étnico-cultural entre pueblos que anhelaban respirar libres del cual hablaba Zangwill? El exterminio de los nativos norteamericanos y la tragedia de la esclavitud, los pecados originales del experimento norteamericano, proporciona importantes argumentos para una respuesta negativa. ¿Pero los otros inmigrantes en busca de un nuevo inicio encontraban realmente un lugar de acogida?

En realidad, a partir de la formación de las colonias en las costas del New England, la sociedad norteamericana ha sido caracterizada por el nacimiento de pequeñas comunidades monoculturales que se afirman por oposición a las colonias limítrofes. La experiencia de los primeros inmigrantes de origen inglés es aquella de comunidades que buscan un lugar donde conservar celosamente la propia identidad específica, no el arribo a la formación de una nueva mixtura cultural. El culto a la diferencia, no a la asimilación es el paradigma originario del experimento estadounidense para los colonos británicos, que buscaban una nueva tierra prometida. Después de la conquista de la independencia de Inglaterra, se afirma en el tiempo una tipología idéntica que caracteriza al hombre norteamericano, tendencialmente blanco, anglosajón y protestante. Los inmigrantes llegados a Estados Unidos de todas partes del mundo han modificado profundamente, con el tiempo, la identidad compuesta estadounidense, pero quien ha querido hacer parte del experimento norteamericano siempre se ha tenido que medir con un arquetipo nacionalista fácilmente localizable. Cada uno es llamado a asimilarse a este modelo.

La Naturalization Act de 1790, la primera ley federal que regula el proceso de naturalización, garantizaba la ciudadanía a “personas libres blancas y con ‘good character’”, donde “good character” significaba haber pasado al menos dos años en los Estados Unidos. Finalizando el periodo que certificaba la voluntad de convertirse en un “natural born citizen”, se tenía que recitar una específica liturgia civil para proclamar lealtad exclusiva a la nación y a los principios constitucionales. No sólo los esclavos y los nativos americanos eran excluidos de este procedimiento sino también los afroamericanos libres del norte, los hispanos y los asiáticos.

El mito de la patria cosmopolita y acogedora está pues balanceado por una larga historia de exclusiones, expulsiones deportaciones, limitaciones y discriminaciones que a menudo es omitida. Si por décadas los inmigrantes se han revertido en masa y fuera de toda reglamentación a los Estados Unidos es, ante todo, porque no existían leyes sobre inmigración o bien faltaban los medios para hacerlas respetar, no porque las fronteras fueran generosamente abiertas bajo las insignias del “melting pot”.

Una ley en vigor de 1882 a 1943 ha impedido a los ciudadanos chinos emigrar a los Estados Unidos, medida que los sindicatos por décadas han justificado con la defensa de la mano de obra local. Los trabajadores chinos, llegados, sobre todo a California, atraídos por la “gold rush”, inmediatamente habían sido obligados a vivir en guetos, en barrios de composición exclusivamente china. El origen de los “chinatowns” estadounidenses no es una alegre historia de folklore y defensa de tradiciones ancestrales, sino de exclusión y rechazo. En el momento en que el mercado ya no ha tenido necesidad de nuevos brazos en las minas, los chinos han sido puestos fuera de la ley. Cuando el candidato republicano a la presidencia, Donald Trump, promete construir un muro al confín con México para defender a los estadounidenses de la competición de la mano de obra alógena no dice nada nuevo.

La composición de las grandes metrópolis estadounidenses hasta ahora refleja profundas divisiones entre las comunidades de inmigrantes. A menudo se siente magnificar el carácter multicultural de ciudades como Nueva York, Los Ángeles o Chicago, pero con una mirada más atenta se nota que estos conglomerados urbanos están constituidos por una yuxtaposición de comunidades distintas y replegadas, a menudo en tensión con aquellas confinantes, una estructura que es mejor descrita en las imágenes del mosaico que en aquella del crisol. Algunos ejemplos recientes de fenómenos migratorios que han encontrado enormes dificultades en el proceso de integración son aquellos de los somalíes de Minneapolis y de los bosnios que se han asentado en la periferia de St. Louis. Ambas comunidades han encontrado en Estado Unidos un refugio seguro de las guerras que han devastado sus Países de origen, pero la fascinante promesa del sueño estadounidense ha dejado lugar a realidades mucho menos prometedoras. A mitad del mil Ochocientos han sido sobre todo los católicos a ser víctimas de la discriminación. Una pesada campaña de propaganda anticatólica que retrataba la religión de Roma como “un-american”, contraria al espíritu estadounidense, ha perseguido a irlandeses e italianos. Partidos políticos de inspiración nativista come el “Know-Nothing” se dedicaban todo el tiempo a la discriminación y a la violencia contra los “papistas” conspiradores y desleales, que venían representados como en las viñetas de los periódicos de élite protestante. La hostilidad sufrida ha generado en las comunidades un intenso deseo de asimilación, tanto que a menudo el adversario preferido de los inmigrantes son los otros inmigrantes llegados después de ellos, aquellos que aún no habían pasado los ritos de iniciación de la vida estadounidense.

Si el departamento de policía de Nueva York está lleno de irlandeses e italianos es porque el enrolamiento era el modo más simple para demostrar la indivisa lealtad a la nación estadounidense. Aun en los rangos del FBI tradicionalmente abundan los católicos, y en los altares de las iglesias aún hoy la bandera del Vaticano es acompañada por aquella a estrellas y rayas. Asociaciones como la Young Man’s Christian Association (YMCA) han trabajado en modo indefenso y preciso para instar a los jóvenes la “American way”, fungiendo de sistema escolar paralelo a la formación de identidad estadounidense.

Norteamericanos se podía ser, pues, pero no sin el desembolso de un rescate. En un famoso discurso de 1914, el presidente Teddy Roosevelt ha sintetizado la visión de la inmigración que impregnaba su tiempo, que exhibía una relación ancilar entre la igualdad frente a la ley y a la asimilación al modelo cultural dominante: “Tenemos que insistir sobre el hecho de que los inmigrantes que vienen aquí en buena fe, sean estadounidenses y se asimilen a nosotros, vengan tratados en modo exactamente igual a todos los otros, porque es un ultraje discriminar a un hombre por su credo, su lugar de nacimiento o su origen. Pero esto está subordinado al hecho de que estas personas se conviertan en estadounidenses en todo aspecto, y nada más que estadounidenses… No puede haber una doble fidelidad. Cualquiera que diga que es un estadounidense y al mismo tiempo es cualquier otra cosa, no es estadounidense en absoluto. Aquí hay lugar para una sola bandera, la estadounidense. Hay lugar para una sola lengua, la lengua inglesa. Hay lugar para una sola lealtad, la lealtad al pueblo estadounidense”.
La mitología del “melting pot”, hecha popular hace algunos años, se desvanece frente a tanta claridad nacionalista.

A los albores de la revolución de los derechos civiles, John Fitzgerald Kennedy, que ha difundido la muy favorable expresión de la “nación de inmigrantes”, ha tentado en vano de hacer aprobar una ley que consintiera una moderada apertura de las fronteras. La idea de Kennedy, irlandés y católico pero profundamente incrustado en el aparato de la élite, era promover la naturaleza exclusivamente ideal de la identidad norteamericana, una pulsión transversal respecto a las lealtades étnicas y religiosas: “Las interacciones de culturas dispares, la vehemencia de los ideales que han traído a los inmigrantes hasta aquí, la oportunidad de una nueva vida, todo eso ha dado a Estados unidos un sabor y un carácter que la ha hecho inconfundible y notable para la gente de hoy como lo era para Alexis de Tocqueville en la primera parte del siglo XIX”, ha escrito. La gran reforma de Kennedy no se ha materializado jamás, y así aun el presidente de la “nueva frontera” se ha resignado a hacer el policía de frontera que contiene los flujos migratorios reforzando los controles en los confines y defendiendo el mercado del trabajo doméstico.

El mismo Barack Obama, promotor de órdenes ejecutivas tan audaces sobre la apertura de las fronteras que la Corte suprema las ha juzgado fruto del abuso de su poder ejecutivo, pasará a la historia como el presidente que ha ordenado más repatriaciones cruzando la frontera, más de dos millones y medio. En particular, han sido repatriados millones de mujeres y menores en fuga de El Salvador, Guatemala y Honduras, donde proliferan organizaciones criminales que gestionan el narcotráfico. Obama también ha disminuido ligeramente la media anual de los refugiados que los Estados Unidos están dispuestos a acoger. En 2015 Norteamérica ha abierto las puertas a 85 mil refugiados, mientras el año precedente eran 76 mil. El pico de la acogida en la historia reciente ha alcanzado en los años Noventa, durante la guerra de los Balcanes, cuando la administración Clinton ha concedido asilo a 143 mil refugiados en un año. Son los números de la nación de inmigrantes por excelencia, aquella que ha acogido por más de dos siglos “las masas amontonadas que anhelan respirar libres” pero que a menudo ha traicionado la mesiánica promesa de ofrecer una vita igualitaria y en perfecta armonía multicultural.

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